Médanos de Mar del Sud (Buenos Aires), 17 de enero de 2018
23 de enero de 2018
14 de enero de 2018
El San Juan sigue de patrulla
Que el submarino ARA San Juan está hundido y sus 44 tripulantes muertos se sabe desde que se perdió contacto, ya que –dicen esta vez los marinos– mientras haya alguien vivo en un submarino encontrará un modo de hacerlo saber a la superficie.
No es el único submarino que se pierde en la historia de los naufragios en tiempos de paz; el San Juan se agrega a una lista notable de casos que muestran que eso de andar por las profundidades no es coser y cantar.
En 1963 se hundió en el Atlántico Norte, a 350 kilómetros de Cape Cod, el USS Thresher: un submarino nuclear bastante nuevo que hacía pruebas de inmersión con 129 tripulantes a bordo. Estaba preparado para el intento de los talleres de Norfolk, en Virginia. Entre los tripulantes había varios ingenieros del astillero. Lo buscaron durante años y lo encontraron a 2.560 metros de profundidad.
Pero el año trágico para los submarinos fue 1968. El 25 de enero se perdió entre Creta y Chipre y con 61 tripulantes el ISN Dakar de la armada israelí. Dos días después, cerca del puerto de Tolón, naufragó el francés Minerve con 55 tripulantes. El 22 de mayo se hundió el nuclear USS Scorpion cerca de las islas Azores y con 99 tripulantes. Y el 28 de mayo se perdió para siempre el K-129 y sus 83 tripulantes soviéticos en el Océano Pacífico. En todos los casos no hubo sobrevivientes y nunca más apareció el Minerve quizá porque los franceses no los buscaron lo suficiente o prefirieron no investigar lo que había pasado. El K-129 no apareció para los rusos, pero sí lo encontraron los americanos y la CIA se ocupó de rescatarlo clandestinamente para conocer sus misiles balísticos. La última tragedia de un submarino antes del ARA San Juan fue el del ruso K-141 Kursk, uno de los más grandes jamás construidos, varado en el fondo del mar de Barents por una explosión en agosto de 2000. Llevaba 112 tripulantes de los que por lo menos 23 se salvaron de la explosión y esperaron a oscuras el rescate que nunca llegó. Estaba a menos profundidad que su eslora de 155 metros, tanto que si levantaban una de las puntas hasta ponerlo vertical, sobresalía varios metros por encima del nivel del mar. Pero la armada rusa fue impotente para el rescate, entre otras cosas porque perdió tiempo en secreteos que impidieron la ayuda de otros países.
Se dice entre los marinos que da mala suerte cambiarle el nombre a una embarcación. A eso lo sabemos porque la superstición vale tanto para un transatlántico como para un chinchorro. No es el caso del San Juan, que lleva ese nombre desde su bautismo el 20 de junio de 1983 en Emden (Alemania), aunque fue completado e incorporado a la Armada Argentina en noviembre de 1985.
Desde 1981, por una ordenanza racionalista de la Armada, los submarinos argentinos llevan el nombre de provincias que empiezan con S (alguien habrá pensado que nunca habría más que cinco), pero antes del submarino hubo tres buques llamados San Juan en la flota argentina: un destructor (1911), un hidrográfico (de 1929 a 1937) y un torpedero (de 1937 a 1971). El hidrográfico pasó a llamarse Comodoro Rivadavia en 1937 y en 1942 le volvieron a cambiar el nombre por Madryn. Ya se ve que la Armada no tiene un pelo de supersticiosa.
El caso más curioso es el del destructor ARA San Juan de 1911 que nunca se incorporó a la flota porque fue devuelto a los astilleros franceses junto con el Catamarca, el La Rioja y el Mendoza debido a sus notables defectos de construcción, especialmente en las maquinarias (luego Francia los incorporó a su flota). Pero hubo un segundo destructor San Juan, esta vez construido por el astillero alemán Krupp en Kiel y completado en 1915; pasó que cuando estaba listo para su entrega fue confiscado por el imperio alemán para la Primera Guerra Mundial junto con otros tres iguales que iban a llamarse Santiago del Estero, Santa Fe y Tucumán. Los cuatro integraron la armada alemana y fueron hundidos por sus tripulaciones en Scapa Flow el 21 de junio de 1919, junto con gran parte de la flota alemana apresada por los británicos al firmarse el armisticio.
Decía que los hombres de la Armada no son supersticiosos y cambian los nombres de los buques, sobre todo cuando son usados, como el ARA General Belgrano, que sobrevivió a Pearl Harbor cuando se llamaba USS Phoenix y se incorporó a nuestra flota como ARA 17 de Octubre. Pero así como los cambian, también los repiten: cuando uno es dado de baja queda libre su nombre y otro lo puede heredar, como el caso de Hércules o Santísima Trinidad, que se repiten desde tiempos de Guillermo Brown.
Pero hay nombres que no se repitan nunca más...
No se repiten los nombres de los buques hundidos en cumplimento de sus misiones, sencillamente porque no se los da de baja. El submarino ARA San Juan –igual que el crucero ARA General Belgrano– continuará ocupando su nombre en la flota de la Armada Argentina y la razón es muy lógica y muy emocionante: esos hombres y esos buques se fueron a patrullar nuestros mares para toda la eternidad.
28 de diciembre de 2017
Millennials
Millennials, así, en inglés porque en castellano no da, son los de la generación Y, que como su nombre lo indica es la que siguió a la generación X. Son los que nacieron a mediados de la década de 1980 y tenían unos quince años en 2000, así que hoy tienen entre 25 y 35.
Algunas características de los millennials le hacen decir a Simon Sinek que se criaron bajo estrategias fallidas de educación. No todos, claro, pero muchos de ellos sufren una enfermedad que les impide salir de la adolescencia. Sus mismos padres, quizá empujados por alguna frustración o por no querer lo que hacían, los convencieron de que basta con querer las cosas para tenerlas. Algunos ganaron premios no por merecerlos sino porque sus padres se quejaron porque no los recibían. Hasta las notas del colegio son producto de las quejas de los padres y no del estudio de los hijos. Para que no se frustren se premia también a los peores, se borraron las sanciones y las exigencias y hasta los berrinches se volvieron expresiones de estados de ánimo que conviene respetar en lugar de corregirlas con un sopapo. Para las categorías infantiles de cualquier concurso hay que dar tantas medallas como participantes... ni siquiera nos dimos cuenta que al dar a todos la misma medalla estábamos devaluando la que le damos a los mejores, que son los verdaderos frustrados de la generación del milenio; pero además les dijimos a los peores que eso no importa y los convertimos también en frustrados cuando se dan cuenta de que hay que trabajar duro en este mundo donde no todo es soplar y hacer botellas.
Viven en la cultura de WhatsApp, Facebook o Instagram, en la que todo es lindo, fácil y divertido... porque es mentira. A cada cosa que hacen o dicen, 300 amigos les contestan bieeeeeeeen, qué liiiiiiiiiiiiindo, wooooow... o los llenan de aplausos y pulgares para arriba solo porque no saben explicar lo que les gusta o no les gusta. Si en nuestra generación hubiera ocurrido eso, bastaba con mandarlos a freír buñuelos por zalameros.
En las conversaciones con sus mayores, incluidos sus padres, les alcanza con la excusa “estamos en el siglo XXI” para dar por buena cualquier estupidez que se les cuestione: ellos son los árbitros de toda la historia. Es cierto que el mundo cambió, pero lo que cambia del mundo son los estilos y los modos y no lo esencial de la condición humana ni la realidad de lo que acontece. Cambia el relato pero no cambia la historia. El mundo de los millennials se ha vuelto un relato como el que nos acostumbró la política: ya no importa si las cosas pasaron o no pasaron: en tiempos de la posverdad lo que importa es lo que se dice que pasó.
Pero lo peor de esta generación es la superficialidad. Nada es profundo, nada es permanente, nada es del todo en serio, no hay compromisos ni otra actitud que los gustos propios. Las conversaciones –cara a cara o por redes sociales– son colecciones de autorreferencias aburridas y superfluas. Hablan mucho porque hablan de ellos, todo el tiempo y con todos.
15 de diciembre de 2017
12 de diciembre de 2017
La culpa del gliptodonte
Quizá quedó en los genes de los tehuelches el miedo a los gliptodontes que campaban en la llanura pampeana hace 200.000 años. O fue el mareo hereditario de los que se bajaron de los barcos para mestizarse con las hijas de los guaraníes y charrúas... Está probado que los argentinos no podemos vivir sin vías de escape. Padecemos una ansiedad genética por huir de algo que alguna vez nos puso locos.
En cualquier sociedad más o menos civilizada, los que llegan primero a una reunión eligen los lugares y quienes llegan después se quedan con lo que hay. Si es un cine, un aula de clases, un teatro o una iglesia, el lugar que primero debería ocuparse es adelante y al medio, desde donde también se ve mejor o se aprende más... porque los que llegan antes lo hacen para conseguir como premio los mejores lugares y no para quedarse con los peores. Y como es lógico cuando van a una reunión a la que asiste mucha gente, los educados del planeta llegan puntuales, usan el baño antes de entrar en la sala y se van tranquilos después de que termina la función. Como fueron a eso y quizá pagaron para asistir, ocupan su tiempo asistiendo y no zangoloteando todo el tiempo y de acá para allá como bola sin manija.
Si en la Argentina mira con un dron un teatro, una iglesia, un cine, un aula de clases… va a ver que las cabecitas dibujan el contorno de una campana vacía, más ancha en la fila uno y más estrecha en la zona central. Debe ser el complejo del gliptodonte que provoca que la gente que llega primero se quede cerca de las vías de escape, los que vienen después pasan por encima de ellos, y los siguientes por encima de dos filas hasta que es imposible pasar por encima de cuatro o cinco, así que quedan vacíos los lugares de adelante y el centro, aunque sean los mejores. Los que llegan más tarde se van agolpando en el fondo, parados porque prefieren eso a la pirueta por encima de sus congéneres, que tampoco se quejan mucho porque todos padecen la misma tara.
Los grupos humanos como la multitud, el público, la manifestación, la procesión, el piquete, los que esperan su avión en el aeropuerto... son focus groups gratuitos de nuestra inteligencia colectiva, que es algo así como la suma del coeficiente intelectual de todos los presentes dividida por la suma de su nivel de educación. Y en la Argentina da fatal.
Si en la Argentina mira con un dron un teatro, una iglesia, un cine, un aula de clases… va a ver que las cabecitas dibujan el contorno de una campana vacía, más ancha en la fila uno y más estrecha en la zona central. Debe ser el complejo del gliptodonte que provoca que la gente que llega primero se quede cerca de las vías de escape, los que vienen después pasan por encima de ellos, y los siguientes por encima de dos filas hasta que es imposible pasar por encima de cuatro o cinco, así que quedan vacíos los lugares de adelante y el centro, aunque sean los mejores. Los que llegan más tarde se van agolpando en el fondo, parados porque prefieren eso a la pirueta por encima de sus congéneres, que tampoco se quejan mucho porque todos padecen la misma tara.
Los grupos humanos como la multitud, el público, la manifestación, la procesión, el piquete, los que esperan su avión en el aeropuerto... son focus groups gratuitos de nuestra inteligencia colectiva, que es algo así como la suma del coeficiente intelectual de todos los presentes dividida por la suma de su nivel de educación. Y en la Argentina da fatal.
19 de octubre de 2017
24 de septiembre de 2017
Serendipity
No es guaraní... Serendipity es inglés puro y no tuvo una versión en castellano hasta que la Real Academia Española la aceptó como serendipia, así que ya no vale decir serendipidad o cosas por el estilo. No es guaraní pero lo parece, sobre todo si se pronuncia la i griega como en Curupaity, así que seguiré ocupando serendipity en lugar de serendipia. La palabra llegó al inglés desde un topónimo ceilandés: Serendip es como llamaban los persas a la isla de Ceilán, que hoy ocupa Sri Lanka. Pero el significado de serendipity o serendipia viene de Peregrinaggio di tre giovani figliuoli del re di Serendippo, la versión veneciana (1557) de algunas leyendas persas sobre la isla de Ceilán. Llegó al inglés y al concepto actual gracias a las fábulas de Horace Walpole, tomadas de la versión veneciana y publicadas como The three princes of Serendip. En la versión de Walpole los tres protagonistas se la pasan descubriendo por accidente cosas geniales. Según la Real Academia Española quiere decir hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El diccionario Oxford la define como hechos o hallazgos positivos que ocurren por casualidad. Sea lo que sea, seguro que no es accidente con suerte, como algunos creen.
Nadie me la pidió, pero si tuviera que dar una definición de serendipity diría que es la lógica propia de los acontecimientos o de las cosas que ocurren sin nuestra intervención. Es la comprobación más empírica de que la naturaleza tiene su propio rumbo y que cuando nos empeñamos en cambiarlo termina todo peor de lo que nos proponíamos. La serendipity es altamente recomendable como actitud ante la vida, sobre todo en algunas situaciones que paso a comentarle.
El caso más evidente es el del sueño. Si a usted lo ataca seguido el insomnio lo habrá experimentado muchas veces: no hay nada peor que intentar dormir. Parece una contradicción pero no lo es. La misma ansiedad nos hace perder el sueño, así que lo mejor es relajarse y disfrutar de una buena lectura, de un sándwich rico o de una temporada entera de House of Cards. Aproveche el tiempo que le regala la falta de sueño y va a ver cómo el mismo sueño lo va a vencer, y si no es en esa noche será en la siguiente o en la otra, cuando lo agote el sueño acumulado. ¿Hay mucho drama en pasar un día con los efectos de la falta de sueño? Lo hacemos a cada rato sin insomnio, pero resulta que nos preocupa justo cuando no podemos dormirnos. No se haga drama ni le haga caso y va a ver que el insomnio se le va a de la croqueta y duerme como un bebito.
Ya debe saber que las cosas que se pierden no se encuentran buscándolas sino con pura serendipity. Solo hay que pensar un poco para atrás y recordar la última vez que vimos o usamos lo que se nos perdió; ahí puede estar la clave, pero sobre todo hay que esperar que las cosas que perdemos actúen solas: ellas claman por sus dueños casi como si estuvieran vivas; en realidad es nuestra cabeza la que actúa sin darnos cuenta. Buscar sin ton ni son, atolondrados, es pura pérdida de tiempo y un obstáculo bestial a la serendipity.
Entre las cosas perdidas están los amores, el novio o la novia quiero decir, que tampoco deben buscarse para encontrarlos. El amor es como el sueño, aparece siempre cuando no se lo busca, por pura serendipity, y el empeño por conseguirlo nos lleva casi siempre a equivocarnos fiero con consecuencias terribles. Debe ser la razón por la que San Antonio es a la vez el que busca novio y el que encuentra las cosas perdidas. El trabajo también es cosa de serendipity. Hay que dejarse de hinchar con eso de pretender el empleo perfecto cuando no lo tenemos y hay que tirarse de cabeza en lo que salga por casualidad. Va a ser el mejor trabajo porque el mejor trabajo es el que se tiene y no el que uno se imagina, entre otras cosas porque siempre pensamos que somos mucho más de lo que creemos.
Tampoco conozco a nadie que haya hecho dinero a fuerza de buscarlo, como nadie encuentra un tesoro si no tiene el mapa y los mapas son todos truchos. El dinero es dinero y así como viene se va. Déjelo tranquilo que tiene su propia lógica y apenas sirve para algunas cosas poco importantes de la vida. Cuando tenga que llegar, llegará; y si se vuelve loco por conseguirlo solo va a conseguir volverse loco.
Pero lo mejor de la serendipity es que un buen día nos damos cuenta de que era mejor perder la plata, no enamorarnos de esa persona, estar despiertos cuando los demás duermen o disfrutar de unos días de vacaciones forzadas o de pobreza obligada. La serendipity es toda una actitud que le recomiendo para muchas cosas de la vida en las que terminamos metiendo la pata y que seguro saldrían mejor sin nuestra intervención.
12 de septiembre de 2017
10 de septiembre de 2017
Votar borrachos
A pesar de ser obligación, en la Argentina vota el 70% del padrón electoral. Quiere decir que aunque la ley establezca la obligatoriedad, de hecho no es obligación. Votar en la Argentina es más un derecho que un deber; un deber cívico sin consecuencias reales, ya que aunque las sanciones están previstas, nadie las aplica. Ni en Cuba ni el los Estados Unidos es obligación votar Unidos, pero los gringos votan un martes, laborable como cualquiera del año.
También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.
Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.
Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.
Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.
Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.
También puede ocurrir que los que no votan en la Argentina no voten por retobados: porque los obligan a votar. Habría que probar con el voto optativo para saber si sube o baja la cantidad de votantes. Sea lo que sea, la costumbre es una fuente del derecho, por eso las leyes se devalúan cuando la gente deja de cumplirlas sin consecuencias y eso es lo que pasa con la obligatoriedad del voto en la Argentina, sancionada por la llamada Ley Sáenz Peña en 1912, un poco después de la Edad Media.
Además del voto obligatorio, el Código Electoral establece la Ley Seca. Resulta que no se puede tomar alcohol "desde doce horas antes de iniciado el comicio hasta tres horas después de finalizado", dice la ley, pero está claro que el estado paternalista no quiere que nos emborrachemos justo cuando hay que elegir autoridades.
Es tenebroso que el Estado crea que todos somos unos borrachines en potencia, gente sin voluntad, y que por tanto es mejor evitar la venta de bebidas alcohólicas para evitar que nos emborrachemos y votemos cualquier cosa o nos desgobernemos y se nos dé por la batahola justo en el día de elecciones. Y si supone eso, también supone que los otros días del año podemos emborracharnos y armar grescas donde se nos ocurra: es decir que el problema no es la ebriedad, el desgobierno o las bataholas que afecten al resto de los ciudadanos sino sólo cuando afectan a las elecciones. Los que redactaron esa ley debían pensar que somos un pueblo de retardados mentales.
Está prohibido el expendio de bebidas alcohólicas y no su consumo. Es decir que puede tomar alcohol en su casa pero no en el bar o el restaurante, que además estará cerrado. La noche anterior a cualquier domingo de elecciones es un delito expender alcohol en bares y restaurantes en el país que declaró al vino su bebida nacional.
Los argentinos somos así: cuando nos obligan a votar se nos van las ganas de hacerlo y cuando nos prohíben el alcohol nos dan más ganas de tomarlo. Deberíamos probar a ver qué pasa si vamos a votar todos borrachos: quizá ese día elegimos a los que nos saquen de la decadencia.
11 de agosto de 2017
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