14 de enero de 2024

Tarumba tropical

Lope de Aguirre fue un conquistador español de origen vasco (nació en Guipúzcoa en 1510) pero no fue uno más sino el más chiflado de todos. Entre sus locas aventuras está documentada una que empieza en Potosí en 1551, cuando el juez Francisco de Esquivel lo arresta por infringir las leyes de protección de los indios. En su defensa, Aguirre argumentó su nobleza, pero igual el juez lo condenó a ser azotado públicamente. Con la sangre la espalda y también en el ojo, Lope esperó hasta el fin del mandato de Esquivel y empezó a perseguirlo, pero el exjuez se escondía y cambiaba de domicilio y de ciudad constantemente. Lo persiguió hasta Quito y después, de vuelta, al Cusco; recorrió 6.000 kilómetros a pie durante tres años y cuatro meses, hasta que lo asesinó en la biblioteca de su casa en el Cusco. Fue condenado a muerte por ese asesinato, pero huyó hasta Tucumán. En 1554 Alonso de Alvarado lo perdona para incorporarlo al ejército que combatía a un encomendero rebelde en plena guerra civil entre españoles del Perú. Quedó rengo para siempre por una herida en batalla y una espingarda defectuosa le quemó las manos.

Se la hago corta para llegar al final: en 1560 el virrey del Perú se lo quiere sacar de encima y lo manda a buscar El Dorado en una expedición que baja al Amazonas por el río Marañón. La expedición fracasa, como todas las que buscaron El Dorado, pero entre el Marañón y el Atlántico, Aguirre mata a los jefes, se proclama emperador y le declara la guerra al rey de España desde la isla Margarita. La aventura termina cuando lo arrestan y es ajusticiado en Barquisimeto el 27 de octubre de 1561.

Dicen los que escribieron las locas andanzas de Lope de Aguirre, que lo enloqueció el sol. Parece que el casco trabajó de cacerola en la que el sol le cocinó el cerebro hasta provocarle lo que llamaban la tarumba equinoccial. El libro La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender, y las películas Aguirre la ira de Dios de Werner Herzog (1972) y El Dorado de Carlos Saura (1987), son relatos formidables de las locuras de don Lope.


Me acordaba de la tarumba de Lope de Aguirre cuando esta semana me subí al auto después de tomar un café con un amigo en Posadas. Lo dejé estacionado en un espacio de cortesía de la misma cafetería. No suelo ir en auto al centro por lo difícil que es estacionar dentro de las Cuatro Avenidas, pero ese día venía de lejos y me sugirieron ese local precisamente porque tiene lugar donde dejar los coches. Todo genial, la conversación, el café, el local... hasta que salí, apenas pasado el mediodía para llegar a mi casa a tiempo. A mi pobre autito le había dado el sol de justicia que cae a pico en esta latitud y a estas alturas del año. Entrar en el auto era como meterse en el infierno y el volante quemaba como la espingarda de Lope de Aguirre. Las tarjetas de plástico que había olvidado adentro, estaban arrepolladas y por suerte no había dejado el celular porque creo que se habría derretido.

No es una queja, ya que probablemente en la calle habría sido igual y por lo menos allí conseguí un espacio que me resultaba útil. Solo quería referirme a este hecho para recordar los efectos del sol sobre nosotros: si hace eso con la tarjeta SUBE, imagínese lo que puede hacer en su piel, en su cabeza, en sus ojos o en su cerebro.

Esta columna no es un anuncio de protector solar, aunque le recomiende vivamente que lo use si se expone a sus rayos. Esta columna es otra más, y van unas cuantas, sobre la necesidad de sombra en nuestras ciudades. Y no hay que ser astrónomo ni conquistador para saber que solo los árboles dan sombra en las horas del mediodía, cuando el sol cae vertical, sobre nosotros y a pesar de eso tenemos que seguir trabajando en lugar de escondernos en una cueva para que no nos asesine.

7 de enero de 2024

Plantas como mascotas


Decía hace un mes en este espacio que un día, que ojalá no sea tan lejano como para no verlo, los árboles convertirán a Posadas y a las ciudades y los caminos de Misiones en un atractivo turístico de valor incalculable. Pero todo eso ocurrirá si entendemos que los árboles son una inversión en sombra y por tanto en salud; también en belleza, paisajes, frescura y, por supuesto, en turismo. Pero es mucho más que sombra lo que necesitamos de las plantas.

Hace, pongamos 300 años, los perros que nos acompañan desde los confines de la historia trabajaban casi tanto como los caballos y a la par de sus amos. Cuidaban las casas, arriaban ganado, ayudaban en la caza o iban a la guerra como un soldado más. Las legiones romanas peleaban con perros y también la conquista de América se hizo con canes tan conquistadores como sus dueños. Las razas se distinguían y se buscaban por sus utilidades, y su fidelidad era tan valorada como ahora. Los gatos son otra historia, pero también nos acompañan, y cada vez son menos enemigos de los perros. Además de los propios, los de la familia, siempre hubo perros y gatos de nadie: cimarrones, callejeros, silvestres o asilvestrados; lo que no perdieron nunca es su condición social que comparten con el género humano: con nosotros evolucionaron hasta sentirse tan cómodos como nosotros con ellos y muchos siguen trabajando, especialmente con las fuerzas de seguridad.

Hace menos tiempo, quizá en los últimos 50 años, los perros y los gatos pasaron a ser mascotas tal como hoy entendemos esa palabra: animales de compañía, parte de la familia. Dejaron de comer las sobras de las casas y pasamos a comprarles comida casi tan cara como la nuestra. Proliferaron las tiendas y las góndolas de supermercados dedicadas a las mascotas. Les ponemos nombres de hijos, llevan apellido y hasta se parecen a sus amos que ahora llamamos padres. Les hablamos como si nos entendieran; los vestimos, les hacemos regalos, celebramos sus cumpleaños; los bañamos, van al médico, les damos remedios, los operamos si hace falta, los enterramos en cementerios y quizá nos pasamos de la raya cuando los mutilamos o los clonamos. En países más desarrollados y ricos ocupan asientos en los transportes públicos con el mismo derecho que las personas, y gastan en ellos más que la suma de 30 humanos de regiones más pobres. En muchos lugares del mundo hoy es delito maltratar a cualquier animal, cosa que hace esos mismos 50 años no estaba penado por ninguna ley. Hay algunas exageraciones, pero nada especialmente reprochable: respetar a los animales es clara señal de humanidad.

Todo lo dicho se aplica al reino vegetal. Las plantas son sustento y son remedio, y no existiríamos sin ellas. Algún día las respetaremos como hoy respetamos a los animales y serán protegidas por las leyes porque son un activo tan valioso como un quirófano. Como al ganado podemos cultivarlas para nuestra subsistencia y como a las mascotas las necesitamos para nuestra compañía.

Tenemos que cuidar las plantas si nos queremos cuidar a nosotros, porque son esenciales para respirar, para curarnos de mil enfermedades y para que el clima no haga estragos en el planeta. Con los adelantos tecnológicos de hoy y los que vendrán, podemos vivir debajo de una selva vegetal mucho mejor que lo hacemos en la jungla de cemento.

Hay que empezar de una vez, porque cada día que pasa está más claro que es cuestión de tomar conciencia individual y colectiva, seguros de que esa conciencia es la que cambiará el planeta en el que convivimos con animales y vegetales, y que será la más provechosa política de medio ambiente de nuestros gobiernos. Pero además pueden convertir a Misiones en un verdadero paraíso, para que lo disfrute todo el mundo.

31 de diciembre de 2023

Bisiesto

Los días se alargan y se acortan, el sol se aleja y se acerca, las noches siguen a los días... y las plantas y los animales perciben mejor que los seres humanos la cadencia anual del planeta. Los seres racionales hemos intentado expresar esos cambios con cálculos, números y letras. Cada cultura tiene su sistema, relacionado con la religión, con la naturaleza, con la política o la razón; y no le extrañe que aparezcan terraplanistas o antivacunas a poner en tela de juicio hasta la extensión de los años.

El sistema universal con el que contamos los años, los meses, los días y las horas, es el calendario juliano-gregoriano. Creado por Julio César 46 años antes de Cristo y modificado por el papa Gregorio XIII en 1582.
Antes del 46 AC, el año romano contaba 304 días divididos en diez meses (seis de 30 días y cuatro de 31), y cada dos o tres años, agregaban un mes para volver a cuadrar las estaciones. Cuando Julio César decretó el año de 365 días, los egipcios llevaban 15.000 años sumando la misma cantidad: el Nilo crecía puntualmente todos los años y les marcaba las fechas casi con tanta precisión como la luna y el sol.

Julio César contrató a un sabio egipcio que sabía bastante de cuadrar fechas y sobre todo encajar las fiestas que jalonaban el año. El 44 antes de Cristo fue el primer bisiesto, porque ya sabían también que cada cuatro años había que agregar un día si no querían que el invierno se volviera otoño. El día que se agregaba era un segundo 24 de febrero, seis días antes de marzo: ante diem sextum kalendas martias, y como en esos años había dos 24 de febrero, el segundo se llamaba bis sextus.

Después se metieron con los meses y los días que tiene cada uno, pero nunca cambiaron la cantidad de días del año ni el bisiesto cada cuatro. Octavio Augusto le puso su nombre al sexto, que ya no era sexto sino octavo, imitando la decisión del Senado de ponerle el nombre de Julio César al quinto, que ya tampoco era quinto sino séptimo.

Para los sabios egipcios que trabajaron para Julio César, el año tenía 365 días y 6 horas, por eso lo arreglaban cada cuatro. Pero con los siglos, los años se volvieron a desfasar. Es que, bien calculado, el año tiene 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos. Ese arreglo tuvo efecto bajo en pontificado de Gregorio XIII, que decretó que había que comerle diez días al calendario, y la orden se cumplió la noche del 4 al 15 de octubre de 1582. Como fue después de la Reforma y hacia tiempo que los orientales no obedecían al Papa, no todos acataron al Papa y tardaron en aceptar los cambios. Sin ir más lejos, en 1616 todavía los ingleses no tenían las mismas fechas que los españoles, y por eso no es verdad que Shakespeare y Cervantes murieron con pocas horas de diferencia y sí es verdad que uno murió el 22 y otro el 23 de abril de 1616. Otra curiosidad tiene que ver con la muerte de Teresa de Ávila, que no se sabe bien qué día fue porque partió justo la larga noche del jueves 4 al viernes 15 de octubre de 1582.

Pero la reforma gregoriana no solo fue comerse esos días de 1582. Habían hecho bien los deberes –¡con los relojes de esa época!– para compaginar en lo posible los tiempos de la rotación de la tierra con la traslación alrededor del sol. Así que establecieron como bisiestos (de 366 días) los años divisibles por 4, pero exceptuando los múltiplos de 100, de los que se exceptúan a su vez aquellos que también sean divisibles por 400; por eso 2000 no fue bisiesto y sí lo será 2400, pero no pensamos estar para certificarlo. Divisible por 4 es 2024, así que tendrá un día más y también Juegos Olímpicos, otro acontecimiento que ocurre en los bisiestos, siempre que no haya pandemia ni guerra mundial.

24 de diciembre de 2023

Juramento fue el de Belgrano

Manuel Belgrano enarboló por primera vez la bandera nacional el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, en la actual ciudad de Rosario, que entonces no era ni pueblo y se llamaba Villa de la Virgen del Rosario de los Arroyos. El 25 de mayo de 1812, al cumplirse el segundo aniversario de la Revolución de Mayo y a pedido de Belgrano, el canónigo Juan Ignacio Gorriti bendijo y bautizó la nueva bandera en Jujuy, pero por decisión del Segundo Triunvirato la jura tuvo que esperar todavía hasta febrero de 1813.

Belgrano, obediente a la autoridad, solo izó y arrió en Rosario la bandera que había creado y que describía como blanca y celeste. Mientras tanto, sus tropas siguieron luchando bajo la enseña española, entre otras cosas porque eran tan americanos y tan españoles como los enemigos con que se enfrentaban, a quienes llamaban realistas, pero de un rey que no querían (que ese año todavía era el hermano de Napoleón). Esa bandera no era la rojigualda sino la del imperio español, con la Cruz de Borgoña, formada por dos troncos aspados, con los gajos cortados, rojos sobre fondo blanco, que todavía flamea en el regimiento Patricios de Buenos Aires.


Desde las invasiones inglesas, las tropas del virreinato usaron una escarapela o blasón con los colores celeste y blanco de la Orden de Carlos III, que hasta hoy decoran a los reyes de España. Esa escarapela fue la que distinguió a las tropas del Ejército del Norte de las realistas en la batalla de Tucumán, ya que ambos ejércitos pelearon bajo la misma bandera el 24 de septiembre de 1812. Lo de la misma bandera ponía loco al general, que insistía con la blanca y celeste ante el gobierno de Buenos Aires porque quería distinguirse pero sobre todo quería la independencia, pero los pesados del Triunvirato volvían a prohibirle el uso de otra que no fuera la española. Recién en la batalla de Salta, librada el 20 de febrero de 1813, se usó por primera vez la enseña nacional, tres años, cuatro meses y 17 días antes de la Independencia, cuando la escarapela tenía ya por menos seis años.

Después del triunfo de Tucumán, el Ejército del Norte salió apresurado para Salta en persecución de las tropas de Pío Tristán. Al vadear el río Pasaje, llegó un chasqui con la noticia: la Asamblea del Año XIII había destituido al Triunvirato y autorizaba el uso de la bandera de Belgrano. El general se apresuró entonces a tomar el juramento a sus tropas, acampadas a orillas de ese río, que ahora se llama Juramento. Fue el 13 de febrero de 1813 y estas fueron las palabras de don Manuel:


Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo Gobierno (...) Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!

Me acordaba de esta jura la semana pasada, después de escribir sobre los juramentos apócrifos, cada vez más estrambóticos, en todos los poderes y en todos los niveles de gobierno. Decía que los que no se hacen según las formas que prescribe la ley son nulos o inválidos, pero sobre todo trataba de explicar que al deconstruirse, los juramentos terminan reducidos a unas declaraciones altisonantes, narcisistas y autorreferenciales.

El juramento a la bandera es el más esencial de todos. Juramos defenderla hasta morir, sin intermediarios ni más testigos que los que nos oyen decirlo. A Manuel Belgrano le bastó con un ¡Viva la Patria! y pienso que ese debería ser el modelo y la fórmula de todo juramento: cumplir con la Constitución y las leyes de la Patria. Y no tomar en vano el nombre de Dios ni nada que no sea la palabra empeñada de argentinos honrados.

17 de diciembre de 2023

Juramentos degradados

Toca siempre después de las elecciones, sobre todo de las que tienen lugar cada cuatro años, cuando se eligen las autoridades ejecutivas nacionales, provinciales y municipales, pero también la renovación de la mitad de la Cámara de Diputados y de un tercio de la de Senadores de la Nación, además del resto de los integrantes de los todos los órganos legislativos de todos los niveles.

Los juramentos son inútiles además de anacrónicos; tan anacrónicos como la banda presidencial o provincial, el bastón de mando y otras formalidades huecas de nuestras democracias adolescentes. Para confirmar su anacronismo, se jura en castellano antiguo, un idioma que no se habla desde el siglo XVIII, ni siquiera en España. Pero las razones de la lógica y del tiempo, por más que son reales y valiosas, se vuelven secundarias ante lo que hemos visto durante los juramentos de estas últimas semanas.

Jurar significa poner a Dios por testigo, en este caso de la promesa de buen desempeño. Por eso quienes tienen fe juran por Dios y sobre los Santos Evangelios, o solo por Dios si no son cristianos. Quienes prefieren no tomar el nombre de Dios en vano, o no tienen fe, lo pueden hacer por la Patria o por su honor, pero el problema es que la Patria no puede ser testigo de ningún juramento porque para exigirnos su cumplimiento alcanzan y sobran las leyes que condenan a quienes cometen delitos. Dios, en cambio, sí que lo se los va a exigir a todos, tarde o temprano, en esta vida o en la otra, y sin necesidad de que medie juramento alguno. Por eso parece más adecuada la fórmula de los representantes misioneros ante su cámara provincial, que juran a la Patria y no por la Patria (igual fórmula tiene el Senado de la Nación). Los que prefieren jurar por su honor, quizá lo hagan porque saben que no les va a pedir cuentas, sobre todo después de despreciarlo.

 

Se ha impuesto la lamentable costumbre –cada vez más difundida– de jurar por cualquier cosa. No voy a hacer una enumeración, pero recuerdo una diputada nacional que juró por su novio. Otros, que no juran sobre los Santos Evangelios quizá porque no creen, ponen la mano encima de la mesa donde estaban los Santos Evangelios, pero ahora no hay nada. Fue el caso de tres diputados nacionales de Misiones, pero también de muchísimos otros, y resulta de lo más gracioso verlos imitando el gesto, como si el gesto fuera lo importante y no los Evangelios que están sosteniendo el gesto. Otros fueron a jurar con sus familias o parte de ellas, posiblemente para salir en la foto como en los casamientos. Y uno juró con una camiseta con la leyenda Nunca Más, tan anacrónica como el lenguaje del siglo XVIII de la fórmula que utilizó. ¿Habrá sido para evitarnos estos espectáculos que el nuevo presidente decidió tomar en privado el juramento de sus ministros?

Si nos atenemos a las leyes, todos esos juramentos son nulos o por lo menos inválidos, porque no cumplen con los reglamentos que establecen unas fórmulas muy precisas para hacerlo. Y si son nulos y no pasa nada, es porque los juramentos se han vuelto una formalidad superflua, un acto egoísta para decir y hacer lo que quiero, un narcisismo tan centrado en la autoafirmación que reniega de la función pública, dice Fernando Savater, refiriéndose a estos juramentos y el más difundido de los males de nuestra era.

Por su invalidez manifiesta, los juramentos apócrifos ni siquiera colocan en la categoría de perjuros a quienes no los cumplen. Y como todo acto que se deconstruye, después se degrada y al final se desnaturaliza y termina siendo inútil. Más nos valdría dejar de hacerlo y resolver las tomas de posesión con la firma de un papel en el que conste el nombramiento y la aceptación. Los deberes de funcionario público no se adquieren por juramento, el honor no se tiene porque uno lo declame y la existencia de Dios no depende de nuestra fe.

10 de diciembre de 2023

Esequibo


No es una palabra mal escrita. O sí, porque viene del apellido de un español que se llamaba Juan de Esquivel, que vino a América a partir del segundo viaje de Colón, anduvo dando vueltas por el Caribe y hasta conquistó Jamaica. Cómo pasó de Esquivel a Esequibo se lo debo porque nadie lo sabe. La cuestión es que en honor a Juan de Esquivel le pusieron Esequibo a un río del norte de Sudamérica, de unos mil kilómetros, que nace en las montañas de Acarai y desemboca en el Atlántico. La cuenca del Esequibo incluye casi todo el territorio de Guyana y algo de Venezuela. Le recuerdo que las Guayanas son tres, de este a oeste: un Territorio de Ultramar francés; una excolonia neerlandesa llamada Surinam; y la excolonia británica llamada Guyana, atravesada longitudinalmente por el río Esequibo que corre de sur a norte casi desde su límite con Brasil. Pero además se llama Guayanas a toda una región geológica de Sudamérica, que incluye las clásicas tres Guayanas, más todo el oriente venezolano y el estado de Amapá en el extremo norte de Brasil.

Después de la independencia de Venezuela, en 1819 Simón Bolívar anexionó el territorio de la Guayana venezolana y agregó una octava estrella a la bandera tricolor, que ya tenía siete por los estados fundadores, pero esa estrella se perdió enseguida porque el territorio federal de la Guayana (era pura selva) se desmembró en los estados de Bolívar, Amazonas y Delta Amacuro. En 1999, inspirado por Bolívar y pensando en quedarse con el Esequibo, Hugo Chávez volvió a instalar la octava estrella en la bandera, a la vez que dio vuelta el caballo blanco del escudo nacional, que desde entonces galopa hacia la izquierda.

Resulta que alegando razones históricas y el uti possidetis, Venezuela porfía que su frontera oriental es el río Esequibo, cosa que dejaría a Guyana sin dos tercios de su territorio y agregaría a Venezuela un nuevo estado, el 24, llamado Guayana Esequiba. Lo sostiene después de un largo conflicto de laudos y tratados, pero a pesar de no ejercer ni un gramo de soberanía sobre esa región, que fue conquistada para España en 1530 por Diego de Ordás, en 1616 fue tomada por los Países Bajos, en 1796 pasó a ser colonia británica y desde 1966 es independiente como República Cooperativa de Guyana.

El domingo pasado, un referéndum preguntó a los venezolanos si el mapa de Venezuela debe llegar hasta el río Esequibo. Los que están en contra de la dictadura de Maduro no fueron a votar. Según las autoridades votó todo el mundo y según la oposición no votó casi nadie. Las cosas estaban preparadas para que el gobierno de Venezuela, alegando la voluntad popular, agregue la Guayana Esequiba a sus mapas –cosa que ya hizo– e invada el 60 % del territorio de su vecino. Así estamos ahora, con el vértigo de saber cómo va a terminar esta loca aventura de Nicolás Maduro.

Los argentinos conocemos el amargo intento de usar la soberanía para perpetuarse en el poder. Una bravuconada que terminó muy mal, provocando la muerte de cientos de argentinos y británicos en el campo de batalla de las Malvinas y el Atlántico Sur. No les resto valor ni heroísmo, pero ir a la muerte obligados por la necesidad de un dictador es una desgracia que se agrega a la muerte misma. En Venezuela están por imitar a Galtieri: un dictador ya débil que recurre a la soberanía para recuperar poder y popularidad. Maduro parece capaz de llevar a sus fuerzas armadas a un conflicto que puede costar muchas vidas. Por lo pronto, y a pedido de la República de Guyana, el Comando Sur norteamericano acaba de empezar maniobras conjuntas con las Fuerzas de Defensa de Guyana y su Cuarta Flota ya navega cerca de la desembocadura del Esequibo.

Maduro está mostrando al mundo su extrema debilidad y esto tiene toda la pinta de ser una trampa en la que está cayendo como un chorlito.

3 de diciembre de 2023

Ahora hay que plantar árboles


Se terminó la política, es hora de volver a plantar árboles.

Quizá ese debió ser el título de esta columna, seguramente equívoco, ya que no hay ninguna razón para que las elecciones impidan plantar árboles y tampoco debiera ser una responsabilidad exclusiva de las autoridades, que también son responsables de nuestra salud colectiva, pero con la salud se entiende la responsabilidad compartida porque la responsabilidad del estado sobre la salud de sus ciudadanos no excluye la responsabilidad de cada uno de cuidar su propia salud y la de los que dependen de ellos.

Los pronósticos apocalípticos de calor y las advertencias de hidratarse y evitar el sol, que aparecen en la tapa de El Territorio de ayer, recuerdan que la sombra es una necesidad imperiosa, tanto como las vacunas contra el Covid o las prevenciones contra el mosquito que transmite el dengue. Sin embargo, no hacemos nada y no hacen nada, o no hacen lo suficiente, los que tienen que hacer muchísimo más. Y lo que hay que hacer es plantar millones de árboles en nuestras ciudades, además de concientizar a los ciudadanos del peligro que corren si se exponen a los rayos del sol. Plantar muchos más árboles de los que se plantan y pensar en ciudades repletas de árboles en todas sus calles. Seguramente para conseguirlo las veredas deberían ser más amplias y las calzadas más estrechas; los cables deben convivir con los árboles; se deben inventariar todos los árboles de las ciudades y monitorear su desarrollo; los frentistas deberían cuidar su sombra como cuidan la vereda; se debe multar a los que talan y a los que podan, incluyendo a la empresa Energía de Misiones y a los prestadores de telefonía, televisión e internet. 

Talar un árbol en la era del calentamiento global debería ser un delito tan grave como robarse un tomógrafo del Hospital Madariaga. La Dirección General de Catastro tiene datos precisos, tomados de fotos aéreas, y así como exige impuestos proporcionales al desarrollo inmobiliario, puede aplicar impuestos o exenciones a los frentistas por el maltrato o el cuidado de los árboles de sus casas y veredas.

Los árboles no dan votos porque tardan en crecer y hoy a los políticos les preocupa demasiado la próxima elección. No dan votos pero sí dan monumentos, porque quienes plantan árboles son reconocidos por las generaciones que disfrutan de su sombra después de años. 

Los árboles son seres vivos, que se pueden enfermar, sufren por las plagas y tienen los años contados, aunque sean muchos. Los árboles requieren mantenimiento y botánicos que los cuiden, como los animales necesitan veterinarios y los humanos vamos al médico. Hay que reponer los árboles muertos y los caídos, pero qué le voy a contar si vivimos en una provincia que ha hecho de la silvicultura parte importante de su riqueza. Quizá para que todos lo entiendan debamos hablar de forestar las ciudades. 

Llegará el día en que los árboles serán tan cuidados como las mascotas, pero hay que acelerar la llegada de ese día. Y también hay que poner en la ecuación que los árboles convertirían a Posadas y a las ciudades y caminos de Misiones en un atractivo turístico bestial: los árboles no son solo una inversión en salud, también lo son en belleza, en paisajes, en frescura y en turismo.

Hay que plantar árboles urbanos en Misiones hasta que los barrios de casas bajas no se distingan de la selva desde un avión. Debería ser así en barrios enteros de Posadas, como Itaembé Guazú, hoy calcinado por los rayos del sol durante los largos veranos de nuestra latitud porque nadie previó plantar árboles cuando se construían sus casas.

¡Queremos sombra! fue hace un par de años un grito acuciante desde estas páginas. Algo se ha hecho, pero tiene que ser muchísimo más y es cada día más urgente para la salud de todos los misioneros.

26 de noviembre de 2023

El cambio


Hace dos domingos, al terminar el debate entre Javier Milei y Sergio Massa, todos los periodistas, panelistas, analistas, comunicólogos, politólogos, consultores... y hasta los mismos protagonistas, dieron como ganador a Massa. Como pruebas irrefutables están todos los diarios de la Argentina del lunes 13, sin exceptuar ninguno. En los archivos digitales de los medios también puede encontrar las encuestas que aseguraban en sus últimos sondeos una leve ventaja de Massa sobre Milei, y lo llamaban empate técnico, probablemente para abrir el paraguas por si se daba al revés. 

Con sus anteojos antiguos entendieron que el más sagaz era el mejor. El más profesional imponía su experiencia. El cínico vapuleaba al inocente. El preparado despedazaba al espontáneo. No entendían que ese debate no movería la aguja de ninguna medición, entre otras cosas porque a nadie le interesaba, ya a esas alturas, la inflación, la inseguridad, las aventuras mediterráneas de Isaurralde, la errática política exterior, el Banco Central, la guerra narco de Rosario, la falta de medicinas, el precio del pan y todo lo que Milei se dejaba en el tintero. Lo que querían era un cambio y el cambio estaba tan a la vista, tan patente, que era imposible no verlo en aquel escenario en el que peleaba David contra Goliat.

A las ocho de la noche del domingo pasado, cuando la ventaja de Milei sobre Massa se volvió abultada y definitiva, los mentirólogos corrigieron apurados el error con las explicaciones que tienen ensayadas para esconder su sesgo al servicio del mejor postor, o quizá su incompetencia, o tal vez el plagio liso y llano.

¿Y si el cambio es Massa? Se preguntaba un experiodista, exfuncionario y también novelista, que funge de analista y recorre estudios de televisión pifiándola fiero en todas las elecciones. Parecía serio por su buena retórica, mientras nadie advertía que estaba recitando un oxímoron como un castillo. A su favor hay que decir que ondeaba lo del cambio.

El domingo pasado la mayoría no votó por la larga lista de motivos que esgrimían los marcadores de agenda. Y las ideologías apenas pudieron sumar un número cada vez más menguado de votos, aportados por partidos que, se supone, tienen maquinaria electoral. El 19 de noviembre de 2023 puede volverse histórico, para bien o para mal, porque ese día mayoría de los argentinos, hartos de lo de siempre, pidieron un cambio sin importar cuál era el cambio.

La comercialización de los políticos es una amenaza para la democracia, tan peligrosa como el fraude electoral. Los candidatos se han vuelto productos que se imponen como una mercancía. Son marcas. Logotipos. Sellos sin contenido. Jingles que se repiten sin sentido. Eslóganes vacíos. Los politólogos, comunicadores políticos o como se llamen, han conseguido divorciar a los candidatos de los gobernantes y las elecciones de la administración del Estado. Ya no importa si los que elegimos serán buenos gobernantes, entre otras cosas porque este negocio se trata del poder y no del gobierno. Juegan con la democracia, la bastardean porque manipulan los sueños del pueblo, que vota por sus clientes como quien compra un producto engañado por la publicidad: lo único que importa es que lo compre. Y lo peor de todo es que las campañas se tarifan y tientan los aportes de los que tienen dinero sucio y necesitan lavarlo a cambio de impunidad.

El domingo pasado ese circo internacional de vendedores de humo se quedó sin argumentos en la Argentina, y se sorprendió el mundo entero.

19 de noviembre de 2023

Ganadores y perdedores


Por patadura he dejado el fútbol hace muchos años. Era de esos que cambiaban de equipo cuando había mucha diferencia, para emparejarlos: ante las quejas de los que iban perdiendo, los que iban ganando se desprendían del tronco. Está claro que mi fútbol era de barrio, con amigos y conocidos y algún colado ocasional; la selección de los jugadores empezaba con el tradicional sistema de pan y queso y terminaba con el descarte, que generalmente era yo mismo, sobre todo si la cantidad de jugadores era impar. Era un fútbol de arcos desparejos, cancha irregular y tiempo indeterminado. Lo que más recuerdo de aquellos partidos es algo que jamás pude entender: los que ganaban cargaban pesado a los que perdían y los que perdían lloraban de rabia.

Después de aquellos años de fútbol frustrante, me he encontrado muchas veces con malos ganadores y perdedores, que no están solo en el fútbol y tampoco solo en los deportes. Ganar y perder son posibilidades de cualquier competencia, desde un partido de truco hasta la elección de Miss Universo. Siempre hay que intentar ganar, pero con una real disposición a perder y volver a participar.

Malos perdedores y ganadores son esos que se creen que tienen que ganar a como dé lugar y eso es imposible. Es una lógica evidente: no se puede ganar siempre porque entonces los que siempre pierden abandonarían la competencia, y si no hay competencia tampoco habrá quien gane: para que uno gane, otro tiene que perder. Y la esencia del juego limpio en cualquier competencia –sobre todo en el deporte– es que el que gana respeta al que pierde y el que pierde lo intenta de nuevo. Todo deporte implica superar la derrota y volver a competir.

Hoy hay que elegir entre dos candidatos a Presidente de la Nación: uno va a ganar y otro va a perder. Pero una elección no es un partido de tenis porque los que ganan y pierden no son los candidatos, que, dicho sea de paso, son apenas un voto más en la elección. Los que van a ganar y perder hoy son millones de argentinos de un lado y millones del otro; millones de ciudadanos con esperanzas y con sueños, contentos y enojados, frustrados, escépticos, impacientes, desinteresados, ansiosos, conservadores, progresistas, de izquierda y de derecha si es que todavía existen esas categorías. Y la democracia implica el fair play particular de su ejercicio: que quienes pierdan reconozcan el triunfo de los que ganen y los que ganen entiendan que deben gobernar también para los que pierdan, de modo que los que pierdan se sientan igual de contenidos que los que ganen.

No se crea lo que dicen algunos alarmistas: hoy la democracia no está en peligro si se vota a Milei, a Massa, o en blanco. El verdadero peligro de la elección de hoy es que los ganadores se impongan a los perdedores, sobreactuando el triunfo y ensanchando la grieta como si fuera de vida o muerte; o que los perdedores no acepten la derrota y compliquen el triunfo y el gobierno de los ganadores. Tenga en cuenta que son tan penosos los malos perdedores como los malos ganadores, pero peor todavía sería que se den los dos a la vez: un riesgo tremendo en nuestra Argentina adolescente.

No lo veo fácil, pero sea lo que sea y pase lo que pase, no hay otra posibilidad. Gane quien gane parece que no será por mucho, por lo que imponerse una mitad de la Argentina a la otra mitad sería una desgracia. Por eso esta noche tenemos que dejar de pelear los argentinos si queremos salir de donde estamos estancados. Y se tienen que portar bien tanto los ganadores como los perdedores.

12 de noviembre de 2023

Debate y hamburguesas


Hoy habrá debate, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, entre los candidatos a Presidente de la Nación que tenemos que elegir el domingo 19. Podrían haber contratado el Luna Park, mucho mejor escenario por ser el clásico de las peleas de box. El debate promete un rating similar al de la final del Mundial de Fútbol, que tuvo un promedio de 59 puntos, lo que implica unos 6.000.000 de televidentes enganchados. Pongamos que lo van a ver 6.000.000 de personas y entonces nos explicamos la importancia que tiene para los candidatos salir mal o bien parados frente a quienes pueden desequilibrar la balanza en la elección del domingo que viene.

Muchos de esos seis millones lo verán con un balde de pochoclo y considerarán ganador a su candidato; y hay que ver si les mueve la aguja a los que están decididos a votar en blanco porque no saben que tomar una decisión, aunque sea equivocada, siempre es mejor que no tomar ninguna. La elección se gana por un voto, y si le creemos a las encuestas parece que estamos ante un empate técnico, así que persuadir o disuadir a un solo votante importa un montón. El espectáculo de esta noche promete ser intenso y basado en una sola estrategia, compartida por los dos campamentos: desencajar al contrario, provocar el error para que pierda por lo menos un votante, y el que pierda más votantes habrá ganado el debate.

Lo más curioso de los debates es el público presente. En el Hall de Pasos Perdidos de la Facultad estarán los canales de televisión haciendo entrevistas, bastante intencionadas porque los de Buenos Aires han tomado partido hace rato. Adentro de la imponente Aula Magna se instalarán, en segunda fila y más atrás, los que van a hacer el aguante a sus candidatos. Pero lo interesante viene en la primera fila: ahí no estarán la familia ni los amigos más cercanos sino los consultores de opinión pública, los marquetineros políticos, los asesores de imagen, los expertos en discurso y en lenguaje no verbal... que harán señas de truco para que interrumpan, para que se calmen o para que hagan gestos cuando exponga su oponente, ya que no pueden hablar ni gritar, como los directores técnicos de los equipos de fútbol. Y entre round y round         –ahora como los segundos de las peleas de box– se acercarán a dar consejos, les secarán el sudor con una toalla o les colarán una pastilla de Alplax en el agua.

Al final, resulta que los candidatos son productos, mercaderías, marcas... que los electores (el soberano) compramos o rechazamos. No debería sorprendernos que después no hagan nada de lo que dijeron o que hagan lo contrario porque son como los carteles de hamburguesas, esponjosas y chorreantes de cheddar, que no tienen nada que ver con la chatarra aplastada y escasa con que uno se enfrenta después de comprarla.

Según las definiciones del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, debate es una controversia y una controversia es una discusión de opiniones contrapuestas entre dos o más personas. Así que un debate puede ser bueno o malo, dependiendo de lo civilizado o salvaje que se presente.

Pienso que, si me tocara ser candidato, haría todo lo contrario de lo que se espera. Dejaría hablar a mi oponente, sin interrumpirlo; y en cuanto él me interrumpiera, me callaría con un gesto amable para que hable todo lo que quiera. No respondería a los agravios y celebraría con vehemencia sus aciertos. Incluso lo invitaría a formar parte central de mi gobierno en caso de ganar las elecciones la semana que viene. Convertiría el debate en un abrazo de buena onda. Estoy convencido de que la gente está tan harta de vernos pelear que cosecharía los votos que hacen la diferencia.