24 de septiembre de 2017
Serendipity
No es guaraní... Serendipity es inglés puro y no tuvo una versión en castellano hasta que la Real Academia Española la aceptó como serendipia, así que ya no vale decir serendipidad o cosas por el estilo. No es guaraní pero lo parece, sobre todo si se pronuncia la i griega como en Curupaity, así que seguiré ocupando serendipity en lugar de serendipia. La palabra llegó al inglés desde un topónimo ceilandés: Serendip es como llamaban los persas a la isla de Ceilán, que hoy ocupa Sri Lanka. Pero el significado de serendipity o serendipia viene de Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, la versión veneciana (1557) de algunas leyendas persas sobre la isla de Ceilán. Llegó al inglés y al concepto actual gracias a las fábulas de Horace Walpole, tomadas de la versión veneciana y publicadas como The three princes of Serendip. En la versión de Walpole los tres protagonistas se la pasan descubriendo por accidente cosas geniales. Según la Real Academia Española quiere decir hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El diccionario Oxford la define como hechos o hallazgos positivos que ocurren por casualidad. Sea lo que sea, seguro que no es accidente con suerte, como algunos creen.
Nadie me la pidió, pero si tuviera que dar una definición de serendipity diría que es la lógica propia de los acontecimientos o de las cosas que ocurren sin nuestra intervención. Es la comprobación más empírica de que la naturaleza tiene su propio rumbo y que cuando nos empeñamos en cambiarlo termina todo peor de lo que nos proponíamos. La serendipity es altamente recomendable como actitud ante la vida, sobre todo en algunas situaciones que paso a comentarle.
El caso más evidente es el del sueño. Si a usted lo ataca seguido el insomnio lo habrá experimentado muchas veces: no hay nada peor que intentar dormir. Parece una contradicción pero no lo es. La misma ansiedad nos hace perder el sueño, así que lo mejor es relajarse y disfrutar de una buena lectura, de un sándwich rico o de una temporada entera de House of Cards. Aproveche el tiempo que le regala la falta de sueño y va a ver cómo el mismo sueño lo va a vencer, y si no es en esa noche será en la siguiente o en la otra, cuando lo agote el sueño acumulado. ¿Hay mucho drama en pasar un día con los efectos de la falta de sueño? Lo hacemos a cada rato sin insomnio, pero resulta que nos preocupa justo cuando no podemos dormirnos. No se haga drama ni le haga caso y va a ver que el insomnio se le va a de la croqueta y duerme como un bebito.
Ya debe saber que las cosas que se pierden no se encuentran buscándolas sino con pura serendipity. Solo hay que pensar un poco para atrás y recordar la última vez que vimos o usamos lo que se nos perdió; ahí puede estar la clave, pero sobre todo hay que esperar que las cosas que perdemos actúen solas: ellas claman por sus dueños casi como si estuvieran vivas; en realidad es nuestra cabeza la que actúa sin darnos cuenta. Buscar sin ton ni son, atolondrados, es pura pérdida de tiempo y un obstáculo bestial a la serendipity.
Entre las cosas perdidas están los amores, el novio o la novia quiero decir, que tampoco deben buscarse para encontrarlos. El amor es como el sueño, aparece siempre cuando no se lo busca, por pura serendipity, y el empeño por conseguirlo nos lleva casi siempre a equivocarnos fiero con consecuencias terribles. Debe ser la razón por la que San Antonio es a la vez el que busca novio y el que encuentra las cosas perdidas. El trabajo también es cosa de serendipity. Hay que dejarse de hinchar con eso de pretender el empleo perfecto cuando no lo tenemos y hay que tirarse de cabeza en lo que salga por casualidad. Va a ser el mejor trabajo porque el mejor trabajo es el que se tiene y no el que uno se imagina, entre otras cosas porque siempre pensamos que somos mucho más de lo que creemos.
Tampoco conozco a nadie que haya hecho dinero a fuerza de buscarlo, como nadie encuentra un tesoro si no tiene el mapa y los mapas son todos truchos. El dinero es dinero y así como viene se va. Déjelo tranquilo que tiene su propia lógica y apenas sirve para algunas cosas poco importantes de la vida. Cuando tenga que llegar, llegará; y si se vuelve loco por conseguirlo solo va a conseguir volverse loco.
Pero lo mejor de la serendipity es que un buen día nos damos cuenta de que era mejor perder la plata, no enamorarnos de esa persona, estar despiertos cuando los demás duermen o disfrutar de unos días de vacaciones forzadas o de pobreza obligada. La serendipity es toda una actitud que le recomiendo para muchas cosas de la vida en las que terminamos metiendo la pata y que seguro saldrían mejor sin nuestra intervención.
12 de septiembre de 2017
10 de septiembre de 2017
Votar borrachos
A pesar de ser obligación, en la Argentina vota el 70% del padrón electoral. Quiere decir que aunque la ley establezca la obligatoriedad, de hecho no es obligación. Votar en la Argentina es más un derecho que un deber; un deber cívico sin consecuencias reales, ya que aunque las sanciones están previstas, nadie las aplica. Ni en Cuba ni el los Estados Unidos es obligación votar Unidos, pero los gringos votan un martes, laborable como cualquiera del año.
También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.
Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.
Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.
Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.
Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.
También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.
Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.
Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.
Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.
Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.
11 de agosto de 2017
7 de agosto de 2017
Solo Venezuela salva a Venezuela
Por la historia viajan los países como si fueran vehículos en una autopista. Por ahí van autos más chicos y más grandes, más rápidos y más lentos, chatas desvencijadas, camiones pesados, motos, ómnibus… de todo y cada uno a su aire. Unos van más o menos derecho, por el medio, por la derecha o por la izquierda; otros van por la banquina y hasta alguno espera parado que lo vengan a auxiliar. También están los que van en zigzag, de un lado para el otro, haciendo slalom como esquiando o a los tumbos. Los que antes iban derechito y a buena velocidad de repente pinchan una rueda y entran a dar viracambotas. Y los que antes se hacían los tuercas, en un momento se vuelven choferes de coche fúnebre. Aunque los podemos espiar si nos ponemos a la par, en la autopista no nos preocupa lo que pasa adentro de los otros vehículos: cada uno es libre de ir como se le de la gana... hasta que choca o se pone de contramano y se vuelve un peligro para el resto.
Hoy seguimos con cuidado las maniobras de una limusina bastante grande que va por la autopista a los ponchazos. Hace rato que adentro del auto se vienen peleando duro los pasajeros. Parece que los del asiento de atrás están un poco rebeldes porque quieren ir para otro lado; el conductor, sin soltar el volante les propina manotazos para ver si los puede poner en caja, pero consigue todo lo contrario. Miramos preocupados porque en cualquier momento se pegan un palo contra el muro de hormigón de la izquierda, justo por donde van los que viajan más rápido.
Miramos asombrados y desde afuera cómo Nicolás Maduro legaliza con una constitución a medida su propia dictadura fregándose en unos derechos que no tiene. También se fregó en las mayorías porque tampoco las tiene para ganar una elección en buena ley.
Ahora el gran desafío de Venezuela es arreglárselas solos, porque cualquier intervención exterior, hasta del Papa Francisco, puede ser fatal para el futuro de la democracia venezolana. Nada legitima más a los ilegítimos que los enemigos de afuera (ahí esta Cuba, que todavía alimenta su revolución ya rancia con el odio a los gringos) Como en cualquier discusión, cuando intervienen los de afuera se pierde la legitimidad de los actos y todo puede volverse para atrás porque los que pierden legitimidad, necesitan recuperarla a cualquier costo. Por eso rige más que nunca el sabio principio del no te metas que en lenguaje diplomático se llama de no injerencia en los asuntos internos de los estados soberanos.
Pero la discreción es otro principio elemental de la diplomacia, tanto que solo se conocen las gestiones que tienen éxito y nunca nos enteraremos de los esfuerzos por arreglar las cosas que no se arreglan (o por desarreglar las que no se desarreglan). Otros se saldrán de la vaina por contarlos, pero los diplomáticos –y mucho más los de la Santa Sede– saben guardar silencio hasta la tumba. Además tienen por norma morderse la lengua si es otro el que consigue coronar una gestión iniciada por ellos: saben que lo importante es el éxito y no el crédito de las gestiones.
Hagan lo que hagan el resto de los países a favor y en contra del régimen que gobierna en Venezuela, a Nicolás Maduro y a sus amigos los fortalece que el resto del mundo los sancione, que el Papa se les enoje, que Macri les retire las condecoraciones, que Avianca deje de volar a Caracas, que Trump les congele las cuentas, les anule las visas a los bolivarianos y hasta deje de comprarle petróleo a Venezuela. Una macana porque casi todas las consecuencias de las medidas que tomen los gobiernos desde afuera harán sufrir más al pueblo venezolano.
Todavía no sé si es por la mezquina oportunidad de ser rebelde o por la altruista ocasión de defender la libertad de los venezolanos, que tengo unas ganas locas de agenciarme un casco de moto y una máscara antigás para sumarme a la desobediencia civil en las calles de Caracas o de cualquier otra ciudad de Venezuela. Hoy es hoy y es cuando ellos están a punto de cambiar la historia de Venezuela con la fórmula con que Mahatma Gandhi cambió la de la India: ojalá tengan la paciencia de los indios para que les vaya tan bien como a ellos y se vuelvan una democracia adulta (para no decir madura) como la de la India. Todos lo necesitamos, pero sobre todos los americanos del sur.
6 de agosto de 2017
En tren al pasado
Inauguraron por fin el tren a Mar del Plata. Sale de Constitución y el viaje tarda casi siete horas. La noticia podría ser de hace 150 años pero no, es de esta misma semana, la primera de julio de 2017. Le aviso que hace 60 años, ir a Mar del Plata en tren tomaba cinco horas y así fue hasta que un día amargo de nuestra historia un presidente y su ministro de economía decidieron que los ferrocarriles no son una inversión sino un negocio y como no son un negocio desamortizamos en dos patadas una inversión de 150 años: quedaron abandonados miles y miles de kilómetros de vías con sus sistemas de señales, estaciones, talleres, silos, puentes, terraplenes, barreras... que habían civilizado la geografía argentina entre 1850 y 1990. Bueno, algunos trenes sobrevivieron, pero porque los subsidios eran negocio para los degenerados que los explotaron fregándose en los usuarios, y para los señores feudales de los dos sindicatos que se quedaron con varios de esos negocios subsidiados y hasta con antiguos talleres para construir shoppings y clubes privados.
El pasaje de primera clase a Mar del Plata sale 200 pesos de lunes a jueves y 450 de viernes a domingos. Todo bien y no es tan caro, pero a pesar de su nombre la primera clase es la última. La primera de verdad se llama pullman y es más cara, porque ya se sabe que hay un mundo mejor cuando hay más plata. El tren tiene bar y comedor y está nuevecito, recién traído de la China. Lo que se pregunta todo el mundo es porqué un tren cero kilómetro, con vías, balasto y durmientes nuevos, es más lento que hace 60 años. Le explico:
Después de unas dosis de corrupción, en el segundo intento consiguieron durmientes que no se doblan y vías en condiciones para los nuevos trenes, que no son de alta velocidad aunque podrían llegar a Mar del Plata en poco menos de tres horas. Renovaron todo, pero no cambiaron la traza que hace 155 años une Mar del Plata con Buenos Aires (y conste que solo había que elevarla un poco en algunos tramos). Hoy hay 300 veces más autos que hace 60 años y hace 155 solo cruzaba las vías algún carro tirado por caballos y tres gauchos sureños de vez en cuando. El trayecto actual tiene 114 pasos a nivel que obligan al maquinista a reducir la velocidad por si algún distraído cruza wasapeando desde su celular. Además el tren para en doce estaciones, cosa muy cómoda porque usted puede subirse en Chascomús y bajarse en Viboratá.
Está buenísimo que haya vuelto el tren a Mar del Plata, pero no me diga que no es para llorar. A estas alturas tendríamos que estar viajando desde Posadas a Mar del Plata en siete horas, en trenes que surcan unas vías casi sin curvas ni cuestas empinadas a 300 kilómetros por hora. Es increíble como aún haciendo esfuerzos para llegar al futuro, los argentinos conseguimos volver al pasado…
Pero si la historia de los trenes es para llorar, la del metrobús da escalofríos. Metrobús se llama a los carriles exclusivos para colectivos que se van extendiendo por toda la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Resulta que hace 55 años había un metrobús que se llamaba tranvía, solo que era eléctrico y rodaba sobre rieles con sus ruedas de acero como las del ferrocarril. Es decir que no contaminaba nada. Ahora resulta que estamos descubriendo la pólvora con unas líneas de asfalto en las que unos armatostes a gasoil queman cubiertas y nos fumigan con el humo de su combustible fósil. Hace 55 años nos vendieron la jubilación de los tranvías como un progreso y resulta que fue un regreso a la era de las cavernas: pasamos de viajar en simpáticos vagones que ni ruido hacían a embutirnos en unos camiones inhumanos que andan por la ciudad corriendo carreras, acelerando y frenando como energúmenos. Aquello también fue una batalla de sindicatos y como siempre perdió la gente. Para colmo señalamos al colectivo como uno de los grandes inventos argentinos, que por suerte ahora tiende a desaparecer entre los carriles del metrobús y las carrocerías de autobuses como la gente que existían en el mundo bastante antes que el colectivo.
20 de julio de 2017
Tres horas en el banco
Confieso que fui al banco y que me hubiera gustado asaltarlo. Pero no, fui de día y como cualquier cliente que tiene que hacer un trámite cotidiano. Lo singular de esta vez es que gasté casi tres horas encerrado para cobrar un cheque de morondanga en la sucursal del centro de la ciudad de Corrientes del Galicia (que ya no se llama Banco). No soy cliente de ese banco sino de otros, pero son todos bastante parecidos. El Galicia es un banco privado de los más grandes de la Argentina, pero a estas alturas me da lo mismo si es público o privado. Además estoy seguro de que hay muchísima gente que sufre todos los días y no de vez en cuando las incomodidades y pérdidas de tiempo que voy a relatar.
Llegué más o menos a las diez de la mañana y esta vez no se me ocurrió llevar una novela porque pensé que sería cosa de minutos. Primero tuve que hacer cola para sacar el número en una de esas pantallas que te cansan con sus preguntas: hay que poner el número de documento, la clave fiscal, la patente del auto y la vacuna antivariólica antes de rellenar las opciones que casi siempre son compatibles entre sí pero no te dejan ni preguntar.
Una vez que tuve mi numerito –el G108– impreso en un papel termonosecuanto subí una escalera hasta el primer piso… Bueno, me quedé en la mitad porque la sala estaba repleta de gente. Repleta, repleta, pero repleta. Todos los asientos estaban ocupados y el resto, otro tanto, estaban parados: seríamos unas 70 u 80 personas en total. Conseguí hacerme lugar y estiré el cuello para ver la pantalla y averiguar por qué número iban: G075. Faltaban 33 para mi letra, porque también había con la F, con la C y con la A. Solo recuerdo ahora que 45 minutos después de llegar, el número G estaba apenas en el 80: el pronóstico daba hasta las cinco de la tarde.
De tanto en tanto aparecía un nuevo número y la pantalla sonaba como un mensaje de wasap (ahora que lo pienso sería genial hacer un sorteo con número aleatorios y no por orden de llegada). Un guardia privado vestido de marrón y amarillo custodiaba para que no hiciéramos nada más que mirar la pantalla de los numeritos, donde también campaba en pantalla partida un comercial sobre el hotel Llao Llao y un campeonato de golf auspiciado por el banco para gente muuuuuy feliz. En cuanto uno de los clientes sacaba su telefonito, le gritaba: “–¡Celular!” para que lo vuelva a guardar. Después pude ver un cartel pegado a la pared que ofrecía bolsas selladas para los teléfonos: debe ser para no tentarse. Es curiosos que hoy en día no haya wifi en un lugar en el que tenemos que esperar horas. Dicen que es por seguridad, pero significa que para que no te roben el dinero, que va y viene, te roban tu tiempo que se va para siempre y es lo más caro que tenemos todos.
La sala era ciega, como son hoy todas las salas de espera de los bancos ya que también por seguridad no se puede ver lo que pasa en las cajas. Es decir que los pacientes miradores de numeritos no podemos saber si se están riendo de nosotros, están tomado mate o de vacaciones… o si el banco se está fregando en sus clientes porque no pone los empleados necesarios para atenderlos, como fue en este caso: solo había que mirar la pantalla para saber que tres de las ocho cajas no estaban activas.
A las 11.30 cerraron las puertas del banco. El horario es hasta más tarde pero cierran para que no entre más gente. La sala seguía abarrotada con clientes en la escalera hasta la planta baja. Para colmo los números G avanzaban más lerdos que los caballos de los malos en las películas de cowboys.
Después de unas dos horas pedí ir al baño. Imposible y también es por seguridad. Bueno, no hay baños para los clientes pero sí para los empleados. “–¿Cómo hago?” le pregunté al guardia: “–Tiene que salir, pero entonces ya no podrá entrar”. Sin wifi, sin baño, incomunicado y sin poder hacer otra cosa durante tres horas. Aquello era lo más parecido a un secuestro colectivo, o a una cárcel donde todo también es por seguridad. Lo curioso es que te meta preso la empresa que hace negocios con tu plata y que por eso te tendría que cuidar como un rey. Y más curiosa todavía es la paciencia de todos los que tenemos cuando naturalizamos el maltrato.
Un abogado vivo y tenaz haría estragos en el sistema bancario argentino.
7 de julio de 2017
Félix
Éramos adolescentes cuando a Félix lo operaron del corazón. Tal como lo entendí entonces, tenía un agujero de nacimiento entre dos compartimientos y eso le daba un trabajo suplementario al músculo, como para cansarse más de la cuenta. Sabíamos y sabía él que si no lo operaban se moría, así que un día la cosa se puso urgente y nos organizamos los amigos para dar la sangre que necesitaba para una operación a corazón abierto en la que le pondrían el parche en ese agujero. Fue en el sanatorio Güemes y me acuerdo que esa mañana fuimos cuatro juntos: los otros tres se desmayaron después de dar sangre en el hall súper transitado del sanatorio y yo no estaba para ayudar a nadie, así que me senté a esperar. Lo curioso es que la gente pasaba sin darle la más mínima importancia a tres adolescentes desparramados en el piso del hall de entrada del Güemes.
Un día de 1982 naufragamos en el delta del Paraná. Acababa de terminar la guerra de las Malvinas y el que nos rescató fue el almirante Anaya que navegaba en el yate del comandante de la Armada, seguido de cerca por uno de custodia de la Prefectura. En la cubierta de ese barco tuvimos una conversación algo áspera sobre la heroicidad y la valentía, mientras Félix me hacía gestos para que me callara. El almirante decía que después del hundimiento del crucero General Belgrano mandó guardar la flota y yo sostenía que estaría más orgullosa en el fondo del mar, después de haber peleado con coraje por la recuperación de las islas. Es un principio elemental de la estrategia no dar la pelea que no se puede ganar, pero una vez empezada hay que hacer todo lo posible por ganarla, o perderla con dignidad: esconderse es pura cobardía. Parecía una barbaridad, pero 35 años después de la guerra la flota sigue inutilizada y arrumbada en el mismo puerto al que Anaya la hizo volver para no perderla en la batalla.
Félix era un grande y también era bastante grandote. Además jugaba bien al golf, un poco encorvado por su estatura, pero le pegaba lejos y derecho. Vivía entre Dallas y la ciudad argentina de Mendoza y no paraba de inventar empresas de servicios informáticos. Un buen día se casó y un mal día se quedó viudo con tres hijos. No se volvió a casar porque no le dio el tiempo: su nuevo amor llegó casi junto con el cáncer asesino que le ganó la partida al corazón. Ella lo cuidó hasta el último día.
Hace un par de años decía Félix que cada día que pasa morimos un poco. Yo le contestaba que es al revés: cada nuevo día es un día de vida que hay que disfrutar y aprovechar al máximo, pero no logré convencerlo porque también tenía razón al decir que cada nuevo día nos acerca más a la muerte. Todo depende de cómo se lo mire, pero tengo claro que después de la muerte de su mujer, Félix pensaba sin tristezas y con bastante mística que cada día podía ser el último de su vida.
Ahora que lo pienso, creo que la diferencia está en que Félix creía que morir nos da la oportunidad de terminar lo que empezamos. Morir es completar la vida como quien termina un viaje. Cuando morimos no es que nos vamos sino que llegamos; no empieza sino que termina el viaje y lo que viene más allá es cuestión de fe y es vida definitiva, pero de viaje no tiene nada. La muerte es tan parte de la vida como nacer y un día tendremos que enfrentarnos con ese momento esencial como quien se encuentra con una amiga, con una extraña o con una enemiga. O con una hermana, como la llamaba Francisco de Asís. O con la novia, como canta la Legión Extranjera española.
18 de junio de 2017
El inglés de la cantidad
Hace años vivía en Posadas un inglés que trabajaba para la Shell y jugaba al golf en el Tacurú. En el hoyo 19 pedía la cerveza que le diera mayor cantidad por menos precio y sostenía que no había otro criterio. Todos pensábamos –probablemente sin razón– que lo que buscaba no era cantidad de cerveza sino la mayor cantidad de alcohol por menos dinero. Es que en esto de beber cerveza, o vino o lo que sea, el mundo también se divide en dos clases de personas: los que buscan cantidad sin importar la calidad y los que prefieren disfrutar de la calidad aunque sea en menor cantidad (entre otras cosas porque es más caro).
No hay ningún problema entre los partidarios de la cantidad y los de la calidad… hasta que se juntan. Entonces se abre la caja de las tempestades, así que le recomiendo alejarse despacito y haciéndose el tonto si le toca andar por ahí.
Pasa que cuando se cuela un partidario de la calidad en el club de la cantidad, la reunión termina mal porque tarde o temprano la conversación cae en la cuneta y empieza a tratarlos de amarretes, roñosos, tacaños, mugrientos y borrachines de cuarta… y resulta que eso no le gusta a nadie. Y cuando es al revés arde Troya porque el partidario de la cantidad se toma hasta el agua de los floreros sin importarle el gusto, el paladar, las redondeces, los taninos y mucho menos el precio de cada botella.
No sé si es por la billetera, por la edad o por la cultura que a medida que crecemos preferimos menor cantidad de cosas mejores que más cantidad de cosas peores. Debe ser una consecuencia de la madurez –cuando vamos cayendo en la cuenta de que el tiempo es escaso– que nos hace pensar que sólo vale la pena leer libros buenos, visitar lo que ya conocemos y tomar whisky importado. Y ya se ve que no hay mal que por bien no venga.
No hay ningún problema entre los partidarios de la cantidad y los de la calidad… hasta que se juntan. Entonces se abre la caja de las tempestades, así que le recomiendo alejarse despacito y haciéndose el tonto si le toca andar por ahí.
Pasa que cuando se cuela un partidario de la calidad en el club de la cantidad, la reunión termina mal porque tarde o temprano la conversación cae en la cuneta y empieza a tratarlos de amarretes, roñosos, tacaños, mugrientos y borrachines de cuarta… y resulta que eso no le gusta a nadie. Y cuando es al revés arde Troya porque el partidario de la cantidad se toma hasta el agua de los floreros sin importarle el gusto, el paladar, las redondeces, los taninos y mucho menos el precio de cada botella.
No sé si es por la billetera, por la edad o por la cultura que a medida que crecemos preferimos menor cantidad de cosas mejores que más cantidad de cosas peores. Debe ser una consecuencia de la madurez –cuando vamos cayendo en la cuenta de que el tiempo es escaso– que nos hace pensar que sólo vale la pena leer libros buenos, visitar lo que ya conocemos y tomar whisky importado. Y ya se ve que no hay mal que por bien no venga.
11 de junio de 2017
La première gorgée de bière
Imagínese que llega a su casa cansado después de un día de intenso trabajo y bastante calor. En la refrigeradora lo espera una botella de cerveza bien fría. Se la sirve en una pinta que guarda en el congelador y disfruta del primer trago como si estuviera en el cielo. La première gorgée de bière es un estándar muy francés de los placeres minúsculos y es el título de un libro de Philippe Delerm que le recomiendo, pero se lo explico porque va a ser difícil de conseguir.
Hay gente capaz de disfrutar así, como si se estuviera bebiendo el cielo, de un vaso de agua que ni siquiera está fría. Otros, en cambio, encontrarán siempre algún defecto: la cerveza tiene poca espuma, o tiene más de la cuenta, o no está tan fría, o está demasiado fría… De paso le aviso que la espuma es parte esencial de la gloria de la cerveza igual que la serendipia de tomársela como le toque, sin provocarla ni evitarla cuando se la sirven.
Cada uno tiene en esta vida su première gorgée de bière, sus hábitos, sus reflejos, sus gustos que valen toda la sed del mundo. La cerveza y la sed son apenas ejemplos: ponga la bebida que más le guste y en lugar de la sed ponga el estrés, la fatiga, el aburrimiento, la sobrecarga de trabajos o de problemas.
Aprendemos tarde en la vida que lo que importa no es la plata ni el poder. Y mire que todo el mundo lo dice y lo repite, especialmente los que tienen plata o poder y al cabo de los años no han sido felices. A pesar de esos consejos seguimos buscando la felicidad en las cajas fuertes y en las alfombras rojas en lugar de buscarla en las cosas minúsculas de las que podemos disfrutar mucho más que de los millones acumulados no se sabe para qué.
Y le advierto que en este mundo la riqueza está muy mal repartida y no tiene nada que ver con el billete. Ricos son los que saben disfrutar de las cosas sencillas y pobres los que no saben disfrutar de nada. Ahora se lo abrevio: ricos son los que saben y pobres los ignorantes. Fíjese que no hay sabios ricos y no es porque no sepan sino porque no quieren.
Mire qué fácil es ser feliz con las cosas de este mundo y no le digo nada si cree en las del otro, donde se regala todo lo que de verdad tiene valor. Esos detalles son los que al final importan: ser capaces de disfrutar de los afectos, de la belleza sencilla de las cosas que nos rodean; de los olores de las plantas, del filo de las piedras, de la gravedad fugaz del agua y de los caprichos del fuego; de paisaje estremecedor de la selva o de un arbolito que crece moroso en una maceta; del sabor genético de la carne asada o de lo que nos queda en un vaso con soda de sifón; de la ópera Nabucco en la Scala de Milán o de una cumbia mal grabada mientras cocinamos fideos con manteca… y guarde manteca para una tostada mañanera: no hay nada como el olor de las tostadas mezclado con el del café del desayuno, cuando el día todavía no nos estropeó ninguna esperanza.
Decía Adolfo Bioy Casares que la sensación más placentera –la première gorgée de bière– de su vida la tuvo al despertarse en un camarote de tren y oír los pasos de alguien en la grava. Eso es la vida: nada y todo a la vez. No se la pierda.
Cada uno tiene en esta vida su première gorgée de bière, sus hábitos, sus reflejos, sus gustos que valen toda la sed del mundo. La cerveza y la sed son apenas ejemplos: ponga la bebida que más le guste y en lugar de la sed ponga el estrés, la fatiga, el aburrimiento, la sobrecarga de trabajos o de problemas.
Aprendemos tarde en la vida que lo que importa no es la plata ni el poder. Y mire que todo el mundo lo dice y lo repite, especialmente los que tienen plata o poder y al cabo de los años no han sido felices. A pesar de esos consejos seguimos buscando la felicidad en las cajas fuertes y en las alfombras rojas en lugar de buscarla en las cosas minúsculas de las que podemos disfrutar mucho más que de los millones acumulados no se sabe para qué.
Y le advierto que en este mundo la riqueza está muy mal repartida y no tiene nada que ver con el billete. Ricos son los que saben disfrutar de las cosas sencillas y pobres los que no saben disfrutar de nada. Ahora se lo abrevio: ricos son los que saben y pobres los ignorantes. Fíjese que no hay sabios ricos y no es porque no sepan sino porque no quieren.
Mire qué fácil es ser feliz con las cosas de este mundo y no le digo nada si cree en las del otro, donde se regala todo lo que de verdad tiene valor. Esos detalles son los que al final importan: ser capaces de disfrutar de los afectos, de la belleza sencilla de las cosas que nos rodean; de los olores de las plantas, del filo de las piedras, de la gravedad fugaz del agua y de los caprichos del fuego; de paisaje estremecedor de la selva o de un arbolito que crece moroso en una maceta; del sabor genético de la carne asada o de lo que nos queda en un vaso con soda de sifón; de la ópera Nabucco en la Scala de Milán o de una cumbia mal grabada mientras cocinamos fideos con manteca… y guarde manteca para una tostada mañanera: no hay nada como el olor de las tostadas mezclado con el del café del desayuno, cuando el día todavía no nos estropeó ninguna esperanza.
Decía Adolfo Bioy Casares que la sensación más placentera –la première gorgée de bière– de su vida la tuvo al despertarse en un camarote de tren y oír los pasos de alguien en la grava. Eso es la vida: nada y todo a la vez. No se la pierda.
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