Un lugar bien seguro

El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la jarana es como para despertar a los muertos, pero  suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.

La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y  una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.


La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.

“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.

Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera, donde andan los vivos, que son los peligrosos.