Facundo Cabral


A dos escasas cuadras de mi antigua oficina de Buenos Aires queda el restaurante Dadá: un local chiquito y agradable, habitado siempre por gente con buena onda y pocos pero buenísimos platos para comer. El restaurante es de un arquitecto, hippie viejo, de esos que no han perdido su aire pasota: parece hijo del Sai Baba y la Madre Teresa de Calcuta.

Aquel fin de semana de hace unos meses nos pasamos trabajando sábado y domingo como si fueran miércoles y jueves. Lo bueno es que Dadá estaba abierto, así que a la hora de almorzar nos trasladamos allí con mi socio catalán y Bloody Mary, mi socia argentina, a comer algo rico y seguir en el tajo, pero de otro modo.

Solo nuestra mesa estaba ocupada: la de al lado de la ventana que mira a la calle San Martín como el compartimiento de un vagón de tren. Después y de a poco, empezaron a caer unos parroquianos que se notaba eran habituales del almuerzo de los sábados. Ahí entendimos que Dadá atiende a esas horas a los amigos del dueño y que nosotros éramos relleno. Así como llegaban, se enfrascaban en una tertulia estruendosa, un remolino del que nos fue imposible escapar.

Al poco de involucrarnos en su conversación llegó un señor mayor –mayor para nosotros- que se ayudaba con un bastón. El pelo entrecano y motudo se prolongaba en una buena barba medio gaucha medio rockera que enmarcaba su cara rematada por unas gafas oscuras y redondas, a lo John Lennon. Como sus amigos lo cargaban por los achaques, nos explicó que se estaba recuperando de una operación complicada. No preguntamos más y seguimos la conversación que tenía que ver con la decoración de Dadá, muy dadaísta, claro. “Ese mural es mío”, nos dijo señalando con el bastón la pared. “También canta, pero mal”, nos explicó una señora para no dejar de cargarlo. El mural estaba firmado por Cabral.

Ahí nomás me puse a cantar bajito "no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad, tralalá tararira tralará…” el estribillo mal sabido de su canción más conocida. Después –ahora– supe que era su apasionada y sufrida biografía. Facundo Cabral pasó las de Caín, pero se sobrepuso amando hasta a los que odió, como a su padre, a quien conoció recién cuando tenía 46 años. Fue mudo hasta los nueve; estuvo preso desde los 14; a los 17 se escapó de la cárcel; perdió a su mujer y a su hija a los 40… y le peleó a la muerte a brazo partido cada vez que se presentó.

Hasta el 9 de julio de 2011 en Guatemala. Lo asesinaron unos sicarios que quisieron matar al que tenía que estar sentado en su lugar. Dicen que fue por error, como si fuera un acierto matar a nadie.