En 2020 el protocolo invadió nuestras vidas, se metió en la cocina, en la mesa, en el baño y en la cama... impregnó nuestra cultura y nuestras rutinas hasta no dejar nada librado al azar. Ahora hay protocolo para el supermercado, para el colegio y la farmacia, para caminar por la costanera de Posadas, para ir al dentista, para tomar tereré y hasta para ir a misa. Protocoleamos todo el día... en casa, en el trabajo y en la calle. Si entramos en un bar nos aplican el protocolo. Si nos subimos a un colectivo, meta protocolo. Si encargamos empanadas, tomá protocolo. Nos protocolizaron hasta hartarnos. Y ya se sabe, porque así lo han demostrado una y otra vez los vaivenes de la historia, que la desprotocolización será terrible: tan fuerte vamos a rebotar para el otro lado que nos caeremos de la hamaca. Pase lo que pase en el futuro, quiero rescatar algunas cosas positivas de este año que vamos a recordar con muy poca nostalgia.
Comparado con 2019 este año no fue bueno para la venta de yerba mate quizá porque la prohibición de compartirlo haya hecho mermar su consumo. Pero ahora resulta que podemos tomar mate sin quemarnos por culpa de los cebadores con boca de amianto; elegimos la yerba que nos gusta en lugar de soportar la ajena; no nos encajan justo el remedio contrario al que necesitamos; no nos atosigan a cebadas ni nos dejan olvidados, así que tomamos la cantidad que queremos; dejamos de chupar el lápiz labial impregnado en la bombilla por la vecina de oficina... conté rápido cinco fortalezas del mate tomado como siempre lo hicieron los uruguayos, algo que por mucho tiempo pienso seguir exigiendo a mis contertulios cada vez que decidamos tomar unos mates.
Lo del mate puede parecer un chiste y me van a retrucar con la ceremonia del mate, con que hay que ser buena onda y compartir, a lo que les contesto que no tengo ningún problema en compartir el mate, pero prefiero que compartan la plata que tienen en el banco porque los billetes no contagian.
Hay otras novedades del año del Covid que vale la pena tener como fortalezas. Por ejemplo, se acabaron para siempre las reuniones de balde. Llegó el momento de recuperar ese tiempo perdido en reuniones tan inútiles como interminables. Quedará para siempre la posibilidad de asistir a distancia y hasta de intervenir si es necesario y también de anular la cámara si queremos descansar un rato. Además hemos perdido la vergüenza de vernos mientras hablamos por teléfono. Se ha acelerado el futuro de las comunicaciones; ahora sabemos de luces, de fondos, de volumen y de cómo convertir una habitación en estudio de TV. Casi todos, supongo, hemos estado en seminarios, talleres, juntadas familiares, brindis y hasta en asados, por tecnologías que permiten reuniones a distancia. Nada de eso ha terminado con las ganas de volver a vernos, pero creo que es un progreso notable de 2020.
¿Hay más datos positivos de este año? Claro que sí. Hay muchísimos, pero hay uno que sobresale: hemos aprendido en carne propia que la salud de los nuestros depende también de la propia salud; si yo no me contagio, no contagiaré a los más cercanos, por eso cuidarse es cuidarnos. Nos lo han dicho hasta el hartazgo en anuncios institucionales, en las presentaciones de las autoridades sanitarias y hasta en la publicidad de detergentes. Por eso en este tiempo de Navidad y de hacer buenos propósitos, quiero recordar que como todo lo que se pudre, también es contagiosa la corrupción. El mejor remedio, el que está más a mano de cada uno, es mantenernos sanos: no contagiarnos ni contagiar de esa peste que contamina a la Argentina y a toda nuestra América. Uno a uno, con resistencia y buen ejemplo, iremos venciendo este virus. Si evitamos contagiarnos, no contagiaremos a los demás. Y si alguna vez dimos positivo, es el momento de aislarnos hasta dar negativo en el hisopado de la honestidad. Ese es el protocolo que le deseo para 2021.
27 de diciembre de 2020
20 de diciembre de 2020
No se ganó Zamora en una hora
No hay éxito sin esfuerzo. Pero por más empeño que se ponga, el esfuerzo se pierde si no va acompañado por la constancia. Todo el mundo sabe que los que triunfan en la vida no son los más inteligentes ni los que tienen más talento sino los que son más constantes en la búsqueda de resultados. Por desgracia la constancia debe ser la condición que más nos falta a los argentinos; por desgracia y quizá porque la bendición de la naturaleza nos ha convertido en un pueblo de resultados fáciles.
Se me ocurrían estos disparates a raíz del veto del Presidente al artículo 124 de la Ley de Presupuesto que establecía una zona aduanera especial para la provincia de Misiones. Esa medida hubiera permitido rebajar algunos impuestos para poner a Misiones en igualdad de condiciones con nuestros vecinos del otro lado de la larga frontera internacional que nos circunda y nos define. Precisamente esos eran los fundamentos de estas medidas, sin las cuales la provincia seguirá sufriendo una marginación injusta que ya se va volviendo histórica. Misiones está demasiado lejos del resto de la Argentina y demasiado cerca de Brasil y Paraguay.
El refrán de Sancho II nos advierte que el veto del presidente no hizo fracasar ninguna de estas pretensiones; solo las alargó en el tiempo. No salieron ahora, pero saldrán más adelante si seguimos insistiendo, con tenacidad y constancia. Hay que buscar los huecos, las fisuras, hay que volver una y otra vez, hay que cambiar de camino pero no de objetivo, hasta que se consiga. Y no hay que cansarse, porque... no se ganó Zamora en una hora.
Teresa de Ahumada diría que la paciencia todo lo alcanza y Jorge Bergoglio que el tiempo es superior al espacio, que lo importante es iniciar procesos: el tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad. (Evangelii Gaudium n. 224).
Hay otra frase hecha, muy usada en política. La escribió el Che Guevara al final de su carta de despedida a Fidel Castro, cuando se iba a luchar al Congo y abandonaba todos sus cargos en la isla. Fidel la leyó en público en el acto de creación del Comité Central del Partido Comunista Cubano el 3 de octubre de 1965, y dio a esa frase la entonación que hoy conocemos: hasta la victoria siempre. La frase ha quedado como el lema mundial de la resiliencia: sin importar lo que pase, a como dé lugar, no pararemos hasta conseguir la victoria. Ya se ve que en esto de la constancia coinciden Sancho II de Castilla, Santa Teresa de Jesús, el Che Guevara y el Papa Francisco.
El resultado será el que buscamos con la zona aduanera especial para Misiones si seguimos intentándolo, una y otra vez hasta conseguirlo. Este año ya parece que no va a ser, pero puede ser el que viene, o el siguiente, o el que sea, aunque cueste generaciones enteras. Si estamos convencidos de que es lo que la provincia necesita, no nos desanimemos ni abandonemos la pelea, que siempre se gana en el último segundo.
6 de diciembre de 2020
Tres Pumas y tres hijos de Noé
Desde 1996 a 2011 Nueva Zelanda, Australia y Sudáfrica disputaron el torneo Tres Naciones, la versión hemisferio sur del antiguo Cuatro Naciones europeo (hoy son seis). En 2012 se incorporó la selección argentina al Tri-Nations, que desde entonces se llamó The Rugby Championship. Solo por este año y a causa del coronavirus, el torneo volvió a su antiguo nombre porque no se presentó Sudáfrica. Se jugó en Sidney en onda burbuja y con partidos de ida y vuelta entre Nueva Zelanda, Australia y Argentina.
Ayer a la madrugada Los Pumas volvieron a empatar en el partido revancha contra el seleccionado de Australia (Wallabies) y quedaron entre Nueva Zelanda (All Blacks) y Australia, arañando la cima del mejor rugby del mundo. El capítulo épico de este torneo fue la victoria contundente de Los Pumas sobre los All Blacks por 25 a 15 durante nuestra madrugada del pasado 14 de noviembre. Cuando veo jugar a Los Pumas, pienso que deberíamos cambiar la camiseta de la selección de fútbol por la de rugby, a ver si con las rayas horizontales en lugar de las clásicas verticales y el yaguareté encima del corazón, a nuestros multimillonarios jugadores de fútbol se les calienta un poco el pechito frío que muestran cada vez que se presentan.
En medio de este torneo, y ante la mejor actuación en la historia del rugby argentino, un idiota divulga los tuits –escritos hace ocho años– de tres jugadores de Los Pumas. Dicen, para colmo, que es la devolución del aguado homenaje a Diego Maradona que hicieron Los Pumas en el partido revancha contra los All Blacks. Esos textos se publicaron en Twitter cuando los jugadores eran todavía adolescentes y son ofensivos contra las empleadas del hogar, los paraguayos, los bolivianos y hasta los judíos. Muy mal hecho, condenable, pésimo... la calificación que le quiera poner, pero no deja de ser un error cometido hace muchos años por adolescentes un poco imbéciles.
A ver ¿usted no dijo ninguna tontería cuando era adolescente? ¿no se arrepintió nunca de esas tonterías? Piense si no dijo una pavada condenable ayer o anteayer, o el año pasado, en un asado con amigos. Yo mismo puedo divulgar una larga lista de imbecilidades dichas por mis amigos –todos mayores de edad y hace menos de ocho años– en asados, paellas, casamientos, cumpleaños o cualquier excusa para una juntada en la que corra un poquito de alcohol. Todos dijimos cosas que no debíamos decir y el que afirme que nunca lo hizo que tire la primera piedra... Puede ser condenable decir una tontería, pero lo malo, lo realmente condenable, es no arrepentirse de haberlo hecho, de escribirlo en un tuit, que es la conversación de hoy en día.
En un alarde postizo de corrección política la Unión Argentina de Rugby (UAR) sancionó rápidamente a los tres jugadores que habían dicho esas estupideces hace ocho años. Con esa sanción los dirigentes de la UAR dijeron que el rugby no sirve para nada; negaron que los excelente jugadores que le habían ganado a los mejores del mundo fueran buenas personas precisamente gracias al rugby. Esos estúpidos adolescente que hace ocho años hacían chistes de mal gusto, ahora son capaces de ganarles a los All Blacks. Gracias al rugby son mejores personas, porque el rugby es una escuela de vida. Muchos deportes lo son, pero el rugby además involucra en su esencia el compañerismo y la amistad de propios y rivales, cosa que casi no se ve en otras disciplinas. Los dirigentes de la UAR mostraron que pueden ser tanto o más estúpidos que los chicos a quienes sancionaron sin razón en medio del mejor desempeño de su historia. Por suerte –y por las quejas agrias de todo el rugby argentino– se dieron cuenta de su error y levantaron la sanción. Aceptaron así que cuando uno se equivoca debe rectificar, como hicieron los jugadores sancionados.
Y sobre el homenaje a Maradona... ¿qué quiere que le diga? Si nos van a juzgar por la intensidad de los homenajes, es porque estamos llegando a un nivel de fascismo que espanta. Pero hay un dilema del periodismo que preocupa hace muchos años. Es la conducta de los tres hijos de Noé. Le recuerdo esa historia, que usted mismo puede leer en el capítulo 9 del Génesis.
Además de ser el que salvó a todas las especies de animales junto con su familia del diluvio universal, Noé fue el inventor del vino. Un capo. La cosa fue así: después del diluvio y cuando estaban casi solos en este mundo, sembró vides que luego cosechó y comprobó que eran buenas para exprimir y hacer jugo, pero el jugo fermentó y salió alcohol, así que Noé se lo tomó sin conocer las consecuencias y se emborrachó. Caú como estaba, y porque haría calor, Noé se desnudó y se quedó dormido. Uno de sus tres hijos –el del medio, que se llamaba Cam– entró en la carpa y se encontró a su padre durmiendo la mona desnudo, así que salió a decírselo a sus hermanos para reírse con ellos de la desnudez de su padre. Pero los otros dos hermanos –Sem y Jafet– en lugar de reírse, se compadecieron de Noé y lo cubrieron con una capa.
Cuando la gente hace macanas como la de Noé... ¿cuál debe ser la actitud del periodismo? ¿hay que darlo a conocer y reírse de esas macanas o hay que taparlas con la piadosa capa de los buenos hijos de Noé? Aclaro que se trata de macanas como aquella borrachera; opiniones ligeras que se dicen sin pensar y que nos muestran tan duros y desnudos como Noé aquel mal día. La lista de esas posibles macanas es muy larga y también es borroso el límite en todas las cuestiones que tienen que ver con la opinión pública, pero creo que en la duda hay que estar a favor de la capa de Sem y Jafet, porque el periodismo no es para reírse de nadie.
El dilema de los hijos de Noé se aplica al episodio de los tres jugadores de la selección argentina de rugby que hace un par de semanas fueron sancionados porque un mal hijo de Noé difundió tuits ofensivos y condenables que esos rugbiers habían escrito hace más de ocho años. En lugar de actuar como Sem y Jafet, muchos periodistas replicaron aquellos insultos que escribieron estos pumas cuando no eran pumas ni conseguían salir de la edad del pavo. Así que lo que hicieron los periodistas fue repetir hasta el hartazgo unas imbecilidades dichas hace años en una conversación privada, que alguien hizo públicas con bastante maldad. Y si nos enteramos de esos insultos no fue por los rugbiers sino por algunos periodistas descuidados y –todo hay que decirlo– por varios mercenarios a sueldo de maniobras de distracción. Al difundirlos, repitieron los insultos hasta el agotamiento, y fueron ellos –mucho más que los tres rugbiers– quienes insultaron a las empleadas, a los judíos y a los bolivianos o paraguayos que quizá trabajan en sus propias casas. Ante estas situaciones, los periodistas deberían hacer lo que los otros dos hijos: cubrir con una piadosa capa la desnudez de esas personas y preservarlas del juicio injusto de la opinión pública.
Lo que ocurrió con Los Pumas ocurre muchas veces con otras personas a las que estigmatizamos por su condición. Si un panadero de Apóstoles estafa a sus clientes, no es estafador por ser panadero ni por ser apostoleño, pero si titulamos apostoleño estafador, aunque digamos una verdad, estamos cayendo sobre todos los de Apóstoles. Es una estigmatización injusta como lo es la de los rugbiers, los gendarmes, los militares, los políticos, los jueces, los diputados, los curas, los bolivianos, los gallegos, los ministros, los polacos, los gitanos, los judíos... y la lista es tan larga que llega a la noche de los crsitales rotos. Quiero decir que no es una buena idea decirle rugbier a un asesino, por más rugbier que sea, igual que no es buena idea hacerlo con cualquier colectivo humano como los que acabo de nombrar por llevar a una generalización mentirosa. Lo hacemos socialmente, pero en alguna medida es responsabilidad de los periodistas, que al fin y al cabo somos parte de esa sociedad. Y sobre todo lo hacemos cuando aireamos a los cuatro vientos las mismas barbaridades que censuramos.
Ayer a la madrugada Los Pumas volvieron a empatar en el partido revancha contra el seleccionado de Australia (Wallabies) y quedaron entre Nueva Zelanda (All Blacks) y Australia, arañando la cima del mejor rugby del mundo. El capítulo épico de este torneo fue la victoria contundente de Los Pumas sobre los All Blacks por 25 a 15 durante nuestra madrugada del pasado 14 de noviembre. Cuando veo jugar a Los Pumas, pienso que deberíamos cambiar la camiseta de la selección de fútbol por la de rugby, a ver si con las rayas horizontales en lugar de las clásicas verticales y el yaguareté encima del corazón, a nuestros multimillonarios jugadores de fútbol se les calienta un poco el pechito frío que muestran cada vez que se presentan.
En medio de este torneo, y ante la mejor actuación en la historia del rugby argentino, un idiota divulga los tuits –escritos hace ocho años– de tres jugadores de Los Pumas. Dicen, para colmo, que es la devolución del aguado homenaje a Diego Maradona que hicieron Los Pumas en el partido revancha contra los All Blacks. Esos textos se publicaron en Twitter cuando los jugadores eran todavía adolescentes y son ofensivos contra las empleadas del hogar, los paraguayos, los bolivianos y hasta los judíos. Muy mal hecho, condenable, pésimo... la calificación que le quiera poner, pero no deja de ser un error cometido hace muchos años por adolescentes un poco imbéciles.
A ver ¿usted no dijo ninguna tontería cuando era adolescente? ¿no se arrepintió nunca de esas tonterías? Piense si no dijo una pavada condenable ayer o anteayer, o el año pasado, en un asado con amigos. Yo mismo puedo divulgar una larga lista de imbecilidades dichas por mis amigos –todos mayores de edad y hace menos de ocho años– en asados, paellas, casamientos, cumpleaños o cualquier excusa para una juntada en la que corra un poquito de alcohol. Todos dijimos cosas que no debíamos decir y el que afirme que nunca lo hizo que tire la primera piedra... Puede ser condenable decir una tontería, pero lo malo, lo realmente condenable, es no arrepentirse de haberlo hecho, de escribirlo en un tuit, que es la conversación de hoy en día.
En un alarde postizo de corrección política la Unión Argentina de Rugby (UAR) sancionó rápidamente a los tres jugadores que habían dicho esas estupideces hace ocho años. Con esa sanción los dirigentes de la UAR dijeron que el rugby no sirve para nada; negaron que los excelente jugadores que le habían ganado a los mejores del mundo fueran buenas personas precisamente gracias al rugby. Esos estúpidos adolescente que hace ocho años hacían chistes de mal gusto, ahora son capaces de ganarles a los All Blacks. Gracias al rugby son mejores personas, porque el rugby es una escuela de vida. Muchos deportes lo son, pero el rugby además involucra en su esencia el compañerismo y la amistad de propios y rivales, cosa que casi no se ve en otras disciplinas. Los dirigentes de la UAR mostraron que pueden ser tanto o más estúpidos que los chicos a quienes sancionaron sin razón en medio del mejor desempeño de su historia. Por suerte –y por las quejas agrias de todo el rugby argentino– se dieron cuenta de su error y levantaron la sanción. Aceptaron así que cuando uno se equivoca debe rectificar, como hicieron los jugadores sancionados.
Y sobre el homenaje a Maradona... ¿qué quiere que le diga? Si nos van a juzgar por la intensidad de los homenajes, es porque estamos llegando a un nivel de fascismo que espanta. Pero hay un dilema del periodismo que preocupa hace muchos años. Es la conducta de los tres hijos de Noé. Le recuerdo esa historia, que usted mismo puede leer en el capítulo 9 del Génesis.
Cuando la gente hace macanas como la de Noé... ¿cuál debe ser la actitud del periodismo? ¿hay que darlo a conocer y reírse de esas macanas o hay que taparlas con la piadosa capa de los buenos hijos de Noé? Aclaro que se trata de macanas como aquella borrachera; opiniones ligeras que se dicen sin pensar y que nos muestran tan duros y desnudos como Noé aquel mal día. La lista de esas posibles macanas es muy larga y también es borroso el límite en todas las cuestiones que tienen que ver con la opinión pública, pero creo que en la duda hay que estar a favor de la capa de Sem y Jafet, porque el periodismo no es para reírse de nadie.
El dilema de los hijos de Noé se aplica al episodio de los tres jugadores de la selección argentina de rugby que hace un par de semanas fueron sancionados porque un mal hijo de Noé difundió tuits ofensivos y condenables que esos rugbiers habían escrito hace más de ocho años. En lugar de actuar como Sem y Jafet, muchos periodistas replicaron aquellos insultos que escribieron estos pumas cuando no eran pumas ni conseguían salir de la edad del pavo. Así que lo que hicieron los periodistas fue repetir hasta el hartazgo unas imbecilidades dichas hace años en una conversación privada, que alguien hizo públicas con bastante maldad. Y si nos enteramos de esos insultos no fue por los rugbiers sino por algunos periodistas descuidados y –todo hay que decirlo– por varios mercenarios a sueldo de maniobras de distracción. Al difundirlos, repitieron los insultos hasta el agotamiento, y fueron ellos –mucho más que los tres rugbiers– quienes insultaron a las empleadas, a los judíos y a los bolivianos o paraguayos que quizá trabajan en sus propias casas. Ante estas situaciones, los periodistas deberían hacer lo que los otros dos hijos: cubrir con una piadosa capa la desnudez de esas personas y preservarlas del juicio injusto de la opinión pública.
Lo que ocurrió con Los Pumas ocurre muchas veces con otras personas a las que estigmatizamos por su condición. Si un panadero de Apóstoles estafa a sus clientes, no es estafador por ser panadero ni por ser apostoleño, pero si titulamos apostoleño estafador, aunque digamos una verdad, estamos cayendo sobre todos los de Apóstoles. Es una estigmatización injusta como lo es la de los rugbiers, los gendarmes, los militares, los políticos, los jueces, los diputados, los curas, los bolivianos, los gallegos, los ministros, los polacos, los gitanos, los judíos... y la lista es tan larga que llega a la noche de los crsitales rotos. Quiero decir que no es una buena idea decirle rugbier a un asesino, por más rugbier que sea, igual que no es buena idea hacerlo con cualquier colectivo humano como los que acabo de nombrar por llevar a una generalización mentirosa. Lo hacemos socialmente, pero en alguna medida es responsabilidad de los periodistas, que al fin y al cabo somos parte de esa sociedad. Y sobre todo lo hacemos cuando aireamos a los cuatro vientos las mismas barbaridades que censuramos.
29 de noviembre de 2020
Hidrantes de verdad
La sequía y el calor provocan estas tragedias en la selva y en las explotaciones forestales. Bueno... la sequía, el calor y algunos irresponsables, pero también los delincuentes que provocan los incendios para echarle la culpa del desmonte al viento norte. Confieso que nunca entendí la relación entre jugar con fuego y hacerse pis en la cama, pero era la amenaza que sufríamos los más grandes cuando éramos chicos: el que juega con fuego se hace pis en la cama. Supongo que ya no se usa en estos tiempos en que cualquier expresión que suene a amenaza puede terminar con los huesos del que la prorrumpió en el campo de concentración del INADI, pero quizá valga la pena correr ese riesgo si con eso conseguimos mantener a raya a los incendiarios.
Junto con el fuego aparecieron en las noticias los esfuerzos sobrehumanos de los bomberos, los guardaparques, la Policía, Defensa Civil y otras fuerzas vivas para controlarlo. Es imposible acercarse desde el nivel del suelo al calor infernal que irradia un bosque en llamas, así que no queda otra que circunscribir el fuego dando por perdida una parte que todavía no se quemó. Por eso, para luchar contra los incendios de bosques, además de los cortafuegos, se han mostrado muy eficaces los aviones hidrantes que descargan miles de litros de agua sobre los bosques en llamas.
El Plan Provincial de Manejo del Fuego cuenta con dos aviones hidrantes y un vigía. El Servicio Nacional, por su parte, cuenta con unos 25 entre propios y contratados. Todos esos aviones son Dromedar o AirTractor, dos modelos de características muy similares, concebidos para tareas agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas. En cambio los verdaderos aviones hidrantes son anfibios con capacidad para más de 6.000 litros; no necesitan aterrizar en un aeropuerto para abastecerse ya que lo hacen en espejos de agua, acuatizando y despegando sin detenerse y en pocos segundos, para volver al foco del incendio. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415 (antiguamente de la compañía Canadair, basado en el exitoso modelo de hidroavión PBY Catalina). Como las vacunas contra el coronavirus, hay también un modelo ruso: el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia.
Todo bien con el esfuerzo de personal y equipos para combatir el fuego. Supongo, además, que la estrategia es estudiada y obedece a una experiencia que no conocemos la mayoría de los mortales. Además de resaltar el trabajo heroico de los bomberos y de las fuerzas de seguridad afectadas a apagar los incendios, quiero volver sobre la necesidad de contar con aviones hidrantes anfibios, especialmente concebidos para este tipo de tareas. Los bosques y las explotaciones forestales de la provincia y de la Argentina se lo merecen. Contamos con muchísimos más espejos de agua que aeropuertos, lo que hace doblemente eficaz el trabajo de esos aparatos. Mejoraríamos la capacidad, pero sobre todo ganaríamos muchísimo tiempo, que en épocas de incendios se mide en millones por segundo.
Parece mejor idea que esperar a que llueva.
22 de noviembre de 2020
La curva
Coronavirus, pandemia, cuarentena, hisopado, barbijo, mascarilla, distancia, Zoom... están entre las palabras que se resignificaron este año. Covid-19, en cambio, es nueva y nació el 11 de febrero, cuando la Organización Mundial de la Salud la bautizó uniendo en inglés el inicio de las palabras corona, virus y disease. Corona y virus son palabras latinas (y castellanas) para designar a este virus por su forma coronada de puntitas y disease es enfermedad en inglés. El 19 es el año en el que apareció por primera vez en un mercado de la ciudad china de Wuhan. Por ser una enfermedad, en castellano deberíamos decirla en femenino; y por ser un sustantivo común deberíamos escribirla con minúsculas. La Real Academia Española aconseja escribirla toda con minúsculas (covid-19) o toda con mayúsculas (COVID-19), pero no Covid-19, porque no es un nombre propio; y aunque aconseja el género femenino no le importa si se ocupa el masculino.
Pero la palabra que me interesa resaltar esta vez es curva: esa línea que muchos miramos todos los días para saber cómo viene avanzando el virus... en el mundo, en un país determinado, en una provincia o en cualquier localidad. Sale de un eje de coordenadas en el que la horizontal es el tiempo y la vertical la cantidad de infectados y la curva resultante describe la tendencia del progreso de la enfermedad. Desde que empezó la pandemia hemos visto a los epidemiólogos preocupados por esa curva que no debería nunca cruzarse con la de la capacidad de las instalaciones sanitarias para atender todos los casos, especialmente los graves que requieren terapia intensiva y respiradores. Ocurrió durante la primera ola en Europa y especialmente en Italia y en España, que los agarró desprevenidos y la curva superó con creces la capacidad de atender esos casos. Fue cuando las autoridades sanitarias de esos países tuvieron que tomar las decisiones que nadie quiere tomar, porque no queda otra que elegir a quienes salvar y a quienes no.
Como dijeron los suecos, en respuesta a unas palabras no muy oportunas de nuestro presidente, a las cuentas del coronavirus hay que hacerlas al final de la pandemia. Y como no está todo dicho, tampoco yo aventuro ningún juicio acerca de cuál es la mejor o la peor estrategia. Solo digo que nuestra curva siempre estuvo por debajo de esa línea fatal que se perforó en algunos países de Europa y también en Nueva York y en Río de Janeiro.
La estrategia es aplanar la curva, pero como pasa con cualquier cosa que se aplana, también se estira. Estirar en el tiempo la cuarentena fue la consecuencia, digamos física, de mantener la curva lo más chata posible. Recién a mediados del mes pasado esa curva empezó a bajar su ritmo de crecimiento en la Argentina. Aunque ha subido en algunas provincias, no sabemos hasta cuándo y tampoco si habrá en nuestro país los rebrotes que hoy afectan a Europa y Estados Unidos.
Con la luz al final del túnel, hay que seguir pisando la curva hasta que llegue la vacuna. Mantener distancia entre nosotros, seguir usando barbijo que tape bien la nariz y la boca y lavarnos las manos a cada rato con jabón o con alcohol. Además hay que evitar las reuniones en lugares cerrados, toser y estornudar en el pliegue del codo y tocarnos lo menos posible la cara. Y los más grandes o vulnerables mejor que se queden en casa todo lo que puedan.
Sería una tontería –y puede ser una catástrofe– si nos pasa lo mismo que cada vez que la selección argentina juega al fútbol contra la de Brasil: nos relajamos cuando faltan cinco minutos para que termine el partido y es cuando nos meten dos goles sin tiempo posible de reacción.
8 de noviembre de 2020
La medida de la pasión
Toda la historia de los primeros descubrimientos y la exploración del continente americano se explica por la necesidad de España y Portugal de largarse a conquistar el mundo, unos al oriente y otros al occidente de la línea que estableció el tratado de Tordesillas en 1494. Pero esa necesidad no se entiende cabalmente sin la sed de aventuras de españoles y portugueses y sin la nao, el gran invento portugués de fines del siglo XV que les permitió navegar a mar abierto.
Sabían que la Tierra era una esfera, pero no conocían todavía sus dimensiones. Para Colón las Indias tenían que estar mucho más cerca y se las encontró en América porque no se imaginaba que estaban tan lejos. Fue la expedición de Magallanes y Elcano la que estableció las dimensiones reales del globo terráqueo pero también confirmó que el continente americano resultó un obstáculo inmenso para viajar desde España al Lago Español, como se conoció al Pacífico durante los 250 años en los que lo navegaron a sus anchas ya que toda la costa americana y las Filipinas eran españolas.
Lo de Tordesillas y la bula Intercætera tiene su historia, pero lo que no se entiende es el apuro por dividir el mundo cuando nadie sabía realmente sus dimensiones. No tiene sentido haber puesto la línea divisoria afuera de la Península, de modo que España debía pasar necesariamente por aguas portuguesas para llegar a sus costas. Otra hubiera sido la geografía política de las Américas y de gran parte del mundo si se hubiera decidido esa partición después del viaje de Magallanes y Elcano o ya que estaba allí, la hubieran establecido en el mismísimo meridiano de Tordesillas.
Solemos llamar carabelas a las del primer viaje de Cristóbal Colón, pero la Santa María en la que viajaba el Gran Almirante, ya era una nao. La nao (navío) era un buque concebido para navegar sin remos, con timón articulado en la popa, castillos en proa y en popa y tres palos para velas cuadradas. Con una brújula, una esfera armilar y un reloj de arena se animaban a lo que sea. Y cuando Elcano terminó su vuelta al mundo pudieron acercarse con bastante precisión al tamaño real del planeta, corregir la esfera armilar y mapear los astros que lo rodean en toda su dimensión; y también pudieron establecer por dónde pasaba la línea de Tordesillas del otro lado del mundo. Con el tiempo los navíos se agrandaron y se armaron para la guerra, pero las naos de nuestros intrépidos navegantes solo servían para cargar toneladas de especias de las Molucas y volver a España o a Portugal.
Todo bien con las naos, pero no dejaban de ser unas cáscaras de nuez en las que viajaban amontonados y pasaban penurias incontables aquellos navegantes que se mareaban en tierra firme. Estos campeones no podían vivir sin hacerse a la mar, algo parecido a lo que nos pasa con cualquier actividad que nos apasiona. ¿A quién se le ocurre embutirse en un traje antiflama y encerrarse horas sin aire acondicionado en un auto a toda velocidad? ¿Por qué hay gente que no puede dejar de subir montañas y no para hasta poner su huella en la cima del Everest? Ni el Everest ni la velocidad los diferencian de Elcano y Magallanes, de un pescador afiebrado por sacar el dorado de su vida en el río Paraná o de un coleccionista de estampillas desesperado por conseguir una pieza que le falta.
Cualquier instrumento que usemos, por moderno que sea, pueden servir para dar la vuelta al mundo o para llegar hasta Marte. Pero lo que realmente logra los objetivos que nos proponemos no son los instrumentos sino la pasión que ponemos por conseguirlos. El tiempo debería medirse con un reloj que no marque las horas sino la intensidad, la pasión, de cada momento. No hay todavía –y supongo no habrá nunca– instrumental capaz de medir eso que nos lleva a conseguir los objetivos que nos proponemos. Solo podemos medir la pasión con una medida subjetiva, arbitraria, borrosa y tardía, pero es la única que vale, porque aunque fracasemos, estaremos felices de haberlo intentado.
Todo bien con las naos, pero no dejaban de ser unas cáscaras de nuez en las que viajaban amontonados y pasaban penurias incontables aquellos navegantes que se mareaban en tierra firme. Estos campeones no podían vivir sin hacerse a la mar, algo parecido a lo que nos pasa con cualquier actividad que nos apasiona. ¿A quién se le ocurre embutirse en un traje antiflama y encerrarse horas sin aire acondicionado en un auto a toda velocidad? ¿Por qué hay gente que no puede dejar de subir montañas y no para hasta poner su huella en la cima del Everest? Ni el Everest ni la velocidad los diferencian de Elcano y Magallanes, de un pescador afiebrado por sacar el dorado de su vida en el río Paraná o de un coleccionista de estampillas desesperado por conseguir una pieza que le falta.
Cualquier instrumento que usemos, por moderno que sea, pueden servir para dar la vuelta al mundo o para llegar hasta Marte. Pero lo que realmente logra los objetivos que nos proponemos no son los instrumentos sino la pasión que ponemos por conseguirlos. El tiempo debería medirse con un reloj que no marque las horas sino la intensidad, la pasión, de cada momento. No hay todavía –y supongo no habrá nunca– instrumental capaz de medir eso que nos lleva a conseguir los objetivos que nos proponemos. Solo podemos medir la pasión con una medida subjetiva, arbitraria, borrosa y tardía, pero es la única que vale, porque aunque fracasemos, estaremos felices de haberlo intentado.
1 de noviembre de 2020
El mal capitán
Juan Díaz de Solís fue el descubridor del Mar Dulce, que también se llamó Mar de Solís, pero esos nombres le duraron poco al Río de la Plata porque por más ancho que fuera no dejaba de ser un río.
A la expedición de Solís la mandó Fernando el Católico en 1515 con el fin de buscar un paso al océano que le tocó casi completo a España en el reparto de Tordesillas. Y fue su nieto, Carlos I, el que envió a Fernando de Magallanes en 1519 tras el fracaso de Solís. Una tercera expedición –comandada por un desertor de la de Magallanes– fue a buscar el paso por el norte en 1524. Y cuando ya no quedaban dudas de que el único paso posible quedaba en el traste del mundo, el emperador mandó a estudiar la posibilidad de hacer un tajo en el istmo de Panamá. El decreto está fechado el 20 de febrero de 1534. Dicen que dijo el emperador de medio mundo que quien lo consiga sería el del mundo entero. El gobernador de Panamá recorrió el istmo en su parte más angosta, la de los lagos, y llegó a la conclusión de que ni todo el oro del mundo alcanzaba para esa obra y así se lo comunicó al emperador. El canal se inauguró en 1914.
En febrero de 1516, Solís, cinco soldados y un grumete andaluz que se llamaba Francisco del Puerto, bajaron a tierra en la costa uruguaya, cerca de la desembocadura del río Santa Lucía. Allí fueron muertos a flechazos, descuartizados, asados y comidos por los guaraníes, que dejaron vivo al grumete porque aquellos indígenas se comían a sus enemigos para quedarse con su fuerza y no para saciar el hambre.
En febrero de 1516, Solís, cinco soldados y un grumete andaluz que se llamaba Francisco del Puerto, bajaron a tierra en la costa uruguaya, cerca de la desembocadura del río Santa Lucía. Allí fueron muertos a flechazos, descuartizados, asados y comidos por los guaraníes, que dejaron vivo al grumete porque aquellos indígenas se comían a sus enemigos para quedarse con su fuerza y no para saciar el hambre.
Del Puerto vivió doce años entre los guaraníes, hasta que en 1527 lo encuentra la expedición de Sebastián Caboto haciendo aspavientos con sus brazos desde la costa. El grumete devenido en lenguaraz no se cansó de trabajarle los tímpanos a Caboto con las historias de sobremesa de los guaraníes que hablaban de un reino lleno de oro y plata al que se llegaba remontando el río. Caboto subió urgente por el Paraná y llegó por lo menos a los rápidos de Apipé, hasta que se convenció de que el Paraná no lo llevaba a donde querían ir, entonces volvió hasta Paso de la Patria para subir por el Paraguay. No encontraron nada, pero las historias de Francisco del Puerto siguieron alimentando la ambición de una expedición tras otra. A ellas les debemos tanta plata en nuestra toponimia y hasta el nombre de nuestra patria.
Decían sus propios marineros que Juan Díaz de Solís era un excelente navegante pero un pésimo capitán y su muerte absurda no es más que la comprobación de esa realidad. Lo mismo se decía de Fernando de Magallanes, el descubridor del estrecho que llamó de Todos los Santos porque fue el 1 de noviembre de 1520 el día que encontraron la conexión con el Pacífico. Los dos y otros tantos eran capaces de capear las peores tormentas sin inmutarse, pero incapaces de conseguir que sus subordinados les hicieran caso.
Los tripulantes de los cinco barcos de la flota de Magallanes eran por lo menos de diez nacionalidades distintas. Todos aventureros que no sabían vivir de otro modo, tanto que se salvaban de un naufragio y volvían a subirse a un barco al día siguiente. En cuanto salieron de Sevilla, en agosto de 1519, empezaron a cuestionar las órdenes del capitán por autoritario y caprichoso. El primer intento de motín lo conjuró Magallanes el 1 de abril de 1520 en la Patagonia, pero tuvo que ajusticiar a un par y dejar en una islita perdida a otro par. Juan Sebastián Elcano también conspiró y se salvó de milagro. Y por suerte, porque Magallanes murió por un error de mal capitán en las actuales Filipinas y sin Elcano esa expedición hubiera quedado zangoloteando por las dulzonas islas de las Especias en lugar de dar la vuelta al mundo por primera vez.
Decían sus propios marineros que Juan Díaz de Solís era un excelente navegante pero un pésimo capitán y su muerte absurda no es más que la comprobación de esa realidad. Lo mismo se decía de Fernando de Magallanes, el descubridor del estrecho que llamó de Todos los Santos porque fue el 1 de noviembre de 1520 el día que encontraron la conexión con el Pacífico. Los dos y otros tantos eran capaces de capear las peores tormentas sin inmutarse, pero incapaces de conseguir que sus subordinados les hicieran caso.
Los tripulantes de los cinco barcos de la flota de Magallanes eran por lo menos de diez nacionalidades distintas. Todos aventureros que no sabían vivir de otro modo, tanto que se salvaban de un naufragio y volvían a subirse a un barco al día siguiente. En cuanto salieron de Sevilla, en agosto de 1519, empezaron a cuestionar las órdenes del capitán por autoritario y caprichoso. El primer intento de motín lo conjuró Magallanes el 1 de abril de 1520 en la Patagonia, pero tuvo que ajusticiar a un par y dejar en una islita perdida a otro par. Juan Sebastián Elcano también conspiró y se salvó de milagro. Y por suerte, porque Magallanes murió por un error de mal capitán en las actuales Filipinas y sin Elcano esa expedición hubiera quedado zangoloteando por las dulzonas islas de las Especias en lugar de dar la vuelta al mundo por primera vez.
Esteban Gómez lo traicionó aquel 1 de noviembre: cuando supieron que habían encontrado lo que buscaban, desertó con la nave más grande de la flota para adjudicarse el descubrimiento. Volvió a España, donde lo metieron preso, pero lo liberaron cuando llegó su amigo Elcano de la vuelta al mundo; fue entonces cuando el emperador le encarga buscar el paso por la costa de América del Norte, pero por esa ruta solo consiguió morirse de frío. Si sería testarudo don Gómez que en 1535 volvió al sur, esta vez con la expedición de Pedro Mendoza. Cuatro años después lo mataron los guaraníes en una playa del río Paraguay.
Ocurre en el fútbol, en la política y en cualquier empresa humana. El mejor jugador no tiene porque ser el mejor capitán, pero le damos ese cargo como un honor... y ese día perdemos al mejor jugador y tampoco tenemos capitán.
Ocurre en el fútbol, en la política y en cualquier empresa humana. El mejor jugador no tiene porque ser el mejor capitán, pero le damos ese cargo como un honor... y ese día perdemos al mejor jugador y tampoco tenemos capitán.
25 de octubre de 2020
Magallanes y el dulce de membrillo
El 21 de octubre de 1520 Fernando de Magallanes y sus intrépidos navegantes doblaron un cabo que llamaron de las Once Mil Vírgenes. Venía hace rato con rumbo norte-sur buscando un paso para llegar a lo que Vasco Núñez de Balboa llamó Mar del Sur cuando lo descubrió mirando al sur desde el istmo de Panamá. Era la segunda expedición enviada por los reyes de España a buscar por este lado del globo una grieta en el nuevo continente que les permitiera llegar a las Islas de las Especias. La primera fracasó en 1516 cuando los guaraníes se comieron a Juan Díaz de Solís y otros seis marineros en las costa uruguaya del río de la Plata. Quizá por eso Magallanes siguió de largo hacia el sur desconocido. Se ilusionó en el cabo Corrientes (Mar del Plata) donde el continente vuelve a entrar fuerte hacia el oeste, pero se trancó en Bahía Blanca. Lo mismo le pasó en el golfo de San Matías, pero siguió contando decepciones, cada vez más al sur y cada día con más frío, sin saber hasta dónde. Fue así que decidió invernar, primero en San Julián y luego en puerto Santa Cruz, desde el 1 de abril al 11 de octubre de 1520.
Hasta hace poco existía entre algunos cristianos la costumbre de poner a los hijos el nombre del santo del día del nacimiento; era un modo de darle patrono y no era necesariamente el primer nombre ni el día exacto, pero por ahí andaba. Por eso Saavedra se llama Cornelio, Alberdi Juan Bautista, y la N de Leandro Alem le viene de Nicéforo. Lo mismo ocurría con los descubrimientos; pero lo de las 11.000 vírgenes tiene su historia, porque el 21 de octubre es el día de santa Úrsula y otras once vírgenes mártires de Colonia, pero como la palabra mártires tenía solo la inicial, alguien interpretó 11m como 11.000. Magallanes y su exagerado cronista italiano Antonio Lombardo, apodado Pigafetta, llamaron patagones a los aborígenes y Patagonia a su patria. Cuando la expedición cayó en la cuenta de que por fin habían descubierto el estrecho que unía el Océano con el Mar del Sur era el 1 de noviembre, así que Magallanes le puso de Todos los Santos al estrecho que hoy lleva su apellido.
Aquella fue la parte más feliz de una de las aventuras más notables de la humanidad. En Santa Cruz, y en plena invernada, naufragó la Santiago, la más chica de las cinco naves que partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519. En el estrecho y ante un descuido de Magallanes, la San Antonio –que era la más grande– decidió volver a España para adjudicarse el descubrimiento, convencidos de que los locos que querían seguir no llegarían vivos a dar la vuelta al globo. Al terminarse el estrecho, la Victoria, la Concepción y la Trinidad subieron hacia el norte y se adentraron en el océano rumbo a las Molucas. Pacífico llamaron al mar de Balboa porque pasaron semanas de calma chicha en el medio de la nada. Lo que no podían creer es que no terminara nunca, porque sabían que la tierra era una esfera, pero nadie conocía sus dimensiones reales, así que creían ver a cada rato las Molucas en el horizonte, pero no aparecía nada por aquella derrota: solo se toparon con una isla que llamaron San Pablo por ser el 25 de enero, ya de 1521, pero era imposible apearse por ser puro risco. El 4 de febrero le pusieron de los Tiburones a otra en la que tampoco pudieron desembarcar, pero algo pudieron birlarles a los escualos desde sus esquifes. Lo curioso es que si hubieran navegado unos grados más al sur, o más al norte, se habrían encontrado con paraísos sin hoteles ni turistas, pero es fácil decirlo con el mapa del lunes.
Los navegantes de entonces saciaban su sed con vino porque el agua se les pudría a la par de cualquier otro alimento. Desde el estrecho hasta la primera isla donde pudieron desembarcar, que llamaron De los Ladrones, siguieron compitiendo con los tiburones para robarles algún pescado y así aguantaron tres meses y 20 días sin aprovisionarse, bajo el sol tropical y sin que les cayera ni una gota de lluvia sobre sus barquitos. Se comieron hasta las suelas de sus zapatos, que ablandaban durante varios días en agua de mar y después asaban para engañarse. Cada día moría alguno de escorbuto, pero los oficiales tardaban más en enfermarse y dicen que fue porque en su ración privilegiada tenían dulce de membrillo que les aportaba algo de vitamina C.
Fue así como el membrillo salvó a la expedición de Magallanes en el océano Pacífico, que se ganó el adjetivo sin quererlo porque solo fue pacífico aquel año y por esa ruta que después todos evitaron, pero alguien tenía que poder contarlo. Solo sabían que más allá estaban las islas Molucas, a donde había que llegar a buscar algo más caro que el oro: el clavo de olor, el mismo que le ponían al dulce de membrillo como hoy se lo ponemos al mamón en almíbar.
Hasta hace poco existía entre algunos cristianos la costumbre de poner a los hijos el nombre del santo del día del nacimiento; era un modo de darle patrono y no era necesariamente el primer nombre ni el día exacto, pero por ahí andaba. Por eso Saavedra se llama Cornelio, Alberdi Juan Bautista, y la N de Leandro Alem le viene de Nicéforo. Lo mismo ocurría con los descubrimientos; pero lo de las 11.000 vírgenes tiene su historia, porque el 21 de octubre es el día de santa Úrsula y otras once vírgenes mártires de Colonia, pero como la palabra mártires tenía solo la inicial, alguien interpretó 11m como 11.000. Magallanes y su exagerado cronista italiano Antonio Lombardo, apodado Pigafetta, llamaron patagones a los aborígenes y Patagonia a su patria. Cuando la expedición cayó en la cuenta de que por fin habían descubierto el estrecho que unía el Océano con el Mar del Sur era el 1 de noviembre, así que Magallanes le puso de Todos los Santos al estrecho que hoy lleva su apellido.
Aquella fue la parte más feliz de una de las aventuras más notables de la humanidad. En Santa Cruz, y en plena invernada, naufragó la Santiago, la más chica de las cinco naves que partieron de Sevilla el 10 de agosto de 1519. En el estrecho y ante un descuido de Magallanes, la San Antonio –que era la más grande– decidió volver a España para adjudicarse el descubrimiento, convencidos de que los locos que querían seguir no llegarían vivos a dar la vuelta al globo. Al terminarse el estrecho, la Victoria, la Concepción y la Trinidad subieron hacia el norte y se adentraron en el océano rumbo a las Molucas. Pacífico llamaron al mar de Balboa porque pasaron semanas de calma chicha en el medio de la nada. Lo que no podían creer es que no terminara nunca, porque sabían que la tierra era una esfera, pero nadie conocía sus dimensiones reales, así que creían ver a cada rato las Molucas en el horizonte, pero no aparecía nada por aquella derrota: solo se toparon con una isla que llamaron San Pablo por ser el 25 de enero, ya de 1521, pero era imposible apearse por ser puro risco. El 4 de febrero le pusieron de los Tiburones a otra en la que tampoco pudieron desembarcar, pero algo pudieron birlarles a los escualos desde sus esquifes. Lo curioso es que si hubieran navegado unos grados más al sur, o más al norte, se habrían encontrado con paraísos sin hoteles ni turistas, pero es fácil decirlo con el mapa del lunes.
Los navegantes de entonces saciaban su sed con vino porque el agua se les pudría a la par de cualquier otro alimento. Desde el estrecho hasta la primera isla donde pudieron desembarcar, que llamaron De los Ladrones, siguieron compitiendo con los tiburones para robarles algún pescado y así aguantaron tres meses y 20 días sin aprovisionarse, bajo el sol tropical y sin que les cayera ni una gota de lluvia sobre sus barquitos. Se comieron hasta las suelas de sus zapatos, que ablandaban durante varios días en agua de mar y después asaban para engañarse. Cada día moría alguno de escorbuto, pero los oficiales tardaban más en enfermarse y dicen que fue porque en su ración privilegiada tenían dulce de membrillo que les aportaba algo de vitamina C.
Fue así como el membrillo salvó a la expedición de Magallanes en el océano Pacífico, que se ganó el adjetivo sin quererlo porque solo fue pacífico aquel año y por esa ruta que después todos evitaron, pero alguien tenía que poder contarlo. Solo sabían que más allá estaban las islas Molucas, a donde había que llegar a buscar algo más caro que el oro: el clavo de olor, el mismo que le ponían al dulce de membrillo como hoy se lo ponemos al mamón en almíbar.
11 de octubre de 2020
Paternalismo y pandemia
Que la costumbre es una fuente del derecho lo sabemos desde la época de los romanos. Cualquier estudiante de primer año de derecho lo puede explicar: consuetudo servanda est, decían Cayo y Ulpiano para significar que aunque no haya una ley que obligue, si existe la costumbre de hacer las cosas de un modo, debe tenérsela por ley. Pero lo más interesante de la costumbre como fuente del derecho no viene por el lado positivo sino por el negativo, porque también existe la desuetudo, que es como los romanos y todo el derecho occidental llaman a la costumbre contra legem, en contra de la ley. Quiere decir que una ley que no se cumple deja de tener valor. Un ejemplo: por la ley 23.512 sancionada por el Congreso Nacional el 27 de mayo de 1987, la capital federal de la Argentina es un territorio que incluye a las ciudades de Viedma y Carmen de Patagones, pero la falta de cumplimiento terminó con el sueño de Raúl Alfonsín de fundar la Segunda República Argentina y de enfriar a los funcionarios en la Patagonia.
Se llama anomia a la ausencia de normas, no porque no las haya sino porque son tan confusas y contradictorias que nadie las cumple. Ocurre especialmente cuando quienes no las cumplen son los primeros que tendrían que hacerlo. Es una consecuencia lógica y esperable del mal ejemplo, porque la gente no sigue al que manda sino al que con su conducta confirma lo que ordena: eso se llama autoridad moral.
La Argentina vive desde hace muchos años en una situación de anomia. Pasa con las normas constitucionales, con las impositivas y aduaneras, con las leyes laborales y sindicales, con las resoluciones del Ministerio de Economía y con la prohibición de estacionar en las entradas de autos... Será porque nuestros bisabuelos vinieron a la Argentina a ser más libres y nosotros heredamos esa genética: no nos gusta que nos ordenen nada y basta que alguien lo haga para que empecemos a buscar cómo zafar.
Más o menos hasta el primer mes del confinamiento salíamos solo cuando era necesario para nuestra subsistencia, tanto que muchos agotamos las despensas y hasta lo que guardábamos para momentos especiales, convencidos de que quizá nunca llegarían si nos tocaba el Covid-19. Todo lo que entraba en casa era bañado en alcohol y lavandina, hasta nosotros mismos y nuestra ropa. Hoy, en cambio basta con asomarse a las calles de Posadas o de cualquier ciudad de la Argentina para comprobar que ya nadie le hace caso a las leyes que todavía pretenden hacernos vivir como ermitaños que respiran a través de una compresa. Fue así como la vida misma –y no la ley– terminó con la cuarentena. Lo sostuvo varias veces el presidente cuando le preguntaron por la cuarentena que él mismo decretó el 19 de marzo: "¿qué cuarentena?" contesta como buen gallego.
Para saber lo que nos pasa con la anomia y la cuarentena alcanza con salir a caminar al final de la tarde por la costanera de Posadas. Allí puede ver y oír a los patrulleros de la policía que ordenan a los caminantes que se pongan el barbijo y vuelvan a sus casas. Lo curioso es que lo dicen enfrente de bares y restaurantes abarrotados de parroquianos ávidos de cerveza artesanal, de helados de tiramisú, de pizza con champiñones y panceta... todos en alegre chacoteo, sin barbijos ni distancias imposibles de cumplir. Y lo más loco es que la autoridad sanitaria sabe que lo mejor para evitar la peste sería ordenar a los que toman cerveza que se vayan a pasear por la costanera...
Después de 205 días de aislamiento obligatorio y dados los magros resultados, quizá haya llegado la hora de apelar a la responsabilidad de los ciudadanos y bajarnos del paternalismo que nos viene tratando como adolescentes durante los largos meses que llevamos de pandemia. Siempre es mucho mejor contar con la responsabilidad que con la irresponsabilidad de las personas.
Se llama anomia a la ausencia de normas, no porque no las haya sino porque son tan confusas y contradictorias que nadie las cumple. Ocurre especialmente cuando quienes no las cumplen son los primeros que tendrían que hacerlo. Es una consecuencia lógica y esperable del mal ejemplo, porque la gente no sigue al que manda sino al que con su conducta confirma lo que ordena: eso se llama autoridad moral.
La Argentina vive desde hace muchos años en una situación de anomia. Pasa con las normas constitucionales, con las impositivas y aduaneras, con las leyes laborales y sindicales, con las resoluciones del Ministerio de Economía y con la prohibición de estacionar en las entradas de autos... Será porque nuestros bisabuelos vinieron a la Argentina a ser más libres y nosotros heredamos esa genética: no nos gusta que nos ordenen nada y basta que alguien lo haga para que empecemos a buscar cómo zafar.
Más o menos hasta el primer mes del confinamiento salíamos solo cuando era necesario para nuestra subsistencia, tanto que muchos agotamos las despensas y hasta lo que guardábamos para momentos especiales, convencidos de que quizá nunca llegarían si nos tocaba el Covid-19. Todo lo que entraba en casa era bañado en alcohol y lavandina, hasta nosotros mismos y nuestra ropa. Hoy, en cambio basta con asomarse a las calles de Posadas o de cualquier ciudad de la Argentina para comprobar que ya nadie le hace caso a las leyes que todavía pretenden hacernos vivir como ermitaños que respiran a través de una compresa. Fue así como la vida misma –y no la ley– terminó con la cuarentena. Lo sostuvo varias veces el presidente cuando le preguntaron por la cuarentena que él mismo decretó el 19 de marzo: "¿qué cuarentena?" contesta como buen gallego.
Para saber lo que nos pasa con la anomia y la cuarentena alcanza con salir a caminar al final de la tarde por la costanera de Posadas. Allí puede ver y oír a los patrulleros de la policía que ordenan a los caminantes que se pongan el barbijo y vuelvan a sus casas. Lo curioso es que lo dicen enfrente de bares y restaurantes abarrotados de parroquianos ávidos de cerveza artesanal, de helados de tiramisú, de pizza con champiñones y panceta... todos en alegre chacoteo, sin barbijos ni distancias imposibles de cumplir. Y lo más loco es que la autoridad sanitaria sabe que lo mejor para evitar la peste sería ordenar a los que toman cerveza que se vayan a pasear por la costanera...
Después de 205 días de aislamiento obligatorio y dados los magros resultados, quizá haya llegado la hora de apelar a la responsabilidad de los ciudadanos y bajarnos del paternalismo que nos viene tratando como adolescentes durante los largos meses que llevamos de pandemia. Siempre es mucho mejor contar con la responsabilidad que con la irresponsabilidad de las personas.
4 de octubre de 2020
Renace un tren
En 1912 llegó el primer tren a Posadas y en 1913 ya estaban navegando los ferry-boats a Encarnación. Desde ese año se pudo viajar de Buenos Aires a Asunción sin bajarse del tren, ya que tenía camarotes, baños, comedor... Las formaciones cruzaban dos veces el Paraná; desde 1908 cuatro ferrobarcos unieron Zárate con Ibicuy, rodeando la isla Talavera en un trayecto de 82 kilómetros que duraba unas tres horas. Los dos que unían Posadas con Encarnación funcionaron desde 1913: son los barcos que ahora descansan medio hundidos en el nuevo puerto de Posadas.
Hoy al Paraná lo cruzan tres grandes puentes y por los puentes pasan las vías del ferrocarril que hubieran conseguido acelerar considerablemente el viaje, pero cuando se terminaron esos puentes ya casi no había trenes... Ahora aprovecha las vías solo el servicio internacional Posadas-Encarnación, que lleva meses cerrado por culpa de la pandemia; la última vez que un tren con pasajeros viajó de Misiones a Buenos Aires fue en 2012 y no quiero ni recordar cuánto tardó.
El mismo presidente que inauguró el puente San Roque González fue quien aniquiló el ferrocarril que pasaba por sus vías. Como en el cuento de Borges, desparramadas por toda la geografía argentina hoy se encuentran miles de kilómetros herrumbrados de vías férreas, vagones descarrilados, terraplenes carcomidos, estaciones fantasma y hasta pueblos abandonados porque un presidente argentino y su ministro de economía confundieron negocio con inversión.
Por fin, 111 años después del primer tren, volvió a probar las vías entre Apóstoles y Garupá un coche-motor. Es cierto que tardó dos horas en recorrer esos 70 kilómetros, pero era un viaje piloto para reconocer el trayecto, ir resolviendo los arreglos y el mantenimiento de este tramo que incluye las estaciones, bastante abandonadas, de Pindapoy, San José y Parada Leis. La empresa que explotará ese servicio es la misma del tren internacional y espera todavía la autorización del ministerio de transporte para poner en marcha esos trenes de pasajeros.
La buena noticia es que se están volviendo a utilizar –hacer útiles– 70 kilómetros de la antigua traza ferroviaria que unía Buenos Aires con Asunción, que ahora se suman a los escasos dos kilómetros del puente. Está resucitando de a poco el tren que funcionó hace más de un siglo y que tiramos a la basura en los años 90. Esta nueva vida es la prueba más patente de la barbaridad que se hizo con esos activos.
Hay que seguir avanzando, estación por estación, hasta revivir el troncal completo de Buenos Aires a Asunción. La traza está deteriorara, pero está. Un tren de alta velocidad uniría Posadas con Buenos Aires en poco más de cuatro horas (y los hay el doble de rápidos). Es cierto que para que pueda correr hay que renovar completamente las vías, mejorar la traza en algunos lugares y también levantar viaductos para evitar los pasos a nivel... pero casi no hay que expropiar y no parece lógico gastar tanto dinero en poner en valor la traza de hace un siglo. Ese tren de alta velocidad debería ser el objetivo: una obra pública de primer orden para recuperar el medio de transporte más cómodo, más barato, más práctico, más seguro... y casi tan rápido como el avión.
El mismo presidente que inauguró el puente San Roque González fue quien aniquiló el ferrocarril que pasaba por sus vías. Como en el cuento de Borges, desparramadas por toda la geografía argentina hoy se encuentran miles de kilómetros herrumbrados de vías férreas, vagones descarrilados, terraplenes carcomidos, estaciones fantasma y hasta pueblos abandonados porque un presidente argentino y su ministro de economía confundieron negocio con inversión.
Por fin, 111 años después del primer tren, volvió a probar las vías entre Apóstoles y Garupá un coche-motor. Es cierto que tardó dos horas en recorrer esos 70 kilómetros, pero era un viaje piloto para reconocer el trayecto, ir resolviendo los arreglos y el mantenimiento de este tramo que incluye las estaciones, bastante abandonadas, de Pindapoy, San José y Parada Leis. La empresa que explotará ese servicio es la misma del tren internacional y espera todavía la autorización del ministerio de transporte para poner en marcha esos trenes de pasajeros.
La buena noticia es que se están volviendo a utilizar –hacer útiles– 70 kilómetros de la antigua traza ferroviaria que unía Buenos Aires con Asunción, que ahora se suman a los escasos dos kilómetros del puente. Está resucitando de a poco el tren que funcionó hace más de un siglo y que tiramos a la basura en los años 90. Esta nueva vida es la prueba más patente de la barbaridad que se hizo con esos activos.
Hay que seguir avanzando, estación por estación, hasta revivir el troncal completo de Buenos Aires a Asunción. La traza está deteriorara, pero está. Un tren de alta velocidad uniría Posadas con Buenos Aires en poco más de cuatro horas (y los hay el doble de rápidos). Es cierto que para que pueda correr hay que renovar completamente las vías, mejorar la traza en algunos lugares y también levantar viaductos para evitar los pasos a nivel... pero casi no hay que expropiar y no parece lógico gastar tanto dinero en poner en valor la traza de hace un siglo. Ese tren de alta velocidad debería ser el objetivo: una obra pública de primer orden para recuperar el medio de transporte más cómodo, más barato, más práctico, más seguro... y casi tan rápido como el avión.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)