7 de junio de 2020

Los afectos y la soledad


Me propuse contestar una pregunta en esta columna. Adelanto que tengo serias dudas de lograrlo, pero antes de eso debo aclarar dos cosas. Primero, que no lo hago como médico, ni como estadístico, ni como científico de ninguna ciencia; lo intento como periodista y con ánimo de honrar nuestro día, que hoy se celebra en la Argentina. Y segundo, que tampoco tengo ninguna intención de juzgar decisiones de las autoridades: es solo un ejercicio que ojalá nos ayude a pensar a todos.

Podría formularla de otros modos, para que se entienda mejor, pero esta es la pregunta básica que quiero responder:

¿Qué cura más: los afectos o la soledad?

Se entiende lo de los afectos, pero aunque la soledad tampoco necesita explicación, se trata ahora de la soledad del encierro de la cuarentena, que sufrimos por culpa el maldito coronavirus, que ya nos tiene la paciencia al límite de la resistencia.

La cuarentena obligatoria –ahora el aislamiento– nos ha encerrado a todos en nuestras casas con la consiguiente imposibilidad de vernos los padres con sus hijos y los hijos con sus padres, los abuelos con sus nietos, los novios, los hermanos, los tíos, los sobrinos, los amigos... A medida que el confinamiento se ha ido flexibilizando, hemos podido encontrarnos con socios, compañeros de trabajo, colegas, clientes... y también ahora con nuestros afectos más cercanos; pero para oírse o verse con quienes están lejos, seguimos pendientes del locutorio carcelario de Skype, Zoom, o lo que cada uno consiga usar para vencer la distancia.

El pasado 20 de marzo hemos quedado separados unos de otros, quizá solo por una pared, por una calle, por un límite interprovincial, por un puente clausurado, por un terraplén municipal, por las fuerzas de seguridad. Dependiendo de los lugares de la Argentina en que a cada uno le ha tocado la cuarentena y gracias a certificados, salvoconductos y apps oficiales, algunos han logrado superar las barreras. Pero en la mayoría de los casos ha sido imposible, entre otras razones porque es mejor no verse para no contagiarse, ya que a pesar de que estamos bien nos han dicho que podemos estar mal y complicarle la vida hasta la muerte a quienes más queremos, hasta el extremo de que si llegaran a morirse, tampoco podríamos estar con ellos...

Además hay familias a la que la cuarentena ha sorprendido con uno o varios de sus miembros lejos de casa. Ahí estaban y están todavía tratando de volver a sus hogares, cantidad de varados en cualquier lugar del mundo. Anteayer entraron por el puente Posadas-Encarnación 198 misioneros que estaban por cumplir tres meses de espera en Paraguay.

Ya dije que no se trata de juzgar ninguna decisión de la autoridad sanitaria: solo estoy aprovechando la ocasión del coronavirus para plantear la necesidad de pelearla acompañados y de darnos tiempo para juntarnos cuando aparezca la próxima pandemia.

No despreciemos la formidable vacuna de tener cerca a los que queremos: es bueno para el alma, pero también es una incalculable fortaleza para el sistema inmune.

Pregúntele a un futbolista si es lo mismo jugar con o sin hinchada; a un ciclista si es más fácil pedalear solo o acompañado; a un piloto si se anima a correr sin escudería; a un soldado si iría a la batalla separado de su pelotón... Pregúntele a un anciano que cuenta los días más caros de su vida sin ver a sus hijos, a sus nietos o bisnietos, si prefiere la soledad o los afectos; le va a contestar que es mejor morir por el virus antes que ahogarse de tristeza.