15 de agosto de 2021

El sistema parlamentario

La historia política es la historia de la defensa de los abusos del poder. Es que así es el animal humano: siempre habrá alguien que se erige en autoridad y por tanto habrá súbditos, pero como el que manda tiende a convertirse en tirano, los que obedecen tratan de poner todos los obstáculos que pueden para evitarlo. Lo curioso es que muchos de los que inventan esos obstáculos se vuelven tiranos cuando les toca gobernar.


Pero la historia de las ideas políticas no es solo el relato de ese intento. Se podría decir que es la historia de la convivencia entre nosotros; y cuando digo nosotros me refiero también a todas las especies que componen la creación, con los que navegamos juntos por el Universo en nuestra arca de Noé que es el planeta Tierra.

Buscando esa convivencia apareció un día la democracia, y casi junto con la democracia apareció el sistema parlamentario. Fue en la antigua Grecia y en una época en que parlamentarios eran todos los ciudadanos libres: había muchísima menos gente en el mundo y eso se podía hacer. Todavía se conservan en Grecia algunos de esos lugares en los que deliberaba todo el pueblo con sus autoridades, como en una reunión de consorcio, pero de toda una ciudad.

Ya ve como hasta en los consorcios rige el sistema parlamentario, pero nuestras democracias cayeron en el sistema presidencialista porque copiaron el modelo norteamericano, que en aquellos tiempos era el último grito de la moda. Fue así que, para limitar el poder, copiamos la constitución gringa en cambio de la de Pericles: nuestro presidente resultó un rey con vencimiento y nuestro congreso una representación del pueblo y de las provincias, que puede entorpecer o facilitar las acciones del ejecutivo según sus mayorías y minorías.

Decía que el sistema parlamentario nació en la antigua Grecia y se perfeccionó en la monarquía británica y en el resto de la Europa moderna. Consiste en un modo de organizar el poder mucho más representativo: quien elige al Jefe del Gobierno es el Parlamento, que es proporcional a la voluntad del pueblo que lo votó. El Jefe del Estado puede ser para toda la vida, como el rey en las monarquías, o con vencimiento, como el presidente en las repúblicas, pero en los dos casos su poder es muy limitado. El Jefe del Estado es algo más que el himno nacional o la bandera: un símbolo que garantiza la unidad y la continuidad del estado y también su representación. Siempre, además, interviene en casos de crisis para ayudar en el armado del nuevo gobierno.

Es que en el sistema parlamentario el gobierno puede cambiar o no cuando hay elecciones. Aunque hay elecciones obligadas cada tantos años para renovar el parlamento, las alianzas dentro de cada periodo pueden caerse y por tanto también puede caer un gobierno que fue el resultado de un acuerdo entre distintos partidos. Y al revés: mientras dure una mayoría parlamentaria, o dure la alianza que sostiene a un gobierno, ese gobierno seguriá sin drama. Es así que presidentes como Angela Merkel o Felipe González han durado muchos años y otros, como los italianos de los últimos tiempos, suelen durar bastante poco.

Decía el domingo pasado en este mismo espacio que en la Argentina deberíamos probar con el sistema parlamentario por considerarlo mucho más adecuado a nuestro estilo. Y también decía que Chile puede ser el primer país de nuestra América en instaurarlo en su nueva constitución, que hoy redacta una asamblea que acaba de ponerse a trabajar. Y también decía que en la Argentina puede ser una provincia la que empiece la corriente parlamentarista. 

8 de agosto de 2021

Parlamentarismo sudamericano


El pasado 28 de julio, coincidiendo con los 200 años de su independencia, asumió la presidencia del Perú Pedro Castillo. Sea quien sea Castillo, creo que hay que darle tiempo para saber quién es realmente cualquier candidato que empieza la andadura de su mandato. Dicen que por lo menos cien días, pero quizá sean más todavía y siempre se puede dar la vuelta la tortilla a los seis meses, a los nueve, a los doce o a los quince...

Pero lo que quiero resaltar hoy no es la joven presidencia de Castillo, que todavía sería prematuro juzgar, sino recordar la paridad notable entre los dos candidatos a la segunda vuelta: en el conteo oficial, la diferencia entre Castillo y Keiko Fujimori fue de 26 centésimas de un punto porcentual (44.263 votos). Es cierto que la primera vuelta mostró una gran polarización de partidos, pero para eso mismo es la segunda: para darle poder indiscutido al candidato que se imponga después de la polarización de la primera. La macana es que en el Perú el tiro les salió por la culata, porque tanta paridad solo constata que el país está dividido en dos bandos opuestos que parecen irreconciliables, con candidatos para colmo bastante extremos en sus posiciones.

Un país se vuelve ingobernable con una división tan marcada y tan pareja entre dos modelos opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y todo parece indicar que la arremetida populista de Castillo va a prolongar esa sucesión de crisis. Lo mismo está ocurriendo en otros países de nuestra América. Y la Argentina no parece lejana a una crisis parecida si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta cada día más ancha y más profunda.

En el sistema presidencial –copiado de los Estados Unidos, y compartido con distintas variantes, por todos los países de nuestra América– el que gana impone su modelo, aunque sea el contrario del que quiere la otra mitad del país. El problema está en que no tienen nada que ver las diferencias entre nuestros modelos y los que se disputan desde George Washington el poder en los Estados Unidos. En nuestros países el contrapeso del Congreso apenas puede impedir algunas arbitrariedades en materia impositiva y de fondo, pero es tal el poder del presidente, de hecho y de derecho, que puede llevarnos a las antípodas de donde estaba durante el gobierno anterior. Basta con mencionar los decretos de necesidad y urgencia, las relaciones exteriores, la administración de las obras públicas o la comandancia de las Fuerzas Armadas...

La democracia republicana supone la convivencia pacífica de los que piensan distinto y no la imposición a las minorías de las ideas de las mayorías. Y aunque la minoría fuera solo una persona, deben convivir sin drama mayorías y minorías.

Es el momento de plantearse el sistema parlamentario europeo, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. El parlamentarismo fue instaurado por los ingleses desde 1688 –con antecedentes desde el siglo XIV–, que permite arreglar todas las diferencias entre los contrincantes y formar un gobierno proporcional al disenso de los propios ciudadanos. Hoy rige –sobre todo y con gran eficacia– en indiscutidas democracias europeas.

Chile puede ser el primer país que se lo plantee en su asamblea constituyente que acaba de ponerse a trabajar. Ojalá sea el puntapié inicial del parlamentarismo en nuestra América. Pero además creo que en la Argentina no hay ningún obstáculo para que sea una provincia la que empiece esa reforma tan necesaria. Nuestra Constitución no obliga a las provincias a darse un sistema presidencialista o parlamentario. Basta que sus constituciones establezcan democracias republicanas representativas y que aseguren la autonomía municipal.

1 de agosto de 2021

Mauro Periodista


Entre el domingo y el martes de la semana que pasó murió de Mauro Parrotta, periodista de la redacción de El Territorio de Posadas.

Tenía 47 años y llevaba casi 30 en el diario. Y no murió por covid, pero sí por la pandemia. Mauro era de riesgo absoluto ya que tenía un solo pulmón a causa de una neumonía que casi se lo lleva a la tumba por el 2010. "A Mauro lo mató el encierro", me dijo un colega mirando al cajón en un segundo de las tres horas escasas de su velorio. Desde marzo del año pasado, el riesgo lo obligó al encierro y el encierro le alborotó su pasión por buscar historias, por escribirlas, por conversar, por asombrarse y asombrarnos. Pero además, también mata la soledad.

Ya no sorprenden las muertes inesperadas. Los que hacen estadísticas anotan contagios y muertos como quien hace el inventario de una ferretería. Nadie cuenta los daños colaterales: los que se enferman de soledad, los que mueren de tristeza, los que se curan del covid pero nunca se recuperan del covid, los que se lleva la neumonía bilateral post covid, los que son presas de las infecciones intrahospitalarias...

Un periodista es un apasionado buscador de la verdad urgente. Urgente porque todos –las audiencias– queremos conocerla cuanto antes, por eso no basta la búsqueda afiebrada de la verdad: también hay que contarla. Los periodistas deben saber hablar y escribir además de ser genéticamente apasionados por la verdad. Y aunque no es oficio para cínicos, quizá por nuestro parentesco con la política, muchas veces se cuela –como el covid– el cinismo en las redacciones: hay que estar atentos para no contagiarse.

Mauro Parrotta era un señor periodista, genético y autodidacta. Tenía la pasión por la verdad y también era un maestro de la lengua hablada y escrita. Pero sobre todo tenía pasión por la realidad, que es lo que realmente importa, lo que permite conocer la verdad sin lentes empañados y lo que no se enseña en ninguna escuela.

No hay otro modo de conocer la verdad que no sea involucrándose con la realidad. Este principio, que hoy parece básico, fue durante mucho tiempo erradicado de la profesión: buenos periodistas eran los que miraban los acontecimientos con una escafandra, como los que atienden a los enfermos de covid en los hospitales. Se suponía que para ser objetivos había que ser distantes y también equidistantes, como si la verdad fuera el término medio de dos versiones, o de dos mentiras.

No es así, para nada. Solo metiéndose en la realidad se puede conocer la verdad. Más todavía: hay que embarrarse con el barro de los embarrados, ensangrentarse con la sangre de los que sangran, sufrir con los que sufren y celebrar con los que celebran. Abogar por los débiles, dar voz a los que no la tienen y meterse en los tuétanos de los problemas de la gente hasta que duela. Llorar con los lloran y reír con los que ríen. Vivir la vida de los otros como propia. Lo único que no puede hacer un periodista es mentir, aunque otros mientan.

Mauro era de estos periodistas. Visceral. Apasionado. Enamorado de la vida, que gastó con intensidad. Nada le era indiferente. Todo lo conmovía. Imagínese lo que puede hacer el encierro obligado de la cuarentena en una persona así... Era personal de riesgo por su mala salud; pero también era esencial, como todo periodista que se debe a la verdad. Es que el periodismo es un deber porque la verdad es un derecho elemental de todas las personas humanas.

25 de julio de 2021

Calles y avenidas de Posadas


Como usuario habitual de las avenidas Centenario y Tambor de Tacuarí, debo admitir que han mejorado notablemente el tránsito las nuevas manos de las cuatro avenidas que van y vienen desde Villa Cabello y el arroyo Mártires hasta el centro de Posadas. Admito también que a otras personas puede haber incomodado y que el comercio siempre tiene algo que decir, si resulta que estos cambios los favorecen o los perjudican. Todo es cuestión de acostumbrarse y adaptarse a los nuevos tiempos: hace años –y no crea que tantos– todas las calles de nuestras ciudades eran doble mano, cosa impensada hoy en una Posadas cada vez más repleta de autos, sobre todo de autos estacionados, entre ellos los taxis, que siguen manteniendo un privilegio desmedido en el centro de la ciudad. Y hablando de estacionamiento, también hay que decir que el SEM lo ha facilitado dentro de las Cuatro Avenidas de Posadas.

Pero hay que ir más lejos, hacia el futuro que siempre está acá nomas. Hay que prever los estacionamientos pensando en los vehículos que vendrán a transportarnos. Por suerte solo hay que mirar lo que hacen ciudades parecidas, a las que el futuro llega antes. Supongo que en los edificios que se están construyendo ya se prevé una instalación de energía adecuada a los autos eléctricos en la zona de cocheras. También hay que destinar lugares en las calles y avenidas para que circulen las motos y bicicletas. Es una opinión nomás, pero a partir de cierta proporción de motos en el parque automotor –a la que ya estamos llegando– no parece una buena idea que compartan las avenidas de tránsito rápido con autos y camiones. Cada día vemos más motociclistas involucrados en accidentes, siempre con consecuencias graves.

No puede ser que sigamos construyendo estadios, parques, predios feriales... sin prever lugares para los autos que traerán al público. El estadio de River Plate, en Buenos Aires, usa de estacionamiento una importante autopista de acceso a la ciudad y ocupan trapitos que rompen los autos si no se les paga por adelantado lo que piden. Lo de la cancha de River es un pésimo ejemplo para cualquier lugar de concentración de personas, que debe contar con espacio para los autos de los asistentes, como es el caso solo de algunas cadenas de supermercados.

Por obra y gracia de la serendipia, una novedad impensada ha traído la mano única de las avenidas Blas Parera, López y Planes, Tambor de Tacuarí y Centenario. Hay que celebrarlo y creo debería ser adoptada en todas las esquinas que tienen semáforos en la ciudad. Al cambiar las manos y dar vuelta los semáforos, quedaron en el lugar más apropiado, que es del otro lado de la calle que se va a cruzar. De ese modo pueden verse desde una distancia adecuada y se aprovecha todo el espacio para los autos antes de la línea blanca. De otro modo se obliga a los conductores a hacer contorsiones imposibles adentro del habitáculo para saber cuándo se pone verde (claro que siempre se puede esperar a que alguno de atrás nos interpele ansioso con su corneta un microsegundo después de que cambie la luz). Será por eso que en las ciudades donde los semáforos están antes del cruce, además de la luz alta para todos, tienen más abajo, en el mismo poste, un foco que apunta a los de las primeras filas. Y en otras ciudades –sobre todo en las norteamericanas– cuelgan los semáforos en el medio de la encrucijada, donde todos los ven sin problemas de tortícolis.

No sería completo este repaso rápido de calles y avenidas de Posadas sin un recuerdo esperanzado para el acceso a la capital y a Garupá por la ruta 105, desde el arroyo Pindapoy Chico. Mantiene con orgullo su condición de autopista de baja velocidad: un oxímoron pavimentado. Linda autovía con pasos a nivel, semáforos y velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, que no permite pasar ni a un carretón, lo que hace completamente inútil la mano de sobrepaso. Ni siquiera los camiones cumplen con esa velocidad y todos los que andamos por ahí sabemos dónde suele estar agazapado el fotógrafo de la Policía. Solo le pedimos, por favor, que no cambie de lugar y que siga advirtiendo su presencia con los conitos anaranjados bien puestos en la arribada.

18 de julio de 2021

El sueño de nuestros bisabuelos

Un viejo embajador –que entonces no era viejo– me dio una lección imborrable mientras almorzábamos en un bonito restaurante del centro de Fráncfort por el año 90 ó 91. Preocupado, como muchos ahora, por las legiones de argentinos que volvían a la tierra de sus antepasados, y por mi presencia ya dilatada en Europa, me explicó que un país no se funda con una sola generación. Y agregaba que los argentinos que se quedan en Europa gracias a los privilegios de su doble nacionalidad, renuncian al sueño de sus abuelos: “Ellos fueron a América para crear países grandiosos y sus nietos, al volver a Europa, los hacen fracasar”.

A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo; lo que no sabemos es cuándo. 

¿Por qué un europeo –laborioso e inocente– se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran otra patria, inmensa, que llamamos Iberoamérica. 


Como dicen Litto Nebbia, Octavio Paz y Alberto Fernández, los americanos del sur del Río Bravo descendemos de los barcos y de la selva amazónica y de los aztecas y de los incas, pero sobre todo descendemos del mestizaje que se produjo en cuanto los primeros conquistadores se bajaron de sus naos. Los argentinos nos equivocamos fiero cuando nos excluimos de la América Mestiza: eso es una cantinela de porteños y quizá de dos o tres ciudades en las que predominan los descendientes de europeos.

Entre la libertad y la vida, los americanos elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es la América dulce y mestiza: no nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla. 

Todos los himnos de nuestra América juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va. 

Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Así mismo es” repetimos desde Tijuana al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.

11 de julio de 2021

La lección del Perú


El calendario de las elecciones generales del Perú establecía el 11 de abril para la primera vuelta y el 6 de junio para la segunda, en caso de haber ballotage. Lo peculiar de esta elección no fue la cantidad de candidatos sino lo disperso que estuvo el voto en la primera vuelta. El que más sacó no llegó al 19 % y lo seguían –parejitos– cuatro candidatos entre el 13 % y el 9 %. Los demás, más abajo, pero no crea que tanto. La segunda vuelta se dirimió entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori, pero todavía no se sabe quién ganó por lo ajustado de la elección. En el conteo oficial, la diferencia entre uno y otro es de 44.176 votos, que todavía están peleando ante el Jurado Nacional Electoral. Esa diferencia es lo que los encuestólogos llaman empate técnico, que se termina resolviendo en el escritorio del juzgado y no en las urnas.

Mientras pelean los números tan ajustados, se acerca peligrosamente el 28 de julio, día en que debe asumir el nuevo presidente, en el marco del bicentenario de la Declaración de la Independencia del Perú. De paso advierto que no estamos hablando sobre preferencias entre ambos candidatos, que aunque están en las antípodas ideológicas, asustan a priori y por igual por su escaso respeto a las libertades públicas. Lo que me interesa hoy es lo que podemos aprender de una elección tan ajustada en un país hermano y con un sistema presidencialista parecido al nuestro.

Un país se vuelve ingobernable con una división marcada entre dos modelos tan opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y lo mismo está ocurriendo en otro países de nuestra América por la misma razón. Y la Argentina no parece lejana a una crisis por el estilo si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta que parece cada día más ancha y más profunda.

Uno pensaría que precisamente por esa igualdad entre las dos partes debería ser más respetada la opinión contraria; pero no, porque cuando menos se la respeta es cuando no está tan clara su condición de minoría. Es que al ser tan ajustada la diferencia, nadie se siente minoría. Lo curioso es que el objetivo de las segundas vueltas electorales es justamente legitimar con una mayoría contundente a uno de los candidatos, pero en el Perú les está saliendo el tiro por la culata.

Quizá sea el momento de plantearse el sistema parlamentario, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. En Chile están considerando seriamente pasarse al parlamentarismo con la nueva constitución que saldrá de la convención inaugurada esta semana, después de unas elecciones que también sorprendieron a todos por la dispersión de los votos y por el éxito de los candidatos más progresistas.

Es imposible gobernar un país cuando no están claras las mayorías y las minorías, y la solución de esa paridad no es ahondar la grieta porque está comprobado en la historia que cuando se radicalizan las ideologías, las grietas se vuelven trincheras. Es que a poco de andar por ese camino, los que tienen poder de uno y otro lado descubren que el modo más eficaz para conseguir que todos pensemos igual es terminar drásticamente con los que piensan distinto.

Cada día que pasa es más urgente que los argentinos nos unamos hacia un destino en el que estemos todos de acuerdo. Sería genial que, además de gustarnos el dulce de leche y ganarle a Brasil, nos pongamos de acuerdo precisamente en estar en desacuerdo. La unidad en la diversidad es la fortaleza más grande de cualquier nación.

4 de julio de 2021

Departamento en Miami


En la madrugada del jueves 24 de junio se desplomó gran parte de un edificio de trece pisos en Miami. El condominio se llama Champlain Towers y está en el barrio Surfside, más precisamente, en el número 8777 de la avenida Collins. Todo el complejo tenía 136 departamentos y la parte que colapsó es la pata larga de un edificio en forma de L, entre la avenida Collins y la playa.

Según cálculos actualizados de las autoridades del condado de Miami-Dade, en el momento de derrumbarse había en esa parte del edificio 148 personas, de las que, cuando esto escribo –nueve días después del colapso– solo se han encontrado restos de 22, pero ya hay que presumir que no habrá sobrevivientes entre los escombros del edificio. También se ha dado con el paradero de 188 sobrevivientes: personas que vivían en otros sectores del complejo o que no estaban en sus departamentos en el momento del colapso, entre ellos una pareja de argentinos que se salvaron de milagro.

Aunque los números son todavía provisionales van volviéndose cada día más precisos. Ya sabemos que entre los desaparecidos hay nueve argentinos, seis paraguayos, seis colombianos, seis venezolanos, tres uruguayos y un chileno: 31 sudamericanos en total. Después de la norteamericana, la nacionalidad más numerosa es la israelí, que cuenta con unas 20 víctimas, casi todas ellas con doble nacionalidad.

Al aparecer estos números en la información del siniestro, se me ocurría una estadística de ocasión: si tomamos las Champlain Towers como un muestreo de los habitantes de Miami, el 21 % serían sudamericanos y el 6 % argentinos... Insisto en que la estadística es de ocasión y que no estoy contemplando que hay barrios enteros de cubanos o de rusos en Miami, pero también hay algunos con gran concentración de argentinos, pero justo la zona de Surfside es bastante ecléctica en cuanto a nacionalidad, no así en cuanto a religión, ya que se calcula que más de la mitad de los habitantes del barrio son de religión judía, proporción que se repite entre las víctimas del derrumbe.

No tengo todavía las nacionalidades de los propietarios de las distintas unidades del edificio y hay que suponer que ningún argentino querrá confesar ahora ser el dueño de una de ellas, pero parece que al menos 20 pertenecían a ciudadanos argentinos. Gracias a Dios, unos cuantos de esos departamentos estaban deshabitados en la noche del derrumbe.

Estos números confirman a Miami como la gran capital de Iberoamérica: el lugar donde al final todos nos encontramos y ninguno manda. Ahí llegaron –desde la revolución de 1959 y en de sucesivas oleadas– los exiliados cubanos, que han sido durante lustros los dueños del castellano de Miami, pero ahora compiten con la porción más rica de los seis millones de venezolanos desplazados de su país a causa del régimen de Chávez y Maduro. Puede que haya también ricos exilados nicaragüenses, pero el resto de los latinoamericanos que andan por la Florida, más que desplazados son turistas con buena billetera, viajeros que salen de compras e invierten en bienes raíces donde les conviene. Algunos tienen inmuebles en Miami como quienes los tiene en Buenos Aires: ya se sabe que, dependiendo de la cantidad de días que uno pasa cada año en una ciudad, es más barato tener en un departamento que pagar un hotel, y además siempre se puede alquilar a otros viajeros.

Con respeto y dolor por los muertos y desaparecidos en el derrumbe, y respetando también la libertad para hacer lo que cada uno quiera con su patrimonio, quiero destacar que la inmensa mayoría de los que invierten su dinero en Miami no son desplazados por el hambre o la pobreza sino por la inseguridad jurídica de sus inversiones. Este muestreo al pasar debería alentar a los gobiernos de nuestros países a establecer las garantías para que todos dejemos nuestro dinero en el propio territorio y no en el ajeno.

27 de junio de 2021

Conspiranoia

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que la palabra conspiranoia empieza con conspiración y termina con paranoia. Dice la Fundación de Español Urgente que el término es correcto y que se refiere a la tendencia a interpretar determinados acontecimientos como fruto de una conspiración
 

En el origen de toda paranoia parece haber un falso concepto de uno mismo, y no es una enfermedad sino una condición, una tendencia, por cierto muy humana, a explicar con facilidad ciertas cosas que pasan. Los buenos conspiranoicos suelen tener todo explicado de antemano: ya saben que lo que sea que vaya a ocurrir va a ser por culpa de algo que ellos ya conocen y por tanto no tiene ningún sentido intentar averiguar las causas de nada. Los conspiranoicos saben todo lo que pensamos y además siempre aciertan. Hagamos lo que hagamos, les daremos la razón, porque ellos ya sabían lo que iba a pasar. Así que no hace falta ni decir lo que pensamos... bueno, ni siquiera hace falta pensar. Y tampoco vale la pena intentar contradecir a un conspiranoico porque siempre tiene razón.

Las inmensa mayoría de las cosas que ocurren en el mundo, ocurren sin que nadie le dedique un segundo de su tiempo a organizarlas. El futuro siempre nos engaña, pasa desde Adán y Eva y va a seguir pasando hasta el fin de los tiempos, sencillamente porque nadie puede conocerlo. Pero, además, las personas no somos de mármol: felizmente podemos cambiar y cambiamos. Acertamos y nos equivocamos. Corregimos nuestros errores y a veces, gracias a Dios, viramos nuestro rumbo en 180 grados… Nada de eso considera la conspiranoia, porque cualquier cambio en la conducta del sospechado es un truco, una estrategia para engañar al conspiranoico.

No se crea que están tan lejos o que son tan raros. Es pura conspiranoia etiquetar a la gente, encasillar su pensamiento, ponerles adjetivos, determinar su conducta, decidir por ellos... Y también es conspiranoia la cancelación, que descalifica el todo de una persona por culpa de una parte: si un buen músico no piensa como yo (como yo creo que piensa) no es un buen músico sino uno malo. Si un médico, un científico, un sabio... no tiene las ideas de los que mandan, no es buen médico, ni gran científico, ni sabio. Si no sabe lo que sé yo, no sabe nada. Si no opina como yo, su opinión no me interesa. Si no es de mi religión, que se vaya a freír buñuelos...

Cualquier descalificación por el modo de pensar es injusta. Pero mucho más grave es la imposibilidad de convivir los que piensan distinto, porque precisamente esa es la riqueza de la sociedad democrática.

La conspiranoia es el alimento de los autoritarios nacional-populistas de hoy en día. Basan su autoridad en lo que ellos creen que piensan los demás ciudadanos, sean amigos o enemigos. Luego construyen sus razonamientos y sus decisiones desde ahí, completamente errados.

Por culpa de la adolescencia colectiva generalizada, la conspiranoia se ha puesto de moda para explicarlo todo. Y sea como sea, tampoco parece una buena idea que nos pongamos ahora conspiranoicos contra los conspiranoicos.

20 de junio de 2021

Falta un reloj de sol


Los relojes públicos de Posadas necesitan mantenimiento y sobre todo conseguir que den la hora, porque si no la dan, están de balde. Bastaría encargar que se ocupe de eso uno solo de los empleados que podan la sombra de los árboles de la ciudad, o de los que no paran de instalar obstáculos rompe-autos en nuestras calles (cuando falla la educación del soberano no queda otra que romperle el tren delantero). Cuando los relojes dan una hora falsa, agregan a su defecto la mentira que desorienta al público; por eso también decía un poco en broma que si no estamos dispuestos a mantenerlos en forma, mejor poner relojes de sol, que no dan la hora de noche –ni de día si está nublado– pero por lo menos no engañan y además decoran.

Curiosamente en los comentarios de los lectores aparecieron los relojes de sol, como si la columna hubiera sido sobre ellos y no sobre los de agujas que pretenden –sin conseguirlo– dar la hora en el Mástil y en la Costanera. 

En las Misiones jesuíticas hubo relojes de sol. El mejor conservado es el que el pueblo de La Cruz, en la provincia de Corrientes, muestra orgulloso casi intacto en el mismo lugar donde lo pusieron los jesuitas hace más de 300 años. También están en su lugar los relojes de sol de San Cosme y San Damián, en el Paraguay, y el de la misión de San Ignacio Miní, aquí cerquita. El de San Ignacio tuvo una réplica en la calle Roque Pérez de Posadas, pero hoy no puedo saber qué fin llevó esa columna que indicaba la hora con su propia sombra. Es probable que otras misiones también tuvieran sus relojes de sol, pero el saqueo posterior a la expulsión de los jesuitas se los habrá llevado para decorar algún jardín paulista.

Me enteré entonces que hay un reloj de sol en el barrio Latinoamérica. Se inauguró en 2014 para celebrar el aniversario del barrio. Fue el resultado de la iniciativa de Daniel Morel, que era su presidente, y se le ocurrió a Carlos Bourscheid, un vecino ingeniero que lo realizó con la ayuda de la Municipalidad de Posadas. Está instalado donde da siempre el sol, en una esquina de la plaza del barrio, que a la vez funge de cancha de fútbol. Es un reloj bifilar, ya que da las horas con la sombra de la intersección de dos cables perpendiculares, orientados uno norte-sur y el otro este-oeste. El cuadrante es rectangular y horizontal y tiene la altura de una mesa. Los que juegan al fútbol en esa cancha usan el reloj para dejar sus bolsos y mochilas y fue así que no duraron mucho tiempo sus cables ni los números que indican las horas.
Al reloj solar del barrio Latinoamérica le pasó lo mismo que a los de agujas del Mástil o de la Costanera: falta de mantenimiento. Un drama muy nuestro: nos gusta inaugurar obras con aire de fiesta popular, pero después las abandonamos a las inclemencias de la naturaleza, que incluye a los depredadores humanos. Ojalá sirva esta columna para interesar al municipio y poner en valor ese reloj, pero de tal manera que no se deteriore tan rápido, quizá grabando los números en el tablero de acero y dándole algún tipo de protección al conjunto. Es que así como los relojes eléctricos o mecánicos necesitan alguien que se ocupe de tenerlos en hora, los de sol también precisan mantenimiento: el mismo que cualquier obra pública.

Sería una buena idea instalar un reloj de sol de buen tamaño y aspecto en algún lugar de la Costanera de Posadas. A la hora exacta la vemos en el celular, por eso los relojes de sol son hoy una atracción y una lección de astronomía, y en nuestro caso serán además un bonito homenaje a las Misiones. Puede ser una réplica de los que daban la hora en alguna de las reducciones, o uno más sofisticado como el bifilar. Lo bueno es que, además, sabemos quién lo puede hacer.

13 de junio de 2021

Relojes de Posadas


No sé quién habrá inventado el reloj. Me refiero al de esfera, el círculo y las agujas que representan cabalmente el paso del tiempo. Sea quien sea el de la idea, se merece post mortem el Premio Nobel de Literatura. El reloj circular con su aguja de la hora, su minutero y segundero, es un relato genial, una metáfora perfecta del tiempo, que es la medida del movimiento, como decía el viejo Aristóteles. En cambio los digitales, los que cuentan los segundos con números eléctricos, solo muestran el instante efímero del presente.

Desde su invención, el reloj fue durante muchos años atributo a cuerda de las torres de las iglesias y edificios públicos: se los podía ver y también oír a muchas cuadras de distancia. Luego, con la misma tecnología, pasó a las salas de las casas desde donde daban la hora a toda la familia. Más tarde se volvió personal, como reloj pulsera, primero a cuerda y después a pila. La palabra cuerda evoca todavía las pesas que colgaban de los antiguos relojes para hacer funcionar su mecanismo por la fuerza de la gravedad. 

Hoy la hora está en el celular, irradiada desde algún satélite sin errarle ni un microsegundo. Será por eso mi sorpresa cuando el jueves una señora me preguntó la hora en la cola de la caja de una farmacia-supermercado, tal como hacíamos seguido hace ya muchos años. Se me despertó entonces la curiosidad por los relojes públicos de Posadas y en una rápida recorrida censé unos cuantos que dan cualquier cosa menos la hora de verdad.

La mayoría de ellos son mensajeros mentirosos porque dan una hora que no es. Y eso pasa con casi todos los relojes públicos de Posadas, empezando por el más antiguo, que supongo es el del Mástil: tiene cuatro esferas, una de ellas sin agujas, dos en las doce en punto y otra que daba las 5.07 cuando pasé a las cuatro y media de la tarde del viernes. Como no me quedé a esperar, no puedo saber si está clavado en esa hora, que puede haber sido la de algún apagón.

Otros relojes con agujas están en la Costanera, unos de cuatro esferas que miran a los puntos cardinales y otros de dos, como la cara y cruz de una moneda. De esos, solo uno daba la hora real, pero tampoco puedo saber si es por pura coincidencia o porque funciona como Dios manda; la macana es que casi no se ve porque está en el cantero central y para acercarse hay que arriesgar la vida. La esfera –que en este caso es cuadrada– tiene las agujas de un reloj mediano comprado en La Placita: a unos metros es imposible distinguir entre la aguja de las horas y la de los minutos. Otro tanto ocurre con los relojes digitales del centro de Posadas, que suelen dar cualquier hora, pero no me alcanzó el tiempo para hacer un censo completo de todos ellos. 



Me preguntaba entonces por la inutilidad manifiesta de los relojes que no dan la hora, y se me ocurría también que debería estar entre los planes de mantenimiento de los espacios públicos de la ciudad. Si un celular barato da la hora exacta, ajustada al mismísimo meridiano de Greenwich, algún mecanismo habrá que permita sincronizar esos relojes con la hora real. Y si los relojes de las catedrales daban la hora cuando no existían ni siquiera la electricidad ¿cómo puede ser que seamos incapaces de poner en hora los relojes en el siglo XXI?

¿Será desidia o será que ya nadie necesita consultar la hora en relojes ajenos? y si nadie los necesita ¿no será mejor sacarlos? También se puede probar con relojes de sol, que nunca se descomponen, pero la mejor opción sería mantenerlos como tantas instalaciones muy bien cuidadas del mobiliario urbano; y de paso se podrían mejorar, con números y agujas visibles a buena distancia, que sean útiles además de bonitos, alimentados por energía solar para que no dependan del suministro eléctrico. Seguro que más de una marca de relojes los patrocinaría con gusto, sin ningún gasto para el erario público.

Y hablando de gastos, le recuerdo que no hay nada más caro que pagar por algo que no sirve, por más barato que sea...