Árboles. Se están plantando más árboles en los espacios públicos y eso es una gran noticia. Hay que seguir hasta conseguir que todas las veredas de la ciudad tengan árboles, pero también hasta que se pueda caminar bajo la fresca sombra de plantas nativas por la costa del Paraná, desde el Mártires hasta el Garupá y el motivo principal es la salud de los posadeños. Una cosa nomás: las plantes en la naturaleza no crecen en fila... quizá un paisajista pueda mejorar esas plantaciones para que no parezcan una forestación.
Banderas. Las de los países de Nuestra América que adornan la rotonda de Mitre y la Costanera tienen dos errores. Desde el año 2001, no existen más las letras compuestas, así que las 27 letras de nuestro abecedario son todas simples. La ch y la ll dejaron de existir como letras independientes. Así que en el orden alfabético la ch va adentro y no después de la c. Como consecuencia, Chile va antes y no después de Colombia en el orden de las banderas. Entre esas banderas figura la de la Guayana Francesa, así que se puede argumentar con toda lógica que si está la bandera de una colonia francesa, debería estar también la de las Falkland: la otra colonia europea en suelo americano. Solución: reemplazar esa bandera por la de Trinidad y Tobago.
Semáforos. Hace años que Posadas tiene la mayoría de los semáforos colocados antes de cruzar la bocacalle y no del otro lado. Gracias a los cambios de mano de algunas avenidas los semáforos han quedado donde deben por pura seredipia y no por disposición de nadie. Los semáforos antes de cruzar la calle hacen que se pierda espacio, ya que solo se pueden ver a una distancia de por lo menos dos autos que entrarían en esos lugares, que para colmo son ocupados por motos, generalmente bastante lentas. Además, casi todas las multas por pasar los semáforos en rojo pueden ser impugnadas, ya que el infractor puede alegar que pasó en verde o en amarillo y se puso rojo mientras pasaba.
Motos. Se está volviendo difícil circular en auto y en moto por las avenidas por la cantidad de motos que las transitan. Si sigue aumentando el número de motos y no se reglamenta su circulación, aumentarán drásticamente los accidentes protagonizados por motociclistas. Al paso que vamos, habrá que dedicar calles y avenidas (o un sector de ellas) exclusivamente para motos.
Bicicletas. También van en aumento y quizá puedan compartir esas calles y avenidas en lugar de usar bicisendas de ocasión, que se armaron sin más infraestructura que un poco de pintura y palitos verticales que obligan a los usuarios a pedalear por un cordón cuneta, sortear bajadas de autos, tachos de basura, alcantarillas y otros obstáculos habituales en nuestras avenidas. Para colmo las bicisendas se trazaron con doble mano en avenidas que ahora son de una sola, así que la mitad de los ciclistas no tienen más remedio que circular a contramano y pasar los semáforos a ciegas.
Taxis. No se puede creer la cantidad de taxis y remises de la ciudad que circulan con las patentes tapadas por una cinta roja. Eso es impunidad obscena.
Relojes. Por vandalismo o por desidia, ningún reloj público de la ciudad da la hora: ni los del centro, ni los de las Costanera, ni el del Mástil. Y un reloj que no da la hora es tan inútil como quienes los pusieron sin prever ni un segundo de mantenimiento. Hay que arreglarlos y mantenerlos, pero si han decidido no hacerlo, lo mejor sería sacarlos y poner árboles en su lugar, que por lo menos darán sombra y la sombra da la hora a los humanos mucho antes de que se inventara el reloj de agujas.
5 de diciembre de 2021
28 de noviembre de 2021
El poder, en la unión y no en la división
Solo para compararlas, le recuerdo la elección presidencial del pasado 11 de abril en el Perú. Ese día el candidato de la izquierda, Pedro Castillo, obtuvo el 18,92 % y la de la derecha, Keiko Fujimori, el 13,41 %, y como es lógico con estos números, los demás candidatos estaban muy cerca. En la segunda vuelta –el 6 de junio– ganó Castillo con 50,13 % sobre Keiko con 49,87 % (apenas un cuarto de punto porcentual, formado por tan solo 44.263 votos). Como suele ocurrir con estas diferencias, estuvieron contando y recontando votos hasta pocos días antes de la fecha fijada para la jura del nuevo presidente.
Una vez proclamado vencedor, Pedro Castillo asumió el 28 de julio, pero acto seguido hizo lo contrario de lo que indicaría la prudencia política: armó su gobierno con personajes extremos y no hizo ninguna concesión a la oposición, que, como es evidente, representa la mitad de la población del Perú. Decía entonces, y lo sigo sosteniendo, que es una picardía del sistema de doble vuelta electoral, pensado para ensanchar las diferencias más que para emparejarlas, y así dar más poder al vencedor. Pero la paridad era una posibilidad, y en ese caso lo que indicaría la prudencia política es conseguir el poder en el consenso, armando un gobierno de coalición con políticas acordadas entre las dos posiciones tan opuestas. Pero Castillo no apostó al consenso sino al disenso y en pocos meses de gobierno ya cuenta tres crisis bastante serias y su gestión se está volviendo cuesta arriba. Por más imprudente que parezca, está en pleno derecho de intentarlo: así funciona el sistema presidencial, aunque en el caso del Perú tiene leves reflejos parlamentarios, como el voto de confianza por el que debe pasar todo gabinete de ministros ante el Congreso de la Nación.
Ahora pareciera que en Chile se va a repetir la paridad del Perú en la segunda vuelta de diciembre. Y salga quien salga electo, no parece buena idea radicalizar las posturas. Hasta ahora, y ante la necesidad de ganar los votos moderados, ambos candidatos están volviéndose más parecidos a los votantes tradicionales que llevaron al poder dos veces a Piñera y y otras dos a Bachelet.
Es imposible gobernar solo la mitad de un país. Por eso es necesario acordar; ceder de los dos lados, que es la única forma de ponerse de acuerdo en todo. La lección del Perú debería servir a los chilenos para que el gobierno –de Kast o de Boric– no se vuelva un infierno. Y también es una lección para nosotros, que no estamos pudiendo escapar de dos posturas que solo buscan el poder en la división cuando es evidente que hay que encontrarlo en la unión de los argentinos.
21 de noviembre de 2021
Política que atrasa
Nuestra política atrasa. No digo que vaya para atrás porque ir para atrás es una forma de avanzar, aunque sea hacia otro lado, que es lo mejor que puede pasar cuando uno está equivocado. Estoy diciendo que nuestra política tiene el almanaque de hace por lo menos 40 años. Lógicamente todo esto es discutible, por eso aclaro que se trata de un ensayo, de una tesis que que trataré de demostrar a partir de algunas hipótesis que me parecen suficientes. Se entiende que la política vaya detrás de los cambios sociales, pero no tan atrás. Y lo que no se entiende es que intente contener esos cambios como un dique retiene el agua de un río.
La política es el arte de buscar el bien común y no el bienestar de los políticos. De alcanzar el poder para ocuparse de la felicidad de cada uno y de la sociedad a la que sirve, y no la búsqueda del poder por el poder mismo. El Papa Francisco dedica un capítulo entero –el quinto– de la encíclica Fratelli Tutti a desarrollar esta idea y me consta que años antes de ser Papa llamaba Alta Política a esta idea, y lo pongo con mayúsculas porque se lo merece. Traigo ahora solo esta cita para recordarlo, pero vale la pena que nuestros políticos lean y relean ese capítulo entero por lo menos una vez al año:
Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.
La política debe seguir la voluntad de todos los votantes (los que ganan y los que no) antes de intentar adaptar el pensamiento de ellos al de los políticos. Por eso es curiosos que quienes no ganan una elección intenten a toda costa ganar la siguiente comprando la voluntad de los electores. El clientelismo, todavía habitual en nuestra cultura política, es tan anacrónico como la veda de propaganda y de encuestas días antes de las elecciones, o la prohibición de vender bebidas alcohólicas, o el voto obligatorio, o las listas sábana; y tan antediluviano como fue, durante la mitad del siglo pasado, el voto solo masculino. El voto femenino llegó a nuestro país 40 años después del mal llamado voto universal, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña. Quiere decir que oficialmente, y durante por lo menos 40 años, nuestros políticos no consideraron a la mujer dentro del concepto universal... Ya se ve que el atraso no es cosa tan nueva.
Esa brecha, redondeada en 40 años, da una probable cifra del retraso de la política argentina. Lógicamente es una estimación retórica, una licencia que sirve, por ejemplo, para explicar las sorpresas electorales. La política está siempre atrás de los cambios tecnológicos y sociales; no tiene ni idea de lo que pasa por la cabeza del pueblo y mucho menos de la generación más joven. El mismo concepto de clase política es otra muestra. A veces pareciera que viven en una isla de afortunados, o en una pecera de oro, disfrutando de las mieles del poder y completamente alejados de las necesidades del pueblo que representan como gobierno o como oposición, que en esto son iguales.
Y para terminar con las hipótesis, formulo la de los marketineros políticos: esos personajes bien caros, capaces de crear candidatos como un producto que hay que vender a un público medio tonto y bastante aborregado. Elegimos candidatos y no gobernantes, porque el negocio de marketing es ganar elecciones a como dé lugar y sin importar lo que pasa después. Así solo prosperan los proyectos de poder que se imponen a los proyectos de país, de los que la Argentina está huérfana hace bastante más que 40 años.
La política es el arte de buscar el bien común y no el bienestar de los políticos. De alcanzar el poder para ocuparse de la felicidad de cada uno y de la sociedad a la que sirve, y no la búsqueda del poder por el poder mismo. El Papa Francisco dedica un capítulo entero –el quinto– de la encíclica Fratelli Tutti a desarrollar esta idea y me consta que años antes de ser Papa llamaba Alta Política a esta idea, y lo pongo con mayúsculas porque se lo merece. Traigo ahora solo esta cita para recordarlo, pero vale la pena que nuestros políticos lean y relean ese capítulo entero por lo menos una vez al año:
Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.
La política debe seguir la voluntad de todos los votantes (los que ganan y los que no) antes de intentar adaptar el pensamiento de ellos al de los políticos. Por eso es curiosos que quienes no ganan una elección intenten a toda costa ganar la siguiente comprando la voluntad de los electores. El clientelismo, todavía habitual en nuestra cultura política, es tan anacrónico como la veda de propaganda y de encuestas días antes de las elecciones, o la prohibición de vender bebidas alcohólicas, o el voto obligatorio, o las listas sábana; y tan antediluviano como fue, durante la mitad del siglo pasado, el voto solo masculino. El voto femenino llegó a nuestro país 40 años después del mal llamado voto universal, secreto y obligatorio de la Ley Sáenz Peña. Quiere decir que oficialmente, y durante por lo menos 40 años, nuestros políticos no consideraron a la mujer dentro del concepto universal... Ya se ve que el atraso no es cosa tan nueva.
Esa brecha, redondeada en 40 años, da una probable cifra del retraso de la política argentina. Lógicamente es una estimación retórica, una licencia que sirve, por ejemplo, para explicar las sorpresas electorales. La política está siempre atrás de los cambios tecnológicos y sociales; no tiene ni idea de lo que pasa por la cabeza del pueblo y mucho menos de la generación más joven. El mismo concepto de clase política es otra muestra. A veces pareciera que viven en una isla de afortunados, o en una pecera de oro, disfrutando de las mieles del poder y completamente alejados de las necesidades del pueblo que representan como gobierno o como oposición, que en esto son iguales.
Y para terminar con las hipótesis, formulo la de los marketineros políticos: esos personajes bien caros, capaces de crear candidatos como un producto que hay que vender a un público medio tonto y bastante aborregado. Elegimos candidatos y no gobernantes, porque el negocio de marketing es ganar elecciones a como dé lugar y sin importar lo que pasa después. Así solo prosperan los proyectos de poder que se imponen a los proyectos de país, de los que la Argentina está huérfana hace bastante más que 40 años.
14 de noviembre de 2021
Hacia dónde vamos
En la Argentina también discutimos poder, no discutimos proyecto de Nación, no discutimos a dónde vamos, no pensamos a dónde tenemos que ir. No nos podemos poner a pensar juntos, sino que discutimos poder; poder mediático, poder económico, poder político (...) así como los apóstoles discutían quién era el primero, Jesús se desangraba tratando de comunicarse con ellos para que lo entendieran. Así también muchas veces nosotros –y también en la Argentina– caemos en la trampa de las discusiones de poder, sin animarnos a pensar juntos lo esencial, hacia dónde vamos.

Curiosa coincidencia entre Oscar Ojea y Julio Sanguinetti, que hoy, día de elecciones de medio término, me sirven para volver a decir para quien quiera oírlo que la Argentina necesita con urgencia saber a dónde va y quienes debemos decidirlo somos el pueblo de la nación. El pueblo –el verdadero soberano– es el que manda y los candidatos que elige son sus mandatarios. Aunque haya pasado muchas veces en la Argentina, las elecciones no son un cheque en blanco para que los que resulten elegidos hagan con el poder lo que quieran.
Nos hemos acostumbrado considerar las elecciones como el único reflejo democrático de nuestra sociedad y eso nos ha llevado a votar candidatos fabricados para proyectos de poder. Los elegimos para que, una vez ganadas las elecciones, hagan con el poder lo que quieran o ni siquiera sepan qué hacer con el poder que les otorgamos. Por eso dice don Ojea que hay proyectos de poder y no proyectos de país y don Sanguinetti que no vamos a ningún lado porque nuestros políticos suelen ser solo cazadores de poder, para ellos y para sus organizaciones. Supongo que aquí hay responsabilidad compartida de los fabricantes de candidatos, que viven del sistema con muy buenas ganancias, pero ese es otro tema que merece una columna aparte.
Las elecciones no son un concurso ni una lotería y no debieran ser festejadas como si lo fueran. Salir elegido es una responsabilidad muy grande, que debe tener en cuenta la voluntad de todo el pueblo, porque el mensaje de las urnas es completo, del primero al último voto. Así es la democracia.
Nos hemos acostumbrado considerar las elecciones como el único reflejo democrático de nuestra sociedad y eso nos ha llevado a votar candidatos fabricados para proyectos de poder. Los elegimos para que, una vez ganadas las elecciones, hagan con el poder lo que quieran o ni siquiera sepan qué hacer con el poder que les otorgamos. Por eso dice don Ojea que hay proyectos de poder y no proyectos de país y don Sanguinetti que no vamos a ningún lado porque nuestros políticos suelen ser solo cazadores de poder, para ellos y para sus organizaciones. Supongo que aquí hay responsabilidad compartida de los fabricantes de candidatos, que viven del sistema con muy buenas ganancias, pero ese es otro tema que merece una columna aparte.
Las elecciones no son un concurso ni una lotería y no debieran ser festejadas como si lo fueran. Salir elegido es una responsabilidad muy grande, que debe tener en cuenta la voluntad de todo el pueblo, porque el mensaje de las urnas es completo, del primero al último voto. Así es la democracia.
7 de noviembre de 2021
La elección del domingo
El domingo que viene hay elecciones para renovar parcialmente el Congreso de la Nación. Por si no lo recuerda, nuestros senadores duran seis años en el cargo y se renuevan por tercios cada dos años, mientras que el mandato de los diputados dura cuatro y se renuevan por mitades cada dos. A la provincia de Misiones no le toca este año renovar senadores y sí tres de sus diputados, que son siete en total (renovará cuatro en 2023), así que el domingo 14 tenemos que elegir solo tres diputados nacionales que van a representar al pueblo de la provincia de Misiones. Las elecciones provinciales fueron el pasado 6 de junio, así que ahora no hay nada que elegir para cargos provinciales.
Nuestro congreso consta de dos cámaras, reminiscencia de las de los lores y los comunes británicas, pero pasando por el Capitolio de Washington. Los senadores representan a las provincias y los diputados al pueblo, pero también hay una cantidad por provincia así que estrictamente se puede decir que representan al pueblo de sus provincias. Desde la reforma de 1994 en el congreso nacional –que consta de dos cámaras– hay tres senadores por provincia, pero el número de los diputados sale del cálculo mucho más complicado que hizo un decreto-ley del último gobierno militar.
Según esa norma, se elige un diputado cada 161.000 habitantes o fracción no menor de 80.500. Pero además, a los proporcionales a la población se sumaron otros tres diputados por provincia y se estableció que no podía haber menos de cinco en cada una de ellas. Así se llegó al número de 257 diputados que tenemos hoy, pero con notables desigualdades, como la de Tierra del Fuego que tiene cinco diputados para representar a unos 150.000 habitantes, lo que da un diputado cada 30.000; del otro lado está la provincia de Buenos Aires, que con sus más de 16 millones de habitantes tiene 70 diputados: uno cada 230.000 habitantes.
Hay que decir que la proporción de Misiones da bastante bien y también que después de cada censo, el congreso debería rectificar algunos números para que la representación sea un poco más igualitaria (aprovecho y cuelo aquí que sería genial que la provincia de Buenos Aires se divida en tres o cuatro nuevas provincias).
Las renovaciones parciales de diputados y senadores permiten lo que se llama elección de medio término, gran descubrimiento del sistema norteamericano que permite al pueblo darle un mensaje al gobierno elegido dos años antes (no lo llamo plebiscito porque plebiscito es otra cosa). No es la única señal, ya que por distintos motivos siempre hay elecciones desfasadas en provincias o municipios; y también son termómetro del humor del pueblo las elecciones en los clubes de fútbol, los centros de estudiantes de las universidades, los colegios profesionales... que suelen marcar una tendencia hacia el futuro para los observadores que saben ver señales. Debido a sus acostumbradas intervenciones de otros tiempos, Corrientes también está desfasada y suele ser una de esas circunscripciones para estudiar, pero es tan peculiar la política correntina que hay que ser un experto en hermenéutica para leer consecuencias útiles en sus resultados. En los Estados Unidos el lunes pasado hubo elecciones de gobernador del estado de Virginia, donde el republicano Glenn Youngkin sorprendió a su contrincante demócrata (le ganó por menos de tres puntos) y todo el mundo lo interpretó como el comienzo del declive del gobierno de Joe Biden, justo cuando se cumple un año de su elección.
Aunque son obligatorias, estamos votando como si no lo fueran, y remarco que últimamente ha bajado mucho el nivel de presentismo en nuestros comicios. La del domingo que viene tiene todas las características de una gran elección de medio término, por eso es más importante que nunca ir a votar.
31 de octubre de 2021
Elegir tiene sus riesgos
Elegir tiene sus riesgos y es parte del vértigo de la libertad, pero la democracia necesita minimizar las debilidades de cualquier sistema electoral, respetando siempre esa libertad y el vértigo que provoca. Adelanto ahora lo que repetiré al final: el sistema parlamentario puede minimizar algunas de esas debilidades.

El primer problema de todo sistema electoral es que es imposible encasillar el pensamiento de millones en unos pocos candidatos, pero es mucho más evidente en sociedades como la nuestra, en la que cada ciudadano tiene su fórmula genial, distinta de las demás, para arreglar el país. El 27 de octubre de 2019, 34.231.895 argentinos estaban habilitados para elegir presidente y vice. Votaron 27.525.103, que eligieron solo entre siete opciones para 34 millones de voluntades. Por suerte el Congreso mejora esa representatividad y el próximo 14 de noviembre hará sus ajustes de medio término para acercarse un poco más a esas voluntades, pero estaremos todavía muy lejos de una representatividad cabalmente democrática mientras sigamos votando a desconocidos que integran la papeleta que metemos en la urna.
Cada uno de nosotros está de acuerdo con una parte del programa o de los principios de uno de los candidatos y no está de acuerdo con otra parte o con otros de los candidatos de la lista. Y si resulta que somos responsables de lo que hacemos y pensamos bien el voto, nos damos cuenta de que el candidato perfecto soy yo mismo, así que el sistema ideal sería uno en que haya la misma cantidad de candidatos que de electores y posiblemente habría empate... o ganaría el que saque dos votos por equivocación de un votante, o por una campaña –bien barata– que solo convenza a uno de las bondades de votar a su vecino.
El imaginario colectivo sostiene que el pueblo no se equivoca cuando la mayoría de ellos elige a sus gobernantes... Y este es otro de los problemas, porque a todos nos consta que eso no es así, que la mayoría se puede equivocar y que de hecho se equivoca, a juzgar por las gestiones de quienes elegimos. Todos –o casi todos– nos hemos arrepentido alguna vez de haber votado por quien votamos. El sufragio universal no nos protege de los errores colectivos, bastante comunes en una sociedad que confía demasiado en la opinión pública.
No faltan ejemplos históricos de gobernantes nefastos que accedieron al poder democráticamente y cuyas aberraciones contaron con el apoyo popular. Que el pueblo haya de tener la última palabra no significa que no pueda equivocarse. El problema es que, por un lado, tenemos una gran facilidad para confundir la discrepancia con el error y a considerar que una opinión diferente es una opinión equivocada. Cuando uno afirma que el pueblo vota mal, lo que esta diciendo es que no vota como a uno le gustaría. Debería resultarnos sospechoso el hecho de que tendamos a pensar que quienes votan mal son los otros. Además, en una sociedad en la que rige el principio de igualdad política, ¿quién dispone de una clarividencia que le permita distinguir, tratándose de cuestiones políticas, entre lo correcto y lo equivocado de tal manera que los demás no tengamos otro remedio que darle la razón? La experiencia histórica nos enseña que el pueblo se equivoca muchas veces, pero no hay ninguna autoridad legitimada para, en nombre de esas equivocaciones, quitarle el derecho de equivocarse... escribió hace unos días Daniel Innerarity en El Correo de Bilbao, y agregaba que la alternancia en el poder es el remedio más eficaz para corregir esos errores.
El sistema parlamentario no es tonto ni ingenuo y constituye un avance notable de los principios elementales de la democracia. Supone el error y que los elegidos pueden engañar o estafar a los electores; también pueden equivocarse o volverse contra democracia. Y mejora la representatividad, por eso establece también los recursos legales para superar los malos gobiernos o para mantener en el poder a los que aciertan.

El primer problema de todo sistema electoral es que es imposible encasillar el pensamiento de millones en unos pocos candidatos, pero es mucho más evidente en sociedades como la nuestra, en la que cada ciudadano tiene su fórmula genial, distinta de las demás, para arreglar el país. El 27 de octubre de 2019, 34.231.895 argentinos estaban habilitados para elegir presidente y vice. Votaron 27.525.103, que eligieron solo entre siete opciones para 34 millones de voluntades. Por suerte el Congreso mejora esa representatividad y el próximo 14 de noviembre hará sus ajustes de medio término para acercarse un poco más a esas voluntades, pero estaremos todavía muy lejos de una representatividad cabalmente democrática mientras sigamos votando a desconocidos que integran la papeleta que metemos en la urna.
Cada uno de nosotros está de acuerdo con una parte del programa o de los principios de uno de los candidatos y no está de acuerdo con otra parte o con otros de los candidatos de la lista. Y si resulta que somos responsables de lo que hacemos y pensamos bien el voto, nos damos cuenta de que el candidato perfecto soy yo mismo, así que el sistema ideal sería uno en que haya la misma cantidad de candidatos que de electores y posiblemente habría empate... o ganaría el que saque dos votos por equivocación de un votante, o por una campaña –bien barata– que solo convenza a uno de las bondades de votar a su vecino.
El imaginario colectivo sostiene que el pueblo no se equivoca cuando la mayoría de ellos elige a sus gobernantes... Y este es otro de los problemas, porque a todos nos consta que eso no es así, que la mayoría se puede equivocar y que de hecho se equivoca, a juzgar por las gestiones de quienes elegimos. Todos –o casi todos– nos hemos arrepentido alguna vez de haber votado por quien votamos. El sufragio universal no nos protege de los errores colectivos, bastante comunes en una sociedad que confía demasiado en la opinión pública.
No faltan ejemplos históricos de gobernantes nefastos que accedieron al poder democráticamente y cuyas aberraciones contaron con el apoyo popular. Que el pueblo haya de tener la última palabra no significa que no pueda equivocarse. El problema es que, por un lado, tenemos una gran facilidad para confundir la discrepancia con el error y a considerar que una opinión diferente es una opinión equivocada. Cuando uno afirma que el pueblo vota mal, lo que esta diciendo es que no vota como a uno le gustaría. Debería resultarnos sospechoso el hecho de que tendamos a pensar que quienes votan mal son los otros. Además, en una sociedad en la que rige el principio de igualdad política, ¿quién dispone de una clarividencia que le permita distinguir, tratándose de cuestiones políticas, entre lo correcto y lo equivocado de tal manera que los demás no tengamos otro remedio que darle la razón? La experiencia histórica nos enseña que el pueblo se equivoca muchas veces, pero no hay ninguna autoridad legitimada para, en nombre de esas equivocaciones, quitarle el derecho de equivocarse... escribió hace unos días Daniel Innerarity en El Correo de Bilbao, y agregaba que la alternancia en el poder es el remedio más eficaz para corregir esos errores.
El sistema parlamentario no es tonto ni ingenuo y constituye un avance notable de los principios elementales de la democracia. Supone el error y que los elegidos pueden engañar o estafar a los electores; también pueden equivocarse o volverse contra democracia. Y mejora la representatividad, por eso establece también los recursos legales para superar los malos gobiernos o para mantener en el poder a los que aciertan.
24 de octubre de 2021
Pueblos originarios
Escribo esto pensando en los autopercibidos mapuches de la Patagonia que el miércoles incendiaron la sede del Club Andino Piltriquitrón en El Bolsón. No es lo primero que queman, y a juzgar por lo que está pasando, seguirá la escalada en Río Negro y quizá en otros lugares del sur de la Argentina –y también de Chile– por culpa de esta insurgencia okupa contra la integridad geográfica de nuestra Patria.
La tesis del título tiene dos presupuestos. Primero que es imposible encontrar hoy pueblos originarios porque estamos ya muy lejos de los orígenes y la historia ha corrido sin detenerse como pasa el agua debajo de los puentes. Pueblos originarios son los que estaban hace miles de años, los primeros humanos que habitaron el suelo, ya perdidos en la noche de la historia: todos los demás serían intrusos para la tesis de los que pretenden la propiedad de la tierra con ese argumento. El segundo es un principio elemental de la historiografía: es un grave error juzgar los hechos del pasado con estándares actuales.
Los descendientes de los pueblos originarios somos el resultado de la mezcla de los originarios con sucesivas oleadas; o los que ocupamos su lugar, por las armas, por las asimetrías, por alianzas, por la casualidad, por el hambre, por las pasiones humanas o por lo que sea. Desde Adán y Eva todas las civilizaciones se integraron con otras nuevas por alguna de esas razones, hasta conformar nuevas razas, nuevas culturas, nuevos idiomas... que aunque alguna vez hayan degradado la civilización anterior, la mayoría de ellas la enriqueció, con un resultado altamente positivo, que permite sostener que hoy estamos mucho mejor que hace decenas, cientos o miles de años. Además, siempre la polinización cruzada ha dado mejores resultados que la endogamia.
Nuestra América salió mestiza gracias a que los conquistadores eran solo varones. La América del Norte, en cambio, fue colonizada por familias. En la América española bastó que los castellanos se bajaran de los barcos para que empezara el mestizaje. En la América anglosajona esa mezcla todavía espera. Y no hay que ir muy lejos para comprobarlo: la colonización española ha hecho mestizos a los correntinos y la inmigración de familias de Europa dejó europeos a la mayoría los misioneros.
A su vez, las migraciones están convirtiendo a Europa en un continente multirracial. Basta con ver un partido de fútbol de selecciones de esos países. Francia, el último Campeón del Mundo en 2018, jugó la final contra Croacia con ocho jugadores de origen africano. Dentro de 100 años el razonamiento de los pueblos originarios expulsaría de Francia a los tataranietos de M'Bappé, Umtiti, Dembelé, Kanté y Pogba, y se quedarán con sus inmuebles, que por cierto serán los mejores de París.
¿De quién es la tierra entonces? ¿Del que la compró y la trabaja o del que la reclama para venderla? ¿Del vago que la mantiene improductiva o del migrante que hace grande a su nuevo país? ¿Del que la ama o del que la esquilma? Si los descendientes de los que la tenían hace 500 años somos nosotros mismos, no hay derecho que pueda superar esa posesión, que para colmo está recontradocumentada, mientras el derecho de los supuestos originarios nace de un delirio que parece encubrir un fenomenal negocio inmobiliario.
Pero hay algo mucho más peligroso en el reclamo de los supuestos mapuches: es la pureza étnica en la que basa su derecho cualquier pueblo originario, sospechosamente parecida a la doctrina que hizo delirar a Hitler y produjo la peor tragedia de la humanidad. Tanto desvarió para justificar su derecho, que mandó a buscar los orígenes de la raza aria hasta los confines del Himalaya. Es increíble que solo 80 años después estemos cayendo en la misma imbecilidad.
17 de octubre de 2021
Breve, intensa y urbana
En marzo y abril del año pasado no se hablaba todavía de vacunas y se tenía a la vista en tiempo real lo que pasaba en Europa, sobre todo en Italia y España, donde colapsaron los centros de salud a tal punto que tenían que rechazar pacientes, salvar a algunos y desahuciar a otros, generalmente a los que tenían más edad. Pasó también en algunos lugares puntuales de los Estados Unidos, como Nueva York, y en ciudades de nuestra América como Guayaquil o Manaos; y no pasó en la Argentina gracias a la cuarentena y a la conducta colectiva de los ciudadanos argentinos. Es verdad que fue larga, y también que es imposible saber qué habría pasado si se hubieran tomado otras medidas. El único modo de achatar el pico de contagios fue alargar la cuarentena por un principio físico elemental que ocurre con una montañita de arena en la playa o con la curva de contagios del covid: cuando extiende la base se aplasta la cima, y si se aplasta la cima se extiende la base.
Bueno, al carnaval le está pasando igual que a la pandemia, por el mismo principio, pero aplicado esta vez a las conductas colectivas. Cuando en 1976 el gobierno militar decidió anular los feriados del lunes y martes de carnaval, la fiesta se desparramó por todo el verano: empieza cuando se apagan las luces de la Navidad y termina casi en Semana Santa. En 2010 volvieron a ser feriados el lunes y martes de carnaval, pero la fiesta siguió desparramada, lánguida, devaluada... derrapando en una cantidad variable de fines de semana del verano. Es que la esencia del carnaval son esos cuatro días locos y no 25, 50 o 60. Cuatro días de locura concentrada, intensos, divertidos... con su principio y su final. Desde el sábado al martes, y le concedo el viernes a la noche, pero ni un minuto más.
Para colmo, a los cariocas se les ocurrió la pésima idea de encapsular las comparsas en un sambódromo, que luego fue copiado por cantidad de ciudades de nuestra geografía, siempre tan originales. Fue así que el carnaval no solo se desparramó en el tiempo; también se encerró en corsódromos, quizá con la sana intención de no molestar el tránsito ni la vida normal de los centros urbanos. Parece razonable, pero justamente, al volverse tan largo la molestia terminó siendo insoportable. Un poco en Río de Janeiro, pero más en sus émulos mesopotámicos y guaraníes, se empezó a perder otra condición esencial del carnaval que es poner la ciudad patas arriba esos cuatro días de cada año, con un final a toda orquesta, pero abrupto, terminante, a las 12 de la noche del martes.
A la estudiantina le está pasando lo mismo que al carnaval. No era buena idea trasladarla al autódromo, como tampoco lo es hacerla en la Costanera. Debería volver a la avenida Corrientes o a la plaza 9 de Julio, y que se note en la ciudad que los estudiantes están de fiesta. Pero la brevedad, también de los ensayos, debe ser una condición para esa vuelta. Un fin de semana intenso parece suficiente: quizás uno largo o extralargo, pero ni un día más. Una estudiantina corta pero intensa y en el medio de la ciudad parece mucho más recomendable que una lejana y lánguida, a la que solo asistan los padres y hermanos de los secundarios. Hasta los vendedores de panchos van a agradecerlo, porque siempre es mejor vender mil en un día que en un mes, pero además en el centro de la ciudad habrá más gente porque habrá público de verdad.
No es en contra de la estudiantina, ni del carnaval, ni de la cuarentena. Sí de la pérdida de tiempo de los estudiantes y de las molestias prolongadas a los posadeños, que estaríamos hartos del mismísimo Mozart si todos los días durante meses nos pusieran la número 40 a todo lo que da. Y muy a favor de una estudiantina que recupere la esencia original de la fiesta de los estudiantes: breve, intensa, urbana, divertida... con principio y con final tajantes, ineludibles.
Bueno, al carnaval le está pasando igual que a la pandemia, por el mismo principio, pero aplicado esta vez a las conductas colectivas. Cuando en 1976 el gobierno militar decidió anular los feriados del lunes y martes de carnaval, la fiesta se desparramó por todo el verano: empieza cuando se apagan las luces de la Navidad y termina casi en Semana Santa. En 2010 volvieron a ser feriados el lunes y martes de carnaval, pero la fiesta siguió desparramada, lánguida, devaluada... derrapando en una cantidad variable de fines de semana del verano. Es que la esencia del carnaval son esos cuatro días locos y no 25, 50 o 60. Cuatro días de locura concentrada, intensos, divertidos... con su principio y su final. Desde el sábado al martes, y le concedo el viernes a la noche, pero ni un minuto más.
Para colmo, a los cariocas se les ocurrió la pésima idea de encapsular las comparsas en un sambódromo, que luego fue copiado por cantidad de ciudades de nuestra geografía, siempre tan originales. Fue así que el carnaval no solo se desparramó en el tiempo; también se encerró en corsódromos, quizá con la sana intención de no molestar el tránsito ni la vida normal de los centros urbanos. Parece razonable, pero justamente, al volverse tan largo la molestia terminó siendo insoportable. Un poco en Río de Janeiro, pero más en sus émulos mesopotámicos y guaraníes, se empezó a perder otra condición esencial del carnaval que es poner la ciudad patas arriba esos cuatro días de cada año, con un final a toda orquesta, pero abrupto, terminante, a las 12 de la noche del martes.
No es en contra de la estudiantina, ni del carnaval, ni de la cuarentena. Sí de la pérdida de tiempo de los estudiantes y de las molestias prolongadas a los posadeños, que estaríamos hartos del mismísimo Mozart si todos los días durante meses nos pusieran la número 40 a todo lo que da. Y muy a favor de una estudiantina que recupere la esencia original de la fiesta de los estudiantes: breve, intensa, urbana, divertida... con principio y con final tajantes, ineludibles.
10 de octubre de 2021
Dialecto inclusivo
Dialecto inclusivo es esa jerigonza que hablan los que descubrieron que el castellano era machista. La Real Academia Española, que nunca impone nada a los hablantes, ha explicado con pura lógica, que es una pretensión inútil hablar o escribir en inclusivo y recuerda lo que todo el mundo sabe respecto del castellano: usamos el masculino como genérico cuando nos referimos a un grupo de varones o de varones y mujeres, y usamos solo el femenino cuando hablamos de personas, animales o cosas solo de género femenino. Eso no es machismo sino la constante de un idioma que se hizo hablando y se me ocurre que también adorando a las mujeres antes de que quisieran rebajarse al nivel de los varones. Lejos de excluirlas, el castellano las honra como reinas, dedicándoles un tratamiento que no tienen sus vasallos.
Pero además resulta que los que hablan en inclusivo son los que más excluyen a uno u otro sexo porque, como es imposible hablar todo el tiempo con los dos géneros, incurren en constantes exclusiones. Si empiezan saludando a todas y a todos, cuando en el mismo discurso dicen trabajadores –no trabajadores y trabajadoras– se están refiriendo a los varones y excluyen a las mujeres. Se llenan la boca con todos y todas y cuando eligen el nombre para identificar a su propia alianza le clavan Frente de Todos. Si feminizan las profesiones deben masculinizar las que están en femenino, como dentista, periodista y futbolista; si dicen jueza a la juez, deberían decir nueza a la nuez; si dicen mano y no mana están confundiendo al público, igual que cuando dicen problema, teorema, diafragma o dogma; si dicen testigos a los varones deberían decir testigas a las mujeres, si dicen fiscala, también criminala... Son solo ejemplos de miles de palabras que serán siempre motivo de confusión porque no son las vocales las que definen el femenino o el masculino, como no son el celeste o el rosa los que determinan el sexo de las personas.
Hace tiempo que se feminizan algunos cargos que fueron ocupados durante siglos por los varones. Esos femeninos no siguen la lógica de la antigua semántica, que dice que embajadora, generala o presidenta es la mujer del embajador, del general o del presidente. La lógica que siguen esos femeninos es la de la madre superiora, que decimos hace siglos sin feminismos ni machismos, como mayora –que he oído más de una vez en el campo– para la primera de las hijas. Y ni la madre superiora ni la hermana mayora tienen nada que ver con inclusiones o exclusiones.
Algunos inclusivistas ocupan la e para los colectivos de varones y mujeres: dicen chiques porque en pibes la e les juega en contra. Y hay que suponer que los que dicen todos, todas y todes, ponen todes para los que han decidido no ser ni varones ni mujeres, pero entonces los que dicen todas y todos excluyen a los que no quieren tener género, que se llaman no binarios pero deberían ser no binaries... Y están los que, para hacerse los progres, pero sin complicarse tanto, usan solo los artículos en inclusivo y te clavan las y los ciudadanos, o los y las alumnas, así que dicen las ciudadanos y los alumnas: una contradicción abstrusa con cualquier sustantivo que tenga género.
El idioma es lo más democrático que hay. Intentar imponerlo es uno de los reflejos más cabales del autoritarismo, así que cada uno habla como quiere. Pero por favor no excluya a nadie en nombre de la inclusión, no se olvide de ningún género y perdone a sus interlocutores si no lo entienden o si se cansan de oír sus repeticiones interminables. Tenga en cuenta que la mayoría seguimos hablando en nuestro maravilloso castellano.
3 de octubre de 2021
Pensamiento obligatorio
El mejor modo de reconocer el trabajo de un periodista es enojarse ante lo que dice y el mejor modo de no reconocerlo es ignorarlo. Es que a los periodistas nada les reconforta tanto como provocar a los lectores: para eso están. Además, las reacciones son la señal elemental de lectura y como decía un viejo profesor, ser leído es la primera obligación de todo periodista. Lo bueno es que las redes sociales son una oportunidad magnífica para el feedback. Diarios antiguos, como El Territorio, han pasado decenas de años con casi nula retroalimentación de sus lectores: corrían tiempos en los que lo que decía el diario parecía sagrado porque no había modo de corregirlo, porque era muy difícil conocer los errores cometidos en los acontecimientos informados y porque no se interactuaba con opiniones contrarias. Felizmente el periodismo se ha vuelto mucho más cercano al diálogo con las audiencias que al monólogo que lo caracterizó durante siglos.
Cuando conté 273 comentarios a la columna del domingo pasado, dejé de contestarlos (habré llegado a contestar unos 50). Ese artículo resaltaba, una vez más, la desproporción del tiempo dedicado a la estudiantina durante cada año lectivo y me serví para eso del silencio de este septiembre, igual al del año pasado: un regalo impensado que vino con la pandemia y que me parecía que valía la pena capitalizar. No estoy de acuerdo en general con las pérdidas de tiempo y tampoco con la idea de elegir reinas y reyes, por considerarlo una cosificación de las personas, que no tienen ni culpa ni mérito de ser lindos o feos. Había algunos comentarios a favor, pero la inmensa mayoría eran en contra y creo que de ellos fueron solo cuatro los que no argumentaron con un insulto al autor de la nota. Paciencia paisano, que algo estarán queriendo decir...
Digo insultos porque considero un insulto mandar a cualquiera a una isla desierta, que para el caso es lo mismo que que desearle las delicias de un campo de concentración; o sostener que el que piensa distinto es un amargado; o pretender callar al interlocutor a los gritos, con mayúsculas; o afirmar gratuitamente que quien opinó algo debió tener una adolescencia infeliz; o expresar xenofobia argumentando que el que opina carece de derechos por no ser natural de Posadas; o suponer que el paso del tiempo –ser mayor– es suficiente para discriminar a las personas... Muchos de esos insultos, proferidos con nombre y apellido, son suficientes para que el Inadi actúe de oficio, pero ya se sabe que en tiempos de pensamiento obligatorio el Inadi prefiere perseguir a los que piensan distinto en cambio de evitar la discriminación. Esos comentarios ocuparon argumentos ad hominem: a la persona y no a las ideas de la persona. Como si para descalificar el pensamiento ajeno bastara decir que quien lo expresa es un burro, un viejo, un amargado, un extranjero, un improvisado o un idiota.
Insultar al que opina lo contrario nunca es el modo de rebatirlo. Es más que evidente que las opiniones se retrucan con otras opiniones y que, a pesar de ser mayoría o minoría –cosa imposible porque hay tantas opiniones como personas– pueden discutirse las ideas ajenas, pero siempre respetando al que las sostiene. Si las mayorías no respetan la opinión de las minorías caemos en la dictadura del pensamiento y si son las minorías las que imponen su opinión, entonces es tiranía lisa y llana. Y si seguimos así, terminaremos matándonos a machetazos; es el método que la humanidad ha usado unas cuantas veces para terminar con las ideas ajenas.
Confieso que me asustó esa violencia verbal, no por su dirección hacia mi propia opinión –ya dije que lo tengo como un halago– sino por lo que significa como argumento del debate público de las ideas en un país necesitado con urgencia del encuentro de todos los argentinos. Pero ese encuentro jamás debe consistir en la imposición de una opinión, por mayoritaria que sea, sino en convivir todos en un país libre, en el que pensar distinto no sea una debilidad sino una fortaleza.
Cuando conté 273 comentarios a la columna del domingo pasado, dejé de contestarlos (habré llegado a contestar unos 50). Ese artículo resaltaba, una vez más, la desproporción del tiempo dedicado a la estudiantina durante cada año lectivo y me serví para eso del silencio de este septiembre, igual al del año pasado: un regalo impensado que vino con la pandemia y que me parecía que valía la pena capitalizar. No estoy de acuerdo en general con las pérdidas de tiempo y tampoco con la idea de elegir reinas y reyes, por considerarlo una cosificación de las personas, que no tienen ni culpa ni mérito de ser lindos o feos. Había algunos comentarios a favor, pero la inmensa mayoría eran en contra y creo que de ellos fueron solo cuatro los que no argumentaron con un insulto al autor de la nota. Paciencia paisano, que algo estarán queriendo decir...
Digo insultos porque considero un insulto mandar a cualquiera a una isla desierta, que para el caso es lo mismo que que desearle las delicias de un campo de concentración; o sostener que el que piensa distinto es un amargado; o pretender callar al interlocutor a los gritos, con mayúsculas; o afirmar gratuitamente que quien opinó algo debió tener una adolescencia infeliz; o expresar xenofobia argumentando que el que opina carece de derechos por no ser natural de Posadas; o suponer que el paso del tiempo –ser mayor– es suficiente para discriminar a las personas... Muchos de esos insultos, proferidos con nombre y apellido, son suficientes para que el Inadi actúe de oficio, pero ya se sabe que en tiempos de pensamiento obligatorio el Inadi prefiere perseguir a los que piensan distinto en cambio de evitar la discriminación. Esos comentarios ocuparon argumentos ad hominem: a la persona y no a las ideas de la persona. Como si para descalificar el pensamiento ajeno bastara decir que quien lo expresa es un burro, un viejo, un amargado, un extranjero, un improvisado o un idiota.
Insultar al que opina lo contrario nunca es el modo de rebatirlo. Es más que evidente que las opiniones se retrucan con otras opiniones y que, a pesar de ser mayoría o minoría –cosa imposible porque hay tantas opiniones como personas– pueden discutirse las ideas ajenas, pero siempre respetando al que las sostiene. Si las mayorías no respetan la opinión de las minorías caemos en la dictadura del pensamiento y si son las minorías las que imponen su opinión, entonces es tiranía lisa y llana. Y si seguimos así, terminaremos matándonos a machetazos; es el método que la humanidad ha usado unas cuantas veces para terminar con las ideas ajenas.
Confieso que me asustó esa violencia verbal, no por su dirección hacia mi propia opinión –ya dije que lo tengo como un halago– sino por lo que significa como argumento del debate público de las ideas en un país necesitado con urgencia del encuentro de todos los argentinos. Pero ese encuentro jamás debe consistir en la imposición de una opinión, por mayoritaria que sea, sino en convivir todos en un país libre, en el que pensar distinto no sea una debilidad sino una fortaleza.
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