29 de noviembre de 2012

El camión


Trabajaba para el diario La Verdad de Junín, una ciudad clavada en el medio de la pampa húmeda, la infinita llanura requetefértil de la Argentina. Viajaba a Buenos Aires casi todos los domingos a la tarde y volvía en tren los martes a la madrugada. Las ciudades de la pampa son ricas y todas iguales. Tienen diarios y campo de golf. A los diarios los fundaron los políticos locales de principios del siglo pasado y a los campos de golf los instalaron los ingleses de los ferrocarriles a principios del siglo pasado. Todas tienen su club social y su sociedad rural. En el club juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky; en la sociedad rural juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky. Un martes cualquiera un juez federal me invitó a un asado en el Club Mitre. Cuando llegué, tarde por culpa del cierre del diario, estaban todas las fuerzas vivas de la ciudad, menos el párroco, jugando al monte. El monte es un antiguo juego de barajas que consiste en apostar el número o el palo de la carta que va salir. Está superprohibido por las consecuencias violentas que siempre provoca eso de andar jugando tanta plata…

Un buen día de invierno, cuando en la pampa hace un frío de conejos, se me ocurrió viajar a Buenos Aires en camión con la idea de escribir esta historia que nunca escribí. Me fui cuando ya anochecía a la garita de la policía de la ruta 7, cerca del puente sobre el Salado que en ese lugar acaba de nacer en la laguna de Gómez y más allá hace desastres por culpa de los terraplenes de las carreteras que lo represan cuando viene cargado. El agente de guardia entendió mi idea y entre los camiones que paraba por rutina encontró uno que se ofreció a acercarme hasta Buenos Aires. Era un Mercedes 1114 del año de la pera que remolcaba un acoplado y viajaba vacío y a paso de tortuga a buscar carga a la capital de la República. No encontró nada más incómodo aquel policía, pero quizá lo hizo para que no se me vuelva a ocurrir semejante idea.

Después de las primeras palabras empecé a hacerle preguntas estúpidas que contestaba con paciencia budista y pocas palabras. Aquella cabina tenía chifletes y el frío entraba a rachas como en un ventisquero. Me acurruqué en mi eterna campera verde y me dormí. Al rato me desperté solo en el camión, que estaba parado cerca de una estación de servicio en un lugar desconocido. Cuando apareció mi chofer nos pusimos de nuevo en camino, pero nunca más supe ni cuál era ni dónde estábamos. Se tomó unas siete horas para hacer los 250 kilómetros que separan Junín del lugar imposible del Gran Buenos Aires donde me dejó cuando amanecía. Llegar desde allí a mi casa me costó un par de horas más en otro camión con asientos que los porteños llaman colectivo.

4 de noviembre de 2012

Feijoada gratis


Estábamos sentados como unos reyes en la vereda del restaurante Barthodomeu, en la calle Maria Quiteira de Río de Janeiro. Suele haber tanta gente que complica el tránsito en la calle que circula desde la lagoa hacia la playa encantadora de Ipanema. Habíamos pedido feijoada que en ese restaurante de moda como en todos los del Brasil viene con refill gratuito y hasta perder el sentido. Ahí estábamos disfrutando del buen tiempo y la feijoada cuando una señora en la mesa de al lado se agarraba la barriga con tanta fuerza que se le salían los ojos de la cara. Solo yo la veía por mi posición en nuestra mesa de cuatro y pensé que le estaba haciendo teatro a su marido, o novio, o lo que fuera. Pero al rato y por el pánico del acompañante creí que algo serio estaba pasando.

-¡Ché! algo le pasa a esa señora… les dije a mis compañeros argentinos.

Ellos miraron enseguida hacia la mesa que yo señalaba con el mentón, pegada a la nuestra.

Al sentirse mirada, la mujer levantó la cabeza y nos encaró como si preguntara la hora, en portugués, claro:

-¿Alguno de ustedes sabe hacer masaje cardíaco?

-Ninguem, le contestamos en correcto portuñol mientras engullíamos otra cucharada repleta de feijoada. Fue entonces cuando comentamos entre nosotros que a quien no lo necesita el masaje cardíaco le puede hasta parar el corazón. Y otras teorías poco serias, como que tosiendo uno le gana unos minutos al infarto.

Fue entonces cuando la señora se tiró al suelo entre su mesa y la nuestra y pidió que alguien le haga el dichoso masaje. Entonces alertamos al resto de los comensales.

-¿¡Hay algún médico?!

Nadie. Pero rápidamente los varones se lanzaron a una actividad frenética con sus celulares y las mujeres se acercaron a la señora para hacerle lo que terciara. Una arriesgada en shorts empezó poco convencida a presionarle el pecho con golpes tímidos, siguiendo las instrucciones de la enferma.

Al poco rato apareció una patrulla de la Policía Militar que andaba de rutina por ahí. Uno de los comedidos se acercó corriendo y lo paró en medio de la calle a la vez que le pedía al oficial que haga algo, o quizá le preguntaba si sabía qué hacer en estas circunstancias. Se bajó un oficial y mientras la miraba, le ofreció llevarla a un hospital. Fue entonces cuando la moribunda se paró como un resorte y se metió corriendo en el patrullero que salió disparado detrás de su sirena para salvarle la vida.

Al rato volvió el policía a pedir sus honorarios. Ya se sabe que toda intervención lleva su contraprestación. Cuando salía con su bagayo le hice un gesto que contestó con el índice en su sien, “que loca estaba esa mujer”.

-“¿Maluca?” dudó el camarero que nos estaba ayudando con la clave de wifi “se fue sin pagar".

9 de octubre de 2012

Anchorena


Un buen día descubrimos que la torre de la catedral de San Isidro no tenía llave ni candado. Unas escaleras muy normales llevan hasta el coro desde el fondo de la iglesia, pero desde ahí se podía subir un piso más y llegar al rellano desde donde se tocaban las campanas gracias a unas larguísimas cuerdas, como lianas de Tarzán. Arriba de esa gran sala cuadrada de varios pisos de altura aparecía el mecanismo mágico del reloj que da la misma hora a los cuatro vientos. Y encima del reloj se alojaban las campanas, de diferentes tamaños y tonos, con sus nombres grabados en el bronce empavonado. Más arriba la escalera se volvía precaria y llevaba hasta una trampa que abría el acceso a la estructura de madera que sostiene la aguja desde un tronco central como las ramas de un pino. Llegábamos trepando hasta las últimas ventanitas, las que tienen las luces rojas obligatorias para espantar platos voladores. Debíamos tener entre ocho y diez años cuando subimos la primera vez los seis hijos varones de tres grandes amigos que vivíamos como hermanos. Ese día bajamos con algunas palomas que habíamos cazado en la oscuridad, porque ahí adentro había nidos de palomas y caca de murciélagos.

Tantas veces subimos a esa torre que ya era nuestra cuando al párroco se le ocurrió encargarnos que hiciéramos la colecta en la misa de once, a la que asistíamos con nuestras familias, una por banco, todos los sanisidrenses y nosotros después de horas en la torre. Nunca supimos si lo hizo para sacarnos de esas alturas o para mover la generosidad de los feligreses con nuestras caras infantiles y pintas desgreñadas.

Al terminar la colecta vaciábamos los bolsas como si fueran medias. Entre monedas cantarinas y billetes malolientes, siempre aparecía uno nuevecito, impecable y sin arrugas, el más alto que había en ese momento en circulación. 

Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.

Anchorena era igualito a Stan Laurel y lo vestía Norman Rockwell. Siempre de saco y corbata y no se sentaba en los bancos; venía sólo con su mujer que era muy gorda, morocha y mofletuda. Él asistía a misa apoyado en la base de una columna de la catedral y ella se colaba en un asiento cercano. No tenía hijos para darles moneditas que poner en la colecta y escondía su billete al tirarlo en la bolsa como hacían todos los grandes. Pero nosotros sabíamos que al que le tocara pasar por la columna de Anchorena encontraría brillante el billete impecable en su bolsa de terciopelo.

11 de septiembre de 2012

Buen día para naufragar

Cuento esta historia como se la oí a Pablo Mancini en un bar de Buenos Aires. Estoy seguro de que tiene los borrones del traspaso. La escribió el protagonista en Perfil y ahí pueden leer la versión de primera mano.

Un día Guillermo Piro encontró trabajo en la cocina de un buque que colocaba oleoductos abajo del agua. Era el último grumete, el que lavaba los platos; el más inexperto. El buque enfiló desde Hamburgo a Río Grande de la Tierra del Fuego y los días pasaban tristes mientras el mar servía para calmar la asfixia de la repentina muerte de su mujer, apenas casados. Ahora necesitaba ventilarse, viajar… perderse de la lástima que lo ahogaba.

Cuando tenía un rato libre se iba a cubierta a no pensar en nada, mirar el horizonte y descubrir los delfines que festejan a los barcos en altamar. Uno de esos días de mar calmo y buen sol aparecieron varios soldadores canarios en la cubierta y se pusieron a conversar acodados en la barandilla, como él. “¡Qué buen día para naufragar!” exultó uno de ellos y los demás festejaron el acuerdo.

No sabía Guillermo si había escuchado bien hasta que al día siguiente oyó lo mismo. El clima era perfecto y los tripulantes curtidos querían naufragar. Por eso el tercer día se les acercó con un reproche: “Ustedes me están cargando por novato y me quieren hacer pasar un mal rato. Les aviso que no estoy para bromas… Díganme qué quieren decir con eso de naufragar”. Entonces le explicaron que no era una broma.

“Es un día magnífico: buen sol y buena mar. Estamos a unos 300 kilómetros de Dakar. El barco tiene botes salvavidas de última generación, con motores poderosos, orientación satelital, radio y combustible suficiente. En ellos hay alimentos para 30 días y todas las comodidades. Las indemnizaciones nos harían ricos para siempre: no tendríamos que trabajar más en nuestras vidas. Lo único que tenemos que conseguir es que este barco se vaya al fondo por su cuenta… o sin que nadie sospeche de nosotros.”

Desde entonces pienso en el negocio del naufragio y me acuerdo de un viejo director de revistas de la Argentina que me contaba que los mejores años de su vida los pasó en los naufragios de las empresas para las que trabajó. También en la teoría, que ahora conocí del propio Guillermo, sobre los mineros de Chile. Se pregunta si los 33 náufragos de Copiapó no habrán dinamitado la mina para nunca más volver. Tenían comida y aire para vivir meses y sabían que los rescatarían irremediablemente porque conocían de memoria las posibilidades de hacerlo. Ni uno sufrió un rasguño. Desde el salvataje no han hecho más que disfrutar de la tragedia mientras viajan por el mundo como reyes, dando consejos sobre la dinámica de grupo y las situaciones de crisis.

Para naufragar solo hay que tener agallas y resolver cuándo es negocio y cuándo no... y que nadie se dé cuenta. A veces sale mal, como al capitán y los polizontes del Costa Concordia. Uno porque quiso disfrutar antes de tiempo de su jubilación dorada y los otros porque los descubrieron en el naufragio equivocado. Pero a los tripulantes les salió perfecto.

15 de agosto de 2012

Ladrón de amigos

Un día Nicanor Duarte Frutos y Pedro Fadul, los dos candidatos a presidente del Paraguay de la campaña 2003, pronunciaron el mismo discurso. No logro acordarme quién robó a quién, pero las cosas ocurrieron así: un asesor consiguió el discurso que iba a dar esa tarde su oponente y se lo llevó a su candidato para que tuviera esa información. El candidato se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también el dueño, pero casi nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los diarios, y lo contó en privado para comidilla de los periodistas. Ni siquiera salió publicado gracias al esfuerzo denodado y las amistades de los prenseros de los dos partidos. Estas cosas seguirán pasando mientras siga existiendo la industria del marketing político que fabrica candidatos como si fueran hamburguesas y les hacen decir cosas para que parezca que tienen algo en el corazón…

No es el único caso de robo de discursos que conozco. Lo hacía también un amigo mío que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Un día estábamos conversando de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la conversación anterior, me contó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan, no importa cómo. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Lo hice con todas las advertencias del caso y era evidente que se veían por primera vez. Al poco tiempo me cuenta una anécdota conocida de mi amigo, pero protagonizada por ellos dos hacía muchos años y por supuesto que se conocían de toda la vida...

No sé si es una patología y la verdad es que no me interesa, pero esto de los amigos interesados se está poniendo obsceno en los tiempos que corren. Quizá sea porque las redes sociales han devaluado el concepto de amistad y se están sirviendo de un falso principio que dice que los amigos de mis amigos son mis amigos. Han degenerado la amistad y la han llenado de adjetivos mentirosos. Por eso le recomiendo que en cuanto un amigo de los de ahora intente manipular esa amistad con algún interés que no sea el afecto, huya de él como de la peste: es un ladrón de amigos.

Discurso equivocado

Un espía de Juan Caros Wasmosy consiguió el discurso que iba a dar esa tarde de 1992 Luis María Argaña en la interna del Partido Colorado. Wasmosy se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también Argaña, pero nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los periódicos y lo contó en privado para comidilla de la redacción.

19 de julio de 2012

Hotel Guaraní

Bajé a devolver la tarjeta de la habitación 809 del Hotel Guaraní de Corrientes porque no funcionaba.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.

16 de julio de 2012

Un lugar bien seguro

El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la jarana es como para despertar a los muertos, pero  suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.

La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y  una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.


La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.

“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.

Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera, donde andan los vivos, que son los peligrosos.