26 de abril de 2013
12 de abril de 2013
Francisco
Hace años que me atormenta la idea del código genético argentino. Es que resulta que somos un país con excelentes individualidades y pésima conducta colectiva. Tenemos buenísimos jugadores de fútbol… que funcionan bien en equipos extranjeros. Hay buenísimos tenistas… incapaces de formar un equipo para ganar la Copa Davis. Y así siguiendo. Los argentinos hemos demostrado nuestra incapacidad colectiva para organizarnos en un país bendecido por una riqueza casi infinita y es un chiste recurrente que Dios nos dio tanto que para compensar puso a los argentinos. Un presidente del Uruguay dijo una vez públicamente que los argentinos somos todos ladrones y recalcó: “del primero al último”. Fue Jorge Batlle, que después pidió perdón con lágrimas de cocodrilo. Y a los argentinos nos molestó que dijera justo lo que pensaba, que era la verdad. ¿Cómo puede ser que el modelo argentino sea un futbolista drogadicto, maleducado y pendenciero? Cuando cada vez que abrimos la boca nos mentan a Maradona es como si conocer a un norteamericano la gente exclamara "¡Al Capone!"
Si la Argentina quiere tener futuro como nación, tiene que cambiar su código genético. Dicho de otro modo: necesitamos con urgencia que nos transplanten dos cromosomas del Japón. Pero lo que me atormenta hace tiempo no es eso sino el cómo, porque los países cambian de raíz después de sangrientas revoluciones, guerras espantosas o catástrofes siniestras, todas tan cruentas que los obligan a renacer de sus cenizas y empezar de nuevo a fuerza de trabajo, hasta acostumbrarse. Y la Argentina, estoy convencido, se
vuelve inviable si sigue por donde va… a ningún sitio.
Pero miren lo que pasó:
El 11 de febrero Benedicto XVI sorprendió al mundo con su renuncia, que provocó el cónclave y la elección del arzobispo de Buenos Aires, el cardenal Jorge Bergoglio, que fue elegido Sumo Pontífice el 13 de marzo. El primer papa americano, el primero de hemisferio sur, el primer argentino, el primer jesuita, el primer Francisco... Su llegada a la sede de Pedro conmovió al mundo y no se imaginan lo que nos pasó a los argentinos.
Ese 13 de marzo nos tiraron una carga de profundidad en las entrañas de la patria y en las de cada uno de los argentinos. Alguien nos removió los cimientos con dinamita pesada y se derrumbaron las murallas que protegían la vanidad estúpida de la argentinidad. Somos concientes de que no habrá uno de los nuestros más trascendente en toda la historia: en la pasada, presente y futura. Ninguno ha llegado jamás ni llegará
en milenios a semejante dignidad. Las calles y las plazas se llamarán un día Francisco y Bergoglio y el ser argentino quedará sellado por un tatuaje indeleble, distinto del modelo contaminado por el fracaso que nos rige desde la época del virreinato. El paradigma ya no es un vivo, un pendenciero, un ególatra, un vago, un seductor, un cobarde, o un desertor. De un plumazo se murió el desertor Martín Fierro, enterramos el tango Cambalache y jubilamos a Maradona. Ese maravilloso 13 de marzo nos cambiaron para siempre el arquetipo desde la logia de las bendiciones de la basílica de San Pedro. Y todavía estamos temblando.
No es una esperanza vana esta que acabo de describir. Es la misma que tenemos millones de argentinos en estos días. Lo que pasa es que los cambios serán intangibles y no dependen de ninguna decisión de nadie. No va a venir Francisco a dar órdenes ni a emplazarnos para que seamos mejores o nos convirtamos en japoneses. No terminará a golpe de bendiciones con la corrupción, la indolencia, ni la imbecilidad colectiva. No
hará el milagro de sacarnos de la soberbia pegajosa que nos impide avanzar como grillete de preso. No hará desaparecer a los vivillos maleducados que hoy acampan en estas playas como los dueños de la verdad, de la honra y del patrimonio de los argentinos. No importa cómo va a ser porque el ejemplo actúa de modos misteriosos, pero es lo único que vale y por fin lo tenemos. Solo es cuestión de tiempo y ya verán que no es tanto. Por lo pronto nos ha cambiado la cara a todos los argentinos, lo que no es poco.
Por esto creo que hay que agradecer al Cielo que se haya apiadado de nosotros y nos haya mandado el regalo de este papa en lugar de una catástrofe. A los católicos nos da igual que el papa sea argentino, ecuatoriano o vietnamita, pero no nos da lo mismo a los americanos del sur ni a los argentinos que el papa sea uno de los nuestros. Francisco puede ser el disparador del cambio que necesita nuestra América y la Argentina, como Juan Pablo II transformó a media Europa. Dios lo quiera.
25 de marzo de 2013
La puerta
Estudié parte de mi carrera en la Casa de Trejo, como se llama familiarmente a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba por haber sido fundada por el obispo franciscano Fernando de Trejo y Sanabria. Es el antiguo claustro colonial de dos plantas, pegado a la iglesia de la Compañía: su aula magna fue capilla de los españoles de la iglesia. Cuando expulsó a los jesuitas de sus territorios, la corona española se quedó con todo... Este año cumplirá 400 desde su fundación como Universidad de San Carlos, la cuarta de América.
Un mal día que terminó con suerte salía de la Casa de Trejo hacia el centro de la ciudad. Ya anochecía y hacía frío cuando llegué a la plaza de Santa Catalina, atrás de la catedral. El tercer lado de la plaza lo cierra el fondo del viejo cabildo de la ciudad donde tenía su sede la jefatura de policía de la provincia de Córdoba.
Casi todos los días había enfrentamientos en aquellos de 1975. La guerrilla urbana hostigaba a la policía y a las fuerzas armadas con las que libraba una guerra subterránea que a veces salía a la superficie como un topo en el jardín. Unos y otros se perseguían y mataban sin mucho miramiento y sin medir las consecuencias para los terceros inocentes.
Esta vez en aquella plaza había un grupo pesado de encapuchados que marchaban con banderas y pancartas pero sin hacer mucho barullo. Hasta que sonó un disparo. Los manifestantes hicieron cuerpo a tierra en la calle y protegidos por los canteros de la plaza empezaron una balacera de película del oeste entre los policías parapetados en la jefatura y los guerrilleros que pretendían algo más que reclamar reivindicaciones sociales.
Alcancé como pude el refugio de una puerta, que luego supe que era la del convento de las catalinas, y me tiré al piso sobre el mármol del umbral. Entre los estruendos de las balas, los dos bandos se desgañitaban a insultos que daban más miedo que las balas. Gritos y fogonazos en la oscuridad, de un lado y del otro de la plaza y yo en el medio. Los veía sin dificultad desde mi abrigo entre las jambas de la puerta, cada vez más pegado al suelo. Bueno eso creía yo, porque en un instante sentí caer sobre mí un peso inmenso que me aplastó y me oscureció por completo la vista. Era una señorona grandiosa que se zambulló en el umbral sin mirar que estaba ocupado por mi esqueleto tembloroso. Estoy salvado, pensé, mientras intentaba respirar protegido por la gorda que me aplastaba casi obscenamente.
No fue mucho tiempo el que pasó, aunque me lo pareciera. Solo recuerdo que en plena balacera se oyó una llave y se abrió la puerta desde adentro. Un señor bastante mayor nos ayudó a entrar a tientas en el convento, hasta que llegamos a una sala donde prendió la luz. Estaba vestido de cura y luego supimos que era un obispo jubilado y que aquella era su vivienda. Nos dijo que esperáramos todo el tiempo que hiciera falta, que es lo que hicimos sentados en un sofá hasta que pudimos salir sin contratiempos.
Un mal día que terminó con suerte salía de la Casa de Trejo hacia el centro de la ciudad. Ya anochecía y hacía frío cuando llegué a la plaza de Santa Catalina, atrás de la catedral. El tercer lado de la plaza lo cierra el fondo del viejo cabildo de la ciudad donde tenía su sede la jefatura de policía de la provincia de Córdoba.
Casi todos los días había enfrentamientos en aquellos de 1975. La guerrilla urbana hostigaba a la policía y a las fuerzas armadas con las que libraba una guerra subterránea que a veces salía a la superficie como un topo en el jardín. Unos y otros se perseguían y mataban sin mucho miramiento y sin medir las consecuencias para los terceros inocentes.
Esta vez en aquella plaza había un grupo pesado de encapuchados que marchaban con banderas y pancartas pero sin hacer mucho barullo. Hasta que sonó un disparo. Los manifestantes hicieron cuerpo a tierra en la calle y protegidos por los canteros de la plaza empezaron una balacera de película del oeste entre los policías parapetados en la jefatura y los guerrilleros que pretendían algo más que reclamar reivindicaciones sociales.
Alcancé como pude el refugio de una puerta, que luego supe que era la del convento de las catalinas, y me tiré al piso sobre el mármol del umbral. Entre los estruendos de las balas, los dos bandos se desgañitaban a insultos que daban más miedo que las balas. Gritos y fogonazos en la oscuridad, de un lado y del otro de la plaza y yo en el medio. Los veía sin dificultad desde mi abrigo entre las jambas de la puerta, cada vez más pegado al suelo. Bueno eso creía yo, porque en un instante sentí caer sobre mí un peso inmenso que me aplastó y me oscureció por completo la vista. Era una señorona grandiosa que se zambulló en el umbral sin mirar que estaba ocupado por mi esqueleto tembloroso. Estoy salvado, pensé, mientras intentaba respirar protegido por la gorda que me aplastaba casi obscenamente.
No fue mucho tiempo el que pasó, aunque me lo pareciera. Solo recuerdo que en plena balacera se oyó una llave y se abrió la puerta desde adentro. Un señor bastante mayor nos ayudó a entrar a tientas en el convento, hasta que llegamos a una sala donde prendió la luz. Estaba vestido de cura y luego supimos que era un obispo jubilado y que aquella era su vivienda. Nos dijo que esperáramos todo el tiempo que hiciera falta, que es lo que hicimos sentados en un sofá hasta que pudimos salir sin contratiempos.
24 de febrero de 2013
El periodismo y el trago
Usted ya sabe, los periodistas tenemos fama de muchas cosas, pero sobre todo se nos conoce como borrachines, mujeriegos, noctámbulos, fumadores y pendencieros... Esta fama empezó cuando íbamos a contramano del resto de la sociedad y, como toda fama, es injusta: cerrábamos los diarios bien tarde y nos costaba ir a dormir sin desacelerar un poco el ritmo loco del día. Generalmente terminábamos la jornada en un bar de esos que están abiertos a las 2 de la madrugada y desayunábamos al día siguiente a la hora de almorzar.
Muchos de los más viejos todavía conservan esos hábitos y no se pueden ir a dormir hasta bastante tarde, aunque las costumbres hayan cambiado: ahora las redacciones de los periódicos parecen financieras o ministerios, y hay tantas o más mujeres que varones dedicadas a este oficio que hace apenas 50 años era solo para hombres bien desordenados.
En esa época a nadie le extrañaba encontrar una botella cuadrada –la forma perfecta– de Johnnie Walker en el cajón de la mesa de un periodista. El trago era relativamente normal y el humo del tabaco se pegaba en la ropa como una señal indeleble de la profesión. Muchos periodistas sabían fumar el cigarrillo entero sin retirarlo de la boca mientras escribían a toda velocidad con las dos manos (o con dos dedos, uno de cada mano) en una computadora ruidosa, con impresora incorporada en tiempo real (no se podía borrar más que tachando con xxxxxxxxxx).
Con el perdón de los que prefieren que ni se fume ni se beba en las redacciones, yo lo defiendo porque creo que era un ingrediente fundamental en los contenidos finales del periódico y voy a tratar de explicarlo en las líneas que quedan.
Los periodistas son artistas. Quiere decir que son –deberían ser– capaces de decir lo que otros no dicen, de explicar lo inexplicable y de encontrar historias donde los demás no ven nada. Está en la genética de cualquier artista y es la razón fundamental de su existencia. Y para conseguirlo los artistas necesitan inspiración: nadie le reprocharía a Picasso que se haya bebido un par de whiskies para pintar el Guernica; ni a Federico García Lorca escanciarse unos finos de jerez en su copa catavinos para escribir Yerma.
No nos escandalizamos de los romances de los artistas ni de su vida desordenada y, sin embargo, nos piden a los periodistas que vivamos a agua mineral, como enfermeras en el quirófano. Aunque se disfrace de inquietud por la salud de los periodistas, creo que no es una buena idea preocuparse demasiado por ella porque influye decididamente en la calidad de los contenidos.
Un poco de alcohol, que es peligroso en una industria en la que hay que estar muy atento a una máquina de precisión, no lo es entre quienes escriben la historia actual y la interpretan. Pero que se entienda bien: no estoy hablando de excesos sino celebrando el desorden normal de la vida de cualquier desordenado, que para nosotros, los periodistas es como el agua para los peces.
Muchos de los más viejos todavía conservan esos hábitos y no se pueden ir a dormir hasta bastante tarde, aunque las costumbres hayan cambiado: ahora las redacciones de los periódicos parecen financieras o ministerios, y hay tantas o más mujeres que varones dedicadas a este oficio que hace apenas 50 años era solo para hombres bien desordenados.
Con el perdón de los que prefieren que ni se fume ni se beba en las redacciones, yo lo defiendo porque creo que era un ingrediente fundamental en los contenidos finales del periódico y voy a tratar de explicarlo en las líneas que quedan.
Los periodistas son artistas. Quiere decir que son –deberían ser– capaces de decir lo que otros no dicen, de explicar lo inexplicable y de encontrar historias donde los demás no ven nada. Está en la genética de cualquier artista y es la razón fundamental de su existencia. Y para conseguirlo los artistas necesitan inspiración: nadie le reprocharía a Picasso que se haya bebido un par de whiskies para pintar el Guernica; ni a Federico García Lorca escanciarse unos finos de jerez en su copa catavinos para escribir Yerma.
No nos escandalizamos de los romances de los artistas ni de su vida desordenada y, sin embargo, nos piden a los periodistas que vivamos a agua mineral, como enfermeras en el quirófano. Aunque se disfrace de inquietud por la salud de los periodistas, creo que no es una buena idea preocuparse demasiado por ella porque influye decididamente en la calidad de los contenidos.
Un poco de alcohol, que es peligroso en una industria en la que hay que estar muy atento a una máquina de precisión, no lo es entre quienes escriben la historia actual y la interpretan. Pero que se entienda bien: no estoy hablando de excesos sino celebrando el desorden normal de la vida de cualquier desordenado, que para nosotros, los periodistas es como el agua para los peces.
27 de enero de 2013
Moconá
Casi todos los ríos de América del sur van de los Andes al Atlántico, pero hay un par que nacen en Brasil, a pocos kilómetros del Atlántico y terminan… en el Atlántico también. Forman la Mesopotamia argentina cuando llegan por aquí: el Paraná y el Uruguay son ríos como mares que pasean morosos por la llanura con peces que pesan como usted o como yo.
Río de los pájaros quiere decir uru-gua-y en el idioma que hablaban todos los americanos orientales desde el Caribe hasta el Plata antes de la llegada de Colón. Y el río de los pájaros es un cielo azul que pasa y es flor de la Banda Oriental según un cielito de Héctor Numa Morales.
Cuando todavía faltan unos mil kilómetros para que se una al Paraná y forme el Río de la Plata, el Uruguay se cae de costado por una falla en la colada basáltica que le sirve de lecho. No cae de frente, como casi todas las cascadas: se desborda longitudinal al lecho que ahí tiene hasta 170 metros de profundidad y lo hace durante unos tres kilómetros. Forma una catarata de agua de tres mil metros que nadie o casi nadie conoce porque está perdida entre la selva y la selva donde Andresito Guacurarí perdió el poncho. Cuando el río viene crecido nadie la ve y cuando baja el río se cae por el medio del lecho con un estruendo que espanta.
Estuve la primera vez hace muchos años, cuando era difícil llegar en auto, pero llegué y no vi nada porque fui por el lado argentino que es el alto: un río, unos arbustos que se llaman sarandí, unas rocas y un poco de bruma en el medio. Otro día me escapé hasta el lado brasileño y después de perderme varias veces encontré el camino por donde llegar hasta el río Uruguay. Me quedé loco al ver semejante espectáculo sin más testigos que los pájaros del Río de ellos mismos. Cuando quise volver tardé más de dos horas saltando entre las piedras para encontrar el pasadizo que me había llevado hasta la catarata.
Ahora había más gente en ese lugar del mundo donde no hay celulares ni internet ni televisión ni diarios ni otra diversión que conversar. Unos 35 kilómetros antes de llegar pude subirme a un bote de goma en el fondo de un barranco que me llevó hasta el salto entre correderas y remansos. El piloto era Carlos Arturo Yunis Henn: un turco alemán en la frontera argentino brasileña que nos mostró los saltos de Moconá contando pequeñas mentiritas y grandes verdades. Un genio el tipo.
2 de enero de 2013
La apuesta
Un día hice una apuesta con un traficante de afectos. Todo empezó en el bar de abajo del hotel Plaza de Buenos Aires cuando concretábamos con tres amigos los detalles de un negocio que resultó bastante bueno. A raíz de algo que dijimos sobre carteles y radios, uno de ellos aseguró que arriba del hotel Presidente hay un gran cartel de Radio 10.
Vivo a la vuelta de la esquina del Presidente y lo veo todos los días coronado por un cartel de Infobae.com así que corregí que ahí no está Radio 10. Entonces me dijo que yo no sabía nada y que ese anuncio estaba allí y que me apostaba cien mil dólares que el cartel estaba allí. Bueno, le dije, pero vas a perder... ¡Vos vas a perder! Me contestó y me tendió la mano derecha mientras ponía cara de tahúr de plástico. Según las reglas universales de la apuesta cuando le di la mano quedó sellada la nuestra delante de dos testigos que no me dejan mentir porque presenciaban la escena con una taza de café cada uno y yo con una cerveza y unas papas fritas.
¿Y el cartel? Le pregunté al día siguiente para saber si había pasado por la avenida 9 de Julio desde donde se ve altivo el hotel Presidente en todo su esplendor. ¡Estaba ahí! Me contestó… ¡hace meses estaba ahí! No sé, le dije, lo cierto es que no está y que perdiste la apuesta. ¡No perdí nada la apuesta porque en ese lugar hubo un cartel de Radio 10!
Bueno, le dije, y yo tengo una tía en Banfield... Me debés cien mil. A ver... me contestó, ¿si vos hubieras perdido me hubieras pagado la apuesta? ¡Claro! Le dije con la seguridad del que sabe que una apuesta no es cuestión de plata sino de palabra, que es una cosa que tienen los caballeros así que me debés cien mil. ¡No señor! insistió… hace un tiempo en ese hotel había un cartel y vamos a averiguarlo. No hace falta, le contesté, si no está no hay nada que averiguar, perdiste la apuesta y ya está...
Fue cuando pasó algo que todavía me da entre lástima blanca y bronca negra: ¡vos me odiás!, me dijo y cambió para siempre el eje de cualquier conversación que pudiera tener con mi examigo. Para colmo uno de sus hijos se llama como yo y siempre pensé que era pura coincidencia pero en medio de la rabieta me gritó con cierta furia ¡yo le puse tu nombre a mi hijo! Bueno, le dije, cosa tuya, pero ni eso va a cambiar el cartel del techo del hotel Presidente.
Desde entonces lo veo poco y si hablamos termina diciéndome estas y otras cosas por el estilo a pesar de que de la apuesta no volvimos a hablar y por supuesto que no la pagó ni la piensa pagar, pero eso a mí ya no me importa porque no me importó jamás.
29 de noviembre de 2012
El camión
Trabajaba para el diario La Verdad de Junín, una ciudad
clavada en el medio de la pampa húmeda, la infinita llanura requetefértil de la
Argentina. Viajaba a Buenos Aires casi todos los domingos a la tarde y volvía
en tren los martes a la madrugada. Las ciudades de la pampa son ricas y todas
iguales. Tienen diarios y campo de golf. A los diarios los
fundaron los políticos locales de principios del siglo pasado y a los campos de
golf los instalaron los ingleses de los ferrocarriles a principios del siglo
pasado. Todas tienen su club social y su sociedad rural. En el club juegan a
las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky; en la sociedad rural
juegan a las cartas, apuestan fuerte y toman bastante whisky. Un martes
cualquiera un juez federal me invitó a un asado en el Club Mitre. Cuando
llegué, tarde por culpa del cierre del diario, estaban todas las fuerzas vivas
de la ciudad, menos el párroco, jugando al monte. El monte es un antiguo juego de
barajas que consiste en apostar el número o el palo de la carta que va salir.
Está superprohibido por las consecuencias violentas que siempre provoca eso de
andar jugando tanta plata…
Un buen día de invierno, cuando en la pampa hace un frío de
conejos, se me ocurrió viajar a Buenos Aires en camión con la idea de escribir esta
historia que nunca escribí. Me fui cuando ya anochecía a la garita de la
policía de la ruta 7, cerca del puente sobre el Salado que en ese lugar acaba
de nacer en la laguna de Gómez y más allá hace desastres por culpa de los
terraplenes de las carreteras que lo represan cuando viene cargado. El agente
de guardia entendió mi idea y entre los camiones que paraba por rutina encontró
uno que se ofreció a acercarme hasta Buenos Aires. Era un Mercedes
1114 del año de la pera que remolcaba un acoplado y viajaba vacío y a paso
de tortuga a buscar carga a la capital de la República. No encontró nada
más incómodo aquel policía, pero quizá lo hizo para que no se me vuelva a ocurrir
semejante idea.
Después de las primeras palabras empecé a
hacerle preguntas estúpidas que contestaba con paciencia budista y pocas palabras. Aquella cabina tenía chifletes y el frío entraba a rachas como en un ventisquero. Me
acurruqué en mi eterna campera verde y me dormí. Al rato me desperté solo en el camión, que
estaba parado cerca de una estación de servicio en un lugar desconocido. Cuando
apareció mi chofer nos pusimos de nuevo en camino, pero nunca más supe ni cuál
era ni dónde estábamos. Se tomó unas siete horas para hacer los 250 kilómetros
que separan Junín del lugar imposible del Gran Buenos Aires donde me dejó
cuando amanecía. Llegar desde allí a mi casa me costó un par de horas más en otro camión con asientos que los porteños llaman colectivo.
4 de noviembre de 2012
Feijoada gratis
Estábamos sentados como unos reyes en la vereda del restaurante Barthodomeu, en la calle Maria Quiteira de Río de Janeiro. Suele haber tanta gente que complica el tránsito en la calle que circula desde la lagoa hacia la playa encantadora de Ipanema. Habíamos pedido feijoada que en ese restaurante de moda como en todos los del Brasil viene con refill gratuito y hasta perder el sentido. Ahí estábamos disfrutando del buen tiempo y la feijoada cuando una señora en la mesa de al lado se agarraba la barriga con tanta fuerza que se le salían los ojos de la cara. Solo yo la veía por mi posición en nuestra mesa de cuatro y pensé que le estaba haciendo teatro a su marido, o novio, o lo que fuera. Pero al rato y por el pánico del acompañante creí que algo serio estaba pasando.
-¡Ché! algo le pasa a esa señora… les dije a mis compañeros argentinos.
Ellos miraron enseguida hacia la mesa que yo señalaba con el mentón, pegada a la nuestra.
Al sentirse mirada, la mujer levantó la cabeza y nos encaró como si preguntara la hora, en portugués, claro:
-¿Alguno de ustedes sabe hacer masaje cardíaco?
-Ninguem, le contestamos en correcto portuñol mientras engullíamos otra cucharada repleta de feijoada. Fue entonces cuando comentamos entre nosotros que a quien no lo necesita el masaje cardíaco le puede hasta parar el corazón. Y otras teorías poco serias, como que tosiendo uno le gana unos minutos al infarto.
Fue entonces cuando la señora se tiró al suelo entre su mesa y la nuestra y pidió que alguien le haga el dichoso masaje. Entonces alertamos al resto de los comensales.
-¿¡Hay algún médico?!
Nadie. Pero rápidamente los varones se lanzaron a una actividad frenética con sus celulares y las mujeres se acercaron a la señora para hacerle lo que terciara. Una arriesgada en shorts empezó poco convencida a presionarle el pecho con golpes tímidos, siguiendo las instrucciones de la enferma.
Al poco rato apareció una patrulla de la Policía Militar que andaba de rutina por ahí. Uno de los comedidos se acercó corriendo y lo paró en medio de la calle a la vez que le pedía al oficial que haga algo, o quizá le preguntaba si sabía qué hacer en estas circunstancias. Se bajó un oficial y mientras la miraba, le ofreció llevarla a un hospital. Fue entonces cuando la moribunda se paró como un resorte y se metió corriendo en el patrullero que salió disparado detrás de su sirena para salvarle la vida.
Al rato volvió el policía a pedir sus honorarios. Ya se sabe que toda intervención lleva su contraprestación. Cuando salía con su bagayo le hice un gesto que contestó con el índice en su sien, “que loca estaba esa mujer”.
-“¿Maluca?” dudó el camarero que nos estaba ayudando con la clave de wifi “se fue sin pagar".
20 de octubre de 2012
9 de octubre de 2012
Anchorena
Un buen día descubrimos que la torre de la catedral de San Isidro no tenía llave ni candado. Unas escaleras muy normales llevan hasta el coro desde el fondo de la iglesia, pero desde ahí se podía subir un piso más y llegar al rellano desde donde se tocaban las campanas gracias a unas larguísimas cuerdas, como lianas de Tarzán. Arriba de esa gran sala cuadrada de varios pisos de altura aparecía el mecanismo mágico del reloj que da la misma hora a los cuatro vientos. Y encima del reloj se alojaban las campanas, de diferentes tamaños y tonos, con sus nombres grabados en el bronce empavonado. Más arriba la escalera se volvía precaria y llevaba hasta una trampa que abría el acceso a la estructura de madera que sostiene la aguja desde un tronco central como las ramas de un pino. Llegábamos trepando hasta las últimas ventanitas, las que tienen las luces rojas obligatorias para espantar platos voladores. Debíamos tener entre ocho y diez años cuando subimos la primera vez los seis hijos varones de tres grandes amigos que vivíamos como hermanos. Ese día bajamos con algunas palomas que habíamos cazado en la oscuridad, porque ahí adentro había nidos de palomas y caca de murciélagos.
Tantas veces subimos a esa torre que ya era nuestra cuando al párroco se le ocurrió encargarnos que hiciéramos la colecta en la misa de once, a la que asistíamos con nuestras familias, una por banco, todos los sanisidrenses y nosotros después de horas en la torre. Nunca supimos si lo hizo para sacarnos de esas alturas o para mover
la generosidad de los feligreses con nuestras caras infantiles y pintas desgreñadas.
Al terminar la colecta vaciábamos los bolsas como si fueran medias. Entre monedas cantarinas y billetes malolientes, siempre aparecía uno nuevecito, impecable y sin arrugas, el más alto que había en ese momento en circulación.
Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.
Bastó con indagar dos o tres domingos entre los sospechosos que habíamos visto cada uno en su recorrido: el orejón, el flaco, el pelado, el cabezudo, el barrigón... En poco tiempo nos dimos cuenta de que el que ponía ese billete era Anchorena. No teníamos ni idea de su nombre, pero Anchorena lo llamamos por ser apellido de gente rica y suponíamos que debía tener muchos de esos billetes.
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