17 de abril de 2017

El puma asesino


Unos 20 minutos después de las seis de la tarde del domingo 21 de septiembre de 1997 un puma se llevó a Ignacio, el hijo de año y medio del guardaparques tucumano que vivía en una casa cercana a los circuitos turísticos de las cataratas del Iguazú. Una hora después encontraron el cuerpo de Ignacio en la selva, no muy lejos de la casa. Estaba destrozado por las garras y los dientes del puma. El martes los guardaparques mataron a una hembra vieja que no tenía nada que ver con el episodio y el intendente del parque tuvo que parar la cacería porque los pumas no tienen la culpa de ser pumas.

Era evidente que los responsables de la muerte de Ignacio eran sus padres, que ya tenían suficiente penitencia: la muerte de un hijo agravada con la propia responsabilidad. Pero en los días que duró viva la noticia en la agenda informativa, la televisión de Buenos Aires mandaba puma asesino en sus títulos. No se les ocurría que es imposible que un animal asesine a nadie porque no es sujeto de derecho y no tiene responsabilidad ni libertad para serlo. Además no había que preguntarse qué hacía el puma cerca de la casa del guardaparques sino qué hacemos los humanos en la selva. Unos días después me enteré de que el puma aparecía seguido a buscar la comida que el guardaparques le dejaba con la idea de hacerse amigo del animal...

En marzo de 2017 apareció otro puma en las cataratas. Debe ser nieto o bisnieto del que atacó a Ignacio. Y durante una semana entera se escandalizaron los medios de Buenos Aires porque conocieron la orden del jefe de guardaparques de reducirlo vivo o muerto. Las instrucciones para encontrar al puma autorizaban a los funcionarios a dispararle para proteger su propia vida o la de los visitantes del parque, un caso evidente de defensa propia… solo que, como decía, el puma no tiene la culpa de ser puma.

El puma es uno de los animales más versátiles de América. La mismísima especie –puma concolor– habita desde Alaska a Tierra del Fuego. Vive un promedio de ocho a doce años y pesa entre 50 y 70 kilos (las hembras son más chicas). Ahora me entero de que no rugen como los otros grandes felinos y sí ronronean, como los gatitos. Y también como a los gatitos no les gusta nada que les invadan la casa. Son tímidos y se dejan ver poco por animales más grandes como nosotros.

No estaría de más decirles a los turistas que no pensamos matar al puma porque ellos quieran ver cómo caen millones de litros de agua en los saltos del Iguazú. Y lo que estaría genial –y seguro que atraería a muchos más– es la ruleta rusa del puma. Bastaría con poner carteles que lo adviertan: “Usted puede ser atacado por un puma”. Sería una acción de marketing sensacional y de paso les explicamos a los paseantes que somos nosotros los que molestamos al puma y no el puma el que nos estropea la visita a las cataratas.

Me hacía ver un amigo en estos días que casi a la par del puma de Iguazú apareció un aguará guazú paseando por una calle de Santo Tomé. El aguará es un zorro orejudo y grandote de patas largas que habita los esteros de Corrientes. Quizá algún científico haya estudiado la nueva conducta de los animales silvestres, que se aplica a todas las especies y sobre todo a los pájaros de las ciudades, cada día más atrevidos. Mientras, me aventuro a lanzar una hipótesis esperanzadora: los animales se nos acercan porque nos hemos vuelto más humanos.

Pero ojo, que aunque nosotros seamos más humanos los pumas nunca dejarán de ser pumas.


La fotos del puma y del aguará fueron tomadas por quienes los vieron.

6 de marzo de 2017

Carnaval desparramado


Le dije a un amigo que nos veíamos después de Carnaval y quedó loco porque no se le ocurría cuándo sería. Le tuve que aclarar que este año Carnaval cae el 27 y 28 de febrero, así que después de Carnaval es marzo. Pero mi amigo quedó loco porque para él el Carnaval dura un tiempo indeterminado que va desde que sacamos el arbolito de Navidad hasta que empieza a llegar el otoño y la Semana Santa.

No le voy a seguir contando el diálogo con mi amigo, solo quiero volver sobre la esencia del Carnaval: cuatro días locos en los que todo se trastoca, todo se hace al revés o todo vale, desde mojarse mutuamente por las calles a bailar con máscaras para que no sepan quiénes somos y así poder encarar las tropelías más audaces, casi siempre con el otro sexo.

Cuatro días locos son cuatro días locos, ni uno más ni uno menos. Porque si en lugar de cuatro los días locos son 40 o 50 la locura pasa a ser parte de la normalidad y el Carnaval se lleva el 20% del año.

Algo pasó cuando un gobierno de esos que tuvimos hace años decidió suprimir el Carnaval. Les parecía que había demasiados feriados así que anularon de un plumazo unos cuantos, entre ellos el de Carnaval, que es un feriado XXL en un buen momento del año, cuarenta días antes de la Semana Santa que cae siempre, siempre, siempre, en la primera luna llena de otoño (de primavera en el hemisferio norte). Por eso, por culpa de los caprichos de la luna, el Carnaval cambia cada año de fechas, unas veces más temprano y otras más tarde.

Los que se cargaron al Carnaval no pensaron que pasaría lo que pasa en estos casos: la gente se fregó en su decisión y siguió con el Carnaval, pero ya no había feriados para orientarse, así que el Carnaval se salió de madre y se desparramó por gran parte del verano y ahora resulta que no hay modo de volver a ponerlo en su cauce –en sus cuatro días locos– en el país que todo el año quiere carnaval.

Además de desparramarse el Carnaval se devaluó: no hay cuerpo que aguante tanta comparsa ni disfraz que se lo banque. Hasta lo efímero del Carnaval se vuelve en contra, porque una cosa es un disfraz para cuatro días y otra uno para dos meses de murga ininterrumpida. Entonces terminan desfilando con los trajes raídos, en comparsas alargadas y carrozas desvencijadas por avenidas o corsódromos mal iluminados. Imitan los carnavales de Río de Janeiro pero no imitan justo lo más importante: duran cuatro días exactos que son los cuatro días de locura que vale la pena vivir alguna vez en la vida, por la locura y por Río de Janeiro.

Los corsódromos son otra historia de la pavada del Carnaval. La ciudad de Río de Janeiro construyó en 1984 el Sambódormo Marqués de Sapucaí y luego, como para no ser menos, lo imitaron hasta en el último pueblo de Corrientes y de Entre Ríos. También en Paraguay y especialmente en Encarnación. Una lástima de construcción inútil gran parte del año, pero como ya la tenemos resulta que hay que amortizarla con carnavales largos y tendidos.

Hay corsódromos de sobra en todas las ciudades: basta con cortar por cuatro días una avenida o una plaza, cosa que hacen a cada rato y para cualquier nimiedad. También se puede ocupar un estadio, el autódromo o el hipódromo de la ciudad que ya tiene el dromo incorporado. Inexplicablemente resulta que hacemos corsódromos para Carnaval pero no hacemos manifestódromos, desfilódromos, piquetódromos, procesionódromos, rockódromos y otros dromos por el estilo. En Río de Janeiro no encierran el Carnaval en el sambódromo porque el Carnaval es mucho más que los corsos; toda la ciudad está de carnaval, precisamente por ser cuatro días locos: si fueran más, ni se enterarían.

19 de febrero de 2017

Trump y los Pilgrim Fathers


El inexorable fin del poder político es la lección implícita de El otoño del patriarca, la novela sin puntos de Gabriel García Márquez. Mire por dónde las expresiones “no hay mal que dure cien años” y “gobierno de turno” se conjugan perfectamente. Por más longevos que sean los que nos gobiernan, llegará sin remedio el momento de dejar el poder, aunque sea con los pies para adelante, que al fin y al cabo es un modo de dejarlo... Aunque se sucedan las reelecciones y los cargos vitalicios, la salud o la paciencia tienen sus límites y por muchos años que sean nunca serán ni 50, que no son nada comparado con la historia de un país.

Y las naciones tienen una identidad que supera el tiempo, pero sobre todo supera los gobiernos circunstanciales que se turnan en el poder. Será por eso Gran Bretaña ha decidido volver a ser una isla, cosa que está en el mismo código genético del Reino Unido. Los británicos son isleños y se portan como lo que son; su permanencia en una organización continental fue siempre a contrapelo y así terminó. El Reino Unido no duró ni 50 años en la Unión Europea y 50 años tampoco es nada en la vida del Reino Unido.

Estados Unidos no es Gran Bretaña, ni Mongolia, y tampoco es Suiza. Quiero decir que Estados Unidos no es una isla, ni un país aislado por sus vecinos y tampoco es un país endogámico, o neutral, prescindente de lo que pasa del otro lado de la frontera. Lógicamente Estados Unidos es Estados Unidos y tiene su propio código genético en el que está incluida su esencia democrática y de inmigrantes desde que los Pilgrim Fathers desembarcaron del Mayflower en Massachusetts en 1620. Los Padres Peregrinos o Fundadores escapaban del autoritarismo de Jacobo I, que no los dejaba practicar libremente su religión. Ellos trajeron al continente el embrión de la revolución que declaró la independencia en 1776. La Revolución norteamericana anticipó la Revolución francesa de 1789 y las de todas las colonias de la América española en las primeras décadas del siglo XIX.

Estados Unidos es un país genéticamente abierto, en el que conviven democráticamente diversos pensamientos. Entienden que la expresión más cabal de la democracia es esa convivencia y no la posibilidad de elegir a los gobernantes cada cuatro años. No fue fácil en su historia conjugar el puritanismo teocéntrico y la libertad de pensamiento de los Pilgrim Fathers pero siempre se impuso ese código genético de libertad dentro de la ley. Todo parece indicar que la llegada de Trump al poder los ha puesto de nuevo en otra de esas encrucijadas de la historia, como en la época de la esclavitud, de la segregación racial o de la ley seca.

Ahora hay que esperar a que se active el código genético de los Pilgrim Fathers.

13 de febrero de 2017

Ruinas presas


La ciudad de San Isidro, en la provincia de Buenos Aires, tiene más de 300 años y aunque hoy está integrada en el llamado Gran Buenos Aires, en tiempos de su fundación era un pueblo de campo como otro cualquiera. Allí tuvieron sus estancias los Pueyrredón y los Márquez y entre las dos se fundó el pueblo que hoy es ciudad y suburbio en la rivera del Río de la Plata, unos 20 kilómetros al norte del centro de Buenos Aires.

Como estaba en el litoral fluvial, San Isidro siempre tuvo puerto, tanto que era más fácil llegar en barco que en carreta, igual que a todos los pueblos litorales la Mesopotamia en tiempos en que los caminos y los medios de transporte eran bastante complicados, sobre todo por los bajos y las crecidas de ríos y arroyos que desembocan en el Paraná y el Uruguay.

El puerto fue creciendo con el pueblo y la ciudad. Hace 50 años tenía gran actividad comercial, buenos muelles de hormigón y grandes compañías areneras que explotaban con dragas la arena y el canto rodado de los lechos de nuestros ríos. Pero con los años la navegación deportiva le fue ganando a la comercial y yates y barquitos se empezaron a entrometer entre las chatas desvencijadas varadas en el fondo del río. Así que el viejo puerto se convirtió en un caos de restos de naufragios, areneras abandonadas y barquitos okupas que nadie controlaba.

Esta semana el gobierno de la provincia de Buenos Aires le transfirió el control y la propiedad de ese puerto al municipio de San Isidro. Y el municipio de San Isidro promete hacer ahora en el antiguo puerto un gran parque ribereño que ocupe las viejas dársenas y sus muelles y parquizar donde había galpones.

¿A qué vendrá toda esta historia?

Las antiguas misiones jesuíticas que jalonan el territorio de la provincia de Misiones y le dan su nombre pertenecen a la Secretaría de Cultura de la Nación y en la provincia que reclama su identidad no hay una sola repartición que se ocupe de cuidarlas.

Y para muestra bastan las ruinas de la Candelaria, que están bajo la custodia del Servicio Penitenciario Federal...

3 de febrero de 2017

El perro de Donald Trump


Debía tener nueve o diez años cuando me mordió el perro del vecino. Yo era bastante chico y el perro bastante grande. No cuento más detalles porque prefiero no recordarlos, solo que para lavar su conciencia los dueños del perro sostuvieron que me mordió porque se dio cuenta de que yo le tenía miedo. Desde entonces aprendí que a los perros hay que mostrarles quién manda de una: tiene su vértigo pero es muy eficaz. Hay que ser convincente porque no sirve el teatro de valiente: se dan cuenta a cien metros del susto que uno lleva encima.

Donald Trump tiene bastante de perro. El tipo te muestra los dientes y si le tenés miedo te muerde. No lo digo yo, lo dice él mismo y se sabe que es uno de los principios de sus negocios: si te achicás te aplasta y si te agrandás negocia. Así funcionan muchas veces los negocios en los Estados Unidos, en la China y en el mundo.

No solo fue atacado México con la estupidez del muro, también se metió con los limones argentinos y parece que le molesta casi todo lo que importa Estados Unidos porque quiere proteger el trabajo y las industrias de los estadounidenses. Es decir que no va a dejar entrar inmigrantes de México ni del Ecuador, que son los que cosechan los limones de California, los que ajustan las tuercas de los autos en Detroit, los que se suben a los andamios en Nueva York y los que meten las hamburguesa en los pebetes de McDonald’s.

Con un gruñido, como hubiera hecho su perro, de un carpetazo Trump borró el español de los sitios oficiales de Estados Unidos: otra imbecilidad autoritaria. México y el español están tan metidos en la historia y la cultura de ese país que 9 de los 50 estados tienen nombre español; cientos de ciudades y pueblos también. Siempre ha fracasado eso de imponer los idiomas o las palabras desde el poder y bastaría con leer 1984 de George Orwell para saberlo y, también, debería saber que nada hay tan democrático como las lenguas vivas porque las votamos hablando todos los días.

Parece que el perro de Trump quisiera imponer a los blanquitos sobre los demás integrantes del pueblo norteamericano. Se olvida que los blanquitos son los que al bajarse de los barcos le hicieron asco a los que ya estaban en América hace siete millones de años y se enquistaron en un continente que no era de ellos. Mientras los más oscuritos de Castilla y Portugal prefirieron amar lo que se encontraron y procrearon a los nuevos americanitos que somos los mal llamados latinos que ocupamos el resto del continente americano y la mitad de los Estados Unidos.

Tenemos que explicarle al perro de Trump que llegó tarde. No va a lograr imponer el idioma de los blanquitos, pero tampoco va a evitar con su muralla china que entremos los mestizos en un sitio que siempre fue americano. La misma larga estupidez con forma de muro es una prueba de que no tiene argumentos para impedirlo ¿Desde cuándo los muros detuvieron a la gente? Todavía quedan pedazos del de Berlín para recordar la imbecilidad de intentar parar las mareas humanas con barreras artificiales. Y desparramados como el mapa del cuento de Borges quedan por el mundo y para nuestra vergüenza ruinas de variadas murallas, zanjas y cortinas de acero.

Perro que ladra no muerde y sólo en las películas los asesinos les avisan a sus víctimas que las van a matar. Por eso me aventuro a adelantar que como los ladridos de su perro, estos gestos de Trump son una prueba de su debilidad y de sus complejos. La autoridad entre los humanos ya no es la del macho alfa de la jauría. No es cuestión de tamaño, ni de gruñidos sino de inteligencia y ejemplo. El perro de Trump tiene fuerza y mea más lejos que los otros de la manada, pero basta con agacharse a levantar una piedra para que se vaya al mazo con el rabo entre las patas.

24 de enero de 2017

El Dakar y nuestra adolescencia colectiva


Los participantes del Dakar son un variopinto colectivo de sacados que corren a todo lo que da en cuanto monstruo mecánico se nos ocurra. Solo en los tramos de enlace viajan por nuestras carreteras a una velocidad más o menos lógica. El resto del tiempo van como locos por nuestras selvas, sabanas, desiertos, salinas, valles, crestas, arroyos, cauces de ríos… y los hacen de goma. La inmensa mayoría de ellos son europeos que en sus países irían presos por destruir las bellezas naturales que son patrimonio de todos. Por eso el Dakar se corría en África… y ahora en Sudamérica cuando los africanos los sacaron carpiendo, hartos de que irrespeten sus culturas y su geografía.

Nosotros todavía estamos en la época en que los corredores y su circo son recibidos por presidentes y funcionarios y los ministerios de turismo ponen plata para que desvirguen nuestras bellezas naturales. Quizá alguien piense que a los turistas les gusta venir a ver huellas de camiones en el desierto… No, ni lo piensan: se ríen de nosotros.

El Dakar es una inmensa operación publicitaria europea a costa de nuestro maravilloso continente, pero sobre todo de nuestra adolescencia colectiva. A los argentinos, paraguayos o bolivianos nos apasionan los fierros, los motores, los autos de carrera, las carreras y los rallys y resulta que el Dakar les viene como anillo al dedo porque en lugar de echarlos a las patadas por hacernos pelota el continente vamos como borregos a verlos pasar, flameamos banderitas y saludamos como náufragos a los helicópteros que pasan levantando el polvo que tardó dos millones de años en juntarse. Piense solo en la resplandeciente blancura del salar de Uyuni en Bolivia, que lleva ya varios años enmugrecida por esta horda de afiebrados.

Los organizadores resaltan la participación del público con sus banderitas en todo el recorrido y ocultan los accidentes, sobre todo si involucran a espectadores. Para eso tienen la exclusiva absoluta de las imágenes: nadie más que ellos y solo ellos pueden filmar, sacar fotos y distribuirlas a los medios que pagan pilas de euros para cubrir esta versión real de Mad Max. Eso incluye la publicidad y los patrocinadores, todos para Europa. Detrás siempre aparece nuestra gente, mestiza americana, que los felicita y los aclama para que los espectadores de París o de Amsterdam compren sin remordimientos.

Somos figurantes de una inmensa campaña publicitaria que vende autos, camiones y camionetas; respuestos, cubiertas, energizantes, combustibles, lubricantes, camisetas, gorras, banderas y calcomanías… y además le vende vértigo a algunos corredores vernáculos que pagan sumas imposibles para entreverarse en el circo de los locos y matarse para conseguir su minuto de gloria.

Admito que abuso un poco de la exageración hiperbólica, pero no encuentro otro modo de expresar que el Dakar es precisamente una exageración europea que no resistiría ni un minuto en su propia geografía. Un violación francesa de nuestra tierra y también de nuestra ingenuidad.

5 de diciembre de 2016

Mi amigo Fidel


Cuando éramos chicos decir Fidel era como decir Judas, Lucifer o el Hombre de la Bolsa: la empleada de mi casa decía que si nos portábamos mal iba a llamar a Fidel. Así crecimos, por lo menos todos los que en esa época éramos chicos, cuando Fidel tenía bastantes menos años que yo ahora. Fidel era el demonio en casa, pero también en el barrio, en el colegio, para amigos y parientes. Y si Fidel era el diablo, Cuba era el infierno. Había otros diablos menores, pero con esos no me voy a meter… solo digo que no teníamos la culpa de las broncas presentes y pasadas de nuestros padres y abuelos y tampoco de su propio imaginario. Y digo también que así crecimos, sin preguntarnos por qué; eso viene más tarde en la vida. Lo notable es que el tiempo pasó, murió medio mundo y Fidel los enterró a todos… La cara de antes se fue agrandando, se puso orejón, perdió pelo en la cabeza y en la barba y las manchas del tiempo se instalaron en su piel. Hasta que se volvió un viejito serio, metido en un inexplicable jogging Adidas, con el que habrá muerto en Black Friday, a la edad de mi padre, en su casa de Santiago de Cuba.

Mientras, nos hicimos amigos…

Bueno, cuando alguien muere aparecen los amigos íntimos que apenas lo vieron alguna vez de lejos. Seguro que ocurrirá ahora con Fidel, total no está él para desmentirlo. Por eso voy a contar las dos veces que estuve con mi amigo Fidel.

La primera fue en Guayaquil, Ecuador, apenas empezado el primer día de diciembre de 2002. Fidel viajó a Quito el 29 de noviembre a inaugurar la Capilla del Hombre del pintor Oswaldo Guayasamín que sí había sido su amigo. Al día siguiente se escapó a Guayaquil a cenar con León Febres-Cordero y a las 2 de la madrugada del 1 de diciembre partió a La Habana. A Guayasamín se le ocurrió la contradicción bestial de levantar una iglesia dedicada al ser humano y pintarla como si fuera la capilla sixtina. Digo contradicción porque si no crees en Dios es muy loco enojarte con Dios y también endiosar al hombre. Y León Febres-Cordero estaba en las antípodas políticas de Fidel, pero eran amigos quizá porque compartían la locura por el poder y seguramente también algunas cosas ricas de comer y beber. En aquel viaje apenas le dio tiempo a Fidel para saludar al presidente Gustavo Noboa, pero sí le alcanzó para pasar unas cuantas horas con su amigo León. Yo trabajaba entonces en el diario Expreso y me colé a hacer guardia hasta donde me dejaran llegar en El Cortijo, donde estaba la casa de LFC en la zona del Buijo. Debía ser más de la una de la madrugada cuando salieron a saludar y posar para los fotógrafos en la puerta de la casa. Castro estaba de traje azul y zapatillas negras y Febres-Cordero de cowboy y botas texanas de avestruz.

La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. La segunda fue en Asunción el 17 de agosto de 2003, cuando trabajaba en el diario Última Hora del Paraguay. Fidel había viajado a la toma de posesión del presidente Nicanor Duarte Frutos y esa tarde ya de noche se presentó en el estadio cubierto del Consejo Nacional de Deportes. Fue un discurso de cuatro horas y media que se me pasaron volando como en una buena película de cine. No sé cuántos de los presentes eran curiosos como yo y cuántos serían comunistas convencidos que venían ver a su líder. Comunistas quedaban pocos, pero sí muchos antiimperialistas que admiraban su férrea oposición al imperio desde una isla casi norteamericana del Caribe. Aquella tarde-noche unos y otros celebramos las ocurrencias que Fidel expresaba con cadencia cubana y la parsimonia que los años le habían sumado a la oratoria revolucionaria.

Descubrí entonces que Fidel era un sofista hecho y derecho, como los de la antigua Grecia que condenaron a Sócrates: charlatanes eficaces por su retórica, pero no por sus contenidos.

Sus razonamientos llevaban siempre a la misma conclusión, tan falsa como la afirmación original. La lógica de Fidel era matemática, pero partía de premisas perfectamente falaces o completamente improbables. Manejaba como un maestro la mentira que usaba contra su propio pueblo al que decía respetar, pero en los hechos despreciaba. No admitía preguntas ni aclaraciones, solo aplausos y vivas a una victoria que no llega nunca. Lo curioso es que al público le gustaba, quizá porque no hay pobreza como la ignorancia.

4 de noviembre de 2016

El sexo de los ángeles

Buscando en la Wikipedia el bolero Píntame angelitos negros, me entero de que está basado en una poesía mucho más cursi del venezolano Andrés Eloy Blanco, inspirada en el velorio de un negrito de su barrio. La música es del actor y compositor mexicano Manuel Álvarez Rentería, a quien llamaban Maciste, y fue muy popular en la época en que los boleros eran lo máximo. Píntame angelitos negros –o Angelitos negros– fue pionera entre las canciones que denuncian desigualdades. Pide la letra de la canción al pintor de santos que pinte ángeles negros, por lo menos tantos como blancos, porque “también se van al cielo todos los negritos buenos”.


Me acuerdo del bolero cada vez que ando por el popular santuario de Itatí –en el nordeste de la Argentina– y veo el fresco que rodea a la Virgen en su camarín. Abajo, en la tierra, unos indiecitos guaraníes rezan, cantan y tocan instrumentos musicales; y arriba, en el cielo, unos angelitos escandinavos rezan, cantan y tocan instrumentos musicales… Todo mal con el pintor italiano que pintó esta exageración, pero también es cierto que no debemos juzgar el pasado con categorías del presente. Para los latinos del sur de Europa los rubios del norte parecían ángeles, por eso son anglos y también ingleses.

Nadie sabe de qué color son los ángeles porque no tienen raza como los humanos. Tampoco son varones o mujeres y es una discusión necia la del sexo de los ángeles, tanto que se ha acuñado esa expresión para referirse a toda discusión inútil o innecesaria. De paso y ya que nos metimos con la basílica de Itatí, recuerdo que en muchas iglesias, por lo menos de la Argentina, era costumbre representar a los ángeles alternando sus túnicas, una rosa y otra celeste: uno varón y otro mujer. Al final era buena la queja del poeta venezolano a los prejuicios raciales de los artistas que suponen que es afeminado que te gusta el helado de frutilla. Estaría mejor vestir a los ángeles de comandos anfibios ya que hoy hay soldados varones y mujeres en todos los ejércitos del mundo, y para el caso da lo mismo vestirlos de chef o de carteros, porque resulta que los ángeles no tienen sexo, ni color, ni ropa, ni alas, ni cara ni nada que no sea espíritu.

Pero los seres humanos –el animal hombre– sí que tiene sexo y también raza. Somos hembras y machos, varones y mujeres, damas y caballeros, señoras y señores… Y viene a cuento la idea porque en estos días ocurrieron en la Argentina dos hechos relacionados con nuestra común semejanza y entretenida diferencia que me parece son como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Uno fue la manifestación convocada por el colectivo Ni una menos, para repudiar toda violencia de género, que tuvo su epicentro en la Plaza de Mayo y correlato en casi todas las ciudades del país. La motivó el tenebroso femicidio de una chica en Mar del Plata. El otro fue la aprobación en el Senado de la Nación de la ley de paridad de género en las listas electorales, que con toda seguridad se convertirá en Ley de la Nación una vez que la apruebe la Cámara de Diputados.

Quiere decir que a partir de la efectiva sanción de la ley habrá que elegir en la Argentina igual cantidad de varones que de mujeres en las listas de candidatos; intercalados en las listas de las elecciones generales y como les guste ponerlos en las listas de las internas partidarias. Y hay proyectos en la Nación y en algunas provincias para establecer esos cupos en todos los cargos colegiados de sus poderes Ejecutivo y Judicial.

Ya está. Hemos llegado al 50/50 y con la Ley del Cupo en la Argentina hemos decidido discriminar por igual a varones y mujeres. Y no importa que el proyecto aprobado ponga en segundo término el principio constitucional de la idoneidad para ocupar cargos públicos y en primero a los órganos sexuales o los cromosomas que nos distinguen a varones y mujeres.

En nuestra era y en nuestra geografía, es indiscutible la diferencia natural entre hombres y mujeres y también su igualdad esencial. Por esa igualdad nos da lo mismo elegir a varones o mujeres para cualquier trabajo o cargo público y también para representarnos en las legislaturas. Imponerlo por las bravas es machismo, aunque sea femenino.

31 de octubre de 2016

Premio Nobel


No me gustan los premios. Ninguno. Y lo que menos me gusta es que sea el premio lo que mueva a algunos. El amor propio y no la solidaridad, la superación; el amor a los semejantes, a un ideal o a la patria. Para colmo los que los ganan parecen los mejores, pero no: son apenas los mejores de los que se presentan al premio y el mismo hecho de presentarse los convierte en codiciosos. Los que sí los merecen, los buenos de verdad, no ganan premios porque jamás se presentan a los concursos: no tienen tiempo para esas pavadas.

Hay excepciones, pero muchos premios se ganan a fuerza de personas que influyen en los jurados, por plata nomás. Y hay premios-negocio, creados solo para dárselos al que paga buen billete. Hasta algunos hay tan aguados que todo el mundo los gana (en este caso es más barato, claro, pero al final el negocio es el mismo). Al final a los premiados les pasa lo que a los políticos descartables: se devalúan hasta desvanecerse en la nada, y así nos va.

Acepto que en el caso del Premio Nobel de Literatura tienen algo que ver los gustos y no entiendo cómo lo puede ganar alguien que no escriba en el castellano de nuestra América. No hay narrativa en todo el mundo como la iberoamericana contemporánea, pero el Nobel nos toca solo cada tanto porque parece que también hay que dárselo a un egipcio o un japonés, aunque escriban como la mona. A veces coinciden mis gustos, como este año con Bob Dylan, pero también hay que decir que Bob Dylan le venía mejor al Nobel que el Nobel a Bob Dylan.

Y para los políticos cualquier premio es un botín. Por eso me resulta un despropósito brutal el Premio Nobel de la Paz a las hasta ahora buenas intenciones de Juan Manuel Santos; y me dan unas ganas enormes de sospechar. Este año se lo merecían los White Helmets, los Cascos Blancos que llevan salvadas unas 20.000 vidas en Siria; o los rescatistas de la isla de Lesbos, en el mar Jónico; o una enfermera anónima del Hospital Madariaga, que seguro hizo más por la paz del mundo que Barack Obama o Henry Kissinger, que también lo ganaron.

Si de mí dependiera, le daría el premio Nobel de la Paz al que se le ocurrió mezclar gin con agua tónica: ha hecho mucho más por la felicidad del mundo que todos los políticos desde la época de Hammurabi a nuestros días.

12 de octubre de 2016

Aeropuertos

Marc Augé es un antropólogo francés contemporáneo al que se le dio por llamar no-lugares a los sitios transitorios en los que nos relacionamos los seres humanos. Son no-lugares los hospitales, pero también las autopistas, los supermercados y sobre todo los aeropuertos. Resulta que a medida que pasan los años son más grandes, más anchos, más largos y más no-lugares. Se explica perfectamente que haya gente que viva en los aeropuertos, como en la película La Terminal de Steven Spielberg en la que Tom Hanks se convierte en un náufrago apátrida en un aeropuerto norteamericano. Pero la película es pura ficción basada en la historia real de un refugiado iraní que vivió 18 años en una sala de embarque de la Terminal 1 del aeropuerto Charles De Gaulle de París. Es que si hay no-lugares dentro de los no-lugares son las salas de embarque de los aeropuertos internacionales: la tierra de nadie entre migraciones y el resto del universo.


Hoy los grandes aeropuertos más que no-lugares son no-ciudades o no-países por el tamaño que tienen y sobre todo por la cantidad de habitantes permanentes y transitorios. El aeropuerto de Heathrow, en Londres, recibe unos 75 millones de pasajeros por año. Por el de Barajas (ahora se llama Adolfo Suárez pero sigue quedando en el pueblo de Barajas, en Madrid), pasaron 46 millones en 2015, pero es el único aeropuerto civil de Madrid, mientras que Londres tiene por lo menos cuatro si sumamos a London City, Gatwick y Luton.

La calificación de los aeropuertos debería basarse no en su tamaño, su tráfico o su cercanía. Lo que importa es que esté bien comunicado con la ciudad a la que sirve. Los de Londres tienen estaciones de tren adentro del aeropuerto. Por unas libras se llega en media hora y en trenes expresos a cualquiera de las grandes estaciones terminales de la ciudad que ya era grande hace cien años. Pero eso no es nada comparado con el Underground, que tiene tres estaciones en Heathrow, el más grande y transitado de los aeropuertos de Europa y del mundo. Desde cualquiera de las terminales de Heathrow y por lo que cuesta un pasaje de metro, los viajeros tienen acceso a la inmensa red de subterráneos de Londres.

También llegan el tren de cercanías y el metro de Madrid a las viejas terminales y a la alejada y supermoderna terminal 4 del Adolfo Suárez. La empresa que gestiona el aeropuerto ha inaugurado, además, una lanzadera que lleva y trae del centro de Madrid por cinco euros. Es un autobús vidriado, con wifi y lugar para sus maletas desde donde se puede dar el último adiós a la ciudad.

En los aeropuertos argentinos –y casi todos los sudamericanos, para qué nos vamos a engañar– cuando uno se baja del avión no llega a ningún sitio. Que Dios lo ampare en su soledad y también en la inseguridad que campa como un fantasma en nuestro continente y mucho más en cuanto hay un indefenso, que es lo que somos los pasajeros en los no-lugares de Marc Augé. Lo bueno es que en nuestros aeropuertos es solo un poco más improbable que alguien de Daesh –el Califato que mal llaman Isis– ponga una bomba. Aquí basta con transponer la puerta de salida para encontrarse con la nada. Si no lo han venido a buscar, no hay a dónde ir ni en qué ir y si quiere usar algo parecido al transporte público tiene que prever el doble de tiempo para irse de o para llegar a un sitio al que ya tiene que estar bastante antes si no quiere tener problemas, y todo para un vuelo que dura un poco más de una hora.

El Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires está incomunicado y rodeado de bandidos. El que tiene Sube puede tomarse un colectivo urbano de los tres que vienen de la Ciudad Universitaria y pasan por la Villa 31. También está el Arbus que todavía debe regentear algún camporista porque no lo lleva a ningún sitio, sale cuando quiere y es bastante caro. Cuando se pasan las puertas de salida aparece de repente el territorio comanche, siempre falto de luz, desordenado, sucio y dominado por mafias codiciosas de desprevenidos. Puertas corredizas anuladas con cintas de peligro le avisan lo que vendrá. Ezeiza es otro caso de ningún-lugar y tiene que rezar para que no le toque un piquete al llegar o salir. Y no le digo nada lo que se siente en aeropuertos del interior; en algunos da miedo salir de la zona de desembarque por el acoso al que lo someten los taxistas, remiseros, mangantes y otros ladrones de ocasión. Para colmo y para más susto, a la Policía de Seguridad Aeroportuaria se le ha dado por llenar los sitios neurálgicos de nuestros aeropuertos con pegotes de bandidos buscados por la policía o perdidos que la Justicia no encuentra por sus propios medios.


Tanta gente concentrada en los aeropuertos los ha convertido en blanco preferido de los yihadistas islámicos, esos guerreros fanatizados que han aparecido en el mundo civilizado para jorobarnos la paciencia a los viajeros. Y para colmo resulta que Bin Laden –o quien sea que haya sido el que usó aviones repletos de pasajeros para atentar contra las Torres Gemelas de Nueva York– les complicó la vida para siempre a los que andan perdidos por los aeropuertos una parte casi central de su vida.

Ya no sorprende que unos extraños de Londres inspeccionen con rayos equis todo lo que otros extraños -extrañísimos- llevan en las maletas, o metan las manos en bolsos ajenos -ajenísimos- y saquen al aire ropa interior usada como si fueran regalos de cumpleaños. Eso pasa hasta en el aeropuerto más pequeño, pero lo notable de Londres es que le hacen esas perrerías a cien millones de personas por año (si las cuentas no me fallan son 274.000 pasajeros por día).  “¿Qué busca?” le pregunté a un guardia civil de Barajas que me revisaba con una especie de papel que sostenía con unas pinzas. “Explosivos” me contestó como si me contara que llueve.

Cada nuevo viaje avisan que hay que estar más temprano en el aeropuerto y tienen razón porque hay que dedicarle tiempo a las vejaciones de la seguridad y también hay que prever que uno se pierde unas tres veces con el riesgo de subirse al avión equivocado. Tanto tiempo de espera ha convertido a esos no-lugares en bazares: tiendas de todo tipo que compiten para sacarles a unos exhaustos cautivos sus últimos billetes. Pero no son los únicos que hacen negocio. Desde el 11 de septiembre de 2001 la familia de Bin Laden o algún gerifalte de Isis debe ser el dueño de la fábrica de escaners de valijas y de todos los sistemas de seguridad que nos han complicado la vida a los pasajeros. No sé si son ellos, pero sí que tenían información para hacer ese negocio. Para colmo, si lo que quieren es incordiarnos la vida a cientos de millones de esforzados viajeros, los del Isis no necesitan ningún atentando más.


Dicen los que saben que los que viajan en avión son todavía un porcentaje muy bajo de la población mundial y también dicen que son siempre los mismos. Alguno se debe agregar al colectivo de viajeros y alguno también lo deja por muerte o por hartazgo. También es cierto que suben a ritmo parecido la cantidad de habitantes del planeta y los aviones en el aire. Eso de ser siempre los mismos es lo que provoca que las conversaciones de pasajeros empiecen un día y terminen el siguiente, cuando nos volvemos a encontrar en el mismo vuelo.

Fue en una de esas charlas del Club de los Viajeros que hablábamos, pasillo del avión por medio, sobre lo pequeño que se ha puesto el mundo gracias a los bajos precios del petróleo, que han abaratado los billetes internacionales de avión. El petróleo se encarece o se abarata por razones que nunca podemos explicar porque no las podemos saber pero sí suponer: casi siempre son estratégicas y relacionadas con la conveniencia coyuntural de Estados Unidos, de Gran Bretaña y de sus aliados en el Golfo Pérsico. Sea como sea resulta que hoy es bastante accesible largarse a recorrer el mundo. 

Y mientras se dispara la cantidad de los viajes también se multiplica la incomodidad. Hace 50 años se ponían la mejor ropa para viajar porque no era cuestión de aparecer así como así en el aeropuerto y menos entre los pasajeros; ellas producidas para la ocasión y ellos con saco y corbata. Además había lugar suficiente para cada uno con su humanidad a cuestas. Todos disfrutaban de buena comida y mejor bebida y las líneas aéreas competían por la amabilidad de sus azafatas pero sobre todo por su menú y su bodega. Los platos eran de porcelana, los vasos de cristal y los cubiertos de metal cortaban y pinchaban sin romperse como los de plasticurri berretongui de nuestros días.

Hoy los pasajeros de viajes largos compiten en mal gusto y los argentinos, además, en estridencia. Las azafatas desparraman fideos recalentados y tiran una cajita de cartón con galletitas en los vuelos cortos. Amarretean la gaseosa en vasitos de plástico, y no vaya a creer que la clase ejecutiva es mucho mejor. Los pasajeros somos cada vez más grandes y los asientos cada vez más chicos. Apenas se reclinan un par de grados y no hay espacio entre butacas para un fémur occidental. Solo un faquir consigue echar un sueñito sin clavarse una pastilla de las grandes de Dormicum. Los bolsos no caben en los portaequipajes y cada año reducen más los kilos permitidos para despachar en la bodega. Para colmo cobran el exceso en lugar de prohibirlo y así confiesan que es para sacarte plata y no porque el avión no aguante la carga. A eso se suman las mil perrerías que nos hacen para prevenir atentados que no pensamos cometer. Cualquiera de ellas sería suficiente para hacer desistir a una dama o un caballero de 1950, pero hoy aguantamos todas las incomodidades si nos aseguran que los aviones van a ser puntuales, que tampoco lo son, así que, para que no linchemos a las azafatas de mostrador nos engañan como en el jardín de infantes.