15 de agosto de 2012

Ladrón de amigos

Un día Nicanor Duarte Frutos y Pedro Fadul, los dos candidatos a presidente del Paraguay de la campaña 2003, pronunciaron el mismo discurso. No logro acordarme quién robó a quién, pero las cosas ocurrieron así: un asesor consiguió el discurso que iba a dar esa tarde su oponente y se lo llevó a su candidato para que tuviera esa información. El candidato se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también el dueño, pero casi nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los diarios, y lo contó en privado para comidilla de los periodistas. Ni siquiera salió publicado gracias al esfuerzo denodado y las amistades de los prenseros de los dos partidos. Estas cosas seguirán pasando mientras siga existiendo la industria del marketing político que fabrica candidatos como si fueran hamburguesas y les hacen decir cosas para que parezca que tienen algo en el corazón…

No es el único caso de robo de discursos que conozco. Lo hacía también un amigo mío que ya no es más mi amigo y van a ver por qué. Un día estábamos conversando de cosas serias y me salió una frase bonita sobre la verdad y la libertad. Se ve que le gustó porque unos días después, cuando nos volvimos a ver, apareció en la conversación tal como yo lo había formulado, pero la decía como propia. Cuando le aclaré que ya habíamos dicho esas cosas en la conversación anterior, me contó que él sostenía esos principios hacía años y que no se qué y que no se cuántos. Bueno, pensé, al fin y al cabo lo importante es que las ideas cundan, no importa cómo. Pero otra vez me pidió por favor que le presentara a un buen amigo por algo que estaba necesitando. Lo hice con todas las advertencias del caso y era evidente que se veían por primera vez. Al poco tiempo me cuenta una anécdota conocida de mi amigo, pero protagonizada por ellos dos hacía muchos años y por supuesto que se conocían de toda la vida...

No sé si es una patología y la verdad es que no me interesa, pero esto de los amigos interesados se está poniendo obsceno en los tiempos que corren. Quizá sea porque las redes sociales han devaluado el concepto de amistad y se están sirviendo de un falso principio que dice que los amigos de mis amigos son mis amigos. Han degenerado la amistad y la han llenado de adjetivos mentirosos. Por eso le recomiendo que en cuanto un amigo de los de ahora intente manipular esa amistad con algún interés que no sea el afecto, huya de él como de la peste: es un ladrón de amigos.

Discurso equivocado

Un espía de Juan Caros Wasmosy consiguió el discurso que iba a dar esa tarde de 1992 Luis María Argaña en la interna del Partido Colorado. Wasmosy se lo encontró entre las manos cuando empezaba a hablar y lo leyó como propio. Horas después lo leyó también Argaña, pero nadie se dio cuenta, ni los candidatos. Lo encontró un astuto observador, de esos que hay en todos los periódicos y lo contó en privado para comidilla de la redacción.

19 de julio de 2012

Hotel Guaraní

Bajé a devolver la tarjeta de la habitación 809 del Hotel Guaraní de Corrientes porque no funcionaba.
—No abre porque usted está en la 812, me dijo el conserje con cara de usted es idiota, mientras remarcaba un 1 y un 2 encima del 0 y del 9 escritos en un sticker pegado en la tarjeta.
—¿No intentó abrir la 812?
—No.
—¿Y la 809?.
—Esa sí, es lo que le estoy diciendo...
—¡Ve! No abrió porque esta tarjeta es para la 812... y me la devolvió con su nuevo número repasado encima del viejo con una bic azul.

16 de julio de 2012

Un lugar bien seguro

El pueblo se llama 2 de Mayo, y queda en plena la sierra de Misiones, entre montes de pinos, tabacales y la selva dulce y anaranjada que polacos y alemanes vinieron a domesticar hace ahora 100 años. Todo está siempre ordenado y nunca pasa nada... hasta que pasa. Como esa noche cuando los vecinos del pueblo oyeron una melodía bailantera que salía estridente del cementerio. Algunos valientes se acercaron hasta el portón de verja y lata del camposanto, cerrado con cadena y un gran candado y vieron luz en el panteón del que salía la música. Decidieron ir a la policía para que tome cartas en el asunto. “Señor comisario: alguien está de parranda en el cementerio del pueblo y no nos deja dormir a los mortales. El volumen de la jarana es como para despertar a los muertos, pero  suponemos que ellos estarán también un poco cansados de semejante barullo”.

La policía fue a buscar al sepulturero, que estaba durmiendo en la casa de su novia en un pueblo vecino. Después de abrir el portón negro, fueron directo al mausoleo de donde venía la música: una casita alpina con puerta acristalada y  una cruz en su pináculo. Nada fúnebre. Todo bucólico, como la casa de Heidi.


La policía se encontró adentro del panteón con una señora en pijama que disfrutaba plácidamente de la música. Tenía todo lo necesario para vivir: luz, agua, cama y despensa. Y además el ataúd bien sellado en el que descansa su marido, bien muerto hace ya dos años, por suicidio a los 23 y 20 años más joven que ella. Después de la muerte del marido la viuda se volvió a Buenos Aires, de donde es oriunda, pero como tenía que viajar de vez en cuando a 2 de Mayo a atender algunos negocios que le quedaron por allí, decidió amueblar cómodamente el panteón de su marido e instalarse como en su casa. Aquel día había comprado el equipo de música y lo estaba probando. Parece que también viene a pasar Navidad y Año Nuevo y ahora disimulan que no estaban borrachos los que en esas fechas vieron salir fuegos artificiales del camposanto.

“Es lo más lógico”, se me ocurre pensar, cuando me acuerdo de nuestros cementerios casi siempre compuestos de casitas pegadas, cada una más linda que la otra y aunque queden en el medio del campo o del monte. Ciudades de muertos, como le decían los clásicos, codiciadas en tiempo de okupas y homeless.

Pasan cosas de noche en los cementerios, pero no son los muertos los que las provocan sino los vivos. En el de la Piedad de Posadas hace tiempo que algunas prostitutas de la calle Santa Catalina ofrecen sus servicios en panteones sin dueño: ideal para necrófilos. Todos los que viven o trabajan en ellos, como la viuda de 2 de Mayo, cuentan que es lo más seguro y tranquilo que hay. El riesgo está afuera, donde andan los vivos, que son los peligrosos.

9 de junio de 2012

Héctor Ruiz Núñez 1942-2012

Un día de los años 80 me llamó por teléfono. Dijo que estaba investigando para la revista Humor un largo reportaje sobre un tema en el que me involucraba.

Sabía quién era, así que no me afeité durante varios días y fui a verlo con pinta de homeless a un tugurio en la calle Venezuela de Buenos Aires que en la puerta tenía mal pegado un cartel de cartón con el logo de la revista. Casi no me preguntó nada, sólo me insistió en que llevaba gastados unos 10.000 dólares en esa investigación y que había encontrado algunas cosillas duras que saldrían en la nota. Sostenía que una institución educativa explotaba mujeres con el pretexto de dar instrucción a chicas del interior de la Argentina y aseguraba que tenía pruebas contundentes.

Una mentira asquerosa.
Se lo dije. Y también que no le compraba esa mierda.
La nota nunca salió en ningún sitio.

Después me enteré -por él mismo- que ese día había disfrazado su cueva de revista Humor y que no se esperaba nada de lo que pasó en nuestro encuentro. Con el tiempo terminamos más o menos amigos. Hasta me pidió trabajo alguna vez que andaba puado.

Me acabo de enterar de su muerte, que lamento de verdad.

Como Carlos Correa, Héctor Ruiz Núñez también curtía de periodista, pero en este caso su interés no era la política...

20 de mayo de 2012

Carlos Correa 1940-2012

Esa tarde llegó más temprano el dueño del diario El Territorio de Posadas. Venía todos los días al caer la noche, pero aquella vez apareció a las cinco de la tarde y entró en el edificio como siempre, por la puerta del estacionamiento y silbando una melodía irreconocible. Lo hacía para alertar a las secretarias de su llegada, sin saber que desde la guardia avisaban en cuanto pasaba con su Renault Laguna por el portón de entrada de la planta.

“¡Gonzalo!”. Me saludó desde la puerta de mi oficina y entró. Era la rutina de todos los días, pero un poco más temprano. Se sentaba un rato del otro lado del escritorio y conversábamos de las cosas del día mientras curioseaba lo que tenía arriba de la mesa. “En un ratito viene Carlos Correa. Quiero que tengamos una reunión con él”, dijo en el momento que llegaba el otro socio del diario. Y siguió en plural: “Queremos que Correa sea subdirector del diario”. Yo era el director.

Carlos Correa curtía de periodista, pero tenía de periodista lo que yo de astronauta. Lo sabían los dueños del diario y conocían mi opinión sobre semejante elección. Había sido el vocero del amo de la provincia: un político tan seductor como enredador y un cínico contumaz. Les expliqué que era una pésima decisión, pero me hicieron saber que estaba tomada y que había razones que no pensaban revelar. Ante mi cerrazón me pidieron que asistiera a la reunión para que comprobara que Correa no era como yo pensaba. Como donde manda capitán no manda marinero y no tenía nada que perder, accedí tranquilo a enfrentarme con el lobo feroz.

Un rato después estábamos los cuatro sentados en la mesa redonda de vidrio templado del directorio. La conversación empezó cordial, como tiene que ser entre personas civilizadas. Se trataba de conocernos y de intercambiar opiniones sobre el diario. No sé cómo llegamos al punto que quiero contar, pero supongo que habíamos mencionado las presiones del poder sobre los contenidos del diario. Yo dije algo sobre mi escaso temor –temeridad pura– a esa munición: “Esas balas no me entran”; usé una expresión común para significar que algo no me afecta. “Ni las balas benditas” terció Correa, y nunca supe por qué.

Es que en ese mismo instante los ojos se le pusieron blancos y el cuerpo se volvió rígido como de mármol. Trataba de decir cosas, pero balbuceaba ininteligible. Enseguida empezó a golpearse con una furia que nos estremeció. Sentado y rígido como estaba, solo podía mover su brazo izquierdo y con él le daba unos golpes tremendos al vidrio de la mesa, desde abajo hacia arriba. A cada golpe la levantaba en vilo y en el primero su reloj se hizo añicos.

Fueron unos minutos eternos que volvimos a recordar muchos años después, cuando hace unos días nos enteramos de su muerte. Aquel ataque retrasó la entrada de Correa al diario y me dio aire para apartarme a tiempo de la chuza del poder que venía lanzada directo a mi cabeza.

Ya dije que Carlos Correa curtía de periodista, pero no era periodista. Era uno de esos políticos sucios que usan a la prensa y a los periodistas que se dejan manosear por el poder. Ya lo saben los que se enfrenten con casos semejantes: aquella vez resultó lo de las balas.

Dios quiera que ahora Correa descanse en paz.

27 de abril de 2012

Me quedo con Shackleton


En 1911, cuando Roald Amundsen y Edward Scott intentaban llegar al Polo Sur, también andaba Ernest Shackleton intentándolo. Era un marino irlandés de una de las expediciones de Scott que luego se independizó para tratar de llegar con su propia empresa. Batió dos récords sucesivos, el de los 82, 16 y el de 88, 23 grados de latitud Sur. Luego de la llegada de Amundsen decidió que sería el primero en cruzar la Antártida pasando por el Polo y lo intentó en 1914. Pero su barco de madera, el Endurance, quedó atrapado entre los hielos del mar de Weddell. Cuando los hielos lo trituraron debieron abandonarlo y aventurarse por el desierto congelado para encontrar una ruta que los devolviera a sus casas. Así consiguieron llegar a la isla Elefante, en el norte de la península antártica. En trineos y luego en un bote salvavidas rescatado del Endurance, calafateado y protegido con grasa y piel de los perros que se comieron, Shackleton se largó por el mar de Drake hasta la isla de San Pedro, en las Georgias, donde sabía que había una estación ballenera. Luego de varios intentos con pilotos y barcos uruguayos y chilenos, volvió para rescatar a sus compañeros que quedaron en la isla Elefante. Lo consiguió con un escampavía chileno comandado por Luis Pardo. Los 28 que salieron volvieron triunfantes a las islas británicas en plena Guerra Mundial.

En la historia de la publicidad se cuenta el caso del anuncio clasificado, publicado en The Times de Londres para reclutar a los expedicionarios del Endurance: Men wanted for hazardous journey. Low wages, bitter cold, long hours of complete darkness. Safe return doubtful. Honour and recognition in event of success (Se buscan hombres para peligroso viaje. Salario reducido. Frío penetrante. Largos meses de completa oscuridad. Constante peligro. Dudoso regreso a salvo. Honor y reconocimiento en caso de éxito). Es un mito: aunque todo el mundo habla de este clasificado, el aviso no aparece por ningún lado y eso que el Times está microfilmado completo hace muchos años. Hasta hay recompensas para el que lo encuentre, pero nada. La imagen de aquí abajo no es un recorte real: está tomada de un póster de John Hyatt alusivo a Shackleton.


Hay muy buenas fotos de la expedición de Shackelton y del Endurance encallado entre los hielos. Las puede encontrar en Internet y conmoverse ante el coraje de estos valientes. En aquellos años de gente de acero se decía que si en la exploración del polo buscabas velocidad, tenías que llevar a Amundsen. Si lo que quieres es ciencia, el indicado es Scott. Pero si el destino está en tu contra y las posibilidades de sobrevivir son mínimas, hay que rogarle a Dios tener cerca a Shackleton.

Quizá Schakleton sea más indicado que Amundsen y Scott para llevar los periódicos al futuro.

18 de abril de 2012

Dos directores de diarios


El 14 de diciembre de 1911 llegó al Polo Sur la expedición de Roald Amundsen. Y el 17 de enero lo logró Robert Falcon Scott, que se encontró con los saludos de Amundsen. Él y sus muchachos (cinco en total) murieron cuando volvían. Sus restos aparecieron en septiembre de 1912. Entre sus pertenencias encontraron el diario de la expedición y hasta fotos con la constancia de su llegada al polo, donde se toparon con la bandera noruega como testimonio de la conquista de Amundsen.

Dicen que fueron los perros groenlandeses de Amundsen los que le ganaron la carrera a los caballos mongoles de Scott y además les permitieron contar la historia. Algunos detractores de la cultura inglesa sostienen que la expedición de Scott prefirió morir a comerse los caballos, mientras que el grupo de Amundsen -noruego- había calculado alimentarse durante la vuelta, ellos y sus perros, de carne de los mismos perros (hay quienes dicen que perro no come perro para justificar que los periodistas no hablamos de otros periodistas). Muy inteligente Amundsen, ya que había previsto que a medida que avanzaba la expedición y se agotaban las provisiones, también necesitarían menos perros para halarse.

No es la única historia de este estilo, ni será –espero- la última. Pero acaba de pasar sin mucho interés el centenario de esta carrera épica entre dos audaces conquistadores. Ellos lo hicieron por la gloria de ser los primeros en llegar el Polo Sur. Quizá ya casi no nos sorprende que haya gente de acero en el mundo que nos toca vivir. Nosotros llegamos por Internet al Polo, a la Luna y al fondo del mar, sin necesidad de coraje, ni audacia ni valentía. Y la gloria es apenas una palabra relacionada con el fútbol y sus mafias. Hoy somos todo y hacemos todo desde un Cyber Café o apoltronados en un buen sillón, con el mando de la Play-Station en nuestras manos. Justo cuando el mundo necesita -cada día con más urgencia- de la audacia y la valentía de Amundsen y Scott. 

Necesitamos gente con los mismos genes que Roald Amundesn y Robert Falcon Scott. Los necesitamos para dirigir nuestros países, para terminar con la corrupción, para vencer la desidia de los tibios y las tiranías de los voraces, para controlar el cumplimiento de las leyes, para buscar la gloria de nuestras naciones como la buscaron y la encontraron nuestros próceres. Necesitamos esa audacia para las fuerzas armadas, pero también para la industria y el comercio. Y, por supuesto, hace falta para los funcionarios públicos, hasta el último empleado del estado. Y la necesitan la Iglesia y a las religiones para oponerse a los vicios y llevarnos al cielo. Y los profesores y los estudiantes. Y también la necesitamos los periodistas como el aire para respirar.  Amundsen y Scott podrían haber sido directores de diarios. Lástima que se fueran al Polo…

3 de marzo de 2012

César Augusto Correa


De repente el Ciudadano-Presidente se convirtió en Emperador de Roma y de la China. Una metamorfosis increíble pero cierta y planeada por el ciudadano-economista que sigue subiendo peldaños en el cursus honorum de los tiranos adorados por su pueblo. Ya no es más el Dictador del Ecuador, el Paraíso que gobierna con mano de hierro desde su sitial delante de la pantalla gigante y detrás del teleprompter. Ahora se ha convertido en Emperador Espléndido de la Amazonía, de la Vulcania, de los Manglares, de la Galapaguería y de las Otras Islas Afortunadas, Rey Absoluto de Todos los Patrimonios de sus Súbditos, Mariscal de los Sublimes Ejércitos Equinocciales y Gran Almirante de las Corrientes Marinas con sus Tiburones y Mariscos… en fin: es el Dios de la Vida y de la Muerte de Todos los Ecuatorianos.

Ahí lo tienen. Ora los persigue, ora los perdona y antes y después los insulta con una entrega más que profesional. Correa es el estadista que todos esperábamos en nuestra América Mestiza y Adolescente. Alguien que por fin ponga orden en nuestras sociedades y en su lugar a los cagatintas. El Amado Dictador que nos diga todo lo que se debe hacer y también cuándo y cómo hay que hacerlo. Es él quien nos explica lo que hay que pensar y, por supuesto, lo que hay que escribir. Por fin tenemos alguien que nos obliga a seguir un único libreto para la televisión y nos pasa el guión con las preguntas que tenemos que hacer –a él y a su corte de adorados obsecuentes. Ya no tenemos que pensar nada; ¡qué tranquilidad y qué paz!

Correa –perdón, Su Majestad Don César Augusto Correa- domina también el Túnel del Tiempo. Ya había conseguido volver a la época del Borbón Carlos III, que otorgaba graciosas licencias para imprimir periódicos y todo tipo de pasquines en la América española. Después retrocedió un siglo más, hasta el XVII, cuando resolvió identificar al Estado con su Augusta Persona, como el Rey Sol, el también Borbón Luis XIV de Francia y de Navarra, Copríncipe de Andorra y Conde Rival de Barcelona. Pero ahora retrocedió hasta el siglo I, a los tiempos del Imperio Romano y los césares que lo gobernaron como semidioses. Entonces sí los emperadores eran señores de la vida y de la muerte de los ciudadanos-ciudadanos y ciudadanas-ciudadanas.

Cuenta Suetonio en Los doce césares que en época del Divino Claudio los condenados representaron una batalla naval como espectáculo para el emperador, su corte y su pueblo. Tanto realismo pusieron que casi todos murieron en la actuación ante los gritos maravillados de las hinchadas de uno y otro bando. Por eso, antes de empezar la batalla en un lago artificial, construido ad hoc, saludaron a Claudio con el famoso “Ave imperator, morituri te saluntant!” (¡Salve emperador, los que van a morir te saludan!). Parece que al terminar algunos de los pocos que quedaron vivos se ganaron el perdón del César. Las películas se encargaron de reproducir tantas veces este hecho que nos parece que ocurría todos los días y que el emperador los condenaba o salvaba con el pulgar hacia abajo o hacia arriba… pero el episodio ocurrió de verdad unas pocas veces con diferentes emperadores y lo del pulgar y la arena parece que es una licencia de Hollywood ya que los actores no hablan latín y los estudios no están para más gastos.

Eso hizo también el Divino Correa. Asistió estoico al espectáculo desde su sitial del circo durante las horas que duró, sin importarle la comida ni la bebida ni las ganas de escaparse un rato a los vomitorios para refrescarse. Allí lo acompañó su corte, siempre fiel y obsecuente, mirando si tocaba reír o llorar en cada momento. Mantuvo vacilante su pulgar por meses, hasta que al final decidió perdonar a los condenados, a quienes tenía en sus manos junto con su patrimonio, sus familias y sus sueños. Los perdonó con el dedo pero no con el corazón: un perdón que no es perdón sino bagatela para no pagar el costo político de condenar sin importar la culpabilidad o la inocencia. Ya se sabe que la opinión pública está siempre equivocada: la de su pueblo y del resto del mundo.

Una lástima porque estos actores eran casi perfectos: valientes, apuestos y capaces de morir por sus ideales. Pero el pueblo ya no es el mismo de la época de las naumaquias y no hay que herir su sensibilidad con tanta sangre. Quizá alguna vez pueblo y condenados vuelvan a entender los razonamientos emanados de su sabiduría infinita, celestial. Pero no es todavía el momento y hay que tener una paciencia tan infinita y celestial como su sabiduría para conseguir que por fin inocentes y culpables, pueblo y gobernantes, entiendan los sabios designios de su dedo pulgar soberano.