26 de septiembre de 2021

Lindo silencio de septiembre


El silencio es señal de paz, por eso decimos que no tienen paz los que no pueden dejar de hablar. Es que, en realidad, no pueden dejar de hablar porque prefieren el barullo exterior al silencio interior. Debe ser porque su vida interior les hace más ruido que la exterior. El silencio es necesario para salirse de uno mismo y pensar un poco en los demás, porque es imposible oír a los otros si uno está ocupado haciendo ruido. Pruebe tocar el tambor y va a ver que nadie se acerca a decirle nada.

Por eso el silencio es esencial, entre otras cosas, para ejercer el periodismo. El razonamiento es lineal: solo callándose la boca se puede oír lo que la gente tiene que decir; y a veces no es la gente sino la naturaleza, la historia, la cultura, las ciencias... A eso se llama contemplación y es una actividad elemental para los que quieren oír a los demás. También los creyentes sabemos que no hay otro modo de oír la voz de Dios, que nos habla a través de infinitos canales y con infinitos registros de voz.

Por eso, cuando vea (oiga) en una entrevista que el periodista habla más que el entrevistado, puede estar seguro de que es un mal periodista. Lo más probable es que hable de él (de ella, si es mujer) y que el protagonista sea el periodista y no el entrevistado. Hay muchos casos y muy conocidos de periodistas que tapan con su presencia la realidad que intentan entender y luego la pasan al público en forma de noticias o comentarios defectuosos.

¿Se dio cuenta de la paz que hay en Posadas este mes de septiembre? Es la paz que uno encuentra cuando sale de un ambiente con ruido, como cuando llega al campo y oye el silencio, cuando se acaba el rumor de los autos, el zumbido de las heladeras, el murmullo constante de la gente. Entonces puede oírse la conversación de los zorzales, el soplo del viento entre las hojas de los árboles o el tintineo del agua de una vertiente.

Este mes de septiembre, como el del año pasado, nos sorprendió el silencio gracias a la pandemia del covid. Es curioso que haya que agradecerle algo al coronavirus, pero sí, tenemos que agradecerle el silencio de septiembre, y de agosto, y de julio y quizá también de octubre y hasta de noviembre. Es que tenemos que agradecerle ¡dos años sin estudiantina!

Fueron dos años sin los ensayos de casi todos los días y sin los desfiles y toda la parafernalia estudiantil, pero sobre todo fueron dos años sin la pérdida de tiempo que supone pasarse las tardes tocando el tambor y ensayando pasos en lugar de estudiar. Quiero decir que los que ganaron no son solo nuestros tímpanos y la paz de nuestros espíritus, sino sobre todo el tiempo de nuestros estudiantes, ya bastante maltratado por la pandemia del coronavirus.

Me preguntaba si servirán estos dos años sin estudiantina para darnos cuenta de la necesidad de ejercitar más el cerebro que la pandereta; o de hacerla en carnaval, que es su momento apropiado y para eso cae en verano.

Está bien celebrar la juventud, pero en su justa medida: basta y sobra con un día que alguien instituyó como del estudiante. Imagínese si las secretarias celebraran su día con desfiles y escolas de samba ensayados durante meses... y las madres, los médicos, los empleados de comercio, los periodistas, los bancarios, los veterinarios y los fabricantes de alfajores...

La estudiantina se llama así por los estudiantes, pero para ser estudiante hay que estudiar; si siguen tocando el tambor en lugar de estudiar, corre el riesgo de perder su materia prima.

19 de septiembre de 2021

Sobrecarga de WhatsApp


WhatsApp tiene dos opciones para integrar colectivos de personas en comunicaciones grupales: las listas de difusión y los grupos de chat; los dos incluyen, como máximo, 256 participantes. En las listas de difusión solo habla el que manda los mensajes, llamado administrador. Los grupos de chat, en cambio, son de ida y vuelta: todos pueden hablar porque son una conversación (un chat). Como es lógico, las listas sirven para situaciones muy diferentes a los grupos y son ideales cuando la comunicación debe ser unilateral porque basta con un solo emisor de los mensajes colectivos. Los chats, en cambio, son multilaterales: todos pueden participar con sus aportes, sus datos y sus opiniones. Esta columna es sobre los grupos de chat y algunos de sus participantes.

La historia puede ser así y puede repetirse en situaciones infinitas: gracias a la feliz idea de uno de ellos, los padres de los alumnos de tercer grado arman un grupo de WhatsApp para pasarse noticias sobre sus hijos y el colegio. Feliz idea, digo, porque el grupo se convierte en una charla a distancia sobre intereses comunes. Lo mismo pasa con grupos familiares, de colegas, compañeros de trabajo, alumnos y exalumnos, barras de amigos, consorcios, vecinos del barrio preocupados por la seguridad, deportes en equipo... Hay para todo, pero muchos de ellos ya son imprescindibles, tienen un fin determinado y cada vez estamos en más, con la natural sobrecarga por tanto grupo. Sirven para mantener o prolongar una conversación y el tema es el que se ha establecido de antemano. Son útiles porque ahorran tiempo y facilitan la comunicación necesaria.

Como son una conversación continuada, no hay ninguna necesidad de saludar cada vez que se entra y si uno saluda no hacen falta 132 respuestas al saludo. Para felicitar por los cumpleaños están los mensajes privados, pero se entiende que alguien prefiera hacerlo en el grupo: en ese caso no es obligación que los 47 integrantes feliciten ensayando cada uno un mensaje más original que el anterior. Lo mismo con los agradecimientos: 89 gracias son un poco mucho, aunque sea con emojis de aplausos o de pulgares para arriba. Otra cosa: a los grupos mejor mandar textos que mensajes grabados; por la brevedad, pero sobre todo porque es imposible recordar el contenido de esos mensaje y en lugar de verlos de un pantallazo hay que volver a oírlos enteros cada vez, con sus saludos y sus frases inútiles y repetidas.

Pero además, en todos los grupos hay uno, dos, tres integrantes –que hoy me van a tildar de argel– que no se pueden contener y mandan opiniones políticas, chistes, consejos saludables, pornografía... Así, en el grupo de padres de tercero, el 25 de mayo uno sube una grabación de 16 minutos con el himno nacional cantado por un coro de mudos; otro día aparece un video que muestra cómo quedaron los corderos que mató un puma en La Pampa; después viene el de las gorditas haciendo strip-tease; un chamamé en el festival de Cosquín; los Simspon con diálogos sobre la actualidad económica; memes de políticos diciendo incongruencias; chistes sobre el alcohol que tomamos; sobre lo viejos que estamos; sobre maridos, mujeres y suegras; fotos de parrillas repletas y selfies de los que se están comiendo el asado... Todos los mensajes van con sus respectivos aplausos, pulgares, botellas que hacen ¡pum!, tortas, brindis y cañitas voladoras.

Este es un llamado a la solidaridad: si tiene que mandar un mensaje personal a uno de los integrantes del grupo, mándeselo directamente; los demás no tienen por qué enterarse. Pero sobre todo respete a rajatabla el fin de cada grupo. Intervenga solo cuando sea necesario y sea breve y conciso. Tenga en cuenta que cada uno de los interlocutores entenderá su mensaje de un modo distinto, y cuanto más largo y complicado, más equívoco será el mensaje.

12 de septiembre de 2021

Lo que me enseñó mi gato


Desde que me mudé de casa empecé a tener un gato, no porque lo quisiera sino porque la nueva casa vino con un gato viejo que nunca se acostumbró a nuestra presencia, entre otras cosas porque no nos pusimos de acuerdo en un dato fundamental: él pensaba que la casa era suya y yo que era mía. 

Un día el gato se murió y lo enterramos en el fondo del jardín. Ese día empezaron a rondar los ratones de un arroyo cercano, así que nos agenciamos un gatito cachorro, negro como el carbón, gracias a la generosidad de unos amigos. Venía con el consejo de castrarlo cuanto antes, además de darle algo contra los parásitos. Como no tenía ninguna experiencia con gatos, pregunté por qué había que castrarlo y me explicaron que así no andaría peleando, se quedaría tranquilo en la casa y estaría menos expuesto a enfermedades.

Se me ocurría que, si lo queríamos para ahuyentar ratones, mejor sería un gato entero, con carácter, que cuide su territorio y que tenga ganas de pelear con cualquier animal que se lo dispute. Pero esa no fue la verdadera razón para no castrarlo, por lo menos hasta ahora... Me pregunté si le gustaría que lo castre y la respuesta en mi conciencia fue inmediata: ¡estás loco! ¿cómo lo vas a castrar, si lo único que le importa en la vida es comer la rica comida que le regalás todos los días y andar con las gatas del vecindario? Si le dieras a elegir, preferirá un millón de veces las heridas de la pelea con otros gatos y hasta la mismísima muerte antes que perder su condición de macho de la cuadra.

Hasta aquí la historia de mi gato, que cuando caza un ratón viene a mostrarlo como un trofeo, y cada tanto desaparece un par de días para volver agotado a comer y dormir, pero con cara de galán satisfecho. La cuento para volver sobre la idea que motivó esta columna hace un par de semanas: la lección de los carpinchos de Nordelta, en el partido bonaerense de Tigre. Es cierto que ellos estaban primero, pero ese no es el punto porque los humanos debemos convivir con el resto de la Creación, entre otras cosas porque si no lo hacemos, nos extinguiremos como cualquier animal que termina con las especies que lo alimentan.

Hay dos términos de la ecuación de la supervivencia que hay que tener en cuenta: somos depredadores de animales, vegetales y minerales y también somos parte esencial de la naturaleza: quiero decir que la naturaleza cuenta con nosotros como cuenta con el sol, el hidrógeno y el oxígeno. Depredamos sin piedad el litio, la sal, el agua; quemamos las selvas, los bosques y los pastizales, arrinconamos hasta la extinción a las yacutingas, los yaguaretés y las harpías... Pero también somos capaces de cultivar cereales para alimentar a todo el mundo; de criar ganado para usar su leche, su carne y su piel; de depurar el agua contaminada para reciclarla hasta el infinito; de inventar transgénicos, vacunas y máquinas que multiplican nuestro esfuerzo para aumentar exponencialmente los frutos de la tierra. Las especies animales que menos peligro corren son las que más matamos –y también las que más castramos– como bovinos, ovinos, porcinos o gallinas. Cuando se terminen las corridas de toros se extinguirán los toros bravos; y si desaparecieran los diarios desaparecerán también inmensas extensiones de bosques que se plantan para fabricar papel prensa.

Somos parte de la naturaleza. Solo tenemos que convivir con ella porque dependemos unos de otros, los humanos, los carpinchos, los naranjos y el agua fresca. Pero por ser libres, somos, además, la única especie capaz de degradarla y a veces pareciera que estamos empeñados en ese objetivo. Eso no es inteligencia humana: es angurria, mezquindad, egoísmo... algo que no tiene ninguna otra especie animal y que mi gato me lo recuerda todos los días.

5 de septiembre de 2021

Voto obligatorio

En las elecciones provinciales del pasado 6 de junio votó alguito menos del 60 % del padrón electoral de Misiones, un 12 % menos que en las elecciones de 2019. Le recuerdo, por las dudas, que votar es una obligación, como pagar los impuestos o parar cuando el semáforo se pone rojo.

Votar es obligación en la Argentina desde la ley 8.871, sancionada en 1912 –la llamada Ley Sáenz Peña– que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio, pero solo para los varones entre los 18 y los 70 años. Faltaban casi 40 años para que las mujeres también pudieran votar: tuvieron que esperar hasta el 11 de noviembre de 1951. El voto fue obligatorio, entonces, desde 1912 hasta –más o menos– cuando el documento nacional de identidad se unificó con la cédula de identidad en el carnet con onda tarjeta de crédito que hoy tenemos: pienso que desde entonces, al complicarse la certificación del voto, pasó a ser una obligación de derecho pero no de hecho.

En tiempos de la Libreta de Enrolamiento o del Documento Nacional de Identidad (DNI), que también era una libreta pero más chica, cada votación constaba con el sello y la firma del presidente de mesa, que se estampaba en el último casillero vacío de unos cuantos que tenían esos documentos en sus páginas. Las libretas servían también para anotar los datos relativos al servicio militar de los varones. La de enrolamiento era más grande que un pasaporte y contenía hasta un mapa político de la Argentina, la letra completa del himno y las ilustraciones del escudo, la bandera y la escarapela nacionales. En esa época, el documento de las mujeres era más chico, y se llamaba Libreta Cívica.

Los documentos-libreta certificaban no solo la identidad y el estado militar sino también también cada voto. Si faltaba el sello de la última elección, podían complicarse algunos trámites, pero también podían impedir salir del país o cobrar una multa por no votar.

El estado tiene medios para saber quiénes votaron y quiénes no y por tanto quiénes son pasibles de sanciones por no votar, pero esas sanciones hoy son una multa y tan irrisoria que ni vale la pena intentar cobrarlas. De cualquier modo, esa obligación se había vuelto irrelevante cuando, mucho antes del cambio en los documentos, los gobiernos empezaron a amnistiar a los que no votaban poco tiempo después de cada elección.
 
Es curioso que en un país donde el voto es obligatorio, los candidatos tengan que rogar a la gente que vaya a votar. Dicen los panelistas de los canales de televisión que las razones del escaso porcentaje de votantes están entre la pandemia y la apatía por la política. Puede ser. También dicen que, a nivel nacional, la abstención favorecerá al oficialismo y perjudicará a la oposición. Otro puede ser. Pero si el voto es obligatorio y la capacidad de sancionar corresponde al gobierno, sorprende que sea la oposición la que insiste con su cantinela para que vayamos a votar, mientras que el oficialismo y su aparato de campaña pasan completamente de recordar a los ciudadanos que tienen que cumplir con esa obligación cívica.
 

Nuestro porcentaje de abstención es el de cualquier país en el que no es obligación votar: más bajo que el de Francia y de Alemania, parecido al de España y un poco más alto que el de los Estados Unidos. El voto obligatorio en la Argentina cayó en desuso sin que nadie lo derogue, quizá porque no nos gusta que nos obliguen a hacer nada. Por eso estoy seguro de que en un país de retobados, como el nuestro, mejoraría la participación si el voto no fuera obligatorio.

29 de agosto de 2021

La enseñanza de los carpinchos


La puerta principal de la Casa Botines, en la ciudad de León (España), está coronada por una estatua de san Jorge matando a un yacaré. ¿Cómo que un yacaré, si san Jorge se enfrentó con un feroz dragón para salvar a una doncella en Capadocia? Bueno es que, cuando los españoles llegaron a nuestra América conocían solo por cuentos a los dragones, pero acá se encontraron con los yacarés y seguramente dijeron asombrados: ¿Ah, esto era un dragón?

La Casa Botines es un palacio diseñado por Antonio Gaudí en 1890 para una firma de tejidos de dos empresarios leoneses. Gaudí no representó a san Jorge ecuestre, hincándole a un inmenso dragón alado por su boca humeante la lanza de caballero porque no creía en la leyenda del dragón y la doncella: como buen devoto de sant Jordi, prefirió una imagen realista del patrono de Cataluña. Después de una buena restauración, sigue allí la versión pedestre de san Jorge matando a un yacaré por su lomo y con una chuza, como lo habrá hecho más de un castellano cuando se enfrentó con un dragón lento por estas playas.

Cuando españoles y portugueses llegaron a nuestra América, se encontraron con tigres, leones, dragones y otros animales que nunca habían visto pero sí conocían por sus libros de caballería, o por las historias exageradas de los que volvían de sus viajes por el Nuevo Mundo. Por eso, cuando vieron al yacaré dijeron dragón; cuando se toparon con un puma lo llamaron león; y cuando conocieron al yaguareté le pusieron tigre. Esa es la razón de tanta toponimia con tigres en nuestra América, y ya se ve que había yaguaretés por todo el actual territorio argentino. Dicen que fue un tigre el que se comió a Juan de Garay cuando exploraba el delta del Paraná. Por el Tigre, entró Santiago de Liniers y sus tropas el 4 de agosto de 1806 para reconquistar la ciudad de Buenos Aires, ocupada por los ingleses en la primera invasión. Y en Cabeza de Tigre (Córdoba) fue arcabuceado el mismísimo Liniers por orden de Juan José Castelli el 26 de agosto de 1810.

Resulta que justo viene a ser en el Tigre donde los carpinchos se están reproduciendo como conejos. La noticia ha estado en los medios de Buenos Aires toda la semana, pero también ha llegado al resto de la Argentina y al mundo, porque parece que los vecinos de Nordelta están preocupados por una invasión de carpinchos que no los deja vivir tranquilos y hasta un repartidor de pizzas estropeó su motoneta contra uno que cruzaba distraído una calle del barrio.


Nordelta es un emprendimiento inmobiliario inmenso, una ciudad entera con zonas residenciales de distinto nivel, edificios, departamentos, colegios, centros comerciales, áreas de deportes... pero sobre todo tiene mucha agua, lagunas, canales, embarcaderos... justo lo que más les gusta a los carpinchos, además de las cosas ricas que dejan los vecinos en sus tachos de basura, y comer sus tiernas plantas, y masticar troncos, muelles, puertas, que para algo son el roedor más grande del planeta.

¿Quién son los invasores? ¿Los carpinchos o los vecinos de Nordelta? Si no hay yacarés ni yaguaretés que se los coman y para colmo hay comida más que suficiente, los carpinchos se reproducen a sus anchas; y si no dejamos a los humanos depredar a los carpinchos, resulta que vamos a tener que llamar a los yaguaretés; pero los yaguaretés se comen a los humanos como se lo comieron a Garay...

Los seres humanos somos parte de la naturaleza. Pero además somos los peores depredadores de todo lo que nos rodea, y como buenos depredadores tenemos que convivir con lo que depredamos, porque si se nos termina lo que depredemos, nos depredamos a nosotros mismos. Los carpinchos de Nordelta nos están dando un mensaje para el que hay que parar la oreja: o convivimos con el resto de la naturaleza o nos estamos suicidando en masa.

22 de agosto de 2021

Milicianos de Managua en Kabul


Pedro Joaquín Chamorro Cardenal fue acribillado a balazos el 10 de enero de 1978 desde un auto que se puso al lado de su Saab descapotable cuando iba a su trabajo, como todos los días, a las 8 de la mañana. El día anterior Chamorro se había reunido con fuerzas de la oposición al dictador Anastasio Somoza con la idea de mediar entre la insurgencia sandinista y la dictadura. Don Pedro era el director-propietario de La Prensa de Managua, el mismo diario que el pasado 12 de agosto se vio obligado a suspender indefinidamente su edición en papel al ser ocupado por la policía del actual dictador, Daniel Ortega, que fue uno de los jefes de aquella revolución que terminó derrocando a Tachito Somoza.

La opinión pública de Nicaragua entendió que fue Somoza quien dio la orden, por ser Chamorro su principal oponente desde las páginas de La Prensa. Pero lo cierto es que ese asesinato fue lo que faltaba para que el pueblo nicaragüense apoyara las columnas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que tomaron Managua 18 meses después. Somoza abandonó Nicaragua el 17 de julio de 1979, y luego de pasar por Miami, Bahamas y Guatemala, se instaló en Asunción al amparo de su amigo Alfredo Stroessner. No le sirvió de mucho a Tachito la protección del Rubio: fue asesinado, también en su auto, el 17 de septiembre de 1980 en la avenida España (que entonces se llamaba Generalísimo Francisco Franco). El comando que cumplió el encargo estaba integrado por siete argentinos que habían luchado en Nicaragua junto al FSLN, comandados por Enrique Gorriarán Merlo. El plan era dispararle con una bazooka antitanque al Mercedes-Benz de Somoza. Pero a Hugo Irurzún se le trabó el proyectil, así que Gorriarán vació el cargador de su M-16 contra el parabrisas del Mercedes –que no estaba blindado– y después Irurzún consigue destrabar su bazooka y encajarle un rocket que también entró por el parabrisas. Murieron Somoza, su asesor financiero, que lo acompañaba en ese momento, y el chofer que voló por el aire destrozado.

Volvamos a Managua. Los sandinistas entraron en la capital de Nicaragua el 20 de julio de 1979. Ante la caída inminente, la ciudad había sido abandonada el día anterior por la plana mayor del gobierno y por la Guardia Nacional, que dejó cantidad de armas en los parapetos y en los cuarteles. Esa noche apareció en la historia el concepto Milicianos de Managua. Resulta que muchos de los que permanecían escondidos en sus casas, salieron a la calle, se adueñaron de las armas abandonadas y se pasaron la noche disparando al aire. Al llegar las columnas del FSLN que entraban en la ciudad se confundieron con ellos. Desde aquel episodio se llama Milicianos de Managua a los aprovechados que capitalizan para ellos una insurrección de la que no participaron.

Pensaba estos días en los milicianos, pero no de Managua sino de Kabul. La situación es parecida a aquella de 1979, solo que los talibanes son los trogloditas de Afganistán y los sandinistas iban a liberar a Nicaragua de otro troglodita. Después resulta que todo se da vuelta... pero el hecho de ahora es la toma de Kabul el domingo pasado por fuerzas insurgentes que se hacen con el poder. Los que pueden, huyen para vivir tranqui en otros países y dejan a la buena de Dios a los que los acompañaron por afinidad ideológica o porque había que comer. Se van los ministros pero quedan los secretarios y subsecretarios. Se van los embajadores pero quedan los empleados locales. Se van los responsables y quedan los inocentes que buscan desesperados subirse a los aviones para evitar las represalias de los nuevos amos.

Mejor que intentar el escape casi imposible es agenciarse un fusil de asalto bien grande y vestirse de talibán para pasar inadvertidos. Se me ocurre que muchos de los barbudos armados hasta los dientes que hoy vemos en las fotos de Kabul, son en realidad Milicianos de Managua: afganos asustados convertidos en talibanes el domingo pasado.

15 de agosto de 2021

El sistema parlamentario

La historia política es la historia de la defensa de los abusos del poder. Es que así es el animal humano: siempre habrá alguien que se erige en autoridad y por tanto habrá súbditos, pero como el que manda tiende a convertirse en tirano, los que obedecen tratan de poner todos los obstáculos que pueden para evitarlo. Lo curioso es que muchos de los que inventan esos obstáculos se vuelven tiranos cuando les toca gobernar.


Pero la historia de las ideas políticas no es solo el relato de ese intento. Se podría decir que es la historia de la convivencia entre nosotros; y cuando digo nosotros me refiero también a todas las especies que componen la creación, con los que navegamos juntos por el Universo en nuestra arca de Noé que es el planeta Tierra.

Buscando esa convivencia apareció un día la democracia, y casi junto con la democracia apareció el sistema parlamentario. Fue en la antigua Grecia y en una época en que parlamentarios eran todos los ciudadanos libres: había muchísima menos gente en el mundo y eso se podía hacer. Todavía se conservan en Grecia algunos de esos lugares en los que deliberaba todo el pueblo con sus autoridades, como en una reunión de consorcio, pero de toda una ciudad.

Ya ve como hasta en los consorcios rige el sistema parlamentario, pero nuestras democracias cayeron en el sistema presidencialista porque copiaron el modelo norteamericano, que en aquellos tiempos era el último grito de la moda. Fue así que, para limitar el poder, copiamos la constitución gringa en cambio de la de Pericles: nuestro presidente resultó un rey con vencimiento y nuestro congreso una representación del pueblo y de las provincias, que puede entorpecer o facilitar las acciones del ejecutivo según sus mayorías y minorías.

Decía que el sistema parlamentario nació en la antigua Grecia y se perfeccionó en la monarquía británica y en el resto de la Europa moderna. Consiste en un modo de organizar el poder mucho más representativo: quien elige al Jefe del Gobierno es el Parlamento, que es proporcional a la voluntad del pueblo que lo votó. El Jefe del Estado puede ser para toda la vida, como el rey en las monarquías, o con vencimiento, como el presidente en las repúblicas, pero en los dos casos su poder es muy limitado. El Jefe del Estado es algo más que el himno nacional o la bandera: un símbolo que garantiza la unidad y la continuidad del estado y también su representación. Siempre, además, interviene en casos de crisis para ayudar en el armado del nuevo gobierno.

Es que en el sistema parlamentario el gobierno puede cambiar o no cuando hay elecciones. Aunque hay elecciones obligadas cada tantos años para renovar el parlamento, las alianzas dentro de cada periodo pueden caerse y por tanto también puede caer un gobierno que fue el resultado de un acuerdo entre distintos partidos. Y al revés: mientras dure una mayoría parlamentaria, o dure la alianza que sostiene a un gobierno, ese gobierno seguriá sin drama. Es así que presidentes como Angela Merkel o Felipe González han durado muchos años y otros, como los italianos de los últimos tiempos, suelen durar bastante poco.

Decía el domingo pasado en este mismo espacio que en la Argentina deberíamos probar con el sistema parlamentario por considerarlo mucho más adecuado a nuestro estilo. Y también decía que Chile puede ser el primer país de nuestra América en instaurarlo en su nueva constitución, que hoy redacta una asamblea que acaba de ponerse a trabajar. Y también decía que en la Argentina puede ser una provincia la que empiece la corriente parlamentarista. 

8 de agosto de 2021

Parlamentarismo sudamericano


El pasado 28 de julio, coincidiendo con los 200 años de su independencia, asumió la presidencia del Perú Pedro Castillo. Sea quien sea Castillo, creo que hay que darle tiempo para saber quién es realmente cualquier candidato que empieza la andadura de su mandato. Dicen que por lo menos cien días, pero quizá sean más todavía y siempre se puede dar la vuelta la tortilla a los seis meses, a los nueve, a los doce o a los quince...

Pero lo que quiero resaltar hoy no es la joven presidencia de Castillo, que todavía sería prematuro juzgar, sino recordar la paridad notable entre los dos candidatos a la segunda vuelta: en el conteo oficial, la diferencia entre Castillo y Keiko Fujimori fue de 26 centésimas de un punto porcentual (44.263 votos). Es cierto que la primera vuelta mostró una gran polarización de partidos, pero para eso mismo es la segunda: para darle poder indiscutido al candidato que se imponga después de la polarización de la primera. La macana es que en el Perú el tiro les salió por la culata, porque tanta paridad solo constata que el país está dividido en dos bandos opuestos que parecen irreconciliables, con candidatos para colmo bastante extremos en sus posiciones.

Un país se vuelve ingobernable con una división tan marcada y tan pareja entre dos modelos opuestos. De hecho, el Perú viene de crisis en crisis hace unos años y todo parece indicar que la arremetida populista de Castillo va a prolongar esa sucesión de crisis. Lo mismo está ocurriendo en otros países de nuestra América. Y la Argentina no parece lejana a una crisis parecida si seguimos mitad y mitad a ambos lados de una grieta cada día más ancha y más profunda.

En el sistema presidencial –copiado de los Estados Unidos, y compartido con distintas variantes, por todos los países de nuestra América– el que gana impone su modelo, aunque sea el contrario del que quiere la otra mitad del país. El problema está en que no tienen nada que ver las diferencias entre nuestros modelos y los que se disputan desde George Washington el poder en los Estados Unidos. En nuestros países el contrapeso del Congreso apenas puede impedir algunas arbitrariedades en materia impositiva y de fondo, pero es tal el poder del presidente, de hecho y de derecho, que puede llevarnos a las antípodas de donde estaba durante el gobierno anterior. Basta con mencionar los decretos de necesidad y urgencia, las relaciones exteriores, la administración de las obras públicas o la comandancia de las Fuerzas Armadas...

La democracia republicana supone la convivencia pacífica de los que piensan distinto y no la imposición a las minorías de las ideas de las mayorías. Y aunque la minoría fuera solo una persona, deben convivir sin drama mayorías y minorías.

Es el momento de plantearse el sistema parlamentario europeo, que considero mucho más adecuado a nuestras repúblicas sudamericanas. El parlamentarismo fue instaurado por los ingleses desde 1688 –con antecedentes desde el siglo XIV–, que permite arreglar todas las diferencias entre los contrincantes y formar un gobierno proporcional al disenso de los propios ciudadanos. Hoy rige –sobre todo y con gran eficacia– en indiscutidas democracias europeas.

Chile puede ser el primer país que se lo plantee en su asamblea constituyente que acaba de ponerse a trabajar. Ojalá sea el puntapié inicial del parlamentarismo en nuestra América. Pero además creo que en la Argentina no hay ningún obstáculo para que sea una provincia la que empiece esa reforma tan necesaria. Nuestra Constitución no obliga a las provincias a darse un sistema presidencialista o parlamentario. Basta que sus constituciones establezcan democracias republicanas representativas y que aseguren la autonomía municipal.

1 de agosto de 2021

Mauro Periodista


Entre el domingo y el martes de la semana que pasó murió de Mauro Parrotta, periodista de la redacción de El Territorio de Posadas.

Tenía 47 años y llevaba casi 30 en el diario. Y no murió por covid, pero sí por la pandemia. Mauro era de riesgo absoluto ya que tenía un solo pulmón a causa de una neumonía que casi se lo lleva a la tumba por el 2010. "A Mauro lo mató el encierro", me dijo un colega mirando al cajón en un segundo de las tres horas escasas de su velorio. Desde marzo del año pasado, el riesgo lo obligó al encierro y el encierro le alborotó su pasión por buscar historias, por escribirlas, por conversar, por asombrarse y asombrarnos. Pero además, también mata la soledad.

Ya no sorprenden las muertes inesperadas. Los que hacen estadísticas anotan contagios y muertos como quien hace el inventario de una ferretería. Nadie cuenta los daños colaterales: los que se enferman de soledad, los que mueren de tristeza, los que se curan del covid pero nunca se recuperan del covid, los que se lleva la neumonía bilateral post covid, los que son presas de las infecciones intrahospitalarias...

Un periodista es un apasionado buscador de la verdad urgente. Urgente porque todos –las audiencias– queremos conocerla cuanto antes, por eso no basta la búsqueda afiebrada de la verdad: también hay que contarla. Los periodistas deben saber hablar y escribir además de ser genéticamente apasionados por la verdad. Y aunque no es oficio para cínicos, quizá por nuestro parentesco con la política, muchas veces se cuela –como el covid– el cinismo en las redacciones: hay que estar atentos para no contagiarse.

Mauro Parrotta era un señor periodista, genético y autodidacta. Tenía la pasión por la verdad y también era un maestro de la lengua hablada y escrita. Pero sobre todo tenía pasión por la realidad, que es lo que realmente importa, lo que permite conocer la verdad sin lentes empañados y lo que no se enseña en ninguna escuela.

No hay otro modo de conocer la verdad que no sea involucrándose con la realidad. Este principio, que hoy parece básico, fue durante mucho tiempo erradicado de la profesión: buenos periodistas eran los que miraban los acontecimientos con una escafandra, como los que atienden a los enfermos de covid en los hospitales. Se suponía que para ser objetivos había que ser distantes y también equidistantes, como si la verdad fuera el término medio de dos versiones, o de dos mentiras.

No es así, para nada. Solo metiéndose en la realidad se puede conocer la verdad. Más todavía: hay que embarrarse con el barro de los embarrados, ensangrentarse con la sangre de los que sangran, sufrir con los que sufren y celebrar con los que celebran. Abogar por los débiles, dar voz a los que no la tienen y meterse en los tuétanos de los problemas de la gente hasta que duela. Llorar con los lloran y reír con los que ríen. Vivir la vida de los otros como propia. Lo único que no puede hacer un periodista es mentir, aunque otros mientan.

Mauro era de estos periodistas. Visceral. Apasionado. Enamorado de la vida, que gastó con intensidad. Nada le era indiferente. Todo lo conmovía. Imagínese lo que puede hacer el encierro obligado de la cuarentena en una persona así... Era personal de riesgo por su mala salud; pero también era esencial, como todo periodista que se debe a la verdad. Es que el periodismo es un deber porque la verdad es un derecho elemental de todas las personas humanas.

25 de julio de 2021

Calles y avenidas de Posadas


Como usuario habitual de las avenidas Centenario y Tambor de Tacuarí, debo admitir que han mejorado notablemente el tránsito las nuevas manos de las cuatro avenidas que van y vienen desde Villa Cabello y el arroyo Mártires hasta el centro de Posadas. Admito también que a otras personas puede haber incomodado y que el comercio siempre tiene algo que decir, si resulta que estos cambios los favorecen o los perjudican. Todo es cuestión de acostumbrarse y adaptarse a los nuevos tiempos: hace años –y no crea que tantos– todas las calles de nuestras ciudades eran doble mano, cosa impensada hoy en una Posadas cada vez más repleta de autos, sobre todo de autos estacionados, entre ellos los taxis, que siguen manteniendo un privilegio desmedido en el centro de la ciudad. Y hablando de estacionamiento, también hay que decir que el SEM lo ha facilitado dentro de las Cuatro Avenidas de Posadas.

Pero hay que ir más lejos, hacia el futuro que siempre está acá nomas. Hay que prever los estacionamientos pensando en los vehículos que vendrán a transportarnos. Por suerte solo hay que mirar lo que hacen ciudades parecidas, a las que el futuro llega antes. Supongo que en los edificios que se están construyendo ya se prevé una instalación de energía adecuada a los autos eléctricos en la zona de cocheras. También hay que destinar lugares en las calles y avenidas para que circulen las motos y bicicletas. Es una opinión nomás, pero a partir de cierta proporción de motos en el parque automotor –a la que ya estamos llegando– no parece una buena idea que compartan las avenidas de tránsito rápido con autos y camiones. Cada día vemos más motociclistas involucrados en accidentes, siempre con consecuencias graves.

No puede ser que sigamos construyendo estadios, parques, predios feriales... sin prever lugares para los autos que traerán al público. El estadio de River Plate, en Buenos Aires, usa de estacionamiento una importante autopista de acceso a la ciudad y ocupan trapitos que rompen los autos si no se les paga por adelantado lo que piden. Lo de la cancha de River es un pésimo ejemplo para cualquier lugar de concentración de personas, que debe contar con espacio para los autos de los asistentes, como es el caso solo de algunas cadenas de supermercados.

Por obra y gracia de la serendipia, una novedad impensada ha traído la mano única de las avenidas Blas Parera, López y Planes, Tambor de Tacuarí y Centenario. Hay que celebrarlo y creo debería ser adoptada en todas las esquinas que tienen semáforos en la ciudad. Al cambiar las manos y dar vuelta los semáforos, quedaron en el lugar más apropiado, que es del otro lado de la calle que se va a cruzar. De ese modo pueden verse desde una distancia adecuada y se aprovecha todo el espacio para los autos antes de la línea blanca. De otro modo se obliga a los conductores a hacer contorsiones imposibles adentro del habitáculo para saber cuándo se pone verde (claro que siempre se puede esperar a que alguno de atrás nos interpele ansioso con su corneta un microsegundo después de que cambie la luz). Será por eso que en las ciudades donde los semáforos están antes del cruce, además de la luz alta para todos, tienen más abajo, en el mismo poste, un foco que apunta a los de las primeras filas. Y en otras ciudades –sobre todo en las norteamericanas– cuelgan los semáforos en el medio de la encrucijada, donde todos los ven sin problemas de tortícolis.

No sería completo este repaso rápido de calles y avenidas de Posadas sin un recuerdo esperanzado para el acceso a la capital y a Garupá por la ruta 105, desde el arroyo Pindapoy Chico. Mantiene con orgullo su condición de autopista de baja velocidad: un oxímoron pavimentado. Linda autovía con pasos a nivel, semáforos y velocidad máxima de 60 kilómetros por hora, que no permite pasar ni a un carretón, lo que hace completamente inútil la mano de sobrepaso. Ni siquiera los camiones cumplen con esa velocidad y todos los que andamos por ahí sabemos dónde suele estar agazapado el fotógrafo de la Policía. Solo le pedimos, por favor, que no cambie de lugar y que siga advirtiendo su presencia con los conitos anaranjados bien puestos en la arribada.