9 de octubre de 2012

Anchorena


Un buen día descubrimos que la torre de la catedral de San Isidro no tenía llave ni candado. Unas escaleras muy normales llevan hasta el coro desde el fondo de la iglesia, pero desde ahí se podía subir un piso más y llegar al rellano desde donde se tocaban las campanas gracias a unas larguísimas cuerdas, como lianas de Tarzán. Arriba de esa gran sala cuadrada de varios pisos de altura aparecía el mecanismo mágico del reloj que da la misma hora a los cuatro vientos. Y encima del reloj se alojaban las campanas, de diferentes tamaños y tonos, con sus nombres grabados en el bronce empavonado. Más arriba la escalera se volvía precaria y llevaba hasta una trampa que abría el acceso a la estructura de madera que sostiene la aguja desde un tronco central como las ramas de un pino. Llegábamos trepando hasta las últimas ventanitas, las que tienen las luces rojas obligatorias para espantar platos voladores. Debíamos tener entre ocho y diez años cuando subimos la primera vez los seis hijos varones de tres grandes amigos que vivíamos como hermanos. Ese día bajamos con algunas palomas que habíamos cazado en la oscuridad, porque ahí adentro había nidos de palomas y caca de murciélagos.

Tantas veces subimos a esa torre que ya era nuestra cuando al párroco se le ocurrió encargarnos que hiciéramos la colecta en la misa de once, a la que asistíamos con nuestras familias, una por banco, todos los sanisidrenses y nosotros después de horas en la torre. Nunca supimos si lo hizo para sacarnos de esas alturas o para mover la generosidad de los feligreses con nuestras caras infantiles y pintas desgreñadas.

Al terminar la colecta vaciábamos los bolsas como si fueran medias. Entre monedas cantarinas y billetes malolientes, siempre aparecía uno nuevecito, impecable y sin arrugas, el más alto que había en ese momento en circulación. 

Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.

Anchorena era igualito a Stan Laurel y lo vestía Norman Rockwell. Siempre de saco y corbata y no se sentaba en los bancos; venía sólo con su mujer que era muy gorda, morocha y mofletuda. Él asistía a misa apoyado en la base de una columna de la catedral y ella se colaba en un asiento cercano. No tenía hijos para darles moneditas que poner en la colecta y escondía su billete al tirarlo en la bolsa como hacían todos los grandes. Pero nosotros sabíamos que al que le tocara pasar por la columna de Anchorena encontraría brillante el billete impecable en su bolsa de terciopelo.

11 de septiembre de 2012

Buen día para naufragar

Cuento esta historia como se la oí a Pablo Mancini en un bar de Buenos Aires. Estoy seguro de que tiene los borrones del traspaso. La escribió el protagonista en Perfil y ahí pueden leer la versión de primera mano.

Un día Guillermo Piro encontró trabajo en la cocina de un buque que colocaba oleoductos abajo del agua. Era el último grumete, el que lavaba los platos; el más inexperto. El buque enfiló desde Hamburgo a Río Grande de la Tierra del Fuego y los días pasaban tristes mientras el mar servía para calmar la asfixia de la repentina muerte de su mujer, apenas casados. Ahora necesitaba ventilarse, viajar… perderse de la lástima que lo ahogaba.

Cuando tenía un rato libre se iba a cubierta a no pensar en nada, mirar el horizonte y descubrir los delfines que festejan a los barcos en altamar. Uno de esos días de mar calmo y buen sol aparecieron varios soldadores canarios en la cubierta y se pusieron a conversar acodados en la barandilla, como él. “¡Qué buen día para naufragar!” exultó uno de ellos y los demás festejaron el acuerdo.

No sabía Guillermo si había escuchado bien hasta que al día siguiente oyó lo mismo. El clima era perfecto y los tripulantes curtidos querían naufragar. Por eso el tercer día se les acercó con un reproche: “Ustedes me están cargando por novato y me quieren hacer pasar un mal rato. Les aviso que no estoy para bromas… Díganme qué quieren decir con eso de naufragar”. Entonces le explicaron que no era una broma.

“Es un día magnífico: buen sol y buena mar. Estamos a unos 300 kilómetros de Dakar. El barco tiene botes salvavidas de última generación, con motores poderosos, orientación satelital, radio y combustible suficiente. En ellos hay alimentos para 30 días y todas las comodidades. Las indemnizaciones nos harían ricos para siempre: no tendríamos que trabajar más en nuestras vidas. Lo único que tenemos que conseguir es que este barco se vaya al fondo por su cuenta… o sin que nadie sospeche de nosotros.”

Desde entonces pienso en el negocio del naufragio y me acuerdo de un viejo director de revistas de la Argentina que me contaba que los mejores años de su vida los pasó en los naufragios de las empresas para las que trabajó. También en la teoría, que ahora conocí del propio Guillermo, sobre los mineros de Chile. Se pregunta si los 33 náufragos de Copiapó no habrán dinamitado la mina para nunca más volver. Tenían comida y aire para vivir meses y sabían que los rescatarían irremediablemente porque conocían de memoria las posibilidades de hacerlo. Ni uno sufrió un rasguño. Desde el salvataje no han hecho más que disfrutar de la tragedia mientras viajan por el mundo como reyes, dando consejos sobre la dinámica de grupo y las situaciones de crisis.

Para naufragar solo hay que tener agallas y resolver cuándo es negocio y cuándo no... y que nadie se dé cuenta. A veces sale mal, como al capitán y los polizontes del Costa Concordia. Uno porque quiso disfrutar antes de tiempo de su jubilación dorada y los otros porque los descubrieron en el naufragio equivocado. Pero a los tripulantes les salió perfecto.

15 de agosto de 2012

Ladrón de amigos

Un día Nicanor Duarte Frutos y Pedro Fadul, los dos candidatos a presidente del Paraguay de la campaña 2003, pronunciaron el mismo discurso. No logro acordarme quién robó a quién, pero las cosas ocurrieron así: un asesor consiguió el discurso que iba a dar esa tarde su oponente y se lo llevó a su candidato para que tuviera esa información. El candidato se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también el dueño, pero casi nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los diarios, y lo contó en privado para comidilla de los periodistas. Ni siquiera salió publicado gracias al esfuerzo denodado y las amistades de los prenseros de los dos partidos. Estas cosas seguirán pasando mientras siga existiendo la industria del marketing político que fabrica candidatos como si fueran hamburguesas y les hacen decir cosas para que parezca que tienen algo en el corazón…

No es el único caso de robo de discursos que conozco. Lo hacía también un amigo mío que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Un día estábamos conversando de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la conversación anterior, me contó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan, no importa cómo. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Lo hice con todas las advertencias del caso y era evidente que se veían por primera vez. Al poco tiempo me cuenta una anécdota conocida de mi amigo, pero protagonizada por ellos dos hacía muchos años y por supuesto que se conocían de toda la vida...

No sé si es una patología y la verdad es que no me interesa, pero esto de los amigos interesados se está poniendo obsceno en los tiempos que corren. Quizá sea porque las redes sociales han devaluado el concepto de amistad y se están sirviendo de un falso principio que dice que los amigos de mis amigos son mis amigos. Han degenerado la amistad y la han llenado de adjetivos mentirosos. Por eso le recomiendo que en cuanto un amigo de los de ahora intente manipular esa amistad con algún interés que no sea el afecto, huya de él como de la peste: es un ladrón de amigos.

Discurso equivocado

Un espía de Juan Caros Wasmosy consiguió el discurso que iba a dar esa tarde de 1992 Luis María Argaña en la interna del Partido Colorado. Wasmosy se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también Argaña, pero nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los periódicos y lo contó en privado para comidilla de la redacción.

19 de julio de 2012

Hotel Guaraní

Bajé a devolver la tarjeta de la habitación 809 del Hotel Guaraní de Corrientes porque no funcionaba.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.

16 de julio de 2012

Un lugar bien seguro

El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la jarana es como para despertar a los muertos, pero  suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.

La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y  una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.


La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.

“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.

Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera, donde andan los vivos, que son los peligrosos.

9 de junio de 2012

Héctor Ruiz Núñez 1942-2012

Un día de los años 80 me llamó por teléfono. Dijo que estaba investigando para la revista Humor un largo reportaje sobre un tema en el que me involucraba.

Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.

Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.

Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.

Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.

Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...

20 de mayo de 2012

Carlos Correa 1940-2012

Esa tarde llegó más temprano el dueño del diario El Territorio de Posadas. Venía todos los días al caer la noche, pero aquella vez apareció a las cinco de la tarde y entró en el edificio como siempre, por la puerta del estacionamiento y silbando una melodía irreconocible. Lo hacía para alertar a las secretarias de su llegada, sin saber que desde la guardia avisaban en cuanto pasaba con su Renault Laguna por el portón de entrada de la planta.

“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.

Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.

Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.

Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.

Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.

Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.

Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.