11 de diciembre de 2013

El sueño de las misiones


La provincia argentina de Misiones debe su nombre a las misiones jesuíticas que ocuparon una vasta extensión de nuestra América. Fueron unos 30 pueblos que se fundaron y florecieron entre los siglos XVII y XVIII en lo que hoy es la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los restos de las misiones, diseminados por toda esa geografía, son patrimonio de la humanidad que muchísima gente visita asombrada. Pero son apenas vestigios conmovedores de la gesta evangelizadora de la Compañía de Jesús… que tuvo un final amargo: los jesuitas fueron expulsados de todos los dominios de los reyes europeos a mediados del siglo XVIII y luego suprimidos por el papa Clemente XIV en 1773. Recién en 1814 fueron restituidos por Pío VII, pero el daño estaba hecho: la expulsión provocó el abandono de unos cuantos pueblos de nuestro territorio, pero sobre todo se abandonó a su suerte a los paisanos, que quedaron a merced de la rapiña de los codiciosos. Muchos de sus habitantes volvieron a la selva para no ser capturados por los cazadores de esclavos. Y el abandono provocó la ruina, que fue el nombre usado durante años para referirse a lo que quedaba de los pueblos. Pero esos restos, en mejor o peor estado, siguen dando testimonio del esfuerzo de los padres de la Compañía por promover a los guaraníes no solo con la fe, también con las artes y las ciencias.

Es imposible juzgar los hechos de hace casi tres siglos con los estándares actuales y no pretendo discutir esas cuestiones, pero basta con recordar ahora que nadie nunca se hizo cargo ni pidió perdón por ese abandono. Ahora que el papa es argentino y jesuita la ocasión y la oportunidad no pueden ser mejores para reivindicar la gesta que le da nombre a la provincia. Y el momento es propicio para recordar un viejo sueño que alguna vez me contó monseñor Alfonso Delgado cuando estaba al frente de la diócesis de Posadas: reconstruir una de las misiones y ponerla en valor hasta llegar a mostrarla en todo su esplendor.

Delgado imaginaba la misión de San Ignacio o la de Santa Ana tal como eran en el siglo XVII, con sus patios y claustros, su colegio y sus casas de piedra, su iglesia techada, sus columnas de lapacho y los arcos de sus puertas completos, sus altares, imágenes y retablos… y con los padres de la Compañía repuestos en su colegio como genuinos intérpretes de las misiones. Además podría instalarse allí un centro de estudios que sirva a quienes investigan esa parte de la historia americana.

No hay que ir muy lejos para ver los resultados: unos 200 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se levantan vivas las iglesias y los pueblos de la Chiquitania que fueron reconstruidas tal como estaban en 1767. Los años pares se realiza en ellas el un festival de música barroca que atrae a Santa Cruz y a las antiguas misiones orquestas y coros de todo el mundo. Vienen a celebrar la música de nuestra tierra: la misma que se cantaba y tocaba en las misiones del Guayrá, compuesta, entre otros, por Doménico Zípoli, uno de los más grandes maestros de la música barroca. Zípoli era un músico italiano que se hizo jesuita en Roma y luego se vino de misionero a nuestra América. Nunca estuvo en las misiones: llegó a Córdoba a completar sus estudios para ordenarse sacerdote y allí, entre la ciudad de Córdoba y la estancia de Santa Catalina, compuso casi toda su obra. Zípoli murió en Santa Catalina antes de ser sacerdote (en esa época escaseaban los obispos en América) y está enterrado en su iglesia que conserva todavía el esplendor barroco de aquella época.


Santa Catalina y Chiquitos son un ejemplo de lo que puede hacer Misiones con algunas de sus antiguas reducciones jesuíticas. Ponerlas en valor hasta mostrar todo el esplendor de sus mejores tiempos. Aprovechar sus iglesias vivas para interpretar la música fantástica que se compuso precisamente para esas iglesias. Revivir en sus colegios, huertas, claustros y pueblos la vida de aquellos tiempos, cuando guaraníes y jesuitas convivían en paz y se enseñaban unos a otros a viajar de la tierra sin mal al paraíso. Y la música de Zípoli es un testigo fenomenal de esa convivencia y de ese viaje.

26 de octubre de 2013

Vigilante dormido


En Brasil las llaman lombadas y en México topes. En Guatemala se ponen tétricos y les dicen túmulos. En la Argentina son lomos de burro y en Chile de toro. Pero me gusta más como les dicen en Colombia y en el Ecuador: policía acostado (en la sierra al que acuestan es a un chapa). El padre de un amigo les dice vigilante dormido, que es lo que hace uno cuando se acuesta. El vigilante y el policía tienen la connotación más cercana al reductor de velocidad, como han empezado a llamarlo –para evitar metáforas molestas– las autoridades municipales, provinciales y nacionales de todo el continente, incluidas las tres Guayanas. Y están las autoridades que prefieren bandas sonoras, quizá porque te suenan el auto. Pero sigo prefiriendo el vigilante que todo lo ve y desconfía del más inocente.

Los hay de todos los tamaños. Grandes y amesetados, a los que el auto se sube y se baja como de una montaña rusa. Redondos y altos, que más que policías dormidos parecen esqueletos de elefantes los que tocan la barriga del auto con el consiguiente daño a todo lo que hay ahí abajo. También están los aplastados por las huellas de los camiones que en el medio dejan una aleta que ataca directo al cárter. Y están también las lomadas benignas, las que parecen una boa atropellada por cruzar distraída el camino.

En Itatí hay unos socotrocos redondos, como pelotas de hierro puestas en fila para destruir hasta un camión con acoplado. Y últimamente han aparecido botones amarillos de plástico bien duro abulonados al pavimento que descuajeringan el auto más pintado: hay que parar a ajustar los tornillos si uno no quiere perder piezas importantes de la carrocería. Entre tanta variedad, los que son mortales son unos filos amarillos, que parecen cuchillos a medio enterrar. Esos te dejan las llantas cuadradas.

Cuando ponen lomadas, suelen pintarlas y acompañarlas con carteles que advierten que viene uno de esos. Pero ya se sabe, los carteles se caen y la pintura se gasta: entonces te sorprenden y te dejan el auto sin tren delantero. Y en Córdoba hay un pueblo que tiene lomadas virtuales: avisan con carteles amarillos que el lomo de burro está a 100 metros, a 50 metros, a 25… pero no hay nada; igual todos paran aterrados. Seguro que los que sacan los carteles son los dueños de los talleres de alineado y balanceo o los mecánicos en general, porque esas lomadas desbaratan el metal finito y el plástico duravit con que se hacen los autos ahora. Tanto trabaja la pobre carrocería sin chasis que cuando paso un lomo de burro en diagonal para que no toque la panza parece que va a saltar el parabrisas de lo que cruje mi cochecito grisplata.

6 de octubre de 2013

La cárcel


Una sola vez estuve en la cárcel. Fue en la Unidad Penitenciaria 13 de la provincia de Buenos Aires, en Junín. Hablé con varios presos –internos los llaman– y todos eran inocentes. Después me explicaron que hasta los más contumaces delincuentes declaran su inocencia ante quien los quiera oír y siempre que no sean otros internos. En las cárceles el orden de jerarquía lo establece la gravedad del delito que purgan, así que para adentro es mejor ser peor. 

Quizá sea desde entonces que tengo la convicción de que las cárceles no sirven para nada y que ahí están los perejiles, aunque sean homicidas, ladrones, violadores, piratas del asfalto, contrabandistas o narcotraficantes. Los verdaderos delincuentes andan sueltos por la calle, algunos tienen cargos públicos y son culpables de los delitos de los que están adentro porque jamás se ocuparon de la promoción y la educación de las personas más vulnerables. 

Nunca me expliqué por qué el ser humano es capaz de quitar la libertad a sus semejantes. En realidad lo que no me explico es que nos horrorice la tortura y la pena de muerte mientras quitamos el don más preciado a nuestros congéneres. Privar de la libertad es la peor de las torturas y la mayoría preferimos estar muertos a no tenerla.

Para colmo las cárceles se han convertido en universidades del delito, caldo de cultivo de terribles enfermedades y cámara de tortura por el dedicado esmero que ponen en hacer sufrir los propios colegas de infortunio y a veces también los malos carceleros. Tampoco me explico, por eso, la expresión “que se pudra en la cárcel” que implica el deseo de un castigo extra además de la falta de libertad y como si eso no fuera suficiente.

Algún día las cárceles serán lo que ahora las mazmorras de tortura de los castillos medievales o los campos de exterminio nazis que visitamos asombrados cuando andamos de turistas por Europa. Será cuando la humanidad descubra que hay que querer y perdonar a los delincuentes y tratar de averiguar qué les pasa, pero para remediarlo.

Conseguiremos mejores resultados si en lugar de castigarlos les pagamos los estudios en una buena universidad y un viaje a Disneylandia.

18 de septiembre de 2013

Amor y política

Todo nos encanta de quien estamos enamorados. Su ropa, su olor, sus palabras, sus lentejas, sus gestos y hasta sus manías. Dicen que el amor vuelve un poco tontos a los seres humanos porque perdemos el equilibrio y la sensatez y nos olvidamos de lo que antes nos acordábamos porque nos acordamos solo de una persona. Nada da tanto placer como satisfacer los deseos del amado y todo vale para hacerlo. No vivimos sino para el otro y el otro para uno. Nada hiere, nada lastima, nada molesta cuando dos personas se quieren.

Y cuando por un desengaño, por aburrimiento o por simple cansancio se deteriora la relación de los que se aman, las cosas se ponen al revés. Lo que era dulzura se vuelve amargura, lo rico se pone feo y las cosas que antes encantaban ahora empiojan. Una relación que parecía indestructible se convierte en suplicio en un segundo al enterarse uno de la infidelidad del otro. Lo que antes era placer ahora es dificultad. Ya no son ricas las lentejas y la rutina cotidiana que antes era nido se convierte en otra vez sopa. Todo hiere, todo lastima, todo molesta cuando dos personas han dejado de quererse.

La política en tiempos de democracia tiene mucho de noviazgo, de amor y de desamor. Cuando un candidato consigue el amor de las mayorías, todo lo que haga estará bien. Ganará las elecciones sin contratiempos y podrá gobernar tranquilo, porque su gente lo seguirá hasta donde quiera llegar, a veces con sacrificios increíbles. El amor basta y sobra y lo han demostrado todas las revoluciones de la historia.

Y cuando se pierde el amor del pueblo ya no hay nada que lo alegre. Las mismas cosas que antes lo apasionaba a favor ahora lo afiebra en contra. Como en el desamor de una pareja, en la política el desengaño es recíproco y quedan dos opciones: volver a enamorase a fuerza de perdonar y reconocer errores o desconocerse para siempre y devolverse los regalos desde los quince años. Pero en política como entre los amantes es muy difícil reconocer errores y perdonarse, entre otras cosas porque al menor descuido alguien empieza a enamorar a espaldas del malquerido: el amor es un hueco que siempre se llena.

El pueblo -la gente se dice ahora- es un complejo sistema de inteligencia y voluntad colectivas. Cuando da su amor a un gobernante le exige también entrega absoluta. Y entonces le perdona todo. Y nada hiere, nada lastima, nada molesta. Y cuando falla -cuando el pueblo se entera del desamor- viene el desengaño. Y entonces no le perdona nada. Y todo hiere, todo lastima, todo molesta…

10 de septiembre de 2013

Chupamedias

Lamebotas, lameculos, lambón, pelota, alcahuete... pero en castellano hay un sustantivo de salón para referirse a todos ellos: obsecuente. Están por todos lados, hay muchos más de lo que parece y puede ser el sida del siglo XXI.

Los principales culpables de la obsecuencia son los que la permiten, porque los chupamedias aparecen y se desarrollan en organizaciones permeables. En todos lados y cada vez más, hay jefes que prefieren un empleado obsecuente a uno inteligente. Los obsecuentes no fallan nunca y son siempre leales, por eso es tan cómodo rodearse de ellos aunque no hagan nada útil. Pero hay todavía una fortaleza nada despreciable: avisan cuando alguien está por hacer algo innovador y creativo en la organización. Entonces se lo puede sancionar y hasta echar por traidor.

La obsecuencia infecta todas las organizaciones publicas y privadas, pero sobre todo enferma a la administración pública y a la política, que se alimenta de chupamedias desde la época de Hammurabi. Es que el poder siempre prefiere al obsecuente antes que al que pueda descubrir la ineptitud del que manda. Y cuanto más tiranos son los jefes, más chupamedias los subordinados, tanto que el cerco de los obsecuentes que rodea a todos los autoritarios es una señal indiscutible de su despotismo.

Lo más grave de esta enfermedad de las instituciones es que la obsecuencia instala una espiral perversa que va de mejor a peor, porque los obsecuentes un día llegan arriba de todo y, como son por naturaleza permeables a su propio género, multiplican la obsecuencia anterior. Este es el mecanismo que permite asombrosas situaciones padecidas mil veces en la cooperadora del colegio y en las Naciones Unidas: mandan unos inútiles rodeados de obsecuentes.

18 de agosto de 2013

La paciencia del yacaré


Los esteros del Iberá son un inmenso bañado del tamaño de Bélgica en el que no hay gente: solo agua y yacarés, además de víboras curiyú, carpinchos, aguarás, venados y 360 especies de pajarracos de todos los colores y tamaños. Solo hay gente –poca– en las costas del bañado, pero el estero es una descomunal laguna enmarañada de plantas acuáticas e islas flotantes en la que cualquiera se pierde. El paisaje cambia cada día porque, ya se sabe, en el agua todo se mueve.

Entramos al estero desde la estancia de unos amigos en Galarza, a donde llegamos después de recorrer 80 kilómetros de caminos de la arena suave que alguna vez fue lecho del río Paraná. Cuando volvimos de la laguna nos resucitaron con guiso tropero, empanadas y vino tinto. Allí, adentro del Iberá, los yacarés te miran como si no pasara nadie, los carpinchos se hacen los osos y las víboras duermen su digestión al sol sin inmutarse. La distancia de protección de estos animales es casi nula. Saben que estos otros animales que andan vestidos y hablan entre ellos no los van a tocar. Pero los que lo saben son las nuevas generaciones: las anteriores que se animaron al ser humano ahora son zapatos y carteras.

Hace casi 50 años ya andaba por estas lagunas, pero del otro lado del Iberá. Antes de bañarnos tirábamos piedras al agua para espantar las palometas que muerden como las pirañas. El campo era salvaje y los peones iban armados por si aparecía una cuenta pendiente o un animal para almorzar. El agua sabía a hierro y a la noche pateábamos los sapos cururú que se apilaban debajo de las luces para cenar insectos del tamaño de mi llavero.

Para ver un yacaré de cerca había que ir al zoológico. Reptaban en un lodazal asqueroso formado por la orina y la bosta de los hipopótamos. Apenas se veían los ojitos que asomaban tristes de esa cloaca hedionda. Alguien los había cazado y vendido a la municipalidad de Buenos Aires, que compraba comida podrida al precio de Maxim’s de París para alimentar a sus huéspedes.

En estos 50 años los animales no cambiaron y la naturaleza tampoco (en términos de evolución esos cambios se dan en millones de años). Sí cambiamos los hombres, pero no nuestra naturaleza –que también necesita millones de años– sino nuestro pensamiento. Y los pobres bichos, que solo tienen instinto, se dieron cuenta de que aprendimos a convivir con ellos en esta barca sorprendente que es el planeta, en el que navegamos juntos como en la época de Noé por los milenios y por el universo.

Estamos aprendiendo a convivir con los yacarés, los carpinchos y los osos hormigueros, pero entre nosotros nos va cada día peor. Hay que seguir aprendiendo de la paciencia yacaré.

14 de julio de 2013

Rabona


El zoológico de Buenos Aires es una muestra del esplendor de una ciudad que entre 1880 y 1930 pasó de ser un rejunte de ranchos a la gran urbe que es hoy: todavía su infraestructura y esplendor son los de entonces. Hoy queda en un barrio central y nada barato y los que viven por allí se despiertan a las mañanas con los rugidos del león y no se alteran con los chillidos de los monos en sus peleas interminables.

Ahora nos da lástima ver a los animales enjaulados, pero no era así hace 100 años. Entonces, para que se sientan como en su casa, los camellos tenían en su corral una pirámide egipcia, los cóndores unos Andes de concreto en su pajarera gigante y los osos polares se asaban con los pingüinos sobre un témpano de cemento encalado. Había un orangután negro betún detrás de una fosa que golpeaba el pecho como en las revistas de Tarzán.

Es una paradoja que lo fundara Domingo Faustino Sarmiento, el padre del sistema de educación que hizo grande a la Argentina, porque además de cárcel para animales inocentes, el zoológico era refugio de rabonas de los estudiantes secundarios de toda la ciudad: las mañanas de lunes a viernes había fiesta de adolescentes entre elefantes, cebras, hipopótamos y cocodrilos.

Aquella mañana fría pero soleada del invierno de Buenos Aires había decidido no ir al colegio, así que al salir de mi casa enfilé para el zoológico. Era un viaje largo que tendría que terminar a pie, porque no alcanzaban las moneditas que mi madre dejaban todas las noches apiladas para cada uno de los hermanos encima de los azulejos de la mesada de coser.

Caminaba por la Avenida del Libertador cuando oí la voz de mi padre desde su auto negro que marchaba despacito y a mi par. Subí junto con él en el asiento de atrás –entonces mi padre tenía chofer- y seguimos viaje al centro de la ciudad. El diálogo completo puede ser largo, así que solo les dejo lo esencial:

-¿Y por qué no quieres ir al colegio?
-Porque me aburro.

Cuando llegamos a la Cancillería me mandó a desayunar a una confitería cercana y después me mostró el Palacio San Martín, donde tenía un despacho descomunal con un mapamundi que cubría toda una pared. Después vino otro diálogo:

-¿A qué hora llegas a casa?
-A la una.

Me mandó con el chofer y nunca más se habló del tema. No dije nada en casa y se ve que él tampoco. Y no volví a faltar al colegio, aunque seguí aburriéndome como una ostra los años que me quedaban para terminar el bachillerato: una condena a soportar profesores mediocres que cumplí como un ejercicio para la vida. Desde entonces pienso que si los chicos se aburren en el colegio es inútil enseñarles nada. Pero para saberlo hay que preguntarles a tiempo.

17 de junio de 2013

Panqueso

Casi todos los días, pero especialmente en los feriados y en época de vacaciones, nos juntábamos los amigos del barrio debajo del cedro inclinado del Paseo de los Paraísos en San Isidro. Éramos los hijos varones de cuatro familias bastante generosas. Muchas veces se unían los invitados de cualquiera de nosotros hasta formar un grupo interesante. El fútbol no era lo único que hacíamos, pero era un suplicio.

Para formar los equipos se realizaba una criba fatal que hoy sería denunciable ante un tribunal antidiscriminación. Los dos mejores jugadores elegían a sus equipos entre el resto de los candidatos. Se enfrentan los dos capitanes a unos metros de distancia y se van acercando con pasos en los que el talón de un pie se apoya en la punta del otro. Uno es pan, el otro queso. Y así, pan, queso, pan, queso, pan, queso… termina uno pisando al otro y ganando el derecho a elegir primero entre los que mirábamos la maniobra.

Por supuesto, nunca me tocó ser capitán y en ese deshojarse la margarita terminaba siempre al final. Era el de la escoba, el último que elegían. Solo me superaba algún desconocido que por su pinta era tan patadura como yo. O era yo mismo cuando iba invitado a casas de amigos en las que se seguía el mismo procedimiento. No importaba si la cancha era grande o chica, si tenía arcos o usábamos un par de camisetas en el suelo para marcar la meta. Si era inclinada, de asfalto, con árboles en el camino o autos en la vereda. Siempre me elegían el último y les daba lo mismo para quien jugara si el número de jugadores era par. Pero si era impar y los candidatos escasos, un equipo de cinco contra otro de cuatro hace diferencia hasta con pataduras, pero ahí venía lo peor.

La mayoría de las veces –pero sobre todo cuando desequilibraba el número- me tocaba ir al arco. Eso les daba a los cracks la posibilidad de aprovechar a su favor el jugador de más y hacer goles. Hay que enfrentarse con un energúmeno que viene sin escrúpulos ni piedad dispuesto a fusilarte de un pelotazo. Yo era un colador y en cuanto los contrincantes lo sabían, tiraban al arco desde fuera.

Si el partido iba bien para mi equipo rogaba al cielo que no se les ocurriera emparejarlo. Pero no servía: cuando íbamos ganado 6 a 2 y parecía un triunfo asegurado, uno de los capitanes paraba el partido y pedía un jugador al otro equipo. Obligado a desprenderse de uno de sus hombres, el capitán de mi equipo elegía al peor, al más tronco… me elegía a mí, que terminaba en el arco contrario. Me cambiaban al equipo perdedor: una condena por donde se la mire.

16 de junio de 2013

Termitas

En Buenos Aires hay que calcular siempre el 20% más de comida en cualquier actividad en la que se da de comer. Pasa en los cócteles, reuniones, agasajos, vernissages y cualquier tipo de sarao más o menos público. Todo por las termitas, que se comen por lo menos un quinto de lo que se sirve.

Las termitas son una tribu de sujetos, ellos y ellas, que consiguen entrar en las embajadas, ministerios, hoteles, galerías de arte, clubes... para comerse lo que dan a los invitados. Viven de arriba y a veces, supongo, están compinchados con los mozos, que les sirven sus bocadillos favoritos y les escancian generosas copas de vino reserva. En general son personas grandes, mayores, bastante bien vestidas, aunque siempre hay un detalle que las delata, como a los extraterrestres que persigue Tommy Lee Jones en Men in Black.

Era todavía adolescente cuando me colé con un amigo a un matrimonio en una casa de fiestas vecina. Queríamos hacer la prueba y resultó muy fácil: solo había que vestirse de casamiento y entrar como Pancho por su casa a disfrutar del champán y entremeses de bienvenida, pero hay que desaparecer cuando toca sentarse a la mesa. Y era bastante más grande cuando probé el excelente desayuno de un hotel cinco estrellas de Miami: solo quería demostrar que era posible vivir de arriba si se tenía la suficiente caradura y la ropa adecuada. Y se puede.

Las termitas de Buenos Aires alegran las fiestas y hasta las engalanan. Si falta gente, ellos la completan y si hay mucha, ni se nota. Charlan animadamente entre ellos porque se conocen como pocos de los presentes. Seguro que se llaman para encontrarse después de investigar la oferta del día que aparece -a veces entre líneas- en los diarios de la ciudad y en un almanaque que se cumple con puntualidad religiosa.

Supongo, también, que se estudian el libreto de la reunión. Una vez allí se instalan en el lugar más estratégico, degluten sin parar y hasta se guardan sandwichitos de miga en los bolsillos o en la cartera.

Se diría que no hay fiesta si no hay termitas y lo gracioso es que todos las conocemos. Es un poco molesto que sean tan ávidos de comida y bebida, pero se ve que lo disfrutan y nunca se quejan. Para que no falte, solo hay que saber calcular el porcentaje de las termitas.