5 de diciembre de 2014

Estamos solos


Ya decía Jorge Manrique que este mundo es el camino para el otro que es morada. Tenía claro que todo camino es metáfora de la vida, así que escribió en las Coplas por la Muerte de su Padre que partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos, así que cuando morimos descansamos. Como la vida es un viaje, todo camino que emprendemos nos enseña algunas cosas importantes y otras no tanto, pero sobre todo nos enseña a vivir esta vida que gastamos entre que nacemos y morimos.

Uno diría, sin pensar mucho, que nunca estamos solos. Que en el trayecto de nuestra vida vamos siempre acompañados por padres, hermanos, hijos, mujer, marido, parientes, amigos, colegas y hasta enemigos… amores y desamores. Estamos rodeados constantemente por personas, animales, cosas y también y sobre todo por entidades que son personas, pero jurídicas: la familia, la patria, el colegio, la universidad, la parroquia, el club, la empresa, el negocio, el supermercado, el banco, el gobierno... y por siglas: la ONU, la OMS, la OEA, la CIDH, SRI, SIP, SuperCom, ADEPA… Lo que quiero decir es que vamos muy acompañados por la vida y que todos esos acompañantes influyen en nosotros, pero estamos completamente solos en medio de esa compañía y de esa influencia. Se lo explico:

El mundo –y sobre todo las ciudades– están llenos de gente pero ninguno de los que nos rodea decide por nosotros, por mucho que nos quiera o nos odie, que nos influya para bien o para mal. Todas las decisiones que tomamos son exclusivas de cada uno y debemos responder por ellas, ante Dios y ante los hombres, al final de la vida y también a cada minuto.

Si usted no aprendió todavía esta lógica, le recomiendo que se vaya unos días a caminar. Ponga sus cosas en un morral y establezca un punto de partida y una meta. Puede ser por la playa o la montaña o haga el Camino de Santiago por el norte de España, que es donde le aseguro por experiencia propia que se aprende cabalmente que estamos solos. Unos días de marcha solitaria por la meseta castellana, por los valles leoneses o por las cuestas y barrancos de Galicia lo marcan para siempre. En el trayecto hay caminantes adelante y atrás y también a los costados: algunos te dan conversación y otros apenas te saludan. Antes de salir tus amigos te dan consejos y en el camino te lo desean bueno, pero el que sale y el que llega cada día es uno, con su humanidad, sus pensamientos y su mochila a cuestas. Nadie camina por otro: no hay testaferros, apoderados ni representantes que valgan.

Muchísimas veces dejamos que otros tomen decisiones por nosotros. Pasa en el mundo globalizado y mediatizado en el que pareciera que nos domina la inteligencia colectiva o el Hermano Mayor de Orwell que piensa por nosotros. Elegimos entre todos, pero también elegir los gobernantes y acertar o equivocarnos es responsabilidad de cada uno. Eso no es noticia ni novedad, pero permítame que le explique que dejar que otros tomen las decisiones por nosotros es una decisión tan personal como cualquiera, con todas las responsabilidades de los actos propios. A partir de la mayoría de edad y siempre que no estemos impedidos por alguna chifladura mayor, uno es dueño absoluto de su propio destino y no hay nadie en el mundo que lo pueda suplantar.

Decía que esto sirve para cada minuto de la vida y también para el instante sublime de rendir cuentas a Dios o a los hombres de nuestros actos. Los que creemos sabemos que un buen día nos encontraremos solos ante Dios, cuando no valdrá el es-que ni el creí-que. Pero tampoco valdrán ante quienes nos juzgan en este mundo. Podemos estar acompañados por multitudes, como en las escenas del Juicio Final descriptas en el Apocalipsis de San Juan, pero también estaremos más solos que nunca, cara a cara con las propias responsabilidades, ante esa multitud que nos rodeará volátil, dispuesta a aplaudir o abuchear como el público en un estadio de fútbol.

Téngalo en cuenta porque no sirve para nada eso de hacerse el distraído.

1 de diciembre de 2014

Walter

Caminaba a Santiago, ya veterano en etapas y acostumbrado a coincidir por unos minutos con gente que no iba a ver nunca más. Fue en los páramos de Castilla donde los pueblos suenan a Bocadillo de Tortilla que le puse un apodo fatal al peregrino solitario de unos 50 años que llevaba calzas hasta las pantorrillas, dos mochilas -una en la espalda y otra en la barriga-, trípode para sacar fotos y cargador solar para el celular. “Este no llega a ningún lado”, pensé haciéndome el canchero conmigo mismo.

Después coincidimos en el albergue de Bercianos del Real Camino, donde la hospitalera resultó una petisa venezolana con dos pilas de más. Entre los alemanes y los holandeses preferí la mesa de los italianos y entonces me enteré de que el personaje era de un pueblo cercano a Turín y que de tímido no tenía nada. Esa tarde compró varias botellas de vino en un almacén del pueblo y nos alegró la cena a todos. Decía que el italiano y el castellano eran el mismo idioma y lo confirmaba con cada palabra: pan-pane; melón-melone… “–¿Ma queso-formaggio?” lo desafié. “–È l'eccezione” me calmó.

Lo crucé de nuevo en Mansilla de las Mulas a la hora del almuerzo. Estaba sentado en una mesa, en plena calle, tomando cerveza con dos rubicundas peregrinas, una austríaca grandota y otra alemana chiquitita. Al llegar esa tarde al albergue de Puente Villarente pregunté por ellos: “–tomaron una habitación para los tres” me contestó la hospitalera.

Lo volví a encontrar en la plaza de la catedral de León. Tomaba café con la austríaca, a la que se le acababan las vacaciones y se volvía a su país. “–¿Y la alemana?” le pregunté. “–Dorme…” contestó con las dos manos juntas debajo de su oreja. Walter llegó antes que yo a Santiago de Compostela y allí lo encontré sentado en un antepecho de la plaza de la Inmaculada, con cara de misión cumplida.

10 de noviembre de 2014

Sueños escondidos


Era estudiante en la Universidad de Navarra, en España, cuando veía atravesar por el medio del campus a peregrinos que hacían el Camino de Santiago. En cuanto empezaba la primavera y hasta bien entrado el otoño pasaban por Pamplona miles de personajes con pintas muy parecidas: ellos y ellas pero no tan jóvenes, con sombrero de lona, bolsillos en todos lados, bastón y una concha de vieira colgando en la mochila. Bajaban desde la Fuente del Hierro hacia el valle del Sadar. En el edificio central de la universidad, de estilo algo herreriano, sellaban el carné de peregrino y luego seguían viaje hacia los pueblos dos Cizur –el mayor y el menor– y se perdían en la cuesta del Perdón. La mayoría llevaba un par de días o tres según hubiera empezado en Roncesvalles o el Saint Jean de Pied de Port, del lado español o del francés de los Pirineos. Pero había algunos que venían de mucho más lejos.

Como los fines de semana no tenía tanto que hacer, el decano de la facultad me invitó un buen día a acompañarlo con otros amigos a arreglar el Camino. Eran miembros de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago y se pasaban gran parte de los fines de semana de invierno haciendo mantenimiento de la calzada que ya tiene más de mil años y en algunos trechos hasta dos mil. Cruza todo el norte de España de este a oeste y termina en Santiago de Compostela, ya cerca del Finisterre, el Fin de la Tierra, la punta más occidental de esa península de Asia que es Europa. Aquel trabajo consistía, sobre todo, en reponer y renovar, muertos de frío, las señales que marcan el recorrido, especialmente en los lugares donde es más fácil perderse como las bifurcaciones y encrucijadas que son el tormento del caminante. El Camino está jalonado de pueblos antiquísimos y algunas ciudades de casco medieval como Pamplona, Burgos, León, Astorga, Ponferrada… Muchos de los puentes que cruzan los ríos son romanos y casi todos ellos son usados todavía por autos y camiones; el tiempo no ha hecho más que fortalecerlos. En esos años de estudiante conocí el Camino pero solo en territorio de Navarra, desde Roncesvalles hasta Viana o desde la tumba de Rolando hasta la de César Borgia.

Lo que no sabía es que había empezado a soñar con el Camino en aquellos años azules de estudiante. A soñar, pero sin conciencia de soñar. Y lo digo porque por fin a los 60 años anduve de pueblo en pueblo como uno de aquellos romeros franceses, alemanes, holandeses, belgas, italianos, suizos… que pasaban por Pamplona con sus pantalones desmontables y sus fantásticos zapatos de travesía.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que hace muchos años que guardaba cosas para hacer el camino, como un sombrero de tela de algodón que compré en Bruselas en las liquidaciones de Navidad de 1991 y que perdí en Ponferrada 23 años después. Debe ser lo más viejo de todo lo que preparaba inconsciente para ese viaje con el que soñaba sin darme cuenta. Las últimas fueron un par de camisetas dry-fit, de esas que se secan en minutos después de lavadas, que son imprescindibles para caminar ligeros de equipaje, que es el mejor modo de viajar. Hay muchos más, entre ellos algunos libros de historias y fotos del Camino que se salvaban del naufragio de cada mudanza.

Dicen que mientras dormimos siempre soñamos y que solo nos acordamos del último sueño: del que duró segundos antes de despertarnos o del que nos despertó sobresaltados por lo fuerte de su contenido. Del resto no sabemos nada, pero algo podemos vislumbrar desde el único que nos acordamos: podemos saber más o menos por dónde van los tiros.

Esa es mi primera consecuencia –no la más importante– de mis días en el Camino. Estoy ahora convencido de que nos pasamos años haciendo cosas sin saber que tienen un fin. Son anhelos inconscientes del corazón que un buen día se despiertan y se juntan como las partes de un rompecabezas.

Los sueños escondidos se pueden descubrir en un color preferido, una pequeña manía o en algo que guardamos sin saber para qué, como el sombrero de algodón belga que perdí en un rincón de Ponferrada.

2 de noviembre de 2014

El arrugue


El Jefe de Policía de la provincia de Misiones se había enojado conmigo porque contamos algunas verdades en el diario. Los hechos eran irrefutables y de una gravedad poco común: lo involucraban directamente ya que se trataba de una orden -arbitraria y fuera de lugar- salida de su propio despacho. Pero el señor comisario general debía pensar que por conocernos lo trataríamos de minimizar o nos callaríamos. No fue así: el diario cumplió con su deber y con los lectores.

El problema a partir de aquellos días de 2006 era volver a enfrentarme con el jefe de policía, que entonces parecía un chorizo a punto de reventar; en la Argentina cuanto más alto es el grado mas pesa la barriga que adorna a los policías.

Un día ocurrió, cuando caminaba solo y a buen ritmo por la costanera de Posadas, que une y separa la ciudad del río Paraná, que a esa altura es el lago infinito de la represa de Yacyretá. Decía que caminaba por la costanera cuando vi venir en sentido contrario a Su Excelencia el Inmenso Jefe de Policía de la Provincia con varios guardaespaldas en pleno ejercicio de jogging.

Los custodios eran cuatro fisicoculturistas, con camisetas apretadas y anteojos oscuros, que rodeaban al abultado comisario general en yoguineta reglamentaria. Si no me matan, estos tipos por lo menos me tiran al río, pensé. Se me ocurrió cambiar de rumbo, pero pudo más la conciencia: si el jefe tiene problemas conmigo no es porque yo haya hecho ninguna macana sino porque las hizo él. Así que enfrenté altivo el pelotón que se acercaba amenazante.

A pocos metros el comisario arrugó y se cruzó de vereda, seguido por sus guardaespaldas.

25 de agosto de 2014

San Lorenzo

Desde que es el Campeón de América de vez en cuando digo con cierto orgullo que soy de San Lorenzo. Algunos me contestan que ahora todos son de San Lorenzo: quizá suponen que la gente es chaquetera y se pasa a los vencedores, sean quienes sean, porque es lo que harían ellos. Confieso, aunque no haga falta, que soy de San Lorenzo desde el año de catapún, cuando una niñera española que teníamos en casa me hizo del Ciclón. Joaquina era fanática, como casi todos los españoles que vivían en la Argentina, porque en San Lorenzo jugaron varios españoles exiliados de la Guerra Civil: los vascos Isidro Lángara, José Irargorri y Ángel Zubieta y Emilio Alonso (a Zubieta Joaquina le decía Angelillo). Desde diciembre de 1946 a febrero de 1947 San Lorenzo se fue de gira por España y Portugal admirando con su fútbol a los aficionados. Zubieta era el capitán del equipo y la gira le permitió reencontrarse con su familia y volver a su pueblo, donde jugaron un picadito. Pasa rápido eso de que la niñera de uno era española, pero no fue hace tanto que la Argentina era un país mucho más rico y desarrollado que España.

Lo que ocurre con los hinchas de San Lorenzo es que no somos hinchas. Es decir que no hinchamos a medio mundo con nuestra cuerva condición, que aceptamos con resignación como se acepta a un cuñado o una herencia. Nuestro equipo lleva el nombre de un santo, quizá por eso sabemos que el fútbol no es una religión y para colmo no tenemos cábalas ni supersticiones que irían en contra de la voluntad del fundador del club y de su patrono, asado a la parrilla cuando la intolerancia era casi tan bestial como la de ahora. Así que los de San Lorenzo no estamos todo el día jorobando con sanloreeeeeeeeeee...; no nos ponemos la camiseta para ir a trabajar o a dormir; no gastamos a los contrincantes que vencemos y soportamos estoicamente las cargadas de los que nos ganan… En fin y por una suerte maravillosa que nos ha tocado, no estamos obligados a ganar siempre y sabemos perder. Ya se sabe que para San Lorenzo ganar es una epopeya agónica, por eso disfrutamos de los triunfos mucho más que los que necesitan ser siempre los primeros en la tabla por diez puntos de diferencia y tratan de fumigar a cualquiera que no sea ellos mismos. Así, resulta que perder no nos quita ni un pelo de nuestra felicidad porque sabemos que es una posibilidad cierta y casi siempre próxima. Nuestro amor por San Lorenzo es el de los que sufren en silencio, como todo verdadero amor.

Aunque para nosotros es el primero, hay quienes dicen que es el quinto cuadro de la Argentina, supongo que detrás de Boca y River, Independiente y Racing. Eso nos coloca por encima de Vélez Sárfield, cosa que es poco creíble, por historia, estadio, tamaño, vitrina y popularidad barrial. Quizá sí hay más simpatizantes de San Lorenzo que de Vélez en todo el país, pero a eso no lo sabe nadie. Apelo ahora a las autoridades nacionales para que en el próximo censo contemplen la posibilidad de preguntar a los ciudadanos de qué equipo de fútbol son. Creo que habrán preguntado por fin algo verdaderamente útil y resultón, por lo menos para los periodistas.

Hoy los hinchas que no hinchan más famosos son el papa Francisco y Marcelo Tinelli. También anda por ahí Viggo Mortensen. Ah… y un viejo embajador de los Estado Unidos que ya murió. La sinergia de Tinelli con Bergoglio puede ser explosiva. Tinelli sabe aprovechar hasta el más mínimo segundo de popularidad y de exposición a los medios y desde que Bergoglio salió papa por la logia de las bendiciones de San Pedro, San Lorenzo ha conseguido campeonar en la Argentina y en América.

Bueno, esto es de lo que quería hablar: me preocupa que tanta fama y tanto campeonato nos convierta en insoportables. Dios quiera que no.

17 de agosto de 2014

El cura mentiroso


Tres personas murieron el mismo día y sus muertes fueron noticia en la sección internacional de los diarios. Dos eran de Hollywood y una de Liberia. Hollywood es como decir el paraíso en la tierra. Liberia en cambio se ha vuelto un infierno por culpa del ébola, ese virus que contagia y fulmina sobre todo después de la muerte: parece que no hay nada tan peligroso como tocar un cadáver con ébola. Lauren Bacall andaba ya por los 90. Había sido la mujer de Humphrey Bogart y era la más bonita, como son todas las actrices de Hollywood. Robin Williams era un actor divertido que nos cambió la vida a los de una generación con La sociedad de los poetas muertos, cuando aconsejaba a sus alumnos de un colegio secundario de los Estados Unidos que aprovechen el tiempo, que lo gasten intensamente y hagan algo maravilloso con sus vidas.

Miguel Pajares es el tercero. Murió de ébola en un hospital de Madrid luego de ser transportado en un avión sanitario desde Monrovia, la capital de Liberia. Salieron fotos en los diarios porque lo trasladaron unos paramédicos vestidos de astronautas en una cápsula a prueba de contagios. Pajares, de 75 años, era un cura misionero que atendía un hospital en esa ciudad asolada por el virus. El director del hospital, también misionero, había muerto de ébola en esos días y en el edificio quedaron aislados unas monjitas y dos asistentes esperando saber si habían contraído el virus. No hay otro modo de luchar contra el ébola que aislar a los que lo padecen hasta su muerte y después hay que incinerar sus cuerpos con una asepsia total. Y a los que pueden haberse contagiado también hay que aislarlos hasta que pase el período de incubación y se sepa si tienen o no el virus; si lo tienen están sentenciados.

Además de ser cura de la orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Pajares había estudiado enfermería y llevaba 18 años de misionero, los últimos siete en el hospital San José de Monrovia, ayudando a los más miserables de un país de pobres y desnutridos en el que la ignorancia hace estragos. Parece que en muchos lugares de África acostumbran lavar los cuerpos de los muertos, así que cada entierro contagia a decenas de parientes del muerto, que a su vez, vivos y muertos, contagian a otros en una progresión que parece imposible de parar.

Después de esta historia es paradójico, digo yo, que Robin Williams haya terminado sus días millonario, deprimido y colgado de su propio cinturón, mientras estos misioneros mueren por ayudar a unos seres humanos a quienes ni siquiera conocen. También es una paradoja que si escribimos Miguel Pajares en el buscador de la Wikipedia aparece solo un arquero del fútbol peruano al que le dicen Miguelón. Por eso pienso que lo de verdad paradójico sería que nos conmueva más la noticia de Robin Williams que la de Miguel Pajares. Pero así es la fama y la opinión pública: Robin Williams, Lauren Bacall y Miguelón necesitan la fama, mientras que el cura Pajares ni la necesitaba ni la quería, preocupado solo por hacer lo que Dios le había pedido.

Y ahora tengo que decirles a algunos lectores que lo siento, porque a esto sólo lo entienden cabalmente los que creen en Dios. Es que me viene como anillo al dedo lo que escribía en esos días el periodista español Rafael Latorre en un blog que está de moda. Pero para qué se lo voy a contar si lo puedo copiar:

Yo soy ateo. No agnóstico. Ateo. O sea, que estoy convencido de que los curas se pasan la vida creyendo en una mentira. Creo, además, que toda mentira es dañina. Y de sobremesa en sobremesa exhibo con arrogancia mi materialismo. Pero la coquetería me dura hasta el preciso instante en que me entero de que un misionero se ha dejado la vida en Liberia por limpiarle las pústulas a unos negros moribundos. Entonces me faltan huevos para seguir impartiendo lecciones morales. Principalmente por lo aplastante del argumento geográfico. Él estaba allí con su mentira y yo aquí con mi racionalismo.

22 de julio de 2014

Belleza sin esfuerzo

Ya se sabe que en los Estados Unidos se habla en castellano... bueno y también un poco en inglés. Y ningún latinoamericano se siente extranjero entre los gringos, sea el estado que sea. Lo que no se entiende es por qué nos dicen latinos o hispanos a los incas, aimaras, guaraníes, achuares, aztecas, mbyás, tehuelches, araucanos... Es por lo menos una contradicción de la historia llamar latino a un aborigen americano, y también a un alemán, un sirio-libanés o un judío de nuestras pampas, tan americanos hoy como los llamados blancos en Norteamérica.

En el 2050 uno de cada tres estadounidenses será de origen hispanoamericano, los de origen mexicano habrán superado a los que vinieron de África y el presidente se llamará Wáshington Fernández, me la juego. Y si seguimos sumando años verá que en el 2100 ya seremos mayoría absoluta. La razón principal es la tasa de natalidad: los hispanos tienen los hijos que los digamos europeo-americanos no quieren tener.

Pero no solo les ganamos a la hora de procrear americanitos de pelo chuzo, también se han impuesto en los Estados Unidos los sabores, los colores, el movimiento y la belleza latinoamericanos, que han corrido al rincón del olvido al sosísimo modelo Doris Day.

La belleza sin esfuerzo es la ventaja latinoamericana que ganará siempre. Contra ella perderán los gringos cada vez que lo intenten, hasta que llegue Wáshington Fernández a la Casa Blanca.

3 de junio de 2014

Ocho días de servicio militar

Probablemente por un ataque de ADD me equivoqué la fecha de la revisión médica para el servicio militar, así que me tocó un día en el que la hacían los rezagados: los que habían quedado como yo para la escoba por el déficit de atención o por obligaciones profesionales, como las de un famoso jugador de fútbol a quien le tocó hacerla justo un puesto antes que el mío en la fila de los futuros reclutas. Confieso que iba divertido y con ganas de hacer la conscripción gracias a las anécdotas infinitas que había oído contar a mis amigos, parientes y compañeros de estudios, a quienes en esos años o mucho antes les había tocado hacer la colimba en los lugares más dispares, desde la Policía Federal -donde se podía cumplir como voluntario- a la Antártida, embarcado en un destructor o un regimiento de montaña. Entre los sucedidos, casi siempre muy divertidos que contaban, estaba el patrón común de la colimba: un año -dos si te tocaba en la Marina por salir sorteado en los números más altos- en el que aprendías a hacerte duro gracias a las arbitrariedades de los superiores que llegaban a agotar la capacidad de resistencia. Se suponía que así era la guerra: el soldado no piensa, obedece hasta la muerte y así se defiende a la Patria. No hay más discusión. Si lo pensabas un poco era una calamidad, pero todo valía para servir a la Patria, hacerse hombre y aprender...

Aprender era lo que me movía. A esa edad había que salir del nido familiar y convivir con gente muy distinta. Entre los estudiantes universitarios ocurría que tenías que obedecer ciegamente a personas con muy poca formación intelectual que trataban de explicar a todo un físico qué es un proyectil. O que mandaban a un botánico correr hacia unos pinos que eran cipreses.

–¡Esos no son pinos, mi cabo!
–¡Dos días de arresto recluta tagarna!

Y se acabó la discusión. Por eso llegué con ganas pero algo prevenido a mi revisión médica en los fondos del Comando del Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde ahora hay un inmenso shopping. Cuando pasé el portón de entrada pregunté a un sargento barrigón que recibía detrás de un escritorio.

–¡Sáquese las manos de los bolsillos! Contestó con furia fingida y desprecio real.

Desde ese momento intenté salvarme, así que usé la coartada del soplo al corazón cuando el médico me auscultó en una fila que parecía la foto de un campo de concentración. Lo conseguí después de ocho días de electrocardiogramas, dopplers y ecografías porque me mandaron al Hospital Militar y el residente que me tocó decidió practicar todos los aparatos con mi soplo -es congénito y lo tengo de verdad pero no era suficiente para salvarme de la colimba. No me costó convencerlo de la inconveniencia de perder un año de mi vida haciendo saltos de rana en Campo de Mayo o quién sabe dónde, así que el bueno de él me firmó la excepción.

Eso era el servicio militar: una lamentable pérdida de tiempo. Y estoy seguro de que si no lo fuera nos hubiéramos alistado con ganas. Habría para aprender miles de cosas en ese año o dos del servicio militar en los que también se nos podía entrenar en las virtudes militares en lugar de contaminarnos con sus vicios. Hubiera hecho encantado la conscripción en la montaña, en un regimiento de paracaidistas, en los mares del sur, navegando los ríos de la Patria o en el escaso aire del altiplano. Aprenderíamos con gusto a convivir con otros argentinos a quienes jamás hubiéramos tenido ocasión de conocer. Muchos estudiaríamos encantados estrategia o historia militar, utilísima para cualquier situación de la vida y sobre todo para la política. Pero nunca fue eso sino una suerte de esclavitud por un año... o dos si te tocaba la Marina.

28 de abril de 2014

El puente de Roque González


El 25 de marzo de 1615 Roque González de Santa Cruz fundó la misión de la Anunciación de Itapúa en un cerro de basalto, que en ese lugar obliga al Paraná a dar una vuelta casi completa. Poco después, por razones que todavía no están muy claras, el mismo fundador trasladó la misión a la otra orilla del Paraná, pero entonces la llamó Nuestra Señora de la Encarnación. Los lectores sagaces ya saben que Anunciación y Encarnación son dos palabras distintas para referirse a la misma realidad, que ocurrió, digamos, el 25 de marzo del año 0, exactamente nueve meses antes del nacimiento de Jesucristo. Cuenta San Lucas que ese día el Arcángel Gabriel le anunció a la Virgen María que sería la Madre del Salvador y en el momento que María aceptó su misión, el Hijo de Dios se encarnó en sus entrañas.

La historia de ahora cuenta que siempre quedaron algunos pobladores en la margen izquierda del río, cosa muy probable aunque sea incomprobable. Pero aunque no hubiera quedado nadie, siempre fue una misma ciudad que hoy se llama Posadas en la orilla izquierda y Encarnación en la derecha. Para más datos, Roque González ahora es santo: lo canonizó Juan Pablo II en 1988 en Asunción junto con sus dos compañeros, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo. Encarnación y Posadas tienen el mismo origen, la misma historia y el mismo destino. No son dos ciudades hermanas como hay tantas en el mundo; ni siquiera mellizas o gemelas: son la misma ciudad, cruzada por un río que tiene por desgracia una línea de rayas coloradas en los mapas.

El 25 de marzo de 2015 Posadas y Encarnación cumplirán 400 años. En un país que no llega todavía a los 200 de su independencia significa por lo pronto que han pasado más tiempo de su historia juntas que separadas. Fue recién después de la Guerra del Paraguay, en 1870, que el límite entre los países quedó fijo en el medio del río. Serán 400 años de esta realidad urbana llamada Posadas y Encarnación, con el Paraná represado en el medio y un puente que no merece el nombre del fundador porque las separa en lugar de unirlas. La culpa es de los muchachos de Migraciones, de Gendarmería, de la Policía y de la Aduana que podrían estar varios kilómetros tierra adentro y dejar vivir en paz a posadeños y encarnacenos, como en el sueño de San Roque González de Santa Cruz.

23 de marzo de 2014

Periodistas arqueólogos


Un buen día me dice la secretaria del diario, en la dirección de El Territorio, que un arqueólogo quiere hablar conmigo y que está ahí mismo esperando detrás de la puerta. ¿Para qué querrá verme un arqueólogo? me pregunté, convencido de que los estudiosos de la antigüedad no tienen nada que ver con los historiadores de la actualidad que somos los periodistas.

El hombre entró con mapas enrollados bajo el hombro y otros documentos que se le caían de las manos. Traía, además, una vehemencia exagerada. Despeinado, enjuto, afiebrado, vivaracho, me contó que había sido novicio jesuita y que luego había estudiado historia, antropología y arqueología y me pidió discreción absoluta. Desplegó los mapas sobre la mesa y me contó el secreto: en un lugar de la costa del Paraná había enterrado un tesoro guaranítico que el lago de la represa de Yacyretá inundaría sin remedio. Tenía el dato y pedía ayuda al diario para desenterrarlo antes de que se pierda. A cambio nos daría todos los derechos de publicación del descubrimiento. No era mala idea.

Allí fuimos con nuestros disfraces de Indiana Jones. El hombre sabía lo que hacía. Marcamos el terreno con unas cuerdas y empezamos a excavar primero y luego a cepillar la tierra en un barranco de la costa del río en el que empezaron a aparecer unos restos de alfarería que podían ser cacharros de mi abuelita. Con mucho cuidado conseguimos desenterrar unas vasijas de boca grande que contenían restos humanos. Eran urnas funerarias bastante rotas, pero se podían reconstruir si teníamos todos los pedazos. Cuando le pregunté de qué época serían, el arqueólogo me contestó que era imposible de saber: el carbono 14 tiene un margen de error de unos 5.000 años y en el 3.000 antes de Cristo no había guaraníes. Además en esos 5.000 años la cultura guaranítica no había cambiado: eran iguales las urnas de la época de Noé o las de anteayer. Es decir que mientras el mundo pasó de la edad de bronce al teléfono celular estos buenos señores ni siquiera habían cambiado las marcas de sus uñas en el barro de las vasijas.

Llegamos con las urnas al diario y allí empezamos la reconstrucción, pero sobre todo publicamos el descubrimiento a toda portada y lo seguimos durante varios días mientras duraba el proceso de restauración de las vasijas. Durante un mes la dirección del diario parecía el Museo Británico y en las páginas nos felicitábamos por haber contribuido a un descubrimiento arqueológico de primer orden, por lo menos para lo que se puede encontrar en nuestra región.

Hasta que un día la recepcionista nos anunció otra visita: esta vez hacía antesala la Ministra de Cultura de Corrientes, la provincia vecina a la de Misiones. “Vengo a buscar las urnas que nos robaron” me retó con la misma vehemencia que el arqueólogo me propuso descubrirlas un mes antes. No había dudas: las urnas estaban en la provincia de Corrientes y no en la de Misiones y por tanto eran de ellos. Había elevado una queja formal a las autoridades de nuestra provincia y amenazaba con tomar medidas muy serias si no se las entregábamos.

Nunca más vimos nuestro tesoro, pero nos conformamos con no terminar en una cárcel correntina. Para colmo nuestro robo estaba perfectamente documentado en las páginas del diario. Así que solo nos quedó... esta historia.