La calle

María y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. El loco Pedro manejaba un camión de aire y zorzal que nadie veía, solo él, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de hielo. Lo estacionaba, marcha adelante y marcha atrás, con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle.

Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20. La loca María con su pelo gris, lacio hasta la cintura, dirigía el tránsito de la calle 9 de Julio, cerca de la estación. Castigaba contravenciones inventadas con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo para el curioso que la miraba.

El loco Pedro y la loca María desaparecieron porque los enajenados viven ahora en nuestras casas y revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera y pasean el perro del general Perón y conversan con los gatos del vecindario, mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. O María y Pedro se habrán muerto sin descendencia o alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea o será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas.

Los Pedros y las Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. Las encrucijadas son supermercados donde se puede comprar al paso todo lo necesario y sin horarios impuestos por la autoridad.

Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas y rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor y artistas de ocasión y tangueros en desgracia y sobadores al paso y limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.


Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor.

Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. Debe ser cierto, pero que se lo digan ellos, por lo menos antes de que un premio Nobel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.