14 de abril de 2020

El derecho a la esperanza


Las teorías conspirativas sirven a las mentes débiles para explicarse las cosas inexplicables. Para ellos siempre hay alguien que está planeando dominar el mundo, ganar muchísimo más, imponer una ideología o jorobar al resto de la humanidad porque sí nomás y de dañinos que son. Respeto a los que piensan estas cosas, pero insisto en la debilidad de sus argumentos. El retruque más fácil a los conspirativistas es comprobar que hay muchísimos hechos de la historia que no tienen explicación y que por eso mismo no hay ninguna necesidad de buscarla. Los grandes giros en el relato de la historia se los debemos a los cisnes negros, esos que nadie previó nunca, aunque con el diario del lunes algunos los expliquen como si toda la vida lo hubieran sabido y hasta ensayen explicaciones mentirosas del tipo “si me hubieran escuchado” o cosas por el estilo.

No los traigo a colación por su peso intelectual, sino porque advierto que estamos en plena efervescencia conspirativa que nos bombardea con mensajes tremendos. Son los mismos que anuncian todos los años el fin del mundo, descubren que la tierra es plana o sostienen que las vacunas envenenan. Estos tipos existieron en todas la eras de la humanidad y siempre pasaron sin pena ni gloria. Esperan que un día se cumpla lo que dicen para poder decir que ellos lo habían predicho. Creen que de tanto decirlo, alguna vez les tocará, aunque sea solo por una cuestión estadística. Pero no: la lotería no se gana por decir que se va a ganar; primero hay que comprar el billete y después tener una suerte de locos. Los que tenemos fe vemos estas catástrofes de otro modo. Esperanzado, por lo pronto. Sabemos que no hay mal que por bien no venga y que de grandes males Dios saca grandes bienes. De paso le cuento que sorprende la fe súbita de tantos agnósticos de hace solo dos meses. Pero es comprensible. La velocidad de la historia nos hace sentir el vértigo de Dios, como si viajáramos a toda velocidad en una Ferrari manejada por un chico de doce años.

Decía el Papa en Roma que estamos ganando un derecho fundamental que no nos será quitado: el derecho a la esperanza. Todos sabemos que la pandemia va a terminar –quiero decir que la humanidad terminará antes con el virus que el virus con la humanidad– y ese razonamiento parte de la experiencia, pero también de la esperanza. Lo curiosos es que creyentes y no creyentes esperamos mucho más de la humanidad y de su futuro en estos días complicados de nuestras vidas.

Dios escribe derecho aunque los renglones del cuaderno estén torcidos. El problema es que nosotros solo vemos los renglones con nuestros ojitos minúsculos y nos parece que Dios está distraído y hace macanas con la creación. Me decía hace unos días un amigo no muy creyente que si hay alguien creó todo esto, debe estar o arrepentido o atónito al ver lo que le salió. No me quedó otra que contestarle lo de los renglones torcidos: no podemos juzgar a Dios con categorías humanas.

Después de esta noche oscura de la pandemia, que tenemos la suerte –no sé si buena o mala– de presenciar como un hecho único de la historia, viene un mundo mucho mejor: es el resultado de comprobar todos juntos qué es lo que vale de verdad en nuestras vidas y que es una estupidez darle importancia a lo que no vale nada. Habrá algunas excepciones, propias de la libertad infinita del género humano, pero en general las catástrofes hacen aflorar lo mejor de todos, aunque sea por unos años, pero con eso nos alcanza y sobra a los que sobrevivamos.