El San Juan sigue de patrulla


Cada vez que se estrella un avión o hay un accidente aéreo aseguran los pilotos que fue por un error humano. Tan fuerte es el convencimiento que si las pericias dan alguna falla técnica, dirán que el error fue la decisión de salir con ese avión y que la culpa igual es del piloto. Cuando le pregunté ami amigo el Comandante por qué ese empeño en echarle la culpa a sus colegas, me explicó que si desconfiaran de los aparatos nunca jamás se subirían a uno. Es una buena razón, pero también está claro que hay una responsabilidad humana elemental en la decisión de volar, de navegar o de salir a la calle con una Studebaker colorada o a la plaza en patineta. Nunca, pero nunca, la culpa puede ser de las tuercas y los tornillos o de los relojitos del tablero. Los mecánicos –personas de carne y hueso– pueden ser responsables, pero sobre todo son responsables el comandante del buque, de la patineta o de la Studebaker que deciden si se sale o no se sale en el estado en que se encuentran.

Que el submarino ARA San Juan está hundido y sus 44 tripulantes muertos se sabe desde que se perdió contacto, ya que –dicen esta vez los marinos– mientras haya alguien vivo en un submarino encontrará un modo de hacerlo saber a la superficie.

No es el único submarino que se pierde en la historia de los naufragios en tiempos de paz; el San Juan se agrega a una lista notable de casos que muestran que eso de andar por las profundidades no es coser y cantar.

En 1963 se hundió en el Atlántico Norte, a 350 kilómetros de Cape Cod, el USS Thresher: un submarino nuclear bastante nuevo que hacía pruebas de inmersión con 129 tripulantes a bordo. Estaba preparado para el intento de los talleres de Norfolk, en Virginia. Entre los tripulantes había varios ingenieros del astillero. Lo buscaron durante años y lo encontraron a 2.560 metros de profundidad.

Pero el año trágico para los submarinos fue 1968. El 25 de enero se perdió entre Creta y Chipre y con 61 tripulantes el ISN Dakar de la armada israelí. Dos días después, cerca del puerto de Tolón, naufragó el francés Minerve con 55 tripulantes. El 22 de mayo se hundió el nuclear USS Scorpion cerca de las islas Azores y con 99 tripulantes. Y el 28 de mayo se perdió para siempre el K-129 y sus 83 tripulantes soviéticos en el Océano Pacífico. En todos los casos no hubo sobrevivientes y nunca más apareció el Minerve quizá porque los franceses no los buscaron lo suficiente o prefirieron no investigar lo que había pasado. El K-129 no apareció para los rusos, pero sí lo encontraron los americanos y la CIA se ocupó de rescatarlo clandestinamente para conocer sus misiles balísticos. La última tragedia de un submarino antes del ARA San Juan fue el del ruso K-141 Kursk, uno de los más grandes jamás construidos, varado en el fondo del mar de Barents por una explosión en agosto de 2000. Llevaba 112 tripulantes de los que por lo menos 23 se salvaron de la explosión y esperaron a oscuras el rescate que nunca llegó. Estaba a menos profundidad que su eslora de 155 metros, tanto que si levantaban una de las puntas hasta ponerlo vertical, sobresalía varios metros por encima del nivel del mar. Pero la armada rusa fue impotente para el rescate, entre otras cosas porque perdió tiempo en secreteos que impidieron la ayuda de otros países.

Se dice entre los marinos que da mala suerte cambiarle el nombre a una embarcación. A eso lo sabemos porque la superstición vale tanto para un transatlántico como para un chinchorro. No es el caso del San Juan, que lleva ese nombre desde su bautismo el 20 de junio de 1983 en Emden (Alemania), aunque fue completado e incorporado a la Armada Argentina en noviembre de 1985.

Desde 1981, por una ordenanza racionalista de la Armada, los submarinos argentinos llevan el nombre de provincias que empiezan con S (alguien habrá pensado que nunca habría más que cinco), pero antes del submarino hubo tres buques llamados San Juan en la flota argentina: un destructor (1911), un hidrográfico (de 1929 a 1937) y un torpedero (de 1937 a 1971). El hidrográfico pasó a llamarse Comodoro Rivadavia en 1937 y en 1942 le volvieron a cambiar el nombre por Madryn. Ya se ve que la Armada no tiene un pelo de supersticiosa.

El caso más curioso es el del destructor ARA San Juan de 1911 que nunca se incorporó a la flota porque fue devuelto a los astilleros franceses junto con el Catamarca, el La Rioja y el Mendoza debido a sus notables defectos de construcción, especialmente en las maquinarias (luego Francia los incorporó a su flota). Pero hubo un segundo destructor San Juan, esta vez construido por el astillero alemán Krupp en Kiel y completado en 1915; pasó que cuando estaba listo para su entrega fue confiscado por el imperio alemán para la Primera Guerra Mundial junto con otros tres iguales que iban a llamarse Santiago del Estero, Santa Fe y Tucumán. Los cuatro integraron la armada alemana y fueron hundidos por sus tripulaciones en Scapa Flow el 21 de junio de 1919, junto con gran parte de la flota alemana apresada por los británicos al firmarse el armisticio.

Decía que los hombres de la Armada no son supersticiosos y cambian los nombres de los buques, sobre todo cuando son usados, como el ARA General Belgrano, que sobrevivió a Pearl Harbor cuando se llamaba USS Phoenix y se incorporó a nuestra flota como ARA 17 de Octubre. Pero así como los cambian, también los repiten: cuando uno es dado de baja queda libre su nombre y otro lo puede heredar, como el caso de Hércules o Santísima Trinidad, que se repiten desde tiempos de Guillermo Brown.

Pero hay nombres que no se repitan nunca más...

No se repiten los nombres de los buques hundidos en cumplimento de sus misiones, sencillamente porque no se los da de baja. El submarino ARA San Juan –igual que el crucero ARA General Belgrano– continuará ocupando su nombre en la flota de la Armada Argentina y la razón es muy lógica y muy emocionante: esos hombres y esos buques se fueron a patrullar nuestros mares para toda la eternidad.