4 de febrero de 2024

Peleando no se consigue nada

Si le dijera a Miguel Martín de Güemes que peleando no se consigue nada, probablemente me fusilaba por traidor... Es que casi todos los grandes pasos de la historia de la humanidad fueron frutos de grandes batallas y de largas guerras, y no solo por los cambios geopolíticos que producen, sino, y sobre todo, porque aguzan en ingenio hasta límites insospechados.

Digo casi todos porque la revolución más grande de la historia no la produjo ningún enfrentamiento, ninguna guerra, ninguna grieta... y es la prueba más patente de que peleando no vamos a ninguna parte. Tan fuerte fue esa revolución que los violentos no consiguieron pararla ni matando al revolucionario y a sus discípulos más cercanos, ni persiguiendo a sus seguidores durante 300 años. Ya van más de 2000 y la historia cuenta que los que persiguen a los pacíficos terminan perdiendo y consiguen lo contrario de lo que buscaban: en lugar de exterminarlos, los reproducen.

Ya está claro que me refiero a Jesucristo y a los cristianos (a los cristianos pacíficos). Pero no hace falta llegar a esos extremos para confirmar que siempre tendremos más éxito en nuestras empresas si en lugar de pelear para conseguir los fines lo hacemos amigablemente. Y además viviremos más tranquilos.

Hace ya casi dos siglos que se planteó en el mundo, como teoría, la lucha como forma de crear poder. No es mala idea si lo que se quiere el llegar, pero no hay que ser muy inteligente para advertir que es un modo violento. Tan violento que no duda en aniquilar a los enemigos si hiciera falta, y solo porque es el modo más rápido de ganar.

Hace tiempo que intento explicar que el camino es el contrario. El conflicto como estrategia no lleva a ningún lado que no sea el mismo conflicto, pero además cansa como cansó a la mayoría de los argentinos que votaron el cambio en noviembre. No es peleando unos con otros como se va a arreglar la Argentina, sino uniéndonos en pos del fin común, minimizando las diferencias y fortaleciendo las semejanzas, que son muchas más que las diferencias.

Hoy, sin embargo, la sociedad argentina parece mantener la idea de que los que ganaron en las últimas elecciones deben imponerse con toda su fuerza sobre los que perdieron y los que perdieron parecen empeñados en no dejar gobernar a los que ganaron. Seguir peleando no es el cambio sino la continuidad, solo que ahora están arriba los que antes estaban abajo. Y es tan evidente que así no vamos a ningún lado que enternece nuestra edad del pavo colectiva, de la que un día debemos desprendernos para siempre.


La UNIÓN es principio fundacional de nuestra Patria, junto con la LIBERTAD. Sin la unión no iremos nunca a ningún lado, como muestra ese esquema didáctico y siempre actual de los dos burros atados por el pescuezo que pretenden comer sus raciones de pienso, una a la derecha y otra a la izquierda. Tirando cada uno para su lado nunca alcanzarán el almuerzo, en cambio si se unen para ir juntos, primero a uno de los lados y luego al otro, sí que lo conseguirán, y todos felices y bien alimentados.
 
Alcanza y sobra con la unión para enfrentar cualquier adversidad y aunque no se conozca la solución. La unión implica por sí misma la voluntad de buscar juntos las soluciones a todos nuestros problemas. Y también implica ceder de los dos lados para ir juntos en esa búsqueda.

28 de enero de 2024

En unión y libertad

Lo de la unidad no es solo para casos extremos como el de la Hermandad de la Nieve, que relata la epopeya de los uruguayos en los Andes en 1972. Ya lo sabían los padres de nuestra Patria y los de cualquiera. No hay país que base su independencia o su cultura de poder en la división. Tanto que a veces basta con la unión para decidirse a cualquier aventura, desde la independencia nacional al matrimonio de dos personas que solo se tienen a ellos mismos. La unión es más importante que el dinero, que la edad, que la salud, que la inteligencia... y está directamente relacionada con el amor al prójimo.

Más de una vez he insistido en la necesidad de la unión y no solo en la Argentina: también en nuestra América y en el mundo, en el que una importante cantidad de países llevan la unión en su propio nombre aunque se olviden de ella. Al paso que vamos, o los humanos nos ponemos de acuerdo con lo que queremos hacer o dejaremos el planeta sin gente.


En 1813, tres años antes de nuestra independencia, se acuñó la primera moneda patria, era de ocho reales y tenía de un lado el Sol de Mayo, rodeado por el nombre del país que estábamos fundando: PROVINCIAS DEL RIO DE LA PLATA. Y en el reverso dice clarito EN UNIÓN Y LIBERTAD alrededor del escudo, sin sol pero bien acompañado por los laureles que todavía conserva. La primera versión acuñada, la más difícil de encontrar, tiene en la base del escudo dos cañones cruzados y un tambor, y en cada flanco dos banderas. Desde entonces, todas las monedas y billetes argentinos llevan la inscripción EN UNIÓN Y LIBERTAD y si quiere comprobarlo, mire un billete cualquiera y la va a encontrar, siempre debajo de REPÚBLICA ARGENTINA. 

El sol de esa moneda es el que también da vida a nuestra bandera y asoma sobre nuestro escudo. Tiene 32 rayos, intercalados entre flamígeros y rectos, y es el mismo del emblema de la Compañía de Jesús, que hoy campa, dorado como el nuestro, en el escudo papal y de la Santa Sede, porque era el escudo episcopal de Jorge Bergoglio, que conservó como Papa.


Decía también al final de la columna del domingo pasado que sería una macana confundir la unidad con uniformidad. Por desgracia muchos argentinos entienden una cosa por otra. La unidad incluye en su concepto la diversidad, ya que si todos somos iguales, si todos pensamos igual, si somos uniformes, ya no hace falta la unidad. La unidad supone la libertad, la uniformidad no. La unidad es el destino común de los que piensan distinto. La uniformidad es la entronización del pensamiento único. Y la democracia nunca es la imposición de las mayorías a las minorías sino la convivencia pacífica –en unión y libertad– de los que piensan distinto.

La Argentina no saldrá de su estancamiento si seguimos divididos. Hoy más que nunca es preciso que nos unamos y que superemos nuestras diferencias de adolescentes, pero no resignando las ideas detrás de las ajenas, a no ser, claro, que descubramos que estamos equivocados. Es urgente que fortalezcamos lo que nos une y minimicemos lo que nos separa. Hoy está de moda la libertad, y aunque solo el gobierno la exalte, a nadie le cabe duda de que es un activo esencial para todos. Ahora toca emparejar la unión y ponerla también de moda, junto con la libertad.

21 de enero de 2024

Unidad no es uniformidad


Si no vio todavía La sociedad de la nieve, se la recomiendo vivamente. Primero por que es una gran historia, segundo porque es una gran película y tercero porque es una lección formidable. Le advierto también que es un film fuerte: la historia es el relato audiovisual de una epopeya de la humanidad, que quizá no valoramos tanto por estar cerca en el tiempo y en la geografía.

Como todo el mundo conoce el final, no hay riesgo de spoilear el guion. Bueno, no sé si todo el mundo; quizá solo los más grandes, los que teníamos uso de razón en aquellos días dramáticos, hace poco más de 51 años, que hoy ya no somos mayoría. Pero intuyo que aunque ya sean muchos más los que no siguieron en directo la tragedia, todos saben lo que pasó en los Andes entre el 13 de octubre y el 23 de diciembre de 1972.

La novedad y la gran diferencia de esta nueva película, comparada con otra que se estrenó en 1983 y se llamó ¡Viven!, es un defecto de origen: ¡Viven! es una película norteamericana, basada en un libro, también de autor norteamericano, publicado a las apuradas en 1974. La historia de La sociedad de la nieve es la misma, pero muchísimo mejor contada en el libro del uruguayo Pablo Vierci, con guion y dirección de Juan Antonio García Bayona. El gran acierto de Vierci y Bayona es el relato, en el que los 29 muertos son protagonistas tan principales como los 16 sobrevivientes. Pero además la película está muy bien realizada y representada por actores mucho más cercanos a los verdaderos protagonistas de la epopeya.

Tan cercanos son que uno de los actores interpreta a su propio padre: Carlitos Páez, que hace el papel de Carlos Páez Vilaró. Páez Vilaró fue figura principal del arte uruguayo y también de los negocios inmobiliarios y turísticos, siempre asociados a Punta Ballena y Casa Pueblo, trece kilómetros antes de llegar a Punta del Este. Por su posición y porque su hijo era uno de los pasajeros, Páez Vilaró lideró y financió la búsqueda de los accidentados en la tragedia y nunca se dio por vencido, y cuando las fuerzas de seguridad chilenas dieron por terminada la búsqueda, siguió porfiando para encontrarlos vivos o muertos. Fue él mismo quien el 22 de diciembre de 1972 dio la noticia de los sobrevivientes que todavía estaban en la montaña, sumados a los dos que habían llegado a la civilización en busca de auxilio para los catorce que quedaron en el glaciar de Las Lágrimas. Los dio por teléfono, con nombres y apellidos, repitiendo uno por uno, al Uruguay y al mundo. Es quizá la escena más conmovedora de la película, para la que Carlitos tuvo que adelgazar unos cuantos kilos si quería salir cercano a su padre en los escasos tres minutos que dura su bolo.

En una entrevista que le hicieron esta semana en una radio de Buenos Aires, Carlitos Páez Rodríguez –que sigue siendo Carlitos aunque ya tenga 70 años– dio algunas claves de la historia y un consejo a los argentinos. Dijo que si hubiera sido un avión de línea habrían muerto todos en la montaña, peleando entre ellos. Se refería al hecho de que el avión en el que se estrellaron –un Fairchild bimotor de la Fuerza Aérea Uruguaya– había sido charteado para el viaje del equipo de rugby de los Old Christians, antiguos alumnos del colegio Stella Maris de los Christian Brothers irlandeses, la misma congregación y el mismo estilo de colegio que el Cardenal Newman de Buenos Aires. La unidad y la disciplina del equipo salvó a los sobrevivientes.

Los argentinos no van a salir adelante si no se unen, dijo también por la radio. Y es cierto: son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan, pero nos alimentamos de las que nos separan y rechazamos las que nos unen. El Uruguay, en cambio, es un país unido por un ideal republicano en el que la gente piensa distinto sin dramas. Pensar distinto no es nunca una debilidad; es una fortaleza inmensa y también es la base elemental de la unidad, que no hay que confundir con uniformidad: eso sí es pensar igual y es una macana.

14 de enero de 2024

Tarumba tropical

Lope de Aguirre fue un conquistador español de origen vasco (nació en Guipúzcoa en 1510) pero no fue uno más sino el más chiflado de todos. Entre sus locas aventuras está documentada una que empieza en Potosí en 1551, cuando el juez Francisco de Esquivel lo arresta por infringir las leyes de protección de los indios. En su defensa, Aguirre argumentó su nobleza, pero igual el juez lo condenó a ser azotado públicamente. Con la sangre la espalda y también en el ojo, Lope esperó hasta el fin del mandato de Esquivel y empezó a perseguirlo, pero el exjuez se escondía y cambiaba de domicilio y de ciudad constantemente. Lo persiguió hasta Quito y después, de vuelta, al Cusco; recorrió 6.000 kilómetros a pie durante tres años y cuatro meses, hasta que lo asesinó en la biblioteca de su casa en el Cusco. Fue condenado a muerte por ese asesinato, pero huyó hasta Tucumán. En 1554 Alonso de Alvarado lo perdona para incorporarlo al ejército que combatía a un encomendero rebelde en plena guerra civil entre españoles del Perú. Quedó rengo para siempre por una herida en batalla y una espingarda defectuosa le quemó las manos.

Se la hago corta para llegar al final: en 1560 el virrey del Perú se lo quiere sacar de encima y lo manda a buscar El Dorado en una expedición que baja al Amazonas por el río Marañón. La expedición fracasa, como todas las que buscaron El Dorado, pero entre el Marañón y el Atlántico, Aguirre mata a los jefes, se proclama emperador y le declara la guerra al rey de España desde la isla Margarita. La aventura termina cuando lo arrestan y es ajusticiado en Barquisimeto el 27 de octubre de 1561.

Dicen los que escribieron las locas andanzas de Lope de Aguirre, que lo enloqueció el sol. Parece que el casco trabajó de cacerola en la que el sol le cocinó el cerebro hasta provocarle lo que llamaban la tarumba equinoccial. El libro La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de Ramón J. Sender, y las películas Aguirre la ira de Dios de Werner Herzog (1972) y El Dorado de Carlos Saura (1987), son relatos formidables de las locuras de don Lope.


Me acordaba de la tarumba de Lope de Aguirre cuando esta semana me subí al auto después de tomar un café con un amigo en Posadas. Lo dejé estacionado en un espacio de cortesía de la misma cafetería. No suelo ir en auto al centro por lo difícil que es estacionar dentro de las Cuatro Avenidas, pero ese día venía de lejos y me sugirieron ese local precisamente porque tiene lugar donde dejar los coches. Todo genial, la conversación, el café, el local... hasta que salí, apenas pasado el mediodía para llegar a mi casa a tiempo. A mi pobre autito le había dado el sol de justicia que cae a pico en esta latitud y a estas alturas del año. Entrar en el auto era como meterse en el infierno y el volante quemaba como la espingarda de Lope de Aguirre. Las tarjetas de plástico que había olvidado adentro, estaban arrepolladas y por suerte no había dejado el celular porque creo que se habría derretido.

No es una queja, ya que probablemente en la calle habría sido igual y por lo menos allí conseguí un espacio que me resultaba útil. Solo quería referirme a este hecho para recordar los efectos del sol sobre nosotros: si hace eso con la tarjeta SUBE, imagínese lo que puede hacer en su piel, en su cabeza, en sus ojos o en su cerebro.

Esta columna no es un anuncio de protector solar, aunque le recomiende vivamente que lo use si se expone a sus rayos. Esta columna es otra más, y van unas cuantas, sobre la necesidad de sombra en nuestras ciudades. Y no hay que ser astrónomo ni conquistador para saber que solo los árboles dan sombra en las horas del mediodía, cuando el sol cae vertical, sobre nosotros y a pesar de eso tenemos que seguir trabajando en lugar de escondernos en una cueva para que no nos asesine.

7 de enero de 2024

Plantas como mascotas


Decía hace un mes en este espacio que un día, que ojalá no sea tan lejano como para no verlo, los árboles convertirán a Posadas y a las ciudades y los caminos de Misiones en un atractivo turístico de valor incalculable. Pero todo eso ocurrirá si entendemos que los árboles son una inversión en sombra y por tanto en salud; también en belleza, paisajes, frescura y, por supuesto, en turismo. Pero es mucho más que sombra lo que necesitamos de las plantas.

Hace, pongamos 300 años, los perros que nos acompañan desde los confines de la historia trabajaban casi tanto como los caballos y a la par de sus amos. Cuidaban las casas, arriaban ganado, ayudaban en la caza o iban a la guerra como un soldado más. Las legiones romanas peleaban con perros y también la conquista de América se hizo con canes tan conquistadores como sus dueños. Las razas se distinguían y se buscaban por sus utilidades, y su fidelidad era tan valorada como ahora. Los gatos son otra historia, pero también nos acompañan, y cada vez son menos enemigos de los perros. Además de los propios, los de la familia, siempre hubo perros y gatos de nadie: cimarrones, callejeros, silvestres o asilvestrados; lo que no perdieron nunca es su condición social que comparten con el género humano: con nosotros evolucionaron hasta sentirse tan cómodos como nosotros con ellos y muchos siguen trabajando, especialmente con las fuerzas de seguridad.

Hace menos tiempo, quizá en los últimos 50 años, los perros y los gatos pasaron a ser mascotas tal como hoy entendemos esa palabra: animales de compañía, parte de la familia. Dejaron de comer las sobras de las casas y pasamos a comprarles comida casi tan cara como la nuestra. Proliferaron las tiendas y las góndolas de supermercados dedicadas a las mascotas. Les ponemos nombres de hijos, llevan apellido y hasta se parecen a sus amos que ahora llamamos padres. Les hablamos como si nos entendieran; los vestimos, les hacemos regalos, celebramos sus cumpleaños; los bañamos, van al médico, les damos remedios, los operamos si hace falta, los enterramos en cementerios y quizá nos pasamos de la raya cuando los mutilamos o los clonamos. En países más desarrollados y ricos ocupan asientos en los transportes públicos con el mismo derecho que las personas, y gastan en ellos más que la suma de 30 humanos de regiones más pobres. En muchos lugares del mundo hoy es delito maltratar a cualquier animal, cosa que hace esos mismos 50 años no estaba penado por ninguna ley. Hay algunas exageraciones, pero nada especialmente reprochable: respetar a los animales es clara señal de humanidad.

Todo lo dicho se aplica al reino vegetal. Las plantas son sustento y son remedio, y no existiríamos sin ellas. Algún día las respetaremos como hoy respetamos a los animales y serán protegidas por las leyes porque son un activo tan valioso como un quirófano. Como al ganado podemos cultivarlas para nuestra subsistencia y como a las mascotas las necesitamos para nuestra compañía.

Tenemos que cuidar las plantas si nos queremos cuidar a nosotros, porque son esenciales para respirar, para curarnos de mil enfermedades y para que el clima no haga estragos en el planeta. Con los adelantos tecnológicos de hoy y los que vendrán, podemos vivir debajo de una selva vegetal mucho mejor que lo hacemos en la jungla de cemento.

Hay que empezar de una vez, porque cada día que pasa está más claro que es cuestión de tomar conciencia individual y colectiva, seguros de que esa conciencia es la que cambiará el planeta en el que convivimos con animales y vegetales, y que será la más provechosa política de medio ambiente de nuestros gobiernos. Pero además pueden convertir a Misiones en un verdadero paraíso, para que lo disfrute todo el mundo.

31 de diciembre de 2023

Bisiesto

Los días se alargan y se acortan, el sol se aleja y se acerca, las noches siguen a los días... y las plantas y los animales perciben mejor que los seres humanos la cadencia anual del planeta. Los seres racionales hemos intentado expresar esos cambios con cálculos, números y letras. Cada cultura tiene su sistema, relacionado con la religión, con la naturaleza, con la política o la razón; y no le extrañe que aparezcan terraplanistas o antivacunas a poner en tela de juicio hasta la extensión de los años.

El sistema universal con el que contamos los años, los meses, los días y las horas, es el calendario juliano-gregoriano. Creado por Julio César 46 años antes de Cristo y modificado por el papa Gregorio XIII en 1582.
Antes del 46 AC, el año romano contaba 304 días divididos en diez meses (seis de 30 días y cuatro de 31), y cada dos o tres años, agregaban un mes para volver a cuadrar las estaciones. Cuando Julio César decretó el año de 365 días, los egipcios llevaban 15.000 años sumando la misma cantidad: el Nilo crecía puntualmente todos los años y les marcaba las fechas casi con tanta precisión como la luna y el sol.

Julio César contrató a un sabio egipcio que sabía bastante de cuadrar fechas y sobre todo encajar las fiestas que jalonaban el año. El 44 antes de Cristo fue el primer bisiesto, porque ya sabían también que cada cuatro años había que agregar un día si no querían que el invierno se volviera otoño. El día que se agregaba era un segundo 24 de febrero, seis días antes de marzo: ante diem sextum kalendas martias, y como en esos años había dos 24 de febrero, el segundo se llamaba bis sextus.

Después se metieron con los meses y los días que tiene cada uno, pero nunca cambiaron la cantidad de días del año ni el bisiesto cada cuatro. Octavio Augusto le puso su nombre al sexto, que ya no era sexto sino octavo, imitando la decisión del Senado de ponerle el nombre de Julio César al quinto, que ya tampoco era quinto sino séptimo.

Para los sabios egipcios que trabajaron para Julio César, el año tenía 365 días y 6 horas, por eso lo arreglaban cada cuatro. Pero con los siglos, los años se volvieron a desfasar. Es que, bien calculado, el año tiene 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos. Ese arreglo tuvo efecto bajo en pontificado de Gregorio XIII, que decretó que había que comerle diez días al calendario, y la orden se cumplió la noche del 4 al 15 de octubre de 1582. Como fue después de la Reforma y hacia tiempo que los orientales no obedecían al Papa, no todos acataron al Papa y tardaron en aceptar los cambios. Sin ir más lejos, en 1616 todavía los ingleses no tenían las mismas fechas que los españoles, y por eso no es verdad que Shakespeare y Cervantes murieron con pocas horas de diferencia y sí es verdad que uno murió el 22 y otro el 23 de abril de 1616. Otra curiosidad tiene que ver con la muerte de Teresa de Ávila, que no se sabe bien qué día fue porque partió justo la larga noche del jueves 4 al viernes 15 de octubre de 1582.

Pero la reforma gregoriana no solo fue comerse esos días de 1582. Habían hecho bien los deberes –¡con los relojes de esa época!– para compaginar en lo posible los tiempos de la rotación de la tierra con la traslación alrededor del sol. Así que establecieron como bisiestos (de 366 días) los años divisibles por 4, pero exceptuando los múltiplos de 100, de los que se exceptúan a su vez aquellos que también sean divisibles por 400; por eso 2000 no fue bisiesto y sí lo será 2400, pero no pensamos estar para certificarlo. Divisible por 4 es 2024, así que tendrá un día más y también Juegos Olímpicos, otro acontecimiento que ocurre en los bisiestos, siempre que no haya pandemia ni guerra mundial.

24 de diciembre de 2023

Juramento fue el de Belgrano

Manuel Belgrano enarboló por primera vez la bandera nacional el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná, en la actual ciudad de Rosario, que entonces no era ni pueblo y se llamaba Villa de la Virgen del Rosario de los Arroyos. El 25 de mayo de 1812, al cumplirse el segundo aniversario de la Revolución de Mayo y a pedido de Belgrano, el canónigo Juan Ignacio Gorriti bendijo y bautizó la nueva bandera en Jujuy, pero por decisión del Segundo Triunvirato la jura tuvo que esperar todavía hasta febrero de 1813.

Belgrano, obediente a la autoridad, solo izó y arrió en Rosario la bandera que había creado y que describía como blanca y celeste. Mientras tanto, sus tropas siguieron luchando bajo la enseña española, entre otras cosas porque eran tan americanos y tan españoles como los enemigos con que se enfrentaban, a quienes llamaban realistas, pero de un rey que no querían (que ese año todavía era el hermano de Napoleón). Esa bandera no era la rojigualda sino la del imperio español, con la Cruz de Borgoña, formada por dos troncos aspados, con los gajos cortados, rojos sobre fondo blanco, que todavía flamea en el regimiento Patricios de Buenos Aires.


Desde las invasiones inglesas, las tropas del virreinato usaron una escarapela o blasón con los colores celeste y blanco de la Orden de Carlos III, que hasta hoy decoran a los reyes de España. Esa escarapela fue la que distinguió a las tropas del Ejército del Norte de las realistas en la batalla de Tucumán, ya que ambos ejércitos pelearon bajo la misma bandera el 24 de septiembre de 1812. Lo de la misma bandera ponía loco al general, que insistía con la blanca y celeste ante el gobierno de Buenos Aires porque quería distinguirse pero sobre todo quería la independencia, pero los pesados del Triunvirato volvían a prohibirle el uso de otra que no fuera la española. Recién en la batalla de Salta, librada el 20 de febrero de 1813, se usó por primera vez la enseña nacional, tres años, cuatro meses y 17 días antes de la Independencia, cuando la escarapela tenía ya por menos seis años.

Después del triunfo de Tucumán, el Ejército del Norte salió apresurado para Salta en persecución de las tropas de Pío Tristán. Al vadear el río Pasaje, llegó un chasqui con la noticia: la Asamblea del Año XIII había destituido al Triunvirato y autorizaba el uso de la bandera de Belgrano. El general se apresuró entonces a tomar el juramento a sus tropas, acampadas a orillas de ese río, que ahora se llama Juramento. Fue el 13 de febrero de 1813 y estas fueron las palabras de don Manuel:


Soldados de la Patria: en este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo Gobierno (...) Juremos vencer a los enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la independencia y de la libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo ¡Viva la Patria!

Me acordaba de esta jura la semana pasada, después de escribir sobre los juramentos apócrifos, cada vez más estrambóticos, en todos los poderes y en todos los niveles de gobierno. Decía que los que no se hacen según las formas que prescribe la ley son nulos o inválidos, pero sobre todo trataba de explicar que al deconstruirse, los juramentos terminan reducidos a unas declaraciones altisonantes, narcisistas y autorreferenciales.

El juramento a la bandera es el más esencial de todos. Juramos defenderla hasta morir, sin intermediarios ni más testigos que los que nos oyen decirlo. A Manuel Belgrano le bastó con un ¡Viva la Patria! y pienso que ese debería ser el modelo y la fórmula de todo juramento: cumplir con la Constitución y las leyes de la Patria. Y no tomar en vano el nombre de Dios ni nada que no sea la palabra empeñada de argentinos honrados.

17 de diciembre de 2023

Juramentos degradados

Toca siempre después de las elecciones, sobre todo de las que tienen lugar cada cuatro años, cuando se eligen las autoridades ejecutivas nacionales, provinciales y municipales, pero también la renovación de la mitad de la Cámara de Diputados y de un tercio de la de Senadores de la Nación, además del resto de los integrantes de los todos los órganos legislativos de todos los niveles.

Los juramentos son inútiles además de anacrónicos; tan anacrónicos como la banda presidencial o provincial, el bastón de mando y otras formalidades huecas de nuestras democracias adolescentes. Para confirmar su anacronismo, se jura en castellano antiguo, un idioma que no se habla desde el siglo XVIII, ni siquiera en España. Pero las razones de la lógica y del tiempo, por más que son reales y valiosas, se vuelven secundarias ante lo que hemos visto durante los juramentos de estas últimas semanas.

Jurar significa poner a Dios por testigo, en este caso de la promesa de buen desempeño. Por eso quienes tienen fe juran por Dios y sobre los Santos Evangelios, o solo por Dios si no son cristianos. Quienes prefieren no tomar el nombre de Dios en vano, o no tienen fe, lo pueden hacer por la Patria o por su honor, pero el problema es que la Patria no puede ser testigo de ningún juramento porque para exigirnos su cumplimiento alcanzan y sobran las leyes que condenan a quienes cometen delitos. Dios, en cambio, sí que lo se los va a exigir a todos, tarde o temprano, en esta vida o en la otra, y sin necesidad de que medie juramento alguno. Por eso parece más adecuada la fórmula de los representantes misioneros ante su cámara provincial, que juran a la Patria y no por la Patria (igual fórmula tiene el Senado de la Nación). Los que prefieren jurar por su honor, quizá lo hagan porque saben que no les va a pedir cuentas, sobre todo después de despreciarlo.

 

Se ha impuesto la lamentable costumbre –cada vez más difundida– de jurar por cualquier cosa. No voy a hacer una enumeración, pero recuerdo una diputada nacional que juró por su novio. Otros, que no juran sobre los Santos Evangelios quizá porque no creen, ponen la mano encima de la mesa donde estaban los Santos Evangelios, pero ahora no hay nada. Fue el caso de tres diputados nacionales de Misiones, pero también de muchísimos otros, y resulta de lo más gracioso verlos imitando el gesto, como si el gesto fuera lo importante y no los Evangelios que están sosteniendo el gesto. Otros fueron a jurar con sus familias o parte de ellas, posiblemente para salir en la foto como en los casamientos. Y uno juró con una camiseta con la leyenda Nunca Más, tan anacrónica como el lenguaje del siglo XVIII de la fórmula que utilizó. ¿Habrá sido para evitarnos estos espectáculos que el nuevo presidente decidió tomar en privado el juramento de sus ministros?

Si nos atenemos a las leyes, todos esos juramentos son nulos o por lo menos inválidos, porque no cumplen con los reglamentos que establecen unas fórmulas muy precisas para hacerlo. Y si son nulos y no pasa nada, es porque los juramentos se han vuelto una formalidad superflua, un acto egoísta para decir y hacer lo que quiero, un narcisismo tan centrado en la autoafirmación que reniega de la función pública, dice Fernando Savater, refiriéndose a estos juramentos y el más difundido de los males de nuestra era.

Por su invalidez manifiesta, los juramentos apócrifos ni siquiera colocan en la categoría de perjuros a quienes no los cumplen. Y como todo acto que se deconstruye, después se degrada y al final se desnaturaliza y termina siendo inútil. Más nos valdría dejar de hacerlo y resolver las tomas de posesión con la firma de un papel en el que conste el nombramiento y la aceptación. Los deberes de funcionario público no se adquieren por juramento, el honor no se tiene porque uno lo declame y la existencia de Dios no depende de nuestra fe.

10 de diciembre de 2023

Esequibo


No es una palabra mal escrita. O sí, porque viene del apellido de un español que se llamaba Juan de Esquivel, que vino a América a partir del segundo viaje de Colón, anduvo dando vueltas por el Caribe y hasta conquistó Jamaica. Cómo pasó de Esquivel a Esequibo se lo debo porque nadie lo sabe. La cuestión es que en honor a Juan de Esquivel le pusieron Esequibo a un río del norte de Sudamérica, de unos mil kilómetros, que nace en las montañas de Acarai y desemboca en el Atlántico. La cuenca del Esequibo incluye casi todo el territorio de Guyana y algo de Venezuela. Le recuerdo que las Guayanas son tres, de este a oeste: un Territorio de Ultramar francés; una excolonia neerlandesa llamada Surinam; y la excolonia británica llamada Guyana, atravesada longitudinalmente por el río Esequibo que corre de sur a norte casi desde su límite con Brasil. Pero además se llama Guayanas a toda una región geológica de Sudamérica, que incluye las clásicas tres Guayanas, más todo el oriente venezolano y el estado de Amapá en el extremo norte de Brasil.

Después de la independencia de Venezuela, en 1819 Simón Bolívar anexionó el territorio de la Guayana venezolana y agregó una octava estrella a la bandera tricolor, que ya tenía siete por los estados fundadores, pero esa estrella se perdió enseguida porque el territorio federal de la Guayana (era pura selva) se desmembró en los estados de Bolívar, Amazonas y Delta Amacuro. En 1999, inspirado por Bolívar y pensando en quedarse con el Esequibo, Hugo Chávez volvió a instalar la octava estrella en la bandera, a la vez que dio vuelta el caballo blanco del escudo nacional, que desde entonces galopa hacia la izquierda.

Resulta que alegando razones históricas y el uti possidetis, Venezuela porfía que su frontera oriental es el río Esequibo, cosa que dejaría a Guyana sin dos tercios de su territorio y agregaría a Venezuela un nuevo estado, el 24, llamado Guayana Esequiba. Lo sostiene después de un largo conflicto de laudos y tratados, pero a pesar de no ejercer ni un gramo de soberanía sobre esa región, que fue conquistada para España en 1530 por Diego de Ordás, en 1616 fue tomada por los Países Bajos, en 1796 pasó a ser colonia británica y desde 1966 es independiente como República Cooperativa de Guyana.

El domingo pasado, un referéndum preguntó a los venezolanos si el mapa de Venezuela debe llegar hasta el río Esequibo. Los que están en contra de la dictadura de Maduro no fueron a votar. Según las autoridades votó todo el mundo y según la oposición no votó casi nadie. Las cosas estaban preparadas para que el gobierno de Venezuela, alegando la voluntad popular, agregue la Guayana Esequiba a sus mapas –cosa que ya hizo– e invada el 60 % del territorio de su vecino. Así estamos ahora, con el vértigo de saber cómo va a terminar esta loca aventura de Nicolás Maduro.

Los argentinos conocemos el amargo intento de usar la soberanía para perpetuarse en el poder. Una bravuconada que terminó muy mal, provocando la muerte de cientos de argentinos y británicos en el campo de batalla de las Malvinas y el Atlántico Sur. No les resto valor ni heroísmo, pero ir a la muerte obligados por la necesidad de un dictador es una desgracia que se agrega a la muerte misma. En Venezuela están por imitar a Galtieri: un dictador ya débil que recurre a la soberanía para recuperar poder y popularidad. Maduro parece capaz de llevar a sus fuerzas armadas a un conflicto que puede costar muchas vidas. Por lo pronto, y a pedido de la República de Guyana, el Comando Sur norteamericano acaba de empezar maniobras conjuntas con las Fuerzas de Defensa de Guyana y su Cuarta Flota ya navega cerca de la desembocadura del Esequibo.

Maduro está mostrando al mundo su extrema debilidad y esto tiene toda la pinta de ser una trampa en la que está cayendo como un chorlito.

3 de diciembre de 2023

Ahora hay que plantar árboles


Se terminó la política, es hora de volver a plantar árboles.

Quizá ese debió ser el título de esta columna, seguramente equívoco, ya que no hay ninguna razón para que las elecciones impidan plantar árboles y tampoco debiera ser una responsabilidad exclusiva de las autoridades, que también son responsables de nuestra salud colectiva, pero con la salud se entiende la responsabilidad compartida porque la responsabilidad del estado sobre la salud de sus ciudadanos no excluye la responsabilidad de cada uno de cuidar su propia salud y la de los que dependen de ellos.

Los pronósticos apocalípticos de calor y las advertencias de hidratarse y evitar el sol, que aparecen en la tapa de El Territorio de ayer, recuerdan que la sombra es una necesidad imperiosa, tanto como las vacunas contra el Covid o las prevenciones contra el mosquito que transmite el dengue. Sin embargo, no hacemos nada y no hacen nada, o no hacen lo suficiente, los que tienen que hacer muchísimo más. Y lo que hay que hacer es plantar millones de árboles en nuestras ciudades, además de concientizar a los ciudadanos del peligro que corren si se exponen a los rayos del sol. Plantar muchos más árboles de los que se plantan y pensar en ciudades repletas de árboles en todas sus calles. Seguramente para conseguirlo las veredas deberían ser más amplias y las calzadas más estrechas; los cables deben convivir con los árboles; se deben inventariar todos los árboles de las ciudades y monitorear su desarrollo; los frentistas deberían cuidar su sombra como cuidan la vereda; se debe multar a los que talan y a los que podan, incluyendo a la empresa Energía de Misiones y a los prestadores de telefonía, televisión e internet. 

Talar un árbol en la era del calentamiento global debería ser un delito tan grave como robarse un tomógrafo del Hospital Madariaga. La Dirección General de Catastro tiene datos precisos, tomados de fotos aéreas, y así como exige impuestos proporcionales al desarrollo inmobiliario, puede aplicar impuestos o exenciones a los frentistas por el maltrato o el cuidado de los árboles de sus casas y veredas.

Los árboles no dan votos porque tardan en crecer y hoy a los políticos les preocupa demasiado la próxima elección. No dan votos pero sí dan monumentos, porque quienes plantan árboles son reconocidos por las generaciones que disfrutan de su sombra después de años. 

Los árboles son seres vivos, que se pueden enfermar, sufren por las plagas y tienen los años contados, aunque sean muchos. Los árboles requieren mantenimiento y botánicos que los cuiden, como los animales necesitan veterinarios y los humanos vamos al médico. Hay que reponer los árboles muertos y los caídos, pero qué le voy a contar si vivimos en una provincia que ha hecho de la silvicultura parte importante de su riqueza. Quizá para que todos lo entiendan debamos hablar de forestar las ciudades. 

Llegará el día en que los árboles serán tan cuidados como las mascotas, pero hay que acelerar la llegada de ese día. Y también hay que poner en la ecuación que los árboles convertirían a Posadas y a las ciudades y caminos de Misiones en un atractivo turístico bestial: los árboles no son solo una inversión en salud, también lo son en belleza, en paisajes, en frescura y en turismo.

Hay que plantar árboles urbanos en Misiones hasta que los barrios de casas bajas no se distingan de la selva desde un avión. Debería ser así en barrios enteros de Posadas, como Itaembé Guazú, hoy calcinado por los rayos del sol durante los largos veranos de nuestra latitud porque nadie previó plantar árboles cuando se construían sus casas.

¡Queremos sombra! fue hace un par de años un grito acuciante desde estas páginas. Algo se ha hecho, pero tiene que ser muchísimo más y es cada día más urgente para la salud de todos los misioneros.