Celeste


La familia de Celeste tenía un yerbal en Garupá, cerca de Posadas. Ella vivía allí, en medio de la selva en una casa dinamarquesa, de planta perfectamente cuadrada, construida por 1920 con paneles modulares que alguien había traído de Europa y armado en ese sitio. Recordaba el Mobaco, un juego holandés antepasado del Lego que tenía mi padre antes de la Guerra y daba vueltas por mi casa hasta que sus hijos perdimos todas las piezas. Rodeaba la casa de Celeste una galería, elevada cuatro escalones de la tierra. Los cuartos, los baños y la cocina rodeaban a su vez un salón central al que se llegaba por zaguanes desde los cuatro puntos cardinales.

La casa está todavía en el centro de un mogote de selva rodeada por el yerbal, debajo de la inmensa cúpula de petiribís, ibirapytás y canafístulas. A unos 100 metros hay una casita de huéspedes con techo de vidrio para vivir debajo del toldo vegetal poblado de loros verborrágicos y monos carayá.

Unos cuantos amigos íbamos seguido a lo de Celeste y nos entreteníamos en conversaciones interminables bajo esa galería o bajo los árboles. Ahí comíamos lo más rico que se puede uno imaginar de la cocina tropical, bebíamos ron del bueno y fumábamos cigarros que estancaban su humo moroso en el aire húmedo de la selva.

Celeste había sido linda y lo seguía siendo, pero yo la conocí muy gorda y solo pude ver algunas fotos de cuando era la otra Celeste. Contaban que entonces un piloto le tiraba los perros desde su avioncito cuando tomaba sol al borde de la pileta, allá donde empezaba el yerbal. Como decía, la conocí gorda por atiborrarse de comida, siempre rica pero mucha. Gorda de ansiedad. Gorda de mirarse al espejo y odiarse. Gorda mal, decimos ahora en la Argentina.

Un día caliente de verano supimos que algo le pasaba y que habían tenido que internarla en un sanatorio de Posadas, pero no parecía nada importante. Alguien dijo leucemia y ahora dicen leishmaniasis, contagiada por sus perros. Si tenía leishmaniasis y la trataban para leucemia, la mataban. A los dos o tres días Celeste se murió y un médico firmó leucemia en el certificado de defunción.

Velaron a Celeste en su cama, grandes las dos, pero yo no la vi porque no quise entrar. Me contaron que no pudieron juntarle las manos encima del pecho porque no daban los brazos así que los tenía uno a cada lado del cuerpo, encima de las sábanas que rodeaban su humanidad. El calor daba miedo porque complicaba respirar: creo que era lo que nos hacía llorar y todos sabíamos que era la última vez que visitábamos la casa de Celeste. En un rincón, cerca de la jaula del mirlo malhablado, me encontré con Luchín, que lanzaba rayos contra Celeste: -¡Pero que hija de puta Celeste! ¿Cómo nos hace esto? decía, y otras cosas parecidas.

La enterraron en la falda empinada del cementerio de Cerro Corá. El foso estaba cavado tan justo que Celeste entraba solo en la dirección que habían decidido los poceros, que no era la que ella había querido: mirando salida del sol. Cuando probaron que no cabía en esa dirección su hermana mandó a los poceros levantar el cajón y ensanchar la cabecera con palas de carpir hasta hacer lugar. La enterraron entre su madre y su hermano, como ella también había pedido, la última vez dos semanas antes de declararse su enfermedad. Antes dieron dos vueltas a la cruz del cementerio para alargarle la vida a la única sobreviviente de la familia y propietaria ahora del yerbal y de la casa cuadrada de Celeste que nunca más visité. La rodearon con bastante dificultad por lo inclinado del cerro. Allí quedó Celeste, debajo del túmulo que sobresalía como una montaña de tierra y piedras que parecían removidas para un vecino.