Taxis


Taxis, taxis, lo que se dice taxis, solo en Buenos Aires. Me refiero al concepto universal de taxi, el de cualquier lugar del mundo donde se sale a la calle, se estira el brazo y para un automóvil como la gente que cobra por el viaje según lo que marque el taxímetro. La corrupción de esta idea en gran parte de la Argentina tiene su historia, bastante parecida a la corrupción de muchas otras ideas que sí funcionan en el mundo pero no entre nosotros.

Un día de hace por lo menos cien años, los argentinos trajimos de Francia la voiture de remise (literalmente coche de envío) un auto que podíamos alquilar y usar como si fuera propio y con chauffeur uniformado que venía en el paquete. Se llamaba a la agencia y aparecía un pedazo de bote con un capitán de navío al volante que estaba a disposición el tiempo que hiciera falta. A nadie se le ocurría ir a una fiesta manejando, pero por elegancia y no por el control de alcoholemia que impuso la hipersensibilidad de fines del siglo pasado.

La voiture de remise se convirtió pronto en remise a secas (remís para los amigos) y con el tiempo alguien los reguló. Con el crecimiento de las ciudades y el achicamiento de los autos pulularon las agencias de remises. Hace unos 60 años eran autos on demand, de buen tamaño y con choferes de traje, bastante educados en el arte de manejar y en el de conversar. Pero los remises se siguieron achicando y los choferes perdiendo su compostura, hasta que la única diferencia entre el taxi y el remís fue que uno se llamaba por teléfono y el otro se paraba en la calle. La diferencia se diluyó, hasta llegar al caso absurdo de Córdoba, donde los taxis son amarillos y los remises verdes.

Al final, el único taxi que quedó dando vueltas por la ciudad a la pesca del cliente que estira el brazo fue el de Buenos Aires. Los taxistas del interior, desde la General Paz hasta Iguazú, consiguieron los mejores lugares del centro de las ciudades para estacionar a la espera de los clientes que los tienen que ir a buscar. Para colmo se agruparon para conseguir espacios en las mejores calles, ocuparon los más valiosos lugares de estacionamiento, también las calles de servicio y las playas de estacionamiento de aeropuertos, supermercados, estaciones, terminales de ómnibus y cuanto lugar público pudieron atropellar.

No fue el único logro de las mafias de los taxis. También consiguieron que bajaran las exigencias de sus prestaciones hasta llegar a los vehículos más chiquitos y baratos del mercado, cosa de gastar lo menos posible y cobrar lo más posible. El último logro del taxismo argentino –en esto no están solos– es el monopolio. Ellos y solo ellos están autorizados a llevar pasajeros en sus catraminas destartaladas. Para colmo no podemos elegir: hay que subirse al viene aunque no te guste o no quepas en él. Aprendí hace años que los buenos taxistas tienen autos buenos y a propósito elijo el que creo que me conviene, pero a costa de provocar siempre una tremenda batahola, entre ellos y conmigo en el medio.

En Posadas casi no hay taxis donde quepa una persona de buen tamaño, que tenga aire acondicionado y un conductor educado que además sepa manejar. Hay que llamarlo y siempre te toca un Fiat Uno diminuto, que no tiene ni manija para bajar la ventanilla ni aire acondicionado. El taxista llega cuando quiere y a los llamados a la central para reclamar, invariablemente contestan con una respuesta que no quiere decir nada: está llegando.