25 de agosto de 2014

San Lorenzo

Desde que es el Campeón de América de vez en cuando digo con cierto orgullo que soy de San Lorenzo. Algunos me contestan que ahora todos son de San Lorenzo: quizá suponen que la gente es chaquetera y se pasa a los vencedores, sean quienes sean, porque es lo que harían ellos. Confieso, aunque no haga falta, que soy de San Lorenzo desde el año de catapún, cuando una niñera española que teníamos en casa me hizo del Ciclón. Joaquina era fanática, como casi todos los españoles que vivían en la Argentina, porque en San Lorenzo jugaron varios españoles exiliados de la Guerra Civil: los vascos Isidro Lángara, José Irargorri y Ángel Zubieta y Emilio Alonso (a Zubieta Joaquina le decía Angelillo). Desde diciembre de 1946 a febrero de 1947 San Lorenzo se fue de gira por España y Portugal admirando con su fútbol a los aficionados. Zubieta era el capitán del equipo y la gira le permitió reencontrarse con su familia y volver a su pueblo, donde jugaron un picadito. Pasa rápido eso de que la niñera de uno era española, pero no fue hace tanto que la Argentina era un país mucho más rico y desarrollado que España.

Lo que ocurre con los hinchas de San Lorenzo es que no somos hinchas. Es decir que no hinchamos a medio mundo con nuestra cuerva condición, que aceptamos con resignación como se acepta a un cuñado o una herencia. Nuestro equipo lleva el nombre de un santo, quizá por eso sabemos que el fútbol no es una religión y para colmo no tenemos cábalas ni supersticiones que irían en contra de la voluntad del fundador del club y de su patrono, asado a la parrilla cuando la intolerancia era casi tan bestial como la de ahora. Así que los de San Lorenzo no estamos todo el día jorobando con sanloreeeeeeeeeee...; no nos ponemos la camiseta para ir a trabajar o a dormir; no gastamos a los contrincantes que vencemos y soportamos estoicamente las cargadas de los que nos ganan… En fin y por una suerte maravillosa que nos ha tocado, no estamos obligados a ganar siempre y sabemos perder. Ya se sabe que para San Lorenzo ganar es una epopeya agónica, por eso disfrutamos de los triunfos mucho más que los que necesitan ser siempre los primeros en la tabla por diez puntos de diferencia y tratan de fumigar a cualquiera que no sea ellos mismos. Así, resulta que perder no nos quita ni un pelo de nuestra felicidad porque sabemos que es una posibilidad cierta y casi siempre próxima. Nuestro amor por San Lorenzo es el de los que sufren en silencio, como todo verdadero amor.

Aunque para nosotros es el primero, hay quienes dicen que es el quinto cuadro de la Argentina, supongo que detrás de Boca y River, Independiente y Racing. Eso nos coloca por encima de Vélez Sárfield, cosa que es poco creíble, por historia, estadio, tamaño, vitrina y popularidad barrial. Quizá sí hay más simpatizantes de San Lorenzo que de Vélez en todo el país, pero a eso no lo sabe nadie. Apelo ahora a las autoridades nacionales para que en el próximo censo contemplen la posibilidad de preguntar a los ciudadanos de qué equipo de fútbol son. Creo que habrán preguntado por fin algo verdaderamente útil y resultón, por lo menos para los periodistas.

Hoy los hinchas que no hinchan más famosos son el papa Francisco y Marcelo Tinelli. También anda por ahí Viggo Mortensen. Ah… y un viejo embajador de los Estado Unidos que ya murió. La sinergia de Tinelli con Bergoglio puede ser explosiva. Tinelli sabe aprovechar hasta el más mínimo segundo de popularidad y de exposición a los medios y desde que Bergoglio salió papa por la logia de las bendiciones de San Pedro, San Lorenzo ha conseguido campeonar en la Argentina y en América.

Bueno, esto es de lo que quería hablar: me preocupa que tanta fama y tanto campeonato nos convierta en insoportables. Dios quiera que no.

17 de agosto de 2014

El cura mentiroso


Tres personas murieron el mismo día y sus muertes fueron noticia en la sección internacional de los diarios. Dos eran de Hollywood y una de Liberia. Hollywood es como decir el paraíso en la tierra. Liberia en cambio se ha vuelto un infierno por culpa del ébola, ese virus que contagia y fulmina sobre todo después de la muerte: parece que no hay nada tan peligroso como tocar un cadáver con ébola. Lauren Bacall andaba ya por los 90. Había sido la mujer de Humphrey Bogart y era la más bonita, como son todas las actrices de Hollywood. Robin Williams era un actor divertido que nos cambió la vida a los de una generación con La sociedad de los poetas muertos, cuando aconsejaba a sus alumnos de un colegio secundario de los Estados Unidos que aprovechen el tiempo, que lo gasten intensamente y hagan algo maravilloso con sus vidas.

Miguel Pajares es el tercero. Murió de ébola en un hospital de Madrid luego de ser transportado en un avión sanitario desde Monrovia, la capital de Liberia. Salieron fotos en los diarios porque lo trasladaron unos paramédicos vestidos de astronautas en una cápsula a prueba de contagios. Pajares, de 75 años, era un cura misionero que atendía un hospital en esa ciudad asolada por el virus. El director del hospital, también misionero, había muerto de ébola en esos días y en el edificio quedaron aislados unas monjitas y dos asistentes esperando saber si habían contraído el virus. No hay otro modo de luchar contra el ébola que aislar a los que lo padecen hasta su muerte y después hay que incinerar sus cuerpos con una asepsia total. Y a los que pueden haberse contagiado también hay que aislarlos hasta que pase el período de incubación y se sepa si tienen o no el virus; si lo tienen están sentenciados.

Además de ser cura de la orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Pajares había estudiado enfermería y llevaba 18 años de misionero, los últimos siete en el hospital San José de Monrovia, ayudando a los más miserables de un país de pobres y desnutridos en el que la ignorancia hace estragos. Parece que en muchos lugares de África acostumbran lavar los cuerpos de los muertos, así que cada entierro contagia a decenas de parientes del muerto, que a su vez, vivos y muertos, contagian a otros en una progresión que parece imposible de parar.

Después de esta historia es paradójico, digo yo, que Robin Williams haya terminado sus días millonario, deprimido y colgado de su propio cinturón, mientras estos misioneros mueren por ayudar a unos seres humanos a quienes ni siquiera conocen. También es una paradoja que si escribimos Miguel Pajares en el buscador de la Wikipedia aparece solo un arquero del fútbol peruano al que le dicen Miguelón. Por eso pienso que lo de verdad paradójico sería que nos conmueva más la noticia de Robin Williams que la de Miguel Pajares. Pero así es la fama y la opinión pública: Robin Williams, Lauren Bacall y Miguelón necesitan la fama, mientras que el cura Pajares ni la necesitaba ni la quería, preocupado solo por hacer lo que Dios le había pedido.

Y ahora tengo que decirles a algunos lectores que lo siento, porque a esto sólo lo entienden cabalmente los que creen en Dios. Es que me viene como anillo al dedo lo que escribía en esos días el periodista español Rafael Latorre en un blog que está de moda. Pero para qué se lo voy a contar si lo puedo copiar:

Yo soy ateo. No agnóstico. Ateo. O sea, que estoy convencido de que los curas se pasan la vida creyendo en una mentira. Creo, además, que toda mentira es dañina. Y de sobremesa en sobremesa exhibo con arrogancia mi materialismo. Pero la coquetería me dura hasta el preciso instante en que me entero de que un misionero se ha dejado la vida en Liberia por limpiarle las pústulas a unos negros moribundos. Entonces me faltan huevos para seguir impartiendo lecciones morales. Principalmente por lo aplastante del argumento geográfico. Él estaba allí con su mentira y yo aquí con mi racionalismo.

22 de julio de 2014

Belleza sin esfuerzo

Ya se sabe que en los Estados Unidos se habla en castellano... bueno y también un poco en inglés. Y ningún latinoamericano se siente extranjero entre los gringos, sea el estado que sea. Lo que no se entiende es por qué nos dicen latinos o hispanos a los incas, aimaras, guaraníes, achuares, aztecas, mbyás, tehuelches, araucanos... Es por lo menos una contradicción de la historia llamar latino a un aborigen americano, y también a un alemán, un sirio-libanés o un judío de nuestras pampas, tan americanos hoy como los llamados blancos en Norteamérica.

En el 2050 uno de cada tres estadounidenses será de origen hispanoamericano, los de origen mexicano habrán superado a los que vinieron de África y el presidente se llamará Wáshington Fernández, me la juego. Y si seguimos sumando años verá que en el 2100 ya seremos mayoría absoluta. La razón principal es la tasa de natalidad: los hispanos tienen los hijos que los digamos europeo-americanos no quieren tener.

Pero no solo les ganamos a la hora de procrear americanitos de pelo chuzo, también se han impuesto en los Estados Unidos los sabores, los colores, el movimiento y la belleza latinoamericanos, que han corrido al rincón del olvido al sosísimo modelo Doris Day.

La belleza sin esfuerzo es la ventaja latinoamericana que ganará siempre. Contra ella perderán los gringos cada vez que lo intenten, hasta que llegue Wáshington Fernández a la Casa Blanca.

3 de junio de 2014

Ocho días de servicio militar

Probablemente por un ataque de ADD me equivoqué la fecha de la revisión médica para el servicio militar, así que me tocó un día en el que la hacían los rezagados: los que habían quedado como yo para la escoba por el déficit de atención o por obligaciones profesionales, como las de un famoso jugador de fútbol a quien le tocó hacerla justo un puesto antes que el mío en la fila de los futuros reclutas. Confieso que iba divertido y con ganas de hacer la conscripción gracias a las anécdotas infinitas que había oído contar a mis amigos, parientes y compañeros de estudios, a quienes en esos años o mucho antes les había tocado hacer la colimba en los lugares más dispares, desde la Policía Federal -donde se podía cumplir como voluntario- a la Antártida, embarcado en un destructor o un regimiento de montaña. Entre los sucedidos, casi siempre muy divertidos que contaban, estaba el patrón común de la colimba: un año -dos si te tocaba en la Marina por salir sorteado en los números más altos- en el que aprendías a hacerte duro gracias a las arbitrariedades de los superiores que llegaban a agotar la capacidad de resistencia. Se suponía que así era la guerra: el soldado no piensa, obedece hasta la muerte y así se defiende a la Patria. No hay más discusión. Si lo pensabas un poco era una calamidad, pero todo valía para servir a la Patria, hacerse hombre y aprender...

Aprender era lo que me movía. A esa edad había que salir del nido familiar y convivir con gente muy distinta. Entre los estudiantes universitarios ocurría que tenías que obedecer ciegamente a personas con muy poca formación intelectual que trataban de explicar a todo un físico qué es un proyectil. O que mandaban a un botánico correr hacia unos pinos que eran cipreses.

–¡Esos no son pinos, mi cabo!
–¡Dos días de arresto recluta tagarna!

Y se acabó la discusión. Por eso llegué con ganas pero algo prevenido a mi revisión médica en los fondos del Comando del Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde ahora hay un inmenso shopping. Cuando pasé el portón de entrada pregunté a un sargento barrigón que recibía detrás de un escritorio.

–¡Sáquese las manos de los bolsillos! Contestó con furia fingida y desprecio real.

Desde ese momento intenté salvarme, así que usé la coartada del soplo al corazón cuando el médico me auscultó en una fila que parecía la foto de un campo de concentración. Lo conseguí después de ocho días de electrocardiogramas, dopplers y ecografías porque me mandaron al Hospital Militar y el residente que me tocó decidió practicar todos los aparatos con mi soplo -es congénito y lo tengo de verdad pero no era suficiente para salvarme de la colimba. No me costó convencerlo de la inconveniencia de perder un año de mi vida haciendo saltos de rana en Campo de Mayo o quién sabe dónde, así que el bueno de él me firmó la excepción.

Eso era el servicio militar: una lamentable pérdida de tiempo. Y estoy seguro de que si no lo fuera nos hubiéramos alistado con ganas. Habría para aprender miles de cosas en ese año o dos del servicio militar en los que también se nos podía entrenar en las virtudes militares en lugar de contaminarnos con sus vicios. Hubiera hecho encantado la conscripción en la montaña, en un regimiento de paracaidistas, en los mares del sur, navegando los ríos de la Patria o en el escaso aire del altiplano. Aprenderíamos con gusto a convivir con otros argentinos a quienes jamás hubiéramos tenido ocasión de conocer. Muchos estudiaríamos encantados estrategia o historia militar, utilísima para cualquier situación de la vida y sobre todo para la política. Pero nunca fue eso sino una suerte de esclavitud por un año... o dos si te tocaba la Marina.

28 de abril de 2014

El puente de Roque González


El 25 de marzo de 1615 Roque González de Santa Cruz fundó la misión de la Anunciación de Itapúa en un cerro de basalto, que en ese lugar obliga al Paraná a dar una vuelta casi completa. Poco después, por razones que todavía no están muy claras, el mismo fundador trasladó la misión a la otra orilla del Paraná, pero entonces la llamó Nuestra Señora de la Encarnación. Los lectores sagaces ya saben que Anunciación y Encarnación son dos palabras distintas para referirse a la misma realidad, que ocurrió, digamos, el 25 de marzo del año 0, exactamente nueve meses antes del nacimiento de Jesucristo. Cuenta San Lucas que ese día el Arcángel Gabriel le anunció a la Virgen María que sería la Madre del Salvador y en el momento que María aceptó su misión, el Hijo de Dios se encarnó en sus entrañas.

La historia de ahora cuenta que siempre quedaron algunos pobladores en la margen izquierda del río, cosa muy probable aunque sea incomprobable. Pero aunque no hubiera quedado nadie, siempre fue una misma ciudad que hoy se llama Posadas en la orilla izquierda y Encarnación en la derecha. Para más datos, Roque González ahora es santo: lo canonizó Juan Pablo II en 1988 en Asunción junto con sus dos compañeros, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo. Encarnación y Posadas tienen el mismo origen, la misma historia y el mismo destino. No son dos ciudades hermanas como hay tantas en el mundo; ni siquiera mellizas o gemelas: son la misma ciudad, cruzada por un río que tiene por desgracia una línea de rayas coloradas en los mapas.

El 25 de marzo de 2015 Posadas y Encarnación cumplirán 400 años. En un país que no llega todavía a los 200 de su independencia significa por lo pronto que han pasado más tiempo de su historia juntas que separadas. Fue recién después de la Guerra del Paraguay, en 1870, que el límite entre los países quedó fijo en el medio del río. Serán 400 años de esta realidad urbana llamada Posadas y Encarnación, con el Paraná represado en el medio y un puente que no merece el nombre del fundador porque las separa en lugar de unirlas. La culpa es de los muchachos de Migraciones, de Gendarmería, de la Policía y de la Aduana que podrían estar varios kilómetros tierra adentro y dejar vivir en paz a posadeños y encarnacenos, como en el sueño de San Roque González de Santa Cruz.

23 de marzo de 2014

Periodistas arqueólogos


Un buen día me dice la secretaria del diario, en la dirección de El Territorio, que un arqueólogo quiere hablar conmigo y que está ahí mismo esperando detrás de la puerta. ¿Para qué querrá verme un arqueólogo? me pregunté, convencido de que los estudiosos de la antigüedad no tienen nada que ver con los historiadores de la actualidad que somos los periodistas.

El hombre entró con mapas enrollados bajo el hombro y otros documentos que se le caían de las manos. Traía, además, una vehemencia exagerada. Despeinado, enjuto, afiebrado, vivaracho, me contó que había sido novicio jesuita y que luego había estudiado historia, antropología y arqueología y me pidió discreción absoluta. Desplegó los mapas sobre la mesa y me contó el secreto: en un lugar de la costa del Paraná había enterrado un tesoro guaranítico que el lago de la represa de Yacyretá inundaría sin remedio. Tenía el dato y pedía ayuda al diario para desenterrarlo antes de que se pierda. A cambio nos daría todos los derechos de publicación del descubrimiento. No era mala idea.

Allí fuimos con nuestros disfraces de Indiana Jones. El hombre sabía lo que hacía. Marcamos el terreno con unas cuerdas y empezamos a excavar primero y luego a cepillar la tierra en un barranco de la costa del río en el que empezaron a aparecer unos restos de alfarería que podían ser cacharros de mi abuelita. Con mucho cuidado conseguimos desenterrar unas vasijas de boca grande que contenían restos humanos. Eran urnas funerarias bastante rotas, pero se podían reconstruir si teníamos todos los pedazos. Cuando le pregunté de qué época serían, el arqueólogo me contestó que era imposible de saber: el carbono 14 tiene un margen de error de unos 5.000 años y en el 3.000 antes de Cristo no había guaraníes. Además en esos 5.000 años la cultura guaranítica no había cambiado: eran iguales las urnas de la época de Noé o las de anteayer. Es decir que mientras el mundo pasó de la edad de bronce al teléfono celular estos buenos señores ni siquiera habían cambiado las marcas de sus uñas en el barro de las vasijas.

Llegamos con las urnas al diario y allí empezamos la reconstrucción, pero sobre todo publicamos el descubrimiento a toda portada y lo seguimos durante varios días mientras duraba el proceso de restauración de las vasijas. Durante un mes la dirección del diario parecía el Museo Británico y en las páginas nos felicitábamos por haber contribuido a un descubrimiento arqueológico de primer orden, por lo menos para lo que se puede encontrar en nuestra región.

Hasta que un día la recepcionista nos anunció otra visita: esta vez hacía antesala la Ministra de Cultura de Corrientes, la provincia vecina a la de Misiones. “Vengo a buscar las urnas que nos robaron” me retó con la misma vehemencia que el arqueólogo me propuso descubrirlas un mes antes. No había dudas: las urnas estaban en la provincia de Corrientes y no en la de Misiones y por tanto eran de ellos. Había elevado una queja formal a las autoridades de nuestra provincia y amenazaba con tomar medidas muy serias si no se las entregábamos.

Nunca más vimos nuestro tesoro, pero nos conformamos con no terminar en una cárcel correntina. Para colmo nuestro robo estaba perfectamente documentado en las páginas del diario. Así que solo nos quedó... esta historia.

15 de febrero de 2014

Libertad o muerte


Buscando la historia del gorro frigio y el palo del escudo argentino me encontré con la bandera norteamericana de White Plains (1776). Tiene el gorro en la punta de un bastón y una espada cruzados como una equis sobre fondo rojo. Pero lo fuerte es lo que dice encima: Liberty or Death: Libertad o Muerte. La idea con otras palabras se repite en el himno argentino y en todos los himnos americanos, porque desde Alaska a Tierra del Fuego preferimos la libertad a la propia vida. No sé si lo heredamos de don Cristóbal Colón o de los aborígenes que habitaban toda América cuando llegaron los conquistadores. O del mestizaje que se produjo al sur del río Bravo cuando nuestros antepasados se bajaron de los barcos en busca de libertad. Fue cuando españoles, italianos, polacos, ucranianos, croatas, sirios, alemanes y judíos de casi todos esos países se mestizaron para crear la más creativa de las razas humanas. Los pobres africanos venían esclavizados, pero enseguida encontraron una libertad que ni soñaban en África, donde los tiranos locales los vendían a los traficantes por chucherías. Y aquí estamos con nuestro americanismo a cuestas, tratando de mostrar al mundo que somos una sola nación.

No crea que es tan normal: muchos europeos y ciudadanos de otros países del mundo razonan exactamente al revés: antes está la vida porque sin ella no hay ni libre ni esclavo. Entonces prefieren no ser libres antes que morir. Por eso se explica la esclavitud que todavía campa con formas que no tienen nada que ver con las antiguas. Siempre me pregunté cómo un puñado de hombres, por más armas que tengan, son capaces de mantener a raya a miles de prisioneros, o de esclavos, o millones de ciudadanos en macrocárceles que llaman países. Y también me asombra la capacidad sin tiempo del ser humano para escaparse de sus carceleros jugándose la vida. Ocurrió en la época de Espartaco, en la era de los campos de concentración de todos los colores, con la Cortina de Acero, en el Caribe salpicado de cubanos flotando en cámaras de camiones, o cada verano en todo el Mediterráneo, desde Lesbos a Gibraltar.

Libertad o muerte gritan fuerte los desgraciados en nuestras cárceles, tanto que lo primero que le sacan a uno cuando cae preso es todo lo que pueda servirle para quitarse la vida.

La pasión por la libertad ha guiado nuestra historia gloriosa cuando nos independizamos de los déspotas europeos, pero también es la que nos va a salvar siempre de los autoritarios que nacen cada tanto en nuestra América y se sirven de la democracia para asfixiarla. Los de hoy están como en El otoño del Patriarca de García Márquez, deambulando solitarios por los salones del palacio que perdió la vista al mar porque un día lo vendieron para terminar de pagar las cuentas de sus extravíos.

16 de diciembre de 2013

Robar y que te pillen

El supermercado es uno de los inventos más antiguos de la humanidad. Lo que pasa es que hace 4.000 años no tenía escaleras mecánicas ni aire acondicionado, pero salvo eso y algún otro detalle, son lo mismo: el lugar donde se concentra la oferta y la demanda de los bienes de uso diario de todas las casas de una ciudad o pueblo. Ese es todavía y después de milenios nuestro segundo hogar: allí nos pasamos horas disfrutando de lo que podemos comprar y soñando con lo que no podemos, nos encontramos con nuestros amigos, parientes y vecinos y hasta disfrutamos de unas cuantas tostadas con quesito cada vez que pasamos haciéndonos los tontos frente a la promotora de Mendiqués. Dicen que hay gente que se entretiene llenando carritos que después deja abandonados en un pasillo del súper: durante un buen rato compran todo lo que quieren como si fueran ricachones pero después salen con un rollo de papel higiénico por las cajas de embarazadas.

En la plaza del mercado nació también el periodismo cuando alguien que sabía contar historias relataba los sucesos cercanos y lejanos. Y también en el mercado se contrataban los obreros que necesitaba el señor para construir su castillo o el obispo para su catedral. Y en el mercado se izaba el banderín de enganche para la guerra que tocaba en ese momento. Y desde que hay mercados pasa lo que pasa. Imagínese que el rey (o el duque, o el obispo) dijera que los comerciantes le están robando a los ciudadanos porque aumentan los precios sin decir agua va. Antes, como ahora, los parroquianos los hubiéramos escarmentado asaltando sus tenderetes de melones, gallinas y cacerolas y que le vayan a robar a sus abuelitas.

Cada tanto en la Argentina saquean algunos chinos, supermercados, híper, maxi, giga y jumbomercados y también megatiendas de televisores, lavarropas y heladeras. Si vamos a robar, mejor que un paquete de fideos nos viene un plasma de 65 pulgadas de esos que nos regalan partidos de fútbol multiplicados desde la vidriera. Dicen que siempre ocurre cerca de la Navidad, cuando queremos que se realice el milagro del regalo para todos. Y si no lo puede comprar Papá Noel, me lo regalo desde la góndola yo mismo, que para eso están ahí expuestos y nadie nos molesta si entramos unos cuantos en tropel.

Lo que pasa es que esas cosas no son nuestras y llevarse un plasma de esos que muestran fútbol desde la vidriera, no es una proeza sino un delito igual que robarse un chicle de un maxiquiosco o una bolsa de billetes del banco de la esquina. De vivos no tenemos un pelo cuando nos quedamos con lo que no es nuestro; tampoco de buena gente, aunque las autoridades nos den mal ejemplo cuando se roban hasta la fábrica de hacer dinero. Que otros roben, maten o degraden la naturaleza, no nos autoriza a hacer lo mismo a nosotros.

Si pensamos que se puede robar cuando vamos en montón es porque lo que nos da vergüenza no es robar sino que nos pillen. Perdimos esta batalla cuando dejamos de educarnos entre nosotros. Hace 70 o más años los edificios más importantes de las ciudades eran las escuelas. Hoy son los casinos. Así nos va.

11 de diciembre de 2013

Ruinas


El 25 de noviembre de 2013 Francisco recibió a Horacio Cartes, el nuevo presidente del Paraguay. Después de la audiencia, en la que hablaron a solas unos 20 minutos, se acercaron a saludar al papa la hermana y las dos hijas del presidente además de algunos funcionarios que acompañaban a Cartes. Fue entonces cuando el papa les contó que cuando una maestra de Posadas preguntó a sus alumnos qué habían hecho los jesuitas, ellos contestaron “¡ruinas señorita!”. Respuesta convencida y lógica, ya que durante muchos años el símbolo de las misiones fueron las ruinas de las misiones. Así quedaron por el abandono provocado por la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús en 1767.

Cualquiera que viaje por Europa se encuentra con restos de edificios en mejor estado que nuestras ruinas, aunque tengan una antigüedad de miles de años. Baste con mencionar el Acrópolis de Atenas, el Coliseo de Roma, el teatro de Mérida o las arenas de Nimes, donde sigue habiendo corridas de toros como hace 2.000 años. Pero eso no es nada: Europa está plagada de iglesias románicas y góticas en pleno uso y son todas anteriores al descubrimiento de América, igual que cantidad de castillos y palacios. Muchos puentes que todavía hoy se usan fueron construidos en la edad media o en la época de los romanos. También y gracias al mantenimiento hay muchas iglesias y edificios con más de 400 años y en perfecto estado en nuestra América.

Lo curioso no es que esos edificios tan antiguos se hayan conservado a pesar del tiempo y de sus inclemencias. Lo curioso es que Europa que las alberga ha sido el campo de batalla de mil guerras desde que se tiene alguna memoria a nuestros días. Y también es curioso que al visitar ese campo de batalla no encontramos ruinas sino los edificios que estaban antes de la batalla y en perfecto estado. Es que las guerras y batallas han sido –no hay bien que por mal no venga- la consecuencia directa de que esos monumentos estén como nuevos: los han reconstruido una y otra vez con los adelantos que antes no tenían. Así resulta que hoy puede usted alojarse en un castillo medieval, pero con luz eléctrica, calefacción, baño, agua caliente, ascensores, aire acondicionado…

Cuando los jesuitas fueron obligados a dejar las misiones algunas estaban terminadas y otras en plena construcción. La actual parroquia del pueblo de San Cosme, en Paraguay, ocupa la antigua iglesia de la reducción. La nueva, grande y capaz, son apenas cimientos porque nunca pasaron de allí. Algo parecido ocurre con Jesús, también en Paraguay, que no está en ruinas sino a medio construir.

En la provincia argentina de Misiones y en el antiguo territorio de las misiones del Guayrá, que incluye a las regiones vecinas de Brasil y Paraguay, existen 30 antiguos pueblos en los más variados estados de conservación o de construcción. Y en lugar de reconstruirlas y ponerlas en valor hemos intentado conservar sus ruinas, algo que para colmo cuesta el doble de trabajo.

El sueño de las misiones


La provincia argentina de Misiones debe su nombre a las misiones jesuíticas que ocuparon una vasta extensión de nuestra América. Fueron unos 30 pueblos que se fundaron y florecieron entre los siglos XVII y XVIII en lo que hoy es la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los restos de las misiones, diseminados por toda esa geografía, son patrimonio de la humanidad que muchísima gente visita asombrada. Pero son apenas vestigios conmovedores de la gesta evangelizadora de la Compañía de Jesús… que tuvo un final amargo: los jesuitas fueron expulsados de todos los dominios de los reyes europeos a mediados del siglo XVIII y luego suprimidos por el papa Clemente XIV en 1773. Recién en 1814 fueron restituidos por Pío VII, pero el daño estaba hecho: la expulsión provocó el abandono de unos cuantos pueblos de nuestro territorio, pero sobre todo se abandonó a su suerte a los paisanos, que quedaron a merced de la rapiña de los codiciosos. Muchos de sus habitantes volvieron a la selva para no ser capturados por los cazadores de esclavos. Y el abandono provocó la ruina, que fue el nombre usado durante años para referirse a lo que quedaba de los pueblos. Pero esos restos, en mejor o peor estado, siguen dando testimonio del esfuerzo de los padres de la Compañía por promover a los guaraníes no solo con la fe, también con las artes y las ciencias.

Es imposible juzgar los hechos de hace casi tres siglos con los estándares actuales y no pretendo discutir esas cuestiones, pero basta con recordar ahora que nadie nunca se hizo cargo ni pidió perdón por ese abandono. Ahora que el papa es argentino y jesuita la ocasión y la oportunidad no pueden ser mejores para reivindicar la gesta que le da nombre a la provincia. Y el momento es propicio para recordar un viejo sueño que alguna vez me contó monseñor Alfonso Delgado cuando estaba al frente de la diócesis de Posadas: reconstruir una de las misiones y ponerla en valor hasta llegar a mostrarla en todo su esplendor.

Delgado imaginaba la misión de San Ignacio o la de Santa Ana tal como eran en el siglo XVII, con sus patios y claustros, su colegio y sus casas de piedra, su iglesia techada, sus columnas de lapacho y los arcos de sus puertas completos, sus altares, imágenes y retablos… y con los padres de la Compañía repuestos en su colegio como genuinos intérpretes de las misiones. Además podría instalarse allí un centro de estudios que sirva a quienes investigan esa parte de la historia americana.

No hay que ir muy lejos para ver los resultados: unos 200 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se levantan vivas las iglesias y los pueblos de la Chiquitania que fueron reconstruidas tal como estaban en 1767. Los años pares se realiza en ellas el un festival de música barroca que atrae a Santa Cruz y a las antiguas misiones orquestas y coros de todo el mundo. Vienen a celebrar la música de nuestra tierra: la misma que se cantaba y tocaba en las misiones del Guayrá, compuesta, entre otros, por Doménico Zípoli, uno de los más grandes maestros de la música barroca. Zípoli era un músico italiano que se hizo jesuita en Roma y luego se vino de misionero a nuestra América. Nunca estuvo en las misiones: llegó a Córdoba a completar sus estudios para ordenarse sacerdote y allí, entre la ciudad de Córdoba y la estancia de Santa Catalina, compuso casi toda su obra. Zípoli murió en Santa Catalina antes de ser sacerdote (en esa época escaseaban los obispos en América) y está enterrado en su iglesia que conserva todavía el esplendor barroco de aquella época.


Santa Catalina y Chiquitos son un ejemplo de lo que puede hacer Misiones con algunas de sus antiguas reducciones jesuíticas. Ponerlas en valor hasta mostrar todo el esplendor de sus mejores tiempos. Aprovechar sus iglesias vivas para interpretar la música fantástica que se compuso precisamente para esas iglesias. Revivir en sus colegios, huertas, claustros y pueblos la vida de aquellos tiempos, cuando guaraníes y jesuitas convivían en paz y se enseñaban unos a otros a viajar de la tierra sin mal al paraíso. Y la música de Zípoli es un testigo fenomenal de esa convivencia y de ese viaje.