30 de octubre de 2022

Fronteras de Misiones


La humanidad siempre se divide en dos: habladores y callados; Ford y Chevrolet; medialunas saladas y dulces... también izquierda y derecha; progresistas y conservadores; los que miran para adelante y los que prefieren el espejo retrovisor; los que aprietan en acelerador con los dos pies y los que van por la vida frenando todo el tiempo... 

Audaces son los que, cuando miden riesgos, los toman como desafíos para seguir adelante. Los segurolas, en cambio, reculan cuando ven un obstáculo; los primeros se sienten bien entre barreras, semáforos, límites y fronteras; los segundos, por las dudas prefieren que no haya límites para nada. Los segurolas aman las paredes de su cuarto, los audaces disfrutan el placer de la aventura. Los audaces construyen puentes, los segurolas los dinamitan.

No sé de qué lado se siente usted, pero déjeme decirle que las fronteras son una antigüedad; tan atrasadas como cualquier barrera que pretenda ponerle límites a la vida. Por eso, en todo el mundo los límites tienden a desaparecer, borrados primero por las comunicaciones, las tecnologías, los medios electrónicos y luego por el mercado: cada vez es más difícil controlar el tráfico de lo que compramos y vendemos en el comercio global. Pero hay algo más: cualquier barrera que impida el paso no evita que pasen los productos, solo los encarecen... y a nadie le gusta pagar más de lo que valen las cosas: al final los contrabandistas, los narcotraficantes y los funcionarios corruptos son los únicos que se benefician con las barreras de la frontera.

Fíjese en el caso de la medicina, cuya eficacia sigue ligada también al bolsillo del paciente y a la posibilidad de viajar para conseguir mejores prestaciones médicas o mejores remedios. Lo mismo ocurre con cantidad de productos, cuyos precios no dependen tanto de lo que cuesta fabricarlos como de los impuestos y las aduanas de cada país. En contra de esa fuerza, que trata de impedir el paso, el mundo se ha vuelto un colador, y por más que lo intentemos, es cada día más difícil cuidar las fronteras; y cuanto más fronteras, más difícil.

Hay que celebrar que la Cámara de Diputados de la Nación haya incluido en el presupuesto 2023 la posibilidad de crear zonas aduaneras especiales en la Argentina. Pero sobre todo hay que celebrar la tozudez del gobierno de Misiones, porque ese es el modo de lograrlo. El ante año pasado fue el Presidente de la Nación, a pedido del ministro Guzmán, quien vetó la posibilidad de zonas aduaneras especiales que habían entrado en la Ley de Presupuesto sancionada por el Congreso en 2020. El año pasado se repitió el fracaso debido al rechazo por parte de la oposición a la Ley de Presupuesto de 2022, lo que provocó que para este año rigiera el que se había sancionado para 2021.

La distancia con Buenos Aires y las zonas de mayor consumo de la Argentina son una debilidad para Misiones. Lo que no puede ser es que también sea una debilidad la cercanía con los estados más ricos del Brasil y con la zona más productiva del Paraguay. Hace tiempo que Misiones intenta transformar esa debilidad en fortaleza: el confín geográfico argentino en que se encuentra la provincia puede ser un notable centro de producción y negocios del Mercosur, pero para eso hay que cambiar las asimetrías de la frontera, que son el resultado de leyes y no de la naturaleza o de la cultura de nuestros pueblos.

La Ley de Presupuesto tiene ya media sanción en la Cámara de Diputados. Falta pasar por el Senado, pero sobre todo por el posible veto del Presidente. Esta vez la ley no menciona provincias ni zonas limítrofes concretas, lo que la hace más viable. Pero mientras esperamos esos trámites, no parece buena idea insistir desde la provincia en derogar las PASO del año que viene, a ver si todavía el Presidente se enoja y vuelve a vetar el artículo.

23 de octubre de 2022

Irrespeto a la autoridad


Me pregunta un amigo si es verdad lo que contaba en la columna anterior y debo suponer que la pregunta es retórica, un modo de mostrar asombro y no una cuestión sobre el apego esencial del periodismo a la verdad. Se refería a cuando un gendarme me mandó a la banquina en penitencia por contestarle exactamente lo que me había preguntado, pero la gracia es que la pregunta estaba mal hecha y los gendarmes son impermeables a la ironía... La primera vez le hice caso, pero la segunda no tuve paciencia y después de explicarle que no pensaba obedecer a un abuso de poder, me fui lo más campante mientras el agente hacía que escribía mi patente en su celular. Quizás cuando renueve mi carnet aparezca una infracción "por no hacer caso a un abuso de poder".

El corolario que quiero sacar de este y de otros sucedidos que ocurren cada vez más a menudo, es que los argentinos estamos perdiendo el respeto por la autoridad, y el causante es el abuso del poder de los que deberían ejercerlo con autoridad, con apego a las leyes, y no arbitrariamente.

Si hiciéramos que se respeten nuestros derechos, aun en los casos de menor cuantía, se transformarían en una buena cifra con un solo abogado que se anime a litigar contra esos abusos recolectando miles de casos que se producen todos los días. El mejor resultado de una sentencia que condene al estado a pagar las consecuencias de sus abusos será el respeto por los derechos individuales y por las leyes que son para todos.

Si hay algo que nos saca de quicio a los seres humanos es la injusticia; podemos aguantar una vez, dos veces, tres... quizá más y depende de cada uno, pero cuando nos damos cuenta de que los que queremos que se nos respete somos la inmensa mayoría, el abuso de poder lleva al irrespeto y termina mal porque entonces viene la revolución en modo Mahatma Gandhi, como las mujeres de hoy en Irán, que cansadas del abuso del gobierno integrista islámico y sus policías morales, están dando vuelta todo un país.

El razonamiento es simple y hasta adolescente, pero es así: si la autoridad no respeta las leyes yo tampoco lo hago. El caso del cumpleaños de la mujer del presidente en pleno aislamiento es el que está más a mano, pero hay muchos más y hace tiempo: los uniformados que piquetean en las rutas retrasando sin motivo a los automovilistas; los funcionarios que se guardan espacio público –que es de todos– para estacionar, con carteles que recuerdan los privilegios abolidos en la Asamblea del año 1813; los taxistas que circulan impunemente por Posadas con la patente tapada; los lomos de burro, que son el colmo porque ejercen violencia física contra los automovilistas y su propiedad, además de ser la confesión paladina del abuso de poder por falta de autoridad.

El ejemplo es el principio elemental de la autoridad moral. La gente no hace lo que se le dice que haga sino lo que ve que hacen los demás. Por eso quienes primero tienen que cumplir las leyes son los que las promulgan; si no resulta que los que tienen poder hacen lo que quieren y los que no lo tienen hacen lo que quiere el que lo tiene. Ya en el año 60 antes de Cristo se decía que la mujer del César, además de serlo debe parecerlo; y hace 900 años que los dominicos dicen que fray Ejemplo es el mejor predicador.

Esta distinción entre autoridad (auctoritas) y poder (potestas) es de la antigua Roma, cuando ya se distinguía entre la autoridad moral y el ejercicio real del poder, que deben ir juntos en el gobierno de la sociedad, como dos caballos que tiran del mismo carro. Si no es así, se pierde el respeto por la autoridad y el poder se queda sin fundamento, hasta llegar a la anomia en la que nos sumergimos los argentinos hace años.

16 de octubre de 2022

Abuso de poder a cada rato


Comentaba el domingo pasado las peripecias que tuve que pasar para renovar el carnet de conducir y me quejaba del embudo: ante la imposibilidad de hacer cumplir la ley por las buenas, la autoridad aprovecha el embudo del carnet, por el que hay que pasar sin remedio, para meter ahí cantidad de cosas que no son las estrictamente necesarias para manejar un auto, como las multas pendientes; a esas alturas ya no importa que sean justas o injustas, estén vigentes o prescritas: hay que pagarlas porque el tiempo apremia y será más grave y más caro quedarnos sin carnet.

En medio de aquellos trámites ocurrió un diálogo propio del realismo mágico: cuando pedí hablar con el jefe ante la necesidad urgente de tener el carnet porque debía viajar al día siguiente, me contestaron que no podía ser, no porque no estaba sino porque estaba enfermo. Ante mi sorpresa, la empleada me aclaró que estaba sin voz y no iba a poder hablar con él porque no iba a escuchar lo que decía. Le contesté que tengo buen oído y seguí esperando... pero no hizo falta, porque al rato la empleada me dio un turno para rendir examen esa misma tarde en el Parque de la Ciudad. Lo que me quedó claro es que estuve por quedarme sin carnet y sin viaje porque el jefe estaba afónico...

Una semana después, con mi carnet flamante y un par de viajes encima, compruebo que podría haber viajado sin él porque ya que nadie lo pide. Es que ahora los retenes de las fuerzas de seguridad solo preguntan de dónde venimos y a dónde vamos; curiosidad que no se entiende porque nadie anota nada, así que no están haciendo ni siquiera una estadística. Para colmo, hay algunos agentes que en lugar de preguntar como corresponde, en segunda persona, lo hacen en primera del plural, quizá creyendo que así son más amigables, o más cultos...

–Buenos días, señor... saluda un gendarme mientras bajo el vidrio. 
–Buenas... contesto. 
–¿De dónde venimos? 
 –Los argentinos venimos de los barcos, como dice el presidente... 
–¿Cómo dijo? 
–Bueno, no estoy seguro de dónde venimos ni a dónde vamos. ¿Usted lo sabe?
–Póngase ahí al costado... Y me señala la banquina donde me deja un buen rato en penitencia.

Hace unos días me volvieron a preguntar en el Arco:

–¿Buenas tardes señor, a dónde vamos?
–Yo voy a Resistencia, pero no sé a dónde va usted.
–Póngase ahí al costado... 

Esta vez me salté la penitencia y me fui sin pestañear. ¿Qué culpa tengo yo de que esos funcionarios no sepan conjugar los verbos más elementales?

Está configurado el abuso de autoridad en cada retén que nos detiene para preguntar una tontería, y mucho más si nos ponen en penitencia por contestar justamente lo que nos preguntan. También hay abuso de autoridad y se comete un delito constitucional en cada oficina que nos obliga a hacer lo que la ley no manda o nos priva de lo que ella no prohibe. Abuso de autoridad, delito constitucional y presunción de sospecha hay en cada lomo de burro que, con violencia, nos obliga a bajar la velocidad mucho más de lo que prescribe cualquier norma de tránsito. Hay muchísimos más casos, todos los días, en situaciones públicas o privadas, a las que ya nos acostumbramos, como la rana al agüita tibia que empieza a cocinarla.

9 de octubre de 2022

El carnet y el embudo


La semana pasada venció mi carnet de conducir. Lo tenía anotado una semana antes, en la agenda del teléfono y con una buena alarma, para empezar el trámite con tiempo. Bueno, no sirve: hay que empezar por lo menos un mes antes...

Resulta que pedí turno para ir al Centro de Atención al Vecino de las avenidas Urquiza y San Martín, en Posadas, dado que paso por allí cuatro veces al día. Allí me comunican que no puedo empezar el trámite hasta no solucionar un par de multas pendientes. Una de ellas de hace diez años, en una ruta provincial de Córdoba, de la que nunca tuve noticia. La otra, de Posadas, por un semáforo en rojo que nunca pasé, ya que en la fecha de la infracción ese auto no era mío.

Cuando pregunté a la empleada que me atendía si sabía cómo solucionar una multa prescrita de Córdoba, me dio un número de teléfono de la Municipalidad de la ciudad de Córdoba. Le expliqué que nadie atendería en ese número y que la Municipalidad de Córdoba no tenía nada que ver con una infracción entre Cruz del Eje y Capilla del Monte. Insistió en que era todo lo que tenía y que llamando a ese número me darían la solución, así que lo intenté: nunca atendió nadie. Cuando al final encuentro alguien que conteste en la Policía Caminera de la Provincia de Córdoba, me aclara que es competente el Tribunal de Faltas de La Falda. En La Falda me contestan que tengo que enviar mi descargo –o el pedido de prescripción– por correo postal y que la respuesta me llegará también por correo postal. Le explico que la prescripción debería ser automática y que basta con la fecha, pero no hay caso: ni en el CAV ni en La Falda tienen la más mínima voluntad de entender un principio tan elemental del derecho.

La otra multa, otro problema. Tenía que encontrar al dueño actual de un auto que fue mio y pedirle que pagará la multa, ya que había que suponer que había sido cometida por esa persona. Por suerte pude solucionar el problema por otra vía, ya que también resulta evidente que si el auto no era mío, tampoco era yo quien había cometido la infracción: alguien había presentado formularios a destiempo.

Cuando dos días después consigo librarme de las infracciones, vuelvo al CAS de Urquiza y San Martín, pero resulta que ahora no está el médico para la revisión y tampoco saben cuándo va a venir. –Venga esta tarde, me dicen. Vuelvo a la tarde, en mi paso habitual, a las 18.15, pero cuando entro no hay nadie, solo un policía que desde un balcón interno me dice que no hay nadie. –Pero si aquí dice que están hasta las 19, le señalo la puerta de la oficina donde está pintado el horario de atención. –Sí, pero esta gente se va cuando quiere... y me anima a hacer una denuncia en la comisaría por incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Al día siguiente me voy al CAV de la avenida Las Heras. Paso la prueba médica, pero ahí me entero que por mi edad tengo que volver a rendir examen de manejo. Me dan turno para dos días más tarde, pero como mi carnet ya vence al día siguiente, debo ir con alguien que lleve mi propio auto hasta el lugar de la prueba. Como tengo que viajar a Corrientes al día siguiente, les ruego que me dejen rendir ese mismo día a la tarde... Me contestan que es imposible. Les explico lo que pasó en el otro CAV y pido hablar con el jefe... 

–El jefe está enfermo. 
–¡No puede ser! ¿No está?
–Sí. Está, pero habla muy bajito, así que no lo va a oír. 
–Tengo buen oído. Lo espero. 

Al rato viene la empleada y me dice que vaya a las 16 a la pista de pruebas del Parque de la Ciudad. Voy con tiempo. En la pista de pruebas no saben nada. Tienen que comunicarse con el CAV de Las Heras. Al final me dejan hacer el examen, pero tengo que esperar. Antes me piden la cédula, el seguro, el matafuego y la baliza. Como el matafuego está vencido, me recomiendan a un par de lugares donde los recargan. En el primero, nada. En el segundo, tampoco. Lo consigo hacer en el centro de Posadas y ahí me cuentan que la mayoría no los recarga: solo cambian la etiqueta. También me entero de que hay gente que presta matafuegos para pasar el examen. Vuelvo con el matafuego recargado como Dios manda, espero al final de la cola, rindo el examen y me voy volando al CAV de Las Heras donde finalmente y cerrando la jornada, consigo mi carnet para viajar al día siguiente.

El carnet es como los lomos de burro: ante la incapacidad del estado por hacer cumplir las leyes, te las hacen cumplir a la fuerza en estos embudos, que son injustos como todo embudo; y además son inconstitucionales porque no respetan el principio universal de inocencia.

2 de octubre de 2022

Gran error de Putin


Desde la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó dividida en oriente y occidente. El llamado Telón de Acero (o Cortina de Hierro) separaba los países que después de la guerra quedaron bajo la órbita soviética de los que quedaron del lado de los aliados occidentales: Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Y el Telón de Acero pasaba por la mitad de Alemania, el país que había empezado la guerra y la había perdido. El esfuerzo de la guerra había dado a los soviéticos el control del lado oriental de Europa y a los aliados occidentales el otro costado. Y eso se replicó en la misma Alemania y en Berlín, su capital, que quedó dividida artificialmente por un muro infranqueable, zona de nadie, alambres de púa, guardias, casamatas... y un paso fronterizo que se volvió famoso: el check-point Charlie.

Mijaíl Gorbachov fue quien terminó con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1985. Entonces reapareció Rusia y cantidad de países que integraban la URSS, tanto en Europa como en Asia. De este lado del mapa estaban Ucrania, Estonia, Letonia y Lituania, Bielorrusia, Moldavia... También se liberaron del yugo soviético los países orientales de Europa que mantuvieron una relativa independencia como satélites de la URSS: Polonia, Hungría, Rumania y Bulgaria mantienen su identidad, mientras que  Checoslovaquia y Yugoslavia se desintegraron en la República Checa, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Serbia, Kosovo, Montenegro y Macedonia del Norte, que nacieron como nacen todos los países, independizados de realidades anteriores. Pero el caso de Alemania Oriental es un país que desapareció fagocitado por otro, como si el Uruguay pasara a ser mañana el estado más austral del Brasil. Tenía territorio, gobierno, bandera, himno, fuerzas armadas, embajadas, selección de fútbol, atletas... pero a partir del 3 de octubre de 1990 no quedó nada de un país que duró solo 49 años y desapareció de la faz de la tierra, absorbido por la Alemania Federal el 3 de octubre de 1990.

Podría decirse que desapareció por los efectos de la perestroika, la reforma política y económica impulsada en la Unión Soviética por Gorbachov, que menguó el poder de Moscú sobre sus aliados forzosos y terminó con la Guerra Fría entre el modelo comunista y el capitalista. Esa fue la causa remota, ya que cada país tenía su propio destino y hoy, en el mundo poscomunista, todos ellos continúan siendo países independientes aunque hayan cambiado de bando. Solo Cuba, en Occidente, sigue tan comunista como hace 63 años.

Alemania Oriental desapareció por culpa del mismo telón de acero, que fue incapaz de contener las nuevas tecnologías de información y comunicación. El día que los alemanes orientales supieron que había otro mundo donde la gente era libre, se fueron en masa por un agujero del telón que se abrió en Checoslovaquia. Solos o en familia, abandonaban todo en la frontera y seguían con lo puesto hacia la libertad. Solo los viejos quedaron en sus casas. A la RDA se le escapó la fuerza laboral: se quedaron sin gente joven y en poco tiempo se hundió el país.

Putin acaba llamar a 300.000 reservistas para su guerra imposible contra Ucrania y ha provocado la huida en masa de jóvenes rusos hacia los países vecinos de Europa y de Asia. Va a tratar de contener los que pueda y llevarlos a la guerra contra su voluntad. Es que los jóvenes rusos ven por Tik Tok lo que pasa en Ucrania con su ejército de oficiales corruptos y su material bélico anticuado y mal mantenido contra armas e inteligencia provistas por Estados Unidos, Gran Bretaña y los países de la NATO. Como los alemanes en 1990 ahora los rusos se escapan de morir achicharrados en una guerra que no les interesa. Son los aptos para la guerra, pero también para trabajar. En el mundo globalizado ya no hay modo de contener a la gente contra su voluntad, a no ser que sea una isla, como Cuba, y de Cuba también se escapan...

25 de septiembre de 2022

La parte enferma de la democracia

La democracia es un sistema de gobierno que permite la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Con esas pocas palabras alcanza, porque todas las otras cosas que decimos de ella son consecuencias de esta idea central. Y el sistema republicano se podría describir como la austeridad del poder: limitarlo en el espacio y en el tiempo para evitar la tiranía, que es una tendencia tan humana como el resto de nuestros instintos animales.

La elección popular parece el colmo de la democracia, pero no es más que una consecuencia de esa necesidad de convivir en paz. Por eso cualquier elección establece un ganador, pero también unos perdedores y las proporciones de representatividad de las mayorías y las minorías, de modo que el poder quede repartido como para que no haya abusos e imposiciones de las mayorías sobre las minorías sino convivencia entre unos y otros. El sistema parlamentario es más adecuado a este balance; el presidencial, en cambio, desequilibra la balanza para el lado del poder ejecutivo.

Es cierto que –como suele decir la vicepresidenta refiriéndose al siglo XVIII– la división de poderes es un invento de cuando no había luz eléctrica. Pero tampoco había luz eléctrica en el siglo V antes de Cristo, que es cuando realmente empezó la idea y hasta le pusieron el nombre. Desde entonces los sistemas para convivir en paz están en continua evolución, aunque es cierto que fueron importantes en ese proceso las revoluciones del siglo XVIII, primero la americana y después la francesa.

El desafío de nuestra era no es la adaptación de la división de poderes sino la actualización del sistema electoral a la sociedad de la información y a un pueblo cada día más numeroso y variopinto, para colmo menos ilustrado y por tanto más manipulable. Es por ese lado por donde hoy le está entrando agua a la democracia.
 

Fíjese que todavía votamos como en 1869, cuando el primer censo de la Argentina contó 1.877.490 personas y votaban solo los varones. Hoy cualquier acto eleccionario es una complejísima tarea logística que podría ahorrarse votando desde el celular, siempre que se guarden los recaudos que ocupa cualquier banco en sus transacciones on line. Ya casi no hay excusas para el home-voting como no las hay para el home-banking que hace años nos ahorra un tiempo más valioso que el dinero, que casi tampoco existe en su acepción contante y sonante.

Pero hay algo mucho más urgente que aplicar los medios electrónicos...

Se dice que ganar una elección tiene un precio. Se tarifa cada intendencia, cada gobernación y también la presidencia. No porque estén en venta sino porque cualquier campaña electoral supone siempre una inversión en publicidad, prensa, viajes, movilizaciones, mitines, locales, seguridad... y al final –te dicen– gana el que pone más plata, entre otras cosas porque también se compran voluntades y el clientelismo sigue tan activo como en la época de Caligula. No es siempre así, pero cada día que pasa se acerca más a esa realidad que enferma el sistema electoral. Para ganar, hay que tener muchísima plata, así que hay que buscar a los que más tienen para invertir en poder político. Y los que ponen plata buscan un rédito proporcional a esa inversión. Fue así como el poder político se volvió rehén del poder económico. Pero el problema es todavía más grave...

Es más grave porque hoy quienes tienen más dinero y más necesidad de la impunidad del poder son los narcotraficantes. En toda nuestra América el crimen organizado va llegando a niveles cada vez más altos del poder. Y no solo en el ejecutivo: de su arremetida no se salvan ni los legisladores ni los jueces.

18 de septiembre de 2022

Siempre hay que dialogar

Si todos pensamos igual y decimos lo mismo, no hay diálogo sino monólogo. Sin diálogo lo que reina es la tiranía del pensamiento único. El diálogo presupone ideas diferentes que se expresan: unos hablan y los otros escuchan. No es persuasión porque su fin no es convencer a nadie. El diálogo enriquece el conocimiento y también hace progresar el pensamiento humano. Por eso no hay política sin diálogo: porque sin diálogo no hay modo de avanzar hacia ningún lado.

La característica esencial de la democracia no es la elección popular de sus gobernantes. Eso es apenas una consecuencia y tampoco es la más importante. La idea esencial de la democracia es la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Para colmo, esa es la clave que ha hecho progresar a los países más desarrollados del planeta, sencillamente porque el pensamiento único tiene el insalvable defecto de quedar congelado en el tiempo, no avanza porque no le hace falta contrastar con nadie.

Cuando la política es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías, o –mucho peor– la imposición a las mayorías del pensamiento de las minorías, no hay ni diálogo ni democracia y tampoco hay progreso. Y no se crea que es tan raro eso de la imposición de las minorías: toda tiranía de las mayorías sobre las minorías se termina cuando la mayoría se cansa de la misma cantinela; entonces la mayoría se convierte en minoría, se aferra al poder y no lo cede hasta que las nuevas mayorías hacen tronar su escarmiento, como decía Juan Perón.

Siempre hay que dialogar. Siempre. Siempre. Siempre.

Y eso no quiere decir que debamos pensar igual ni que nuestro pensamiento sea débil; ni siquiera quiere decir que debamos resignar nuestros principios, nuestra ideología, nuestra moral o nuestros proyectos. El diálogo no implica eso sino la apertura mental para conversar con el adversario, o con el enemigo si fuera el caso. Pensar que el diálogo significa claudicar es una excusa tonta para no hacerlo. Es al revés: quien dialoga solo intenta conocer la versión de la otra parte, y eso ya es suficiente para empezar a reconocer que el adversario debe tener sus razones y le aseguro que siempre vale la pena conocerlas.

Decía el Papa Francisco la semana pasada que el diálogo no excluye ni siquiera a los países que provocan guerras. A veces el diálogo se debe hacer así, pero se debe hacer. Apesta, pero se debe hacer. Siempre dar un paso adelante, tender la mano, siempre. Porque de lo contrario cerramos la única puerta razonable para la paz, según la versión libre en castellano de lo que dijo en italiano, sentado en el pasillo de un avión entre periodistas de todos los colores. Fue a la vuelta de su viaje Kazajistán, en la habitual rueda de prensa que mantiene con los periodistas que viajan en la parte de atrás del avión que lo lleva a sus destinos.
El Papa se refería a Vladimir Putin sin nombrarlo cuando decía que puede apestar juntarse con algunos. Es evidente porque el nombre estaba en la pregunta. Con mucha más razón es necesario dialogar en estos momentos en los que pareciera que hay que terminar la guerra en Ucrania antes de que sea mucho más cruenta por la estúpida idea de los apostadores compulsivos, que suponen que cuando se pierde es cuando más hay que jugar para desquitarse de lo que ya se perdió.

Lo mismo pasa en la política argentina. O dialogamos o seguiremos apostando hasta agotarnos en una pelea estéril.

11 de septiembre de 2022

No nos burlemos tanto de las monarquías

La monarquía sigue existiendo. Las dinastías también. Cuatro días después de la muerte de Isabel II, podría decirse que están más vivas que nunca. Entre el jueves y ayer, el mundo asistió en directo al espectáculo del rey muerto y rey puesto. No hubo medio periodístico, del país que sea, que no dedicara su tapa a la reina muerta.
 

No es ni tan anacrónico ni tan raro. Si se cuentan los países más desarrollados del mundo, la mitad de ellos son monarquías. Y no son solo los más desarrollados, más industrializados y más ricos: además tienen reyes los más abiertos a la modernidad. Es cierto que son todas monarquías constitucionales, donde convive sorprendentemente el ideal democrático de igualdad ante la ley con la aparente desigualdad entre nobles y plebeyos: hoy los nobles de esos países están sujetos a las leyes como cualquier ciudadano, cosa que no ocurre donde todavía hay monarquías absolutas, que tampoco se crea que son tan pocas: ya lo veremos durante el Mundial de Catar...

Hay monarquías absolutas –donde el monarca es rey, legislador y juez, y además propietario de todo y dueño de la vida y la muerte de sus súbditos– en África, en Medio Oriente y en el Sudeste Asiático, pero también puede considerarse una monarquía absoluta hereditaria la de Corea del Norte, que aunque se llame República Popular Democrática ya va por el tercer miembro de la misma dinastía –abuelo, hijo, nieto– gobernando el país como en la época del Gran Mongol. Quizá Corea del Norte sea la más extrema de las monarquías que no se llaman monarquías que hoy se reproducen en gran parte del mundo.

Es cierto que hay reflejos monárquicos en muchas de nuestras democracias, pero en algunas más que en otras. La nuestra y cualquier república presidencialista, inspiradas todas en la norteamericana, se puede decir que son monarquías con plazo de vencimiento. Así lo decía Juan Bautista Alberdi en las Bases: al Poder Ejecutivo debe dársele todo el poder posible, solo limitado por el tiempo para ejercerlo. Pienso que fue un error adoptar el sistema presidencial, porque no es buena idea darle tanto poder a nadie, y menos a un argentino, pero sobre todo por la tentación absolutista que integra el código genético humano.

La democracia norteamericana es la más antigua y ejemplar. Ininterrumpida durante ya casi 250 años, ha sobrevivido a una guerra de secesión, los asesinatos de tres presidentes y Donald Trump. Sin embargo no ha sido inmune a las familias dinásticas, ni siquiera en la presidencia de la Nación: los Bush lo lograron; los Clinton y los Kennedy, no. De la tentación absolutista no se salva ni el comunismo cubano, donde Fidel Castro fue sucedido por su hermano menor, Raúl. Las repúblicas sudamericanas padecen esa misma enfermedad y no zafan ni siquiera Chile o Uruguay, y no le digo nada si bajamos a circunscripciones menores de gobierno.

En la Argentina tenemos también el caso de un padre y su hijo presidentes: los Sáenz Peña. Nuestras dos presientas mujeres heredaron el poder directamente de sus maridos. El gobierno de la provincia de Santiago del Estero se alterna sin drama entre marido y mujer y hay familias gobernantes en San Luis, Neuquén, Santa Cruz, Catamarca... En Formosa el gobernador lleva 27 años en el poder, y en el partido de San Isidro (provincia de Buenos Aires) el año que viene cumplirá 40 años ininterrumpidos en el poder la dinastía de los Posse.

Ya se ve que no es patrimonio de un partido, ni de un país. La monarquía tiende a instalarse con el nombre que sea y en el estamento que toque. Por eso quería decir que no nos riamos tanto de las de Europa.

4 de septiembre de 2022

Todo es política

En castellano, llamamos historia tanto a lo que pasó como al relato de lo que pasó, que nunca es lo mismo, aunque la ciencia de la historia tenga obligación de acercarse a lo que realmente ocurrió en el pasado. El periodismo, que es la primera versión de la historia, tiene esa debilidad: le falta la perspectiva, la distancia de la historia, que es esencial para juzgar los hechos que relata y por eso su verdad sale siempre cruda, en proceso. Quería aclararlo antes de meterme con toda la prudencia del caso en los hechos de esta semana. Usted ya los conoce por los medios que elige para enterarse de las noticias: poco antes de las 21 del jueves intentaron asesinar a la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Repudiar el hecho es lo mínimo, pero confieso que me suena a la formalidad de las conversaciones menores, como si se pudiera estar a favor o en contra. La violencia, pero especialmente la violencia política como este atentando contra la Vicepresidenta, produce un íntimo rechazo, que lógicamente se expresa con todas las palabras que tenemos para hacerlo. Pero además es preciso que se renueve el compromiso integral de defender la paz, la democracia, la república, la justicia y la libertad. Los medios son protagonistas de ese compromiso y El Territorio lo reafirma en este momento con la convicción de siempre, como hace casi 100 años lo viene haciendo todos los días.
 

Por desgracia, la división ya enfermiza de nuestra sociedad nos ha vuelto a colocar a los argentinos de un lado y del otro de la grieta. Unos dicen que todo esto es un montaje a partir de un hecho aislado –o quizá también montado– que sirve a Cristina Fernández de Kirchner para posicionarse en las elecciones de 2023. Del otro lado suponen que si bien el autor material es un perejil medio loco, los autores intelectuales son los partidos opositores, los medios de comunicación y el poder judicial. Del lado opositor al gobierno piensan que si Cristina quisiera planear un cambio de imagen para recuperar intención de voto, este era el Plan A. Quizá por eso sus trolls anónimos están tirando la idea de que es todo un montaje fríamente calculado: conspiranoia revuelta con noticia deseada. Del lado del gobierno nacional, los más audaces opinan que esa suposición es resultado del odio de todos los colores, sembrado desde la oposición, el periodismo, el partido judicial y la Embajada de los Estados Unidos...

En el medio está la crónica de la decadencia argentina. Una inmensa avalancha que se despeña hacia un abismo que parece no tener fin, en un país que hace muchos años no encuentra su destino. Políticos que buscan el poder por el poder mismo, sin importar las consecuencias, preocupados obscenamente por quedarse con los últimos despojos de un país que una vez fue rico. Como si no tuviéramos ningún problema, asistimos impávidos al espectáculo deplorable de referentes políticos paneleando en medios amigos –cada lado de la grieta tiene los suyos– azuzados por conductores que inducen la respuesta de sus entrevistados. Acusan, adolescentes, a sus contrarios de hacer lo mismo que ellos hacen y los contrarios a su vez hacen lo mismo que los que los acusan, pero del otro lado.

En la Argentina de hoy todo es política, hasta comerse una empanada, cantar una chacarera o cargar combustible. Ir a misa es política, jugar al fútbol es política, trabajar en un medio es política, el color de la camisa es política, la corbata es política y la camiseta también. El idioma es política. La sonrisa del Papa es política. La manera de hablar también es política. La barba siempre fue política, y las patillas, y la melena, y el pelo corto. Vacunarse es política y no vacunarse también es política. Sputnik y Pfizer son pura política. Los tatuajes son política. Las alpargatas, el gaucho, el dulce de leche y el gusto del helado son política. Es política el barrio, la manzana y la esquina. Los nombres y los sobrenombres de los hijos son política y hasta las mascotas son política... Todo está politizado porque todo tiene un significado y es aprovechable para la política: nada se desperdicia en la lucha por el poder porque la política en la Argentina se ha vuelto el asalto al poder que no se tiene, o aguantar a toda costa en el poder que sí se tiene.

No nos extrañe que se busque rédito político de uno y otro lado a un atentando que en sí mismo es una desgracia tremenda para la Argentina, absolutamente repudiable, y que puede tener efectos tremendos si no empezamos a hacer Política con mayúsculas, Alta Política, como le gusta decir al Papa Francisco, para significar la dedicación a solucionar los problemas de los demás.