25 de mayo de 2022

Cables

22 de mayo de 2022

Democracia en la cornisa

La democracia está sintiendo el vértigo que provoca la posibilidad, nada remota, de un paso en falso cuando se anda por caminos peligrosos. Y con lo de la cornisa no me refiero solo a la democracia argentina sino a toda la democracia, por el impacto tremendo que están teniendo las redes sociales en la vida pública de las naciones.


Ucrania es un caso bien actual. Allí se libra una guerra (según von Clausewitz es la continuación de la política por otros medios) relatada en tiempo real, en la que los soldados llevan una cámara en el casco y el celular en la cartuchera. Resulta que hoy podemos ver en una cuenta de Twitter a un francotirador ucraniano reventando un tanque ruso con un lanzamisiles y presenciamos la toma de Mariupol en Instagram como si fuera una Play Station.

No sabemos cómo terminará esta la guerra, pero no cabe duda de que, entre Putin y Zelenski, quien mejor maneja las redes sociales –la opinión pública– es el presidente de Ucrania, que tiene a casi todo el mundo de su lado. Es cierto que todos tendemos a defender al débil que pelea contra el poderoso, pero Zelenski tiene, además, la condición de David: puede ganar.

Lo mismo pasa en la política, digamos pacífica. Si nos preguntaran quién va a ganar las elecciones presidenciales del año que viene en la Argentina, podemos contestar que ni lo conocemos porque no es ninguno de los que aparecen hoy como candidatos. Es perfectamente posible que en junio alguien invente un candidato que gane en agosto, y después no sepa qué hacer. Y esa posibilidad, que es real y que estamos viendo en unos cuantos países del mundo, es la causa del fracaso de esos mismos gobiernos, salvo alguna excepción debida a la suerte. Es que Tik-tok puede servir para ganar elecciones pero no sirve para gobernar.

Las redes sociales son hoy la peor amenaza para los procesos electorales, que no son la esencia de la democracia pero sí un ingrediente elemental. Lógicamente el peligro no son las redes en sí mismas, que como toda cosa inerte, depende de la voluntad de quienes las usan. La impresión rápida es que el mundo será de quienes las sepan aprovechar para manipular a las masas que votan para elegir candidatos. Y da verdadero pavor pensar en esa herramienta a merced de la imbecilidad colectiva o en manos de los que tienen pretensiones despóticas, de los tiranos banderas y de los patriarcas otoñales.

Frente a esta realidad hay tres problemas que resolver.

El primero es el anacronismo de los políticos, que siguen pensando en manifestaciones multitudinarias en las que no juntan a nadie si se las compara con los números de las redes sociales. La inexperiencia anacrónica los deja desnudos frente a los que sí saben y los lleva a confiar en ellos solo para llegar al poder.

El segundo es la velocidad del cansancio social. Lo estamos viendo en la Argentina y es una de las razones por las que probablemente nadie acierte a predecir quién será próximo Presidente de la Nación ni para qué lado rumbearemos.

El tercero es la ignorancia, que es la verdadera pobreza de nuestro pueblo y de cualquiera, la que nos deja inermes a merced de cualquiera que nos quiera manipular. La educación es el remedio contra la manipulación de las redes y también contra la velocidad de los cambios sociales. Un pueblo educado sabrá elegir, pero sobre todo y más que nada, sabrá vivir en democracia, que es bastante más que elegir a las autoridades.

15 de mayo de 2022

Casero y el silencio de los periodistas

 

El viernes de la semana pasada a Alfredo Casero se le soltó la cadena en un programa de televisión. Si no lo vio en directo, quizá lo haya visto por cualquier plataforma digital o linkeado a una red social: con tal de conseguir clics, todos se apuraron a ofrecerlo con la excusa que fuera. Igual, no importa si no lo vio porque ese no es el tema de esta columna. El tema es el silencio de los periodistas, pero voy a describirle brevemente el hecho para que entienda de qué estoy hablando.

Casero estaba sentado a la derecha de Luis Majul en su mesa de LN+ (el canal de TV de La Nación) cuando empezó a levantar presión porque Majul le preguntaba cosas pero no lo dejaba hablar, hasta que en un momento explotó y dio un fuerte puñetazo en la mesa. Ahí empezó un stand-up en el que Casero acusó a Majul y al resto de los periodistas de la mesa de ser cómplices de los políticos. A Casero no le faltan tablas como para improvisar en un set de televisión, así que el espectáculo resultó interesante y quizá también por eso fue repetido hasta el cansancio. Entre las frases que dijo hay algunas imperdibles como "lo primero que hacen es ponerse chupines y ganar plata" referidas a los periodistas críticos del gobierno que cobran buen dinero por ahondar la grieta, a la vez que pregonan a los cuatro vientos que la grieta es una desgracia nacional. Cuando Casero se iba aparatosamente del estudio, Majul le gritó que no le tenía miedo, entonces Casero volvió a la mesa y lo encaró: "cuando alguien dice no te tengo miedo es porque está cagado en las patas..."

La gota que rebalsó el vaso y provocó el puñetazo en la mesa fue una mueca –una burla con la cara– que hizo Majul cuando Casero trataba de articular sus palabras para decir algo muy serio, pero ni esa gota ni ninguna justifica la furia en vivo y en directo de Casero: el que pierde los estribos también pierde la razón porque ya no importan los argumentos ni la lógica: pasa a importar más la forma que el fondo de lo que se dice y ahí se queda todo. Una lástima porque creo que valía la pena lo que estaba diciendo.

El hecho suscitó una discusión generalizada en el ecosistema de los periodistas de todo el país, que se pusieron más del lado de Casero que de Majul. Al final, casi todos hablaron de hartazgo y de que al pobre Casero se le soltó la cadena porque el país no da más, porque la gente está repodrida y todas esas cosas absolutamente incomprobables. Puede ser que estemos un poco cansados de esta Argentina vueltera que nunca termina de llegar al fondo de la grieta, pero eso no justifica la más mínima expresión altisonante y mucho menos un ataque de furia. En realidad nada lo justifica: ser bien educados es más importante de lo que generalmente se cree en esta era dominada por el sentimentalismo a ultranza.

Hay gente que habla mucho y gente que habla poco. Es un condicionamiento de la genética, de la etnia, del carácter o de las pasiones, que no sabemos o no podemos controlar; también puede ser cosa de la voluntad y le aseguro que no es mal ejercicio. Lo malo no es hablar mucho sino hablar de uno mismo, interrumpir con la autorreferencia constante todas las conversaciones: eso es lo que cansa a los que escuchan. Por eso, hable de lo que hable, desconfíe del periodista que habla mucho, porque la obligación del periodista no es hablar sino escuchar. También oír, mirar, tocar, oler, gustar... sentir. Y para todo eso es preciso callarse la boca y contemplar la realidad con todos los sentidos. Si no, nunca sabremos decir la verdad, porque para decir la verdad primero tenemos que acercarnos a la realidad hasta que nos duela; y cuanto más nos acerquemos a la realidad, más nos acercaremos también a la verdad. Oírnos a nosotros mismos solo nos permite hablar de nosotros mismos: esos son los periodistas de las falsas verdades, subjetivos, autocomplacientes, de preguntas inducidas, que pueden gustarnos dos minutos porque piensan parecido o no gustarnos nada porque piensan al revés, pero terminan cansando a sus audiencias porque las hartan y las sobrecargan de sus propias palabras.

8 de mayo de 2022

La Constitución de 1853

El viernes la vicepresidenta nos sorprendió en el Chaco con una declaración maravillosa. Dijo que si le dan a elegir entre la Constitución de 1994 y la de 1853, prefiere la de 1853. También dijo que antes de esas dos prefiere una constitución peronista, refiriéndose seguramente a la de 1949. Y aclaró, por si alguien no se acordaba, que tanto ella como su marido fueron convencionales constituyentes en la de 1994. Sostienen los panelistas de ocasión que lo dijo para tirarle onda a Javier Milei, con la sola intención de ensalzar a quien puede sacarle votos al Juntos por el Cambio. Vaya uno a saber, pero no tengo por qué creer que lo que dijo no sea lo que piensa y no puedo estar más de acuerdo con ese pensamiento, pero por razones bien comerciales: son evidentes tanto el éxito de la de 1853 como el fracaso de la de 1994.

Antes de 1853 hubo en la Argentina otras constituciones, además de los pactos preexistentes que menciona el preámbulo que integra la Constitución desde 1853. Los precedentes más remotos son el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 y el Congreso de Tucumán de 1816, pero la primera Constitución es la de las Provincias Unidas de Sudamérica de 1819. Le siguen la Constitución de la Nación Argentina de 1826, el Pacto Federal de 1831 y el Proyecto de 1852, que convirtió a Juan Bautista Alberdi en el padre de la actual. Fue sancionada en 1853 y refrendada con escasas reformas en 1860, cuando se incorporó Buenos Aires a la Confederación Argentina. En 1898 sufrió dos modificaciones menores relacionadas con cantidades. En 1949 se sancionó la ya citada Constitución Peronista, hija de Arturo Sampay, pero fue derogada en 1956 por un gobierno de facto sin que nadie, hasta hoy, diga esta boca es mía. En 1957 se agregó el artículo 14 bis y un inciso del 67 (funciones del Congreso). La última es la de 1994, que rige actualmente. Igual que el preámbulo, en ninguna de las reformas se cambió la declaración de derechos y garantías establecidas en 1853 bajo la inspiración de Alberdi.

Desde 1810 hasta 1860 la Argentina vivió una larga temporada de guerras civiles, asesinatos políticos, encuentros y desencuentros entre unitarios y federales, caudillos provinciales que convivieron con fracasados intentos de unidad. Por fin, en 1853 y gracias a la clarividencia de Alberdi, se redactó la síntesis de esa Argentina que en pocos años pasó del desorden al orden institucional y nos rigió sin mayores problemas, por lo menos hasta el primer golpe de estado que alteró el orden constitucional en 1930, pero hay que decir que ninguno de los golpes de estado que alteraron el orden constitucional pudo contra ella, ya que volvió a levantarse una y otra vez.

La Constitución de 1853 fue un parto difícil, pero exitoso. La de 1994, en cambio, empezó con un paseo por la quinta de Olivos donde se fraguó el pacto político y terminó entre las ciudades de Santa Fe y Paraná, históricamente constitucionales. No cambió las declaraciones de derechos y garantías de 1853 –la parte que Cristina llamó pétrea, de piedra, inmodificable– pero reformó el periodo presidencial, terminó con la elección indirecta, estableció una curiosa mayoría para ganar en la primera vuelta electoral y subió a rango constitucional los tratados internacionales firmados por la Argentina: todas ideas bastante discutibles. Entre las buenas está el Consejo de la Magistratura, pero por no ponerse de acuerdo los convencionales, quedó para más adelante su conformación, cosa que todavía nos trae dolores de cabeza, especialmente en estos días.

Un viejo profesor español de derecho, don Carmelo de Diego-Lora, sostenía que la mejor constitución es la más corta. La que explica con pocas palabras los principios fundamentales del pacto de convivencia entre los que forman una misma nación. Muchos artículos –decía– no hacen más que embrollar su interpretación. Esos principios están contenidos en la parte pétrea de la Constitución Nacional, la que realmente vale y ha perdurado a pesar de las sucesivas reformas, tanto que podríamos dejar lo secundario para leyes que dicte el congreso con una mayoría calificada y nos quedamos para siempre con el preámbulo y la primera parte de la Constitución de 1853.

30 de abril de 2022

Un restyling para la democracia

Perdón por usar la expresión en inglés del título, pero es que también entre los que hablamos castellano así se significa la renovación de una marca, de una imagen, de un estilo gráfico… y todavía en castellano tenemos que usar tres o cuatro palabras para decirlo.

Y si restyling está en inglés, democracia está en griego. Señal de que es un concepto muy antiguo, que se ha ido renovando con el tiempo, porque los tiempos cambian y todo necesita cada tanto renovar su concepto, su imagen y hasta sus fundamentos. Pero en cualquier proceso de este tipo nos encontramos con un escollo difícil porque depende de la inteligencia o de la imbecilidad humanas: confundir lo esencial con lo accidental. Quiero decir que corremos el riesgo de cambiar lo que no hay que cambiar y no cambiar lo que sí había que cambiar...

La democracia es el gobierno del pueblo. Lo dice, en griego, la misma palabra, pero quien completó el concepto fue Abraham Lincoln, el 19 de noviembre de 1863 en Gettysburg: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Desde antes de Aristóteles hasta Abraham Lincoln la idea de la democracia incluye necesariamente a todo el pueblo. Eso quiere decir que no es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Supone también, necesariamente, un fin común en el que todos están de acuerdo, y que está incluido en el concepto de nación.

Insiste cada vez más la vicepresidenta en que las ideas en que se basa el sistema democrático y republicano están viejas, tanto como el barón de Montesquieu y las revoluciones americana y francesa, en ese orden. Es verdad, pero hay que aclarar lo dicho más arriba: lo que hay que renovar no es lo esencial sino el estilo, no el fondo sino la forma. Entre esos conceptos esenciales están los límites al poder en el espacio y en el tiempo, reflejados en la división de poderes y en la caducidad de los mandatos.
 

El domingo pasado hubo elecciones generales en Francia. Le ahorro la historia, solo lo traigo a colación por la portada del diario Libération del sábado: Contra la extrema derecha, votemos a Macron: hay que votar a un candidato que no nos gusta porque la alternativa es mucho peor; y lo hizo el sábado y no el domingo porque Libération no sale los domingos. ¿Le hace dudar de la democracia francesa ese mensaje que entre nosotros está absolutamente prohibido? Claro que no, porque lo que está viejo en nuestro sistema es el paternalismo electoral que trata a los electores como si fueran estúpidos, los lleva a votar como borregos por candidatos ignotos en listas interminables en las que hay entreverados grandes candidatos con payasos de circo, psicópatas, cleptómanos y tontos de capirote.

Estamos jugados en nuestra América cuando nos sorprenden gobernantes que nadie se explica cómo llegaron hasta allí, pero tampoco dudamos de que fue democráticamente, por lo menos la primera vez, cuando usaron la democracia para atentar contra la democracia. Por eso el restyling de la democracia debería incluir los cortafuegos que impidan llegar a estos extremos y uno de ellos debiera ser un test psicofísico en vivo y en directo en lugar de esos debates inútiles que son duelos de monólogos.

Europa viene haciendo restyling de la democracia desde la época de Juan Sin Tierra en el siglo XIII, si no se cuenta un antecedente en el Reino de León en el siglo XII. En esas época nació el parlamentarismo, que limitaba el poder del soberano y daba voz y voto a las minorías. Ese sistema se fue depurando, especialmente en el siglo pasado, y hoy hay tantos parlamentarismos como países en la Europa occidental y democrática. Ahí tiene el restyling para nuestras democracias sudamericanas, mucho más cercanas a las europeas que al presidencialismo norteamericano, que copiamos porque era lo que entonces estaba de moda.

24 de abril de 2022

Caídos o trasplantados

No estaba en Posadas a fines de febrero cuando me llegó la foto de un árbol caído en la bajada de la avenida Roque Pérez de Posadas. Me acordé entonces de esta ampliación de la realidad que supone que todos andemos con una cámara de fotos y filmadora en el bolsillo, que para colmo está conectada a internet, tanto que podemos hacer que todo el mundo vea lo que estamos viendo, en tiempo real, o hacer fotos de lo que pasa a nuestro alrededor. Pensaba que todo se volvió público y que, lejos de ser una debilidad de nuestra época por situarnos todo el tiempo en el ojo de todo el mundo, es un progreso notable para la transparencia de las conductas públicas que ya casi no se pueden esconder. Supongo que también fortalece el concepto mismo de intimidad, cada vez más reservado al propio hogar y a la decisión de mantenerla alejada de la mirada indiscreta de los terceros que no tienen nada que hacer allí.
 

Como solo lo he visto en fotos, por la apariencia supongo que aquel árbol era un ficus ya grande, al que la obra de una acequia de cemento que baja entre el cerro y la calle dejó sin sustento y lo tumbó cuan largo era a lo ancho de la avenida. El ficus no es autóctono y su verde es un poco tonto, pero ahí estuvo años, creciendo algo inclinado sobre la avenida a la que daba sombra. La sombra y los años son los que importan, porque no se recuperan así nomás. Y cayó por una obra que no tuvo en cuenta ni la sombra ni los años, ya que se podía transplantar a un lugar donde siguiera brindando lo mismo que nos daba, pero a unos metros de su emplazamiento original, donde hay otros árboles, entre ellos un samuhú, ahora apuntalado para que no le pase lo mismo que al ficus.

Es lo que ocurrió hace unos días en la obra de la la Travesía Urbana, sobre la avenida Quaranta y Las Heras, a la altura del acceso a la residencia del Gobernador, donde había una garita de la Policía y también un puente de curiosa arquitectura que ya desapareció. Allí daban sombra varios árboles añosos, que quedaron en el medio de la traza de la nueva colectora en la mano hacia la Rotonda. Con muy buen tino –y supongo que cumpliendo estrictas condiciones del contrato– la empresa constructora corrió uno metros los árboles para darles lugar junto a la colectora; y para que nadie se enoje al ver a sus operarios manipulado esas plantas, la empresa colocó un cartel que aclaraba que los estaban trasplantando y no talando. Bien hecho y señal de que se pueden trasplantar árboles grandes en lugar de talarlos o de socavar sus raíces hasta que caigan.

Como con otros temas en los que se sugieren mejoras en la ciudad, no es la primera vez que digo lo que sigue y supongo que tampoco será la última. Hay que insistir…

Los árboles son seres vivos, del reino vegetal. Nacen chiquitos y crecen: unos más y otros menos, unos más rápido y otros más despacio; y para crecer necesitan tierra y agua. Está muy bien plantarlos, pero no es lo único que se requiere para que crezcan: luego hay que cuidarlos hasta que se pongan grandes, se defiendan solos y lleguen con sus raíces al agua de alguna napa subterránea. Y no solo regarlos: hay que cuidarlos, con tutores para que no los tuerza el viento y vallas para protegerlos de algún desprevenido. También se mueren: de viejos, por pestes o por la misma falta de cuidados, y a veces a pesar de los cuidados; entonces hay que reemplazarlos por nuevos.

Además, una cosa es una explotación forestal y otra un parque urbano. Es la diferencia entre una plantación y un paisaje. Por eso insisto en que no hace falta poner los árboles en fila en los parques de la ciudad, como si fueran plantas de mandioca… No le vendría mal contratar un buen paisajista a la Municipalidad de Posadas, pero mientras tanto, se puede romper un poco la geometría de chacra desviándose de las líneas rectas en la reposición de los árboles que se pierden.

17 de abril de 2022

La banda, el bastón y la suerte


Hablamos de poder cuando alguien toma, adopta, una decisión y esa decisión es respetada por el conjunto de la sociedad. Eso es el poder. Que te pongan una banda y te den el bastón, un poquito es… La frase es textual de la vicepresidenta argentina, pronunciada el miércoles en su presentación ante la Asamblea Parlamentaria Europea-Latinoamericana que se realizaba en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires. Faltan los gestos y un poco de contexto como para concluir que se refería a alguien en particular, pero igual el periodismo porteño se apuró a asegurar que era una alusión al Presidente, entre otras cosas porque después dijo …ni te cuento si además no se hacen las cosas que hay que hacer.

La vicepresidenta expresó el concepto de poder en el sentido más amplio y cabal. Sabe, por experiencia (también lo dijo) que el poder político no es el que tiene toda la capacidad para tomar decisiones respetadas por el conjunto de la sociedad. En este dilema se basa toda la filosofía de una parte más o menos importante del arco ideológico, en la Argentina y en el mundo. Y da igual el momento en que lo exprese: habría valido lo mismo en sus épocas de presidenta, de senadora, o retirada cuidando nietos en El Calafate. Además, esta expresión es la base de otra que usó durante sus años en la Casa Rosada, cuando decía vamos por todo… Quería decir que no le alcanzaba con el poder político: si quería cambiar la realidad necesitaba tener el poder real, el que no dura solo cuatro u ocho años; el poder que se queda para siempre en la Casa Rosada aunque los presidentes cambien.

Basta con buscar cualquier entrevista a los empleados más antiguos de la Casa Rosada o de la Quinta de Olivos. Invariablemente contarán que conocieron a muchos presidentes, todos muy distintos, pero cuando les preguntan por el resto de los que pasaron por allí, contestan que esos son siempre los mismos. Son los que tienen el poder real mientras que el de los presidentes es efímero. Cualquier cargo electivo tiene plazo de vencimiento porque nuestras leyes republicanas han establecido un límite al poder en el tiempo. En cambio, el poder real no tiene límites en el tiempo y a veces tampoco en el espacio.

Así es la historia del poder. Los reyes absolutos eran los dueños de todo: no solo de los bienes sino también de la vida de sus súbditos. Pero cuando las sucesivas revoluciones, desde la época de Robin Hood a nuestros días, fueron recortando los despotismos, el poder real (el de verdad) se corrió a personas o corporaciones que hoy mantienen su base dinástica y acumulativa, sin cortapisas ni almanaques que lo limiten.

Permítame dar una vuelta más de rosca a esta improvisada teoría ilustrada del poder. Hoy, en nuestras sociedades democráticas, el poder debe servir para cambiar la realidad, mejorar la vida de la gente de acuerdo a unos criterios que son distintos de un lado u otro del espectro ideológico, y aunque cambien las personas, ese poder se mantiene en la medida que se consiguen los objetivos. No sirve, en cambio, cuando el único fin del poder es detentarlo, mantenerlo o acrecentarlo a como dé lugar sin un proyecto, sin un objetivo o una meta. Y lamento comunicarle que algo de eso nos está pasando hoy en la Argentina y no solo en la Argentina. Es la razón de la desilusión de los jóvenes con lo que hay y también del progreso inusitado en las encuestas, sobre todo entre los mismos jóvenes, de candidatos desconocidos, pero que por lo menos dicen para dónde van.

El peligro de la falta de objetivos es que al final nos agarramos de cualquier proyecto que aunque sea vaya para algún sitio. Entonces aparecen los outsiders desconocidos, a los que votan multitudes desilusionadas con quienes prometieron mucho pero después nos acercaron más al abismo. En ese escenario dependemos de la suerte, que no es nunca un buen prospecto. ¿Quiere ejemplos? Están en toda nuestra América, Argentina incluida.

10 de abril de 2022

Autoridad, poder y lomos de burro


Los lomos de burro son la expresión más cabal de la ineficacia de la autoridad para hacer cumplir las leyes. Es la renuncia a cualquier política civilizada para conseguir que los conductores reduzcan la velocidad y para eso se apela a la violencia contra los conductores y sus vehículos, a veces ante una bocacalle, otras delante de un colegio y otras no se sabe bien por qué. Se supone que la velocidad permitida en calles y avenidas es de 60 kilómetros por hora, pero si los pasa a esa velocidad, los nuevos reductores metálicos que están instalando en Posadas le arruinarán el tren delantero a la cuatro por cuatro más pintada.

Mutatis mutandis (y por favor perdonen la comparación, pero creo que es solo una cuestión de escala) lo que hace el estado con nosotros es como Rusia invadiendo Ucrania: si no puede conseguir que haga lo que quiere, la somete, la sojuzga y la viola. Es usar la violencia para conseguir un fin que se supone que es un bien, por lo menos para algunos ya que no lo es para los propietarios de los autos rotos por esas instalaciones. Y todo con el supuesto fin de mejorarle la vida a la gente, pero a fuerza de empeorarla por otro lado, y con saldo negativo en el balance final de este tira y afloja, porque nos acostumbrará a cumplir las leyes solo por temor a la violencia física y no para respetar los derechos de los demás.

Se puede ir un poquito más allá todavía en este razonamiento y concluir que es completamente absurdo pavimentar las calles de una ciudad para que los autos viajen sin contratiempos y después agregar –a propósito y unilateralmente– los contratiempos. Es como asfaltar una calle y después romperla. La lógica pura indica que sería mejor no pavimentar las calles, ya que de ese modo los conductores tendrían que reducir la velocidad a la fuerza, que es lo que se pretende con los lomos de burro o de toro, vigilantes dormidos, policías acostados, túmulos, rompemuelles, lomadas y lombadas (en toda nuestra América se repite el flagelo aunque cambien los nombres). Unos son filosos, otros romos. Unos parecen colinas, otros mesetas. Unos semejan una procesión de tortugas, otros son filas de tachuelas gigantes, pero todos coinciden en hacer daño al que pase inadvertido a velocidades permitidas.

Es tan ilógico poner obstáculos en las calles de la ciudad como construir una autovía para que los autos no puedan sobrepasar los 60 kilómetros por hora. Un acceso que es una contradicción en sí misma ya que se supone que se agregaron carriles para permitir el sobrepaso y mejorar la entrada y salida más transitada de la ciudad, pero después se impide sobrepasar hasta a los camiones más lentos con ese ridículo límite de velocidad.

Y no ocurre solo con la velocidad máxima en la autovía que va desde Garupá a San José. Cada retén de la policía con sus conos anaranjados en un atentando a las millonarias inversiones en vías de comunicación: para qué queremos dobles trochas o rutas más anchas si después las obstaculizan a cada rato con piquetes de la Policía Provincial, de la Gendarmería Nacional, de la Prefectura Naval, de la Policía Federal y hasta de la Policía de Seguridad Aeroportuaria… que nos paran para preguntarnos a dónde vamos o miran sus celulares a la vera del camino.

Los lomos de burro y el resto de los obstáculos son una comprobación empírica de lo que es el poder sin autoridad. Como no hay autoridad que consiga que cumplamos las leyes, se ejerce solo el poder de rompernos los autos, jorobarnos el tiempo del viaje, o simplemente mostrarnos quién manda en la carretera.

Dirán que no hay otro modo de lograr que la gente maneje más despacio porque son todos unos maleducados. Toda una confesión… de la falta de enseñanza, de igualar para abajo a los buenos y a los malos y de la escasa autoridad de los que gobiernan, a quienes no les queda otra que recurrir al poder y a la violencia sobre los gobernados.

3 de abril de 2022

Semáforos de Posadas


El sábado de la semana pasada se inauguró la mano única en otras dos avenidas de Posadas. Santa Catalina ahora corre de norte a sur, desde Urquiza hacia la terminal de ómnibus y la estación de transferencia de la avenida Quaranta; y Lavalle, al revés, va de sur a norte, desde Quaranta hacia Urquiza. Se está imponiendo un esquema más funcional de tránsito en la ciudad, pero sobre todo más racional. Y no solo eso: los comerciantes, que al principio de quejaban, ahora están bastante más conformes.

Pero la nuevas manos únicas de las avenidas dejan todavía pendientes dos reformas que pueden servir para mejorar toda la circulación de la ciudad, y aclaro que a las dos me he referido otras veces, pero me consta que hay que repetirlas para que al fin alguien caiga en la cuenta y se anime a encararlas. A veces se rechazan las sugerencias solo porque se les ocurrieron a otros, quizá para que esos otros no se adjudiquen los beneficios de los cambios. Lástima, porque es evidente no es un criterio sano para decidir nada.

Las bicisendas de Posadas no son bicisendas: son el antiguo cordón cuneta más un metro de avenida, delimitados por pintura y señalización vertical. Impiden el estacionamiento en uno de los lados, que es lo que sí molesta a los comerciantes que no cuentan con estacionamiento en sus locales. Toda la obra que se ha hecho es pintar ese carril, que es precisamente el que usaban los automovilistas para estacionar. La mitad de la bicisenda es cordón cuneta, casi imposible de transitar en bicicleta, lo que vuelve difícil cruzarse con otro ciclista. Pero además están las alcantarillas, las bajadas de autos que invaden el carril y cantidad de obstáculos que nadie se atrevió a modificar, no se sabe si por desidia o por la urgencia de parecernos a Amsterdam. Solo la avenida Tomás Guido tiene algo parecido una bicisenda de verdad y es el ejemplo de lo que sí hay que hacer. Esa avenida, en forma de paseo, nació como una compensación por la línea de 132.000 voltios que la recorre hacia la estación transformadora de la avenida Centenario. Al ser Tomás Guido doble mano, mantiene, además, los semáforos para ambos lados de circulación, cosa que no ocurre en las avenidas que se han vuelto de una sola mano, aunque sus bicisendas sean de ida y vuelta: en esas, los ciclistas que van a contramano de la circulación de los automóviles, tienen que pasar las bocacalles sin saber si tienen o no tienen el paso liberado por el semáforo. Solución: construir bicisendas de verdad, ponerlas en las avenidas de doble mano, o hacerlas pasar por calles internas y no por las avenidas. Es que, al final, las bicisendas son un obstáculo a la circulación más rápida de las avenidas.

Los semáforos siguen siendo un suplicio en Posadas, sobre todo a quienes por la edad ya no tenemos las articulaciones del cuello tan flexibles como los más jóvenes. Salvo en muy contadas excepciones están antes de la arteria que hay que cruzar, lo que obliga a los conductores de las primeras filas ha hacer contorsiones imposibles para verlos desde el lugar donde hay que detenerse. Hacer contorsiones imposibles o esperar a que uno de los de atrás toque la bocina impaciente cuando deja de mirar el celular y se da cuenta de que la luz del semáforo se puso verde.

Pero hay otro defecto –muy notable y muy aprovechable para los simples mortales que somos objeto de multas peregrinas– que las autoridades municipales deberían tener en cuenta: es imposible probar con fotos la infracción por pasar una semáforo en rojo cuando está antes de la calle que impide cruzar con la luz roja, ya que siempre el conductor podrá alegar que cuando la cruzó no estaba en rojo.

Por pura serendipia, al cambiar las manos de las avenidas y girar los semáforos sin modificar su emplazamiento, ya hay unos cuantos cruces que tienen semáforo del lado que tienen que estar. Pero no es una buena idea dejar que esas cosas ocurran por casualidad.