25 de abril de 2021

La gestión del disenso


Iñaki Gabilondo debe ser el periodista más conocido de España. Tiene 78 años y más de 50 de ejercicio de la profesión, sobre todo en radio. Muchos no conocen su aspecto pero todos los españoles reconocen su voz grave, vasca y profunda. En una entrevista, publicada hace unos días en el diario El País de Madrid, sorprendió diciendo que está empachado de la actualidad, que para hacer periodismo hay que tener fe, que él la está perdiendo y que por tanto renuncia a seguir comentando la realidad cotidiana. Le paso, textual, las razones que han hecho que Gabilondo se retire de actualidad:

"La política es la gestión del disenso, y el consenso es el punto final de un recorrido al que se llega o no, pero que se alcanza en algunas cosas donde establecemos lo que llamamos sentido común, el territorio compartido. Yo estaba perdiendo la fe al ver la imposibilidad de alcanzar puntos comunes en algo. Y empiezas a sentir una gran incomodidad personal al tener que salir todos los días a la palestra con un escepticismo excesivo. (...) He creído siempre que lo que hacía era algo no muy importante, pero que tenía alguna utilidad. Ahora, con las posiciones tan ultradeterminadas, defendidas de una forma teológica, como en las guerras de religión, acabas con la sensación de que lo que estás haciendo es inútil."

Por desgracia nos pasa seguido a los periodistas que tenemos que sumergirnos en la actualidad como en una cloaca. Y los que no salen asqueados es porque se sienten en la cloaca como en su casa (ya me entiende) o quizá se volvieron cínicos... pero los cínicos no sirven para este oficio, como dijo Ryszard Kapuściński, otro gran periodista, pero esta vez polaco.

Le oí decir una vez a Gabilondo que si llegaran los marcianos, al volver a su planeta nos como una especie que nace, se reproduce y pelea. Y es tal cual, porque desde Caín y Abel los humanos no paramos de pelearnos entre nosotros... y perdone que traiga a los hijos de Adán y Eva: lo hago porque hay una explicación judeocristiana de esa maldición.

La historia de la humanidad es la historia de sus luchas y también de los ensayos denodados –casi siempre estériles– de convivir pacíficamente. Así nacieron las leyes, la democracia, el sistema republicano, la división de poderes, el federalismo, las Naciones Unidas, la Unión Europea... todos intentos de vivir en paz los que pensamos distinto, ya que está claro que eso no va a dejar de pasar. Es que sabemos que donde hay dos personas habrá dos posiciones diferentes; y cuando hay cuatro, las ideas serán dos contra dos y dentro de cada pareja también uno contra uno; y así podemos multiplicar y multiplicar con el mismo resultado hasta llegar a los 7.700 millones de personas que piensan distinto y habitan hoy el planeta que tienen perplejos a los marcianos.

El diario –los medios en general– están repletos de esas diferencias y también de la violencia empleada para terminarlas por la vía contundente. En ese sentido, el periodismo no hace más que mostrar la realidad, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo; al contrario: nada ha contribuido más a la paz que informar sobre las batallas de la humanidad, por eso quienes lucran con las guerras lo primero que hacen es censurar al periodismo para que nadie se entere de los horrores que producen.

La humanidad debe aprender a convivir en paz o estará perdida. Decía que estamos en eso desde Caín y Abel, pero ha habido momentos de grandes progresos y otros de notables retrocesos y todo pareciera indicar que nos está tocando uno para abajo. Es cierto que la división es una forma de construir poder; pero mucho mejor, más sensato y productivo, es hacerlo desde la unión porque en toda pelea aunque parece que gana uno, pierden los dos. Desde los dos lados de la grieta tenemos que salir de esas posiciones ultradeterminadas que le preocupan a Gabilondo. Para eso tenemos que reconocer fortalezas en el pensamiento ajeno y ceder un poco en el propio.

18 de abril de 2021

El inestimable valor de la vida


Dos amigos, uno de 19 y otro de 20 años, protagonizaron esta semana un hecho que tuvo conmovida a la ciudad de Posadas. Todo el mundo conoce lo que pasó, por lo que no vale la pena abundar en detalles, ni suponer emociones, ni aventurar móviles. Basta con decir que se trató de una violenta agresión de uno al otro, al parecer con toda la intención de matarlo, figura penal que hoy enmarca la causa abierta a raíz del hecho. 

Tampoco pretendo juzgar a los protagonistas: no es esa, ni de lejos, la misión del periodismo. Solo quiero llamar la atención sobre una realidad de nuestra cultura colectiva que sale a la luz en hechos como este: el escaso apego a la vida. Quiero decir que ante muchos acontecimientos como el de esta semana, y en todos los niveles de nuestra sociedad, aparece la vida como una moneda barata que se puede cambiar por unas emociones o que se puede perder sin demasiadas consecuencias.

La vida es un bien superior, esencial para todo lo demás. Solo debemos poner por encima de ella el llamado de la Patria para defender nuestra independencia, pero nada más. Sin vida no hay amor, ni sueños, ni trabajo, ni futuro, ni felicidad... por lo menos en este mundo. Y para los que tenemos fe, la vida es el don esencial de Dios, sobre el que los hombres no tenemos ningún derecho. Además, sin vida no hay posibilidad alguna de merecer el premio de la Vida que empieza con la muerte.

Pero también sorprende la falta de aprecio a las consecuencias del delito, como si no bastara con la educación elemental o con lo que enseñan los medios de comunicación, que quizá –ahora que lo pienso– puede que sea insuficiente o equivocada. No se entiende que una persona cometa un homicidio para disfrutar no se sabe de qué beneficios de ese crimen. Quizá sea solo la venganza no importa a qué precio... pero de qué venganza me hablan si el disfrute es arruinarse para siempre la propia vida y posiblemente la de toda la familia. Sin embargo, diera la impresión de que, para quienes cometen esos delitos, quitar la vida tendría las mismas consecuencias que tomarse un vaso de agua. Sí que las tiene y son tan terribles que ya no se vuelve de ese lugar, no solo psicológicamente sino también en las consecuencias tremendas, que todavía no son nada comparadas con la falta de libertad que la justicia tiene preparada para los que los cometen.

Es probable que la generación del que esto escribe haya fallado en transmitir a sus hijos o a sus nietos el valor inestimable de la vida. O puede que ese mismo valor intangible sea difícil de entender en la generación acostumbrada a la virtualidad de las pantallas. Más escalofríos causa pensar en los femicidios o en cualquier delito relacionado con las diferencias entre los sexos. Nadie, ni siquiera el estado, tiene derecho a castigar a nadie, por ningún motivo... ¿pero alguien piensa que el amor puede convertirse en odio hasta el grado de acabar con la vida de la persona amada? ¿puede ser que una persona, por más adolescente que sea, piense que puede arrebatarle a otra su novia terminando con su vida? ¿para qué?

Es tan desproporcionada la diferencia entre el mal causado comparado con cualquier vida humana, que hay que concluir que estamos haciendo algo mal colectivamente, como sociedad. Es preciso cambiar antes de que terminemos matándonos unos a otros por naderías. Y no se crea que estamos tan lejos...

11 de abril de 2021

La información como remedio

Es imposible saber con precisión cuánta gente se llevó la Peste Negra del siglo XIV: en esas épocas nadie contaba ni a los vivos ni a los muertos y mucho menos se les ocurría proyectar curvas de infectados y compararlas para ver a quién le iba mejor y a quién peor... Dicen los historiadores que fueron entre 75 y 200 millones: pongamos, redondeando para abajo, que entre los años 1345 y 1355 murió la mitad de los habitantes de Europa por la Peste Negra.

En 1918, otros o los mismos historiadores, calculan que fueron 50 millones los muertos en todo el mundo por la mal llamada Gripe Española. Ya se sabe que la gripe había llegado a Europa llevada por soldados norteamericanos que viajaron a finiquitar la Primera Guerra Mundial. Esos soldados causaron más muertes por la peste que por las armas y fue la censura la que confundió los muertos de la guerra con los del virus y también la que le dio el adjetivo de española, porque por no estar España en la guerra, nadie censuraba a sus periódicos, que sí informaban sobre la gripe, así que la humanidad entendió que esa peste era cosa de España y de los españoles.

La buena noticia es que en 100 años hemos avanzado lo suficiente como para que una gripe de la misma naturaleza haya causado hasta ayer casi tres millones de muertes en todo el mundo: el 0,04 % de sus habitantes totales. Parecen muchísimas para nuestra sensibilidad, pero tenga en cuenta que en 1918 la población del mundo era de 1.825 millones, así que los muertos fueron el 2,7 % de la población mundial.

Si no cuento mal, la humanidad ya ha conseguido fabricar unas doce vacunas contra el virus del covid, de las que se están administrando nueve o diez. En unos meses habrá de todas las marcas y nacionalidades, se podrán comprar como genioles y nos las pondrán todos los años como pasa hoy con los planes de vacunación contra la gripe o la neumonía (haga el favor de ponérselas en cuanto lleguen). Todo bien con las vacunas, pero del mismo modo que lo que disparó la Gripe Española fue la desinformación, hasta ahora lo que paró los efectos del coronavirus fue la información.

Siempre es así y cada año que pasa estamos mejor gracias a que sabemos más, a pesar de lo que digan los hermeneutas del fin del mundo. Cada nueva pandemia será más fácil de combatir si nos dejan informar a la gente lo que tiene que hacer, desde no darse la mano hasta donde hay que ir a vacunarse. Fíjese lo que Giovanni Boccaccio –algo así como un periodista de aquella época– escribía en 1348: “Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que la tocaba”. Lástima que en aquella época muy pocos sabían leer...
Viendo televisión, oyendo la radio, leyendo el diario, buscando información en las redes sociales o en internet... aprendimos todo lo que hay que hacer para no contagiarse. Todavía en todo el mundo los gobernantes y las autoridades sanitarias llaman a conferencias de prensa para dar noticias y recomendaciones a sus ciudadanos. Señal clarísima de la necesidad del periodismo que con su sello certifica la verdad en un mundo cada vez más embarrado por la mentira.

Antes de que lleguen las vacunas, solo con información conseguimos reducir la mortandad en unos 200 millones de personas. La información es un derecho y por eso también es un deber, pero también un buen remedio.

4 de abril de 2021

La única elección que importa

El 6 de agosto de 1890, a los 44 años, Carlos Pellegrini sucedió en la presidencia de la República a Miguel Juárez Celman, después de su renuncia tras la Revolución del Parque. Mientras el presidente se escapaba a su estancia cerca de Arrecifes, Pellegrini, al mando de las tropas y a caballo, sofocó la Revolución que tuvo por epicentro el Parque de Artillería, en las manzanas que hoy son plazas desde la avenida Córdoba a la calle Lavalle entre Libertad y Talcahuano, de Buenos Aires.

Al renunciar Juárez Celman, Pellegrini asumió la presidencia de la Nación hasta el fin de su mandato. Pellegrini había sido el vicepresidente de la desastrosa gestión de Juárez Celman: el peso perdió valor frente al oro, la bolsa se fue al tacho, quebraron muchas empresas y aumentó una barbaridad el costo de la vida. En dos años y tres meses, Pellegrini arregló el país y entregó el poder a Luis Sáenz Peña el 12 de octubre de 1892. 
  

Los revolucionarios que se llevaron puesto a Juárez Celman hoy son ciudades y avenidas de todo el país: Leandro N. Alem, Bartolomé Mitre, Aristóbulo del Valle, Bernardo de Irigoyen... Y Carlos Pellegrini compite en monumentos con ellos y con Sarmiento o Roca, mientras que solo una estación perdida en el norte de la provincia de Córdoba se llama Juárez Celman, así, sin nombre de pila, quizá para provocar la confusión con su hermano mayor, Marcos, que fue gobernador de Córdoba y le dio su nombre –ahora sin Celman, para que tampoco lo confundan– a una linda y pujante ciudad en el sur de su provincia.

Pellegrini redujo el gasto, bajó la inflación, pagó las deudas… hizo el ajuste. Pero lo que quiero resaltar no es nada de eso sino los dos años, tres meses y seis días que duró su gobierno y que le sobraron para arreglar el desbarajuste. No le interesaba ningún otro resultado que el bien de la Patria... o quizá su propia autoestima. Tomó las medidas que había que tomar, sin vueltas ni lloriqueos. Pidió plata a propios y extraños, canceló deudas y no le mezquinó el culo a la jeringa. Pero hay una condición que quizá no tengamos en cuenta cuando ponemos a Carlos Pellegrini entre nuestros grandes presidentes: no lo condicionó nunca su reelección porque en aquellos años había un solo período de seis años sin ninguna posibilidad de reelección inmediata.

La presidencia de Carlos Pellegrini enseña que hay que trabajar duro para cumplir las metas, pero sobre todo que no hay que preocuparse por las elecciones que vienen, porque las únicas que realmente importan son las que te eligieron y te dieron mandato para hacer lo que prometiste. No importan las encuestas, los consejos de los consultores ni la retórica de la oposición.

Nunca hay que dejar para un hipotético segundo periodo el cumplimiento del mandato del pueblo. Una, porque no se sabe si llegará. Y dos, porque para que llegue, siempre lo mejor es hacer de tripas corazón y abocarse a lo que hay que hacer. No alcanza con instalarse en la Casa Rosada para que ocurra por arte de magia todo lo se prometió. Las cosas no funcionan así: hay que empujarlas con constancia y mucha fuerza para que ocurran.

Pellegrini nos enseña hoy que los presidentes tienen que inmolarse sin pensar en su reelección. Lo paradójico es que esa es le mejor manera de ser reelegido.

28 de marzo de 2021

Día de la Memoria


El 24 de marzo de 1976 un golpe militar derrocó al gobierno de Isabel Martínez de Perón. Los que recordamos aquellos años, sabemos que fue el golpe más anunciado de los que conocimos. Algunos sabían hasta el día y la hora.

Todo golpe que altera el orden constitucional es ilegal e injustificable. Lo digo por las dudas, porque en la Argentina hubo por lo menos un par que no lo alteraron: el de 1890 y el de 2001. Pero el golpe de 1975, además de ser ilegal, redobló la violencia del estado que ya traía el gobierno democrático en contra de la subversión. Sería largo y es estéril discutir sobre la calidad de esa violencia o sobre el número de los muertos y desaparecidos, que están muy claros para los que cuentan de verdad. Digo esto porque el redondeo malbarata su sacrificio y también la culpabilidad de los que mataron.

Hay otra discusión pendiente en nuestra historia que es la del partido militar, que fue refugio de la derecha durante decenios y también su modo de alternarse en el poder. Para llegar al gobierno usaron un método ilegal e ilegítimo, que también los anestesió políticamente. Deberían haberlo intentado desde un partido o en las filas de los que ya existían. Supongo que fue la ambición la que los llevó a aliarse con quienes tomaban el poder por la fuerza y necesitaban de un staff civil para gobernar. También hay que suponer que por fin eso parece estar solucionado, que ya no habrá golpes y que la alternancia en el poder será siempre democrática. Ahora falta que sea republicana: que unos y otros, al llegar al poder, respeten en pensamiento de quienes resulten minoría...

Hace tiempo que desde esta columna insisto en que es preciso que los argentinos dejemos de pelear. Por eso me preocupa que el recuerdo del golpe de 1976 se haya convertido en la reivindicación de la lucha de unos sobre los otros. Así como vamos, con el correr de los años, cada nuevo gobierno aprovechará el feriado de la memoria para recordar solo lo que les conviene. El 24 de marzo no debería ser una excusa más para pelear sino para reconciliarnos los argentinos, y también para recordar que la violencia nunca es el camino.

Pedir castigo a los culpables no arregla nada, entre otras cosas porque ya están casi todos muertos, pero además porque lo prohíbe la Constitución Nacional en su artículo 18, cuando dice que las cárceles son para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas. Nadie en la Argentina está autorizado a castigar a otro, por más culpable que sea de los delitos más horrendos. Castigar es torturar, cebarse en el daño a los enemigos. La Constitución solo nos autoriza a encerrarlos si son peligrosos, pero nunca maltratar a nadie. Y tampoco permite la venganza.

Se me ocurre que el 24 de marzo ya no debería ser el día de la memoria sino el de la reconciliación de los argentinos. Un día para ir a la casa de alguien con quien nos hemos peleado y pedirle perdón. Un día para hacerle un lindo regalo a aquellos con quienes estuvimos un poco más pesados. Un día para tomar unas copas, pero no con los amigos sino con los enemigos. Un día para aprender de los que piensan distinto, que es la verdadera forma de aprender, porque de los que piensan igual solo recibiremos lisonjas. Un día, en fin, para reconocer nuestras faltas y perdonar las ajenas... Sé que requiere una humildad que quizá no tengamos, pero es imprescindible que los argentinos nos reconciliemos y para eso todos tenemos que ceder.

Para convivir sin pelearnos hay dos caminos: la humanidad ha intentado muchas veces el método de matar a los que piensan distinto, pero por ahí nos fue siempre como la mona. Ahora toca probar con el amor a los enemigos. Le aseguro que nos va a ir mucho mejor.

21 de marzo de 2021

Notre Dame de las Misiones

Usted habrá oído hablar de la catedral de Notre Dame: sin dudas la iglesia gótica más conocida de Europa. Está situada en el corazón mismo de París, en la isla de la Cité, la antigua Lutecia de los romanos. Su primera piedra ya cumplió 858 años, es decir que cuando Colón descubrió América tenía 329 y cuando Roque González andaba por estos pagos llevaba en pie más años de los que van desde las misiones a nuestros días. Para que se dé una idea de las dimensiones de Norte Dame, basta con recordar que en sus cinco naves cabían unas 9.000 personas en 1182, cuando ya prestaba servicios. Además, y como ocurre en muchas de estas antiguas catedrales europeas, se construyó sobre la anterior catedral románica, que antes fue basílica merovingia, antes templo romano dedicado a Júpiter y todavía antes lugar de ceremonias celtas... 


El 15 de abril de 2019 un incendio se llevó casi entero el techo de Notre Dame. El mundo se paró consternado para ver por televisión cómo se perdía un patrimonio de siglos y dio tiempo para ver en directo la caída de la aguja central –los franceses la llaman flèche– que coronaba el crucero de sus naves y que era un emblema de la antigua catedral desde la restauración de Viollet-le-Duc en el siglo XIX. El techo exterior de pizarra de la catedral se sostenía sobre un entramado de vigas de roble, que se apoyaban en los muros laterales, sostenidos a su vez por los arbotantes. Entre el techo interior y el exterior había un verdadero bosque de vigas de roble. Allí se originó el incendio, que todavía nadie sabe cómo fue.

Como muchas otras catedrales y monumentos de Europa, la de Notre Dame de París pasó por cantidad de reconstrucciones. Baste con recordar que sobrevivió a la Guerra de los Cien años en los siglos XIV y XV; Luis XIV la quiso más barroca que gótica; la Revolución Francesa la confiscó para depósito de alimentos y Napoleón Bonaparte la devolvió a la Iglesia y la decoró estilo imperio para su coronación el 2 de diciembre de 1804. A pesar de su historia, a nadie se le ocurrió la peregrina idea de dejar sin mantenimiento la catedral de Notre Dame, como a nadie se le ocurre dejarla sin techo después del incendio de 2019.

Muy rápido la comuna y el arzobispado de París se pusieron de acuerdo para reconstruir Notre Dame y hasta consiguieron los millones que hacen falta. Unos quieren volver a tener una iglesia emblemática de la cristiandad y otros pretenden recuperar el patrimonio que hace grande a París y la llena de turistas siempre que no haya pandemias. Por eso lanzaron un concurso de proyectos para su reconstrucción, que no debía consistir en volver al esplendor del siglo XIV sino instalarla en el XXI. Se presentaron más de 200 proyectos de 56 países y quienes ganaron fueron dos jovencísimos arquitectos chinos, ella y él, llamados Li Sibei y Cai Zeyu. 


Li y Cai basaron su proyecto en los latidos del corazón de París. El nuevo techo en forma de cruz latina será espejado y la nueva flèche proyectará al interior de la catedral las imágenes actuales de la ciudad, reflejadas en espejos como en un caleidoscopio. Además, encima de la flèche, y levitando con efectos magnéticos, se colocará una cápsula del tiempo que latirá como el corazón de París. La cápsula se abrirá cada 50 años para obtener sus registros de la historia de ese tiempo.

Podemos insistir con la idea de conservar las ruinas de las doce antiguas misiones jesuíticas, que cuanto más arruinadas, más ruinas son. O podemos reconstruir por lo menos una, para que se vea en todo su antiguo esplendor, pero con técnicas, materiales y conceptos modernos. Esa sería una reconstrucción cabal, que puede atraer millones de turistas a admirar la arquitectura de las antiguas misiones y también de la actual. Y a la vez, se conservaría –en serio y no a merced de las inclemencias del tiempo– nuestro incalculable patrimonio histórico.

Hasta ahora, y a la vista del estado de nuestras antiguas reducciones, si fueran misioneros los que decidieran sobre el futuro de la catedral de París, la habrían dejado sin techo...

14 de marzo de 2021

Reconstruir las misiones


Vuelvo a la carga con el tema de las misiones. Me refiero a los restos de las antiguas reducciones, que en algunos casos son escombros lisos y llanos y en otros son ruinas más o menos conservadas. Durante muchísimos años ocupamos el concepto de ruinas para referirnos a las antiguas reducciones, pero felizmente dejamos de usarlo y se lo sacó de casi toda la cartelería vial y también de los textos de los centros de interpretación. Escribía hace años, en este mismo espacio, que la provincia se llama Misiones y no Ruinas, y que por tanto había que rescatar el concepto de las misiones para referirnos a las antiguas reducciones jesuíticas que hoy jalonan el sur de la provincia.

Muy distinta suerte corrieron, después de la expulsión de los jesuitas en 1767 por orden de Carlos III, cada uno de los antiguos doce pueblos situados hoy en la provincia de Misiones. La mayoría fueron abandonados cuando los aborígenes volvieron a la selva. Luego, cuando las cosas se calmaron, crecieron nuevos pueblos a la vera de la antigua reducción, de la que siguieron usando su iglesia o su cementerio, como en Loreto, Santa Ana o San Ignacio. En el caso de Concepción de la Sierra o de Apóstoles, las ciudades actuales están asentadas en la misma traza de la misión original y los antiguos edificios sirvieron de cantera para los que se construyeron encima: ni más ni menos de lo que ocurrió en Troya, en Jerusalén o en Roma.

A pesar del tiempo y de la naturaleza, algunas de las misiones han perdurado bastante completas y las podemos admirar. Es el caso de la iglesia de San Ignacio Miní, a cuya fábrica solo le falta parte del frontispicio y el techo. Es que los techos eran de madera y se perdieron en todos los casos, por no resistir los embates del cupi'i o del fuego y a veces también de los hombres, más ávidos de leña y de vigas que de pesadas piedras.

Solía explicar entonces, y lo vuelvo a hacer ahora, que edificios mucho más antiguos que admiramos en toda Europa, han sido reconstruidos después de cada guerra. Por eso hoy nos asombran palacios, castillos, monasterios, catedrales... como fueron en su esplendor, o mejor todavía, ya que cada reconstrucción agregó los progresos del nuevo siglo, como la luz, la calefacción o el agua corriente. También hay ruinas griegas y romanas en Europa, pero son mucho más antiguas y su reconstrucción ha sido imposible entre otras cosas porque también fueron cantera para nuevos edificios, pero los que se construyeron con sus piedras son tanto o más interesantes que los que produjeron los escombros de las invasiones bárbaras.

Hoy vuelvo a insistir en la necesidad de recrear por lo menos una de las antiguas misiones, tal como están sus contemporáneas de la Chiquitanía, en Bolivia: con sus iglesias como eran hace 300 años, pero no muertas sino vivas, con curas y misas, coros y orquestas de instrumentos originales, que es el mejor modo –el único diría– de conservar a pleno un edificio. La industria hotelera puede hacer otro tanto en los barrios de viviendas de las reducciones.

Todo se puede reconstruir aprovechando fondos del BID, de la Unesco, del Instituto de Cooperación Iberoamericana, de la Corona Española o quién sabe de qué institución cuyo remordimiento por la expulsión de los jesuitas quiera remediar el daño que les hicieron sus antepasados.

No es un gasto. Es una formidable inversión en turismo y en la autoestima de los misioneros. Puede llevar tiempo, pero hay que empezar de una vez, porque, como reza el sabio dicho popular, cuanto antes empecemos, antes terminaremos.

7 de marzo de 2021

Buena idea de un hotel de Iguazú


El Guaminí Misión es un hotel temático sobre las misiones jesuíticas, que pertenece al SUPARA (Sindicato Único del Personal de Aduana de la República Argentina). Si no lo conoce, pensará que es uno más. Pero no: está situado del otro lado de la mayoría de los más de 200 hoteles de Iguazú, sobre la costa del río Paraná y con vistas a ese río y a Paraguay. Pero lo sorprendente es que se trata de un hotel temático sobre las reducciones jesuíticas del Guayra, esos 30 pueblos que dan nombre a nuestra provincia y que además conforman una región supranacional que comprende el sur del Paraguay, el oeste del estado de Río Grande do Sul, el norte del Uruguay y el este de la provincia de Corrientes. Todo el hotel recrea una misión jesuítica: los huéspedes se alojan en las casas de la misión y la zona común de restaurantes y salones de eventos se sitúan en una construcción cuya fachada es la de una iglesia barroca, parecida a la de San Miguel en Brasil. Todo está en una escala perfecta, hasta la plaza de la misión y además el hotel tiene su propio museo interpretativo de las misiones.

Todavía no encontré la razón del nombre del hotel, que recuerda un pueblo y una laguna del oeste de la provincia de Buenos Aires, y aunque parece guaraní, es una deformación de la expresión mapuche wapi minú que significa isla adentro. Ya ve que no estoy haciendo publicidad de ese hotel; solo pretendo rescatar la excelente idea de sus propietarios. Algo que podría repetirse en algunas de las antiguas reducciones, del mismo modo que grandes y soñados hoteles del mundo aprovechan antiguos castillos, palacios, hospitales, monasterios, estancias... puestos en valor y conservados para todo el mundo gracias al turismo. Es el caso de los Paradores en España o del Palacio de Çırağan de Estambul, hoy explotado por la cadena Kempinski.

No es la primera vez que insisto en la necesidad de rescatar nuestra riquísima historia, única en la Argentina, que además de darle nombre e identidad a la provincia de Misiones, puede atraer gran cantidad del turismo que ya viene a admirar las cataratas del Iguazú.

En Misiones tenemos restos (sigo empeñado en no llamarlas ruinas) de doce de los treinta pueblos que formaron las antiguas Misiones del Guayra. De todas ellas, cuatro han sido declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: San Ignacio Miní, Santa Ana, Loreto y Santa María la Mayor. La que está mejor conservada es la de San Ignacio, pero se puede comprobar el deterioro de otras por el abandono, que junto con el paso del tiempo, el avance de la vegetación y la falta de mantenimiento, las va reduciendo a escombros indescifrables. Es el caso de la antigua Misión de la Candelaria, que todavía pertenece a la Colonia Penal 17 de la Procuración Penitenciaria de la Nación.

El ejemplo del hotel Guaminí se suma al de las antiguas misiones de Chiquitos (en el este de Bolivia), que también pertenecieron a la provincia jesuítica del Paraguay y cuyas iglesias y plazas han sido puestas en valor y hoy se pueden apreciar tal como estaban entre los siglos XVI y XVIII. En el caso de Chiquitos, la iglesias se conservan porque están vivas, con sus curas y sus misas, pero además recrean en ellas, en grandes festivales bianuales, la música barroca extraordinaria que se produjo durante esos siglos en nuestra América.

Quizá sin saberlo el hotel Guaminí Misión paga parte de la deuda de la provincia con su historia, del mismo modo que lo hacen las fachadas de las dos estaciones de transferencia del transporte urbano de Posadas. Pero además son un acicate para reconstruir, como se hizo en Chiquitos, por lo menos una de nuestras antiguas misiones. Atraeríamos una inmensa cantidad de turismo interesado en admirar su belleza y también la gesta humanitaria y cristianizadora de la Compañía de Jesús en nuestra provincia, que por algo se llama Misiones.

28 de febrero de 2021

Todos somos Ginés

El Vacunatorio VIP del Ministerio de Salud mantuvo ocupada a la opinión pública esta semana que pasó, gracias, entre otras cosas, al fogoneo del periodismo enojado con el gobierno nacional. Visto así, sin pensar mucho, parece una contradicción que en un gobierno popular se vacune primero a los amigos del poder. Parece que también lo ve así el presidente, que se lo llevó puesto al ministro Ginés González García. No es mi intención juzgar ninguna de esas conductas –de las que tampoco conozco los pormenores– pero sí sacar un par de consecuencias del episodio.

González García debe ser un buen médico, un bocho, un capo en infectología y políticas sanitarias, pero ya no tenía edad ni presencia para dirigir un ministerio; mucho menos el de Salud y menos todavía desde que se desató la pandemia que requería un esfuerzo físico diario y sin descanso, en una persona de 75 años y con un claro un perfil de riesgo. De hecho, gran parte del trabajo lo hacía su segunda, la médica Carla Vizzoti que ahora ocupa el cargo de ministra y que anteayer anunció que había dado positivo de coronavirus.

Ahora a nadie le conviene reconocer una realidad tremenda de la argentinidad, quizá por estar ocupados en tirarse con todo lo que tienen desde los dos lados de la grieta, que por desgracia divide a los argentinos hace muchos años. El gobierno nacional ha dejado un flanco muy débil que la oposición está atacando con fuego a discreción; cosas de la política que algún día debemos superar unidos: hoy es urgente ocuparse de la salud del pueblo argentino y no de revolver errores para agrandarlos.

Nos guste o no, todavía somos así. Aprovechar los privilegios del poder para vacunarnos antes que los demás, es algo que –casi con seguridad– hubiéramos hecho todos. No es por malos, es por ventajeros y pasa desde la época de Pedro de Mendoza, pero estoy seguro de que los aborígenes que se encontraron los conquistadores también eran así y quién sabe hasta cuándo llegamos si nos internamos en los vericuetos de la historia.

Cuando era chico tuve que sacar la cédula de identidad en la Policía Federal. Como mi padre era funcionario nacional, fuimos con mi madre y mis hermanos al Departamento Central de la Policía Federal, que todavía ocupa una manzana en el barrio de Montserrat, en Buenos Aires. Cuando llegamos, nos acompañó un agente hasta la fila de los recomendados (por no decir acomodados). Lo curioso es que esa fila era bastante más nutrida que la de los que iban sin acomodo y hacían la cola del otro lado del salón. Para colmo, a los recomendados los atendía una sola persona en un lindo escritorio, mientras que los simples mortales tenían unas cuantas ventanillas a su disposición y terminaban su trámite mucho antes que los acomodados. Desde entonces siempre se me ocurre que va a pasar lo mismo cada vez que me toca usar un privilegio, así que tiendo a pasarme a la cola de los simples mortales, no porque no me atraigan los privilegios, sino porque los resultados pueden ser mejores.

Si podemos aprovecharnos de una situación de desigualdad, todos lo hacemos. Dicen que es lo que más se extraña del poder cuando se lo pierde: el auto con chofer, la sala VIP de los aeropuertos, la alfombra roja... o estacionar siempre en el mejor lugar. Mire en Posadas los carteles de estacionamiento para funcionarios de todo tipo: ocupan lugares que son de todos porque imponen esos privilegios que además son abusos de poder. Es la psicología del privilegio y es una de las razones por las que nos gusta el poder: para aprovecharnos de él.

Por si no se entendió... lo que quiero decir es que no nos hagamos tanto los escandalizados con el Vacunatorio VIP de Ginés porque todos somos como Ginés y sus amigos; y quizá lo que nos da bronca es no estar en esa lista de los acomodados.