10 de agosto de 2016

Doscientos años no es nada

El 9 de julio de 1816, en una tarde soleada de martes en San Miguel del Tucumán, 29 congresales que representaban a las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata declararon la independencia de una cosa que llamaron Provincias-Unidas en Sud-América. Cinco congresales faltaron por distintas razones y esa cosa que crearon no tenía ni presidente ni rey ni nada. Uno de ellos se había rajado a Buenos Aires a tomar el poder como director supremo de las Provincias-Unidas. El Acta de la Independencia se perdió y solo se conserva una copia que escribió de memoria un diputado por Charcas, la ciudad que hoy se llama Sucre y de argentina no tiene un pelo.


La independencia fue el paso definitivo de la revolución que había empezado el 25 de mayo de 1810 cuando los mismos próceres echaron al virrey y se dieron un gobierno propio. Pero como en toda América, el viejo virreinato se tomó unos cuantos años con sus guerras para encontrar la geografía política actual de la República Argentina.

Doscientos años es mucho para una vida, pero no es nada para un país. A los argentinos todavía no nos alcanzó para salir de nuestra adolescencia, pero igual podemos celebrar porque hay algunos países que todavía se debaten en la infancia. Mal de muchos consuelo de tontos, porque la Argentina merecería ser un país adulto entre las naciones de la tierra. Quizá lo seamos de a uno, pero como sociedad organizada estamos todavía en el despertar de nuestra vida. En 200 años hicimos poco más que pelearnos unos contra otros, eso sí, como hermanos, que los hermanos también se pelean.

La patria es como la madre, nos dijo Francisco en un alarde de metonimia: el amor a la patria siempre se confundió con el amor a los padres. Y nos recordó que a la patria, como a los padres, no se los vende ni traiciona. Son mal nacidos los que critican a sus padres cuando lo que hay que hacer es quererlos y tapar sus defectos, como hicieron los buenos hijos de Noé con su padre borracho y desnudo.

La patria será muy madre pero la creamos todos juntos: mejorarla o empeorarla es cosa de nosotros y es un trabajo de todas las generaciones, una detrás de la otra. No nos queda otra que ir para adelante. Dejar de lamernos las heridas y volver a caminar, juntos, hacia el destino común de argentinos que parece bastante promisorio. Dejarnos de grietas y empezar a construir puentes. Cerrar el Club de la Pelea y abrir el del Diálogo, el de la convivencia entre los que piensan distinto, que es la mejor convivencia que existe: la de los que piensan igual es pura sobrecarga y aburrimiento.

Pero hay algo que también tenemos que respetar después de 200 años de fregarnos en ellas, o con ellas. Ya es urgente que los argentinos respetemos la Constitución y las Leyes de la República. El poder no excusa a nadie, el dinero –que es poder– tampoco. Nuestras leyes no son ni mejores ni peores que las del resto del mundo, lo que pasa es que los países avanzados las cumplen y los retrasados, los adolescentes, se ríen de ellas.

12 de julio de 2016

Alguien tiene que perder


Es una regla universal de todo deporte, o del juego que es lo que son los deportes al fin y al cabo: unos ganan y otros pierden porque para que unos ganen otros tienen que perder. Parece perfectamente lógico pero hay que puntualizar que uno gana si el otro pierde sólo en un partido de uno contra otro. En cambio en una copa, un torneo o campeonato, el que gana es uno solo contra una cantidad casi siempre bastante abultada. A veces juegan todos juntos, como en el golf, y otras se eliminan hasta quedar los finalistas de los que sale el campeón. La mejor selección de fútbol del mundo es una de las 211 asociaciones nacionales que componen la Fifa (18 más que la ONU). El Campeón de la Copa Libertadores de América es el mejor de una cantidad inmensa de cuadros de fútbol que integran sus asociaciones y el de la Copa Intercontinental de Clubes es uno en cientos de miles.

Por eso nunca entendí a los que lloran cuando pierden, en cualquier deporte o juego, pero sobre todo en el fútbol. Ocurre con los más jóvenes y sobre todo en la Argentina, no sólo con los jugadores de nuestra selección cuando sale segunda –cosa ya habitual– sino cuando jugamos al fútbol entre amigos, en los clubes de barrio o en el Campeonato Nacional: el que pierde llora y el que gana lo carga por unos cuantos días, que pueden llegar a ser meses y hasta años. Y quizá llora el que pierde porque sabe lo que le espera...

Parece una exageración que todo un país o uno solo de sus ciudadanos sufra de este modo por un partido de lo que sea. En los deportes perder no es cuestión de probabilidad sino de certeza: si alguien gana es porque otro pierde. Y alguien tiene que perder. Es más: el espíritu deportivo y el fair play suponen que se gana y se pierde y que la primera obligación del perdedor es felicitar al ganador y alegrarse con su triunfo.

Practicamos con vehemencia una cultura de winners y losers, ganadores y perdedores. Y los perdedores son denostados, acosados y hasta víctimas de bulling. Una desgracia porque la vida consiste en ganar y perder y sobre todo perder y volver a levantarse cada vez para volver a intentarlo con dignidad y seguramente volver a perder y volver a intentarlo otra vez más. Y ahora que lo pienso quizá sea una mala idea cantar el himno antes de los partidos y abizarrarnos con el estribillo “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. El deporte no es la guerra, no defendemos el territorio ni la bandera, no arriesgamos la vida y tampoco la salud. Apenas estamos jugando –ju-gaaaaan-do– al fútbol. Y perdone si alguna vez lo pensó o lo dijo, pero el partido contra Inglaterra del Mundial de México 1986 no fue ninguna revancha argentina por las Malvinas, que siguen en poder de los británicos...

Hace unos años a los llorones los llamábamos malos perdedores y ser mal perdedor era más feo que el mondongo (si a usted le gusta es cosa suya). Pero con el tiempo se impusieron hasta en política y ahora resulta que el que pierde –o la que pierde– se enoja con el ganador, hace pucheritos y no le entrega la banda presidencial a quien triunfó en buena ley.

¿Se imagina lo sensacional que sería una selección de fútbol que se alegrara con el triunfo de su contrincante y se adhiriera a la celebración de la victoria con la misma alegría de los campeones? Se irían de la copa con más fama que el campeón, como Roberto De Vicenzo, el golfista más famoso por perder en Augusta como un caballero a causa de un error que por ganar el Masters.

Que duda cabe que en los deportes, en la vida, hay que intentar ganar. Pero sobre todo hay que cumplir las reglas y los que pierden –que siempre serán más– deberían hacerlo como damas o caballeros, con hidalguía y hasta para sentirse mejor.

Lo importante en la vida no es ganar ni perder sino volver a intentarlo, una y otra vez.

8 de mayo de 2016

Crecer de golpe


El terremoto del Ecuador de 7,8 grados que mató a unas 650 personas en la zona de Manabí y Esmeraldas el 16 de abril de 2016, me recordó que olvidamos todo el tiempo que somos hormigas humanas. No hay datos certeros de terremotos más allá de unos 100 años; los anteriores solo se encuentran con arqueología y el más notable es el megaterremoto del 26 de enero de 1700 en la costa Oeste de Canadá. El más grande del que hay registro certero es el de Valdivia del 22 de mayo 1960, que tuvo una intensidad de 9,5 y duró una eternidad: diez minutos. Luego el mar se retiró dos veces y otras tres volvió en forma de tsunami devastador. En Hawai murieron 61 personas por efecto del maremoto inverso y los muertos de Chile fueron unos 1.600, casi todos ellos por efecto de las olas de hasta diez metros que arrasaron la costa.

Los terremotos se producen por el movimiento de las placas tectónicas que forman la corteza terrestre. Todo el océano Pacífico está rodeado de lo que se llama el Anillo de Fuego, y en la falla de este lado la placa del Pacífico se mete debajo de todo el continente americano, desde Alaska a Tierra del Fuego. Hace quichicientos millones de años América del Sur estaba unida a África y desde entonces se va corriendo continuamente hacia el oeste. Ese movimiento provoca cientos de temblorcitos diarios que ni percibimos y cada tanto otros más fuertes que asustan un poco. Y después de unos años arma unos terremotos monumentales cuando las placas ceden a la presión contenida y se deslizan unos metros una sobre otra hasta que se vuelven a acomodar. Esa subducción de una placa sobre la otra, aparte de hacer de goma países enteros suma algunos centímetros al Aconcagua y corre unos metros nuestro continente hacia el oeste.

La escala de Richter con la que medimos los terremotos se calcula en el equivalente a toneladas de TNT y es geométrica: cada grado duplica el anterior. Antes se usaba la escala de Mercalli, que medía estándares más borrosos como el movimiento de las arañas o los platos que se caen de la estantería. La intensidad también se puede calcular por el tiempo que duran, así que cuanto más tiempo más fuerte y menos preparados estamos ya que si las construcciones antisísmicas se hicieran previendo el Padre De Todos Los Terremotos la mitad del mundo viviría en búnkers atómicos.

Los terremotos son un corte de laboratorio en la vida de las personas. Todos pueden recordar con facilidad lo que hacían en el preciso instante de uno de ellos porque la magnitud del fenómeno los sorprende con tal intensidad que evocan con detalle el momento exacto, tanto que podría tomarse una muestra colectiva para hacer una estadística perfecta de lo que hacían los ecuatorianos el sábado 16 de abril a las 18.58 o qué hacen con sus vidas los sábados cuando entra la noche. Algunos estarían en sus casas disfrutando tranquilamente de la tarde-noche del sábado, mientras que a otros el sismo los habrá sorprendido en casa ajena y quizá de trampa y en calzoncillos. Pero no seamos malpensados: muchos estarían también en misa a esa hora, como ocurrió en el de Haití de 2010; por suerte parece que las iglesias de la zona más afectada han resistido con daños menores. También hay quienes aprovechan la bolada y se escapan para siempre de sus fantasmas, de los lugares o las compañías con quienes no quieren estar o se hacen humo para que no los persigan los acreedores. También se escapan los presos de las cárceles agrietadas y se convierten en película. Y algunos bandidos infiltrados en las fuerzas de seguridad blanqueen muertos pendientes…

Todos los países que han sufrido grandes catástrofes también han aprovechado colectivamente la oportunidad. Lo ha demostrado la solidaridad infinita de los ecuatorianos que afloró como suele ocurrir en estos casos para desmentir a los detractores del proyecto humano: hay alguna gente mala que por entrar en las noticias parece mucha más de la que en realidad es, pero los buenos son la inmensísima mayoría de la población de nuestros países y todos estamos dispuestos a ayudar a nuestros semejantes sin más retribución que la alegría de hacerlo.

Esa fuerza colectiva despierta para mostrarnos cómo realmente somos. Los avaros se vuelven más avaros y los generosos –que son casi todos– dan lo que no tienen. Los egoístas se potencian y los que piensan en los demás también y por suerte les ganan por goleada. Así en lo que a usted le guste registrar y esa misma fuerza es la que despierta ánimos de superación en todo un país que convierte la crisis en superación y resurge con una potencia nueva. Diría que nos pasa colectivamente lo que a las personas de carne y hueso: las desgracias de la vida nos muestran de lo que somos capaces y nos hacen crecer de golpe. Es lo que estoy seguro pasará en el Ecuador antes de lo que pensamos.

25 de abril de 2016

El gin de los apóstoles


Después de asistir a un tablado flamenco en Triana volvimos a Sevilla caminando y bastante cansados porque el día había sido largo. Veníamos de una reunión de diarios americanos que se celebraba en Cádiz por ser 2012 el año del bicentenario de la Constitución progresista y liberal, llamada La Pepa porque fue jurada en esa ciudad el día de San José de 1812. Esa Constitución es contemporánea de las que se empezaban a dar las nuevas democracias americanas que entonces se independizaban de España. Y Cádiz era en 1812 el bastión de la independencia española porque las tropas de Napoleón no la pudieron tomar a pesar de asediarla durante casi dos años.

Al salir del tablado de Anselma decidimos volver caminando al hotel, así que cruzamos por el puente de Triana hacia Sevilla para seguir por alguna calle del Arenal. Pero cuando cruzamos el Guadalquivir, exhaustos y sedientos, nos topamos con un bar que todavía estaba abierto, con mesas en la vereda y vista al Guadalquivir y a Triana. Pasamos al lado de un grupo de chicas que tomaban una bebida con pinta refrescante en copas de esas bien grandes y redondas que ponen en los restaurantes cuando pedís un vino caro. Era gin-tonic, nada especial, pero pedimos los nuestros y nos sentamos en la mesa de al lado.

Conocíamos el yintónic pero no aquel gin-tonic. No tenía nada que ver con el de los veranos de nuestra adolescencia y con el que te sirven en casi todos los bares de la Argentina: un vaso aburrido con hielo (con suerte tiene una rodaja de limón) y una medida de gin acompañados de una botella plástica de Paso de los Toros. Aquello era otra cosa: las copas grandes impiden aguar la bebida porque caben enteras la medida de gin y la botellita de agua tónica mas los hielos, que no se derriten porque están congelados a… 50 grados bajo cero. Cuando los encargamos, el mozo empezó con la retahíla consumista: había una variedad inmensa de marcas de gin –ginebra le dicen en España– y de aguas tónicas y no se mezclan así como así. Además se podían aderezar con otra inmensa cantidad de especias, cada una de ellas procesada al gusto del consumidor o del bartender.

El viaje de 2012 fue largo, no tanto por el tiempo como por la vuelta que dimos a más de media España, pero desde aquel bar a orillas del Guadalquivir no dejamos de tomar gin-tonics cada vez que pudimos. Terminamos sabiendo más de gin y de agua tónica que de castillos y periódicos. El gin habitual del gin and tonic, como le dicen los ingleses, es el London dry gin, del que conocemos algunas marcas inglesas originales y otras malas imitaciones argentinas. La ginebra es el gin holandés, o, mejor dicho, el gin es la ginebra de Londres, ya que es anterior al gin. Gin es apócope de ginebra y ginebra (genever en holandés) viene del nombre del enebro o junípero (juniperus communis) con cuyas bayas se aromatiza el aguardiente de malta, cebada o centeno que es su base. El resto es ponerle lo que los conocedores llaman botánicos, que no son otra cosa que hierbas para aromatizar el gin o la ginebra. La ginebra es más dulzona y el gin es seco y cada gin y sus ingredientes casa con su propia agua tónica. Ya no se le pone solo limón al gin-tonic: lleva además combinaciones de aromas producidos por frutas, cáscaras, esencias, berries verdes o maduros, crudos o quemados…

Bueno, resulta que la semana pasada pedí un gin-tonic en un bar de Buenos Aires y me preguntan si lo quiero con Príncipe de los Apóstoles. Me acordaba de ese gin –que supuse español– por haberlo tomado en un sótano de moda camuflado guaú en una florería del codo de la calle Arroyo, pero esta vez me puse a mirar la botella: es argentino y está aromatizado principalmente con yerba mate además de eucalipto, peperina y pomelo rosado.

El inventor es Renato Giovannoni, un bartender a quien todo el mundo conoce por Tato. El nombre y la marca del gin es el mismo que le puso el jesuita belga Nicolás del Techo –se llamaba Nicolas Du Toit– cuando la trasladó en 1641 desde el oriente al occidente del Uruguay porque los bandeirantes las atacaban para conseguir indios mansos que les sirvieran como esclavos. En 1644 el fundador le cambió en nombre por Santos Apóstoles Pedro y Pablo y en 1652 se instaló donde hoy está la ciudad de Apóstoles, capital de la yerba mate. Los guaraníes la consumían en tiempos de Nicolás del Techo y los jesuitas la popularizaron en toda esta parte de América. Tato le puso Príncipe de los Apóstoles a su gin aromatizado con mate para honrar a la tierra, a los guaraníes y a los jesuitas que inventaron el mate.


21 de abril de 2016

Uber


Ocurrió un día que me gustaría olvidar en el centro de la Buenos Aires. Tomé un taxi porque no llegaba caminando a una reunión en un hotel en la zona de Retiro. Lo paré en la calle y le indiqué la dirección. Llegamos bastante rápido y todo venía bien hasta que le pagué un viaje de 32 pesos con un billete de 50, que era el más bajo que tenía. Cuando le entregué el billete lo miró con asco y me dijo que no tenía cambio. Le expliqué que yo tampoco y que lo sentía mucho. Entonces me dijo que se quedaba con los 50… y a mí se me ocurrió decirle que se quedara con los 50 pesos pero antes iba a dar vueltas a la manzana hasta llegar a esa suma. En ese momento se puso loco. Salió arando conmigo arriba del auto y se metió en el medio de la avenida 9 de Julio. Entonces le advertí que estaba cometiendo el delito de privación ilegítima de la libertad, cosa que lo puso más loco todavía. En cuanto lo paró el tránsito detenido en un semáforo me bajé espantado y salí corriendo. Pero el loco se bajó también y me siguió hasta la vereda donde me agarró de las solapas y me aseguraba a los gritos que me iba a matar a trompadas. Mientras en la avenida se armaba una buena galleta la gente miraba azorada sin hacer nada y yo esperaba la piña mortal mientras le pedía que se calme, cosa que por suerte finalmente ocurrió. Llegué a la reunión unos minutos tarde; el corazón me latía como si hubiera corrido la San Silvestre.

En Buenos Aires, por suerte, uno sale a la vereda con el brazo extendido y para un taxi cuando no son dos o tres que compiten por llevarlo. Parece lo más normal pero no es así en muchas ciudades de la Argentina. En Posadas los señores taxistas son unos duques que hay que llamar por teléfono para que vengan cuando quieran o ir a sus paradas de estacionamiento gratuito en los mejores lugares del centro de la ciudad. Yo sé que son sólo unos pocos y que por desgracia siempre me tocan a mí y que para colmo esos que me tocan siempre tienen unos autos diminutos en los que apenas cabe mi humanidad. Además no tienen aire acondicionado y tampoco la más mínima ansiedad para llevarme al destino. Y manejan como la mona, con la radio bien fuerte, como si estuvieran sordos. Cosas de la mala suerte...

Ahora imagínese que en Buenos Aires o en Posadas tengamos la posibilidad de calificar a los taxis y a los taxistas y por tanto que cada uno de ellos se construya con su propia conducta una reputación que usted conoce cuando lo pide o se sube al auto. Sueñe que el precio del taxi es de acuerdo a la oferta y demanda, es decir que si están todos vagando en las paradas usted trata con ellos a ver quién le cobra menos para llevarlo a su casa. Deslúmbrese con la posibilidad de invitar a otros pasajeros que van para el mismo sitio que usted y así aprovechar capacidad ociosa del vehículo y compartir el gasto. Alucine con que por eso mismo gasta la mitad en taxis –o los usa el doble– y los paga con débito automático desde su cuenta bancaria. Encántese con la idea de que así hay un tercio menos de autos en la ciudad, consumimos menos hidrocarburos, hay menos contaminación y vivimos todos más felices en un mundo que ha empezado a compartir de verdad sus recursos en lugar de amarretearlos como hacemos todos los días con nuestro vehículo. Bueno: todo eso ya se puede hacer gracias a las tecnologías que nos tienen comunicados todo el tiempo: hoy podemos saber en tiempo real si hay un taxi cerca, si es una catramina o un auto nuevo y espacioso, si tiene aire acondicionado o hay que ir con las ventanas abiertas, si tiene o no tiene pasajeros y si el taxista es amable o un energúmeno como el que me tocó aquel día aciago en Buenos Aires.

19 de abril de 2016

El sentimiento antigringo


Esperábamos una reunión en una oficina de Buenos Aires y algunos tardaban en llegar, así que nos pusimos a conversar los puntuales mientras esperábamos a los impuntuales. El tema era el de esos días: el caos que iba a ser la ciudad por la visita del presidente de los Estados Unidos. Todo empezó porque anuncié que tenía un almuerzo en San Isidro y no sabía si podría ir por los lugares acostumbrados o debía dar un vueltón, con el retraso consecuente. Buscamos horarios y mapas de los cortes en nuestros teléfonos y decidí que no había nada que temer: llegaría lo más bien si iba por donde hay que ir, ya que esas avenidas y autopistas no estarían cortadas. Además quedaba claro que iba a poder sacar el auto del estacionamiento ya que tampoco estaba en un lugar comprendido en el operativo. Anticipo que eso fue lo que hice y que fuimos y volvimos sin ningún problema.

Pero en esos minutos de la reunión de los puntuales comprobé el sentimiento antinorteamericano en uno de los presentes. Decía visiblemente molesto cosas bastante leves como “tenés que sacar el auto esta noche y llevarlo a un estacionamiento lejos para poder usarlo mañana” o “les conviene suspender ese almuerzo, mañana va a ser imposible” y “ayer pasé por la Plaza de Mayo y estaba llena de banderas norteamericanas por este negro que viene a pasear…”.

“–Viene el presidente de los Estados Unidos… no van a poner banderas de Colombia” le contesté ya un poco indignado con la actitud. Y le argumenté con que Barack Obama es el presidente del país todavía más rico, poderoso e influyente del mundo, nos guste o no nos guste. Y tenemos relaciones bilaterales hace muchísimos años, bastantes más que con la mayoría de los otros grandes y pequeños países del mundo.

¿Por qué nos molesta que haya banderas de Estados Unidos y no nos molesta que las haya de Sri Lanka o de Etiopía? ¿Qué nos pasa con Estados Unidos que no nos pasa con Finlandia o Dinamarca? ¿Qué nos molesta de su presidente, de su bandera o de su obelisco, copiado impunemente en Buenos Aires? Muchos de nuestros próceres fueron fervientes admiradores de George Washington y Benjamin Franklin y nuestra Constitución está claramente inspirada en la de ellos. Y aclaro por las dudas que me refiero a los Estados Unidos de América y no a uno o unos estadounidenses en particular, que en este caso son justo la familia Obama, una de las más simpáticas que ha tenido la Casa Blanca como huéspedes en su historia ya más que bicentenaria de democracia ininterrumpida.

Es cierto que el flujo de la información y el mercado están siempre a su favor. No nos engañemos: nos suelen gustar sus películas, sus series, los blue jeans, las hamburguesas, los panchos, la Coca-Cola, Nueva York, Miami y Disneyworld... Pero quizá sea justo eso lo que los hace próximos. Y ya se sabe que uno se pelea con el vecino y no con el que está lejos y que las asimetrías siempre producen estos sentimientos en el más débil. Y también es cierto que cualquier imperio es la excusa perfecta para las ideologías que fabrica poder con el odio amparados en la imbecilidad colectiva.

Pero el sentimiento antinorteamericano, como cualquier sentimiento anti-lo-que-sea generalizado, es una desgracia que no dudo en calificar de fascista. No es malo un norteamericano por ser norteamericano como no es malo un chileno por ser chileno ni un polaco por ser polaco. Nadie puede ser descalificado jamás por cosas que no hizo, y mucho menos condenado. Y nos pasamos la vida haciendo estas generalizaciones injustas con sobrinos que no tienen la culpa de la conducta de sus tíos, nietos de sus abuelos, hijos de sus padres, maridos de sus mujeres o hermanos de sus hermanos (todos con un amplio viceversa).

Quemar una bandera de cualquier país del mundo o un símbolo de cualquier religión es uno de los actos más nazis que todavía ocurren en el mundo supuestamente civilizado y han vuelto a suceder en la Argentina con ocasión de la visita de Obama. Es como pintar cruces gamadas en un cementerio judío, y si no es un delito deberíamos agregarlo a la lista del Código Penal. Implica despreciar por igual a todos los que tienen una misma fe o a los ciudadanos de un determinado país y estamos a un tris de quemarlos a ellos. Es propio de las juventudes fanatizadas, gente que se distinguía por sus camisas pardas, negras o las azules en Alemania, Italia o España de antes de la Segunda Guerra Mundial.

Huele a Daesh y a Kristallnacht: a Califato mata-gays y Noche de Cristales Rotos... Piénselo un poco y si se le ocurre que estoy defendiendo demasiado a los gringos o que debo estar pagado por la CIA, es probable que se le haya metido algo del nazismo del que hablo. La democracia es exactamente lo contrario: no imponer a los otros nuestro propio pensamiento sino alegrarnos de que piensen diferente y convivir unos con otros lo más panchos. Le aseguro que es mucho más divertido.

Otro samohu rosado

Buenos Aires, 12 de abril de 2016