Pasó bastante inadvertido el 22 de septiembre de 2018 uno de los acontecimientos más fuertes en lo que va del siglo XXI. Jorge Bergoglio, el argentino más universal, será recordado en la historia por este hecho y no por las peleítas de adolescentes inmaduros en las que muchos de sus compatriotas intentan involucrarlo.
Resulta que después de años de negociaciones, la Santa Sede consiguió unir a la Iglesia Patriótica China con la Iglesia Católica Romana. Puede parecerle una exageración eso de que es uno de los acontecimientos del siglo XXI, entre otras cosas porque todavía falta el 82 % del siglo, pero por eso mismo se lo voy a tratar de explicar. Como temo que si lo intento con los que no conocieron el comunismo se me va a agotar este espacio y el de otros siete blogs, me conformo con aclarar para los millennials y post-millennials que el comunismo era una ideología que había cuando los más grandes éramos chicos y a esa ideología no le gustaban las religiones. Karl Marx, el inventor alemán de lo que terminó en comunismo gracias al ruso Vladimir Ilich Ulianov (Lenin), describía las religiones como el opio de los pueblos. Es que para Marx la religión adormece a los ciudadanos y por tanto impide la revolución; ya se ve que tenía una concepción integrista de la religión, como la puede tener una persona que las juzgara conociendo sólo el fundamentalismo islámico.
Como Mao Zedong, el fundador comunista de la República Popular China, no lograba terminar con el cristianismo, se le ocurrió controlarlo. Fue así que en 1957 puso a la Iglesia Católica de China –eran apenas tres millones– bajo la órbita de la Administración Estatal de Asuntos Religiosos. A partir de 1957 si querías ser católico (no solo católico: hizo lo mismo con varias confesiones cristianas y no cristianas) tenías que ser de la llamada Asociación Patriótica Católica China. Esto no es una novedad, la Iglesia de Inglaterra, la de Suecia, la de Noruega, de Dinamarca, de Rusia, de Grecia, de Armenia y unas cuantas más… son iglesias cristianas separadas de Roma y dependientes, hace más o menos tiempo y de diversos modos, del poder político de esos países; en todos ellos la Iglesia Católica pasó por situaciones parecidas a las de la China contemporánea y no han resuelto todavía la cuestión –esencial en cualquier cristiano– de la unidad con san Pedro.
Fue así que casi todos los católicos chinos se pasaron a la Iglesia Patriótica, que conservó los templos, santuarios, catedrales y el resto de características de la Iglesia Católica, pero dejó de estar unida al Papa (Mao y sus sucesores podían tolerar el opio de los pueblos pero no que una autoridad extranjera se inmiscuyera, como creían, en los asuntos internos de China). Los católicos chinos que querían seguir unidos a Roma tenían que practicar en la clandestinidad y eso les podía costar la vida o la cárcel. No sé si porque los héroes son escasos o por estrategia, parece que la mayoría de los católicos le hicieron pito catalán al comunismo y siguieron practicando su religión en la onda patriótica pero cruzando los dedos, a la vez que los Papas recalcaban al mismo tiempo la ilicitud y también la validez de los sacramentos y del culto mientras se respetara la sucesión apostólica de los obispos, y a esa la respetaron a rajatabla. Fue así como en 60 años los católicos chinos pasaron de 3 a unos 20 millones.
El sábado 22 la Santa Sede y la República Popular China firmaron un acuerdo provisional que permite a la Iglesia Católica ejercer libremente su culto, y lo que es más sorprendente, se disuelve la Iglesia Patriótica que vuelve a ser la Católica de Roma. En el mismo documento el Papa reconoce a los obispos patrióticos y los recibe en la Iglesia, y pasan a depender de su autoridad los 20 millones de católicos de China con sus casi 5.000 templos entre catedrales, parroquias, capillas y santuarios. A partir de ahora los obispos serán propuestos por China y nombrados (o rechazados) por el Papa.
China –con un quinto de la población mundial, llamada a ser la primera potencia– le abrió las puertas a la Iglesia Católica. Las consecuencias de este hecho son imposibles de calcular, pero le aviso que no serán solo religiosas… y las provocó un argentino que trabaja de Papa en el Vaticano, mientras sus detractores vernáculos siguen enojados porque no hace lo que ellos quieren que haga, o no dice lo que ellos quieren que diga.
18 de octubre de 2018
8 de octubre de 2018
Tortuguitas en el asfalto
El título principal de un diario de Catamarca anunciaba que el concejo municipal había prohibido las tortuguitas en las calles de la ciudad. Curioso, me adentré en la noticia a ver qué era eso de prohibir unos animalitos inocentes, inofensivos y simpáticos en la vía pública de todo un valle. Ahí me enteré de que los lugareños llaman tortuguitas a las tachuelas que pone el municipio en el pavimento para reducir la velocidad de los vehículos.
Me dieron ganas de felicitarlos por el progreso intelectual colectivo inmenso que significa darse cuenta de que las tortuguitas, los lomos de burro, vigilantes acostados, chapas muertos, lomadas, túmulos o como se llamen, son una regresión a la época de las cavernas.
Supongo que la idea de llamar tortuguitas a las tachuelas que evitan que andemos rápido por las avenidas se debe a que parecen tortugas en fila, o quizá también porque los que las ponen son funcionarios lentos... No sé si son mejores o peores que las lomadas, pero me alcanza con que no me rompan la paciencia, además del auto, el día que me olvido de que están ahí; es que hay algunos imposibles de pasar con autos normales sin raspar su barriga.
Pero lo que me atormenta de las tortuguitas no es el auto roto: eso tiene arreglo. Lo terrible –tenebroso diría– es que se trata de la confirmación más palmaria de nuestra incapacidad por hacer cumplir las leyes. Las tortuguitas son la materialización de un razonamiento que podría enunciarse así:
–La ley dice que hay que transitar a 30 kilómetros por hora. No tengo recursos legales para hacerte bajar la velocidad, así que si vienes a más de 10 km/h te rompo el tren delantero...
Sería como si en lugar de controlar la velocidad con un radar direccional, le tiraran con un misil antitanques al que viene más rápido de lo permitido; es la lógica de la época en que no había leyes y mandaba el más fuerte.
Imagínese por un rato las tortuguitas como lo que realmente son: baches, obstáculos que también nos hacen reducir la velocidad. Hacemos un pavimento perfecto para que los automóviles circulen cómodamente y después lo malogramos con un obstáculo para romper el tren delantero de un Hummer en Afganistán, del mismo modo que lo rompería un bache profundo de bordes bien filosos, producto del descuido de la autoridad. No se entiende para qué pavimentan las calles si después las destrozan con estos artefactos rompecoches.
Mejor y mucho más barato sería dejar las calles destruidas, que así vamos a ir todos despacito y nuestras ciudades recuperarán el encanto vintage de la época de la colonia.
Me dieron ganas de felicitarlos por el progreso intelectual colectivo inmenso que significa darse cuenta de que las tortuguitas, los lomos de burro, vigilantes acostados, chapas muertos, lomadas, túmulos o como se llamen, son una regresión a la época de las cavernas.
Supongo que la idea de llamar tortuguitas a las tachuelas que evitan que andemos rápido por las avenidas se debe a que parecen tortugas en fila, o quizá también porque los que las ponen son funcionarios lentos... No sé si son mejores o peores que las lomadas, pero me alcanza con que no me rompan la paciencia, además del auto, el día que me olvido de que están ahí; es que hay algunos imposibles de pasar con autos normales sin raspar su barriga.
Pero lo que me atormenta de las tortuguitas no es el auto roto: eso tiene arreglo. Lo terrible –tenebroso diría– es que se trata de la confirmación más palmaria de nuestra incapacidad por hacer cumplir las leyes. Las tortuguitas son la materialización de un razonamiento que podría enunciarse así:
–La ley dice que hay que transitar a 30 kilómetros por hora. No tengo recursos legales para hacerte bajar la velocidad, así que si vienes a más de 10 km/h te rompo el tren delantero...
Sería como si en lugar de controlar la velocidad con un radar direccional, le tiraran con un misil antitanques al que viene más rápido de lo permitido; es la lógica de la época en que no había leyes y mandaba el más fuerte.
Imagínese por un rato las tortuguitas como lo que realmente son: baches, obstáculos que también nos hacen reducir la velocidad. Hacemos un pavimento perfecto para que los automóviles circulen cómodamente y después lo malogramos con un obstáculo para romper el tren delantero de un Hummer en Afganistán, del mismo modo que lo rompería un bache profundo de bordes bien filosos, producto del descuido de la autoridad. No se entiende para qué pavimentan las calles si después las destrozan con estos artefactos rompecoches.
Mejor y mucho más barato sería dejar las calles destruidas, que así vamos a ir todos despacito y nuestras ciudades recuperarán el encanto vintage de la época de la colonia.
24 de septiembre de 2018
Tomás
Cerca de las 11 de la noche del 14 de mayo de 2018, antes de llegar a Candelaria, un caballo que venía en sentido contrario por la autovía de la ruta 12 se metió adentro del Citroën C-Elysée blanco y flamante de Tomás Kikúe. Tomás y Chachi Horster volvían a Jardín América, como casi todos los lunes a la noche. Venían juntos a un curso de formación cristiana y muchas veces terminaban la jornada comiendo unas pizzas con amigos en el restaurante De Pipo de la avenida Lavalle y Santa Cruz de Posadas. Aquel lunes debían ser las diez y cuarto de la noche cuando Tomás se levantó de la mesa junto con Chachi para poner rumbo a Jardín. Solo había tomado gaseosa y algo de pizza. Los demás se quedaron conversando todavía un rato, hasta que los sorprendió el llamado de un oficial de policía desde el celular de Chachi.
El auto viajaba a 80 kilómetros por hora cuando el caballo apareció de frente, asustado, corriendo al lado del muro de separación. El golpazo fue brutal del lado del conductor, justo en la cabeza de Tomás, a la altura del ojo izquierdo. Fuera de control, el Citroën terminó destrozado en la banquina y el caballo cortado en dos pedazos. Cuando consiguieron sacar a Tomás del auto nadie daba nada por su vida, pero resistió y llegó vivo al Hospital Madariaga de Posadas. Los audios de la policía de aquella noche lo daban por muerto. Chachi, en cambio, tenía heridas menores producto de los vidrios del auto y del golpe, pero en el calor del accidente ni lo notaba.
Resistió dos meses enteros en coma inducido, primero en Emergencias y luego en Terapia Intensiva del Madariaga. Era el mejor lugar para un accidentado en ese estado en todo Misiones. El Madariaga tiene buena tecnología y buenos médicos, pero también hay caranchos por todos lados. La obra social se hizo la ñembo desde el primer momento y los caranchos revoloteaban alrededor de cada nuevo insumo, válvula, antibiótico o tratamiento más o menos complicado. El calvario no era solo para Tomás sino para su familia y sus amigos que hicieron todo lo que podían... y pudieron. El 1 de junio Tomás se despertó, pudo respirar y comer por sus propios medios; también hablar, pero eso no es tan importante para un japonés. Y siguió mejorando con altibajos hasta que el 14 de julio, justo dos meses después del accidente, le dieron el alta para que se vaya a su casa. Todos bailábamos.
Tomás era flaco, austero, trabajador y callado, como buen japonés. Había nacido el 21 de agosto de 1963 y dejó por primera vez el monte misionero cuando se fue a estudiar a La Plata, donde terminó la carrera de Contador. A poco de volver se decidió a buscar novia en modo japonés. Así encontró a Estela, que como Tomás era japonesa y quería tener muchos hijos, pero se tuvo que ir a buscarla al Paraguay. Tuvieron trece, tan japoneses como ellos y más misioneros que la mandioca. Sus padres –viven los dos– nacieron en Japón y emigraron a Misiones. Techan, el hijo menor, tiene seis años; el mayor, Leonardo, apenas 25. En Jardín todos conocen a los Kikúe, porque viven allí de lo que produce su chacra y su aserradero hace ya muchos años y porque Tomás era un hombre bueno, querido, amigo de todos. Ayudaba a quien se lo pidiera y te daba lo que tenía y lo que no tenía lo conseguía, aunque fuera con un cheque a fecha. Su afán por ayudar a todos lo llevó a candidatearse tres veces como Intendente de Jardín América (2007, 2011 y 2015). Aunque no se le notara de puro japonés, me consta que era cariñoso, gran amigo de sus amigos y de un humor muy sutil. También era un tipo feliz, quizá porque era un buen cristiano, transparente y generoso.
La alegría duró poco. El 24 de julio trajeron de nuevo a Tomás a Terapia Intensiva del Madariaga por una descompensación. La vuelta al hospital fue fatal. Además de luchar y superar una por una las secuelas del accidente, Tomás tuvo que pelear contra los virus intrahospitalarios que se le metieron en el cuerpo como unos alien implacables y lo fueron degradando hasta dejarlo indefenso. El martes pasado Tomás murió por efecto de una bacteria mutante de nombre imposible que resiste a los antibióticos y que entra en el cuerpo por los mismos medios que se usan para curar. El jueves lo enterramos en Jardín América. Todo el pueblo lo despidió al verlo pasar hacia el cementerio; y todos lloramos, pero nadie estaba triste.
18 de septiembre de 2018
La evolución del hielo
Hieleros se llamaban los que bajaban desde la cima del cerro con bloques de hielo para satisfacer las necesidades de frío de los aniñados de Riobamba. Todavía queda alguno, ya viejito, de esos esforzados que hasta hace poco subían con sus mulas a buscar los bloques de hielo que vendían en el mercado para enfriar alimentos, para hacer helados y hasta para que alguno de sus clientes se tome un whisky on the rocks con cubitos congelados hace 5.000 años a 6.000 metros de altura.
Un buen día se fue al demonio el negocio de los hieleros de Riobamba y de los que fabricaban hielo y lo vendían en todo el mundo. Ocurrió cuando apareció el refrigerador doméstico y no fue hace tanto tiempo. Entonces el hielo se vendía en barras de buen tamaño a casas de familia, bares y restaurantes que necesitaban enfriar alimentos o bebidas. ¿Qué hicieron entonces los fabricantes de hielo? ¿Cortaron la calle? ¿Quemaron llantas? ¿Marcharon enojados? Algunos habrán quebrado, otros se habrán reciclado a diferentes industrias y otros descubrieron que el negocio no era fabricar hielo sino frío y pusieron heladerías, venta de electrodomésticos, reparación de heladeras, ventiladores y aires acondicionados...
El mundo avanza, cambia, se recicla, da vueltas una y otra vez en esa espiral de círculos como un resorte porque siempre avanza y avanza para mejor, aunque no parezca. La humanidad evoluciona y nosotros con ella. El refrigerador terminó con los que vivían del hielo, pero la revolución de esta parte del siglo XXI es comparable a las que produjeron la rueda, el alfabeto, los números o la imprenta en la historia de la evolución humana. La intercomunicación y el acceso inmediato a toda la información posible cambia toda nuestra vida y a gran velocidad, pero sobre todo cambia la de las nuevas generaciones y agiganta la brecha entre los mayores y los menores. Y a los que ya consumimos la mitad de la pizza de la vida nos queda el inmenso desafío de evolucionar mientras disfrutamos de las porciones que nos quedan.
18 de agosto de 2018
Low-cost
Los que viajan en avión son más o menos el 7 % de los habitantes del mundo y son siempre los mismos. Como es lógico, este porcentaje aumenta en los países más avanzados y disminuye en la China o la India. Lo bueno es que alguien pensó que ese 7 % era una oportunidad y no una barrera para los negocios aerocomerciales. Mientras la industria pensaba que el único modo de estirar las ganancias era cobrar más caros los pasajes a fuerza de dar servicios que los pasajeros no necesitan, a un genio se le ocurrió que hay un mercado sin aprovechar en el 93 % de la población. La primera línea que explotó la idea es de 1949, pero recién en los 90, con la desregulación del mercado aeronáutico en Estados Unidos y Europa, aparecieron las empresas que revolucionaron el transporte aéreo de pasajeros.
Viajé esta semana en la línea de bajo costo que hace poco más de un mes une Posadas con Buenos Aires. No es la primera vez que uso una de estas líneas, pero sí fue la primera vez en la Argentina y confieso que nunca había caído en la cuenta de lo que vi esta semana. El pasaje cuesta lo que suele costar la gama más alta de un ómnibus de esos en los que me gusta viajar porque nada se compara con la paz de sentarse y olvidarse del mundo. Pero resulta que los que viajan en las líneas de bajo costo permiten viajar a gente que no viajaba, dan nuevas experiencias dignas de vivirse y amplían el mercado... Seguramente habrá alguna competencia con las líneas aéreas de servicio completo (así las llaman) y también con quienes viajan en las unidades premium de autobuses entre Posadas y Buenos Aires, pero estoy seguro de que esa competencia producirá también una revolución en las compañías de ómnibus y no le digo nada si vuelven los trenes. Por lo pronto los pasajeros premium de ómnibus son pasajeros de tierra, de esos que no quieren volar sencillamente porque no les gusta andar por el aire; pero además los aviones llegan solo a los aeropuertos y multiplican los pasajeros que –deberían saberlo las empresas de ómnibus– no viven en aeropuertos ni viajan para conocer aeropuertos. Confieso, además que en el avión aparecieron tipos humanos que jamás veía en estas situaciones, igual que las tripulaciones, que son unos críos desenfadados en todas las líneas low-cost.
Para balancear estas fortalezas hay una gran debilidad: aunque te dicen que llegás a Buenos Aires te dejan en una ciudad del partido de Morón en el oeste del Gran Buenos Aires. El avión aterriza con un golpe seco en la pista de hormigón de la base aérea de El Palomar y luego carretea por las arrugas del cemento armado de la pista que comparte el aeropuerto militar con el civil, gestionado no sé cómo por Aeropuertos Argentina 2000, con la infraestructura mínima indispensable: todo se perdona por el bajo costo. Pero el problema principal no es la infraestructura sino que El Palomar queda en ninguna parte. La base aérea está a una cuadra de la estación del ferrocarril San Martín que va de Retiro a Pilar, pero por obras en el recorrido, hasta mediados de 2019 los trenes circulan solo desde Pilar a Villa del Parque. Así que hay que gastar 150 pesos en un ómnibus directo a Retiro o unos 800 en un taxi al centro de Buenos Aires. Por suerte existe Uber, que nos llevó a dos personas por 367 pesitos.
Buenos Aires necesita con urgencia un aeropuerto bien comunicado con las redes de transporte público de la ciudad y con dos pistas que se puedan usar al mismo tiempo para duplicar su capacidad. El movimiento de aviones de Ezeiza y Aeroparque sumados no es nada comparado con cualquier aeropuerto de una capital del tamaño de Buenos Aires. Y nadie puede entender que para que funcionen las líneas de bajo costo tengamos que habilitar una base militar que no queda en ningún sitio.
25 de julio de 2018
El aborto y las vacas voladoras
Las leyes de la naturaleza se cumplen inexorablemente. Entre esas leyes están las que los hombres cumplimos sin que nadie las dicte, porque son tan naturales como la ley de la gravedad: nacer, morir, procrear, comer, dormir... No es delito no dormir, pero inténtelo y verá cómo la naturaleza le pasa la factura. Y tampoco hacen falta leyes para decirnos que está mal matar, robar o mentir, pero como, a diferencia del resto de la creación, somos libres y capaces de hacerlo en perjuicio de otros, sí hay leyes que sancionan el hurto, el homicidio y el fraude. Los juristas llaman mala per se (malos en sí mismos) a los delitos que no necesitan leyes para que sepamos que está mal cometerlos. Mala prohibita, en cambio, son los que son delito solo porque una ley lo establece, como el contrabando o pasar el semáforo en rojo.
Debo aclarar que esta es una visión naturalista y también judeo-cristiana. Hay quienes sostienen, por el contrario, que solo está mal lo que la ley dice que está mal. Pero esa teoría –bastante alemana, por cierto– llevó a la humanidad a desastres tan atroces como la Segunda Guerra Mundial: todo lo que hizo el nazismo, hasta el exterminio sistemático de los judíos, fue conforme a sus leyes. La humanidad pudo juzgar a los criminales de guerra nazis gracias a la ley natural, ya que ninguno de ellos incumplió las leyes alemanas de aquellos años; todo lo contrario: las cumplieron a rajatabla. Lo mismo se puede decir hoy de los crímenes del integrismo islámico del Daesh en todo el mundo, que ellos cometen seguros de cumplir fatuas: unas sentencias que dictan los muftís a favor de sus atrocidades.
Las leyes que no se cumplen entran en desuso y pierden valor aunque nadie las derogue y lo mismo pasa al revés, con las conductas que todo el mundo cumple aunque no haya una ley que nos obligue: como se ve, la costumbre es una fuente del derecho tanto o más importante que las leyes que nos dictamos los humanos. Fíjese en el caso de Viedma y Carmen de Patagones, que son la Capital Federal de la República Argentina desde que lo dispuso la ley 23.512, sancionada por el Congreso de la Nación el 27 de mayo de 1987.
Vayamos al grano: de hecho, y aunque las leyes todavía digan lo contrario, ninguna mujer que aborte es penada hoy en la Argentina a pesar de estar contemplado en el código penal con pena de prisión para la madre y mucho mas severas para quienes lo practiquen. Y estos días nos hemos enterado de los abortos que cometieron actrices y periodistas como si se hubieran tomado una cocacola. Todos, naturalistas y positivistas, sostienen que en cada caso de aborto voluntario hay suficientes atenuantes como para castigar además a la madre. Por suerte –y gracias a Dios– en nuestra cultura general y jurídica hoy entendemos que todo aborto voluntario involucra a dos víctimas: la madre embarazada y el hijo no nacido.
Pero una cosa es que no sea punible y otra cosa que se legalice y se lo convierta en un hecho tan banal como la extracción de una muela del juicio. El aborto no es un derecho, dijo vehemente Oscar Ojea, el presidente de la Conferencia Episcopal, y agregó: ¡es un drama! Quizá porque pienso igual, me atormenta que se discuta si podemos matar a nuestros semejantes como si un drama de la humanidad pudiera ser materia de discusión.
Ni la la minoría ruidosa ni la mayoría silenciosa tienen razón cuando pretenden legalizar el aborto o impedir su legalización por ser más o ser menos. Quiero decir que si todos votamos que las vacas vuelen, igual no van a volar y por eso me revuelve las tripas que unos y otros pongan sus ilusiones en los platillos de la balanza, a un lado y otro de una nueva grieta para dividir a los argentinos, gracias a la necesidad del gobierno de que nos olvidemos de otras grietas y de otras necesidades bastante urgentes, por cierto.
El sistema de mayorías y minorías, que sí rige en el momento de las elecciones o de la sanción de las leyes en el Congreso, no se puede aplicar a toda la vida republicana: no decidimos por ley que las vacas vuelen ni que a todos nos tenga que gustar el dulce de leche. Tampoco es posible decidir por una ley del Congreso que se puede matar a los argentinos más débiles.
Debo aclarar que esta es una visión naturalista y también judeo-cristiana. Hay quienes sostienen, por el contrario, que solo está mal lo que la ley dice que está mal. Pero esa teoría –bastante alemana, por cierto– llevó a la humanidad a desastres tan atroces como la Segunda Guerra Mundial: todo lo que hizo el nazismo, hasta el exterminio sistemático de los judíos, fue conforme a sus leyes. La humanidad pudo juzgar a los criminales de guerra nazis gracias a la ley natural, ya que ninguno de ellos incumplió las leyes alemanas de aquellos años; todo lo contrario: las cumplieron a rajatabla. Lo mismo se puede decir hoy de los crímenes del integrismo islámico del Daesh en todo el mundo, que ellos cometen seguros de cumplir fatuas: unas sentencias que dictan los muftís a favor de sus atrocidades.
Las leyes que no se cumplen entran en desuso y pierden valor aunque nadie las derogue y lo mismo pasa al revés, con las conductas que todo el mundo cumple aunque no haya una ley que nos obligue: como se ve, la costumbre es una fuente del derecho tanto o más importante que las leyes que nos dictamos los humanos. Fíjese en el caso de Viedma y Carmen de Patagones, que son la Capital Federal de la República Argentina desde que lo dispuso la ley 23.512, sancionada por el Congreso de la Nación el 27 de mayo de 1987.
Vayamos al grano: de hecho, y aunque las leyes todavía digan lo contrario, ninguna mujer que aborte es penada hoy en la Argentina a pesar de estar contemplado en el código penal con pena de prisión para la madre y mucho mas severas para quienes lo practiquen. Y estos días nos hemos enterado de los abortos que cometieron actrices y periodistas como si se hubieran tomado una cocacola. Todos, naturalistas y positivistas, sostienen que en cada caso de aborto voluntario hay suficientes atenuantes como para castigar además a la madre. Por suerte –y gracias a Dios– en nuestra cultura general y jurídica hoy entendemos que todo aborto voluntario involucra a dos víctimas: la madre embarazada y el hijo no nacido.
Pero una cosa es que no sea punible y otra cosa que se legalice y se lo convierta en un hecho tan banal como la extracción de una muela del juicio. El aborto no es un derecho, dijo vehemente Oscar Ojea, el presidente de la Conferencia Episcopal, y agregó: ¡es un drama! Quizá porque pienso igual, me atormenta que se discuta si podemos matar a nuestros semejantes como si un drama de la humanidad pudiera ser materia de discusión.
Ni la la minoría ruidosa ni la mayoría silenciosa tienen razón cuando pretenden legalizar el aborto o impedir su legalización por ser más o ser menos. Quiero decir que si todos votamos que las vacas vuelen, igual no van a volar y por eso me revuelve las tripas que unos y otros pongan sus ilusiones en los platillos de la balanza, a un lado y otro de una nueva grieta para dividir a los argentinos, gracias a la necesidad del gobierno de que nos olvidemos de otras grietas y de otras necesidades bastante urgentes, por cierto.
El sistema de mayorías y minorías, que sí rige en el momento de las elecciones o de la sanción de las leyes en el Congreso, no se puede aplicar a toda la vida republicana: no decidimos por ley que las vacas vuelen ni que a todos nos tenga que gustar el dulce de leche. Tampoco es posible decidir por una ley del Congreso que se puede matar a los argentinos más débiles.
24 de julio de 2018
El aborto y las mayorías
Estoy en contra del asesinato de los más débiles, como todo el mundo. Si la vida empieza con la concepción, como establecen la constitución argentina, no deberíamos matar a los que están en en el vientre materno. Pero no es la ley la que me inclina a defender la vida de los no nacidos sino una íntima convicción impresa en mi propia naturaleza: me repugna tanto como comerme a mi perro o casarme con una jirafa. Si una ley estableciera que podemos asesinar, estaría equivocada y no se me ocurriría obedecerla, como tampoco acataría una ley que me obligara a vivir abajo del agua.
El aborto voluntario es una realidad y hay una cantidad inmensa de matices que deben ser tenidos en cuenta, tantos que debería haber una ley para cada caso concreto, pero eso no es tarea de los legisladores sino de los jueces, que son los que al final dirimirán la contradicción entre la Constitución Nacional y la ley que legalice la interrupción voluntaria del embarazo, que todos parece indicar que saldrá tarde o temprano.
Me resulta violento debatir sobre un tema que para mí tiene una claridad tan meridiana, como si discutiéramos si está bien o mal la antropofagia o la violación. Es evidente que hay gente que ve las
cosas de otro modo y defendería con mi vida su libertad de pensar lo que quieran, pero sigo creyendo que están equivocados.
Violenta mi conciencia que semejante controversia se resuelva como si fuera un partido de fútbol y que ponga a los argentinos una vez más a uno y otro lado de la grieta. Ante mi aparente indecisión unos y otros me insistieron para que me vista de verde o de azul, para que cambie la foto de perfil de mi cuenta de WhatsApp o para que asista a manifestaciones a favor o en contra de algo que no creo que deba resolverse por mayorías o minorías: las leyes de los hombres no pueden violentar las de la naturaleza: aunque el 100% de los votantes esté a favor de que las piedras vuelen, seguirán cayendo cada vez que las soltamos.
Hay cuestiones que sí se resuelven por mayorías o minorías, como quién debe gobernarnos, pero eso es una consecuencia y no el fundamento de la democracia. La democracia no es la imposición de las ideas de la mayoría sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Mientras no aprendamos este principio elemental, los argentinos seguiremos a los gritos en los dos lados de la grieta y volveremos a matarnos entre nosotros como lo hicimos desde la época de nuestra independencia y hasta un tiempo no tan lejano de nuestra historia.
Desarrollamos un sistema político que se vale de las libertades democráticas para imponernos unos sobre otros. Todavía ni se nos ocurre pensar que el acuerdo entre nosotros puede mejorar nuestra calidad de vida: nos parece muy avanzado legalizar el aborto pero no nos percatamos de que la discusión no partió de un acuerdo social sino de las necesidades rastreras de la política, del mismo modo que ocurrieron en la Argentina tantos episodios lamentables de nuestra historia: baste con recordar la guerra de las Malvinas, que en plena dictadura tenía el apoyo de la inmensa mayoría de la población.
No hay mal que por bien no venga, me podrán argumentar los que usan refranes para pensar, pero lo que violenta más mi conciencia es que quienes defienden una y otra posición mantienen la idea de que esto debe decidirse por mayorías y minorías. Se trata de debatir y de ganar y perder como en un partido de fútbol. Unos y otros intentan convencer a los indecisos y para eso quieren mostrar que son más en las plazas, en las avenidas, en las redes sociales y en el barullo de las hinchadas. La cosa parece decidirse como en la falta envido del truco: a todo o nada y gana el que tiene las mejores cartas. Poner las cosas en esos términos resulta tan primitivo como decidir con dos palitos si me caso no no me caso. Si todo el argumento que sostiene la realidad se esgrime por mayorías o minorías es tan débil una como otra posición: la mentira será verdad si tiene consenso y si los malos tienen mejores cartas serán los buenos.
El aborto voluntario es una realidad y hay una cantidad inmensa de matices que deben ser tenidos en cuenta, tantos que debería haber una ley para cada caso concreto, pero eso no es tarea de los legisladores sino de los jueces, que son los que al final dirimirán la contradicción entre la Constitución Nacional y la ley que legalice la interrupción voluntaria del embarazo, que todos parece indicar que saldrá tarde o temprano.
Me resulta violento debatir sobre un tema que para mí tiene una claridad tan meridiana, como si discutiéramos si está bien o mal la antropofagia o la violación. Es evidente que hay gente que ve las
cosas de otro modo y defendería con mi vida su libertad de pensar lo que quieran, pero sigo creyendo que están equivocados.
Violenta mi conciencia que semejante controversia se resuelva como si fuera un partido de fútbol y que ponga a los argentinos una vez más a uno y otro lado de la grieta. Ante mi aparente indecisión unos y otros me insistieron para que me vista de verde o de azul, para que cambie la foto de perfil de mi cuenta de WhatsApp o para que asista a manifestaciones a favor o en contra de algo que no creo que deba resolverse por mayorías o minorías: las leyes de los hombres no pueden violentar las de la naturaleza: aunque el 100% de los votantes esté a favor de que las piedras vuelen, seguirán cayendo cada vez que las soltamos.
Hay cuestiones que sí se resuelven por mayorías o minorías, como quién debe gobernarnos, pero eso es una consecuencia y no el fundamento de la democracia. La democracia no es la imposición de las ideas de la mayoría sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Mientras no aprendamos este principio elemental, los argentinos seguiremos a los gritos en los dos lados de la grieta y volveremos a matarnos entre nosotros como lo hicimos desde la época de nuestra independencia y hasta un tiempo no tan lejano de nuestra historia.
Desarrollamos un sistema político que se vale de las libertades democráticas para imponernos unos sobre otros. Todavía ni se nos ocurre pensar que el acuerdo entre nosotros puede mejorar nuestra calidad de vida: nos parece muy avanzado legalizar el aborto pero no nos percatamos de que la discusión no partió de un acuerdo social sino de las necesidades rastreras de la política, del mismo modo que ocurrieron en la Argentina tantos episodios lamentables de nuestra historia: baste con recordar la guerra de las Malvinas, que en plena dictadura tenía el apoyo de la inmensa mayoría de la población.
No hay mal que por bien no venga, me podrán argumentar los que usan refranes para pensar, pero lo que violenta más mi conciencia es que quienes defienden una y otra posición mantienen la idea de que esto debe decidirse por mayorías y minorías. Se trata de debatir y de ganar y perder como en un partido de fútbol. Unos y otros intentan convencer a los indecisos y para eso quieren mostrar que son más en las plazas, en las avenidas, en las redes sociales y en el barullo de las hinchadas. La cosa parece decidirse como en la falta envido del truco: a todo o nada y gana el que tiene las mejores cartas. Poner las cosas en esos términos resulta tan primitivo como decidir con dos palitos si me caso no no me caso. Si todo el argumento que sostiene la realidad se esgrime por mayorías o minorías es tan débil una como otra posición: la mentira será verdad si tiene consenso y si los malos tienen mejores cartas serán los buenos.
Ni ricos ni pobres, estúpidos
Almorzábamos como unos duques en el club El Nogal de Bogotá con un viejo amigo y colega periodista. Nos presentaba a un abogado que podíamos necesitar para un negocio que nunca salió, así que al abogado lo conocí en el momento de presentarnos y solo lo vi una vez más en mi vida. No me acuerdo del nombre porque se me borró el contacto, del teléfono y del cerebro. Pero sí me acuerdo de una frase que desde entonces retumba en mi cabeza cada vez que meto la mano en el bolsillo, aunque sea para comprar chipa. La dijo cuando todos amagamos a pagar la cuenta y él ni se inmutó; solo se encogió de hombros y mientras nos rodeaba con la mirada nos lanzó: es que me he dado cuenta de que pagar empobrece...
Me acordé una vez más del abogado colombiano cuando leía en los diarios que los argentinos estamos recortando nuestros gastos. Resulta que es por culpa de la crisis: el aumento del gas, la luz, el agua, los impuestos, el combustible, la carne... los precios que suben en ascensor y los sueldos que van por la escalera. El dinero no alcanza para todo lo que antes alcanzaba y no queda más remedio que achicar los gastos: apagar luces; el aire acondicionado a 24 grados; ahorrar gas; usar menos el auto y más el colectivo y las zapatillas; cambiar de marca; apretar hasta el final la pasta de dientes y pegar el jabón que se termina con el que se empieza...
Ante esas noticias se me ocurría una pregunta que no tiene nada que ver con la política: ¿los que ahorran son los ricos o los pobres?
Aclaro que conozco a muchos pobres manirrotos y ningún rico que no sea amarrete, empezando por el abogado colombiano. Todas las historias de los ricos ricones cuentan sus hazañas de agarrados como las del Tío Patilludo del Pato Donald. Son proverbiales amarretes grandes ricos de la historia norteamericana como John P. Morgan, Henry Ford, Howard Hughes, Jean Paul Getty o John D. Rockefeller, pero mucho más encanto tienen los gestos ahorrativos de los ricos europeos, esos que dejan sus zapatos nuevos a sus criados para que se los ablanden pero luego los usan hasta que no dan más. La ropa buena pero bien gastada es un estándar del refinamiento en el viejo continente, igual que terminarse el plato de comida, cosa que para un americano es señal de pésima educación.
Como no hay mal que por bien no venga me preguntaba si no será hora de que aprendamos a cuidar la plata, porque los argentinos nos ganamos –y bien ganada– fama de tiradores de manteca al techo y fuimos muchos años por el camino del pródigo, ese que no lleva a ningún sitio.
Para eso es necesario que cuidemos el mango como quien valora lo que tiene y seguros de que si cuidamos lo chico vamos a cuidar también lo grande. El que cuida su dinero exige bien terminado el trabajo que paga; no le da lo mismo si las cosas están bien hechas o si están más o menos; exige que le cobren lo justo aunque signifique pelear por el vuelto de dos pesos; cuida la ropa para que dure hasta tres generaciones; guarda los restos de comida para el día siguiente, cuando es hasta más rica, y aprende a hacer budín de pan, buñuelos de arroz, tortilla de fideos y croquetas de ayer... La ley más importante de la cocina es la de Lavoisier: nada se pierde, todo se transforma.
Al final hay que convencerse de que los que malgastan la plata no son ni ricos ni pobres: son estúpidos.
Me acordé una vez más del abogado colombiano cuando leía en los diarios que los argentinos estamos recortando nuestros gastos. Resulta que es por culpa de la crisis: el aumento del gas, la luz, el agua, los impuestos, el combustible, la carne... los precios que suben en ascensor y los sueldos que van por la escalera. El dinero no alcanza para todo lo que antes alcanzaba y no queda más remedio que achicar los gastos: apagar luces; el aire acondicionado a 24 grados; ahorrar gas; usar menos el auto y más el colectivo y las zapatillas; cambiar de marca; apretar hasta el final la pasta de dientes y pegar el jabón que se termina con el que se empieza...
Ante esas noticias se me ocurría una pregunta que no tiene nada que ver con la política: ¿los que ahorran son los ricos o los pobres?
Como no hay mal que por bien no venga me preguntaba si no será hora de que aprendamos a cuidar la plata, porque los argentinos nos ganamos –y bien ganada– fama de tiradores de manteca al techo y fuimos muchos años por el camino del pródigo, ese que no lleva a ningún sitio.
Para eso es necesario que cuidemos el mango como quien valora lo que tiene y seguros de que si cuidamos lo chico vamos a cuidar también lo grande. El que cuida su dinero exige bien terminado el trabajo que paga; no le da lo mismo si las cosas están bien hechas o si están más o menos; exige que le cobren lo justo aunque signifique pelear por el vuelto de dos pesos; cuida la ropa para que dure hasta tres generaciones; guarda los restos de comida para el día siguiente, cuando es hasta más rica, y aprende a hacer budín de pan, buñuelos de arroz, tortilla de fideos y croquetas de ayer... La ley más importante de la cocina es la de Lavoisier: nada se pierde, todo se transforma.
Al final hay que convencerse de que los que malgastan la plata no son ni ricos ni pobres: son estúpidos.
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