27 de febrero de 2022
Cuarto jinete
Primero fue la peste. Después el fuego. Y ahora la guerra...
Cualquiera que lo pensara con un poco de tremendismo diría que se están abatiendo sobre el mundo las plagas de Egipto sumadas a las del Apocalipsis. Pero para que nadie se llame al engaño integrista, hay que decir que lo mismo habrá pensado cada generación desde que los humanos habitamos el planeta. Siempre están los que presumen que el fin del mundo no puede a ocurrir sin que ellos estén presentes: son los ególatras que se creen el centro de la historia, aunque la historia pasa sin acordarse de ellos.
Todas las cosas que vemos ocurrieron ya alguna vez, y si no las experimentamos porque no estábamos todavía entre los vivos, las leímos en novelas o las vimos en el cine. Hay miles de historias que desafían a los tiempos: la última, rodada en plena pandemia, refleja un mundo distraído por la superficialidad de la opinión pública mientras se abate la peor catástrofe posible, y hace acordar a la frivolidad de las noticias más leídas de cualquier diario o portal: farándula, bloopers y recetas...
Siempre habrá pestes, guerras y catástrofes en el mundo. A algunas las podemos evitar y a otras las podemos prever para minimizarlas, pero no hay caso: nos siguen y nos seguirán maltratando... Es parte de nuestra condición y parece que no podemos salir de esa espiral que nos muestra inválidos a los ojos de cualquier extraterrestre, pero no hace falta ser marciano para confirmar esta característica peculiar de la condición humana. El cristianismo explica que somos una naturaleza caída y que no queda otra que acercarse a Dios y cumplir sus mandamientos. Pero no todos tienen fe, así que pueden ir los Putin del momento a decirle al Papa que vivirán en paz y al día siguiente invadir a sangre y fuego a sus vecinos sin que se les mueva un pelo.
Quizá no podamos escaparle a nuestra naturaleza, o no tengamos ni medio gramo de confianza en el proyecto humano; pero a pesar de eso, las guerras, las pestes y las catástrofes deberían ser un llamado constante a mejorar colectivamente. Cada año que pasa, cada día, cada minuto, debería ser mejor que el anterior, y en la resultante final lo deberíamos comprobar. Puede ser que nos toquen tiempos oscuros de la historia, pero siempre la humanidad se ha superado y hemos terminado mejores que antes. También es cierto que todavía queda mucho por recorrer y quién sabe lo que nos tocará a nosotros, a nuestros hijos y nietos. Por lo pronto podemos agradecer al cielo y a nuestros antepasados lo que ya nos tocó: un lugar pacífico y amable del mundo, donde apenas sentimos alguna diferencia entre nosotros que no nos impide vivir en paz unos con otros.
Nadie sabe bien qué representan los cuatro jinetes del capítulo sexto del Apocalipsis. Hay uno negro, otro rojo y otro amarillo. Se supone que traen la guerra, el hambre y la muerte. El cuarto es blanco; en realidad es el primero y debería ser el que termine con esos flagelos. Hay que ver las películas de Bergman o de Tarkovsky para empezar a desentrañarlo. Y se puede leer a Tolkien o a Robert Hugh Benson y de paso sumar alguna interpretación estrafalaria de Leonardo Castellani. La mitología fantástica de Game of Thrones también se inspira en estas profecías. La tradición cristiana sostiene, con algunas dudas, que el jinete del caballo blanco es Jesucristo, pero habrá que esperar milenios para saberlo.
Toda guerra empieza con una piedra que cruza el alambrado, o con una bolita de pan tirada desde el otro lado de la mesa. Quizá por eso deberíamos conformarnos con tenernos paciencia unos con otros. Si conseguimos que haya un poco de paz allí donde estamos, seremos cada uno el cuarto jinete en su caballo blanco.
20 de febrero de 2022
Volverá a ocurrir
A los datos del domingo pasado hay que sumar algo más de 250.000 hectáreas de campos que se quemaron en Corrientes durante esta semana. Los medios nacionales, que por fin ponen su foco en esta tragedia, resaltaban ayer un dato del INTA: las 785.000 hectáreas incendiadas hasta el viernes son el 9 % del territorio de la provincia; un dato real, pero incompleto, porque por lo menos el 25 % del territorio de la provincia de Corrientes son bañados, humedales, esteros... lo que, en una cuenta rápida, da que se han quemado ya el 20 % de las tierras productivas de la provincia. A esto hay que agregar que, si no llueve, el porcentaje seguirá creciendo a razón de unas 30.000 hectáreas por día y aumentará la dimensión de la catástrofe ambiental y económica, pública y privada de la provincia.
Para colmo y sin ánimo de compararnos, también en el sur de Misiones han aparecido nuevos focos de incendio, alguno de ellos muy cerca de la ciudad de Posadas, tanto que el viernes se estaba evacuando el campus de la Universidad Nacional de Misiones, junto con sus vecinas, la Biofábrica y la Estación de Transferencias. A la zozobra por los incendios se agregó ayer el corte de la energía eléctrica en toda la provincia de Misiones entre las 13 y las 15, por una falla en el sistema de enlace de la empresa distribuidora mayorista en la estación de Rincón Santa María. Pareciera que la falla no se debió a los incendios, pero queda una pregunta flotando en el aire: ¿toda la energía eléctrica de Misiones depende de un solo cable de 500 KV, que en caso de cortarse en cualquier parte de su trayecto deja sin energía a la provincia entera?
En la columna del domingo pasado pedía aviones bomberos de verdad, porque la Argentina no tiene todavía ni uno solo de esos grandes aviones tanques capaces de cargar miles de litros en segundos acuatizando en espejos de agua. Esos aviones son especiales para los incendios forestales y deben actuar junto con los brigadistas que trabajan en el campo, pero no son tan eficaces en los incendios de pastizales ya que el agua no apaga las brasas que corren bajo tierra por las raíces de las plantas y los viejos tocones de las talas rasas. Lo que se necesita en los casos de fuego en pastizales y plantaciones son cortafuegos hechos a fuerza de máquinas viales que remueven la tierra incandescente. Esos brigadistas y esas máquinas –de Corrientes, de Misiones, del resto del país y hasta de Brasil– trabajan a destajo estos días y estas noches en los focos activos.
Los pronósticos meteorológicos dicen que esta semana que empieza va a llover en Corrientes y en Misiones. Dios quiera que así sea. Ahora sabemos con cierta anticipación si va a llover o no, pero confieso que me gustaba más el vértigo de mi infancia, cuando nos hacían rezar para que llueva y lo conseguíamos sin mucho esfuerzo. Ahora no podemos saber si la sequía se debe a nuestra falta de fe o de oraciones, o quizá sea pura falta de previsión, ya que si sabemos que no va a llover durante dos meses en pleno verano correntino, este desastre sobrevendrá indefectiblemente.
El fuego, igual que nosotros y nuestras macanas, es parte de la naturaleza, que a veces se presenta tremenda, feroz, exuberante, imparable. Ante esos fenómenos poco podemos hacer una vez que se desatan. La sequía y el calor actúan como la erupción de un volcán. Solo podemos prever y minimizar los daños evacuando gente, asignando recursos, abriendo surcos... y evitando los errores de quienes queman campos con la buena intención de hacerlo antes de que los consuman las llamas ajenas o para hacer cortafuegos.
Probablemente las lluvias apaguen esta semana los incendios que quedan activos, pero mientras tenemos que prever que volverá a ocurrir y que por el cambio climático será más temprano que tarde. No hay que ser profeta ni agorero para asegurarlo; solo tenemos que estar preparados.
13 de febrero de 2022
Corrientes en llamas
Aunque hace meses que las noticias están en los medios de la provincia, las proporciones bíblicas de esos incendios llegaron recién esta semana a las tapas de los diarios de Buenos Aires. El martes fue foto de portada de Clarín y el viernes de La Nación. No solo las fotos del fuego, también se instaló en los medios nacionales la pelea adolescente entre el Gobierno de la Provincia y el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación: unos se quejan porque no los ayudan y los otros contestan que nunca les pidieron ayuda.
El fuego no respeta forestaciones, plantaciones, animales silvestres, ganado, alambrados, instalaciones, viviendas... Bastaría con decir que el fuego no respeta nada, pero aquí debo anticipar la razón de esta columna; algo sí respeta el fuego y en Corrientes de eso tienen tanto como campos: el agua.
Corrientes tiene unos 25.000 kilómetros cuadrados de humedales. El sistema del Iberá es el segundo más grande de América del Sur, después del Pantanal de Brasil. Quiere decir que –sin contar los ríos Paraná y Uruguay– la superficie de la provincia cubierta por el agua es poco menos que un tercio de su superficie total y todavía es mucho mayor que la extensión de los campos quemados. Por eso es una paradoja que la provincia que tiene más agua dulce de la Argentina tenga a su vez tanto fuego en sus campos.
Hace años que la humanidad lucha contra los grandes incendios aprovechando los espejos de agua cercanos. Para eso se usan aviones hidrantes de gran tamaño que permiten cargar miles y miles de litros de agua a gran velocidad porque acuatizan y sin siquiera parar cargan sus tanques para volver a subir y lanzar el agua sobre el fuego. El más popular de los hidrantes es el turbohélice Bombardier 415. Pero si –por razones obvias– no nos gusta hacer negocios con los americanos (en este caso canadienses), también hay un modelo ruso que puede mandarnos el amigo Putin: es el anfibio BE-200 Altair, un jet multipropósito con una versión hidrante de gran eficacia.
Mientras no tengamos estos aviones, seguiremos apagando incendios con los que ahora tenemos: los Dromedar o AirTractor, dos modelos concebidos para fumigaciones agrícolas y adaptados como aviones bomberos. Cargan entre 2.000 y 3.000 litros de agua, pero deben hacerlo en aeropuertos que no siempre están cerca de los incendios, y se llenan con mangueras, una tarea que puede llevar horas.
Es urgente que la Argentina compre por lo menos diez aviones hidrantes anfibios grandes, nuevos o usados, para su Plan Nacional de Manejo del Fuego. Siempre harán falta en algún lugar de nuestra geografía. Hoy Corrientes los agradecería y está claro que resulta mucho más barato tenerlos que no tenerlos.
6 de febrero de 2022
Ucrania
Un gran país, con una extensa y rica geografía, pero ubicado justo en uno de los lugares más complicados del globo terráqueo. Lo que nos habría pasado a nosotros si en lugar del fin del mundo hubiéramos estado donde le tocó a Ucrania, entre Asia y Europa y justo por donde pasan todos los circos: en plan de conquista con onda bizantina; con ánimo depredador como los vikingos; o quizá solo con ganas de colonizar y asentarse donde la tierra es más fértil, hay sol en verano y un mar para remojarse los pies cansados del surco.
Es una de las naciones más grandes de Europa, con una historia riquísima, a la que le viene costando dolores de parto constituirse en país, con el concepto de país que nosotros tenemos. Hace 1.200 años fue la Rus de Kiev, un reino extenso desde el Mar Negro hasta el Ártico, y su capital la ciudad más grande de Europa entre los siglos X y XIII. Pero desde la invasión de los mongoles, en 1256, y con breves intervalos, fue parte del principado de Moscú y luego de la Madre Rusia (que para colmo era su hija). Primero mandaron príncipes, luego zares y finalmente un tirano que en lugar de corona se tocaba con una gorra ferroviaria. Así hasta 1991, cuando se desintegra la Unión Soviética y Ucrania consigue su independencia, pero hoy de nuevo está en juego su integridad territorial.
Es imposible entender lo que está pasando en Ucrania si no se conoce la historia del Holodomor, el genocidio ucraniano perpetrado por Iósif Stalin en 1933. La palabra, que parece sacada de El señor de los anillos, significa literalmente matar de hambre y se refiere a las hambrunas que padecieron Ucrania y otras regiones fértiles del sur de la Unión Soviética cuando Stalin impuso la colectivización de la tierra. Algunos dicen que fue para aplacar las ansias independentistas de los ucranianos; otros que fue nomás el precio de la sovietización, pero lo cierto es que murieron de hambre por lo menos 1.500.000 ucranianos, y se calcula que indirectamente fueron 12.000.000 los afectados que murieron o tuvieron que emigrar de sus tierras, como los judíos en los pogroms de los zares.
Como consecuencia del Holdomor, del genocidio y la migración obligada de millones, fueron los rusos quienes ocuparon las tierras fértiles del este de Ucrania. Lo mismo ocurrió en la península de Crimea, pero con la excusa de instalar el personal de la inmensa base militar de la armada soviética en Sebastopol, enclavada en territorio ucraniano. Fue así como en Crimea y en todo el este de Ucrania se habla en ruso y no en ucraniano: algunas de sus provincias son completamente prorrusas y otras lo que quieren es independizarse de lo que sea porque se autoperciben más ucranianos que los mismos ucranianos. En Crimea y en el este de Ucrania crecieron el fundamentalismo y el independentismo como los hongos en otoño y ahora la Federación Rusa se aprovecha de la situación. De hecho, toda la península de Crimea fue ocupada y anexada por Rusia en 2014 aprovechándose de la debilidad política interna de Ucrania. Desde entonces, y por la misma debilidad, dos regiones del este –Donetsk y Lugansk– se proclaman repúblicas populares independientes y están en guerra de secesión con la propia Ucrania. Y del otro lado de la frontera hay ahora unos 100.000 soldados rusos con sus tanques y misiles, esperando que se derrita la nieve porque ya se sabe que ninguna guerra empieza en invierno.
No es la primera vez ni será la última que la integridad territorial de un país corre peligro por la colonización de sus vecinos, por migraciones obligadas o espontáneas, o por guerras que nadie se explica... Si hurgamos en la historia, ningún pueblo estaba antes donde está ahora. Y originarios –lo que se dice originarios– no son ni los osos hormigueros. Los hechos contundentes siempre se imponen al derecho, que es esencialmente discutible. Por eso los límites de las naciones seguirán cambiando a fuerza de razones que ni sabemos ni podemos predecir, pero vale la pena conocer la historia para explicarnos un poco el presente y no asombrarnos tanto con el futuro.
Es una de las naciones más grandes de Europa, con una historia riquísima, a la que le viene costando dolores de parto constituirse en país, con el concepto de país que nosotros tenemos. Hace 1.200 años fue la Rus de Kiev, un reino extenso desde el Mar Negro hasta el Ártico, y su capital la ciudad más grande de Europa entre los siglos X y XIII. Pero desde la invasión de los mongoles, en 1256, y con breves intervalos, fue parte del principado de Moscú y luego de la Madre Rusia (que para colmo era su hija). Primero mandaron príncipes, luego zares y finalmente un tirano que en lugar de corona se tocaba con una gorra ferroviaria. Así hasta 1991, cuando se desintegra la Unión Soviética y Ucrania consigue su independencia, pero hoy de nuevo está en juego su integridad territorial.
Es imposible entender lo que está pasando en Ucrania si no se conoce la historia del Holodomor, el genocidio ucraniano perpetrado por Iósif Stalin en 1933. La palabra, que parece sacada de El señor de los anillos, significa literalmente matar de hambre y se refiere a las hambrunas que padecieron Ucrania y otras regiones fértiles del sur de la Unión Soviética cuando Stalin impuso la colectivización de la tierra. Algunos dicen que fue para aplacar las ansias independentistas de los ucranianos; otros que fue nomás el precio de la sovietización, pero lo cierto es que murieron de hambre por lo menos 1.500.000 ucranianos, y se calcula que indirectamente fueron 12.000.000 los afectados que murieron o tuvieron que emigrar de sus tierras, como los judíos en los pogroms de los zares.
Como consecuencia del Holdomor, del genocidio y la migración obligada de millones, fueron los rusos quienes ocuparon las tierras fértiles del este de Ucrania. Lo mismo ocurrió en la península de Crimea, pero con la excusa de instalar el personal de la inmensa base militar de la armada soviética en Sebastopol, enclavada en territorio ucraniano. Fue así como en Crimea y en todo el este de Ucrania se habla en ruso y no en ucraniano: algunas de sus provincias son completamente prorrusas y otras lo que quieren es independizarse de lo que sea porque se autoperciben más ucranianos que los mismos ucranianos. En Crimea y en el este de Ucrania crecieron el fundamentalismo y el independentismo como los hongos en otoño y ahora la Federación Rusa se aprovecha de la situación. De hecho, toda la península de Crimea fue ocupada y anexada por Rusia en 2014 aprovechándose de la debilidad política interna de Ucrania. Desde entonces, y por la misma debilidad, dos regiones del este –Donetsk y Lugansk– se proclaman repúblicas populares independientes y están en guerra de secesión con la propia Ucrania. Y del otro lado de la frontera hay ahora unos 100.000 soldados rusos con sus tanques y misiles, esperando que se derrita la nieve porque ya se sabe que ninguna guerra empieza en invierno.
No es la primera vez ni será la última que la integridad territorial de un país corre peligro por la colonización de sus vecinos, por migraciones obligadas o espontáneas, o por guerras que nadie se explica... Si hurgamos en la historia, ningún pueblo estaba antes donde está ahora. Y originarios –lo que se dice originarios– no son ni los osos hormigueros. Los hechos contundentes siempre se imponen al derecho, que es esencialmente discutible. Por eso los límites de las naciones seguirán cambiando a fuerza de razones que ni sabemos ni podemos predecir, pero vale la pena conocer la historia para explicarnos un poco el presente y no asombrarnos tanto con el futuro.
30 de enero de 2022
Cables vs. árboles
De vez en cuando se ve por las calles de Posadas una patrulla de Energía de Misiones destrozando árboles para hacer lugar a los cables de la luz. Quizá tengan un permiso especial de la Municipalidad de Posadas, o del Ministerio de Ecología, o de quién sabe quién, pero no parecen los indicados para andar destruyendo un activo tan escaso como la sombra pública de la ciudad. Y no solo Energía de Misiones, también las empresas proveedoras de televisión, de internet y de telefonía fija, que hoy son la misma cosa.
Los árboles son seres vivos. Los cables, en cambio, están tan muertos como un adoquín y necesitan de operarios que les abran paso ante el crecimiento de las plantas. Los árboles cambian de forma pero no de lugar, mientras que el tendido de los cables sí puede cambiar, si los que lo hacen tienen algo de inteligencia y buena voluntad. Si hay un árbol en la línea de un tendido, bastaría con sortearlo aunque haya que agregar unos metros de cable, que es una inversión mucho menor que destrozar un árbol que tardó 10, 20, 40, 80... años en crecer hasta ahí. Fíjese que sortear obstáculos es lo que nos obligan hacer a los automovilistas cada vez que a las autoridades viales o a la policía se les ocurre cortar una calle de la ciudad por cualquier motivo, a veces bastante estúpido.
Pero se puede ir todavía un poco más allá y dejar que convivan los árboles con los cables, como conviven de hecho en gran parte de la ciudad, y que todos podamos tener a la vez energía en nuestras casas y sombra en las calles y veredas.
En muchas ciudades del mundo –en las que se respetan los árboles a pesar de no ser tan necesaria su sombra como en Posadas– los árboles conviven pacíficamente con los cables, tanto que los que están en el camino de un cable le sirven de apoyo y hasta ahorran una notable cantidad de postes. Ni siquiera hace falta dañarlos con clavos o soportes, ya que tienen una forma mucho más adecuada para sostener un cable que el palo pelado de un poste, que si es de madera es también un árbol menos del bosque.
Hasta el razonamiento económico es sencillo: solo habría que dedicar a mantener la convivencia de cables y plantas los mismos recursos que se emplean en destrozar las copas de nuestros árboles para abriles camino a los cables intrusos. Y si no alcanza no importa, ya que será una inversión en sombra, que como decía más arriba, es un patrimonio cada vez más escaso en la ciudad que crece con mucho cemento y pocas plantas.
No es la primera vez que aparece el drama de la sombra en esta columna, y acepto que algo se está logrando, quizá como reacción al grito ¡QUEREMOS SOMBRA! que es esencialmente salud. Es inexplicable que no haya árboles, por lo menos de la misma edad que las veredas, en todas las calles de nuestras ciudades. Cuando cualquier autoridad planea o diseña un nuevo barrio, una nueva calle, un parque y hasta una ruta... tiene que prever los árboles que le van a dar sombra y plantarlos; y luego tiene que responsabilizar a los frentistas de su cuidado y reposición. Pero también tiene que cuidar y reponer los que están en los parques públicos. A ver si se entiende: si tiene una mascota y no quiere que se muera, le da de comer y la vacuna contra los parásitos; y si tiene una planta y quiere que viva, tiene que regarla y fumigarla.
Pero si resulta que después de tanto esfuerzo, vienen la empresa de energía o la de telefonía y destrozan los árboles que plantamos, que regamos, que cuidamos mientras crecían lentamente, entonces estamos en el horno... en el horno de nuestras calles con 65 grados de temperatura a nivel del pavimento.
26 de enero de 2022
23 de enero de 2022
Premios de ropero
A raíz de la entrega del Misionero del Año, bromeábamos en el diario acerca de esa facilidad para comprar premios y se nos ocurría preguntar cuánto puede salir un Premio Nobel o un Másters de Augusta, porque puestos a comprar, no se trata tanto de esperar a que la Academia Sueca o el Augusta National Golf Club nos den los premios por nuestros méritos, sino de tener los trofeos en una vitrina de casa y el horrible saco verde en el ropero. Solo es cuestión de averiguar dónde se consiguen y comprarlos para grabarlos con nuestro nombre. Los premios valen más por la credibilidad de quien otorga que por los méritos de quienes los reciben y parecen lo más fácil de falsificar que hay: cualquiera compra un Oscar en una tienda de souvenirs en Los Ángeles y nadie se acuerda del Oscar al mejor guion del año pasado.
Me acordaba en esos días de dos premios en los que tuve algo que ver y que, junto con casi todos los otros en los que he participado, me han hecho descreer por defecto de los premios en general y de algunos en particular. Prometo no deschavar a los protagonistas, porque mi intención no es hacerlos quedar mal sino demostrar la fatuidad de los halagos humanos.
Hace ya muchos años, el diario El Territorio venía con un periódico económico y comercial, muy bien hecho, que se distribuía junto con otros diarios del interior y de Buenos Aires (tenía su propia cabecera, pero lo voy a llamar El Económico). Se entregaba una vez por semana junto con el diario y tenía muy buena aceptación. No recuerdo ahora cuánto duró, pero sí que uno de aquellos años –que resultó ser el último– se le ocurrió a la dirección de El Económico en Buenos Aires seleccionar al Líder Empresario Argentino. La mecánica era sencilla: cada diario en los que circulaba debía elegir en su zona a su propio candidato y luego se elegiría entre todos ellos al ganador nacional. En El Territorio nos pusimos a pensar en el Líder Empresario misionero y después de un debate franco y transparente, decidimos quién podía ser y lo propusimos, convencidos de que era quien se lo merecía en nuestra región; pero como abarcamos parte de Corrientes, para no pisarnos se nos ocurrió preguntar a un diario colega de esa provincia. Nos contestaron que ellos habían elegido... a su propio director general. Una rápida ronda de consultas nos desveló que cada periódico había elegido a su propietario, y a los pocos días apareció con gran destaque en El Económico que el Líder Empresario Argentino era el director general de El Económico.
Hace menos años me tocó participar como ponente en un taller de periodismo y nuevos medios organizado por una asociación continental de periódicos. Al final se entregarían unos premios a la innovación, o algo parecido, y los ponentes aparecíamos como jurados de esos premios. Cuando nos reunieron para elegir a los ganadores y ante una opinión mía que no les gustó, me explicaron que los trofeos ya estaban grabados, así que había que elegir a los que había seleccionado la burocracia de la entidad organizadora. Por supuesto que eran los que siempre ganan premios, que son los que pagan más inscripciones en sus seminarios. Abrazos y besos para todos ellos.
Un consejo: nunca haga nada para ganar un premio. Y si se lo dan, guárdelo en un ropero.
16 de enero de 2022
Libertad para hacer tonterías
¿A quién no le gusta la libertad? A todos, pero los latinoamericanos la necesitamos como el aire para respirar, tanto que todos cantamos en nuestros himnos nacionales que preferimos morir a antes que no ser libres. Con algunas excepciones africanas, en el resto del mundo sostienen que está antes la vida que la libertad, con un razonamiento muy humano pero a la vez muy conservador: solo los vivos pueden ser libres; pero nosotros preferimos la muerte a cualquier esclavitud y es uno de los sellos de nuestra identidad común.
La libertad no es no tener obligaciones sino todo lo contrario: implica precisamente la capacidad de obligarnos, tanto que ningún acto jurídico tiene valor si falta la libertad: la capacidad humana para determinarse, para obrar según la propia voluntad. Así que las obligaciones no nos coartan la libertad sino que la confirman. Por eso –aunque no los comparto– pienso que se puede entender a los que han decidido no vacunarse porque no les gusta que los obliguen a nada. Digo que se los puede entender, pero también permítanme que los califique de inmaduros. Oponerse a algo solo porque nos obligan es propio de adolescentes, cosa bastante frecuente, por desgracia, en nuestra cultura colectiva.
Hay otros –a estos no los entiendo para nada– que no se vacunan por pura conspiranoia, que es una paranoia colectiva bien difícil de explicar en sociedades avanzadas. Son los que piensan que la vacuna les inyecta un chip para dominarlos o cosas por el estilo. Ahora hay una corriente que dice haber comprobado que el covid es un invento precisamente para inyectarnos óxido de grafeno y envenenarnos y reducir la población mundial. No vale la pena perder un segundo intentando rebatir lo del óxido de grafeno ni ninguna de esas tonterías estrafalarias. Quienes piensan esas cosas las confirmarán con cada argumento, sea a favor o en contra: así funciona la conspiranoia.
Pero todavía hay una tercera tribu. Son los que dicen que no se vacunan porque se ponen en las manos de Dios y que sea lo que Dios quiera. Se autoperciben tan creyentes como yihadistas del Islam, pero ni siquiera saben que Dios nos creó libres y se traicionaría a sí mismo si forzara esa libertad. Por eso, abandonarse absolutamente en sus manos es tan error como no contar para nada con ellas: a Dios rogando y con el mazo dando, reza el dicho con toda verdad del universo.
Desde que nos subimos al auto y nos ponemos el cinturón de seguridad cumplimos con obligaciones que nos imponen quienes pueden y deben hacerlo. Respetamos los semáforos y las velocidades máximas, no circulamos a contramano, no estacionamos donde no se debe, contratamos seguro de responsabilidad civil, hacemos la VTV, pagamos la patente... y quien no lo hace, se atiene a las consecuencias. Fuera ya del auto, vamos a la escuela primaria y secundaria, pagamos una cantidad infinita de impuestos, no matamos ni robamos, no andamos desnudos por la calle y cumplimos hasta los horarios del supermercado... Pero resulta que algunos no quieren que los obliguen a vacunarse; y lo más curioso es que el mismo estado que impone otras obligaciones no se anima a imponer la vacunación obligatoria a los que han decidido fregarse en las vacunas, que son imprescindibles para que salgamos todos de una vez de la pesadilla de la pandemia.
A cualquiera de los antivacunas les diría que, cuando los pare un policía de tránsito y le pida el seguro del auto, le conteste que no lo tiene porque es un rebelde sin causa que no piensa hacer nada por obligación; o que no lo contrata porque al aportar sus datos personales, seguro que entra en la lista de controlados por la CIA; o que es objetor de conciencia y su responsabilidad civil está en las manos de Dios y no en las propias...
La libertad no es no tener obligaciones sino todo lo contrario: implica precisamente la capacidad de obligarnos, tanto que ningún acto jurídico tiene valor si falta la libertad: la capacidad humana para determinarse, para obrar según la propia voluntad. Así que las obligaciones no nos coartan la libertad sino que la confirman. Por eso –aunque no los comparto– pienso que se puede entender a los que han decidido no vacunarse porque no les gusta que los obliguen a nada. Digo que se los puede entender, pero también permítanme que los califique de inmaduros. Oponerse a algo solo porque nos obligan es propio de adolescentes, cosa bastante frecuente, por desgracia, en nuestra cultura colectiva.
Hay otros –a estos no los entiendo para nada– que no se vacunan por pura conspiranoia, que es una paranoia colectiva bien difícil de explicar en sociedades avanzadas. Son los que piensan que la vacuna les inyecta un chip para dominarlos o cosas por el estilo. Ahora hay una corriente que dice haber comprobado que el covid es un invento precisamente para inyectarnos óxido de grafeno y envenenarnos y reducir la población mundial. No vale la pena perder un segundo intentando rebatir lo del óxido de grafeno ni ninguna de esas tonterías estrafalarias. Quienes piensan esas cosas las confirmarán con cada argumento, sea a favor o en contra: así funciona la conspiranoia.
Pero todavía hay una tercera tribu. Son los que dicen que no se vacunan porque se ponen en las manos de Dios y que sea lo que Dios quiera. Se autoperciben tan creyentes como yihadistas del Islam, pero ni siquiera saben que Dios nos creó libres y se traicionaría a sí mismo si forzara esa libertad. Por eso, abandonarse absolutamente en sus manos es tan error como no contar para nada con ellas: a Dios rogando y con el mazo dando, reza el dicho con toda verdad del universo.
Desde que nos subimos al auto y nos ponemos el cinturón de seguridad cumplimos con obligaciones que nos imponen quienes pueden y deben hacerlo. Respetamos los semáforos y las velocidades máximas, no circulamos a contramano, no estacionamos donde no se debe, contratamos seguro de responsabilidad civil, hacemos la VTV, pagamos la patente... y quien no lo hace, se atiene a las consecuencias. Fuera ya del auto, vamos a la escuela primaria y secundaria, pagamos una cantidad infinita de impuestos, no matamos ni robamos, no andamos desnudos por la calle y cumplimos hasta los horarios del supermercado... Pero resulta que algunos no quieren que los obliguen a vacunarse; y lo más curioso es que el mismo estado que impone otras obligaciones no se anima a imponer la vacunación obligatoria a los que han decidido fregarse en las vacunas, que son imprescindibles para que salgamos todos de una vez de la pesadilla de la pandemia.
A cualquiera de los antivacunas les diría que, cuando los pare un policía de tránsito y le pida el seguro del auto, le conteste que no lo tiene porque es un rebelde sin causa que no piensa hacer nada por obligación; o que no lo contrata porque al aportar sus datos personales, seguro que entra en la lista de controlados por la CIA; o que es objetor de conciencia y su responsabilidad civil está en las manos de Dios y no en las propias...
14 de enero de 2022
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