30 de mayo de 2021

Aragonés


Un amigo aragonés me propone un juego a partir de algo que acaba de ocurrir en Cataluña. Adelanto que no tiene nada que ver con Messi, ni con el Barça, ni con el fútbol y sí tiene con la lingüística y la política, y quizás con la influencia del lenguaje en el poder.

Resulta que el lunes pasado asumió el nuevo Presidente de Cataluña, que ellos llaman President de la Generalitat, pero el dilema no está en el nombre del cargo sino en el apellido del nuevo presidente: Pedro Aragonés (Pere Aragonès en catalán). Para darse una idea, es como si el gobernador de Misiones se llamara Pedro Correntino. Y pasó lo que tenía que pasar: los aragoneses están encantados porque por fin y después de muchos años, un aragonés vuelve a mandar en Cataluña. Basta con recordar que durante unos cuantos siglos Cataluña fue un dominio del reino de Aragón. Pero el temita del apellido se potencia con el llamado procés catalá, el proceso soberanista de Cataluña, que desde 2012 pretende la independencia de esa región del resto de España en una república independiente dentro de la Unión Europea.

El gentilicio es uno de los orígenes más comunes de los apellidos en castellano y en todos los idiomas europeos. Es fácil de suponer por qué: cuando se formaron los apellidos, en el fin de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, el origen era número puesto. Por eso los gentilicios indican siempre que la persona que lo lleva como apellido no es de ese lugar, ya que nadie llamaría misionero o argentino a una persona que vive en Misiones o en la Argentina, porque allí todos son misioneros o argentinos. Es así que los apellidos gentilicios indican que los que los llevan, alguna vez vinieron de esas regiones, pero cuando les pusieron el apellido ya se habían ido de su lugar de origen. Hoy los apellidos Navarro, Catalán, Gallego, Aragonés, Español, Alemán, Napolitano, Toscano... suelen provenir de migrantes que, cuando se formaban los apellidos, aparecían con esa distinción. Todavía pasa con los sobrenombres: cuando no sabemos el nombre de una persona tendemos a llamarlos con algo que lo distinga, y la nacionalidad, el acento, la tonada, es un recurso bastante fácil: ¡Che, gallego, pasame la ensalada...!

Hay otros orígenes de apellidos. Los más comunes son los patronímicos, que indicaban la filiación, ya que se formaban con el nombre de pila del padre. Domingo Martínez de Irala, el fundador del Paraguay, era hijo de Martín Díaz, de la localidad de Irala, en Vergara. Hay que recordar que en aquella época había mucha menos gente en el mundo y también en los pueblos, así que solía bastar con estos nombres –de sangre y de tierra– para identificar a cualquiera. El apellido de tierra se puede confundir con el gentilicio, igual que los nombres de pila se confunden con el patronímico: el apellido Martín es tan patronímico como Martínez y el apellido Aragón puede ser tan gentilicio como Aragonés. Además de los gentilicios y patronímicos están los apellidos de profesiones, que indican que uno es hijo del herrero, del molinero, del sacristán o del curtidor. Y los de santos indican casi siempre un origen remoto en alguna iglesia o fiesta de un santo, como José de San Martín o Gustavo Santaolalla.

Alguna vez un aragonés emigró a Cataluña y fue conocido entre los catalanes como el aragonés. De ahí viene su apellido, que indica que los Aragonés son más catalanes que muchos catalanes, porque los que llevan ese apellido están en Cataluña hace por lo menos 500 años. Ahora habrá que esperar un tiempo a ver si el apellido del presidente de Cataluña le juega una mala pasada. Es que don Pere tendrá siglos de catalán, pero quién sabe si la sangre un día no le tira hacia Aragón y complica la independencia de Cataluña.

23 de mayo de 2021

Queremos vacunas

Todos sabemos que la pandemia es una tragedia planetaria. Pero también sabemos, porque lo vemos en las estadísticas más creíbles, que allí donde se está vacunando a la población han bajado drásticamente los contagios y las muertes por covid. Por eso no se explica cómo es que en la Argentina hemos llegado a la dramática situación que describía el jueves pasado el presidente Alberto Fernández, justo en el momento en que muchos países del mundo están saliendo –a fuerza de vacunas– del oscuro túnel en el que los metió la pandemia desde mediados de marzo del año pasado.

Hay muchos modos de paliar la crisis. Se puede achatar la curva de contagios para que los hospitales no colapsen. Se pueden cerrar los pueblos y las ciudades para que el virus no entre –o no salga– de sus entornos. Se nos puede confinar de nuevo en nuestras casas hasta nuevo aviso. Se puede obligar a usar barbijo hasta en la ducha. Nos pueden bañar con alcohol en gel. Se pueden comprar más respiradores. Se puede probar con el suero equino, con la ivermectina o la hidroxicloroquina. Se puede prohibir el trabajo presencial. Se pueden retrasar las elecciones. Se pueden suspender las clases. Se pueden cerrar los comercios, los consultorios y los gimnasios. Se pueden prohibir las misas y las procesiones. Se pueden aplazar los partidos de fútbol, la Copa América y los Juegos Olímpicos... Todo se puede hacer para resistir la pandemia. Pero hay una cosa que no se puede dejar de hacer: dedicar cada segundo, cada moneda y cada desvelo a conseguir las vacunas que bajarán definitivamente los contagios y las muertes en la Argentina.

No perdamos el tiempo: ¡queremos vacunas, solo vacunas y nada más que vacunas!

Me consta que Jorge Bergoglio usaba el concepto de la alta política muchos años antes de que el mundo lo conociera como Francisco. Y el año pasado lo plasmó en la encíclica Fratelli Tutti. El Papa dice que la política busca votos y que la alta política piensa en el bienestar material y espiritual de todos. Le traigo una cita para que lo entienda, pero le recomiendo leer todo el capítulo quinto de la encíclica:

Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.

Parafraseando al Papa, podríamos decir que es caridad y es política curar a un enfermo de covid, pero también es caridad exquisita y alta política conseguir vacunas para que el virus pierda su fuerza, especialmente para los que no tienen ninguna posibilidad de conseguirlas con sus propios medios.

En estos días se han disparado mil argumentos para explicar por qué no llegan las vacunas que nos prometieron. No sirve juzgar ahora las decisiones de las autoridades, entre otras cosas porque todavía no podemos saber a ciencia cierta si fueron acertadas o equivocadas y si cualquiera de nosotros lo hubiera hecho mejor o peor. Lo que hoy está claro es que los países que tienen vacunas están saliendo del drama del covid y celebran bailando en las calles de sus ciudades, y los que no las tienen solo atinan a encerrar a sus ciudadanos.

Algunos dicen que no hay vacunas porque el gobierno está distraído con las elecciones. Qué pavada, porque no hay nada como una vacuna para conseguir un voto. Y nos da lo mismo la marca, la procedencia, la cantidad de dosis o la temperatura para conservarla.

16 de mayo de 2021

El triunfo de la alegría

El dato está impreso en la tapa del diario El País del domingo pasado, en la bajada de un título que aparece abajo y a la izquierda. La nota intenta explicar a los lectores lo que pasó el martes 4 en la Comunidad Autónoma de Madrid. Pero primero le recuerdo el acontecimiento que dio motivo a esas declaraciones que me parecieron muy significativas.

La Comunidad de Madrid tiene casi siete millones de habitantes en un área de 8.030 kilómetros cuadrados que incluyen a la capital de España y sus alrededores, serranos por el norte y llanos por el sur. Es la región más densamente poblada de España, la más rica y la más visitada, lejos. Allí está la mayoría de los extranjeros que viven en España, atraídos por la oferta laboral y también por la vida envidiable de los madrileños (los argentinos son unos 90.000). Los no españoles han convertido a la Comunidad Autónoma de Madrid en una región multicultural y variopinta, en la que conviven razas de todo el mundo atraídos por la oferta laboral, pero sobre todo por el buen vivir y el mejor carácter de los madrileños originales. Paro colmo, desde que arreciaron los intentos secesionistas en Cataluña, muchas empresas, industrias y negocios, han dejando esa región para instalarse en otros lugares de España, pero especialmente en Madrid, por lo que hace años le ha ganado a Barcelona y a Cataluña la condición de líder del desarrollo de España.

El martes 4 de mayo hubo elecciones en la Comunidad de Madrid. Le ahorro los detalles de la política española que son casi tan aburridos como los nuestros. Solo aclaro que el proceso electoral es muy distinto, propio del sistema parlamentario. Y basta decir que la actual presidenta de la comunidad, una madrileña de 42 años, decidió disolver el parlamento regional y llamar a elecciones para revalidar sus títulos. Lo hizo ante la virtual desaparición de uno de los partidos minoritarios que la apoyaba y para ganar poder para su partido, que es contrario al que hoy gobierna en España.

Insisto en que no importan las ideologías y por eso no las mento ahora. Da absolutamente lo mismo para el propósito de esta columna, que es dar una idea que puede ser aprovechada por cualquiera, piense como piense...

La elección de Madrid estuvo polarizada por un candidato que se apeó de la vicepresidencia del gobierno español para contender con la presidenta y arrebatarle la Comunidad de Madrid. Una apuesta fuerte, valiente y jugada. El martes 4 ese candidato salió quinto y se retiró de la política para siempre...
Y lo que dice la bajada del título del diario El País del pasado domingo es la razón de esa debacle y del triunfo de la candidata que ganó. El texto entrecomilla las declaraciones de una votante primeriza a quien la convenció la alegría de la campaña de la presidenta en contraste con la bronca continuada de su principal contrincante. Es que el candidato perdidoso se jugó a la bronca, a la grieta, al insulto, al destrato de sus adversarios. Puso cara de enojado el primer día y no se la sacó hasta el final. Pero además se fregó en la corona, en los toros, en las religiones, en la sangría, en El Corte Inglés, en la Castellana y en la Puerta de Alcalá. Es cierto que hay toda una filosofía detrás de esta actitud, pero el candidato la entendió al revés o no se supo bajar de una adolescencia que le vino con retraso. Se mantuvo contra todo el mundo, como el que va contramano por una autopista y se queja porque todos vienen contramano.

Habrá mil motivos, todos muy válidos, por los que unos ganaron y otros perdieron, pero déjeme que me quede con este como determinante. No fue la ideología, no fue la filosofía, no fue la pandemia ni el confinamiento, no fue el plan de gobierno, no fue la trayectoria de los candidatos, ni siquiera su cara, su pinta o su modo e vestir... esta vez fue la alegría que le ganó a la bronca.

9 de mayo de 2021

Covid 2121


Después de matar a unas 50 millones de personas, la gripe española desapareció del mapa de un día impensado del año 1920. En esta frase hay tres datos inciertos, pero así funciona la opinión pública y a veces también la historia. Por lo pronto la gripe no era española, pero los españoles la ligaron por inocentes y por neutrales en la Primera Guerra Mundial. La gripe nació en un cuartel de Kansas (Estados Unidos) y la llevaron a Europa los soldados norteamericanos que fueron allí a la ofensiva final. Lo de los 50 millones también es improbable porque los muertos de la peste se confundieron con los de la guerra y, a propósito, nadie quiso deslindarlos. Si no se sabe a ciencia cierta la cantidad de muertos, tampoco es posible saber cuándo terminó aquella pandemia: solo suponen los epidemiólogos que un día impreciso se alcanzó la inmunidad de rebaño.

Hace cien años no existía la OMS y tampoco se contaban los enfermos ni los muertos. Por eso, los datos que tenemos de aquella pandemia son los que consiguieron averiguar los historiadores. Así que nos podemos imaginar lo que dentro de 100 años dirá la historia de lo que pasó con la pandemia del Covid-19. Leerán las mismas estadísticas que tenemos ahora y ojalá les horrorice saber que todos los días contábamos los enfermos y los muertos en una contabilidad macabra. En 2121 ya sabrán si eran o no verdad los datos que daba cada país a la OMS en 2021. Habrán averiguado, por fin, por qué algunos se contagiaban y otros no. Se sabrá cuál de las vacunas surtió más efecto o cuáles eran medio truchelis. Investigarán si el paciente cero fue un cocinero de Wuhan que hacía puchero de murciélago o si el virus se escapó a propósito de un laboratorio, como dicen esos que encuentran complot en todo. Además podrán comparar con perspectiva los datos, que seguramente darán conclusiones sorprendentes, como que no se contagiaron los que se lavaban los dientes tres veces por día, los que tomaban dos medidas de whisky o los que tenían una planta de alcanfor en el jardín.

Del recuento de difuntos mejor ni hablar. En 1919 no los contaron porque no querían alarmar a los soldados que partían a frente y prefirieron confundirlos con los muertos provocados por el gas mostaza o por la ofensiva alemana en la segunda batalla del Marne. Hoy hay más facilidades para contar lo que sea, entre otras cosas porque cada vez hay más ojos mirando... pero si queremos vivir en paz deberíamos apearnos de la manía de contar muertos y enfermos de lo que sea. Lo que tenemos que hacer es curarnos, no contarnos.

Pero el relato de 2121 que va a ser para alquilar balcones es la historia del fin de la pandemia. Esto termina en una especie de fiesta universal, un boom de nacimientos, de consumo masivo de cosas ricas y el mundo entero celebrando la vida. Ahora faltan vacunas pero dentro de unos meses se acabarán el vino, la cerveza, el champagne y la grappa. Tan es así que la historia de la juerga de la desescalada eclipsará a la de la pandemia y sus sucesivas cuarentenas, que nos tuvieron encerrados y distanciados durante tantos meses, la que quebró a miles y miles de comerciantes, terminó con gran parte de la industria del turismo y la gastronomía, vació los restaurantes, los shoppings, los aviones, los teatros, los cines, las canchas, los corsos y los bailongos... y solo llenó de dinero las cajas fuertes de los laboratorios.

Es la historia repetida del fin de cada catástrofe, desde el diluvio universal a nuestros días. La humanidad se saca las ganas con cada arco iris después de la tormenta y actúa como una sola persona, aunque seamos miles de millones.

Dios quiera que además despierte una nueva solidaridad. Una nueva economía basada en la alegría de compartir y no en la amargura del egoísmo. Una nueva igualdad de oportunidades para todos, que no discrimine a nadie. Y una nueva hermandad entre la humanidad y el resto de la Creación.

2 de mayo de 2021

Pfizer

Buscando los motivos por los que no nos estamos aplicando la vacuna Pfizer en la Argentina llego a una conclusión tremenda: no la tenemos porque la empresa Pfizer es más poderosa que la República Argentina.
La historia es incierta porque el gobierno ha sido parco en dar información sobre el caso, probablemente por las contradicciones a las que lo sometió la cruda realidad. Lo que todos sabemos, porque lo dijeron ellos mismos, es que nos habían prometido decenas de millones de vacunas que nunca aparecieron porque el gobierno nacional se negó a conceder lo que Pfizer pedía a cambio. Y lo que pedía a cambio teníamos que buscarlo...

Según los más serios informes de prensa, Pfizer pedía inmunidad casi absoluta para su producto: no tener responsabilidad civil ni penal por ningún hipotético estrago que pudiera causar la vacuna. Pfizer no respondería ni en el caso de su propia negligencia, y la Argentina debía hacerse cargo del pago de todos los juicios que pudieran ocasionar las consecuencias adversas de la vacunación. Las cláusulas del contrato especificaban, además, que el estado argentino debía garantizar esa responsabilidad con sus bienes soberanos. Como es habitual, cualquier controversia debería dirimirse en la jurisdicción de los tribunales de Nueva York, donde Pfizer tiene sus cuarteles generales.

Después de prometer millones de vacunas y ante estas pretensiones de Pfizer, el gobierno argentino se negó a aceptar sus condiciones y nos quedamos sin las vacunas prometidas. Siguió entonces la aventura de conseguir vacunas en Rusia y en China, ya que las otras prometidas por AstraZeneca tuvieron problemas logísticos y siguen sin aparecer. Fue en este escenario que la Sputnik primero, y la Sinovac después, empezaron a llegar con cuentagotas. Hay una pregunta que queda latente: ante la emergencia... ¿no habría sido mejor aceptar las condiciones de Pfizer, traer las vacunas y después enfrentar las consecuencias como lo hemos hecho tantas veces? Al fin y al cabo, las condiciones son como el seguro: solo se cumplen si ocurre el accidente.

El punto está en otro lado. En el poder de las farmacéuticas, capaces de imponer condiciones a países soberanos y ganarles en las negociaciones. Y resulta que ese poder ha aumentado precisamente con la pandemia del Covid 19. Solo en Estados Unidos, hasta septiembre de 2020, quince laboratorios generaron más de 121 mil millones de dólares en valor de mercado. Entre enero y septiembre del año pasado, Pfizer había generado 20.000 millones de dólares de ganancias; Novavax 17.700 millones y Moderna 2.230 millones. La alemana BioNTech incrementó el valor de sus acciones en 88 % y las de la británica AstraZeneca subieron un 20 % en la bolsa de Londres. La firma Pfizer, que fue fundada en Estados Unidos en 1849 por Charles Pfizer, actualmente tiene un patrimonio de 170 mil millones de dólares.

Decía Alain Minc en La nueva edad media que nuestro mundo marcha hacia una época parecida a aquella en la que los caballeros templarios podían imponerse a un rey soberano, el poder estaba en los palacios y en los castillos, pero también y a veces mucho más, en los monasterios o en los bancos. Por momentos mandaba más un prestamista que un duque, un abad más que un rey y un conde más que el emperador.

Así es en todos los negocios, en las relaciones de poder entre países o personas físicas y jurídicas: cuando hay una negociación, siempre será difícil ganarle al más poderoso. Es la razón por la que los países chicos tienen los mejores diplomáticos: los grandes no los necesitan. Pfizer y el gobierno argentino están mostrando esa realidad. Y si seguimos por este camino, quizá la Tercera Guerra Mundial no se libre entre países sino entre laboratorios.

25 de abril de 2021

La gestión del disenso


Iñaki Gabilondo debe ser el periodista más conocido de España. Tiene 78 años y más de 50 de ejercicio de la profesión, sobre todo en radio. Muchos no conocen su aspecto pero todos los españoles reconocen su voz grave, vasca y profunda. En una entrevista, publicada hace unos días en el diario El País de Madrid, sorprendió diciendo que está empachado de la actualidad, que para hacer periodismo hay que tener fe, que él la está perdiendo y que por tanto renuncia a seguir comentando la realidad cotidiana. Le paso, textual, las razones que han hecho que Gabilondo se retire de actualidad:

"La política es la gestión del disenso, y el consenso es el punto final de un recorrido al que se llega o no, pero que se alcanza en algunas cosas donde establecemos lo que llamamos sentido común, el territorio compartido. Yo estaba perdiendo la fe al ver la imposibilidad de alcanzar puntos comunes en algo. Y empiezas a sentir una gran incomodidad personal al tener que salir todos los días a la palestra con un escepticismo excesivo. (...) He creído siempre que lo que hacía era algo no muy importante, pero que tenía alguna utilidad. Ahora, con las posiciones tan ultradeterminadas, defendidas de una forma teológica, como en las guerras de religión, acabas con la sensación de que lo que estás haciendo es inútil."

Por desgracia nos pasa seguido a los periodistas que tenemos que sumergirnos en la actualidad como en una cloaca. Y los que no salen asqueados es porque se sienten en la cloaca como en su casa (ya me entiende) o quizá se volvieron cínicos... pero los cínicos no sirven para este oficio, como dijo Ryszard Kapuściński, otro gran periodista, pero esta vez polaco.

Le oí decir una vez a Gabilondo que si llegaran los marcianos, al volver a su planeta nos como una especie que nace, se reproduce y pelea. Y es tal cual, porque desde Caín y Abel los humanos no paramos de pelearnos entre nosotros... y perdone que traiga a los hijos de Adán y Eva: lo hago porque hay una explicación judeocristiana de esa maldición.

La historia de la humanidad es la historia de sus luchas y también de los ensayos denodados –casi siempre estériles– de convivir pacíficamente. Así nacieron las leyes, la democracia, el sistema republicano, la división de poderes, el federalismo, las Naciones Unidas, la Unión Europea... todos intentos de vivir en paz los que pensamos distinto, ya que está claro que eso no va a dejar de pasar. Es que sabemos que donde hay dos personas habrá dos posiciones diferentes; y cuando hay cuatro, las ideas serán dos contra dos y dentro de cada pareja también uno contra uno; y así podemos multiplicar y multiplicar con el mismo resultado hasta llegar a los 7.700 millones de personas que piensan distinto y habitan hoy el planeta que tienen perplejos a los marcianos.

El diario –los medios en general– están repletos de esas diferencias y también de la violencia empleada para terminarlas por la vía contundente. En ese sentido, el periodismo no hace más que mostrar la realidad, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo; al contrario: nada ha contribuido más a la paz que informar sobre las batallas de la humanidad, por eso quienes lucran con las guerras lo primero que hacen es censurar al periodismo para que nadie se entere de los horrores que producen.

La humanidad debe aprender a convivir en paz o estará perdida. Decía que estamos en eso desde Caín y Abel, pero ha habido momentos de grandes progresos y otros de notables retrocesos y todo pareciera indicar que nos está tocando uno para abajo. Es cierto que la división es una forma de construir poder; pero mucho mejor, más sensato y productivo, es hacerlo desde la unión porque en toda pelea aunque parece que gana uno, pierden los dos. Desde los dos lados de la grieta tenemos que salir de esas posiciones ultradeterminadas que le preocupan a Gabilondo. Para eso tenemos que reconocer fortalezas en el pensamiento ajeno y ceder un poco en el propio.

18 de abril de 2021

El inestimable valor de la vida


Dos amigos, uno de 19 y otro de 20 años, protagonizaron esta semana un hecho que tuvo conmovida a la ciudad de Posadas. Todo el mundo conoce lo que pasó, por lo que no vale la pena abundar en detalles, ni suponer emociones, ni aventurar móviles. Basta con decir que se trató de una violenta agresión de uno al otro, al parecer con toda la intención de matarlo, figura penal que hoy enmarca la causa abierta a raíz del hecho. 

Tampoco pretendo juzgar a los protagonistas: no es esa, ni de lejos, la misión del periodismo. Solo quiero llamar la atención sobre una realidad de nuestra cultura colectiva que sale a la luz en hechos como este: el escaso apego a la vida. Quiero decir que ante muchos acontecimientos como el de esta semana, y en todos los niveles de nuestra sociedad, aparece la vida como una moneda barata que se puede cambiar por unas emociones o que se puede perder sin demasiadas consecuencias.

La vida es un bien superior, esencial para todo lo demás. Solo debemos poner por encima de ella el llamado de la Patria para defender nuestra independencia, pero nada más. Sin vida no hay amor, ni sueños, ni trabajo, ni futuro, ni felicidad... por lo menos en este mundo. Y para los que tenemos fe, la vida es el don esencial de Dios, sobre el que los hombres no tenemos ningún derecho. Además, sin vida no hay posibilidad alguna de merecer el premio de la Vida que empieza con la muerte.

Pero también sorprende la falta de aprecio a las consecuencias del delito, como si no bastara con la educación elemental o con lo que enseñan los medios de comunicación, que quizá –ahora que lo pienso– puede que sea insuficiente o equivocada. No se entiende que una persona cometa un homicidio para disfrutar no se sabe de qué beneficios de ese crimen. Quizá sea solo la venganza no importa a qué precio... pero de qué venganza me hablan si el disfrute es arruinarse para siempre la propia vida y posiblemente la de toda la familia. Sin embargo, diera la impresión de que, para quienes cometen esos delitos, quitar la vida tendría las mismas consecuencias que tomarse un vaso de agua. Sí que las tiene y son tan terribles que ya no se vuelve de ese lugar, no solo psicológicamente sino también en las consecuencias tremendas, que todavía no son nada comparadas con la falta de libertad que la justicia tiene preparada para los que los cometen.

Es probable que la generación del que esto escribe haya fallado en transmitir a sus hijos o a sus nietos el valor inestimable de la vida. O puede que ese mismo valor intangible sea difícil de entender en la generación acostumbrada a la virtualidad de las pantallas. Más escalofríos causa pensar en los femicidios o en cualquier delito relacionado con las diferencias entre los sexos. Nadie, ni siquiera el estado, tiene derecho a castigar a nadie, por ningún motivo... ¿pero alguien piensa que el amor puede convertirse en odio hasta el grado de acabar con la vida de la persona amada? ¿puede ser que una persona, por más adolescente que sea, piense que puede arrebatarle a otra su novia terminando con su vida? ¿para qué?

Es tan desproporcionada la diferencia entre el mal causado comparado con cualquier vida humana, que hay que concluir que estamos haciendo algo mal colectivamente, como sociedad. Es preciso cambiar antes de que terminemos matándonos unos a otros por naderías. Y no se crea que estamos tan lejos...

11 de abril de 2021

La información como remedio

Es imposible saber con precisión cuánta gente se llevó la Peste Negra del siglo XIV: en esas épocas nadie contaba ni a los vivos ni a los muertos y mucho menos se les ocurría proyectar curvas de infectados y compararlas para ver a quién le iba mejor y a quién peor... Dicen los historiadores que fueron entre 75 y 200 millones: pongamos, redondeando para abajo, que entre los años 1345 y 1355 murió la mitad de los habitantes de Europa por la Peste Negra.

En 1918, otros o los mismos historiadores, calculan que fueron 50 millones los muertos en todo el mundo por la mal llamada Gripe Española. Ya se sabe que la gripe había llegado a Europa llevada por soldados norteamericanos que viajaron a finiquitar la Primera Guerra Mundial. Esos soldados causaron más muertes por la peste que por las armas y fue la censura la que confundió los muertos de la guerra con los del virus y también la que le dio el adjetivo de española, porque por no estar España en la guerra, nadie censuraba a sus periódicos, que sí informaban sobre la gripe, así que la humanidad entendió que esa peste era cosa de España y de los españoles.

La buena noticia es que en 100 años hemos avanzado lo suficiente como para que una gripe de la misma naturaleza haya causado hasta ayer casi tres millones de muertes en todo el mundo: el 0,04 % de sus habitantes totales. Parecen muchísimas para nuestra sensibilidad, pero tenga en cuenta que en 1918 la población del mundo era de 1.825 millones, así que los muertos fueron el 2,7 % de la población mundial.

Si no cuento mal, la humanidad ya ha conseguido fabricar unas doce vacunas contra el virus del covid, de las que se están administrando nueve o diez. En unos meses habrá de todas las marcas y nacionalidades, se podrán comprar como genioles y nos las pondrán todos los años como pasa hoy con los planes de vacunación contra la gripe o la neumonía (haga el favor de ponérselas en cuanto lleguen). Todo bien con las vacunas, pero del mismo modo que lo que disparó la Gripe Española fue la desinformación, hasta ahora lo que paró los efectos del coronavirus fue la información.

Siempre es así y cada año que pasa estamos mejor gracias a que sabemos más, a pesar de lo que digan los hermeneutas del fin del mundo. Cada nueva pandemia será más fácil de combatir si nos dejan informar a la gente lo que tiene que hacer, desde no darse la mano hasta donde hay que ir a vacunarse. Fíjese lo que Giovanni Boccaccio –algo así como un periodista de aquella época– escribía en 1348: “Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que la tocaba”. Lástima que en aquella época muy pocos sabían leer...
Viendo televisión, oyendo la radio, leyendo el diario, buscando información en las redes sociales o en internet... aprendimos todo lo que hay que hacer para no contagiarse. Todavía en todo el mundo los gobernantes y las autoridades sanitarias llaman a conferencias de prensa para dar noticias y recomendaciones a sus ciudadanos. Señal clarísima de la necesidad del periodismo que con su sello certifica la verdad en un mundo cada vez más embarrado por la mentira.

Antes de que lleguen las vacunas, solo con información conseguimos reducir la mortandad en unos 200 millones de personas. La información es un derecho y por eso también es un deber, pero también un buen remedio.

4 de abril de 2021

La única elección que importa

El 6 de agosto de 1890, a los 44 años, Carlos Pellegrini sucedió en la presidencia de la República a Miguel Juárez Celman, después de su renuncia tras la Revolución del Parque. Mientras el presidente se escapaba a su estancia cerca de Arrecifes, Pellegrini, al mando de las tropas y a caballo, sofocó la Revolución que tuvo por epicentro el Parque de Artillería, en las manzanas que hoy son plazas desde la avenida Córdoba a la calle Lavalle entre Libertad y Talcahuano, de Buenos Aires.

Al renunciar Juárez Celman, Pellegrini asumió la presidencia de la Nación hasta el fin de su mandato. Pellegrini había sido el vicepresidente de la desastrosa gestión de Juárez Celman: el peso perdió valor frente al oro, la bolsa se fue al tacho, quebraron muchas empresas y aumentó una barbaridad el costo de la vida. En dos años y tres meses, Pellegrini arregló el país y entregó el poder a Luis Sáenz Peña el 12 de octubre de 1892. 
  

Los revolucionarios que se llevaron puesto a Juárez Celman hoy son ciudades y avenidas de todo el país: Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen... Y Carlos Pellegrini compite en monumentos con ellos y con Sarmiento o Roca, mientras que solo una estación perdida en el norte de la provincia de Córdoba se llama Juárez Celman, así, sin nombre de pila, quizá para provocar la confusión con su hermano mayor, Marcos, que fue gobernador de Córdoba y le dio su nombre –ahora sin Celman, para que tampoco lo confundan– a una linda y pujante ciudad en el sur de su provincia.

Pellegrini redujo el gasto, bajó la inflación, pagó las deudas… hizo el ajuste. Pero lo que quiero resaltar no es nada de eso sino los dos años, tres meses y seis días que duró su gobierno y que le sobraron para arreglar el desbarajuste. No le interesaba ningún otro resultado que el bien de la Patria... o quizá su propia autoestima. Tomó las medidas que había que tomar, sin vueltas ni lloriqueos. Pidió plata a propios y extraños, canceló deudas y no le mezquinó el culo a la jeringa. Pero hay una condición que quizá no tengamos en cuenta cuando ponemos a Carlos Pellegrini entre nuestros grandes presidentes: no lo condicionó nunca su reelección porque en aquellos años había un solo período de seis años sin ninguna posibilidad de reelección inmediata.

La presidencia de Carlos Pellegrini enseña que hay que trabajar duro para cumplir las metas, pero sobre todo que no hay que preocuparse por las elecciones que vienen, porque las únicas que realmente importan son las que te eligieron y te dieron mandato para hacer lo que prometiste. No importan las encuestas, los consejos de los consultores ni la retórica de la oposición.

Nunca hay que dejar para un hipotético segundo periodo el cumplimiento del mandato del pueblo. Una, porque no se sabe si llegará. Y dos, porque para que llegue, siempre lo mejor es hacer de tripas corazón y abocarse a lo que hay que hacer. No alcanza con instalarse en la Casa Rosada para que ocurra por arte de magia todo lo se prometió. Las cosas no funcionan así: hay que empujarlas con constancia y mucha fuerza para que ocurran.

Pellegrini nos enseña hoy que los presidentes tienen que inmolarse sin pensar en su reelección. Lo paradójico es que esa es le mejor manera de ser reelegido.