8 de mayo de 2016
Crecer de golpe
El terremoto del Ecuador de 7,8 grados que mató a unas 650 personas en la zona de Manabí y Esmeraldas el 16 de abril de 2016, me recordó que olvidamos todo el tiempo que somos hormigas humanas. No hay datos certeros de terremotos más allá de unos 100 años; los anteriores solo se encuentran con arqueología y el más notable es el megaterremoto del 26 de enero de 1700 en la costa Oeste de Canadá. El más grande del que hay registro certero es el de Valdivia del 22 de mayo 1960, que tuvo una intensidad de 9,5 y duró una eternidad: diez minutos. Luego el mar se retiró dos veces y otras tres volvió en forma de tsunami devastador. En Hawai murieron 61 personas por efecto del maremoto inverso y los muertos de Chile fueron unos 1.600, casi todos ellos por efecto de las olas de hasta diez metros que arrasaron la costa.
Los terremotos se producen por el movimiento de las placas tectónicas que forman la corteza terrestre. Todo el océano Pacífico está rodeado de lo que se llama el Anillo de Fuego, y en la falla de este lado la placa del Pacífico se mete debajo de todo el continente americano, desde Alaska a Tierra del Fuego. Hace quichicientos millones de años América del Sur estaba unida a África y desde entonces se va corriendo continuamente hacia el oeste. Ese movimiento provoca cientos de temblorcitos diarios que ni percibimos y cada tanto otros más fuertes que asustan un poco. Y después de unos años arma unos terremotos monumentales cuando las placas ceden a la presión contenida y se deslizan unos metros una sobre otra hasta que se vuelven a acomodar. Esa subducción de una placa sobre la otra, aparte de hacer de goma países enteros suma algunos centímetros al Aconcagua y corre unos metros nuestro continente hacia el oeste.
La escala de Richter con la que medimos los terremotos se calcula en el equivalente a toneladas de TNT y es geométrica: cada grado duplica el anterior. Antes se usaba la escala de Mercalli, que medía estándares más borrosos como el movimiento de las arañas o los platos que se caen de la estantería. La intensidad también se puede calcular por el tiempo que duran, así que cuanto más tiempo más fuerte y menos preparados estamos ya que si las construcciones antisísmicas se hicieran previendo el Padre De Todos Los Terremotos la mitad del mundo viviría en búnkers atómicos.
Los terremotos son un corte de laboratorio en la vida de las personas. Todos pueden recordar con facilidad lo que hacían en el preciso instante de uno de ellos porque la magnitud del fenómeno los sorprende con tal intensidad que evocan con detalle el momento exacto, tanto que podría tomarse una muestra colectiva para hacer una estadística perfecta de lo que hacían los ecuatorianos el sábado 16 de abril a las 18.58 o qué hacen con sus vidas los sábados cuando entra la noche. Algunos estarían en sus casas disfrutando tranquilamente de la tarde-noche del sábado, mientras que a otros el sismo los habrá sorprendido en casa ajena y quizá de trampa y en calzoncillos. Pero no seamos malpensados: muchos estarían también en misa a esa hora, como ocurrió en el de Haití de 2010; por suerte parece que las iglesias de la zona más afectada han resistido con daños menores. También hay quienes aprovechan la bolada y se escapan para siempre de sus fantasmas, de los lugares o las compañías con quienes no quieren estar o se hacen humo para que no los persigan los acreedores. También se escapan los presos de las cárceles agrietadas y se convierten en película. Y algunos bandidos infiltrados en las fuerzas de seguridad blanqueen muertos pendientes…
Todos los países que han sufrido grandes catástrofes también han aprovechado colectivamente la oportunidad. Lo ha demostrado la solidaridad infinita de los ecuatorianos que afloró como suele ocurrir en estos casos para desmentir a los detractores del proyecto humano: hay alguna gente mala que por entrar en las noticias parece mucha más de la que en realidad es, pero los buenos son la inmensísima mayoría de la población de nuestros países y todos estamos dispuestos a ayudar a nuestros semejantes sin más retribución que la alegría de hacerlo.
Esa fuerza colectiva despierta para mostrarnos cómo realmente somos. Los avaros se vuelven más avaros y los generosos –que son casi todos– dan lo que no tienen. Los egoístas se potencian y los que piensan en los demás también y por suerte les ganan por goleada. Así en lo que a usted le guste registrar y esa misma fuerza es la que despierta ánimos de superación en todo un país que convierte la crisis en superación y resurge con una potencia nueva. Diría que nos pasa colectivamente lo que a las personas de carne y hueso: las desgracias de la vida nos muestran de lo que somos capaces y nos hacen crecer de golpe. Es lo que estoy seguro pasará en el Ecuador antes de lo que pensamos.
25 de abril de 2016
El gin de los apóstoles
Al salir del tablado de Anselma decidimos volver caminando al hotel, así que cruzamos por el puente de Triana hacia Sevilla para seguir por alguna calle del Arenal. Pero cuando cruzamos el Guadalquivir, exhaustos y sedientos, nos topamos con un bar que todavía estaba abierto, con mesas en la vereda y vista al Guadalquivir y a Triana. Pasamos al lado de un grupo de chicas que tomaban una bebida con pinta refrescante en copas de esas bien grandes y redondas que ponen en los restaurantes cuando pedís un vino caro. Era gin-tonic, nada especial, pero pedimos los nuestros y nos sentamos en la mesa de al lado.
Conocíamos el yintónic pero no aquel gin-tonic. No tenía nada que ver con el de los veranos de nuestra adolescencia y con el que te sirven en casi todos los bares de la Argentina: un vaso aburrido con hielo (con suerte tiene una rodaja de limón) y una medida de gin acompañados de una botella plástica de Paso de los Toros. Aquello era otra cosa: las copas grandes impiden aguar la bebida porque caben enteras la medida de gin y la botellita de agua tónica mas los hielos, que no se derriten porque están congelados a… 50 grados bajo cero. Cuando los encargamos, el mozo empezó con la retahíla consumista: había una variedad inmensa de marcas de gin –ginebra le dicen en España– y de aguas tónicas y no se mezclan así como así. Además se podían aderezar con otra inmensa cantidad de especias, cada una de ellas procesada al gusto del consumidor o del bartender.
El viaje de 2012 fue largo, no tanto por el tiempo como por la vuelta que dimos a más de media España, pero desde aquel bar a orillas del Guadalquivir no dejamos de tomar gin-tonics cada vez que pudimos. Terminamos sabiendo más de gin y de agua tónica que de castillos y periódicos. El gin habitual del gin and tonic, como le dicen los ingleses, es el London dry gin, del que conocemos algunas marcas inglesas originales y otras malas imitaciones argentinas. La ginebra es el gin holandés, o, mejor dicho, el gin es la ginebra de Londres, ya que es anterior al gin. Gin es apócope de ginebra y ginebra (genever en holandés) viene del nombre del enebro o junípero (juniperus communis) con cuyas bayas se aromatiza el aguardiente de malta, cebada o centeno que es su base. El resto es ponerle lo que los conocedores llaman botánicos, que no son otra cosa que hierbas para aromatizar el gin o la ginebra. La ginebra es más dulzona y el gin es seco y cada gin y sus ingredientes casa con su propia agua tónica. Ya no se le pone solo limón al gin-tonic: lleva además combinaciones de aromas producidos por frutas, cáscaras, esencias, berries verdes o maduros, crudos o quemados…
Bueno, resulta que la semana pasada pedí un gin-tonic en un bar de Buenos Aires y me preguntan si lo quiero con Príncipe de los Apóstoles. Me acordaba de ese gin –que supuse español– por haberlo tomado en un sótano de moda camuflado guaú en una florería del codo de la calle Arroyo, pero esta vez me puse a mirar la botella: es argentino y está aromatizado principalmente con yerba mate además de eucalipto, peperina y pomelo rosado.
El inventor es Renato Giovannoni, un bartender a quien todo el mundo conoce por Tato. El nombre y la marca del gin es el mismo que le puso el jesuita belga Nicolás del Techo –se llamaba Nicolas Du Toit– cuando la trasladó en 1641 desde el oriente al occidente del Uruguay porque los bandeirantes las atacaban para conseguir indios mansos que les sirvieran como esclavos. En 1644 el fundador le cambió en nombre por Santos Apóstoles Pedro y Pablo y en 1652 se instaló donde hoy está la ciudad de Apóstoles, capital de la yerba mate. Los guaraníes la consumían en tiempos de Nicolás del Techo y los jesuitas la popularizaron en toda esta parte de América. Tato le puso Príncipe de los Apóstoles a su gin aromatizado con mate para honrar a la tierra, a los guaraníes y a los jesuitas que inventaron el mate.
21 de abril de 2016
Uber
Ocurrió un día que me gustaría olvidar en el centro de la Buenos Aires. Tomé un taxi porque no llegaba caminando a una reunión en un hotel en la zona de Retiro. Lo paré en la calle y le indiqué la dirección. Llegamos bastante rápido y todo venía bien hasta que le pagué un viaje de 32 pesos con un billete de 50, que era el más bajo que tenía. Cuando le entregué el billete lo miró con asco y me dijo que no tenía cambio. Le expliqué que yo tampoco y que lo sentía mucho. Entonces me dijo que se quedaba con los 50… y a mí se me ocurrió decirle que se quedara con los 50 pesos pero antes iba a dar vueltas a la manzana hasta llegar a esa suma. En ese momento se puso loco. Salió arando conmigo arriba del auto y se metió en el medio de la avenida 9 de Julio. Entonces le advertí que estaba cometiendo el delito de privación ilegítima de la libertad, cosa que lo puso más loco todavía. En cuanto lo paró el tránsito detenido en un semáforo me bajé espantado y salí corriendo. Pero el loco se bajó también y me siguió hasta la vereda donde me agarró de las solapas y me aseguraba a los gritos que me iba a matar a trompadas. Mientras en la avenida se armaba una buena galleta la gente miraba azorada sin hacer nada y yo esperaba la piña mortal mientras le pedía que se calme, cosa que por suerte finalmente ocurrió. Llegué a la reunión unos minutos tarde; el corazón me latía como si hubiera corrido la San Silvestre.
En Buenos Aires, por suerte, uno sale a la vereda con el brazo extendido y para un taxi cuando no son dos o tres que compiten por llevarlo. Parece lo más normal pero no es así en muchas ciudades de la Argentina. En Posadas los señores taxistas son unos duques que hay que llamar por teléfono para que vengan cuando quieran o ir a sus paradas de estacionamiento gratuito en los mejores lugares del centro de la ciudad. Yo sé que son sólo unos pocos y que por desgracia siempre me tocan a mí y que para colmo esos que me tocan siempre tienen unos autos diminutos en los que apenas cabe mi humanidad. Además no tienen aire acondicionado y tampoco la más mínima ansiedad para llevarme al destino. Y manejan como la mona, con la radio bien fuerte, como si estuvieran sordos. Cosas de la mala suerte...
Ahora imagínese que en Buenos Aires o en Posadas tengamos la posibilidad de calificar a los taxis y a los taxistas y por tanto que cada uno de ellos se construya con su propia conducta una reputación que usted conoce cuando lo pide o se sube al auto. Sueñe que el precio del taxi es de acuerdo a la oferta y demanda, es decir que si están todos vagando en las paradas usted trata con ellos a ver quién le cobra menos para llevarlo a su casa. Deslúmbrese con la posibilidad de invitar a otros pasajeros que van para el mismo sitio que usted y así aprovechar capacidad ociosa del vehículo y compartir el gasto. Alucine con que por eso mismo gasta la mitad en taxis –o los usa el doble– y los paga con débito automático desde su cuenta bancaria. Encántese con la idea de que así hay un tercio menos de autos en la ciudad, consumimos menos hidrocarburos, hay menos contaminación y vivimos todos más felices en un mundo que ha empezado a compartir de verdad sus recursos en lugar de amarretearlos como hacemos todos los días con nuestro vehículo. Bueno: todo eso ya se puede hacer gracias a las tecnologías que nos tienen comunicados todo el tiempo: hoy podemos saber en tiempo real si hay un taxi cerca, si es una catramina o un auto nuevo y espacioso, si tiene aire acondicionado o hay que ir con las ventanas abiertas, si tiene o no tiene pasajeros y si el taxista es amable o un energúmeno como el que me tocó aquel día aciago en Buenos Aires.
19 de abril de 2016
El sentimiento antigringo
Esperábamos una reunión en una oficina de Buenos Aires y algunos tardaban en llegar, así que nos pusimos a conversar los puntuales mientras esperábamos a los impuntuales. El tema era el de esos días: el caos que iba a ser la ciudad por la visita del presidente de los Estados Unidos. Todo empezó porque anuncié que tenía un almuerzo en San Isidro y no sabía si podría ir por los lugares acostumbrados o debía dar un vueltón, con el retraso consecuente. Buscamos horarios y mapas de los cortes en nuestros teléfonos y decidí que no había nada que temer: llegaría lo más bien si iba por donde hay que ir, ya que esas avenidas y autopistas no estarían cortadas. Además quedaba claro que iba a poder sacar el auto del estacionamiento ya que tampoco estaba en un lugar comprendido en el operativo. Anticipo que eso fue lo que hice y que fuimos y volvimos sin ningún problema.
Pero en esos minutos de la reunión de los puntuales comprobé el sentimiento antinorteamericano en uno de los presentes. Decía visiblemente molesto cosas bastante leves como “tenés que sacar el auto esta noche y llevarlo a un estacionamiento lejos para poder usarlo mañana” o “les conviene suspender ese almuerzo, mañana va a ser imposible” y “ayer pasé por la Plaza de Mayo y estaba llena de banderas norteamericanas por este negro que viene a pasear…”.
“–Viene el presidente de los Estados Unidos… no van a poner banderas de Colombia” le contesté ya un poco indignado con la actitud. Y le argumenté con que Barack Obama es el presidente del país todavía más rico, poderoso e influyente del mundo, nos guste o no nos guste. Y tenemos relaciones bilaterales hace muchísimos años, bastantes más que con la mayoría de los otros grandes y pequeños países del mundo.
¿Por qué nos molesta que haya banderas de Estados Unidos y no nos molesta que las haya de Sri Lanka o de Etiopía? ¿Qué nos pasa con Estados Unidos que no nos pasa con Finlandia o Dinamarca? ¿Qué nos molesta de su presidente, de su bandera o de su obelisco, copiado impunemente en Buenos Aires? Muchos de nuestros próceres fueron fervientes admiradores de George Washington y Benjamin Franklin y nuestra Constitución está claramente inspirada en la de ellos. Y aclaro por las dudas que me refiero a los Estados Unidos de América y no a uno o unos estadounidenses en particular, que en este caso son justo la familia Obama, una de las más simpáticas que ha tenido la Casa Blanca como huéspedes en su historia ya más que bicentenaria de democracia ininterrumpida.
Es cierto que el flujo de la información y el mercado están siempre a su favor. No nos engañemos: nos suelen gustar sus películas, sus series, los blue jeans, las hamburguesas, los panchos, la Coca-Cola, Nueva York, Miami y Disneyworld... Pero quizá sea justo eso lo que los hace próximos. Y ya se sabe que uno se pelea con el vecino y no con el que está lejos y que las asimetrías siempre producen estos sentimientos en el más débil. Y también es cierto que cualquier imperio es la excusa perfecta para las ideologías que fabrica poder con el odio amparados en la imbecilidad colectiva.
Pero el sentimiento antinorteamericano, como cualquier sentimiento anti-lo-que-sea generalizado, es una desgracia que no dudo en calificar de fascista. No es malo un norteamericano por ser norteamericano como no es malo un chileno por ser chileno ni un polaco por ser polaco. Nadie puede ser descalificado jamás por cosas que no hizo, y mucho menos condenado. Y nos pasamos la vida haciendo estas generalizaciones injustas con sobrinos que no tienen la culpa de la conducta de sus tíos, nietos de sus abuelos, hijos de sus padres, maridos de sus mujeres o hermanos de sus hermanos (todos con un amplio viceversa).
Quemar una bandera de cualquier país del mundo o un símbolo de cualquier religión es uno de los actos más nazis que todavía ocurren en el mundo supuestamente civilizado y han vuelto a suceder en la Argentina con ocasión de la visita de Obama. Es como pintar cruces gamadas en un cementerio judío, y si no es un delito deberíamos agregarlo a la lista del Código Penal. Implica despreciar por igual a todos los que tienen una misma fe o a los ciudadanos de un determinado país y estamos a un tris de quemarlos a ellos. Es propio de las juventudes fanatizadas, gente que se distinguía por sus camisas pardas, negras o las azules en Alemania, Italia o España de antes de la Segunda Guerra Mundial.
Huele a Daesh y a Kristallnacht: a Califato mata-gays y Noche de Cristales Rotos... Piénselo un poco y si se le ocurre que estoy defendiendo demasiado a los gringos o que debo estar pagado por la CIA, es probable que se le haya metido algo del nazismo del que hablo. La democracia es exactamente lo contrario: no imponer a los otros nuestro propio pensamiento sino alegrarnos de que piensen diferente y convivir unos con otros lo más panchos. Le aseguro que es mucho más divertido.
11 de abril de 2016
9 de marzo de 2016
Montañita
Cuando un argentino pregunta por las playas del Ecuador invariablemente hay que explicar que las suelen estar pobladas de animales y, salvo en los grandes balnearios, hay poca gente comparado con lo que estamos acostumbrados al viento y la arena de las infinitas playas del Atlántico Sur. Las playas del Pacífico ecuatoriano están repletas de cangrejos que abren camino y lo cierran detrás mientras miran con ojitos de antena al intruso. Hay millones de cangrejos más chicos en la arena y más grandes en los manglares, donde andan entre el agua o trepados a los mangles, esos árboles que viven entre la tierra y el mar. Algunos cangrejos son grandes como una pelota de fútbol desinflada y los venden apilados con gomitas en las pinzas para que no anden pellizcando al que los quiere meter en la cacerola.
Los cangrejos comen animalitos más chicos, que también abundan en las playas. A su vez ellos y sus presas son pescados por miles y miles de pájaros que se los comen vivos: gaviotas, fragatas, piqueros, pelícanos… y un ostrero de pico colorado que escarba en la arena hasta alcanzar las almejas, se las lleva a volar y las tira desde la altura contra una piedra para reventarla y zampársela sin más vueltas. A los cadáveres se los almuerzan los gallinazos que es como se llaman allá los buitres que no son acreedores. Siempre hay restos de tortugas o lobos marinos muertos a mordiscones por algún tiburón, y donde hay un cadáver se juntan cientos de carroñeros a destriparlos. Puede parecer tétrico, pero es lo bonito de esas playas, llenas de la vida misma de miles de especies animales de las que nosotros somos una más, quizá el que más come de la escala de los glotones y seguro la más peligrosa de todas.
Hablando de comer, en la costa ecuatoriana hay un espléndido molusco bivalvo llamado spondylus, una especie de ostra, grande como una hamburguesa y bien rica, pero para comerla hay que sacarla del caparazón que parece una piedra y es duro y pesado como el granito. Recuerdo que lo probé con una salsa de maní en un hotel de tacuaras cerca de Puerto López.
Montañita es uno de esos pueblos de la pacífica costa ecuatoriana. Quizá le deba el nombre al cerrito que rompe la monotonía de la playa y mete sus pies en el mar unos cientos de metros al norte del pueblo. En esa costa hay muchos pueblos parecidos, como San Pablo, Valdivia, Salango, Manglaralto o Puerto López. Todos de pescadores costeños, salpicados por alguna bonita posada para turistas.
Pero Montañita es distinto: un pueblo sonámbulo de cuatro calles que despierta de noche y duerme de día. No digo que de día no tenga su encanto, pero de noche las cuatro calles están llenas de chicos y chicas –la mitad deben ser argentinos– en una fiesta continuada entre esas calles y chiringuitos de madera y caña donde hay tragos geniales, buena música, algo rico para comer y también para fumar… hoteles improvisados en los que se puede dormir por unos pocos dólares, pero de día porque de noche lo impide el barullo de las calles y nadie quiere perderse ese sector del reloj a esa altura de la vida. Sus playas casi siempre están nubladas y pobladas de surferos hang-ten, pero más de arena que olas, que tampoco son gran cosa. Se despiertan para ver ponerse el sol en la playa y se acuestan cuando ya salió por el otro lado del planeta.
En el país más seguro del mundo puede ocurrir un hecho aislado, casi incontrolable, como el terrible asesinato de las dos chicas mendocinas de los últimos días de febrero de 2016. Después de su desaparición y antes de que las encontraran muertas le aconsejé a una amiga no ir allí, no por ser un sitio peligroso sino por que se baja la guardia y hoy no hay que bajarla ni en Dinamarca. Después pensé que no tengo autoridad moral para decirlo por haber estado allí unas cuantas veces. Pero supongo que vale el consejo, ya que al que le sugieren que no vaya, por lo menos va advertido de lo que puede pasar.
Montañita tiene el encanto extraño de la película La Playa de Danny Boyle, con Leonardo Di Caprio. Un paraíso encantador mientras no se pase la raya; lo difícil es distinguir dónde está la raya. Pero –que quede bien claro– los culpables no son los que se pasan de la raya sino los que se aprovechan de los inocentes que se pasan de la raya, a veces inadvertidos y otras con toda la conciencia del mundo, pero inocentes al fin.
4 de marzo de 2016
Cena con Umberto Eco
Nunca almorcé ni cené con Umberto Eco, pero eso no quiere decir que no lo haya soñado una y mil veces. Soñado despierto digo, que son los sueños que valen de verdad. Desde que Benjamín, un amigo de la adolescencia, me contara sus panzadas de tortellini con Eco en Bolonia, yo soñaba con hacerlo alguna vez. Y hasta soñé con estudiar en el DAMS: Discipline delle Arti della Musica e dello Spettacolo, donde era profesor don Umberto. El 19 de febrero, cuando Eco nos dejó, Benjamín me mandó un mensaje en el que despertaba esos sueños de estudiante, imposibles hace rato. Recordaba que en los años 90 se fue a vivir a Bolonia por motivos, digamos conyugales. Entonces aprovechó para estudiar semiótica con el Divino Umberto, como lo llamábamos los que nos habíamos metido en los vericuetos de esa ciencia y tratábamos de entender el Cuaderno de Tapas Azules de Ludwig Wittgenstein y la concepción trágica del signo de Charles Sanders Peirce (a esas alturas Ferdinand de Saussure era una bicoca).
Pero quedaba un sueño, que no es de estudiante y que ahora ya es también imposible.
Hace dos años y medio estuvimos cuatro amigos unos días en Bolonia. Ninguno de nosotros conocía la capital de la Emilia Romagna, ni la universidad más antigua del mundo, ni los tortellini… Nos metimos sigilosos en el Palacio de Accursio, subimos por su escalera rampante y nos perdimos en los salones que hoy sirven a la comuna de la ciudad. Con menos sigilo entramos en la basílica de San Petronio y con tremenda curiosidad subimos a la torre degli Asinelli, la más alta y la única que mantiene más o menos la vertical en la ciudad de las torres: en la Edad Media los señores competían a ver quién tenía la torre más larga, perdón, más alta (el poder siempre tuvo una connotación genital). También entramos por las puertas abiertas de algunas facultades y hasta vimos los agujeros que hizo Copérnico en la torre del rectorado para probar, antes que Galileo, con un péndulo pero nunca supe cómo, la rotación de la Tierra y su traslación alrededor del Sol.
Pero si algo vale la pena en esta ciudad de Italia es tomarse sin apuros un negroni en uno de los pórticos de la Plaza Mayor, viendo la gente pasar frente a San Petronio. Y, por supuesto, los tortellini de Tamburini, la fonda donde hacen los mejores de Bolonia y donde Eco y sus alumnos –entre ellos Benjamín– pasaban largas horas atiborrándose de buenas pastas y vino lambrusco. Una noche cenamos en un restaurante de la vía Altabella. Comimos rico y confraternizamos con la mesa de al lado: era un grupo de profesores de la Facultad de Medicina invitados por su decano que pensaban que nosotros éramos profesores extranjeros disfrutando de la buena mesa de toda ciudad universitaria.
Es que si hay algo que atrae en estas universidades de inmersión total es la belleza sumada a la juventud eterna. Lo explico, pero primero tengo que advertir que a cierta edad belleza y juventud son casi lo mismo: resulta que si hay algo que no cambia en la universidad es la edad de los estudiantes y ocurre en Bolonia desde el año 1088. Eso provoca que los profesores, que sí crecen, mantengan una juventud magnífica. La otra característica esencial en estas ciudades en que alumnos y profesores son estudiantes es la buena cocina de sus excelentes restaurantes. Será por eso de la juventud que los profesores, científicos o investigadores nunca son bien pagados, pero como son gente culta y viajada, si hay algo de lo que disfrutan es de la buena mesa y de conversar hasta morir.
Volvimos a soñar con un almuerzo o una cena con Umberto Eco después de Número cero, su último libro, ambientado en la redacción de un diario que nunca sale. Sabíamos que valía la pena viajar a Bolonia o a Milán solo para eso, pero ni a través de Benjamín y sus contactos lo pudimos encontrar. Por eso el sueño quedó incumplido, pero eso no quita que algún día vuelva a Bolonia a comer tortellini con vino lambrusco en honor del Divino Umberto.

22 de febrero de 2016
El mosquito
No hay vacunas para estas enfermedades así que no queda otra que padecerlas estoicamente si nos toca el dengue o cualquiera de las pestes. Bueno, sí, la otra es atacar al mosquito que la transmite sin ninguna mala intención. Ya se sabe: muerto el perro se acabó la rabia.
El problema es que para matar miles de millones de mosquitos hay que fumigar mucho con un veneno que nos hace daño a todos: basta con leer las tremebundas instrucciones de cualquier repelente para saberlo. Lo que mata al mosquito o lo ahuyenta es lo mismo que mata o ahuyenta al elefante: si lo ataca con un flit de su escala, lo mata como si fuera un mosquito gigante.
Quizá por eso me sorprendió ver estas semanas en diarios de todo el mundo a unos eternautas fumigando calles, cementerios, colegios, mercados... Se visten con escafandra y monos herméticos para que no les afecte el veneno que disparan a congéneres que andan en calzones. Es cierto que esa gente está más tiempo expuesta al humo tóxico que mata mosquitos y cuanto ser vivo se entrometa en su camino, pero sería mejor avisar a la población que no se exponga a estas fumigaciones para que no sea peor el remedio que la enfermedad.
Y tal como van las cosas, la humanidad va a tener que exprimir su cerebro colectivo para descubrir el modo ecológico de terminar con las pestes. Algo que no sea tóxico ni dañino para ningún animal o vegetal. Para colmo resulta que si no hay mosquitos se interrumpen cantidad de procesos naturales, desde la polinización de muchas plantas hasta los platos favoritos del sapo cururú de la galería de mi casa.
Por suerte hay gente que está investigando qué hacer con los mosquitos para que ellos no nos maten a nosotros ni nosotros nos matemos matando a los mosquitos. Científicos de una empresa de biotecnología con sede en la Universidad de Oxford han logrado modificar genéticamente los machos Aedes aegypti. Les ha puesto un gen que evita que sus crías se desarrollen adecuadamente y muera prematura la segunda generación, antes de reproducirse y hacerse portadores de las pestes. Han logrado reducir drásticamente (más del 90%) la cantidad de mosquitos en las Islas Caimán y en algún lugar de Brasil donde lo han probado.
Quizá sea la solución, pero lo ideal sería reemplazarlos por esos otros mosquitos que son inofensivos y que cumplen todos los oficios deseables del Aedes aegypti.
12 de febrero de 2016
Dakar
Imagínese que los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro se llamen de Porto Alegre, que el Mundial de Fútbol de Rusia se llame de China o que el rally de Montecarlo se llame de Chivilcoy y que su emblema sea gaucho tomando mate... Bueno es lo que pasa con el Dakar, una competición con colores e insignias bereberes que recorre países del sur de Sudamérica en autos, buggies, pick-ups, camiones, motos, cuatriciclos a motor... precedidos y seguidos por un circo pintoresco de más camiones, pick-ups, helicópteros, aviones, food-trucks, móviles de exteriores, tráileres, motorhomes y millones de curiosos.
Nació como la carrera vale-todo que unía París con la capital de Senegal, cosiendo de norte a sur primero Francia y luego el Sahara. Por eso durante muchos años se llamó París-Dakar y resultaba una diversión muy europea, de pilotos y marcas de ese continente, pero más que nada franceses. El tramo europeo era especialmente marquetinero: los corredores paseaban en caravana por las rutas de Francia, España, Portugal, Italia, mostrando sus vehículos a los civilizados habitantes del viejo continente para luego lanzarse al frenesí en los desiertos africanos. Hasta que un día los tuaregs, los beduinos, los bereberes, los moros y hasta los chicos malos de Boko Haram se cansaron de ver pasar por sus pueblos apacibles el descontrol multicolor de intrusos europeos en sus artefactos escandalosos y empezaron a atacarlos. Fue cuando en lugar de afrontar el peligro o bajarse de la moto, el Dakar se mudó a los inocentes desiertos sudamericanos, pero no cambió de nombre ni de insignia.
Fue así como los primeros días de los últimos años parte de nuestra América se convirtió en un infierno. Infierno en las ciudades y en los campos, los montes y los desiertos que nadie tocaba, que empezaron a ser hollados por corredores sin vértigo y sin vergüenza, amenizados por espectadores suicidas, alentados por ministros de turismo y afines, por subsecretarios de medio ambiente y por las infaltables novias de parque cerrado. Todos quieren estar donde rugen los motores y disfrutar el segundo de gloria junto a los mismos corredores que cada año están... un año más viejos.
Pensaba que si quieren vértigo y desiertos, hoy no hay como los de Irak y Siria para escaparle a la muerte en una carrera sin freno. Como está mucho más cerca de las grandes audiencias, no tendrán que viajar tanto y podrán desfilar triunfales por las mismas rutas que caminan hambrientos cien mil migrantes. Hasta se me ocurrió que puede ser una buena idea vendérselo como promoción al Califato que llaman Estado Islámico y, esta vez sí, cambiarle el nombre por Rally Daesh y agregarle al emblema una Toyota Hilux artillada. Pero como puede que esta idea tarde en concretarse, se me ocurría también que por qué no se dejan de embromarnos y se van a llenar de arena sus monos antiflama a las dunas del Mar del Norte después de una partida simbólica desde adentro de la catedral de Amberes. Luego atropellan unos viñedos de Burdeos, se empantanan en las marismas del Ródano, se estrellan contra olivares de Jaén y hacen añicos algunos pueblos de la Toscana...
En fin, se friegan unos días entre ellos mismos, se riegan con tierra y barro para quedar bien embadurnados, que es lo que les gusta, y nos dejan vivir tranquilos en nuestra plácida América.
Nació como la carrera vale-todo que unía París con la capital de Senegal, cosiendo de norte a sur primero Francia y luego el Sahara. Por eso durante muchos años se llamó París-Dakar y resultaba una diversión muy europea, de pilotos y marcas de ese continente, pero más que nada franceses. El tramo europeo era especialmente marquetinero: los corredores paseaban en caravana por las rutas de Francia, España, Portugal, Italia, mostrando sus vehículos a los civilizados habitantes del viejo continente para luego lanzarse al frenesí en los desiertos africanos. Hasta que un día los tuaregs, los beduinos, los bereberes, los moros y hasta los chicos malos de Boko Haram se cansaron de ver pasar por sus pueblos apacibles el descontrol multicolor de intrusos europeos en sus artefactos escandalosos y empezaron a atacarlos. Fue cuando en lugar de afrontar el peligro o bajarse de la moto, el Dakar se mudó a los inocentes desiertos sudamericanos, pero no cambió de nombre ni de insignia.
Fue así como los primeros días de los últimos años parte de nuestra América se convirtió en un infierno. Infierno en las ciudades y en los campos, los montes y los desiertos que nadie tocaba, que empezaron a ser hollados por corredores sin vértigo y sin vergüenza, amenizados por espectadores suicidas, alentados por ministros de turismo y afines, por subsecretarios de medio ambiente y por las infaltables novias de parque cerrado. Todos quieren estar donde rugen los motores y disfrutar el segundo de gloria junto a los mismos corredores que cada año están... un año más viejos.
Pensaba que si quieren vértigo y desiertos, hoy no hay como los de Irak y Siria para escaparle a la muerte en una carrera sin freno. Como está mucho más cerca de las grandes audiencias, no tendrán que viajar tanto y podrán desfilar triunfales por las mismas rutas que caminan hambrientos cien mil migrantes. Hasta se me ocurrió que puede ser una buena idea vendérselo como promoción al Califato que llaman Estado Islámico y, esta vez sí, cambiarle el nombre por Rally Daesh y agregarle al emblema una Toyota Hilux artillada. Pero como puede que esta idea tarde en concretarse, se me ocurría también que por qué no se dejan de embromarnos y se van a llenar de arena sus monos antiflama a las dunas del Mar del Norte después de una partida simbólica desde adentro de la catedral de Amberes. Luego atropellan unos viñedos de Burdeos, se empantanan en las marismas del Ródano, se estrellan contra olivares de Jaén y hacen añicos algunos pueblos de la Toscana...
En fin, se friegan unos días entre ellos mismos, se riegan con tierra y barro para quedar bien embadurnados, que es lo que les gusta, y nos dejan vivir tranquilos en nuestra plácida América.
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