23 de enero de 2022

Premios de ropero


Nunca entendí las tiendas que venden regalos: llaman regalo a lo que ofrecen, pero la condición de regalo se la da el que compra y no el que vende. Lo mismo pasa con las tiendas de copas y trofeos, que suelen ser bastante mágicas: venden todo tipo de premios sin tener ni idea de para qué son. Uno los compra como su fuera una docena de bananas y después los adjudica según sus reglas, ya que la condición de premio la pone el que los otorga.

A raíz de la entrega del Misionero del Año, bromeábamos en el diario acerca de esa facilidad para comprar premios y se nos ocurría preguntar cuánto puede salir un Premio Nobel o un Másters de Augusta, porque puestos a comprar, no se trata tanto de esperar a que la Academia Sueca o el Augusta National Golf Club nos den los premios por nuestros méritos, sino de tener los trofeos en una vitrina de casa y el horrible saco verde en el ropero. Solo es cuestión de averiguar dónde se consiguen y comprarlos para grabarlos con nuestro nombre. Los premios valen más por la credibilidad de quien otorga que por los méritos de quienes los reciben y parecen lo más fácil de falsificar que hay: cualquiera compra un Oscar en una tienda de souvenirs en Los Ángeles y nadie se acuerda del Oscar al mejor guion del año pasado.

Me acordaba en esos días de dos premios en los que tuve algo que ver y que, junto con casi todos los otros en los que he participado, me han hecho descreer por defecto de los premios en general y de algunos en particular. Prometo no deschavar a los protagonistas, porque mi intención no es hacerlos quedar mal sino demostrar la fatuidad de los halagos humanos.

Hace ya muchos años, el diario El Territorio venía con un periódico económico y comercial, muy bien hecho, que se distribuía junto con otros diarios del interior y de Buenos Aires (tenía su propia cabecera, pero lo voy a llamar El Económico). Se entregaba una vez por semana junto con el diario y tenía muy buena aceptación. No recuerdo ahora cuánto duró, pero sí que uno de aquellos años –que resultó ser el último– se le ocurrió a la dirección de El Económico en Buenos Aires seleccionar al Líder Empresario Argentino. La mecánica era sencilla: cada diario en los que circulaba debía elegir en su zona a su propio candidato y luego se elegiría entre todos ellos al ganador nacional. En El Territorio nos pusimos a pensar en el Líder Empresario misionero y después de un debate franco y transparente, decidimos quién podía ser y lo propusimos, convencidos de que era quien se lo merecía en nuestra región; pero como abarcamos parte de Corrientes, para no pisarnos se nos ocurrió preguntar a un diario colega de esa provincia. Nos contestaron que ellos habían elegido... a su propio director general. Una rápida ronda de consultas nos desveló que cada periódico había elegido a su propietario, y a los pocos días apareció con gran destaque en El Económico que el Líder Empresario Argentino era el director general de El Económico.

Hace menos años me tocó participar como ponente en un taller de periodismo y nuevos medios organizado por una asociación continental de periódicos. Al final se entregarían unos premios a la innovación, o algo parecido, y los ponentes aparecíamos como jurados de esos premios. Cuando nos reunieron para elegir a los ganadores y ante una opinión mía que no les gustó, me explicaron que los trofeos ya estaban grabados, así que había que elegir a los que había seleccionado la burocracia de la entidad organizadora. Por supuesto que eran los que siempre ganan premios, que son los que pagan más inscripciones en sus seminarios. Abrazos y besos para todos ellos.

Un consejo: nunca haga nada para ganar un premio. Y si se lo dan, guárdelo en un ropero.

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