3 de junio de 2014

Ocho días de servicio militar

Probablemente por un ataque de ADD me equivoqué la fecha de la revisión médica para el servicio militar, así que me tocó un día en el que la hacían los rezagados: los que habían quedado como yo para la escoba por el déficit de atención o por obligaciones profesionales, como las de un famoso jugador de fútbol a quien le tocó hacerla justo un puesto antes que el mío en la fila de los futuros reclutas. Confieso que iba divertido y con ganas de hacer la conscripción gracias a las anécdotas infinitas que había oído contar a mis amigos, parientes y compañeros de estudios, a quienes en esos años o mucho antes les había tocado hacer la colimba en los lugares más dispares, desde la Policía Federal -donde se podía cumplir como voluntario- a la Antártida, embarcado en un destructor o un regimiento de montaña. Entre los sucedidos, casi siempre muy divertidos que contaban, estaba el patrón común de la colimba: un año -dos si te tocaba en la Marina por salir sorteado en los números más altos- en el que aprendías a hacerte duro gracias a las arbitrariedades de los superiores que llegaban a agotar la capacidad de resistencia. Se suponía que así era la guerra: el soldado no piensa, obedece hasta la muerte y así se defiende a la Patria. No hay más discusión. Si lo pensabas un poco era una calamidad, pero todo valía para servir a la Patria, hacerse hombre y aprender...

Aprender era lo que me movía. A esa edad había que salir del nido familiar y convivir con gente muy distinta. Entre los estudiantes universitarios ocurría que tenías que obedecer ciegamente a personas con muy poca formación intelectual que trataban de explicar a todo un físico qué es un proyectil. O que mandaban a un botánico correr hacia unos pinos que eran cipreses.

–¡Esos no son pinos, mi cabo!
–¡Dos días de arresto recluta tagarna!

Y se acabó la discusión. Por eso llegué con ganas pero algo prevenido a mi revisión médica en los fondos del Comando del Primer Cuerpo de Ejército, en Palermo, donde ahora hay un inmenso shopping. Cuando pasé el portón de entrada pregunté a un sargento barrigón que recibía detrás de un escritorio.

–¡Sáquese las manos de los bolsillos! Contestó con furia fingida y desprecio real.

Desde ese momento intenté salvarme, así que usé la coartada del soplo al corazón cuando el médico me auscultó en una fila que parecía la foto de un campo de concentración. Lo conseguí después de ocho días de electrocardiogramas, dopplers y ecografías porque me mandaron al Hospital Militar y el residente que me tocó decidió practicar todos los aparatos con mi soplo -es congénito y lo tengo de verdad pero no era suficiente para salvarme de la colimba. No me costó convencerlo de la inconveniencia de perder un año de mi vida haciendo saltos de rana en Campo de Mayo o quién sabe dónde, así que el bueno de él me firmó la excepción.

Eso era el servicio militar: una lamentable pérdida de tiempo. Y estoy seguro de que si no lo fuera nos hubiéramos alistado con ganas. Habría para aprender miles de cosas en ese año o dos del servicio militar en los que también se nos podía entrenar en las virtudes militares en lugar de contaminarnos con sus vicios. Hubiera hecho encantado la conscripción en la montaña, en un regimiento de paracaidistas, en los mares del sur, navegando los ríos de la Patria o en el escaso aire del altiplano. Aprenderíamos con gusto a convivir con otros argentinos a quienes jamás hubiéramos tenido ocasión de conocer. Muchos estudiaríamos encantados estrategia o historia militar, utilísima para cualquier situación de la vida y sobre todo para la política. Pero nunca fue eso sino una suerte de esclavitud por un año... o dos si te tocaba la Marina.

28 de abril de 2014

El puente de Roque González


El 25 de marzo de 1615 Roque González de Santa Cruz fundó la misión de la Anunciación de Itapúa en un cerro de basalto, que en ese lugar obliga al Paraná a dar una vuelta casi completa. Poco después, por razones que todavía no están muy claras, el mismo fundador trasladó la misión a la otra orilla del Paraná, pero entonces la llamó Nuestra Señora de la Encarnación. Los lectores sagaces ya saben que Anunciación y Encarnación son dos palabras distintas para referirse a la misma realidad, que ocurrió, digamos, el 25 de marzo del año 0, exactamente nueve meses antes del nacimiento de Jesucristo. Cuenta San Lucas que ese día el Arcángel Gabriel le anunció a la Virgen María que sería la Madre del Salvador y en el momento que María aceptó su misión, el Hijo de Dios se encarnó en sus entrañas.

La historia de ahora cuenta que siempre quedaron algunos pobladores en la margen izquierda del río, cosa muy probable aunque sea incomprobable. Pero aunque no hubiera quedado nadie, siempre fue una misma ciudad que hoy se llama Posadas en la orilla izquierda y Encarnación en la derecha. Para más datos, Roque González ahora es santo: lo canonizó Juan Pablo II en 1988 en Asunción junto con sus dos compañeros, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo. Encarnación y Posadas tienen el mismo origen, la misma historia y el mismo destino. No son dos ciudades hermanas como hay tantas en el mundo; ni siquiera mellizas o gemelas: son la misma ciudad, cruzada por un río que tiene por desgracia una línea de rayas coloradas en los mapas.

El 25 de marzo de 2015 Posadas y Encarnación cumplirán 400 años. En un país que no llega todavía a los 200 de su independencia significa por lo pronto que han pasado más tiempo de su historia juntas que separadas. Fue recién después de la Guerra del Paraguay, en 1870, que el límite entre los países quedó fijo en el medio del río. Serán 400 años de esta realidad urbana llamada Posadas y Encarnación, con el Paraná represado en el medio y un puente que no merece el nombre del fundador porque las separa en lugar de unirlas. La culpa es de los muchachos de Migraciones, de Gendarmería, de la Policía y de la Aduana que podrían estar varios kilómetros tierra adentro y dejar vivir en paz a posadeños y encarnacenos, como en el sueño de San Roque González de Santa Cruz.

23 de marzo de 2014

Periodistas arqueólogos


Un buen día me dice la secretaria del diario, en la dirección de El Territorio, que un arqueólogo quiere hablar conmigo y que está ahí mismo esperando detrás de la puerta. ¿Para qué querrá verme un arqueólogo? me pregunté, convencido de que los estudiosos de la antigüedad no tienen nada que ver con los historiadores de la actualidad que somos los periodistas.

El hombre entró con mapas enrollados bajo el hombro y otros documentos que se le caían de las manos. Traía, además, una vehemencia exagerada. Despeinado, enjuto, afiebrado, vivaracho, me contó que había sido novicio jesuita y que luego había estudiado historia, antropología y arqueología y me pidió discreción absoluta. Desplegó los mapas sobre la mesa y me contó el secreto: en un lugar de la costa del Paraná había enterrado un tesoro guaranítico que el lago de la represa de Yacyretá inundaría sin remedio. Tenía el dato y pedía ayuda al diario para desenterrarlo antes de que se pierda. A cambio nos daría todos los derechos de publicación del descubrimiento. No era mala idea.

Allí fuimos con nuestros disfraces de Indiana Jones. El hombre sabía lo que hacía. Marcamos el terreno con unas cuerdas y empezamos a excavar primero y luego a cepillar la tierra en un barranco de la costa del río en el que empezaron a aparecer unos restos de alfarería que podían ser cacharros de mi abuelita. Con mucho cuidado conseguimos desenterrar unas vasijas de boca grande que contenían restos humanos. Eran urnas funerarias bastante rotas, pero se podían reconstruir si teníamos todos los pedazos. Cuando le pregunté de qué época serían, el arqueólogo me contestó que era imposible de saber: el carbono 14 tiene un margen de error de unos 5.000 años y en el 3.000 antes de Cristo no había guaraníes. Además en esos 5.000 años la cultura guaranítica no había cambiado: eran iguales las urnas de la época de Noé o las de anteayer. Es decir que mientras el mundo pasó de la edad de bronce al teléfono celular estos buenos señores ni siquiera habían cambiado las marcas de sus uñas en el barro de las vasijas.

Llegamos con las urnas al diario y allí empezamos la reconstrucción, pero sobre todo publicamos el descubrimiento a toda portada y lo seguimos durante varios días mientras duraba el proceso de restauración de las vasijas. Durante un mes la dirección del diario parecía el Museo Británico y en las páginas nos felicitábamos por haber contribuido a un descubrimiento arqueológico de primer orden, por lo menos para lo que se puede encontrar en nuestra región.

Hasta que un día la recepcionista nos anunció otra visita: esta vez hacía antesala la Ministra de Cultura de Corrientes, la provincia vecina a la de Misiones. “Vengo a buscar las urnas que nos robaron” me retó con la misma vehemencia que el arqueólogo me propuso descubrirlas un mes antes. No había dudas: las urnas estaban en la provincia de Corrientes y no en la de Misiones y por tanto eran de ellos. Había elevado una queja formal a las autoridades de nuestra provincia y amenazaba con tomar medidas muy serias si no se las entregábamos.

Nunca más vimos nuestro tesoro, pero nos conformamos con no terminar en una cárcel correntina. Para colmo nuestro robo estaba perfectamente documentado en las páginas del diario. Así que solo nos quedó... esta historia.

15 de febrero de 2014

Libertad o muerte


Buscando la historia del gorro frigio y el palo del escudo argentino me encontré con la bandera norteamericana de White Plains (1776). Tiene el gorro en la punta de un bastón y una espada cruzados como una equis sobre fondo rojo. Pero lo fuerte es lo que dice encima: Liberty or Death: Libertad o Muerte. La idea con otras palabras se repite en el himno argentino y en todos los himnos americanos, porque desde Alaska a Tierra del Fuego preferimos la libertad a la propia vida. No sé si lo heredamos de don Cristóbal Colón o de los aborígenes que habitaban toda América cuando llegaron los conquistadores. O del mestizaje que se produjo al sur del río Bravo cuando nuestros antepasados se bajaron de los barcos en busca de libertad. Fue cuando españoles, italianos, polacos, ucranianos, croatas, sirios, alemanes y judíos de casi todos esos países se mestizaron para crear la más creativa de las razas humanas. Los pobres africanos venían esclavizados, pero enseguida encontraron una libertad que ni soñaban en África, donde los tiranos locales los vendían a los traficantes por chucherías. Y aquí estamos con nuestro americanismo a cuestas, tratando de mostrar al mundo que somos una sola nación.

No crea que es tan normal: muchos europeos y ciudadanos de otros países del mundo razonan exactamente al revés: antes está la vida porque sin ella no hay ni libre ni esclavo. Entonces prefieren no ser libres antes que morir. Por eso se explica la esclavitud que todavía campa con formas que no tienen nada que ver con las antiguas. Siempre me pregunté cómo un puñado de hombres, por más armas que tengan, son capaces de mantener a raya a miles de prisioneros, o de esclavos, o millones de ciudadanos en macrocárceles que llaman países. Y también me asombra la capacidad sin tiempo del ser humano para escaparse de sus carceleros jugándose la vida. Ocurrió en la época de Espartaco, en la era de los campos de concentración de todos los colores, con la Cortina de Acero, en el Caribe salpicado de cubanos flotando en cámaras de camiones, o cada verano en todo el Mediterráneo, desde Lesbos a Gibraltar.

Libertad o muerte gritan fuerte los desgraciados en nuestras cárceles, tanto que lo primero que le sacan a uno cuando cae preso es todo lo que pueda servirle para quitarse la vida.

La pasión por la libertad ha guiado nuestra historia gloriosa cuando nos independizamos de los déspotas europeos, pero también es la que nos va a salvar siempre de los autoritarios que nacen cada tanto en nuestra América y se sirven de la democracia para asfixiarla. Los de hoy están como en El otoño del Patriarca de García Márquez, deambulando solitarios por los salones del palacio que perdió la vista al mar porque un día lo vendieron para terminar de pagar las cuentas de sus extravíos.

16 de diciembre de 2013

Robar y que te pillen

El supermercado es uno de los inventos más antiguos de la humanidad. Lo que pasa es que hace 4.000 años no tenía escaleras mecánicas ni aire acondicionado, pero salvo eso y algún otro detalle, son lo mismo: el lugar donde se concentra la oferta y la demanda de los bienes de uso diario de todas las casas de una ciudad o pueblo. Ese es todavía y después de milenios nuestro segundo hogar: allí nos pasamos horas disfrutando de lo que podemos comprar y soñando con lo que no podemos, nos encontramos con nuestros amigos, parientes y vecinos y hasta disfrutamos de unas cuantas tostadas con quesito cada vez que pasamos haciéndonos los tontos frente a la promotora de Mendiqués. Dicen que hay gente que se entretiene llenando carritos que después deja abandonados en un pasillo del súper: durante un buen rato compran todo lo que quieren como si fueran ricachones pero después salen con un rollo de papel higiénico por las cajas de embarazadas.

En la plaza del mercado nació también el periodismo cuando alguien que sabía contar historias relataba los sucesos cercanos y lejanos. Y también en el mercado se contrataban los obreros que necesitaba el señor para construir su castillo o el obispo para su catedral. Y en el mercado se izaba el banderín de enganche para la guerra que tocaba en ese momento. Y desde que hay mercados pasa lo que pasa. Imagínese que el rey (o el duque, o el obispo) dijera que los comerciantes le están robando a los ciudadanos porque aumentan los precios sin decir agua va. Antes, como ahora, los parroquianos los hubiéramos escarmentado asaltando sus tenderetes de melones, gallinas y cacerolas y que le vayan a robar a sus abuelitas.

Cada tanto en la Argentina saquean algunos chinos, supermercados, híper, maxi, giga y jumbomercados y también megatiendas de televisores, lavarropas y heladeras. Si vamos a robar, mejor que un paquete de fideos nos viene un plasma de 65 pulgadas de esos que nos regalan partidos de fútbol multiplicados desde la vidriera. Dicen que siempre ocurre cerca de la Navidad, cuando queremos que se realice el milagro del regalo para todos. Y si no lo puede comprar Papá Noel, me lo regalo desde la góndola yo mismo, que para eso están ahí expuestos y nadie nos molesta si entramos unos cuantos en tropel.

Lo que pasa es que esas cosas no son nuestras y llevarse un plasma de esos que muestran fútbol desde la vidriera, no es una proeza sino un delito igual que robarse un chicle de un maxiquiosco o una bolsa de billetes del banco de la esquina. De vivos no tenemos un pelo cuando nos quedamos con lo que no es nuestro; tampoco de buena gente, aunque las autoridades nos den mal ejemplo cuando se roban hasta la fábrica de hacer dinero. Que otros roben, maten o degraden la naturaleza, no nos autoriza a hacer lo mismo a nosotros.

Si pensamos que se puede robar cuando vamos en montón es porque lo que nos da vergüenza no es robar sino que nos pillen. Perdimos esta batalla cuando dejamos de educarnos entre nosotros. Hace 70 o más años los edificios más importantes de las ciudades eran las escuelas. Hoy son los casinos. Así nos va.

11 de diciembre de 2013

Ruinas


El 25 de noviembre de 2013 Francisco recibió a Horacio Cartes, el nuevo presidente del Paraguay. Después de la audiencia, en la que hablaron a solas unos 20 minutos, se acercaron a saludar al papa la hermana y las dos hijas del presidente además de algunos funcionarios que acompañaban a Cartes. Fue entonces cuando el papa les contó que cuando una maestra de Posadas preguntó a sus alumnos qué habían hecho los jesuitas, ellos contestaron “¡ruinas señorita!”. Respuesta convencida y lógica, ya que durante muchos años el símbolo de las misiones fueron las ruinas de las misiones. Así quedaron por el abandono provocado por la expulsión de los padres de la Compañía de Jesús en 1767.

Cualquiera que viaje por Europa se encuentra con restos de edificios en mejor estado que nuestras ruinas, aunque tengan una antigüedad de miles de años. Baste con mencionar el Acrópolis de Atenas, el Coliseo de Roma, el teatro de Mérida o las arenas de Nimes, donde sigue habiendo corridas de toros como hace 2.000 años. Pero eso no es nada: Europa está plagada de iglesias románicas y góticas en pleno uso y son todas anteriores al descubrimiento de América, igual que cantidad de castillos y palacios. Muchos puentes que todavía hoy se usan fueron construidos en la edad media o en la época de los romanos. También y gracias al mantenimiento hay muchas iglesias y edificios con más de 400 años y en perfecto estado en nuestra América.

Lo curioso no es que esos edificios tan antiguos se hayan conservado a pesar del tiempo y de sus inclemencias. Lo curioso es que Europa que las alberga ha sido el campo de batalla de mil guerras desde que se tiene alguna memoria a nuestros días. Y también es curioso que al visitar ese campo de batalla no encontramos ruinas sino los edificios que estaban antes de la batalla y en perfecto estado. Es que las guerras y batallas han sido –no hay bien que por mal no venga- la consecuencia directa de que esos monumentos estén como nuevos: los han reconstruido una y otra vez con los adelantos que antes no tenían. Así resulta que hoy puede usted alojarse en un castillo medieval, pero con luz eléctrica, calefacción, baño, agua caliente, ascensores, aire acondicionado…

Cuando los jesuitas fueron obligados a dejar las misiones algunas estaban terminadas y otras en plena construcción. La actual parroquia del pueblo de San Cosme, en Paraguay, ocupa la antigua iglesia de la reducción. La nueva, grande y capaz, son apenas cimientos porque nunca pasaron de allí. Algo parecido ocurre con Jesús, también en Paraguay, que no está en ruinas sino a medio construir.

En la provincia argentina de Misiones y en el antiguo territorio de las misiones del Guayrá, que incluye a las regiones vecinas de Brasil y Paraguay, existen 30 antiguos pueblos en los más variados estados de conservación o de construcción. Y en lugar de reconstruirlas y ponerlas en valor hemos intentado conservar sus ruinas, algo que para colmo cuesta el doble de trabajo.

El sueño de las misiones


La provincia argentina de Misiones debe su nombre a las misiones jesuíticas que ocuparon una vasta extensión de nuestra América. Fueron unos 30 pueblos que se fundaron y florecieron entre los siglos XVII y XVIII en lo que hoy es la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Los restos de las misiones, diseminados por toda esa geografía, son patrimonio de la humanidad que muchísima gente visita asombrada. Pero son apenas vestigios conmovedores de la gesta evangelizadora de la Compañía de Jesús… que tuvo un final amargo: los jesuitas fueron expulsados de todos los dominios de los reyes europeos a mediados del siglo XVIII y luego suprimidos por el papa Clemente XIV en 1773. Recién en 1814 fueron restituidos por Pío VII, pero el daño estaba hecho: la expulsión provocó el abandono de unos cuantos pueblos de nuestro territorio, pero sobre todo se abandonó a su suerte a los paisanos, que quedaron a merced de la rapiña de los codiciosos. Muchos de sus habitantes volvieron a la selva para no ser capturados por los cazadores de esclavos. Y el abandono provocó la ruina, que fue el nombre usado durante años para referirse a lo que quedaba de los pueblos. Pero esos restos, en mejor o peor estado, siguen dando testimonio del esfuerzo de los padres de la Compañía por promover a los guaraníes no solo con la fe, también con las artes y las ciencias.

Es imposible juzgar los hechos de hace casi tres siglos con los estándares actuales y no pretendo discutir esas cuestiones, pero basta con recordar ahora que nadie nunca se hizo cargo ni pidió perdón por ese abandono. Ahora que el papa es argentino y jesuita la ocasión y la oportunidad no pueden ser mejores para reivindicar la gesta que le da nombre a la provincia. Y el momento es propicio para recordar un viejo sueño que alguna vez me contó monseñor Alfonso Delgado cuando estaba al frente de la diócesis de Posadas: reconstruir una de las misiones y ponerla en valor hasta llegar a mostrarla en todo su esplendor.

Delgado imaginaba la misión de San Ignacio o la de Santa Ana tal como eran en el siglo XVII, con sus patios y claustros, su colegio y sus casas de piedra, su iglesia techada, sus columnas de lapacho y los arcos de sus puertas completos, sus altares, imágenes y retablos… y con los padres de la Compañía repuestos en su colegio como genuinos intérpretes de las misiones. Además podría instalarse allí un centro de estudios que sirva a quienes investigan esa parte de la historia americana.

No hay que ir muy lejos para ver los resultados: unos 200 kilómetros al norte de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, se levantan vivas las iglesias y los pueblos de la Chiquitania que fueron reconstruidas tal como estaban en 1767. Los años pares se realiza en ellas el un festival de música barroca que atrae a Santa Cruz y a las antiguas misiones orquestas y coros de todo el mundo. Vienen a celebrar la música de nuestra tierra: la misma que se cantaba y tocaba en las misiones del Guayrá, compuesta, entre otros, por Doménico Zípoli, uno de los más grandes maestros de la música barroca. Zípoli era un músico italiano que se hizo jesuita en Roma y luego se vino de misionero a nuestra América. Nunca estuvo en las misiones: llegó a Córdoba a completar sus estudios para ordenarse sacerdote y allí, entre la ciudad de Córdoba y la estancia de Santa Catalina, compuso casi toda su obra. Zípoli murió en Santa Catalina antes de ser sacerdote (en esa época escaseaban los obispos en América) y está enterrado en su iglesia que conserva todavía el esplendor barroco de aquella época.


Santa Catalina y Chiquitos son un ejemplo de lo que puede hacer Misiones con algunas de sus antiguas reducciones jesuíticas. Ponerlas en valor hasta mostrar todo el esplendor de sus mejores tiempos. Aprovechar sus iglesias vivas para interpretar la música fantástica que se compuso precisamente para esas iglesias. Revivir en sus colegios, huertas, claustros y pueblos la vida de aquellos tiempos, cuando guaraníes y jesuitas convivían en paz y se enseñaban unos a otros a viajar de la tierra sin mal al paraíso. Y la música de Zípoli es un testigo fenomenal de esa convivencia y de ese viaje.

26 de octubre de 2013

Vigilante dormido


En Brasil las llaman lombadas y en México topes. En Guatemala se ponen tétricos y les dicen túmulos. En la Argentina son lomos de burro y en Chile de toro. Pero me gusta más como les dicen en Colombia y en el Ecuador: policía acostado (en la sierra al que acuestan es a un chapa). El padre de un amigo les dice vigilante dormido, que es lo que hace uno cuando se acuesta. El vigilante y el policía tienen la connotación más cercana al reductor de velocidad, como han empezado a llamarlo –para evitar metáforas molestas– las autoridades municipales, provinciales y nacionales de todo el continente, incluidas las tres Guayanas. Y están las autoridades que prefieren bandas sonoras, quizá porque te suenan el auto. Pero sigo prefiriendo el vigilante que todo lo ve y desconfía del más inocente.

Los hay de todos los tamaños. Grandes y amesetados, a los que el auto se sube y se baja como de una montaña rusa. Redondos y altos, que más que policías dormidos parecen esqueletos de elefantes los que tocan la barriga del auto con el consiguiente daño a todo lo que hay ahí abajo. También están los aplastados por las huellas de los camiones que en el medio dejan una aleta que ataca directo al cárter. Y están también las lomadas benignas, las que parecen una boa atropellada por cruzar distraída el camino.

En Itatí hay unos socotrocos redondos, como pelotas de hierro puestas en fila para destruir hasta un camión con acoplado. Y últimamente han aparecido botones amarillos de plástico bien duro abulonados al pavimento que descuajeringan el auto más pintado: hay que parar a ajustar los tornillos si uno no quiere perder piezas importantes de la carrocería. Entre tanta variedad, los que son mortales son unos filos amarillos, que parecen cuchillos a medio enterrar. Esos te dejan las llantas cuadradas.

Cuando ponen lomadas, suelen pintarlas y acompañarlas con carteles que advierten que viene uno de esos. Pero ya se sabe, los carteles se caen y la pintura se gasta: entonces te sorprenden y te dejan el auto sin tren delantero. Y en Córdoba hay un pueblo que tiene lomadas virtuales: avisan con carteles amarillos que el lomo de burro está a 100 metros, a 50 metros, a 25… pero no hay nada; igual todos paran aterrados. Seguro que los que sacan los carteles son los dueños de los talleres de alineado y balanceo o los mecánicos en general, porque esas lomadas desbaratan el metal finito y el plástico duravit con que se hacen los autos ahora. Tanto trabaja la pobre carrocería sin chasis que cuando paso un lomo de burro en diagonal para que no toque la panza parece que va a saltar el parabrisas de lo que cruje mi cochecito grisplata.

6 de octubre de 2013

La cárcel


Una sola vez estuve en la cárcel. Fue en la Unidad Penitenciaria 13 de la provincia de Buenos Aires, en Junín. Hablé con varios presos –internos los llaman– y todos eran inocentes. Después me explicaron que hasta los más contumaces delincuentes declaran su inocencia ante quien los quiera oír y siempre que no sean otros internos. En las cárceles el orden de jerarquía lo establece la gravedad del delito que purgan, así que para adentro es mejor ser peor. 

Quizá sea desde entonces que tengo la convicción de que las cárceles no sirven para nada y que ahí están los perejiles, aunque sean homicidas, ladrones, violadores, piratas del asfalto, contrabandistas o narcotraficantes. Los verdaderos delincuentes andan sueltos por la calle, algunos tienen cargos públicos y son culpables de los delitos de los que están adentro porque jamás se ocuparon de la promoción y la educación de las personas más vulnerables. 

Nunca me expliqué por qué el ser humano es capaz de quitar la libertad a sus semejantes. En realidad lo que no me explico es que nos horrorice la tortura y la pena de muerte mientras quitamos el don más preciado a nuestros congéneres. Privar de la libertad es la peor de las torturas y la mayoría preferimos estar muertos a no tenerla.

Para colmo las cárceles se han convertido en universidades del delito, caldo de cultivo de terribles enfermedades y cámara de tortura por el dedicado esmero que ponen en hacer sufrir los propios colegas de infortunio y a veces también los malos carceleros. Tampoco me explico, por eso, la expresión “que se pudra en la cárcel” que implica el deseo de un castigo extra además de la falta de libertad y como si eso no fuera suficiente.

Algún día las cárceles serán lo que ahora las mazmorras de tortura de los castillos medievales o los campos de exterminio nazis que visitamos asombrados cuando andamos de turistas por Europa. Será cuando la humanidad descubra que hay que querer y perdonar a los delincuentes y tratar de averiguar qué les pasa, pero para remediarlo.

Conseguiremos mejores resultados si en lugar de castigarlos les pagamos los estudios en una buena universidad y un viaje a Disneylandia.

18 de septiembre de 2013

Amor y política

Todo nos encanta de quien estamos enamorados. Su ropa, su olor, sus palabras, sus lentejas, sus gestos y hasta sus manías. Dicen que el amor vuelve un poco tontos a los seres humanos porque perdemos el equilibrio y la sensatez y nos olvidamos de lo que antes nos acordábamos porque nos acordamos solo de una persona. Nada da tanto placer como satisfacer los deseos del amado y todo vale para hacerlo. No vivimos sino para el otro y el otro para uno. Nada hiere, nada lastima, nada molesta cuando dos personas se quieren.

Y cuando por un desengaño, por aburrimiento o por simple cansancio se deteriora la relación de los que se aman, las cosas se ponen al revés. Lo que era dulzura se vuelve amargura, lo rico se pone feo y las cosas que antes encantaban ahora empiojan. Una relación que parecía indestructible se convierte en suplicio en un segundo al enterarse uno de la infidelidad del otro. Lo que antes era placer ahora es dificultad. Ya no son ricas las lentejas y la rutina cotidiana que antes era nido se convierte en otra vez sopa. Todo hiere, todo lastima, todo molesta cuando dos personas han dejado de quererse.

La política en tiempos de democracia tiene mucho de noviazgo, de amor y de desamor. Cuando un candidato consigue el amor de las mayorías, todo lo que haga estará bien. Ganará las elecciones sin contratiempos y podrá gobernar tranquilo, porque su gente lo seguirá hasta donde quiera llegar, a veces con sacrificios increíbles. El amor basta y sobra y lo han demostrado todas las revoluciones de la historia.

Y cuando se pierde el amor del pueblo ya no hay nada que lo alegre. Las mismas cosas que antes lo apasionaba a favor ahora lo afiebra en contra. Como en el desamor de una pareja, en la política el desengaño es recíproco y quedan dos opciones: volver a enamorase a fuerza de perdonar y reconocer errores o desconocerse para siempre y devolverse los regalos desde los quince años. Pero en política como entre los amantes es muy difícil reconocer errores y perdonarse, entre otras cosas porque al menor descuido alguien empieza a enamorar a espaldas del malquerido: el amor es un hueco que siempre se llena.

El pueblo -la gente se dice ahora- es un complejo sistema de inteligencia y voluntad colectivas. Cuando da su amor a un gobernante le exige también entrega absoluta. Y entonces le perdona todo. Y nada hiere, nada lastima, nada molesta. Y cuando falla -cuando el pueblo se entera del desamor- viene el desengaño. Y entonces no le perdona nada. Y todo hiere, todo lastima, todo molesta…