Meninos de rua

En la Praça da Sé de San Pablo siempre hay un predicador anunciando desgracias a voz en cuello con un corro bien redondo que repite las últimas palabras de cada frase como un eco y las sella con aleluyas y amenes. El conselheiro se abanica con una Biblia flexible de tapas negras y cantos colorados y bascula entre pierna y pierna al son de sus propias palabras. Algunos transeúntes se acercan a curiosear, más por el tiempo que les sobra que por sus convicciones. Abundan también en la plaza los saltimbanquis, los vendedores de pão de queijo y de tarjetas telefónicas. Allí pasan la vida unos cuantos linyeras entreverados con los viandantes apurados y con los que no tienen nada que hacer. Homeless no son, porque llevan su casa a cuestas, como los caracoles, en carritos de un supermercado global. Las bocas del metro vomitan riadas de pasajeros a cada largísimo tren que llega a la estación Sé, en los estómagos de la plaza. El retablo de estas maravillas es la fachada de la catedral de San Pablo, gótica del siglo XX, con cúpula florentina, enclavada en el antiguo centro de la ciudad. Por allí trajinan millones de paulistanos: la sustancia misma de una de las ciudades más grandes y fascinantes del planeta.

Se nos ocurrió hacer un ejercicio práctico de fotoperiodismo sobre la Praça da Sé cuando daba clases en el Master de Periodismo del Centro de Extensão Universitária. La gracia estaba en que los alumnos no eran fotógrafos sino editores de periódicos y revistas del Brasil, pero se trataba de probarlos en sus habilidades para contar historias son imágenes: elegirlas, editarlas, cortarlas sin piedad y agrandarlas sin vergüenza. Cada uno debía presentar su reportaje fotográfico, así que una mañana nos fuimos con nuestras máquinas de fotos hasta la Sé. Fuimos caminando a la vera del barrio japonés y de la iglesia de San Gonzalo García, el mártir de Nagasaki que murió asaetado en una cruz de San Andrés después que le cortaran la oreja izquierda, a él y a otros 25 compañeros.


Mientras mis alumnos periodistas deambulaban por historias por las cinco hectáreas de la plaza, me puse a buscar también la mía; evitaba que me vieran para que no se copiaran. Unos meninos descansaban de la canícula de San Pablo jugando con agua en las piletas y cascadas rectangulares de la plaza. Era su Disneylandia en pleno centro de San Pablo. Cuando percibieron mi interés en sus diabluras las multiplicaron con una picardía insólita. Se pusieron a jugar en las escaleras mecánicas de la estación del metro: subían o bajaban a contraola, o hacían equilibrio en las barandas de caucho. Hasta que a uno se le ocurrió apretar el botón rojo de emergencia en plena estampida de pasajeros que subían desde las entrañas del metro. La escalera se paró en seco como un dibujo animado de Tom y Jerry. La bronca descomunal de los viandantes, que salían atropellados de las escaleras muertas provocó la intervención de la implacable policía Militar de San Pablo. De paso, algún alcahuete le contó a un oficial vestido de astronauta que yo estaba haciendo fotos de los meninos, mientras me señalaba con el dedo. Me salvaron de ir preso mis alumnos brasileños que aparecieron a tiempo ante el estropicio en las bocas del metro. Ellos explicaron lo que los policías no podían creer.