29 de abril de 2020

Dejemos trabajar a la historia

“Se podría aniquilar este coronavirus con una luz ultravioleta que metemos dentro del cuerpo, a través de la piel o de otra manera. También está el desinfectante, que noquea al virus en un minuto, podríamos inyectarlo como si fuera una limpieza general; y si se pudiera introducir en los pulmones, seguro que lo haría muy bien”, algo así dijo Donald Trump el viernes en su habitual briefing con la prensa en la Casa Blanca. Cuando los periodistas se le fueron al humo tuvo que aclarar que era un comentario sarcástico para jorobarlos.

Jajajajaajaja, que divertido, habrá escrito alguno en WhatsApp, pero lo cierto es que la compañía productora de Lysol (el desinfectante más popular en los Estados Unidos) tuvo que salir urgente a pedir a los usuarios que no se les ocurra tomarlo ni inyectárselo por ninguna vía.


Luc Montagnier es el descubridor del VIH, el virus del Sida. Le dieron el premio Nobel de Medicina en 2008 por abrir el camino a la cura de este durísimo flagelo. Bueno: el jueves 16, en el programa L’Heure des Pros del canal CNews de la televisión francesa, le preguntaron al profesor Montagnier unas cuantas cosas sobre el Covid 19. Y entre otras respondió que ve la cura del nuevo coronavirus en las ondas electromagnéticas. Montagnier no es ningún improvisado, pero también es de los antivacuna y de los que cree que el virus se escapó de un laboratorio chino.

Como estas dos, tengo una colección interminable de videitos con curas del Covid 19, todos grabados por médicos diplomados y con cara de sabios (lo que no entiendo es por qué se visten de médicos para grabar un video). Uno dice que esto se cura con inhalaciones de eucalipto. Un farmacéutico peruano asegura que solo hay que modificar el PH de la garganta haciendo gárgaras de sal cuatro veces al día durante siete días. Al principio de la cuarentena nos decían que ni se nos ocurra usar barbijos si no estábamos contagiados y te trabajaban la moral con que si comprabas uno se lo estabas sacando a un médico. Semanas después nos obligaron a todos a usar barbijos, pero les cambiaron el nombre para disimular. Hay un video que asegura que dos medidas de whisky al día te salvan del virus y te alegran la tardecita; parece lógico que si el alcohol deshace el virus de las manos también lo aniquile en la boca y faringe. Anteayer me aseguraron que la mayoría de los fumadores no se infectan; cosa rara porque los fumadores siempre tienen mayores complicaciones en cualquier enfermedad pulmonar, pero aproveché y me fumé un charuto.

Después están los amigos de la cloroquina –o hidroxicloroquina– , auspiciada por otro francés, medio hippie, que se llama Didier Raoult. La cloroquina es un derivado de la quinina, remedio habitual para paliar los efectos del paludismo. El problema de la cloroquina es que puede producir arritmias cardíacas, hipoglucemia y efectos neuropsiquiátricos como agitación, confusión, alucinaciones y paranoia. Además las sobredosis de cloroquina son altamente tóxicas, causan convulsiones, coma y paro cardíaco. Para colmo nadie está seguro todavía si sirven o no para el coronavirus.

Lo que está bien claro es que todavía no se sabe casi nada del coronavirus. Y si no sabemos nada, no improvisemos y hagamos caso a las autoridades sanitarias, que aunque sepan poco, son prudentes y no andan inventando tonterías.

Y ahora aplique la misma receta a la economía, también repleta de gurúes en todo el arco ideológico. Es tan inédita la situación en la historia de la humanidad que es inútil pensar la economía para el mundo poscoronavirus con estándares precoronavirus. Mejor dejemos trabajar a la historia.

22 de abril de 2020

Lo invisible y lo esencial

–Adiós –dijo el zorro–. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.
–Lo esencial es invisible para los ojos… repitió el principito para acordarse.
–Lo que hace más importante a tu rosa es el tiempo que has perdido con ella.
–Es el tiempo que he perdido en mi rosa... dijo el principito a fin de recordarlo.
–Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro– Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
–Soy responsable de mi rosa... repitió el principito a fin de recordarlo.

Así se despide el zorro del principito, según una traducción al castellano de Le petit prince de Antoine de Saint-Exupéry.

Desde el principio de esta pandemia –a la que ya estamos acostumbrándonos– nos dijeron que estamos peleando contra un enemigo invisible. Y me apuro a aclarar que este coronavirus de invisible no tiene nada: solo hay que conseguir un buen microscopio para verlo en toda su dimensión, y resulta que de tan visible que es conocemos de memoria su forma esférica adornada de cuernitos, que más que una corona parece una mina submarina destinada a explotar en los pulmones.


Tampoco tiene nada de esencial el virus, pero resulta que nos está haciendo ver lo esencial de nuestras vidas. Y ahora sabemos que ni siquiera hace falta la luz de los ojos para saber qué es lo esencial y también aprendimos que muchas veces hemos puesto lo accidental como esencial en nuestras vidas. El fútbol es accidental; los viajes, el juego y los deportes son apenas un pasatiempo; la educación es esencial pero las clases y los colegios son accidentales; el dinero es papel mojado; planchar la ropa, mirar el reloj, dormir de un tirón, barrer las hojas del jardín, pagar impuestos, competir, enojarnos, los celos, la envidia… y ocho millones de cosas más son accidentales.

La cuarentena nos está enseñando algo que el ser humano sabía hace miles de años pero lo teníamos un poco olvidado. A pesar de lo que diga Andrés Calamaro, no podemos vivir sin amor, sin verdad, sin belleza, sin bien… que ya decía Aristóteles que son atributos esenciales del ser, y del ser humano, claro. Pero también son esenciales –porque somos animales y queremos seguir vivos– la salud, la alimentación, dormir, respetar nuestra naturaleza y convivir con la creación… eat and meet se dice en inglés para que rime: comer y conocernos. Ya veremos que entre las consecuencias de la pandemia vendrá una generación baby boomer, como la que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

Acá estamos hoy, en pleno siglo XXI, enterándonos de que gastamos recursos desproporcionados en cosas inútiles. Todos nos sorprendimos al comparar lo que gana un jugador de fútbol que vemos un ratito en la tele con el sueldo de un médico o un enfermero que salvan vidas; lo que cuesta un respirador comparado con un viaje a Cancún; las cuentas de las deudas de los pobres comparadas con las sumas de las cajas de los avaros; la cobardía escandalosa de los egoístas contrapuesta a la heroicidad anónima de sus vecinos; el valor incalculable de cualquier vida humana; la injusticia colectiva con los viejos; la fortaleza inusitada de los niños; la necesidad urgente de cariño; la sorprendente ineficacia de la bronca; la hermandad soberana de todo lo creado; lo esencial y lo accidental de la religión…

Saint-Exupéry le explicaría todo en un segundo: lo esencial es invisible y lo que vale es lo que llevamos en el corazón.

Lagartija

Posadas, 22 de abril de 2020

14 de abril de 2020

El derecho a la esperanza


Las teorías conspirativas sirven a las mentes débiles para explicarse las cosas inexplicables. Para ellos siempre hay alguien que está planeando dominar el mundo, ganar muchísimo más, imponer una ideología o jorobar al resto de la humanidad porque sí nomás y de dañinos que son. Respeto a los que piensan estas cosas, pero insisto en la debilidad de sus argumentos. El retruque más fácil a los conspirativistas es comprobar que hay muchísimos hechos de la historia que no tienen explicación y que por eso mismo no hay ninguna necesidad de buscarla. Los grandes giros en el relato de la historia se los debemos a los cisnes negros, esos que nadie previó nunca, aunque con el diario del lunes algunos los expliquen como si toda la vida lo hubieran sabido y hasta ensayen explicaciones mentirosas del tipo “si me hubieran escuchado” o cosas por el estilo.

No los traigo a colación por su peso intelectual, sino porque advierto que estamos en plena efervescencia conspirativa que nos bombardea con mensajes tremendos. Son los mismos que anuncian todos los años el fin del mundo, descubren que la tierra es plana o sostienen que las vacunas envenenan. Estos tipos existieron en todas la eras de la humanidad y siempre pasaron sin pena ni gloria. Esperan que un día se cumpla lo que dicen para poder decir que ellos lo habían predicho. Creen que de tanto decirlo, alguna vez les tocará, aunque sea solo por una cuestión estadística. Pero no: la lotería no se gana por decir que se va a ganar; primero hay que comprar el billete y después tener una suerte de locos. Los que tenemos fe vemos estas catástrofes de otro modo. Esperanzado, por lo pronto. Sabemos que no hay mal que por bien no venga y que de grandes males Dios saca grandes bienes. De paso le cuento que sorprende la fe súbita de tantos agnósticos de hace solo dos meses. Pero es comprensible. La velocidad de la historia nos hace sentir el vértigo de Dios, como si viajáramos a toda velocidad en una Ferrari manejada por un chico de doce años.

Decía el Papa en Roma que estamos ganando un derecho fundamental que no nos será quitado: el derecho a la esperanza. Todos sabemos que la pandemia va a terminar –quiero decir que la humanidad terminará antes con el virus que el virus con la humanidad– y ese razonamiento parte de la experiencia, pero también de la esperanza. Lo curiosos es que creyentes y no creyentes esperamos mucho más de la humanidad y de su futuro en estos días complicados de nuestras vidas.

Dios escribe derecho aunque los renglones del cuaderno estén torcidos. El problema es que nosotros solo vemos los renglones con nuestros ojitos minúsculos y nos parece que Dios está distraído y hace macanas con la creación. Me decía hace unos días un amigo no muy creyente que si hay alguien creó todo esto, debe estar o arrepentido o atónito al ver lo que le salió. No me quedó otra que contestarle lo de los renglones torcidos: no podemos juzgar a Dios con categorías humanas.

Después de esta noche oscura de la pandemia, que tenemos la suerte –no sé si buena o mala– de presenciar como un hecho único de la historia, viene un mundo mucho mejor: es el resultado de comprobar todos juntos qué es lo que vale de verdad en nuestras vidas y que es una estupidez darle importancia a lo que no vale nada. Habrá algunas excepciones, propias de la libertad infinita del género humano, pero en general las catástrofes hacen aflorar lo mejor de todos, aunque sea por unos años, pero con eso nos alcanza y sobra a los que sobrevivamos.

4 de abril de 2020

La historia a gran velocidad


En 1949 se estrenó la película británica El tercer hombre, basada en una novela escrita para la película por Graham Greene, que también redactó el guion. Protagonizada por Joseph Cotten y el gran Orson Welles –ya le voy diciendo que actúa poco– y dirigida por Carol Reed. La historia transcurre en la Viena de posguerra, ocupada por los cuatro aliados vencedores (Austria estuvo ocupada hasta 1955 y Berlín hasta 1989). Un norteamericano, escritor de novelas baratas y bastante puado, busca en Viena a su amigo de la infancia que le ha ofrecido un buen trabajo; pero en cuanto llega se entera de que ha muerto atropellado por un camión y la trama se va oscureciendo hasta volverse bastante negra (es cine negro, al fin y al cabo). Lo que descubre Holly Martins (Joseph Cotten) es que el negocio de su amigo Harry Lime (Orson Welles) es criminal: vende a buen precio penicilina adulterada a hospitales de niños.

Tengo que revelarle una parte esencial de la trama: el accidente de Harry fue un invento para desaparecer. Termina reuniéndose con Holly, que para colmo y de tanto buscar a Harry, termina enamorado de su novia. En ese encuentro, cuando Holly le reprocha sus crímenes, Harry le describe un gran misterio de la historia de la humanidad: en Italia, en 30 años de dominación de los Borgia no hubo más que terror, guerras y matanzas, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron 500 años de amor, democracia y paz y ¿cuál fue el resultado? El reloj cucú.

Me acuerdo seguido de esa escena de El tercer hombre en estos días de cuarentena obligada. Hay una fuerza de ocupación –no sé si es el virus o la policía– que nos tienen encerrados en nuestras casas. No tenemos ni la menor idea de cómo terminará todo esto, porque el dilema está en la elección entre el aislamiento improductivo que nos lleva a la quiebra o producir y contagiarnos de la peste que nos puede liquidar. Dicen los que deciden que hay que asilarse en las casas todo el tiempo que sea necesario, porque primero tenemos que vivir y después ver cómo vivimos. Y responden los que dicen que hay que cortar la cuarentena, que por evitar la peste nos vamos a morir todos de hambre. Al final hay que coincidir con el Papa y rezarle al buen Dios para que nos saque de esta cuanto antes.

Lo que Graham Greene pone en boca de Harry Lime en El tercer hombre no es un panegírico de los horrores de los Borgia, sino una realidad que se cumple cada vez que algún acontecimiento de la historia exprime el talento dormido del género humano. En esos momentos el tiempo se acelera, empezamos a pensar a gran velocidad, y con el humo que sale de nuestras cabezas la humanidad avanza a toda velocidad.

Lo decía en estos días Yuval Noah Harari, el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, autor de Homo Deus: breve historia del mañana y de otros títulos por el estilo. Harari es, hoy por hoy, el disertante más caro del mundo, pero igual le dejo gratis este párrafo, que no es ninguna novedad para los que ya vimos El tercer hombre: Muchas medidas de emergencia a corto plazo se convertirán en un elemento vital porque esa es la naturaleza de las emergencias. Los procesos históricos avanzan rápidamente. Las decisiones que en tiempos normales podrían llevar años de deliberación se aprueban en cuestión de horas. Se comienzan a usar tecnologías inmaduras e incluso peligrosas, porque los riesgos de no hacer nada son mayores. Países enteros sirven como conejillos de indias en experimentos sociales a gran escala. ¿Qué sucede cuando todos trabajan desde casa y se comunican solo a distancia? ¿Qué sucede cuando escuelas y universidades enteras funcionan online? En tiempos normales, los gobiernos, las empresas y las juntas educativas nunca aceptarían realizar tales experimentos. Pero estos no son tiempos normales.

Hay algo muy positivo en estos dilemas de la humanidad. Ya sabemos que nada va a ser igual y también que todo va a ser mucho mejor, pero es un razonamiento más basado en lo mal que estamos que en la lógica. También sabemos que los grandes líderes nacen en crisis como esta. Y quién le dice que no vendrá una época gloriosa, un Renacimiento como aquel del siglo XVI…

24 de marzo de 2020

El virus y la verdad


Dicen los que han estado en el frente de batalla de alguna de las guerras del siglo XX, que la mayor parte del tiempo se gasta en esperar. Las guerras son amansadoras en las que los contendientes se miden, se engañan, mandan globos de ensayo, reciben informes, descifran mensajes, dibujan mapas, prueban nuevos planes, desisten, simulan uno nuevo, especulan, dan la orden, la contraorden, vuelven a cero… hasta que al final atacan o son atacados, pero eso ocupa solo el tiempo, relativamente corto, que dura cada batalla. Después vuelta a empezar con la espera, la ansiedad y la incertidumbre.

Ya se sabe que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad. Y también durante la peste que nos sorprendió en pleno 2020, es la verdad la que pierde en la retaguardia obligada que se llama en todo el mundo aislamiento social.

Mientras miramos lo que pasa en Europa y en otros países de nuestro continente, nos dicen que la batalla más cruenta está por llegar. Nadie sabe cuánto va a durar ni la cantidad de víctimas que tendrá. Tampoco tenemos ni idea todavía de las consecuencias que seguirán a la pandemia, pero mientras, nos damos ánimo con consignas también de retaguardia, parecidas a las de todas las guerras de la historia.

Dicen que los rumores de retaguardia son tan dañinos como la misma batalla, porque pueden causar tantas o más víctimas que las balas o las bombas. A veces los inyecta el enemigo y los propagan los inocentes, otras veces son los ignorantes y los ansiosos quienes los inventan y difunden. Lo mismo ocurre en plena pandemia del coronavirus. Resulta que los que no estamos en la trinchera nos podemos convertir en usinas creadoras, propagadoras o consumidoras de información de bajísima calidad. Y si esto era grave en las guerras del siglo pasado, imagínese ahora, cuando todos tenemos la posibilidad de lanzar al aire, como si fueran ciertos, los disparates más tremendos y también tenemos la capacidad de recibirlos sin ningún filtro. Por eso en las guerras hay censura, aunque suene horrible a nuestros democráticos oídos del siglo XXI.

A todos nos están llegando una inmensa cantidad de mensajes de todo tipo, a través de las redes sociales, del correo electrónico o de grupos de WhatsApp. Confieso que la gran mayoría son mensajes de ánimo, de solidaridad y hasta de entretenimiento en estos días de cuarentena cada vez más aburridos. Destaco los que apelan a la fe y a la oración y entre ellos uno de un gran periodista del Paraguay con quien tuve el privilegio de trabajar: Los líderes mundiales no saben qué hacer. La ciencia hasta ahora especula sobre la solución. La medicina solo recomienda no salir de la casa. Así las cosas, dejemos al creyente creer que Dios tiene poder para frenar al virus que da miedo al mundo ¡La fe es personal!

Después están los mensajes en modo retaguardia tonta. En lugar de informarse por fuentes confiables, consumen y reproducen videítos, consejos, datos y noticias falsas o dudosas, que desorientan o contradicen las indicaciones de las autoridades. Hay de todo, desde inhalaciones con vapor de eucalipto a ponerse barbijo para ir al baño.

Es el momento de hacerle caso únicamente a la autoridad sanitaria que está velando por nuestra salud. Para eso nos da indicaciones muy precisas, que estamos obligados a cumplir y que nos llegan a través de periodistas y medios confiables. Le aseguro que son tan profesionales y abnegados como los médicos y enfermeros que aplaudimos. Así que quédese en su casa, sea prudente y responsable y nútrase de la información en medios que nunca engañan.

15 de marzo de 2020

El fin de los besitos


La idea me da vueltas en la cabeza desde que la leí en un diario de Buenos Aires en la segunda semana de marzo de 2020. Quien lo dejó escrito se lo atribuye a Fernando Henrique Cardoso, pero lo mismo pudo haber dicho Winston Churchill, Madame Curie o Sun Tzu: “cuando esperamos lo inevitable, aparece lo inesperado”. Dicho de otro modo: nadie puede anticipar los grandes cambios de la historia, ni siquiera esos cambios que creemos que ocurrirán sin remedio, porque nadie puede anticipar lo inesperado.

Alguien, algún día, tratará de interpretar cómo influyó el Covid-19 en la historia del primer cuarto del siglo XXI. No sabemos nada y sería inútil aventurar consecuencias de algo que todavía no pasó. Dicen que empieza a amainar en China y que el epicentro está ahora en Europa, pero hay que creerle a los opacos sistemas de información chinos más que a los todavía bastante transparentes de Europa occidental.

Me inclino a pensar que este coronavirus no pasará de ser el causante de la gripe de este invierno y también pienso que estamos ante un caso de psicosis colectiva descomunal, que también habrá que estudiar y que puede provocar consecuencias tan planetarias como promete el mismísimo virus. Está claro que es mejor prevenir que curar, sobre todo cuando curar puede volverse imposible en el hipotético caso de que esta gripe se propague a una velocidad incontrolable. Por eso –y por las dudas– es imperioso que hagamos todo lo que manda la autoridad sanitaria y que no improvisemos por nuestra cuenta. Ante cualquier epidemia o pandemia, la salud de cada uno es parte esencial de la salud de todos.

Aquí es cuando se me ocurren unos cuantos razonamientos políticamente incorrectos, como que vivimos preocupados por la superpoblación del planeta, pero cuando el género humano se autorregula, decidimos evitarlo a como dé lugar… Paradojas de la historia.

Se lo digo ahora para que lo guarde recortado adentro de un libro hasta que pase el invierno: solo se irán los que se iban a ir de todos modos. Y como no sabemos quiénes son (o quiénes somos), mejor estar preparados, como siempre: dejar las cuentas claras, arreglar los asuntos pendientes y amigarse con Dios Nuestro Señor si se lo pide la fe.

Pero volvamos a la idea del primer párrafo: la de lo inesperado que termina cambiando el rumbo de lo inevitable, como en una novela de Stieg Larson, que nos convence del protagonismo de un personaje hasta que de repente lo mata en un accidente doméstico bastante tonto.

Dado que nos salvaremos casi todos o que se irán los que de todos modos se iban a ir, espero que esta gripe mundial provoque algo bueno y que nos contagie a todos, aunque sea de la solidaridad sin fronteras que se percibe en estos días. Pero es mucho más que eso lo que se puede esperar del coronavirus que se presentó de sin avisar primero en China y ahora nos tiene a todos en vilo.

Los países se transforman como nunca ante grandes tragedias. El mundo entero se dio vuelta como una media después de la Segunda Guerra Mundial. México cambió radicalmente después del gran terremoto de 1985. Europa no fue la misma después de la peste negra del siglo XIV. Buenos Aires rearmó su geografía con la fiebre amarilla de 1871.

Es imposible saber hoy qué consecuencias tendrán la pandemia y la psicosis mundial en la economía, en la política y en la historia argentina. Mientras las esperamos, sería genial que una de ellas sea el final de los besitos infantiles entre hombres maduros, un virus de la década menemista que es marca registrada de nuestra adolescencia colectiva.

4 de marzo de 2020

No se metan con la milanesa


¡Queremos cuerpo cierto! rogaba con vehemencia un viejo profesor andaluz cuando en los cócteles un mozo le ofrecía lo que él llamaba huevos con pomada. Cansado de menjunjes indescifrables, pedía con cierta gracia algo que se sepa qué es: una pata de pollo, una aceituna, un langostino… aunque sea un tomate, pero que por lo menos tenga nombre y apellido.

Me acordaba de los huevos con pomada cuando hace unos días me ofrecieron una milanesa de soja: un fraude solo superado por la empanada de pollo. No digo que sean ricas ni feas, digo que son una estafa ¿o no es una estafa morder una empanada, con forma de empanada, repulgue de empanada, olor de empanada calentita y que en lugar de la mezcla exacta de carne vacuna, cebolla, aceitunas, huevo, comino… mordés un cacho de pollo triturado? Empanadas son las de carne, las demás son pastelitos, decía un santiagueño amigo mío, que además era colega del diario El Liberal.

Banco a muerte a los vegetarianos, aunque asesinen plantas para comérselas. Y a los veganos, que descuartizan vegetales pero no toman leche para no robarle alimento a los terneros. Y también a los que no comen nada que tenga huevo para no abusar criminalmente de las pobres gallinas. A este ritmo llegaremos a cocinar guiso de basalto y tortilla de adoquín, hasta que alguien se dé cuenta de que hay microorganismos entre la mica y el feldespato y nos acuse de masacrar bacterias.

Digo que banco a muerte a vegetarianos y veganos, pero no entiendo su manía de intentar que sus alimentos se parezca a la carne. Si quieren ser veganos, sean veganos. Coman vegetales que parezcan lo que son. Aliméntense con hinojos y berenjenas, pero no los disfracen de bife de chorizo. Cuando lo hacen, están diciéndonos que eso de ser vegano es una pavada atómica: que lo rico de verdad es el salame y la morcilla y no los sucedáneos que necesitan para abastecerse de proteínas. Déjense de hinchar y acepten su condición elegida libremente o vuelvan al redil de los felices.

Disfrazan de milanesa un alcaucil y te quieren convencer de que no te vas a dar ni cuenta… no saben que las milanesas de verdad tienen la forma de los países del mapamundi (el otro día me comí a Canadá) y las de soja, en cambio, son todas igualitas. Pero lo malo no es la forma sino el gusto, porque si no sabía lo de los países (un secreto que acabo de divulgar) solo al morderla se dará cuenta de la estafa descomunal que significa engullir una milanesa vegetal.

Llámenla como quieran pero no se metan con la milanesa. Y no solo con la milanesa: trituran maní con almendras para que parezca molleja y te dejan sin los ingredientes elementales de la picada; falsifican el pastel de papas con lentejas y zanahorias y el chorizo campero con arroz y pan rallado… Haga la prueba: googlee cualquier plato de carne con el adjetivo vegano y va a ver que hay 800 recetas para cada uno; todos son oximorones imposibles: albóndigas verdes; hamburguesas de achicoria; pollo de zanahoria; empanada de verduras; champiñones con espuma tibia de lomo mentiroso…

Déjennos vivir tranquilos a los que pensamos que no hay nada como un vacío a la parrilla; los que cuando vamos a un restaurante pedimos un bife encebollado; los que nos deleitamos con un choripán cada vez que podemos; los que gracias al cielo caímos en una religión que no nos prohibe ningún animal, vegetal o mineral, sin importar que tengan pezuñas enteras o partidas o que anden descalzos. Son comestibles todos los que caminan por la tierra, los que nadan por el agua y los que vuelan por el aire…

Lo que no se entiende es la vergüenza de algunos veganos por asumir su condición sin complejos. Nadie les impide que sean veganos, pero por favor no joroben con la milanesa.