25 de julio de 2021

Calles y avenidas de Posadas


Como usuario habitual de las avenidas Centenario y Tambor de Tacuarí, debo admitir que han mejorado notablemente el tránsito las nuevas manos de las cuatro avenidas que van y vienen desde Villa Cabello y el arroyo Mártires hasta el centro de Posadas. Admito también que a otras personas puede haber incomodado y que el comercio siempre tiene algo que decir, si resulta que estos cambios los favorecen o los perjudican. Todo es cuestión de acostumbrarse y adaptarse a los nuevos tiempos: hace años –y no crea que tantos– todas las calles de nuestras ciudades eran doble mano, cosa impensada hoy en una Posadas cada vez más repleta de autos, sobre todo de autos estacionados, entre ellos los taxis, que siguen manteniendo un privilegio desmedido en el centro de la ciudad. Y hablando de estacionamiento, también hay que decir que el SEM lo ha facilitado dentro de las Cuatro Avenidas de Posadas.

Pero hay que ir más lejos, hacia el futuro que siempre está acá nomas. Hay que prever los estacionamientos pensando en los vehículos que vendrán a transportarnos. Por suerte solo hay que mirar lo que hacen ciudades parecidas, a las que el futuro llega antes. Supongo que en los edificios que se están construyendo ya se prevé una instalación de energía adecuada a los autos eléctricos en la zona de cocheras. También hay que destinar lugares en las calles y avenidas para que circulen las motos y bicicletas. Es una opinión nomás, pero a partir de cierta proporción de motos en el parque automotor –a la que ya estamos llegando– no parece una buena idea que compartan las avenidas de tránsito rápido con autos y camiones. Cada día vemos más motociclistas involucrados en accidentes, siempre con consecuencias graves.

No puede ser que sigamos construyendo estadios, parques, predios feriales... sin prever lugares para los autos que traerán al público. El estadio de River Plate, en Buenos Aires, usa de estacionamiento una importante autopista de acceso a la ciudad y ocupan trapitos que rompen los autos si no se les paga por adelantado lo que piden. Lo de la cancha de River es un pésimo ejemplo para cualquier lugar de concentración de personas, que debe contar con espacio para los autos de los asistentes, como es el caso solo de algunas cadenas de supermercados.

Por obra y gracia de la serendipia, una novedad impensada ha traído la mano única de las avenidas Blas Parera, López y Planes, Tambor de Tacuarí y Centenario. Hay que celebrarlo y creo debería ser adoptada en todas las esquinas que tienen semáforos en la ciudad. Al cambiar las manos y dar vuelta los semáforos, quedaron en el lugar más apropiado, que es del otro lado de la calle que se va a cruzar. De ese modo pueden verse desde una distancia adecuada y se aprovecha todo el espacio para los autos antes de la línea blanca. De otro modo se obliga a los conductores a hacer contorsiones imposibles adentro del habitáculo para saber cuándo se pone verde (claro que siempre se puede esperar a que alguno de atrás nos interpele ansioso con su corneta un microsegundo después de que cambie la luz). Será por eso que en las ciudades donde los semáforos están antes del cruce, además de la luz alta para todos, tienen más abajo, en el mismo poste, un foco que apunta a los de las primeras filas. Y en otras ciudades –sobre todo en las norteamericanas– cuelgan los semáforos en el medio de la encrucijada, donde todos los ven sin problemas de tortícolis.

No sería completo este repaso rápido de calles y avenidas de Posadas sin un recuerdo esperanzado para el acceso a la capital y a Garupá por la ruta 105, desde el arroyo Pindapoy Chico. Mantiene con orgullo su condición de autopista de baja velocidad: un oxímoron pavimentado. Linda autovía con pasos a nivel, semáforos y velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, que no permite pasar ni a un carretón, lo que hace completamente inútil la mano de sobrepaso. Ni siquiera los camiones cumplen con esa velocidad y todos los que andamos por ahí sabemos dónde suele estar agazapado el fotógrafo de la Policía. Solo le pedimos, por favor, que no cambie de lugar y que siga advirtiendo su presencia con los conitos anaranjados bien puestos en la arribada.

18 de julio de 2021

El sueño de nuestros bisabuelos

Un viejo embajador –que entonces no era viejo– me dio una lección imborrable mientras almorzábamos en un bonito restaurante del centro de Fráncfort por el año 90 ó 91. Preocupado, como muchos ahora, por las legiones de argentinos que volvían a la tierra de sus antepasados, y por mi presencia ya dilatada en Europa, me explicó que un país no se funda con una sola generación. Y agregaba que los argentinos que se quedan en Europa gracias a los privilegios de su doble nacionalidad, renuncian al sueño de sus abuelos: “Ellos fueron a América para crear países grandiosos y sus nietos, al volver a Europa, los hacen fracasar”.

A veces busco afiebrado la ilusión de mis bisabuelos y la razón por la que no le encontramos la vuelta a nuestro destino. ¿Despegaremos algún día? ¿Seremos así para siempre? Los americanos estamos convencidos de que tenemos algo fuerte y valioso que aportar al mundo; lo que no sabemos es cuándo. 

¿Por qué un europeo –laborioso e inocente– se vuelve taimado y perezoso en América? ¿Por qué los vagos de Buenos Aires trabajan como chinos en los bares de Barcelona? Muchos europeos son burros en el sentido catalán: les dicen a dónde hay que ir y llegan a como dé lugar. Los americanos, en cambio, vamos siempre para el otro lado. Será por la geografía de límites infinitos y por la sangre indómita americana, pero también por el mestizaje: los que vinieron de Europa buscaban la libertad que no tenían en su patria. Segundones y hasta criminales descubrieron y conquistaron el continente y lo poblaron los marginados por el hambre, la pobreza y la intolerancia. Juntos crearon las patrias que ahora integran otra patria, inmensa, que llamamos Iberoamérica. 


Como dicen Litto Nebbia, Octavio Paz y Alberto Fernández, los americanos del sur del Río Bravo descendemos de los barcos y de la selva amazónica y de los aztecas y de los incas, pero sobre todo descendemos del mestizaje que se produjo en cuanto los primeros conquistadores se bajaron de sus naos. Los argentinos nos equivocamos fiero cuando nos excluimos de la América Mestiza: eso es una cantinela de porteños y quizá de dos o tres ciudades en las que predominan los descendientes de europeos.

Entre la libertad y la vida, los americanos elegimos siempre morir. Las letras de los himnos nos espeluznan y nos sacan lágrimas hasta cuando los cantamos antes de enfrentarnos a vida o muerte contra la selección de bádminton de Singapur. “¡Coronados de Gloria vivamos o juremos con Gloria morir!” gritamos los argentinos para el que nos quiera oír. Así es la América dulce y mestiza: no nació el que nos ponga el cascabel, aunque aparezcan de vez en cuando y como tormentas de verano verborrágicos déspotas de pacotilla. 

Todos los himnos de nuestra América juran morir antes que perder la libertad, mientras que tantos pueblos o ciudadanos del mundo prefieren un hilo de vida que quizá les permita ser libres otra vez, aunque sea después de siglos de esclavitud. Sin vida no hay libertad, argumentan, y hay que aguantar lo que sea. No está mal, pero a nosotros esa vida no nos va. 

Lo que tenemos seguro en América es la libertad y sabemos que lo demás vendrá cuando le toque. No nos gustan ni los reglamentos, ni las vallas, ni los diccionarios, ni los límites, ni las leyes, ni los árbitros, ni los peajes, ni las barreras, ni las cadenas, ni los guardias, ni las verjas, ni las llaves, ni los horarios, ni los impuestos, ni las riendas, ni los candados... “Así mismo es” repetimos desde Tijuana al Cabo de Hornos para el que demande una explicación. Y así es nomás: una fuerza incontenible que explotará un día como una bomba atómica de Justicia y Libertad.

11 de julio de 2021

La lección del Perú


El calendario de las elecciones generales del Perú establecía el 11 de abril para la primera vuelta y el 6 de junio para la segunda, en caso de haber ballotage. Lo peculiar de esta elección no fue la cantidad de candidatos sino lo disperso que estuvo el voto en la primera vuelta. El que más sacó no llegó al 19 % y lo seguían –parejitos– cuatro candidatos entre el 13 % y el 9 %. Los demás, más abajo, pero no crea que tanto. La segunda vuelta se dirimió entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori, pero todavía no se sabe quién ganó por lo ajustado de la elección. En el conteo oficial, la diferencia entre uno y otro es de 44.176 votos, que todavía están peleando ante el Jurado Nacional Electoral. Esa diferencia es lo que los encuestólogos llaman empate técnico, que se termina resolviendo en el escritorio del juzgado y no en las urnas.

Mientras pelean los números tan ajustados, se acerca peligrosamente el 28 de julio, día en que debe asumir el nuevo presidente, en el marco del bicentenario de la Declaración de la Independencia del Perú. De paso advierto que no estamos hablando sobre preferencias entre ambos candidatos, que aunque están en las antípodas ideológicas, asustan a priori y por igual por su escaso respeto a las libertades públicas. Lo que me interesa hoy es lo que podemos aprender de una elección tan ajustada en un país hermano y con un sistema presidencialista parecido al nuestro.

Un país se vuelve ingobernable con una división marcada entre dos modelos tan opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y lo mismo está ocurriendo en otro países de nuestra América por la misma razón. Y la Argentina no parece lejana a una crisis por el estilo si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta que parece cada día más ancha y más profunda.

Uno pensaría que precisamente por esa igualdad entre las dos partes debería ser más respetada la opinión contraria; pero no, porque cuando menos se la respeta es cuando no está tan clara su condición de minoría. Es que al ser tan ajustada la diferencia, nadie se siente minoría. Lo curioso es que el objetivo de las segundas vueltas electorales es justamente legitimar con una mayoría contundente a uno de los candidatos, pero en el Perú les está saliendo el tiro por la culata.

Quizá sea el momento de plantearse el sistema parlamentario, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. En Chile están considerando seriamente pasarse al parlamentarismo con la nueva constitución que saldrá de la convención inaugurada esta semana, después de unas elecciones que también sorprendieron a todos por la dispersión de los votos y por el éxito de los candidatos más progresistas.

Es imposible gobernar un país cuando no están claras las mayorías y las minorías, y la solución de esa paridad no es ahondar la grieta porque está comprobado en la historia que cuando se radicalizan las ideologías, las grietas se vuelven trincheras. Es que a poco de andar por ese camino, los que tienen poder de uno y otro lado descubren que el modo más eficaz para conseguir que todos pensemos igual es terminar drásticamente con los que piensan distinto.

Cada día que pasa es más urgente que los argentinos nos unamos hacia un destino en el que estemos todos de acuerdo. Sería genial que, además de gustarnos el dulce de leche y ganarle a Brasil, nos pongamos de acuerdo precisamente en estar en desacuerdo. La unidad en la diversidad es la fortaleza más grande de cualquier nación.

4 de julio de 2021

Departamento en Miami


En la madrugada del jueves 24 de junio se desplomó gran parte de un edificio de trece pisos en Miami. El condominio se llama Champlain Towers y está en el barrio Surfside, más precisamente, en el número 8777 de la avenida Collins. Todo el complejo tenía 136 departamentos y la parte que colapsó es la pata larga de un edificio en forma de L, entre la avenida Collins y la playa.

Según cálculos actualizados de las autoridades del condado de Miami-Dade, en el momento de derrumbarse había en esa parte del edificio 148 personas, de las que, cuando esto escribo –nueve días después del colapso– solo se han encontrado restos de 22, pero ya hay que presumir que no habrá sobrevivientes entre los escombros del edificio. También se ha dado con el paradero de 188 sobrevivientes: personas que vivían en otros sectores del complejo o que no estaban en sus departamentos en el momento del colapso, entre ellos una pareja de argentinos que se salvaron de milagro.

Aunque los números son todavía provisionales van volviéndose cada día más precisos. Ya sabemos que entre los desaparecidos hay nueve argentinos, seis paraguayos, seis colombianos, seis venezolanos, tres uruguayos y un chileno: 31 sudamericanos en total. Después de la norteamericana, la nacionalidad más numerosa es la israelí, que cuenta con unas 20 víctimas, casi todas ellas con doble nacionalidad.

Al aparecer estos números en la información del siniestro, se me ocurría una estadística de ocasión: si tomamos las Champlain Towers como un muestreo de los habitantes de Miami, el 21 % serían sudamericanos y el 6 % argentinos... Insisto en que la estadística es de ocasión y que no estoy contemplando que hay barrios enteros de cubanos o de rusos en Miami, pero también hay algunos con gran concentración de argentinos, pero justo la zona de Surfside es bastante ecléctica en cuanto a nacionalidad, no así en cuanto a religión, ya que se calcula que más de la mitad de los habitantes del barrio son de religión judía, proporción que se repite entre las víctimas del derrumbe.

No tengo todavía las nacionalidades de los propietarios de las distintas unidades del edificio y hay que suponer que ningún argentino querrá confesar ahora ser el dueño de una de ellas, pero parece que al menos 20 pertenecían a ciudadanos argentinos. Gracias a Dios, unos cuantos de esos departamentos estaban deshabitados en la noche del derrumbe.

Estos números confirman a Miami como la gran capital de Iberoamérica: el lugar donde al final todos nos encontramos y ninguno manda. Ahí llegaron –desde la revolución de 1959 y en de sucesivas oleadas– los exiliados cubanos, que han sido durante lustros los dueños del castellano de Miami, pero ahora compiten con la porción más rica de los seis millones de venezolanos desplazados de su país a causa del régimen de Chávez y Maduro. Puede que haya también ricos exilados nicaragüenses, pero el resto de los latinoamericanos que andan por la Florida, más que desplazados son turistas con buena billetera, viajeros que salen de compras e invierten en bienes raíces donde les conviene. Algunos tienen inmuebles en Miami como quienes los tiene en Buenos Aires: ya se sabe que, dependiendo de la cantidad de días que uno pasa cada año en una ciudad, es más barato tener en un departamento que pagar un hotel, y además siempre se puede alquilar a otros viajeros.

Con respeto y dolor por los muertos y desaparecidos en el derrumbe, y respetando también la libertad para hacer lo que cada uno quiera con su patrimonio, quiero destacar que la inmensa mayoría de los que invierten su dinero en Miami no son desplazados por el hambre o la pobreza sino por la inseguridad jurídica de sus inversiones. Este muestreo al pasar debería alentar a los gobiernos de nuestros países a establecer las garantías para que todos dejemos nuestro dinero en el propio territorio y no en el ajeno.

27 de junio de 2021

Conspiranoia

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que la palabra conspiranoia empieza con conspiración y termina con paranoia. Dice la Fundación de Español Urgente que el término es correcto y que se refiere a la tendencia a interpretar determinados acontecimientos como fruto de una conspiración
 

En el origen de toda paranoia parece haber un falso concepto de uno mismo, y no es una enfermedad sino una condición, una tendencia, por cierto muy humana, a explicar con facilidad ciertas cosas que pasan. Los buenos conspiranoicos suelen tener todo explicado de antemano: ya saben que lo que sea que vaya a ocurrir va a ser por culpa de algo que ellos ya conocen y por tanto no tiene ningún sentido intentar averiguar las causas de nada. Los conspiranoicos saben todo lo que pensamos y además siempre aciertan. Hagamos lo que hagamos, les daremos la razón, porque ellos ya sabían lo que iba a pasar. Así que no hace falta ni decir lo que pensamos... bueno, ni siquiera hace falta pensar. Y tampoco vale la pena intentar contradecir a un conspiranoico porque siempre tiene razón.

Las inmensa mayoría de las cosas que ocurren en el mundo, ocurren sin que nadie le dedique un segundo de su tiempo a organizarlas. El futuro siempre nos engaña, pasa desde Adán y Eva y va a seguir pasando hasta el fin de los tiempos, sencillamente porque nadie puede conocerlo. Pero, además, las personas no somos de mármol: felizmente podemos cambiar y cambiamos. Acertamos y nos equivocamos. Corregimos nuestros errores y a veces, gracias a Dios, viramos nuestro rumbo en 180 grados… Nada de eso considera la conspiranoia, porque cualquier cambio en la conducta del sospechado es un truco, una estrategia para engañar al conspiranoico.

No se crea que están tan lejos o que son tan raros. Es pura conspiranoia etiquetar a la gente, encasillar su pensamiento, ponerles adjetivos, determinar su conducta, decidir por ellos... Y también es conspiranoia la cancelación, que descalifica el todo de una persona por culpa de una parte: si un buen músico no piensa como yo (como yo creo que piensa) no es un buen músico sino uno malo. Si un médico, un científico, un sabio... no tiene las ideas de los que mandan, no es buen médico, ni gran científico, ni sabio. Si no sabe lo que sé yo, no sabe nada. Si no opina como yo, su opinión no me interesa. Si no es de mi religión, que se vaya a freír buñuelos...

Cualquier descalificación por el modo de pensar es injusta. Pero mucho más grave es la imposibilidad de convivir los que piensan distinto, porque precisamente esa es la riqueza de la sociedad democrática.

La conspiranoia es el alimento de los autoritarios nacional-populistas de hoy en día. Basan su autoridad en lo que ellos creen que piensan los demás ciudadanos, sean amigos o enemigos. Luego construyen sus razonamientos y sus decisiones desde ahí, completamente errados.

Por culpa de la adolescencia colectiva generalizada, la conspiranoia se ha puesto de moda para explicarlo todo. Y sea como sea, tampoco parece una buena idea que nos pongamos ahora conspiranoicos contra los conspiranoicos.

20 de junio de 2021

Falta un reloj de sol


Los relojes públicos de Posadas necesitan mantenimiento y sobre todo conseguir que den la hora, porque si no la dan, están de balde. Bastaría encargar que se ocupe de eso uno solo de los empleados que podan la sombra de los árboles de la ciudad, o de los que no paran de instalar obstáculos rompe-autos en nuestras calles (cuando falla la educación del soberano no queda otra que romperle el tren delantero). Cuando los relojes dan una hora falsa, agregan a su defecto la mentira que desorienta al público; por eso también decía un poco en broma que si no estamos dispuestos a mantenerlos en forma, mejor poner relojes de sol, que no dan la hora de noche –ni de día si está nublado– pero por lo menos no engañan y además decoran.

Curiosamente en los comentarios de los lectores aparecieron los relojes de sol, como si la columna hubiera sido sobre ellos y no sobre los de agujas que pretenden –sin conseguirlo– dar la hora en el Mástil y en la Costanera. 

En las Misiones jesuíticas hubo relojes de sol. El mejor conservado es el que el pueblo de La Cruz, en la provincia de Corrientes, muestra orgulloso casi intacto en el mismo lugar donde lo pusieron los jesuitas hace más de 300 años. También están en su lugar los relojes de sol de San Cosme y San Damián, en el Paraguay, y el de la misión de San Ignacio Miní, aquí cerquita. El de San Ignacio tuvo una réplica en la calle Roque Pérez de Posadas, pero hoy no puedo saber qué fin llevó esa columna que indicaba la hora con su propia sombra. Es probable que otras misiones también tuvieran sus relojes de sol, pero el saqueo posterior a la expulsión de los jesuitas se los habrá llevado para decorar algún jardín paulista.

Me enteré entonces que hay un reloj de sol en el barrio Latinoamérica. Se inauguró en 2014 para celebrar el aniversario del barrio. Fue el resultado de la iniciativa de Daniel Morel, que era su presidente, y se le ocurrió a Carlos Bourscheid, un vecino ingeniero que lo realizó con la ayuda de la Municipalidad de Posadas. Está instalado donde da siempre el sol, en una esquina de la plaza del barrio, que a la vez funge de cancha de fútbol. Es un reloj bifilar, ya que da las horas con la sombra de la intersección de dos cables perpendiculares, orientados uno norte-sur y el otro este-oeste. El cuadrante es rectangular y horizontal y tiene la altura de una mesa. Los que juegan al fútbol en esa cancha usan el reloj para dejar sus bolsos y mochilas y fue así que no duraron mucho tiempo sus cables ni los números que indican las horas.
Al reloj solar del barrio Latinoamérica le pasó lo mismo que a los de agujas del Mástil o de la Costanera: falta de mantenimiento. Un drama muy nuestro: nos gusta inaugurar obras con aire de fiesta popular, pero después las abandonamos a las inclemencias de la naturaleza, que incluye a los depredadores humanos. Ojalá sirva esta columna para interesar al municipio y poner en valor ese reloj, pero de tal manera que no se deteriore tan rápido, quizá grabando los números en el tablero de acero y dándole algún tipo de protección al conjunto. Es que así como los relojes eléctricos o mecánicos necesitan alguien que se ocupe de tenerlos en hora, los de sol también precisan mantenimiento: el mismo que cualquier obra pública.

Sería una buena idea instalar un reloj de sol de buen tamaño y aspecto en algún lugar de la Costanera de Posadas. A la hora exacta la vemos en el celular, por eso los relojes de sol son hoy una atracción y una lección de astronomía, y en nuestro caso serán además un bonito homenaje a las Misiones. Puede ser una réplica de los que daban la hora en alguna de las reducciones, o uno más sofisticado como el bifilar. Lo bueno es que, además, sabemos quién lo puede hacer.

13 de junio de 2021

Relojes de Posadas


No sé quién habrá inventado el reloj. Me refiero al de esfera, el círculo y las agujas que representan cabalmente el paso del tiempo. Sea quien sea el de la idea, se merece post mortem el Premio Nobel de Literatura. El reloj circular con su aguja de la hora, su minutero y segundero, es un relato genial, una metáfora perfecta del tiempo, que es la medida del movimiento, como decía el viejo Aristóteles. En cambio los digitales, los que cuentan los segundos con números eléctricos, solo muestran el instante efímero del presente.

Desde su invención, el reloj fue durante muchos años atributo a cuerda de las torres de las iglesias y edificios públicos: se los podía ver y también oír a muchas cuadras de distancia. Luego, con la misma tecnología, pasó a las salas de las casas desde donde daban la hora a toda la familia. Más tarde se volvió personal, como reloj pulsera, primero a cuerda y después a pila. La palabra cuerda evoca todavía las pesas que colgaban de los antiguos relojes para hacer funcionar su mecanismo por la fuerza de la gravedad. 

Hoy la hora está en el celular, irradiada desde algún satélite sin errarle ni un microsegundo. Será por eso mi sorpresa cuando el jueves una señora me preguntó la hora en la cola de la caja de una farmacia-supermercado, tal como hacíamos seguido hace ya muchos años. Se me despertó entonces la curiosidad por los relojes públicos de Posadas y en una rápida recorrida censé unos cuantos que dan cualquier cosa menos la hora de verdad.

La mayoría de ellos son mensajeros mentirosos porque dan una hora que no es. Y eso pasa con casi todos los relojes públicos de Posadas, empezando por el más antiguo, que supongo es el del Mástil: tiene cuatro esferas, una de ellas sin agujas, dos en las doce en punto y otra que daba las 5.07 cuando pasé a las cuatro y media de la tarde del viernes. Como no me quedé a esperar, no puedo saber si está clavado en esa hora, que puede haber sido la de algún apagón.

Otros relojes con agujas están en la Costanera, unos de cuatro esferas que miran a los puntos cardinales y otros de dos, como la cara y cruz de una moneda. De esos, solo uno daba la hora real, pero tampoco puedo saber si es por pura coincidencia o porque funciona como Dios manda; la macana es que casi no se ve porque está en el cantero central y para acercarse hay que arriesgar la vida. La esfera –que en este caso es cuadrada– tiene las agujas de un reloj mediano comprado en La Placita: a unos metros es imposible distinguir entre la aguja de las horas y la de los minutos. Otro tanto ocurre con los relojes digitales del centro de Posadas, que suelen dar cualquier hora, pero no me alcanzó el tiempo para hacer un censo completo de todos ellos. 



Me preguntaba entonces por la inutilidad manifiesta de los relojes que no dan la hora, y se me ocurría también que debería estar entre los planes de mantenimiento de los espacios públicos de la ciudad. Si un celular barato da la hora exacta, ajustada al mismísimo meridiano de Greenwich, algún mecanismo habrá que permita sincronizar esos relojes con la hora real. Y si los relojes de las catedrales daban la hora cuando no existían ni siquiera la electricidad ¿cómo puede ser que seamos incapaces de poner en hora los relojes en el siglo XXI?

¿Será desidia o será que ya nadie necesita consultar la hora en relojes ajenos? y si nadie los necesita ¿no será mejor sacarlos? También se puede probar con relojes de sol, que nunca se descomponen, pero la mejor opción sería mantenerlos como tantas instalaciones muy bien cuidadas del mobiliario urbano; y de paso se podrían mejorar, con números y agujas visibles a buena distancia, que sean útiles además de bonitos, alimentados por energía solar para que no dependan del suministro eléctrico. Seguro que más de una marca de relojes los patrocinaría con gusto, sin ningún gasto para el erario público.

Y hablando de gastos, le recuerdo que no hay nada más caro que pagar por algo que no sirve, por más barato que sea...

30 de mayo de 2021

Aragonés


Un amigo aragonés me propone un juego a partir de algo que acaba de ocurrir en Cataluña. Adelanto que no tiene nada que ver con Messi, ni con el Barça, ni con el fútbol y sí tiene con la lingüística y la política, y quizás con la influencia del lenguaje en el poder.

Resulta que el lunes pasado asumió el nuevo Presidente de Cataluña, que ellos llaman President de la Generalitat, pero el dilema no está en el nombre del cargo sino en el apellido del nuevo presidente: Pedro Aragonés (Pere Aragonès en catalán). Para darse una idea, es como si el gobernador de Misiones se llamara Pedro Correntino. Y pasó lo que tenía que pasar: los aragoneses están encantados porque por fin y después de muchos años, un aragonés vuelve a mandar en Cataluña. Basta con recordar que durante unos cuantos siglos Cataluña fue un dominio del reino de Aragón. Pero el temita del apellido se potencia con el llamado procés catalá, el proceso soberanista de Cataluña, que desde 2012 pretende la independencia de esa región del resto de España en una república independiente dentro de la Unión Europea.

El gentilicio es uno de los orígenes más comunes de los apellidos en castellano y en todos los idiomas europeos. Es fácil de suponer por qué: cuando se formaron los apellidos, en el fin de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, el origen era número puesto. Por eso los gentilicios indican siempre que la persona que lo lleva como apellido no es de ese lugar, ya que nadie llamaría misionero o argentino a una persona que vive en Misiones o en la Argentina, porque allí todos son misioneros o argentinos. Es así que los apellidos gentilicios indican que los que los llevan, alguna vez vinieron de esas regiones, pero cuando les pusieron el apellido ya se habían ido de su lugar de origen. Hoy los apellidos Navarro, Catalán, Gallego, Aragonés, Español, Alemán, Napolitano, Toscano... suelen provenir de migrantes que, cuando se formaban los apellidos, aparecían con esa distinción. Todavía pasa con los sobrenombres: cuando no sabemos el nombre de una persona tendemos a llamarlos con algo que lo distinga, y la nacionalidad, el acento, la tonada, es un recurso bastante fácil: ¡Che, gallego, pasame la ensalada...!

Hay otros orígenes de apellidos. Los más comunes son los patronímicos, que indicaban la filiación, ya que se formaban con el nombre de pila del padre. Domingo Martínez de Irala, el fundador del Paraguay, era hijo de Martín Díaz, de la localidad de Irala, en Vergara. Hay que recordar que en aquella época había mucha menos gente en el mundo y también en los pueblos, así que solía bastar con estos nombres –de sangre y de tierra– para identificar a cualquiera. El apellido de tierra se puede confundir con el gentilicio, igual que los nombres de pila se confunden con el patronímico: el apellido Martín es tan patronímico como Martínez y el apellido Aragón puede ser tan gentilicio como Aragonés. Además de los gentilicios y patronímicos están los apellidos de profesiones, que indican que uno es hijo del herrero, del molinero, del sacristán o del curtidor. Y los de santos indican casi siempre un origen remoto en alguna iglesia o fiesta de un santo, como José de San Martín o Gustavo Santaolalla.

Alguna vez un aragonés emigró a Cataluña y fue conocido entre los catalanes como el aragonés. De ahí viene su apellido, que indica que los Aragonés son más catalanes que muchos catalanes, porque los que llevan ese apellido están en Cataluña hace por lo menos 500 años. Ahora habrá que esperar un tiempo a ver si el apellido del presidente de Cataluña le juega una mala pasada. Es que don Pere tendrá siglos de catalán, pero quién sabe si la sangre un día no le tira hacia Aragón y complica la independencia de Cataluña.

23 de mayo de 2021

Queremos vacunas

Todos sabemos que la pandemia es una tragedia planetaria. Pero también sabemos, porque lo vemos en las estadísticas más creíbles, que allí donde se está vacunando a la población han bajado drásticamente los contagios y las muertes por covid. Por eso no se explica cómo es que en la Argentina hemos llegado a la dramática situación que describía el jueves pasado el presidente Alberto Fernández, justo en el momento en que muchos países del mundo están saliendo –a fuerza de vacunas– del oscuro túnel en el que los metió la pandemia desde mediados de marzo del año pasado.

Hay muchos modos de paliar la crisis. Se puede achatar la curva de contagios para que los hospitales no colapsen. Se pueden cerrar los pueblos y las ciudades para que el virus no entre –o no salga– de sus entornos. Se nos puede confinar de nuevo en nuestras casas hasta nuevo aviso. Se puede obligar a usar barbijo hasta en la ducha. Nos pueden bañar con alcohol en gel. Se pueden comprar más respiradores. Se puede probar con el suero equino, con la ivermectina o la hidroxicloroquina. Se puede prohibir el trabajo presencial. Se pueden retrasar las elecciones. Se pueden suspender las clases. Se pueden cerrar los comercios, los consultorios y los gimnasios. Se pueden prohibir las misas y las procesiones. Se pueden aplazar los partidos de fútbol, la Copa América y los Juegos Olímpicos... Todo se puede hacer para resistir la pandemia. Pero hay una cosa que no se puede dejar de hacer: dedicar cada segundo, cada moneda y cada desvelo a conseguir las vacunas que bajarán definitivamente los contagios y las muertes en la Argentina.

No perdamos el tiempo: ¡queremos vacunas, solo vacunas y nada más que vacunas!

Me consta que Jorge Bergoglio usaba el concepto de la alta política muchos años antes de que el mundo lo conociera como Francisco. Y el año pasado lo plasmó en la encíclica Fratelli Tutti. El Papa dice que la política busca votos y que la alta política piensa en el bienestar material y espiritual de todos. Le traigo una cita para que lo entienda, pero le recomiendo leer todo el capítulo quinto de la encíclica:

Es caridad acompañar a una persona que sufre, y también es caridad todo lo que se realiza, aun sin tener contacto directo con esa persona, para modificar las condiciones sociales que provocan su sufrimiento. Si alguien ayuda a un anciano a cruzar un río, y eso es exquisita caridad, el político le construye un puente, y eso también es caridad. Si alguien ayuda a otro con comida, el político le crea una fuente de trabajo, y ejercita un modo altísimo de la caridad que ennoblece su acción política.

Parafraseando al Papa, podríamos decir que es caridad y es política curar a un enfermo de covid, pero también es caridad exquisita y alta política conseguir vacunas para que el virus pierda su fuerza, especialmente para los que no tienen ninguna posibilidad de conseguirlas con sus propios medios.

En estos días se han disparado mil argumentos para explicar por qué no llegan las vacunas que nos prometieron. No sirve juzgar ahora las decisiones de las autoridades, entre otras cosas porque todavía no podemos saber a ciencia cierta si fueron acertadas o equivocadas y si cualquiera de nosotros lo hubiera hecho mejor o peor. Lo que hoy está claro es que los países que tienen vacunas están saliendo del drama del covid y celebran bailando en las calles de sus ciudades, y los que no las tienen solo atinan a encerrar a sus ciudadanos.

Algunos dicen que no hay vacunas porque el gobierno está distraído con las elecciones. Qué pavada, porque no hay nada como una vacuna para conseguir un voto. Y nos da lo mismo la marca, la procedencia, la cantidad de dosis o la temperatura para conservarla.

16 de mayo de 2021

El triunfo de la alegría

El dato está impreso en la tapa del diario El País del domingo pasado, en la bajada de un título que aparece abajo y a la izquierda. La nota intenta explicar a los lectores lo que pasó el martes 4 en la Comunidad Autónoma de Madrid. Pero primero le recuerdo el acontecimiento que dio motivo a esas declaraciones que me parecieron muy significativas.

La Comunidad de Madrid tiene casi siete millones de habitantes en un área de 8.030 kilómetros cuadrados que incluyen a la capital de España y sus alrededores, serranos por el norte y llanos por el sur. Es la región más densamente poblada de España, la más rica y la más visitada, lejos. Allí está la mayoría de los extranjeros que viven en España, atraídos por la oferta laboral y también por la vida envidiable de los madrileños (los argentinos son unos 90.000). Los no españoles han convertido a la Comunidad Autónoma de Madrid en una región multicultural y variopinta, en la que conviven razas de todo el mundo atraídos por la oferta laboral, pero sobre todo por el buen vivir y el mejor carácter de los madrileños originales. Paro colmo, desde que arreciaron los intentos secesionistas en Cataluña, muchas empresas, industrias y negocios, han dejando esa región para instalarse en otros lugares de España, pero especialmente en Madrid, por lo que hace años le ha ganado a Barcelona y a Cataluña la condición de líder del desarrollo de España.

El martes 4 de mayo hubo elecciones en la Comunidad de Madrid. Le ahorro los detalles de la política española que son casi tan aburridos como los nuestros. Solo aclaro que el proceso electoral es muy distinto, propio del sistema parlamentario. Y basta decir que la actual presidenta de la comunidad, una madrileña de 42 años, decidió disolver el parlamento regional y llamar a elecciones para revalidar sus títulos. Lo hizo ante la virtual desaparición de uno de los partidos minoritarios que la apoyaba y para ganar poder para su partido, que es contrario al que hoy gobierna en España.

Insisto en que no importan las ideologías y por eso no las mento ahora. Da absolutamente lo mismo para el propósito de esta columna, que es dar una idea que puede ser aprovechada por cualquiera, piense como piense...

La elección de Madrid estuvo polarizada por un candidato que se apeó de la vicepresidencia del gobierno español para contender con la presidenta y arrebatarle la Comunidad de Madrid. Una apuesta fuerte, valiente y jugada. El martes 4 ese candidato salió quinto y se retiró de la política para siempre...
Y lo que dice la bajada del título del diario El País del pasado domingo es la razón de esa debacle y del triunfo de la candidata que ganó. El texto entrecomilla las declaraciones de una votante primeriza a quien la convenció la alegría de la campaña de la presidenta en contraste con la bronca continuada de su principal contrincante. Es que el candidato perdidoso se jugó a la bronca, a la grieta, al insulto, al destrato de sus adversarios. Puso cara de enojado el primer día y no se la sacó hasta el final. Pero además se fregó en la corona, en los toros, en las religiones, en la sangría, en El Corte Inglés, en la Castellana y en la Puerta de Alcalá. Es cierto que hay toda una filosofía detrás de esta actitud, pero el candidato la entendió al revés o no se supo bajar de una adolescencia que le vino con retraso. Se mantuvo contra todo el mundo, como el que va contramano por una autopista y se queja porque todos vienen contramano.

Habrá mil motivos, todos muy válidos, por los que unos ganaron y otros perdieron, pero déjeme que me quede con este como determinante. No fue la ideología, no fue la filosofía, no fue la pandemia ni el confinamiento, no fue el plan de gobierno, no fue la trayectoria de los candidatos, ni siquiera su cara, su pinta o su modo e vestir... esta vez fue la alegría que le ganó a la bronca.