24 de enero de 2017

El Dakar y nuestra adolescencia colectiva


Los participantes del Dakar son un variopinto colectivo de sacados que corren a todo lo que da en cuanto monstruo mecánico se nos ocurra. Solo en los tramos de enlace viajan por nuestras carreteras a una velocidad más o menos lógica. El resto del tiempo van como locos por nuestras selvas, sabanas, desiertos, salinas, valles, crestas, arroyos, cauces de ríos… y los hacen de goma. La inmensa mayoría de ellos son europeos que en sus países irían presos por destruir las bellezas naturales que son patrimonio de todos. Por eso el Dakar se corría en África… y ahora en Sudamérica cuando los africanos los sacaron carpiendo, hartos de que irrespeten sus culturas y su geografía.

Nosotros todavía estamos en la época en que los corredores y su circo son recibidos por presidentes y funcionarios y los ministerios de turismo ponen plata para que desvirguen nuestras bellezas naturales. Quizá alguien piense que a los turistas les gusta venir a ver huellas de camiones en el desierto… No, ni lo piensan: se ríen de nosotros.

El Dakar es una inmensa operación publicitaria europea a costa de nuestro maravilloso continente, pero sobre todo de nuestra adolescencia colectiva. A los argentinos, paraguayos o bolivianos nos apasionan los fierros, los motores, los autos de carrera, las carreras y los rallys y resulta que el Dakar les viene como anillo al dedo porque en lugar de echarlos a las patadas por hacernos pelota el continente vamos como borregos a verlos pasar, flameamos banderitas y saludamos como náufragos a los helicópteros que pasan levantando el polvo que tardó dos millones de años en juntarse. Piense solo en la resplandeciente blancura del salar de Uyuni en Bolivia, que lleva ya varios años enmugrecida por esta horda de afiebrados.

Los organizadores resaltan la participación del público con sus banderitas en todo el recorrido y ocultan los accidentes, sobre todo si involucran a espectadores. Para eso tienen la exclusiva absoluta de las imágenes: nadie más que ellos y solo ellos pueden filmar, sacar fotos y distribuirlas a los medios que pagan pilas de euros para cubrir esta versión real de Mad Max. Eso incluye la publicidad y los patrocinadores, todos para Europa. Detrás siempre aparece nuestra gente, mestiza americana, que los felicita y los aclama para que los espectadores de París o de Amsterdam compren sin remordimientos.

Somos figurantes de una inmensa campaña publicitaria que vende autos, camiones y camionetas; respuestos, cubiertas, energizantes, combustibles, lubricantes, camisetas, gorras, banderas y calcomanías… y además le vende vértigo a algunos corredores vernáculos que pagan sumas imposibles para entreverarse en el circo de los locos y matarse para conseguir su minuto de gloria.

Admito que abuso un poco de la exageración hiperbólica, pero no encuentro otro modo de expresar que el Dakar es precisamente una exageración europea que no resistiría ni un minuto en su propia geografía. Un violación francesa de nuestra tierra y también de nuestra ingenuidad.

5 de diciembre de 2016

Mi amigo Fidel


Cuando éramos chicos decir Fidel era como decir Judas, Lucifer o el Hombre de la Bolsa: la empleada de mi casa decía que si nos portábamos mal iba a llamar a Fidel. Así crecimos, por lo menos todos los que en esa época éramos chicos, cuando Fidel tenía bastantes menos años que yo ahora. Fidel era el demonio en casa, pero también en el barrio, en el colegio, para amigos y parientes. Y si Fidel era el diablo, Cuba era el infierno. Había otros diablos menores, pero con esos no me voy a meter… solo digo que no teníamos la culpa de las broncas presentes y pasadas de nuestros padres y abuelos y tampoco de su propio imaginario. Y digo también que así crecimos, sin preguntarnos por qué; eso viene más tarde en la vida. Lo notable es que el tiempo pasó, murió medio mundo y Fidel los enterró a todos… La cara de antes se fue agrandando, se puso orejón, perdió pelo en la cabeza y en la barba y las manchas del tiempo se instalaron en su piel. Hasta que se volvió un viejito serio, metido en un inexplicable jogging Adidas, con el que habrá muerto en Black Friday, a la edad de mi padre, en su casa de Santiago de Cuba.

Mientras, nos hicimos amigos…

Bueno, cuando alguien muere aparecen los amigos íntimos que apenas lo vieron alguna vez de lejos. Seguro que ocurrirá ahora con Fidel, total no está él para desmentirlo. Por eso voy a contar las dos veces que estuve con mi amigo Fidel.

La primera fue en Guayaquil, Ecuador, apenas empezado el primer día de diciembre de 2002. Fidel viajó a Quito el 29 de noviembre a inaugurar la Capilla del Hombre del pintor Oswaldo Guayasamín que sí había sido su amigo. Al día siguiente se escapó a Guayaquil a cenar con León Febres-Cordero y a las 2 de la madrugada del 1 de diciembre partió a La Habana. A Guayasamín se le ocurrió la contradicción bestial de levantar una iglesia dedicada al ser humano y pintarla como si fuera la capilla sixtina. Digo contradicción porque si no crees en Dios es muy loco enojarte con Dios y también endiosar al hombre. Y León Febres-Cordero estaba en las antípodas políticas de Fidel, pero eran amigos quizá porque compartían la locura por el poder y seguramente también algunas cosas ricas de comer y beber. En aquel viaje apenas le dio tiempo a Fidel para saludar al presidente Gustavo Noboa, pero sí le alcanzó para pasar unas cuantas horas con su amigo León. Yo trabajaba entonces en el diario Expreso y me colé a hacer guardia hasta donde me dejaran llegar en El Cortijo, donde estaba la casa de LFC en la zona del Buijo. Debía ser más de la una de la madrugada cuando salieron a saludar y posar para los fotógrafos en la puerta de la casa. Castro estaba de traje azul y zapatillas negras y Febres-Cordero de cowboy y botas texanas de avestruz.

La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

Descubrí entonces que Fidel era un sofista hecho y derecho, como los de la antigua Grecia que condenaron a Sócrates: charlatanes eficaces por su retórica, pero no por sus contenidos.

Sus razonamientos llevaban siempre a la misma conclusión, tan falsa como la afirmación original. La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. No admitía preguntas ni aclaraciones, solo aplausos y vivas a una victoria que no llega nunca. Lo curioso es que al público le gustaba, quizá porque no hay pobreza como la ignorancia.

4 de noviembre de 2016

El sexo de los ángeles

Buscando en la Wikipedia el bolero Píntame angelitos negros, me entero de que está basado en una poesía mucho más cursi del venezolano Andrés Eloy Blanco, inspirada en el velorio de un negrito de su barrio. La música es del actor y compositor mexicano Manuel Álvarez Rentería, a quien llamaban Maciste, y fue muy popular en la época en que los boleros eran lo máximo. Píntame angelitos negros –o Angelitos negros– fue pionera entre las canciones que denuncian desigualdades. Pide la letra de la canción al pintor de santos que pinte ángeles negros, por lo menos tantos como blancos, porque “también se van al cielo todos los negritos buenos”.


Me acuerdo del bolero cada vez que ando por el popular santuario de Itatí –en el nordeste de la Argentina– y veo el fresco que rodea a la Virgen en su camarín. Abajo, en la tierra, unos indiecitos guaraníes rezan, cantan y tocan instrumentos musicales; y arriba, en el cielo, unos angelitos escandinavos rezan, cantan y tocan instrumentos musicales… Todo mal con el pintor italiano que pintó esta exageración, pero también es cierto que no debemos juzgar el pasado con categorías del presente. Para los latinos del sur de Europa los rubios del norte parecían ángeles, por eso son anglos y también ingleses.

Nadie sabe de qué color son los ángeles porque no tienen raza como los humanos. Tampoco son varones o mujeres y es una discusión necia la del sexo de los ángeles, tanto que se ha acuñado esa expresión para referirse a toda discusión inútil o innecesaria. De paso y ya que nos metimos con la basílica de Itatí, recuerdo que en muchas iglesias, por lo menos de la Argentina, era costumbre representar a los ángeles alternando sus túnicas, una rosa y otra celeste: uno varón y otro mujer. Al final era buena la queja del poeta venezolano a los prejuicios raciales de los artistas que suponen que es afeminado que te gusta el helado de frutilla. Estaría mejor vestir a los ángeles de comandos anfibios ya que hoy hay soldados varones y mujeres en todos los ejércitos del mundo, y para el caso da lo mismo vestirlos de chef o de carteros, porque resulta que los ángeles no tienen sexo, ni color, ni ropa, ni alas, ni cara ni nada que no sea espíritu.

Pero los seres humanos –el animal hombre– sí que tiene sexo y también raza. Somos hembras y machos, varones y mujeres, damas y caballeros, señoras y señores… Y viene a cuento la idea porque en estos días ocurrieron en la Argentina dos hechos relacionados con nuestra común semejanza y entretenida diferencia que me parece son como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Uno fue la manifestación convocada por el colectivo Ni una menos, para repudiar toda violencia de género, que tuvo su epicentro en la Plaza de Mayo y correlato en casi todas las ciudades del país. La motivó el tenebroso femicidio de una chica en Mar del Plata. El otro fue la aprobación en el Senado de la Nación de la ley de paridad de género en las listas electorales, que con toda seguridad se convertirá en Ley de la Nación una vez que la apruebe la Cámara de Diputados.

Quiere decir que a partir de la efectiva sanción de la ley habrá que elegir en la Argentina igual cantidad de varones que de mujeres en las listas de candidatos; intercalados en las listas de las elecciones generales y como les guste ponerlos en las listas de las internas partidarias. Y hay proyectos en la Nación y en algunas provincias para establecer esos cupos en todos los cargos colegiados de sus poderes Ejecutivo y Judicial.

Ya está. Hemos llegado al 50/50 y con la Ley del Cupo en la Argentina hemos decidido discriminar por igual a varones y mujeres. Y no importa que el proyecto aprobado ponga en segundo término el principio constitucional de la idoneidad para ocupar cargos públicos y en primero a los órganos sexuales o los cromosomas que nos distinguen a varones y mujeres.

En nuestra era y en nuestra geografía, es indiscutible la diferencia natural entre hombres y mujeres y también su igualdad esencial. Por esa igualdad nos da lo mismo elegir a varones o mujeres para cualquier trabajo o cargo público y también para representarnos en las legislaturas. Imponerlo por las bravas es machismo, aunque sea femenino.

31 de octubre de 2016

Premio Nobel


No me gustan los premios. Ninguno. Y lo que menos me gusta es que sea el premio lo que mueva a algunos. El amor propio y no la solidaridad, la superación; el amor a los semejantes, a un ideal o a la patria. Para colmo los que los ganan parecen los mejores, pero no: son apenas los mejores de los que se presentan al premio y el mismo hecho de presentarse los convierte en codiciosos. Los que sí los merecen, los buenos de verdad, no ganan premios porque jamás se presentan a los concursos: no tienen tiempo para esas pavadas.

Hay excepciones, pero muchos premios se ganan a fuerza de personas que influyen en los jurados, por plata nomás. Y hay premios-negocio, creados solo para dárselos al que paga buen billete. Hasta algunos hay tan aguados que todo el mundo los gana (en este caso es más barato, claro, pero al final el negocio es el mismo). Al final a los premiados les pasa lo que a los políticos descartables: se devalúan hasta desvanecerse en la nada, y así nos va.

Acepto que en el caso del Premio Nobel de Literatura tienen algo que ver los gustos y no entiendo cómo lo puede ganar alguien que no escriba en el castellano de nuestra América. No hay narrativa en todo el mundo como la iberoamericana contemporánea, pero el Nobel nos toca solo cada tanto porque parece que también hay que dárselo a un egipcio o un japonés, aunque escriban como la mona. A veces coinciden mis gustos, como este año con Bob Dylan, pero también hay que decir que Bob Dylan le venía mejor al Nobel que el Nobel a Bob Dylan.

Y para los políticos cualquier premio es un botín. Por eso me resulta un despropósito brutal el Premio Nobel de la Paz a las hasta ahora buenas intenciones de Juan Manuel Santos; y me dan unas ganas enormes de sospechar. Este año se lo merecían los White Helmets, los Cascos Blancos que llevan salvadas unas 20.000 vidas en Siria; o los rescatistas de la isla de Lesbos, en el mar Jónico; o una enfermera anónima del Hospital Madariaga, que seguro hizo más por la paz del mundo que Barack Obama o Henry Kissinger, que también lo ganaron.

Si de mí dependiera, le daría el premio Nobel de la Paz al que se le ocurrió mezclar gin con agua tónica: ha hecho mucho más por la felicidad del mundo que todos los políticos desde la época de Hammurabi a nuestros días.

12 de octubre de 2016

Aeropuertos

Marc Augé es un antropólogo francés contemporáneo al que se le dio por llamar no-lugares a los sitios transitorios en los que nos relacionamos los seres humanos. Son no-lugares los hospitales, pero también las autopistas, los supermercados y sobre todo los aeropuertos. Resulta que a medida que pasan los años son más grandes, más anchos, más largos y más no-lugares. Se explica perfectamente que haya gente que viva en los aeropuertos, como en la película La Terminal de Steven Spielberg en la que Tom Hanks se convierte en un náufrago apátrida en un aeropuerto norteamericano. Pero la película es pura ficción basada en la historia real de un refugiado iraní que vivió 18 años en una sala de embarque de la Terminal 1 del aeropuerto Charles De Gaulle de París. Es que si hay no-lugares dentro de los no-lugares son las salas de embarque de los aeropuertos internacionales: la tierra de nadie entre migraciones y el resto del universo.


Hoy los grandes aeropuertos más que no-lugares son no-ciudades o no-países por el tamaño que tienen y sobre todo por la cantidad de habitantes permanentes y transitorios. El aeropuerto de Heathrow, en Londres, recibe unos 75 millones de pasajeros por año. Por el de Barajas (ahora se llama Adolfo Suárez pero sigue quedando en el pueblo de Barajas, en Madrid), pasaron 46 millones en 2015, pero es el único aeropuerto civil de Madrid, mientras que Londres tiene por lo menos cuatro si sumamos a London City, Gatwick y Luton.

La calificación de los aeropuertos debería basarse no en su tamaño, su tráfico o su cercanía. Lo que importa es que esté bien comunicado con la ciudad a la que sirve. Los de Londres tienen estaciones de tren adentro del aeropuerto. Por unas libras se llega en media hora y en trenes expresos a cualquiera de las grandes estaciones terminales de la ciudad que ya era grande hace cien años. Pero eso no es nada comparado con el Underground, que tiene tres estaciones en Heathrow, el más grande y transitado de los aeropuertos de Europa y del mundo. Desde cualquiera de las terminales de Heathrow y por lo que cuesta un pasaje de metro, los viajeros tienen acceso a la inmensa red de subterráneos de Londres.

También llegan el tren de cercanías y el metro de Madrid a las viejas terminales y a la alejada y supermoderna terminal 4 del Adolfo Suárez. La empresa que gestiona el aeropuerto ha inaugurado, además, una lanzadera que lleva y trae del centro de Madrid por cinco euros. Es un autobús vidriado, con wifi y lugar para sus maletas desde donde se puede dar el último adiós a la ciudad.

En los aeropuertos argentinos –y casi todos los sudamericanos, para qué nos vamos a engañar– cuando uno se baja del avión no llega a ningún sitio. Que Dios lo ampare en su soledad y también en la inseguridad que campa como un fantasma en nuestro continente y mucho más en cuanto hay un indefenso, que es lo que somos los pasajeros en los no-lugares de Marc Augé. Lo bueno es que en nuestros aeropuertos es solo un poco más improbable que alguien de Daesh –el Califato que mal llaman Isis– ponga una bomba. Aquí basta con transponer la puerta de salida para encontrarse con la nada. Si no lo han venido a buscar, no hay a dónde ir ni en qué ir y si quiere usar algo parecido al transporte público tiene que prever el doble de tiempo para irse de o para llegar a un sitio al que ya tiene que estar bastante antes si no quiere tener problemas, y todo para un vuelo que dura un poco más de una hora.

El Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires está incomunicado y rodeado de bandidos. El que tiene Sube puede tomarse un colectivo urbano de los tres que vienen de la Ciudad Universitaria y pasan por la Villa 31. También está el Arbus que todavía debe regentear algún camporista porque no lo lleva a ningún sitio, sale cuando quiere y es bastante caro. Cuando se pasan las puertas de salida aparece de repente el territorio comanche, siempre falto de luz, desordenado, sucio y dominado por mafias codiciosas de desprevenidos. Puertas corredizas anuladas con cintas de peligro le avisan lo que vendrá. Ezeiza es otro caso de ningún-lugar y tiene que rezar para que no le toque un piquete al llegar o salir. Y no le digo nada lo que se siente en aeropuertos del interior; en algunos da miedo salir de la zona de desembarque por el acoso al que lo someten los taxistas, remiseros, mangantes y otros ladrones de ocasión. Para colmo y para más susto, a la Policía de Seguridad Aeroportuaria se le ha dado por llenar los sitios neurálgicos de nuestros aeropuertos con pegotes de bandidos buscados por la policía o perdidos que la Justicia no encuentra por sus propios medios.


Tanta gente concentrada en los aeropuertos los ha convertido en blanco preferido de los yihadistas islámicos, esos guerreros fanatizados que han aparecido en el mundo civilizado para jorobarnos la paciencia a los viajeros. Y para colmo resulta que Bin Laden –o quien sea que haya sido el que usó aviones repletos de pasajeros para atentar contra las Torres Gemelas de Nueva York– les complicó la vida para siempre a los que andan perdidos por los aeropuertos una parte casi central de su vida.

Ya no sorprende que unos extraños de Londres inspeccionen con rayos equis todo lo que otros extraños -extrañísimos- llevan en las maletas, o metan las manos en bolsos ajenos -ajenísimos- y saquen al aire ropa interior usada como si fueran regalos de cumpleaños. Eso pasa hasta en el aeropuerto más pequeño, pero lo notable de Londres es que le hacen esas perrerías a cien millones de personas por año (si las cuentas no me fallan son 274.000 pasajeros por día).  “¿Qué busca?” le pregunté a un guardia civil de Barajas que me revisaba con una especie de papel que sostenía con unas pinzas. “Explosivos” me contestó como si me contara que llueve.

Cada nuevo viaje avisan que hay que estar más temprano en el aeropuerto y tienen razón porque hay que dedicarle tiempo a las vejaciones de la seguridad y también hay que prever que uno se pierde unas tres veces con el riesgo de subirse al avión equivocado. Tanto tiempo de espera ha convertido a esos no-lugares en bazares: tiendas de todo tipo que compiten para sacarles a unos exhaustos cautivos sus últimos billetes. Pero no son los únicos que hacen negocio. Desde el 11 de septiembre de 2001 la familia de Bin Laden o algún gerifalte de Isis debe ser el dueño de la fábrica de escaners de valijas y de todos los sistemas de seguridad que nos han complicado la vida a los pasajeros. No sé si son ellos, pero sí que tenían información para hacer ese negocio. Para colmo, si lo que quieren es incordiarnos la vida a cientos de millones de esforzados viajeros, los del Isis no necesitan ningún atentando más.


Dicen los que saben que los que viajan en avión son todavía un porcentaje muy bajo de la población mundial y también dicen que son siempre los mismos. Alguno se debe agregar al colectivo de viajeros y alguno también lo deja por muerte o por hartazgo. También es cierto que suben a ritmo parecido la cantidad de habitantes del planeta y los aviones en el aire. Eso de ser siempre los mismos es lo que provoca que las conversaciones de pasajeros empiecen un día y terminen el siguiente, cuando nos volvemos a encontrar en el mismo vuelo.

Fue en una de esas charlas del Club de los Viajeros que hablábamos, pasillo del avión por medio, sobre lo pequeño que se ha puesto el mundo gracias a los bajos precios del petróleo, que han abaratado los billetes internacionales de avión. El petróleo se encarece o se abarata por razones que nunca podemos explicar porque no las podemos saber pero sí suponer: casi siempre son estratégicas y relacionadas con la conveniencia coyuntural de Estados Unidos, de Gran Bretaña y de sus aliados en el Golfo Pérsico. Sea como sea resulta que hoy es bastante accesible largarse a recorrer el mundo. 

Y mientras se dispara la cantidad de los viajes también se multiplica la incomodidad. Hace 50 años se ponían la mejor ropa para viajar porque no era cuestión de aparecer así como así en el aeropuerto y menos entre los pasajeros; ellas producidas para la ocasión y ellos con saco y corbata. Además había lugar suficiente para cada uno con su humanidad a cuestas. Todos disfrutaban de buena comida y mejor bebida y las líneas aéreas competían por la amabilidad de sus azafatas pero sobre todo por su menú y su bodega. Los platos eran de porcelana, los vasos de cristal y los cubiertos de metal cortaban y pinchaban sin romperse como los de plasticurri berretongui de nuestros días.

Hoy los pasajeros de viajes largos compiten en mal gusto y los argentinos, además, en estridencia. Las azafatas desparraman fideos recalentados y tiran una cajita de cartón con galletitas en los vuelos cortos. Amarretean la gaseosa en vasitos de plástico, y no vaya a creer que la clase ejecutiva es mucho mejor. Los pasajeros somos cada vez más grandes y los asientos cada vez más chicos. Apenas se reclinan un par de grados y no hay espacio entre butacas para un fémur occidental. Solo un faquir consigue echar un sueñito sin clavarse una pastilla de las grandes de Dormicum. Los bolsos no caben en los portaequipajes y cada año reducen más los kilos permitidos para despachar en la bodega. Para colmo cobran el exceso en lugar de prohibirlo y así confiesan que es para sacarte plata y no porque el avión no aguante la carga. A eso se suman las mil perrerías que nos hacen para prevenir atentados que no pensamos cometer. Cualquiera de ellas sería suficiente para hacer desistir a una dama o un caballero de 1950, pero hoy aguantamos todas las incomodidades si nos aseguran que los aviones van a ser puntuales, que tampoco lo son, así que, para que no linchemos a las azafatas de mostrador nos engañan como en el jardín de infantes.

6 de septiembre de 2016

Kornelia Ender


Hace años -no crea que tantos- los Juegos Olímpicos eran cosa de alemanes y cubanos. Puede que la URSS y EEUU ganaran más medallas, pero eso no nos asombraba y además no era así por una cuestión de proporción entre sus campeones y la cantidad de habitantes de cada país. Si hacías las cuentas siempre estaba adelante la República Democrática Alemana, que todos llamábamos Alemania Oriental. Baste con recordar que en 1972 en Munich, los soviéticos se llevaron 99 medallas, los norteamericanos 94, los alemanes orientales 66 y los alemanes occidentales 40. Es decir que Alemania sumada ganó 106 de las que 33 fueron de oro.

Ese año apareció Kornelia Ender en la Olimpiada. Era una alemanita oriental de trece años que nadaba como un delfín. La nena ganó tres medallas de plata. En Montreal 1976, con 17 años, la rompió. En cinco años batió 27 récords mundiales. Pero cuando terminaron los Juegos de Montreal, Kornelia anunció su retiro para siempre de la natación. Dos años después, en 1978, se casó con el Rolls-Royce de la Natación, como le decían a Roland Matthes, medalla de oro indiscutida de estilo espalda en México 68 y Munich 72. Se divorció del Rolls-Royce en 1982 y poco después se casó con un decatleta llamado Steffen Grummt.

Grummt era un año más joven que Kornelia y cuando iba a competir en decatlón en los Juegos de 1984 en Los Ángeles, Alemania Oriental se adhirió al boicot de la URSS contra los Estados Unidos y no mandó representación. Aquel boicot fue una represalia por el que a su vez realizó Estados Unidos a la URSS en los Juegos de Moscú de 1980. Los boicots son armas de los políticos para jorobar a sus enemigos pero a los que friegan es a los atletas. La cuestión es que el marido de Kornelia se enojó y se pasó del agua líquida a la sólida; del estilo espalda al tobogán de hielo del bobsleigh; ese torpedo con dos o cuatro tripulantes que baja a toda velocidad por una montaña rusa de hielo. Quería ser olímpico como su novia y para eso era capaz de cambiar 180 grados para estar en los Juegos de Invierno de 1984 en Sarajevo.

Occidente sospechaba que en los países del otro lado de la Cortina de Acero hacían cosas raras con las hormonas o con drogas desconocidas. Fue imposible probarlo y tampoco se pudo sancionar a nadie ni retirar medallas o bajarlos del podio porque la competencia olímpica es por países y Alemania Oriental dejó de existir en 1989.

Cuando después de la Olimpíada de Montreal Kornelia desapareció del mapa con toda la gloria y sus 17 años, muchos pensaron que se escondía en la profundidad hermética de Alemania Oriental para que no la investigaran. Pero siempre preferí creer que desapareció para que nadie intente hacer experimentos con su juventud magnífica. Kornelia hubiera ganado más medallas que Michael Phelbs de haber seguido nadando en los juegos de Moscú 1980 y Los Ángeles 1984. En Seúl 1988, al terminarse la estupidez del boicot recíproco, Kornelia Ender tenía 30 años. Phelbs tiene 31.

Hoy Kornelia tiene 57 y debe ser una señora cualquiera de alguna ciudad alemana. Ojalá la vida no le hayan jugado una mala pasada y sea una mujer feliz, rodeada de presente y futuro, pero con el recuerdo imborrable de aquellos años olímpicos en los que fue la estrella que nos enamoró cuando éramos adolescentes.

10 de agosto de 2016

Doscientos años no es nada

El 9 de julio de 1816, en una tarde soleada de martes en San Miguel del Tucumán, 29 congresales que representaban a las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata declararon la independencia de una cosa que llamaron Provincias-Unidas en Sud-América. Cinco congresales faltaron por distintas razones y esa cosa que crearon no tenía ni presidente ni rey ni nada. Uno de ellos se había rajado a Buenos Aires a tomar el poder como director supremo de las Provincias-Unidas. El Acta de la Independencia se perdió y solo se conserva una copia que escribió de memoria un diputado por Charcas, la ciudad que hoy se llama Sucre y de argentina no tiene un pelo.


La independencia fue el paso definitivo de la revolución que había empezado el 25 de mayo de 1810 cuando los mismos próceres echaron al virrey y se dieron un gobierno propio. Pero como en toda América, el viejo virreinato se tomó unos cuantos años con sus guerras para encontrar la geografía política actual de la República Argentina.

Doscientos años es mucho para una vida, pero no es nada para un país. A los argentinos todavía no nos alcanzó para salir de nuestra adolescencia, pero igual podemos celebrar porque hay algunos países que todavía se debaten en la infancia. Mal de muchos consuelo de tontos, porque la Argentina merecería ser un país adulto entre las naciones de la tierra. Quizá lo seamos de a uno, pero como sociedad organizada estamos todavía en el despertar de nuestra vida. En 200 años hicimos poco más que pelearnos unos contra otros, eso sí, como hermanos, que los hermanos también se pelean.

La patria es como la madre, nos dijo Francisco en un alarde de metonimia: el amor a la patria siempre se confundió con el amor a los padres. Y nos recordó que a la patria, como a los padres, no se los vende ni traiciona. Son mal nacidos los que critican a sus padres cuando lo que hay que hacer es quererlos y tapar sus defectos, como hicieron los buenos hijos de Noé con su padre borracho y desnudo.

La patria será muy madre pero la creamos todos juntos: mejorarla o empeorarla es cosa de nosotros y es un trabajo de todas las generaciones, una detrás de la otra. No nos queda otra que ir para adelante. Dejar de lamernos las heridas y volver a caminar, juntos, hacia el destino común de argentinos que parece bastante promisorio. Dejarnos de grietas y empezar a construir puentes. Cerrar el Club de la Pelea y abrir el del Diálogo, el de la convivencia entre los que piensan distinto, que es la mejor convivencia que existe: la de los que piensan igual es pura sobrecarga y aburrimiento.

Pero hay algo que también tenemos que respetar después de 200 años de fregarnos en ellas, o con ellas. Ya es urgente que los argentinos respetemos la Constitución y las Leyes de la República. El poder no excusa a nadie, el dinero –que es poder– tampoco. Nuestras leyes no son ni mejores ni peores que las del resto del mundo, lo que pasa es que los países avanzados las cumplen y los retrasados, los adolescentes, se ríen de ellas.

12 de julio de 2016

Alguien tiene que perder


Es una regla universal de todo deporte, o del juego que es lo que son los deportes al fin y al cabo: unos ganan y otros pierden porque para que unos ganen otros tienen que perder. Parece perfectamente lógico pero hay que puntualizar que uno gana si el otro pierde sólo en un partido de uno contra otro. En cambio en una copa, un torneo o campeonato, el que gana es uno solo contra una cantidad casi siempre bastante abultada. A veces juegan todos juntos, como en el golf, y otras se eliminan hasta quedar los finalistas de los que sale el campeón. La mejor selección de fútbol del mundo es una de las 211 asociaciones nacionales que componen la Fifa (18 más que la ONU). El Campeón de la Copa Libertadores de América es el mejor de una cantidad inmensa de cuadros de fútbol que integran sus asociaciones y el de la Copa Intercontinental de Clubes es uno en cientos de miles.

Por eso nunca entendí a los que lloran cuando pierden, en cualquier deporte o juego, pero sobre todo en el fútbol. Ocurre con los más jóvenes y sobre todo en la Argentina, no sólo con los jugadores de nuestra selección cuando sale segunda –cosa ya habitual– sino cuando jugamos al fútbol entre amigos, en los clubes de barrio o en el Campeonato Nacional: el que pierde llora y el que gana lo carga por unos cuantos días, que pueden llegar a ser meses y hasta años. Y quizá llora el que pierde porque sabe lo que le espera...

Parece una exageración que todo un país o uno solo de sus ciudadanos sufra de este modo por un partido de lo que sea. En los deportes perder no es cuestión de probabilidad sino de certeza: si alguien gana es porque otro pierde. Y alguien tiene que perder. Es más: el espíritu deportivo y el fair play suponen que se gana y se pierde y que la primera obligación del perdedor es felicitar al ganador y alegrarse con su triunfo.

Practicamos con vehemencia una cultura de winners y losers, ganadores y perdedores. Y los perdedores son denostados, acosados y hasta víctimas de bulling. Una desgracia porque la vida consiste en ganar y perder y sobre todo perder y volver a levantarse cada vez para volver a intentarlo con dignidad y seguramente volver a perder y volver a intentarlo otra vez más. Y ahora que lo pienso quizá sea una mala idea cantar el himno antes de los partidos y abizarrarnos con el estribillo “coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. El deporte no es la guerra, no defendemos el territorio ni la bandera, no arriesgamos la vida y tampoco la salud. Apenas estamos jugando –ju-gaaaaan-do– al fútbol. Y perdone si alguna vez lo pensó o lo dijo, pero el partido contra Inglaterra del Mundial de México 1986 no fue ninguna revancha argentina por las Malvinas, que siguen en poder de los británicos...

Hace unos años a los llorones los llamábamos malos perdedores y ser mal perdedor era más feo que el mondongo (si a usted le gusta es cosa suya). Pero con el tiempo se impusieron hasta en política y ahora resulta que el que pierde –o la que pierde– se enoja con el ganador, hace pucheritos y no le entrega la banda presidencial a quien triunfó en buena ley.

¿Se imagina lo sensacional que sería una selección de fútbol que se alegrara con el triunfo de su contrincante y se adhiriera a la celebración de la victoria con la misma alegría de los campeones? Se irían de la copa con más fama que el campeón, como Roberto De Vicenzo, el golfista más famoso por perder en Augusta como un caballero a causa de un error que por ganar el Masters.

Que duda cabe que en los deportes, en la vida, hay que intentar ganar. Pero sobre todo hay que cumplir las reglas y los que pierden –que siempre serán más– deberían hacerlo como damas o caballeros, con hidalguía y hasta para sentirse mejor.

Lo importante en la vida no es ganar ni perder sino volver a intentarlo, una y otra vez.