30 de abril de 2022

Un restyling para la democracia

Perdón por usar la expresión en inglés del título, pero es que también entre los que hablamos castellano así se significa la renovación de una marca, de una imagen, de un estilo gráfico… y todavía en castellano tenemos que usar tres o cuatro palabras para decirlo.

Y si restyling está en inglés, democracia está en griego. Señal de que es un concepto muy antiguo, que se ha ido renovando con el tiempo, porque los tiempos cambian y todo necesita cada tanto renovar su concepto, su imagen y hasta sus fundamentos. Pero en cualquier proceso de este tipo nos encontramos con un escollo difícil porque depende de la inteligencia o de la imbecilidad humanas: confundir lo esencial con lo accidental. Quiero decir que corremos el riesgo de cambiar lo que no hay que cambiar y no cambiar lo que sí había que cambiar...

La democracia es el gobierno del pueblo. Lo dice, en griego, la misma palabra, pero quien completó el concepto fue Abraham Lincoln, el 19 de noviembre de 1863 en Gettysburg: gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Desde antes de Aristóteles hasta Abraham Lincoln la idea de la democracia incluye necesariamente a todo el pueblo. Eso quiere decir que no es la imposición a las minorías del pensamiento de las mayorías sino la convivencia pacífica de los que piensan distinto. Supone también, necesariamente, un fin común en el que todos están de acuerdo, y que está incluido en el concepto de nación.

Insiste cada vez más la vicepresidenta en que las ideas en que se basa el sistema democrático y republicano están viejas, tanto como el barón de Montesquieu y las revoluciones americana y francesa, en ese orden. Es verdad, pero hay que aclarar lo dicho más arriba: lo que hay que renovar no es lo esencial sino el estilo, no el fondo sino la forma. Entre esos conceptos esenciales están los límites al poder en el espacio y en el tiempo, reflejados en la división de poderes y en la caducidad de los mandatos.
 

El domingo pasado hubo elecciones generales en Francia. Le ahorro la historia, solo lo traigo a colación por la portada del diario Libération del sábado: Contra la extrema derecha, votemos a Macron: hay que votar a un candidato que no nos gusta porque la alternativa es mucho peor; y lo hizo el sábado y no el domingo porque Libération no sale los domingos. ¿Le hace dudar de la democracia francesa ese mensaje que entre nosotros está absolutamente prohibido? Claro que no, porque lo que está viejo en nuestro sistema es el paternalismo electoral que trata a los electores como si fueran estúpidos, los lleva a votar como borregos por candidatos ignotos en listas interminables en las que hay entreverados grandes candidatos con payasos de circo, psicópatas, cleptómanos y tontos de capirote.

Estamos jugados en nuestra América cuando nos sorprenden gobernantes que nadie se explica cómo llegaron hasta allí, pero tampoco dudamos de que fue democráticamente, por lo menos la primera vez, cuando usaron la democracia para atentar contra la democracia. Por eso el restyling de la democracia debería incluir los cortafuegos que impidan llegar a estos extremos y uno de ellos debiera ser un test psicofísico en vivo y en directo en lugar de esos debates inútiles que son duelos de monólogos.

Europa viene haciendo restyling de la democracia desde la época de Juan Sin Tierra en el siglo XIII, si no se cuenta un antecedente en el Reino de León en el siglo XII. En esas época nació el parlamentarismo, que limitaba el poder del soberano y daba voz y voto a las minorías. Ese sistema se fue depurando, especialmente en el siglo pasado, y hoy hay tantos parlamentarismos como países en la Europa occidental y democrática. Ahí tiene el restyling para nuestras democracias sudamericanas, mucho más cercanas a las europeas que al presidencialismo norteamericano, que copiamos porque era lo que entonces estaba de moda.

24 de abril de 2022

Caídos o trasplantados

No estaba en Posadas a fines de febrero cuando me llegó la foto de un árbol caído en la bajada de la avenida Roque Pérez de Posadas. Me acordé entonces de esta ampliación de la realidad que supone que todos andemos con una cámara de fotos y filmadora en el bolsillo, que para colmo está conectada a internet, tanto que podemos hacer que todo el mundo vea lo que estamos viendo, en tiempo real, o hacer fotos de lo que pasa a nuestro alrededor. Pensaba que todo se volvió público y que, lejos de ser una debilidad de nuestra época por situarnos todo el tiempo en el ojo de todo el mundo, es un progreso notable para la transparencia de las conductas públicas que ya casi no se pueden esconder. Supongo que también fortalece el concepto mismo de intimidad, cada vez más reservado al propio hogar y a la decisión de mantenerla alejada de la mirada indiscreta de los terceros que no tienen nada que hacer allí.
 

Como solo lo he visto en fotos, por la apariencia supongo que aquel árbol era un ficus ya grande, al que la obra de una acequia de cemento que baja entre el cerro y la calle dejó sin sustento y lo tumbó cuan largo era a lo ancho de la avenida. El ficus no es autóctono y su verde es un poco tonto, pero ahí estuvo años, creciendo algo inclinado sobre la avenida a la que daba sombra. La sombra y los años son los que importan, porque no se recuperan así nomás. Y cayó por una obra que no tuvo en cuenta ni la sombra ni los años, ya que se podía transplantar a un lugar donde siguiera brindando lo mismo que nos daba, pero a unos metros de su emplazamiento original, donde hay otros árboles, entre ellos un samuhú, ahora apuntalado para que no le pase lo mismo que al ficus.

Es lo que ocurrió hace unos días en la obra de la la Travesía Urbana, sobre la avenida Quaranta y Las Heras, a la altura del acceso a la residencia del Gobernador, donde había una garita de la Policía y también un puente de curiosa arquitectura que ya desapareció. Allí daban sombra varios árboles añosos, que quedaron en el medio de la traza de la nueva colectora en la mano hacia la Rotonda. Con muy buen tino –y supongo que cumpliendo estrictas condiciones del contrato– la empresa constructora corrió uno metros los árboles para darles lugar junto a la colectora; y para que nadie se enoje al ver a sus operarios manipulado esas plantas, la empresa colocó un cartel que aclaraba que los estaban trasplantando y no talando. Bien hecho y señal de que se pueden trasplantar árboles grandes en lugar de talarlos o de socavar sus raíces hasta que caigan.

Como con otros temas en los que se sugieren mejoras en la ciudad, no es la primera vez que digo lo que sigue y supongo que tampoco será la última. Hay que insistir…

Los árboles son seres vivos, del reino vegetal. Nacen chiquitos y crecen: unos más y otros menos, unos más rápido y otros más despacio; y para crecer necesitan tierra y agua. Está muy bien plantarlos, pero no es lo único que se requiere para que crezcan: luego hay que cuidarlos hasta que se pongan grandes, se defiendan solos y lleguen con sus raíces al agua de alguna napa subterránea. Y no solo regarlos: hay que cuidarlos, con tutores para que no los tuerza el viento y vallas para protegerlos de algún desprevenido. También se mueren: de viejos, por pestes o por la misma falta de cuidados, y a veces a pesar de los cuidados; entonces hay que reemplazarlos por nuevos.

Además, una cosa es una explotación forestal y otra un parque urbano. Es la diferencia entre una plantación y un paisaje. Por eso insisto en que no hace falta poner los árboles en fila en los parques de la ciudad, como si fueran plantas de mandioca… No le vendría mal contratar un buen paisajista a la Municipalidad de Posadas, pero mientras tanto, se puede romper un poco la geometría de chacra desviándose de las líneas rectas en la reposición de los árboles que se pierden.

17 de abril de 2022

La banda, el bastón y la suerte


Hablamos de poder cuando alguien toma, adopta, una decisión y esa decisión es respetada por el conjunto de la sociedad. Eso es el poder. Que te pongan una banda y te den el bastón, un poquito es… La frase es textual de la vicepresidenta argentina, pronunciada el miércoles en su presentación ante la Asamblea Parlamentaria Europea-Latinoamericana que se realizaba en el Centro Cultural Kirchner de Buenos Aires. Faltan los gestos y un poco de contexto como para concluir que se refería a alguien en particular, pero igual el periodismo porteño se apuró a asegurar que era una alusión al Presidente, entre otras cosas porque después dijo …ni te cuento si además no se hacen las cosas que hay que hacer.

La vicepresidenta expresó el concepto de poder en el sentido más amplio y cabal. Sabe, por experiencia (también lo dijo) que el poder político no es el que tiene toda la capacidad para tomar decisiones respetadas por el conjunto de la sociedad. En este dilema se basa toda la filosofía de una parte más o menos importante del arco ideológico, en la Argentina y en el mundo. Y da igual el momento en que lo exprese: habría valido lo mismo en sus épocas de presidenta, de senadora, o retirada cuidando nietos en El Calafate. Además, esta expresión es la base de otra que usó durante sus años en la Casa Rosada, cuando decía vamos por todo… Quería decir que no le alcanzaba con el poder político: si quería cambiar la realidad necesitaba tener el poder real, el que no dura solo cuatro u ocho años; el poder que se queda para siempre en la Casa Rosada aunque los presidentes cambien.

Basta con buscar cualquier entrevista a los empleados más antiguos de la Casa Rosada o de la Quinta de Olivos. Invariablemente contarán que conocieron a muchos presidentes, todos muy distintos, pero cuando les preguntan por el resto de los que pasaron por allí, contestan que esos son siempre los mismos. Son los que tienen el poder real mientras que el de los presidentes es efímero. Cualquier cargo electivo tiene plazo de vencimiento porque nuestras leyes republicanas han establecido un límite al poder en el tiempo. En cambio, el poder real no tiene límites en el tiempo y a veces tampoco en el espacio.

Así es la historia del poder. Los reyes absolutos eran los dueños de todo: no solo de los bienes sino también de la vida de sus súbditos. Pero cuando las sucesivas revoluciones, desde la época de Robin Hood a nuestros días, fueron recortando los despotismos, el poder real (el de verdad) se corrió a personas o corporaciones que hoy mantienen su base dinástica y acumulativa, sin cortapisas ni almanaques que lo limiten.

Permítame dar una vuelta más de rosca a esta improvisada teoría ilustrada del poder. Hoy, en nuestras sociedades democráticas, el poder debe servir para cambiar la realidad, mejorar la vida de la gente de acuerdo a unos criterios que son distintos de un lado u otro del espectro ideológico, y aunque cambien las personas, ese poder se mantiene en la medida que se consiguen los objetivos. No sirve, en cambio, cuando el único fin del poder es detentarlo, mantenerlo o acrecentarlo a como dé lugar sin un proyecto, sin un objetivo o una meta. Y lamento comunicarle que algo de eso nos está pasando hoy en la Argentina y no solo en la Argentina. Es la razón de la desilusión de los jóvenes con lo que hay y también del progreso inusitado en las encuestas, sobre todo entre los mismos jóvenes, de candidatos desconocidos, pero que por lo menos dicen para dónde van.

El peligro de la falta de objetivos es que al final nos agarramos de cualquier proyecto que aunque sea vaya para algún sitio. Entonces aparecen los outsiders desconocidos, a los que votan multitudes desilusionadas con quienes prometieron mucho pero después nos acercaron más al abismo. En ese escenario dependemos de la suerte, que no es nunca un buen prospecto. ¿Quiere ejemplos? Están en toda nuestra América, Argentina incluida.

10 de abril de 2022

Autoridad, poder y lomos de burro


Los lomos de burro son la expresión más cabal de la ineficacia de la autoridad para hacer cumplir las leyes. Es la renuncia a cualquier política civilizada para conseguir que los conductores reduzcan la velocidad y para eso se apela a la violencia contra los conductores y sus vehículos, a veces ante una bocacalle, otras delante de un colegio y otras no se sabe bien por qué. Se supone que la velocidad permitida en calles y avenidas es de 60 kilómetros por hora, pero si los pasa a esa velocidad, los nuevos reductores metálicos que están instalando en Posadas le arruinarán el tren delantero a la cuatro por cuatro más pintada.

Mutatis mutandis (y por favor perdonen la comparación, pero creo que es solo una cuestión de escala) lo que hace el estado con nosotros es como Rusia invadiendo Ucrania: si no puede conseguir que haga lo que quiere, la somete, la sojuzga y la viola. Es usar la violencia para conseguir un fin que se supone que es un bien, por lo menos para algunos ya que no lo es para los propietarios de los autos rotos por esas instalaciones. Y todo con el supuesto fin de mejorarle la vida a la gente, pero a fuerza de empeorarla por otro lado, y con saldo negativo en el balance final de este tira y afloja, porque nos acostumbrará a cumplir las leyes solo por temor a la violencia física y no para respetar los derechos de los demás.

Se puede ir un poquito más allá todavía en este razonamiento y concluir que es completamente absurdo pavimentar las calles de una ciudad para que los autos viajen sin contratiempos y después agregar –a propósito y unilateralmente– los contratiempos. Es como asfaltar una calle y después romperla. La lógica pura indica que sería mejor no pavimentar las calles, ya que de ese modo los conductores tendrían que reducir la velocidad a la fuerza, que es lo que se pretende con los lomos de burro o de toro, vigilantes dormidos, policías acostados, túmulos, rompemuelles, lomadas y lombadas (en toda nuestra América se repite el flagelo aunque cambien los nombres). Unos son filosos, otros romos. Unos parecen colinas, otros mesetas. Unos semejan una procesión de tortugas, otros son filas de tachuelas gigantes, pero todos coinciden en hacer daño al que pase inadvertido a velocidades permitidas.

Es tan ilógico poner obstáculos en las calles de la ciudad como construir una autovía para que los autos no puedan sobrepasar los 60 kilómetros por hora. Un acceso que es una contradicción en sí misma ya que se supone que se agregaron carriles para permitir el sobrepaso y mejorar la entrada y salida más transitada de la ciudad, pero después se impide sobrepasar hasta a los camiones más lentos con ese ridículo límite de velocidad.

Y no ocurre solo con la velocidad máxima en la autovía que va desde Garupá a San José. Cada retén de la policía con sus conos anaranjados en un atentando a las millonarias inversiones en vías de comunicación: para qué queremos dobles trochas o rutas más anchas si después las obstaculizan a cada rato con piquetes de la Policía Provincial, de la Gendarmería Nacional, de la Prefectura Naval, de la Policía Federal y hasta de la Policía de Seguridad Aeroportuaria… que nos paran para preguntarnos a dónde vamos o miran sus celulares a la vera del camino.

Los lomos de burro y el resto de los obstáculos son una comprobación empírica de lo que es el poder sin autoridad. Como no hay autoridad que consiga que cumplamos las leyes, se ejerce solo el poder de rompernos los autos, jorobarnos el tiempo del viaje, o simplemente mostrarnos quién manda en la carretera.

Dirán que no hay otro modo de lograr que la gente maneje más despacio porque son todos unos maleducados. Toda una confesión… de la falta de enseñanza, de igualar para abajo a los buenos y a los malos y de la escasa autoridad de los que gobiernan, a quienes no les queda otra que recurrir al poder y a la violencia sobre los gobernados.

3 de abril de 2022

Semáforos de Posadas


El sábado de la semana pasada se inauguró la mano única en otras dos avenidas de Posadas. Santa Catalina ahora corre de norte a sur, desde Urquiza hacia la terminal de ómnibus y la estación de transferencia de la avenida Quaranta; y Lavalle, al revés, va de sur a norte, desde Quaranta hacia Urquiza. Se está imponiendo un esquema más funcional de tránsito en la ciudad, pero sobre todo más racional. Y no solo eso: los comerciantes, que al principio de quejaban, ahora están bastante más conformes.

Pero la nuevas manos únicas de las avenidas dejan todavía pendientes dos reformas que pueden servir para mejorar toda la circulación de la ciudad, y aclaro que a las dos me he referido otras veces, pero me consta que hay que repetirlas para que al fin alguien caiga en la cuenta y se anime a encararlas. A veces se rechazan las sugerencias solo porque se les ocurrieron a otros, quizá para que esos otros no se adjudiquen los beneficios de los cambios. Lástima, porque es evidente no es un criterio sano para decidir nada.

Las bicisendas de Posadas no son bicisendas: son el antiguo cordón cuneta más un metro de avenida, delimitados por pintura y señalización vertical. Impiden el estacionamiento en uno de los lados, que es lo que sí molesta a los comerciantes que no cuentan con estacionamiento en sus locales. Toda la obra que se ha hecho es pintar ese carril, que es precisamente el que usaban los automovilistas para estacionar. La mitad de la bicisenda es cordón cuneta, casi imposible de transitar en bicicleta, lo que vuelve difícil cruzarse con otro ciclista. Pero además están las alcantarillas, las bajadas de autos que invaden el carril y cantidad de obstáculos que nadie se atrevió a modificar, no se sabe si por desidia o por la urgencia de parecernos a Amsterdam. Solo la avenida Tomás Guido tiene algo parecido una bicisenda de verdad y es el ejemplo de lo que sí hay que hacer. Esa avenida, en forma de paseo, nació como una compensación por la línea de 132.000 voltios que la recorre hacia la estación transformadora de la avenida Centenario. Al ser Tomás Guido doble mano, mantiene, además, los semáforos para ambos lados de circulación, cosa que no ocurre en las avenidas que se han vuelto de una sola mano, aunque sus bicisendas sean de ida y vuelta: en esas, los ciclistas que van a contramano de la circulación de los automóviles, tienen que pasar las bocacalles sin saber si tienen o no tienen el paso liberado por el semáforo. Solución: construir bicisendas de verdad, ponerlas en las avenidas de doble mano, o hacerlas pasar por calles internas y no por las avenidas. Es que, al final, las bicisendas son un obstáculo a la circulación más rápida de las avenidas.

Los semáforos siguen siendo un suplicio en Posadas, sobre todo a quienes por la edad ya no tenemos las articulaciones del cuello tan flexibles como los más jóvenes. Salvo en muy contadas excepciones están antes de la arteria que hay que cruzar, lo que obliga a los conductores de las primeras filas ha hacer contorsiones imposibles para verlos desde el lugar donde hay que detenerse. Hacer contorsiones imposibles o esperar a que uno de los de atrás toque la bocina impaciente cuando deja de mirar el celular y se da cuenta de que la luz del semáforo se puso verde.

Pero hay otro defecto –muy notable y muy aprovechable para los simples mortales que somos objeto de multas peregrinas– que las autoridades municipales deberían tener en cuenta: es imposible probar con fotos la infracción por pasar una semáforo en rojo cuando está antes de la calle que impide cruzar con la luz roja, ya que siempre el conductor podrá alegar que cuando la cruzó no estaba en rojo.

Por pura serendipia, al cambiar las manos de las avenidas y girar los semáforos sin modificar su emplazamiento, ya hay unos cuantos cruces que tienen semáforo del lado que tienen que estar. Pero no es una buena idea dejar que esas cosas ocurran por casualidad.

27 de marzo de 2022

El futuro es lo que vale


Dice Andrés Calamaro que no se puede vivir del amor. Es discutible y conste que soy de los que piensan que sí que se puede, no porque el amor sirva para comérselo o bebérselo sino porque es la única fuerza que consigue todo en este mundo.

De lo que estoy seguro que no se puede es de vivir del pasado. No lo puede hacer ni una persona ni un conjunto de ellas que forman una persona jurídica tan grande como una provincia, o un conjunto de provincias que forman una nación precisamente por ser un proyecto común, aunque puedan compartir también algún pasado. Fíjese que no tenemos el mismo pasado Tierra del Fuego que Misiones o Misiones que Mendoza o Mendoza que Formosa y sin embargo nos une el futuro porque tenemos el mismo destino desde que formamos las Provincias Unidas del Río de la Plata, que tenía vocación de incorporar todos los territorios del antiguo virreinato.

También ese futuro se llama destino, que no es lo que la suerte nos depara sino el que nos forjamos colectivamente. Ese destino es lo que nos define y describe, mucho más que el pasado.

Concentrarnos en el pasado no es una buena idea, entre otras cosas porque nos puede desviar del futuro. Es lo que ocurre hoy entre Rusia y Ucrania. Rusia tiene pasado y Ucrania futuro. Rusia quiere volver a la grandeza de la época de los zares y Ucrania está peleando su guerra de independencia en pleno siglo XXI. Ucrania tiene más pasado que Rusia, pero mira al futuro, a su propio futuro como nación independiente y con un destino común. Y Rusia, que tiene menos pasado que Ucrania –o un pasado común– se está aferrando a no perder lo que tenía. La situación es perfectamente comparable con la independencia de toda América, cuando los imperios europeos trataron de aferrarse a su pasado inmenso y glorioso, con una fuerza descomunal y desproporcionada, pero que nada pudo hacer contra la pasión libertaria de quienes habían decidido independizarse de la Metrópoli, con ejércitos desharrapados, en territorios casi desiertos y desde ciudades que eran apenas rancheríos confundidos con el barro de sus calles.

No sabemos todavía lo que pasará en Ucrania. Anticipé hace un par de columnas que saldría unida y victoriosa a pesar de las pérdidas de la guerra y también dije que a Vladimir Putin y Aleksandr Lukashenko les espera un destino parecido al de Nicolae Ceaușescu o Erich Honecker, los dictadores comunistas de Rumania y Alemania Oriental. No hay que ser muy suspicaz para sostenerlo: solo hay que tener memoria para comprobarlo el día que suceda.

Pero creo que es hora de que los argentinos nos apliquemos en serio la lección del pasado y del futuro. El viernes un diario de Buenos Aires titulaba CON LA MEMORIA DE BANDERA, y me hacía pensar que un país que establece las heridas de su pasado como bandera y que las revuelve todos los días para evitar que cicatricen, es un país enfermo de memoria. Un país que mira a sus próceres y a sus villanos, a sus tragedias y a sus apoteosis más que a sus sueños, es un país que va para atrás y no para adelante. Un país que se revuelca en sus errores con placer onanista, está perdido en el tiempo. Un país cuyos ciudadanos son incapaces de perdonarse y mirar para adelante, no tiene destino. No es fácil olvidar pero siempre se puede perdonar, por eso no digo que debemos olvidar pero sí que tenemos que perdonar.

Mirar al pasado sin proyecto de futuro es quizá el más grave error colectivo de los argentinos: pura memoria pero nada de sueños. Entonces solo queda un plan: el poder.

20 de marzo de 2022

Mariúpol

Las ciudades habitadas son un dolor de cabeza para cualquier estratega, desde Sun Tzu hasta Erwin Rommel, pasando por Julio César y Napoleón. No se trata de la dificultad de tomar por asalto una fortaleza repleta de enemigos armados, sino una ciudad enemiga con sus habitantes, que también son enemigos, muchos de ellos con sus armas, impredecibles y con un odio visceral a quienes los están violando. Es imposible avanzar en un frente urbano sin dejar cabos sueltos si no se hace limpieza casa por casa, edificio por edificio, departamento por departamento. Así y todo, las bajas propias son inmensas porque hay que luchar contra guerrilleros profesionales o improvisados, que conocen cada rincón, como dueños de sus casas y de sus calles y lugares públicos.

En la Guerra Civil Española apareció la expresión quinta columna para expresar las fuerzas amigas en territorio enemigo: cuatro columnas el ejército de Franco avanzaban sobre Madrid, pero el general Emilio Mola llamaba quinta columna a la integrada por muchos ciudadanos de Madrid que esperaban ansiosos la liberación y que caerían sobre las tropas leales a la República cuando la desbandada. En la Segunda Guerra Mundial se usó la táctica de ciudad abierta, que consistió en rodear las ciudades sin entrar en ellas en los avances de los aliados por Europa; así, una vez que cayera toda la región y sin salida posible, los defensores de esas ciudades depondrían las armas. Había, además de la humanitaria, una razón cultural: no destruir los invaluables tesoros arquitectónicos. Se cumplió en ciudades como Roma o Florencia, cuyas poblaciones eran más afines a los aliados que avanzaban que a los alemanes que retrocedían. En cambio, unas cuantas ciudades hostiles de Alemania y Japón fueron reducidas a escombros por los bombardeos aliados, con su población civil incluida y por supuesto, con sus tesoros, sus monumentos, sus catedrales, iglesias, castillos, teatros y palacios. Aunque conocemos más las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki que produjeron unos 240.000 muertos, el caso más sonado de destrucción completa de una ciudad histórica, con su población incluida, fue el bombardeo de Dresde del 13 al 15 de febrero de 1945; y hay un antecedente similar, en otra escala, en el bombardeo de la ciudad vasca de Guernica el 26 de abril de 1937 durante la Guerra Civil Española.

La táctica rusa no puede ser la de la quinta columna porque no son amigos los que están adentro de las ciudades ucranianas que pretenden conquistar. Aunque podrían haberlo elegido, tampoco es el caso de la ciudad abierta, probablemente por el inmenso negocio de la reconstrucción. Y parece que la idea de los generales de Putin tampoco es el bombardeo masivo de las ciudades, con la matanza de sus habitantes como daño colateral. Aunque ya el mundo ha reconocido los crímenes de guerra que están cometiendo las fuerzas armadas rusas en Ucrania, está claro que lo que pretenden los rusos es lo que se llama táctica de la alfombra, porque, como una alfombra que se enrolla o como un tubo de pasta de dientes, se aprieta a los civiles de las ciudades para que huyan, y una vez vacías destruirlas a fuerza de bombas. Rusia ha provocado el éxodo de ya más de tres millones de ucranianos que se abandonan sus ciudades hacia a lugares más seguros. Lo que no sabemos es si Rusia calculó que Ucrania dejaría a los combatientes en sus puestos adentro de las ciudades vacías de inocentes. Esos combatientes son los maridos (a veces con sus mujeres), los hijos o los padres de los que se van, que se quedan con el firme convencimiento de defender su tierra, sus calles, sus casas y departamentos a como dé lugar y hasta la última gota de su sangre. Es una táctica no tan nueva la de Rusia (ya la ensayó en Grozny y en Alepo) pero sí es nueva la de Ucrania y también son nuevas las armas portátiles provistas a los ucranianos, que revientan tanques y helicópteros como si fueran pichones de Plaza Francia.

Dicen que queda en pie solo el 20% de la ciudad de Mariúpol, el estratégico puerto de Ucrania sobre el Mar de Azov. Mariúpol quedará como ciudad mártir en los anales de la historia, como Guernica, Dresde, Hiroshima o Nagasaki: ciudades enteras destruidas sin sentido por la barbarie humana.

13 de marzo de 2022

Ucrania es igual

Margaryta Yakovenko nació en Ucrania hace 29 años, pero vive en España desde los siete. En su cuenta de Twitter se presenta como escritora, periodista e inmigrante. Hoy trabaja en el diario en El País de Madrid y también ha publicado una novela, Desencajada, en la que relata las angustias de las distintas generaciones de migrantes en la España de hoy. El viernes apareció en un podcast de El País, en el que otra periodista le pregunta sobre Ucrania, pero no sobre la invasión de Rusia que estos días nos tiene a todos en vilo, sino sobre cómo era la vida en Ucrania antes de la guerra.

Ucrania es independiente desde el 28 de junio de 1996. Todavía no cumplió 26 años, así que los jovencísimos padres de Margaryta emigraron a España poco después de la independencia cuando los rublos que habían ahorrado se convirtieron en papel mojado. Hay que figurarse lo que fue aquello: al caerse la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, dejó unos cuantos países libres de su protectorado, detrás de lo que llamábamos Telón de Acero. Otros, los más cercanos a Rusia, integraban la URSS. Entre ellos quedaron dentro de Europa los tres bálticos –Estonia, Letonia y Lituania–, Bielorrusia, Moldavia y Ucrania.

Después de 500 años bajo la sombra de Rusia, Ucrania se convirtió en independiente de la noche a la mañana. La bandera resultó cielo sobre trigo dorado, el típico paisaje ucraniano, y el escudo un tridente que parece moderno pero tiene mil años. Al mismo tiempo que la independencia vino la desmembración de la organización política y administrativa, la justicia, la infraestructura, la economía... y las fronteras, que ya se ve que para Rusia resultó un desgarro de lo que siempre consideraron bastante propio y empezaron a recuperar en 2014, cuando tomaron impunemente la península de Crimea.

Cuenta Margaryta que todos los ucranianos pueden hablar en ruso, muchos de ellos –ella misma– como lengua materna; al final hablan un yopará entre ruso y ucraniano como lengua franca para entenderse entre todos. También cuenta que los ucranianos son profundamente cristianos: ortodoxos rusos en el este, ortodoxos ucranianos en el centro y católicos en Galitzia, medio polaca, medio ucraniana... y bastante argentina por sus migrantes a estas playas: el obispo católico de rito ucraniano de Kiev habla en castellano con acento porteño.

Zelensky es un caso aparte. Un actor cómico famoso y rico, que se presentó a las elecciones y arrasó. Le costó gran parte de su carisma el enfrentamiento con el sistema corrupto, así que empezó a bajar su popularidad, tanto que todos pensaban que al empezar la invasión se rajaría del país. Pero entonces apareció un actor desconocido, que decide enfrentar a las rusos sin cuartel, en una guerra desigual pero que equilibra el fuego de la pasión de Ucrania contra la potencia de fuego de Rusia.

Desde su independencia y con sus idas y vueltas, Ucrania intenta convertirse en un país democrático, acercarse a la Unión Europea y despegarse de la Federación Rusa, para no caer en una dictadura lamebotas de Moscú como Bielorrusia o Kazajstán. La corrupción campaba y campa todavía, en manos de los oligarcas que se quedaron con todo cuando la caída de la URSS. Los hospitales no tienen insumos ni remedios, así que los pacientes los tiene que comprar en la farmacia de la esquina. Los colegios dependen del estado, pero los pagan y arreglan los padres de los alumnos, que gastan días enteros pintando sus paredes o arreglando su calefacción. Pero Ucrania también es como la Argentina en sus fortalezas: un país joven, lleno de vida y rico en recursos, que puede levantarse con una firme voluntad colectiva y un gobierno honesto que la dirija. Hoy no tenemos perspectiva suficiente, pero estoy seguro de que tarde o temprano Ucrania se levantará de esta guerra como un país fuerte, unido e independiente. Solo ruego que la Argentina no necesite una guerra para renacer desde sus ruinas.

6 de marzo de 2022

життя переможе смерть

En ucraniano dice el título que la vida vencerá a la muerte. Se pronuncia algo así como zitia peremoze smert. Miles de hijos de ucranianos de Misiones podrán mejorarlo, si es que todavía conservan su idioma. Confieso que lo tomé, letra por letra, de la portada de la edición internacional de la revista Time de esta semana. Citan a Volodymir Zelensky, el presidente de Ucrania, que también dijo que la luz vencerá a las tinieblas. Que la luz vence a la oscuridad lo experimentamos cada vez que la prendemos, pero para quienes creen que la muerte es el final, la vida pierde siempre porque a todos nos alcanza, por mucho que corramos.
No deja de sorprender que en pleno siglo XXI un país haya invadido a otro. Pero más sorprende que lo haga a sangre y fuego, destruyendo todo lo que encuentra a su paso, que es una señal de castigo y no un acto posesorio (algún oligarca ruso estará calculando los negocios de la reconstrucción). Se entiende ahora la ordalía, el juicio de Dios, al que se sometían a veces los reyes de la antigüedad y hasta la Edad Media. ¿Porqué hacer sufrir a los pueblos si los que están peleados son sus gobernantes? ¡Mátense entre ustedes y déjennos en paz! al final, nos da lo mismo que nos mande uno u otro: son todos muy parecidos...

Cualquier manual de estrategia explica que solo se puede atacar de frente al enemigo cuando la superioridad es aplastante. De ese modo se ahorra tiempo, que puede ser un factor clave. En cambio, la estrategia de la aproximación indirecta establece que siempre hay que buscar los flancos del enemigo: derrotarlo en escaramuzas, dejarlo sin suministros, matar al cacique... En el ataque de frente las pérdidas serán cuantiosas; en cambio por los flancos se pierde tiempo pero se ahorran combatientes y armamento. Aquí se terminó mi ciencia de la estrategia, pero diría, por las noticias que sigo, que las tropas rusas están intentando el ataque frontal amparadas en su enorme superioridad y que no pretenden quedarse en Ucrania: solo someterla como un violador a su víctima. Mala idea, que está dejando a Putin y a Rusia en soledad frente a un mundo consternado por la violencia atroz de su avance por un país que nunca fue enemigo. Ahora está claro que más que la defensa de los prorrusos del Dombás, lo que Putin quiere es convertir a Ucrania en un protectorado, con un presidente títere como Aleksandr Lukashenko en Bielorrusia.

Putin eligió la guerra sin cuartel –o la violación– del siglo XIV y se puede decir que ya perdió solo porque estamos en el siglo XXI. Podrá matar a millones de ucranianos como lo hizo Stalin, podrá destruir sus ciudades como lo hizo con Grozny o con Alepo, pero ¿para qué? ¿para convertir a Ucrania en la cárcel de los ucranianos? ¿por cuánto tiempo? En el caso hipotético de que termine ocupando todo el país, necesitará un carcelero ruso por cada ucraniano o deberá matarlos a todos. Antes de eso veremos a Putin colgado en la Plaza Roja por sus propios camaradas.

Como están las cosas daría la impresión de que solo China puede arreglar los tantos de este conflicto, desatado más en oriente que en occidente, aunque todo ocurra en el este de Europa, que es una península de Asia, como dice Oswald Spengler. Con Estados Unidos sin recursos morales para defender el orden económico mundial, China no quiere destruirlo: lo quiere gobernar; y el mundo le está sirviendo en bandeja a Vladimir Putin asado y con una manzana en la boca.

Zelensky consiguió unir al mundo en contra de Rusia usando solo la bomba atómica de su carisma y la voluntad inquebrantable de un pueblo dispuesto a morir defendiendo su patria. Ni hoy ni nunca se puede vivir en contra de todo el mundo y mucho menos declararle la guerra así como así.

27 de febrero de 2022

Cuarto jinete


Primero fue la peste. Después el fuego. Y ahora la guerra...

Cualquiera que lo pensara con un poco de tremendismo diría que se están abatiendo sobre el mundo las plagas de Egipto sumadas a las del Apocalipsis. Pero para que nadie se llame al engaño integrista, hay que decir que lo mismo habrá pensado cada generación desde que los humanos habitamos el planeta. Siempre están los que presumen que el fin del mundo no puede a ocurrir sin que ellos estén presentes: son los ególatras que se creen el centro de la historia, aunque la historia pasa sin acordarse de ellos.

Todas las cosas que vemos ocurrieron ya alguna vez, y si no las experimentamos porque no estábamos todavía entre los vivos, las leímos en novelas o las vimos en el cine. Hay miles de historias que desafían a los tiempos: la última, rodada en plena pandemia, refleja un mundo distraído por la superficialidad de la opinión pública mientras se abate la peor catástrofe posible, y hace acordar a la frivolidad de las noticias más leídas de cualquier diario o portal: farándula, bloopers y recetas...

Siempre habrá pestes, guerras y catástrofes en el mundo. A algunas las podemos evitar y a otras las podemos prever para minimizarlas, pero no hay caso: nos siguen y nos seguirán maltratando... Es parte de nuestra condición y parece que no podemos salir de esa espiral que nos muestra inválidos a los ojos de cualquier extraterrestre, pero no hace falta ser marciano para confirmar esta característica peculiar de la condición humana. El cristianismo explica que somos una naturaleza caída y que no queda otra que acercarse a Dios y cumplir sus mandamientos. Pero no todos tienen fe, así que pueden ir los Putin del momento a decirle al Papa que vivirán en paz y al día siguiente invadir a sangre y fuego a sus vecinos sin que se les mueva un pelo.

Quizá no podamos escaparle a nuestra naturaleza, o no tengamos ni medio gramo de confianza en el proyecto humano; pero a pesar de eso, las guerras, las pestes y las catástrofes deberían ser un llamado constante a mejorar colectivamente. Cada año que pasa, cada día, cada minuto, debería ser mejor que el anterior, y en la resultante final lo deberíamos comprobar. Puede ser que nos toquen tiempos oscuros de la historia, pero siempre la humanidad se ha superado y hemos terminado mejores que antes. También es cierto que todavía queda mucho por recorrer y quién sabe lo que nos tocará a nosotros, a nuestros hijos y nietos. Por lo pronto podemos agradecer al cielo y a nuestros antepasados lo que ya nos tocó: un lugar pacífico y amable del mundo, donde apenas sentimos alguna diferencia entre nosotros que no nos impide vivir en paz unos con otros.

Nadie sabe bien qué representan los cuatro jinetes del capítulo sexto del Apocalipsis. Hay uno negro, otro rojo y otro amarillo. Se supone que traen la guerra, el hambre y la muerte. El cuarto es blanco; en realidad es el primero y debería ser el que termine con esos flagelos. Hay que ver las películas de Bergman o de Tarkovsky para empezar a desentrañarlo. Y se puede leer a Tolkien o a Robert Hugh Benson y de paso sumar alguna interpretación estrafalaria de Leonardo Castellani. La mitología fantástica de Game of Thrones también se inspira en estas profecías. La tradición cristiana sostiene, con algunas dudas, que el jinete del caballo blanco es Jesucristo, pero habrá que esperar milenios para saberlo.

Toda guerra empieza con una piedra que cruza el alambrado, o con una bolita de pan tirada desde el otro lado de la mesa. Quizá por eso deberíamos conformarnos con tenernos paciencia unos con otros. Si conseguimos que haya un poco de paz allí donde estamos, seremos cada uno el cuarto jinete en su caballo blanco.