12 de septiembre de 2021

Lo que me enseñó mi gato


Desde que me mudé de casa empecé a tener un gato, no porque lo quisiera sino porque la nueva casa vino con un gato viejo que nunca se acostumbró a nuestra presencia, entre otras cosas porque no nos pusimos de acuerdo en un dato fundamental: él pensaba que la casa era suya y yo que era mía. 

Un día el gato se murió y lo enterramos en el fondo del jardín. Ese día empezaron a rondar los ratones de un arroyo cercano, así que nos agenciamos un gatito cachorro, negro como el carbón, gracias a la generosidad de unos amigos. Venía con el consejo de castrarlo cuanto antes, además de darle algo contra los parásitos. Como no tenía ninguna experiencia con gatos, pregunté por qué había que castrarlo y me explicaron que así no andaría peleando, se quedaría tranquilo en la casa y estaría menos expuesto a enfermedades.

Se me ocurría que, si lo queríamos para ahuyentar ratones, mejor sería un gato entero, con carácter, que cuide su territorio y que tenga ganas de pelear con cualquier animal que se lo dispute. Pero esa no fue la verdadera razón para no castrarlo, por lo menos hasta ahora... Me pregunté si le gustaría que lo castre y la respuesta en mi conciencia fue inmediata: ¡estás loco! ¿cómo lo vas a castrar, si lo único que le importa en la vida es comer la rica comida que le regalás todos los días y andar con las gatas del vecindario? Si le dieras a elegir, preferirá un millón de veces las heridas de la pelea con otros gatos y hasta la mismísima muerte antes que perder su condición de macho de la cuadra.

Hasta aquí la historia de mi gato, que cuando caza un ratón viene a mostrarlo como un trofeo, y cada tanto desaparece un par de días para volver agotado a comer y dormir, pero con cara de galán satisfecho. La cuento para volver sobre la idea que motivó esta columna hace un par de semanas: la lección de los carpinchos de Nordelta, en el partido bonaerense de Tigre. Es cierto que ellos estaban primero, pero ese no es el punto porque los humanos debemos convivir con el resto de la Creación, entre otras cosas porque si no lo hacemos, nos extinguiremos como cualquier animal que termina con las especies que lo alimentan.

Hay dos términos de la ecuación de la supervivencia que hay que tener en cuenta: somos depredadores de animales, vegetales y minerales y también somos parte esencial de la naturaleza: quiero decir que la naturaleza cuenta con nosotros como cuenta con el sol, el hidrógeno y el oxígeno. Depredamos sin piedad el litio, la sal, el agua; quemamos las selvas, los bosques y los pastizales, arrinconamos hasta la extinción a las yacutingas, los yaguaretés y las harpías... Pero también somos capaces de cultivar cereales para alimentar a todo el mundo; de criar ganado para usar su leche, su carne y su piel; de depurar el agua contaminada para reciclarla hasta el infinito; de inventar transgénicos, vacunas y máquinas que multiplican nuestro esfuerzo para aumentar exponencialmente los frutos de la tierra. Las especies animales que menos peligro corren son las que más matamos –y también las que más castramos– como bovinos, ovinos, porcinos o gallinas. Cuando se terminen las corridas de toros se extinguirán los toros bravos; y si desaparecieran los diarios desaparecerán también inmensas extensiones de bosques que se plantan para fabricar papel prensa.

Somos parte de la naturaleza. Solo tenemos que convivir con ella porque dependemos unos de otros, los humanos, los carpinchos, los naranjos y el agua fresca. Pero por ser libres, somos, además, la única especie capaz de degradarla y a veces pareciera que estamos empeñados en ese objetivo. Eso no es inteligencia humana: es angurria, mezquindad, egoísmo... algo que no tiene ninguna otra especie animal y que mi gato me lo recuerda todos los días.

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