7 de noviembre de 2021
La elección del domingo
El domingo que viene hay elecciones para renovar parcialmente el Congreso de la Nación. Por si no lo recuerda, nuestros senadores duran seis años en el cargo y se renuevan por tercios cada dos años, mientras que el mandato de los diputados dura cuatro y se renuevan por mitades cada dos. A la provincia de Misiones no le toca este año renovar senadores y sí tres de sus diputados, que son siete en total (renovará cuatro en 2023), así que el domingo 14 tenemos que elegir solo tres diputados nacionales que van a representar al pueblo de la provincia de Misiones. Las elecciones provinciales fueron el pasado 6 de junio, así que ahora no hay nada que elegir para cargos provinciales.
Nuestro congreso consta de dos cámaras, reminiscencia de las de los lores y los comunes británicas, pero pasando por el Capitolio de Washington. Los senadores representan a las provincias y los diputados al pueblo, pero también hay una cantidad por provincia así que estrictamente se puede decir que representan al pueblo de sus provincias. Desde la reforma de 1994 en el congreso nacional –que consta de dos cámaras– hay tres senadores por provincia, pero el número de los diputados sale del cálculo mucho más complicado que hizo un decreto-ley del último gobierno militar.
Según esa norma, se elige un diputado cada 161.000 habitantes o fracción no menor de 80.500. Pero además, a los proporcionales a la población se sumaron otros tres diputados por provincia y se estableció que no podía haber menos de cinco en cada una de ellas. Así se llegó al número de 257 diputados que tenemos hoy, pero con notables desigualdades, como la de Tierra del Fuego que tiene cinco diputados para representar a unos 150.000 habitantes, lo que da un diputado cada 30.000; del otro lado está la provincia de Buenos Aires, que con sus más de 16 millones de habitantes tiene 70 diputados: uno cada 230.000 habitantes.
Hay que decir que la proporción de Misiones da bastante bien y también que después de cada censo, el congreso debería rectificar algunos números para que la representación sea un poco más igualitaria (aprovecho y cuelo aquí que sería genial que la provincia de Buenos Aires se divida en tres o cuatro nuevas provincias).
Las renovaciones parciales de diputados y senadores permiten lo que se llama elección de medio término, gran descubrimiento del sistema norteamericano que permite al pueblo darle un mensaje al gobierno elegido dos años antes (no lo llamo plebiscito porque plebiscito es otra cosa). No es la única señal, ya que por distintos motivos siempre hay elecciones desfasadas en provincias o municipios; y también son termómetro del humor del pueblo las elecciones en los clubes de fútbol, los centros de estudiantes de las universidades, los colegios profesionales... que suelen marcar una tendencia hacia el futuro para los observadores que saben ver señales. Debido a sus acostumbradas intervenciones de otros tiempos, Corrientes también está desfasada y suele ser una de esas circunscripciones para estudiar, pero es tan peculiar la política correntina que hay que ser un experto en hermenéutica para leer consecuencias útiles en sus resultados. En los Estados Unidos el lunes pasado hubo elecciones de gobernador del estado de Virginia, donde el republicano Glenn Youngkin sorprendió a su contrincante demócrata (le ganó por menos de tres puntos) y todo el mundo lo interpretó como el comienzo del declive del gobierno de Joe Biden, justo cuando se cumple un año de su elección.
Aunque son obligatorias, estamos votando como si no lo fueran, y remarco que últimamente ha bajado mucho el nivel de presentismo en nuestros comicios. La del domingo que viene tiene todas las características de una gran elección de medio término, por eso es más importante que nunca ir a votar.
31 de octubre de 2021
Elegir tiene sus riesgos
Elegir tiene sus riesgos y es parte del vértigo de la libertad, pero la democracia necesita minimizar las debilidades de cualquier sistema electoral, respetando siempre esa libertad y el vértigo que provoca. Adelanto ahora lo que repetiré al final: el sistema parlamentario puede minimizar algunas de esas debilidades.

El primer problema de todo sistema electoral es que es imposible encasillar el pensamiento de millones en unos pocos candidatos, pero es mucho más evidente en sociedades como la nuestra, en la que cada ciudadano tiene su fórmula genial, distinta de las demás, para arreglar el país. El 27 de octubre de 2019, 34.231.895 argentinos estaban habilitados para elegir presidente y vice. Votaron 27.525.103, que eligieron solo entre siete opciones para 34 millones de voluntades. Por suerte el Congreso mejora esa representatividad y el próximo 14 de noviembre hará sus ajustes de medio término para acercarse un poco más a esas voluntades, pero estaremos todavía muy lejos de una representatividad cabalmente democrática mientras sigamos votando a desconocidos que integran la papeleta que metemos en la urna.
Cada uno de nosotros está de acuerdo con una parte del programa o de los principios de uno de los candidatos y no está de acuerdo con otra parte o con otros de los candidatos de la lista. Y si resulta que somos responsables de lo que hacemos y pensamos bien el voto, nos damos cuenta de que el candidato perfecto soy yo mismo, así que el sistema ideal sería uno en que haya la misma cantidad de candidatos que de electores y posiblemente habría empate... o ganaría el que saque dos votos por equivocación de un votante, o por una campaña –bien barata– que solo convenza a uno de las bondades de votar a su vecino.
El imaginario colectivo sostiene que el pueblo no se equivoca cuando la mayoría de ellos elige a sus gobernantes... Y este es otro de los problemas, porque a todos nos consta que eso no es así, que la mayoría se puede equivocar y que de hecho se equivoca, a juzgar por las gestiones de quienes elegimos. Todos –o casi todos– nos hemos arrepentido alguna vez de haber votado por quien votamos. El sufragio universal no nos protege de los errores colectivos, bastante comunes en una sociedad que confía demasiado en la opinión pública.
No faltan ejemplos históricos de gobernantes nefastos que accedieron al poder democráticamente y cuyas aberraciones contaron con el apoyo popular. Que el pueblo haya de tener la última palabra no significa que no pueda equivocarse. El problema es que, por un lado, tenemos una gran facilidad para confundir la discrepancia con el error y a considerar que una opinión diferente es una opinión equivocada. Cuando uno afirma que el pueblo vota mal, lo que esta diciendo es que no vota como a uno le gustaría. Debería resultarnos sospechoso el hecho de que tendamos a pensar que quienes votan mal son los otros. Además, en una sociedad en la que rige el principio de igualdad política, ¿quién dispone de una clarividencia que le permita distinguir, tratándose de cuestiones políticas, entre lo correcto y lo equivocado de tal manera que los demás no tengamos otro remedio que darle la razón? La experiencia histórica nos enseña que el pueblo se equivoca muchas veces, pero no hay ninguna autoridad legitimada para, en nombre de esas equivocaciones, quitarle el derecho de equivocarse... escribió hace unos días Daniel Innerarity en El Correo de Bilbao, y agregaba que la alternancia en el poder es el remedio más eficaz para corregir esos errores.
El sistema parlamentario no es tonto ni ingenuo y constituye un avance notable de los principios elementales de la democracia. Supone el error y que los elegidos pueden engañar o estafar a los electores; también pueden equivocarse o volverse contra democracia. Y mejora la representatividad, por eso establece también los recursos legales para superar los malos gobiernos o para mantener en el poder a los que aciertan.

El primer problema de todo sistema electoral es que es imposible encasillar el pensamiento de millones en unos pocos candidatos, pero es mucho más evidente en sociedades como la nuestra, en la que cada ciudadano tiene su fórmula genial, distinta de las demás, para arreglar el país. El 27 de octubre de 2019, 34.231.895 argentinos estaban habilitados para elegir presidente y vice. Votaron 27.525.103, que eligieron solo entre siete opciones para 34 millones de voluntades. Por suerte el Congreso mejora esa representatividad y el próximo 14 de noviembre hará sus ajustes de medio término para acercarse un poco más a esas voluntades, pero estaremos todavía muy lejos de una representatividad cabalmente democrática mientras sigamos votando a desconocidos que integran la papeleta que metemos en la urna.
Cada uno de nosotros está de acuerdo con una parte del programa o de los principios de uno de los candidatos y no está de acuerdo con otra parte o con otros de los candidatos de la lista. Y si resulta que somos responsables de lo que hacemos y pensamos bien el voto, nos damos cuenta de que el candidato perfecto soy yo mismo, así que el sistema ideal sería uno en que haya la misma cantidad de candidatos que de electores y posiblemente habría empate... o ganaría el que saque dos votos por equivocación de un votante, o por una campaña –bien barata– que solo convenza a uno de las bondades de votar a su vecino.
El imaginario colectivo sostiene que el pueblo no se equivoca cuando la mayoría de ellos elige a sus gobernantes... Y este es otro de los problemas, porque a todos nos consta que eso no es así, que la mayoría se puede equivocar y que de hecho se equivoca, a juzgar por las gestiones de quienes elegimos. Todos –o casi todos– nos hemos arrepentido alguna vez de haber votado por quien votamos. El sufragio universal no nos protege de los errores colectivos, bastante comunes en una sociedad que confía demasiado en la opinión pública.
No faltan ejemplos históricos de gobernantes nefastos que accedieron al poder democráticamente y cuyas aberraciones contaron con el apoyo popular. Que el pueblo haya de tener la última palabra no significa que no pueda equivocarse. El problema es que, por un lado, tenemos una gran facilidad para confundir la discrepancia con el error y a considerar que una opinión diferente es una opinión equivocada. Cuando uno afirma que el pueblo vota mal, lo que esta diciendo es que no vota como a uno le gustaría. Debería resultarnos sospechoso el hecho de que tendamos a pensar que quienes votan mal son los otros. Además, en una sociedad en la que rige el principio de igualdad política, ¿quién dispone de una clarividencia que le permita distinguir, tratándose de cuestiones políticas, entre lo correcto y lo equivocado de tal manera que los demás no tengamos otro remedio que darle la razón? La experiencia histórica nos enseña que el pueblo se equivoca muchas veces, pero no hay ninguna autoridad legitimada para, en nombre de esas equivocaciones, quitarle el derecho de equivocarse... escribió hace unos días Daniel Innerarity en El Correo de Bilbao, y agregaba que la alternancia en el poder es el remedio más eficaz para corregir esos errores.
El sistema parlamentario no es tonto ni ingenuo y constituye un avance notable de los principios elementales de la democracia. Supone el error y que los elegidos pueden engañar o estafar a los electores; también pueden equivocarse o volverse contra democracia. Y mejora la representatividad, por eso establece también los recursos legales para superar los malos gobiernos o para mantener en el poder a los que aciertan.
24 de octubre de 2021
Pueblos originarios
Escribo esto pensando en los autopercibidos mapuches de la Patagonia que el miércoles incendiaron la sede del Club Andino Piltriquitrón en El Bolsón. No es lo primero que queman, y a juzgar por lo que está pasando, seguirá la escalada en Río Negro y quizá en otros lugares del sur de la Argentina –y también de Chile– por culpa de esta insurgencia okupa contra la integridad geográfica de nuestra Patria.
La tesis del título tiene dos presupuestos. Primero que es imposible encontrar hoy pueblos originarios porque estamos ya muy lejos de los orígenes y la historia ha corrido sin detenerse como pasa el agua debajo de los puentes. Pueblos originarios son los que estaban hace miles de años, los primeros humanos que habitaron el suelo, ya perdidos en la noche de la historia: todos los demás serían intrusos para la tesis de los que pretenden la propiedad de la tierra con ese argumento. El segundo es un principio elemental de la historiografía: es un grave error juzgar los hechos del pasado con estándares actuales.
Los descendientes de los pueblos originarios somos el resultado de la mezcla de los originarios con sucesivas oleadas; o los que ocupamos su lugar, por las armas, por las asimetrías, por alianzas, por la casualidad, por el hambre, por las pasiones humanas o por lo que sea. Desde Adán y Eva todas las civilizaciones se integraron con otras nuevas por alguna de esas razones, hasta conformar nuevas razas, nuevas culturas, nuevos idiomas... que aunque alguna vez hayan degradado la civilización anterior, la mayoría de ellas la enriqueció, con un resultado altamente positivo, que permite sostener que hoy estamos mucho mejor que hace decenas, cientos o miles de años. Además, siempre la polinización cruzada ha dado mejores resultados que la endogamia.
Nuestra América salió mestiza gracias a que los conquistadores eran solo varones. La América del Norte, en cambio, fue colonizada por familias. En la América española bastó que los castellanos se bajaran de los barcos para que empezara el mestizaje. En la América anglosajona esa mezcla todavía espera. Y no hay que ir muy lejos para comprobarlo: la colonización española ha hecho mestizos a los correntinos y la inmigración de familias de Europa dejó europeos a la mayoría los misioneros.
A su vez, las migraciones están convirtiendo a Europa en un continente multirracial. Basta con ver un partido de fútbol de selecciones de esos países. Francia, el último Campeón del Mundo en 2018, jugó la final contra Croacia con ocho jugadores de origen africano. Dentro de 100 años el razonamiento de los pueblos originarios expulsaría de Francia a los tataranietos de M'Bappé, Umtiti, Dembelé, Kanté y Pogba, y se quedarán con sus inmuebles, que por cierto serán los mejores de París.
¿De quién es la tierra entonces? ¿Del que la compró y la trabaja o del que la reclama para venderla? ¿Del vago que la mantiene improductiva o del migrante que hace grande a su nuevo país? ¿Del que la ama o del que la esquilma? Si los descendientes de los que la tenían hace 500 años somos nosotros mismos, no hay derecho que pueda superar esa posesión, que para colmo está recontradocumentada, mientras el derecho de los supuestos originarios nace de un delirio que parece encubrir un fenomenal negocio inmobiliario.
Pero hay algo mucho más peligroso en el reclamo de los supuestos mapuches: es la pureza étnica en la que basa su derecho cualquier pueblo originario, sospechosamente parecida a la doctrina que hizo delirar a Hitler y produjo la peor tragedia de la humanidad. Tanto desvarió para justificar su derecho, que mandó a buscar los orígenes de la raza aria hasta los confines del Himalaya. Es increíble que solo 80 años después estemos cayendo en la misma imbecilidad.
17 de octubre de 2021
Breve, intensa y urbana
En marzo y abril del año pasado no se hablaba todavía de vacunas y se tenía a la vista en tiempo real lo que pasaba en Europa, sobre todo en Italia y España, donde colapsaron los centros de salud a tal punto que tenían que rechazar pacientes, salvar a algunos y desahuciar a otros, generalmente a los que tenían más edad. Pasó también en algunos lugares puntuales de los Estados Unidos, como Nueva York, y en ciudades de nuestra América como Guayaquil o Manaos; y no pasó en la Argentina gracias a la cuarentena y a la conducta colectiva de los ciudadanos argentinos. Es verdad que fue larga, y también que es imposible saber qué habría pasado si se hubieran tomado otras medidas. El único modo de achatar el pico de contagios fue alargar la cuarentena por un principio físico elemental que ocurre con una montañita de arena en la playa o con la curva de contagios del covid: cuando extiende la base se aplasta la cima, y si se aplasta la cima se extiende la base.
Bueno, al carnaval le está pasando igual que a la pandemia, por el mismo principio, pero aplicado esta vez a las conductas colectivas. Cuando en 1976 el gobierno militar decidió anular los feriados del lunes y martes de carnaval, la fiesta se desparramó por todo el verano: empieza cuando se apagan las luces de la Navidad y termina casi en Semana Santa. En 2010 volvieron a ser feriados el lunes y martes de carnaval, pero la fiesta siguió desparramada, lánguida, devaluada... derrapando en una cantidad variable de fines de semana del verano. Es que la esencia del carnaval son esos cuatro días locos y no 25, 50 o 60. Cuatro días de locura concentrada, intensos, divertidos... con su principio y su final. Desde el sábado al martes, y le concedo el viernes a la noche, pero ni un minuto más.
Para colmo, a los cariocas se les ocurrió la pésima idea de encapsular las comparsas en un sambódromo, que luego fue copiado por cantidad de ciudades de nuestra geografía, siempre tan originales. Fue así que el carnaval no solo se desparramó en el tiempo; también se encerró en corsódromos, quizá con la sana intención de no molestar el tránsito ni la vida normal de los centros urbanos. Parece razonable, pero justamente, al volverse tan largo la molestia terminó siendo insoportable. Un poco en Río de Janeiro, pero más en sus émulos mesopotámicos y guaraníes, se empezó a perder otra condición esencial del carnaval que es poner la ciudad patas arriba esos cuatro días de cada año, con un final a toda orquesta, pero abrupto, terminante, a las 12 de la noche del martes.
A la estudiantina le está pasando lo mismo que al carnaval. No era buena idea trasladarla al autódromo, como tampoco lo es hacerla en la Costanera. Debería volver a la avenida Corrientes o a la plaza 9 de Julio, y que se note en la ciudad que los estudiantes están de fiesta. Pero la brevedad, también de los ensayos, debe ser una condición para esa vuelta. Un fin de semana intenso parece suficiente: quizás uno largo o extralargo, pero ni un día más. Una estudiantina corta pero intensa y en el medio de la ciudad parece mucho más recomendable que una lejana y lánguida, a la que solo asistan los padres y hermanos de los secundarios. Hasta los vendedores de panchos van a agradecerlo, porque siempre es mejor vender mil en un día que en un mes, pero además en el centro de la ciudad habrá más gente porque habrá público de verdad.
No es en contra de la estudiantina, ni del carnaval, ni de la cuarentena. Sí de la pérdida de tiempo de los estudiantes y de las molestias prolongadas a los posadeños, que estaríamos hartos del mismísimo Mozart si todos los días durante meses nos pusieran la número 40 a todo lo que da. Y muy a favor de una estudiantina que recupere la esencia original de la fiesta de los estudiantes: breve, intensa, urbana, divertida... con principio y con final tajantes, ineludibles.
Bueno, al carnaval le está pasando igual que a la pandemia, por el mismo principio, pero aplicado esta vez a las conductas colectivas. Cuando en 1976 el gobierno militar decidió anular los feriados del lunes y martes de carnaval, la fiesta se desparramó por todo el verano: empieza cuando se apagan las luces de la Navidad y termina casi en Semana Santa. En 2010 volvieron a ser feriados el lunes y martes de carnaval, pero la fiesta siguió desparramada, lánguida, devaluada... derrapando en una cantidad variable de fines de semana del verano. Es que la esencia del carnaval son esos cuatro días locos y no 25, 50 o 60. Cuatro días de locura concentrada, intensos, divertidos... con su principio y su final. Desde el sábado al martes, y le concedo el viernes a la noche, pero ni un minuto más.
Para colmo, a los cariocas se les ocurrió la pésima idea de encapsular las comparsas en un sambódromo, que luego fue copiado por cantidad de ciudades de nuestra geografía, siempre tan originales. Fue así que el carnaval no solo se desparramó en el tiempo; también se encerró en corsódromos, quizá con la sana intención de no molestar el tránsito ni la vida normal de los centros urbanos. Parece razonable, pero justamente, al volverse tan largo la molestia terminó siendo insoportable. Un poco en Río de Janeiro, pero más en sus émulos mesopotámicos y guaraníes, se empezó a perder otra condición esencial del carnaval que es poner la ciudad patas arriba esos cuatro días de cada año, con un final a toda orquesta, pero abrupto, terminante, a las 12 de la noche del martes.
No es en contra de la estudiantina, ni del carnaval, ni de la cuarentena. Sí de la pérdida de tiempo de los estudiantes y de las molestias prolongadas a los posadeños, que estaríamos hartos del mismísimo Mozart si todos los días durante meses nos pusieran la número 40 a todo lo que da. Y muy a favor de una estudiantina que recupere la esencia original de la fiesta de los estudiantes: breve, intensa, urbana, divertida... con principio y con final tajantes, ineludibles.
10 de octubre de 2021
Dialecto inclusivo
Dialecto inclusivo es esa jerigonza que hablan los que descubrieron que el castellano era machista. La Real Academia Española, que nunca impone nada a los hablantes, ha explicado con pura lógica, que es una pretensión inútil hablar o escribir en inclusivo y recuerda lo que todo el mundo sabe respecto del castellano: usamos el masculino como genérico cuando nos referimos a un grupo de varones o de varones y mujeres, y usamos solo el femenino cuando hablamos de personas, animales o cosas solo de género femenino. Eso no es machismo sino la constante de un idioma que se hizo hablando y se me ocurre que también adorando a las mujeres antes de que quisieran rebajarse al nivel de los varones. Lejos de excluirlas, el castellano las honra como reinas, dedicándoles un tratamiento que no tienen sus vasallos.
Pero además resulta que los que hablan en inclusivo son los que más excluyen a uno u otro sexo porque, como es imposible hablar todo el tiempo con los dos géneros, incurren en constantes exclusiones. Si empiezan saludando a todas y a todos, cuando en el mismo discurso dicen trabajadores –no trabajadores y trabajadoras– se están refiriendo a los varones y excluyen a las mujeres. Se llenan la boca con todos y todas y cuando eligen el nombre para identificar a su propia alianza le clavan Frente de Todos. Si feminizan las profesiones deben masculinizar las que están en femenino, como dentista, periodista y futbolista; si dicen jueza a la juez, deberían decir nueza a la nuez; si dicen mano y no mana están confundiendo al público, igual que cuando dicen problema, teorema, diafragma o dogma; si dicen testigos a los varones deberían decir testigas a las mujeres, si dicen fiscala, también criminala... Son solo ejemplos de miles de palabras que serán siempre motivo de confusión porque no son las vocales las que definen el femenino o el masculino, como no son el celeste o el rosa los que determinan el sexo de las personas.
Hace tiempo que se feminizan algunos cargos que fueron ocupados durante siglos por los varones. Esos femeninos no siguen la lógica de la antigua semántica, que dice que embajadora, generala o presidenta es la mujer del embajador, del general o del presidente. La lógica que siguen esos femeninos es la de la madre superiora, que decimos hace siglos sin feminismos ni machismos, como mayora –que he oído más de una vez en el campo– para la primera de las hijas. Y ni la madre superiora ni la hermana mayora tienen nada que ver con inclusiones o exclusiones.
Algunos inclusivistas ocupan la e para los colectivos de varones y mujeres: dicen chiques porque en pibes la e les juega en contra. Y hay que suponer que los que dicen todos, todas y todes, ponen todes para los que han decidido no ser ni varones ni mujeres, pero entonces los que dicen todas y todos excluyen a los que no quieren tener género, que se llaman no binarios pero deberían ser no binaries... Y están los que, para hacerse los progres, pero sin complicarse tanto, usan solo los artículos en inclusivo y te clavan las y los ciudadanos, o los y las alumnas, así que dicen las ciudadanos y los alumnas: una contradicción abstrusa con cualquier sustantivo que tenga género.
El idioma es lo más democrático que hay. Intentar imponerlo es uno de los reflejos más cabales del autoritarismo, así que cada uno habla como quiere. Pero por favor no excluya a nadie en nombre de la inclusión, no se olvide de ningún género y perdone a sus interlocutores si no lo entienden o si se cansan de oír sus repeticiones interminables. Tenga en cuenta que la mayoría seguimos hablando en nuestro maravilloso castellano.
3 de octubre de 2021
Pensamiento obligatorio
El mejor modo de reconocer el trabajo de un periodista es enojarse ante lo que dice y el mejor modo de no reconocerlo es ignorarlo. Es que a los periodistas nada les reconforta tanto como provocar a los lectores: para eso están. Además, las reacciones son la señal elemental de lectura y como decía un viejo profesor, ser leído es la primera obligación de todo periodista. Lo bueno es que las redes sociales son una oportunidad magnífica para el feedback. Diarios antiguos, como El Territorio, han pasado decenas de años con casi nula retroalimentación de sus lectores: corrían tiempos en los que lo que decía el diario parecía sagrado porque no había modo de corregirlo, porque era muy difícil conocer los errores cometidos en los acontecimientos informados y porque no se interactuaba con opiniones contrarias. Felizmente el periodismo se ha vuelto mucho más cercano al diálogo con las audiencias que al monólogo que lo caracterizó durante siglos.
Cuando conté 273 comentarios a la columna del domingo pasado, dejé de contestarlos (habré llegado a contestar unos 50). Ese artículo resaltaba, una vez más, la desproporción del tiempo dedicado a la estudiantina durante cada año lectivo y me serví para eso del silencio de este septiembre, igual al del año pasado: un regalo impensado que vino con la pandemia y que me parecía que valía la pena capitalizar. No estoy de acuerdo en general con las pérdidas de tiempo y tampoco con la idea de elegir reinas y reyes, por considerarlo una cosificación de las personas, que no tienen ni culpa ni mérito de ser lindos o feos. Había algunos comentarios a favor, pero la inmensa mayoría eran en contra y creo que de ellos fueron solo cuatro los que no argumentaron con un insulto al autor de la nota. Paciencia paisano, que algo estarán queriendo decir...
Digo insultos porque considero un insulto mandar a cualquiera a una isla desierta, que para el caso es lo mismo que que desearle las delicias de un campo de concentración; o sostener que el que piensa distinto es un amargado; o pretender callar al interlocutor a los gritos, con mayúsculas; o afirmar gratuitamente que quien opinó algo debió tener una adolescencia infeliz; o expresar xenofobia argumentando que el que opina carece de derechos por no ser natural de Posadas; o suponer que el paso del tiempo –ser mayor– es suficiente para discriminar a las personas... Muchos de esos insultos, proferidos con nombre y apellido, son suficientes para que el Inadi actúe de oficio, pero ya se sabe que en tiempos de pensamiento obligatorio el Inadi prefiere perseguir a los que piensan distinto en cambio de evitar la discriminación. Esos comentarios ocuparon argumentos ad hominem: a la persona y no a las ideas de la persona. Como si para descalificar el pensamiento ajeno bastara decir que quien lo expresa es un burro, un viejo, un amargado, un extranjero, un improvisado o un idiota.
Insultar al que opina lo contrario nunca es el modo de rebatirlo. Es más que evidente que las opiniones se retrucan con otras opiniones y que, a pesar de ser mayoría o minoría –cosa imposible porque hay tantas opiniones como personas– pueden discutirse las ideas ajenas, pero siempre respetando al que las sostiene. Si las mayorías no respetan la opinión de las minorías caemos en la dictadura del pensamiento y si son las minorías las que imponen su opinión, entonces es tiranía lisa y llana. Y si seguimos así, terminaremos matándonos a machetazos; es el método que la humanidad ha usado unas cuantas veces para terminar con las ideas ajenas.
Confieso que me asustó esa violencia verbal, no por su dirección hacia mi propia opinión –ya dije que lo tengo como un halago– sino por lo que significa como argumento del debate público de las ideas en un país necesitado con urgencia del encuentro de todos los argentinos. Pero ese encuentro jamás debe consistir en la imposición de una opinión, por mayoritaria que sea, sino en convivir todos en un país libre, en el que pensar distinto no sea una debilidad sino una fortaleza.
Cuando conté 273 comentarios a la columna del domingo pasado, dejé de contestarlos (habré llegado a contestar unos 50). Ese artículo resaltaba, una vez más, la desproporción del tiempo dedicado a la estudiantina durante cada año lectivo y me serví para eso del silencio de este septiembre, igual al del año pasado: un regalo impensado que vino con la pandemia y que me parecía que valía la pena capitalizar. No estoy de acuerdo en general con las pérdidas de tiempo y tampoco con la idea de elegir reinas y reyes, por considerarlo una cosificación de las personas, que no tienen ni culpa ni mérito de ser lindos o feos. Había algunos comentarios a favor, pero la inmensa mayoría eran en contra y creo que de ellos fueron solo cuatro los que no argumentaron con un insulto al autor de la nota. Paciencia paisano, que algo estarán queriendo decir...
Digo insultos porque considero un insulto mandar a cualquiera a una isla desierta, que para el caso es lo mismo que que desearle las delicias de un campo de concentración; o sostener que el que piensa distinto es un amargado; o pretender callar al interlocutor a los gritos, con mayúsculas; o afirmar gratuitamente que quien opinó algo debió tener una adolescencia infeliz; o expresar xenofobia argumentando que el que opina carece de derechos por no ser natural de Posadas; o suponer que el paso del tiempo –ser mayor– es suficiente para discriminar a las personas... Muchos de esos insultos, proferidos con nombre y apellido, son suficientes para que el Inadi actúe de oficio, pero ya se sabe que en tiempos de pensamiento obligatorio el Inadi prefiere perseguir a los que piensan distinto en cambio de evitar la discriminación. Esos comentarios ocuparon argumentos ad hominem: a la persona y no a las ideas de la persona. Como si para descalificar el pensamiento ajeno bastara decir que quien lo expresa es un burro, un viejo, un amargado, un extranjero, un improvisado o un idiota.
Insultar al que opina lo contrario nunca es el modo de rebatirlo. Es más que evidente que las opiniones se retrucan con otras opiniones y que, a pesar de ser mayoría o minoría –cosa imposible porque hay tantas opiniones como personas– pueden discutirse las ideas ajenas, pero siempre respetando al que las sostiene. Si las mayorías no respetan la opinión de las minorías caemos en la dictadura del pensamiento y si son las minorías las que imponen su opinión, entonces es tiranía lisa y llana. Y si seguimos así, terminaremos matándonos a machetazos; es el método que la humanidad ha usado unas cuantas veces para terminar con las ideas ajenas.
Confieso que me asustó esa violencia verbal, no por su dirección hacia mi propia opinión –ya dije que lo tengo como un halago– sino por lo que significa como argumento del debate público de las ideas en un país necesitado con urgencia del encuentro de todos los argentinos. Pero ese encuentro jamás debe consistir en la imposición de una opinión, por mayoritaria que sea, sino en convivir todos en un país libre, en el que pensar distinto no sea una debilidad sino una fortaleza.
26 de septiembre de 2021
Lindo silencio de septiembre
Por eso el silencio es esencial, entre otras cosas, para ejercer el periodismo. El razonamiento es lineal: solo callándose la boca se puede oír lo que la gente tiene que decir; y a veces no es la gente sino la naturaleza, la historia, la cultura, las ciencias... A eso se llama contemplación y es una actividad elemental para los que quieren oír a los demás. También los creyentes sabemos que no hay otro modo de oír la voz de Dios, que nos habla a través de infinitos canales y con infinitos registros de voz.
Por eso, cuando vea (oiga) en una entrevista que el periodista habla más que el entrevistado, puede estar seguro de que es un mal periodista. Lo más probable es que hable de él (de ella, si es mujer) y que el protagonista sea el periodista y no el entrevistado. Hay muchos casos y muy conocidos de periodistas que tapan con su presencia la realidad que intentan entender y luego la pasan al público en forma de noticias o comentarios defectuosos.
¿Se dio cuenta de la paz que hay en Posadas este mes de septiembre? Es la paz que uno encuentra cuando sale de un ambiente con ruido, como cuando llega al campo y oye el silencio, cuando se acaba el rumor de los autos, el zumbido de las heladeras, el murmullo constante de la gente. Entonces puede oírse la conversación de los zorzales, el soplo del viento entre las hojas de los árboles o el tintineo del agua de una vertiente.
Este mes de septiembre, como el del año pasado, nos sorprendió el silencio gracias a la pandemia del covid. Es curioso que haya que agradecerle algo al coronavirus, pero sí, tenemos que agradecerle el silencio de septiembre, y de agosto, y de julio y quizá también de octubre y hasta de noviembre. Es que tenemos que agradecerle ¡dos años sin estudiantina!
Fueron dos años sin los ensayos de casi todos los días y sin los desfiles y toda la parafernalia estudiantil, pero sobre todo fueron dos años sin la pérdida de tiempo que supone pasarse las tardes tocando el tambor y ensayando pasos en lugar de estudiar. Quiero decir que los que ganaron no son solo nuestros tímpanos y la paz de nuestros espíritus, sino sobre todo el tiempo de nuestros estudiantes, ya bastante maltratado por la pandemia del coronavirus.
Me preguntaba si servirán estos dos años sin estudiantina para darnos cuenta de la necesidad de ejercitar más el cerebro que la pandereta; o de hacerla en carnaval, que es su momento apropiado y para eso cae en verano.
Está bien celebrar la juventud, pero en su justa medida: basta y sobra con un día que alguien instituyó como del estudiante. Imagínese si las secretarias celebraran su día con desfiles y escolas de samba ensayados durante meses... y las madres, los médicos, los empleados de comercio, los periodistas, los bancarios, los veterinarios y los fabricantes de alfajores...
La estudiantina se llama así por los estudiantes, pero para ser estudiante hay que estudiar; si siguen tocando el tambor en lugar de estudiar, corre el riesgo de perder su materia prima.
19 de septiembre de 2021
Sobrecarga de WhatsApp
WhatsApp tiene dos opciones para integrar colectivos de personas en comunicaciones grupales: las listas de difusión y los grupos de chat; los dos incluyen, como máximo, 256 participantes. En las listas de difusión solo habla el que manda los mensajes, llamado administrador. Los grupos de chat, en cambio, son de ida y vuelta: todos pueden hablar porque son una conversación (un chat). Como es lógico, las listas sirven para situaciones muy diferentes a los grupos y son ideales cuando la comunicación debe ser unilateral porque basta con un solo emisor de los mensajes colectivos. Los chats, en cambio, son multilaterales: todos pueden participar con sus aportes, sus datos y sus opiniones. Esta columna es sobre los grupos de chat y algunos de sus participantes.
La historia puede ser así y puede repetirse en situaciones infinitas: gracias a la feliz idea de uno de ellos, los padres de los alumnos de tercer grado arman un grupo de WhatsApp para pasarse noticias sobre sus hijos y el colegio. Feliz idea, digo, porque el grupo se convierte en una charla a distancia sobre intereses comunes. Lo mismo pasa con grupos familiares, de colegas, compañeros de trabajo, alumnos y exalumnos, barras de amigos, consorcios, vecinos del barrio preocupados por la seguridad, deportes en equipo... Hay para todo, pero muchos de ellos ya son imprescindibles, tienen un fin determinado y cada vez estamos en más, con la natural sobrecarga por tanto grupo. Sirven para mantener o prolongar una conversación y el tema es el que se ha establecido de antemano. Son útiles porque ahorran tiempo y facilitan la comunicación necesaria.
Como son una conversación continuada, no hay ninguna necesidad de saludar cada vez que se entra y si uno saluda no hacen falta 132 respuestas al saludo. Para felicitar por los cumpleaños están los mensajes privados, pero se entiende que alguien prefiera hacerlo en el grupo: en ese caso no es obligación que los 47 integrantes feliciten ensayando cada uno un mensaje más original que el anterior. Lo mismo con los agradecimientos: 89 gracias son un poco mucho, aunque sea con emojis de aplausos o de pulgares para arriba. Otra cosa: a los grupos mejor mandar textos que mensajes grabados; por la brevedad, pero sobre todo porque es imposible recordar el contenido de esos mensaje y en lugar de verlos de un pantallazo hay que volver a oírlos enteros cada vez, con sus saludos y sus frases inútiles y repetidas.
Pero además, en todos los grupos hay uno, dos, tres integrantes –que hoy me van a tildar de argel– que no se pueden contener y mandan opiniones políticas, chistes, consejos saludables, pornografía... Así, en el grupo de padres de tercero, el 25 de mayo uno sube una grabación de 16 minutos con el himno nacional cantado por un coro de mudos; otro día aparece un video que muestra cómo quedaron los corderos que mató un puma en La Pampa; después viene el de las gorditas haciendo strip-tease; un chamamé en el festival de Cosquín; los Simspon con diálogos sobre la actualidad económica; memes de políticos diciendo incongruencias; chistes sobre el alcohol que tomamos; sobre lo viejos que estamos; sobre maridos, mujeres y suegras; fotos de parrillas repletas y selfies de los que se están comiendo el asado... Todos los mensajes van con sus respectivos aplausos, pulgares, botellas que hacen ¡pum!, tortas, brindis y cañitas voladoras.
Este es un llamado a la solidaridad: si tiene que mandar un mensaje personal a uno de los integrantes del grupo, mándeselo directamente; los demás no tienen por qué enterarse. Pero sobre todo respete a rajatabla el fin de cada grupo. Intervenga solo cuando sea necesario y sea breve y conciso. Tenga en cuenta que cada uno de los interlocutores entenderá su mensaje de un modo distinto, y cuanto más largo y complicado, más equívoco será el mensaje.
La historia puede ser así y puede repetirse en situaciones infinitas: gracias a la feliz idea de uno de ellos, los padres de los alumnos de tercer grado arman un grupo de WhatsApp para pasarse noticias sobre sus hijos y el colegio. Feliz idea, digo, porque el grupo se convierte en una charla a distancia sobre intereses comunes. Lo mismo pasa con grupos familiares, de colegas, compañeros de trabajo, alumnos y exalumnos, barras de amigos, consorcios, vecinos del barrio preocupados por la seguridad, deportes en equipo... Hay para todo, pero muchos de ellos ya son imprescindibles, tienen un fin determinado y cada vez estamos en más, con la natural sobrecarga por tanto grupo. Sirven para mantener o prolongar una conversación y el tema es el que se ha establecido de antemano. Son útiles porque ahorran tiempo y facilitan la comunicación necesaria.
Como son una conversación continuada, no hay ninguna necesidad de saludar cada vez que se entra y si uno saluda no hacen falta 132 respuestas al saludo. Para felicitar por los cumpleaños están los mensajes privados, pero se entiende que alguien prefiera hacerlo en el grupo: en ese caso no es obligación que los 47 integrantes feliciten ensayando cada uno un mensaje más original que el anterior. Lo mismo con los agradecimientos: 89 gracias son un poco mucho, aunque sea con emojis de aplausos o de pulgares para arriba. Otra cosa: a los grupos mejor mandar textos que mensajes grabados; por la brevedad, pero sobre todo porque es imposible recordar el contenido de esos mensaje y en lugar de verlos de un pantallazo hay que volver a oírlos enteros cada vez, con sus saludos y sus frases inútiles y repetidas.
Pero además, en todos los grupos hay uno, dos, tres integrantes –que hoy me van a tildar de argel– que no se pueden contener y mandan opiniones políticas, chistes, consejos saludables, pornografía... Así, en el grupo de padres de tercero, el 25 de mayo uno sube una grabación de 16 minutos con el himno nacional cantado por un coro de mudos; otro día aparece un video que muestra cómo quedaron los corderos que mató un puma en La Pampa; después viene el de las gorditas haciendo strip-tease; un chamamé en el festival de Cosquín; los Simspon con diálogos sobre la actualidad económica; memes de políticos diciendo incongruencias; chistes sobre el alcohol que tomamos; sobre lo viejos que estamos; sobre maridos, mujeres y suegras; fotos de parrillas repletas y selfies de los que se están comiendo el asado... Todos los mensajes van con sus respectivos aplausos, pulgares, botellas que hacen ¡pum!, tortas, brindis y cañitas voladoras.
Este es un llamado a la solidaridad: si tiene que mandar un mensaje personal a uno de los integrantes del grupo, mándeselo directamente; los demás no tienen por qué enterarse. Pero sobre todo respete a rajatabla el fin de cada grupo. Intervenga solo cuando sea necesario y sea breve y conciso. Tenga en cuenta que cada uno de los interlocutores entenderá su mensaje de un modo distinto, y cuanto más largo y complicado, más equívoco será el mensaje.
12 de septiembre de 2021
Lo que me enseñó mi gato
Un día el gato se murió y lo enterramos en el fondo del jardín. Ese día empezaron a rondar los ratones de un arroyo cercano, así que nos agenciamos un gatito cachorro, negro como el carbón, gracias a la generosidad de unos amigos. Venía con el consejo de castrarlo cuanto antes, además de darle algo contra los parásitos. Como no tenía ninguna experiencia con gatos, pregunté por qué había que castrarlo y me explicaron que así no andaría peleando, se quedaría tranquilo en la casa y estaría menos expuesto a enfermedades.
Se me ocurría que, si lo queríamos para ahuyentar ratones, mejor sería un gato entero, con carácter, que cuide su territorio y que tenga ganas de pelear con cualquier animal que se lo dispute. Pero esa no fue la verdadera razón para no castrarlo, por lo menos hasta ahora... Me pregunté si le gustaría que lo castre y la respuesta en mi conciencia fue inmediata: ¡estás loco! ¿cómo lo vas a castrar, si lo único que le importa en la vida es comer la rica comida que le regalás todos los días y andar con las gatas del vecindario? Si le dieras a elegir, preferirá un millón de veces las heridas de la pelea con otros gatos y hasta la mismísima muerte antes que perder su condición de macho de la cuadra.
Hasta aquí la historia de mi gato, que cuando caza un ratón viene a mostrarlo como un trofeo, y cada tanto desaparece un par de días para volver agotado a comer y dormir, pero con cara de galán satisfecho. La cuento para volver sobre la idea que motivó esta columna hace un par de semanas: la lección de los carpinchos de Nordelta, en el partido bonaerense de Tigre. Es cierto que ellos estaban primero, pero ese no es el punto porque los humanos debemos convivir con el resto de la Creación, entre otras cosas porque si no lo hacemos, nos extinguiremos como cualquier animal que termina con las especies que lo alimentan.
Hay dos términos de la ecuación de la supervivencia que hay que tener en cuenta: somos depredadores de animales, vegetales y minerales y también somos parte esencial de la naturaleza: quiero decir que la naturaleza cuenta con nosotros como cuenta con el sol, el hidrógeno y el oxígeno. Depredamos sin piedad el litio, la sal, el agua; quemamos las selvas, los bosques y los pastizales, arrinconamos hasta la extinción a las yacutingas, los yaguaretés y las harpías... Pero también somos capaces de cultivar cereales para alimentar a todo el mundo; de criar ganado para usar su leche, su carne y su piel; de depurar el agua contaminada para reciclarla hasta el infinito; de inventar transgénicos, vacunas y máquinas que multiplican nuestro esfuerzo para aumentar exponencialmente los frutos de la tierra. Las especies animales que menos peligro corren son las que más matamos –y también las que más castramos– como bovinos, ovinos, porcinos o gallinas. Cuando se terminen las corridas de toros se extinguirán los toros bravos; y si desaparecieran los diarios desaparecerán también inmensas extensiones de bosques que se plantan para fabricar papel prensa.
Somos parte de la naturaleza. Solo tenemos que convivir con ella porque dependemos unos de otros, los humanos, los carpinchos, los naranjos y el agua fresca. Pero por ser libres, somos, además, la única especie capaz de degradarla y a veces pareciera que estamos empeñados en ese objetivo. Eso no es inteligencia humana: es angurria, mezquindad, egoísmo... algo que no tiene ninguna otra especie animal y que mi gato me lo recuerda todos los días.
Se me ocurría que, si lo queríamos para ahuyentar ratones, mejor sería un gato entero, con carácter, que cuide su territorio y que tenga ganas de pelear con cualquier animal que se lo dispute. Pero esa no fue la verdadera razón para no castrarlo, por lo menos hasta ahora... Me pregunté si le gustaría que lo castre y la respuesta en mi conciencia fue inmediata: ¡estás loco! ¿cómo lo vas a castrar, si lo único que le importa en la vida es comer la rica comida que le regalás todos los días y andar con las gatas del vecindario? Si le dieras a elegir, preferirá un millón de veces las heridas de la pelea con otros gatos y hasta la mismísima muerte antes que perder su condición de macho de la cuadra.
Hasta aquí la historia de mi gato, que cuando caza un ratón viene a mostrarlo como un trofeo, y cada tanto desaparece un par de días para volver agotado a comer y dormir, pero con cara de galán satisfecho. La cuento para volver sobre la idea que motivó esta columna hace un par de semanas: la lección de los carpinchos de Nordelta, en el partido bonaerense de Tigre. Es cierto que ellos estaban primero, pero ese no es el punto porque los humanos debemos convivir con el resto de la Creación, entre otras cosas porque si no lo hacemos, nos extinguiremos como cualquier animal que termina con las especies que lo alimentan.
Hay dos términos de la ecuación de la supervivencia que hay que tener en cuenta: somos depredadores de animales, vegetales y minerales y también somos parte esencial de la naturaleza: quiero decir que la naturaleza cuenta con nosotros como cuenta con el sol, el hidrógeno y el oxígeno. Depredamos sin piedad el litio, la sal, el agua; quemamos las selvas, los bosques y los pastizales, arrinconamos hasta la extinción a las yacutingas, los yaguaretés y las harpías... Pero también somos capaces de cultivar cereales para alimentar a todo el mundo; de criar ganado para usar su leche, su carne y su piel; de depurar el agua contaminada para reciclarla hasta el infinito; de inventar transgénicos, vacunas y máquinas que multiplican nuestro esfuerzo para aumentar exponencialmente los frutos de la tierra. Las especies animales que menos peligro corren son las que más matamos –y también las que más castramos– como bovinos, ovinos, porcinos o gallinas. Cuando se terminen las corridas de toros se extinguirán los toros bravos; y si desaparecieran los diarios desaparecerán también inmensas extensiones de bosques que se plantan para fabricar papel prensa.
Somos parte de la naturaleza. Solo tenemos que convivir con ella porque dependemos unos de otros, los humanos, los carpinchos, los naranjos y el agua fresca. Pero por ser libres, somos, además, la única especie capaz de degradarla y a veces pareciera que estamos empeñados en ese objetivo. Eso no es inteligencia humana: es angurria, mezquindad, egoísmo... algo que no tiene ninguna otra especie animal y que mi gato me lo recuerda todos los días.
5 de septiembre de 2021
Voto obligatorio
En las elecciones provinciales del pasado 6 de junio votó alguito menos del 60 % del padrón electoral de Misiones, un 12 % menos que en las elecciones de 2019. Le recuerdo, por las dudas, que votar es una obligación, como pagar los impuestos o parar cuando el semáforo se pone rojo.
Votar es obligación en la Argentina desde la ley 8.871, sancionada en 1912 –la llamada Ley Sáenz Peña– que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio, pero solo para los varones entre los 18 y los 70 años. Faltaban casi 40 años para que las mujeres también pudieran votar: tuvieron que esperar hasta el 11 de noviembre de 1951. El voto fue obligatorio, entonces, desde 1912 hasta –más o menos– cuando el documento nacional de identidad se unificó con la cédula de identidad en el carnet con onda tarjeta de crédito que hoy tenemos: pienso que desde entonces, al complicarse la certificación del voto, pasó a ser una obligación de derecho pero no de hecho.
En tiempos de la Libreta de Enrolamiento o del Documento Nacional de Identidad (DNI), que también era una libreta pero más chica, cada votación constaba con el sello y la firma del presidente de mesa, que se estampaba en el último casillero vacío de unos cuantos que tenían esos documentos en sus páginas. Las libretas servían también para anotar los datos relativos al servicio militar de los varones. La de enrolamiento era más grande que un pasaporte y contenía hasta un mapa político de la Argentina, la letra completa del himno y las ilustraciones del escudo, la bandera y la escarapela nacionales. En esa época, el documento de las mujeres era más chico, y se llamaba Libreta Cívica.
Los documentos-libreta certificaban no solo la identidad y el estado militar sino también también cada voto. Si faltaba el sello de la última elección, podían complicarse algunos trámites, pero también podían impedir salir del país o cobrar una multa por no votar.
El estado tiene medios para saber quiénes votaron y quiénes no y por tanto quiénes son pasibles de sanciones por no votar, pero esas sanciones hoy son una multa y tan irrisoria que ni vale la pena intentar cobrarlas. De cualquier modo, esa obligación se había vuelto irrelevante cuando, mucho antes del cambio en los documentos, los gobiernos empezaron a amnistiar a los que no votaban poco tiempo después de cada elección.
Es curioso que en un país donde el voto es obligatorio, los candidatos tengan que rogar a la gente que vaya a votar. Dicen los panelistas de los canales de televisión que las razones del escaso porcentaje de votantes están entre la pandemia y la apatía por la política. Puede ser. También dicen que, a nivel nacional, la abstención favorecerá al oficialismo y perjudicará a la oposición. Otro puede ser. Pero si el voto es obligatorio y la capacidad de sancionar corresponde al gobierno, sorprende que sea la oposición la que insiste con su cantinela para que vayamos a votar, mientras que el oficialismo y su aparato de campaña pasan completamente de recordar a los ciudadanos que tienen que cumplir con esa obligación cívica.
Nuestro porcentaje de abstención es el de cualquier país en el que no es obligación votar: más bajo que el de Francia y de Alemania, parecido al de España y un poco más alto que el de los Estados Unidos. El voto obligatorio en la Argentina cayó en desuso sin que nadie lo derogue, quizá porque no nos gusta que nos obliguen a hacer nada. Por eso estoy seguro de que en un país de retobados, como el nuestro, mejoraría la participación si el voto no fuera obligatorio.
Votar es obligación en la Argentina desde la ley 8.871, sancionada en 1912 –la llamada Ley Sáenz Peña– que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio, pero solo para los varones entre los 18 y los 70 años. Faltaban casi 40 años para que las mujeres también pudieran votar: tuvieron que esperar hasta el 11 de noviembre de 1951. El voto fue obligatorio, entonces, desde 1912 hasta –más o menos– cuando el documento nacional de identidad se unificó con la cédula de identidad en el carnet con onda tarjeta de crédito que hoy tenemos: pienso que desde entonces, al complicarse la certificación del voto, pasó a ser una obligación de derecho pero no de hecho.
En tiempos de la Libreta de Enrolamiento o del Documento Nacional de Identidad (DNI), que también era una libreta pero más chica, cada votación constaba con el sello y la firma del presidente de mesa, que se estampaba en el último casillero vacío de unos cuantos que tenían esos documentos en sus páginas. Las libretas servían también para anotar los datos relativos al servicio militar de los varones. La de enrolamiento era más grande que un pasaporte y contenía hasta un mapa político de la Argentina, la letra completa del himno y las ilustraciones del escudo, la bandera y la escarapela nacionales. En esa época, el documento de las mujeres era más chico, y se llamaba Libreta Cívica.
Los documentos-libreta certificaban no solo la identidad y el estado militar sino también también cada voto. Si faltaba el sello de la última elección, podían complicarse algunos trámites, pero también podían impedir salir del país o cobrar una multa por no votar.
El estado tiene medios para saber quiénes votaron y quiénes no y por tanto quiénes son pasibles de sanciones por no votar, pero esas sanciones hoy son una multa y tan irrisoria que ni vale la pena intentar cobrarlas. De cualquier modo, esa obligación se había vuelto irrelevante cuando, mucho antes del cambio en los documentos, los gobiernos empezaron a amnistiar a los que no votaban poco tiempo después de cada elección.
Es curioso que en un país donde el voto es obligatorio, los candidatos tengan que rogar a la gente que vaya a votar. Dicen los panelistas de los canales de televisión que las razones del escaso porcentaje de votantes están entre la pandemia y la apatía por la política. Puede ser. También dicen que, a nivel nacional, la abstención favorecerá al oficialismo y perjudicará a la oposición. Otro puede ser. Pero si el voto es obligatorio y la capacidad de sancionar corresponde al gobierno, sorprende que sea la oposición la que insiste con su cantinela para que vayamos a votar, mientras que el oficialismo y su aparato de campaña pasan completamente de recordar a los ciudadanos que tienen que cumplir con esa obligación cívica.
Nuestro porcentaje de abstención es el de cualquier país en el que no es obligación votar: más bajo que el de Francia y de Alemania, parecido al de España y un poco más alto que el de los Estados Unidos. El voto obligatorio en la Argentina cayó en desuso sin que nadie lo derogue, quizá porque no nos gusta que nos obliguen a hacer nada. Por eso estoy seguro de que en un país de retobados, como el nuestro, mejoraría la participación si el voto no fuera obligatorio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)