29 de octubre de 2023

Nadie es dueño de los votos ajenos


Visité hace muchos años el escritorio de una antigua firma propietaria de campos en la provincia de Buenos Aires. Una de las paredes estaba decorada con una foto, en blanco y negro y bastante grande, de un montón de gauchos –unos 50, diría– a la sombra larga y mañanera de un eucaliptal, todos montados a caballo y con pinta dominguera. Junto a ellos se distinguía al patrón; y mirándolos desde el suelo, las mujeres y los hijos de todos ellos. Cuando pregunté qué era esa foto, mi anfitrión me explicó que eran el antiguo patrón con toda la peonada a punto de salir a votar, un día de elecciones. Y siguió: en esa época los empleados votaban lo que decía el patrón y las mujeres no votaban. La escena era posterior a la primera vez que el voto fue secreto, universal y obligatorio, el 2 de abril de 1916, y anterior a la primera vez que votaron las mujeres, el 11 de noviembre de 1951.

Recuerdo también con cierta nostalgia las conversaciones familiares antes de las elecciones, cuando mi madre le preguntaba a mi padre por quién había que votar. Algo que hoy sería impensable, o no tanto; mejor que quede la duda. Es bastante natural que pasen estas cosas entre dos personas que se conocen bien, que se quieren y que tienen los mismos sueños.

Igual que en aquella foto antigua, hoy cada persona vale un voto, pero pienso que aquellos empleados rurales eran tan fieles a sus patrones que votaban sin drama por lo que este les decía: si quieren tener trabajo, que el país prospere y que haya futuro para sus hijos, voten por mi candidato. Nada distinto de lo que ocurre hoy con el cinismo de los discursos, la compraventa de candidaturas, el clientelismo, la movilización, las campañas sucias, el robo de boletas en el cuarto oscuro, el reparto entre los que tienen fiscal de los votos del partido sin fiscal...

Cada persona es libre de votar a quien quiere y nadie la puede ni la debe coaccionar en su elección. Pero además vale lo mismo el voto del candidato que se vota a sí mismo que el del último analfabeto llevado a votar por la movilización de ese candidato. Hoy, 40 años después de aquella elección que ganó Raúl Alfonsín, todavía tenemos que conseguir que los mecanismos electorales aseguren la libertad de votar, cada uno a quien quiera y que ese voto cuente en la suma total. Todavía falta bastante y en gran parte se debe a que la política prefiere que no sea tan seguro el sistema, precisamente para quedarse con votos inocentes.

Nadie es dueño de los votos ajenos. Esta idea debería ser central en las escasas tres semanas que quedan hasta la segunda vuelta de la elección presidencial. Ningún candidato transfiere los votos que obtuvo en una elección a la siguiente ni a ninguna, porque los votos son solamente de los que votamos y cada vez que votamos somos tan libres como las anteriores, y para colmo –y por suerte también– somos libres de cambiar de opinión. Ningún votante obedece a su candidato sino todo lo contrario, pero además una buena parte vota al que le parece menos malo, o no vota desafiando la obligación. Pero, además, si los votos fueran patrimonio de los candidatos, no haría falta la segunda vuelta porque bastaría con sumarles a los ganadores los votos de los perdedores, en una subasta de apoyos como la que estamos viendo en estos días.

22 de octubre de 2023

La loca ley de la otra mejilla

El pasado 7 de octubre, sábado, el grupo terrorista Hamás desató una masacre brutal contra los judíos de Israel. Fue una reacción algo tardía a la represión en abril de palestinos en la mezquita de Al-Aqsa, sobre el antiguo Templo de Jerusalén. Desde la Franja de Gaza lanzaron miles de cohetes (no me atrevo a llamarlos misiles) a la vez que soldados irregulares inutilizaron puestos de control y entraron por la fuerza en Israel. Mataron a todos los judíos que encontraron a su paso y se llevaron vivos a más de 200, entre ellos quince argentinos; también hay ocho argentinos entre los 1.400 judíos asesinados aquel día por Hamás.


La invasión desató una nueva guerra entre Israel y el grupo terrorista palestino, que puede generalizarse en Medio Oriente contra otros grupos y países enemigos de Israel. Por ahora es la expedición punitiva de un país soberano y reconocido por todo el mundo contra un partido político-militar, en el poder en un territorio que cabe en un departamento de Misiones. El fin de Hamás es aniquilar a todos los judíos, porque los alimenta el odio negro y antiguo de haber sido despojados de su territorio y arrinconados en la Franja de Gaza, cosa discutible porque nunca Palestina fue un país soberano y los judíos tienen sobradas pruebas, desde la época de Abraham, de que esa es su Tierra Prometida. Hay otros enclaves palestinos pegados a Israel y gobernados por la Autoridad Palestina (en la que no participa Hamás) pero ninguno tan poblado, tan pobre y tan enojado como la Franja de Gaza, y eso explica que esté en el poder un partido beligerante como Hamás, y que muchos de sus habitantes también sufran las consecuencias de esa beligerancia.

Israel tiene una de las fuerzas armadas más modernas y equipadas del mundo, además de una súper inteligencia y una alianza fraterna con los Estados Unidos. Todo indica que fueron sorprendidos o engañados, pero enseguida respondieron el ataque en todos los frentes y sitiaron la Franja de Gaza dejándola sin luz, sin agua y sin suministros. Cuando esto escribo no habían invadido todavía, pero todos los días bombardean con precisión edificios señalados y barrios enteros donde se supone que están sus enemigos. Han matado ya a más de 4.000 palestinos entre combatientes y civiles, y han dejado una cantidad inmensa de heridos. Después de dos semanas de combates, ayer entraron 20 camiones con ayuda humanitaria para los dos millones de habitantes de la Franja.

Todo país tiene derecho a defenderse cuando es atacado, pero ¿es proporcional la represalia israelí sobre Palestina? ¿y cómo se mide esa proporción? Los relatos de los sobrevivientes israelíes, las filmaciones de celulares y las escenas encontradas en los kibutz, son tan terroríficas que mueven a castigar más allá de todo límite a los que las provocaron, pero ¿se pude hacer eso? Israel dice que va a aniquilar a Hamás, cueste lo que cueste, y si están esperando para entrar en Gaza a sacarlos de sus cuevas es por la seguridad de los rehenes, que Hamás usa como escudos humanos.

No me atrevo a juzgar las pasiones humanas, pero esta guerra parece un retroceso de cuatro mil años en la historia, hasta antes de la ley del talión, que limitó la venganza a la estricta igualdad. El más fuerte no puede tomarse revancha a la medida de la propia fortaleza, a la vez que se protege el resarcimiento del más débil. Pero en estos cuatro mil años el derecho evolucionó, por lo menos en Occidente, y entregó el monopolio de la Justicia y la aplicación de penas a jueces y fuerzas independientes. No se puede cometer un delito para castigar otro, entre otras cosas porque el que lo hace, se rebaja a la condición del delincuente. Arreglar una muerte con otra muerte solo consigue dos muertos y sobre todo suma odio sobre odio, generación tras generación, siglo tras siglo. Por eso es sabia la loca ley que el cristianismo opuso a la del talión: la de la otra mejilla, que supone el amor sobre el odio, pero además resulta que si uno no quiere, dos no pelean.

15 de octubre de 2023

Examen psicofísico


El primer debate entre candidatos presidenciales se llevó a cabo hace 63 años, el 26 de septiembre de 1960, en los estudios de la CBS de Chicago. Los candidatos eran John F. Kennedy y Richard Nixon y habían pactado cinco por radio y televisión durante la campaña a las elecciones del 8 de noviembre de 1960. Finalmente los debates fueron cuatro y el último se realizó a distancia, Nixon en Los Ángeles y Kennedy en Nueva York.

Antes del primero se pronosticaba que el ganador sería Nixon, y el mismo Nixon estaba seguro de que destrozaría a Kennedy solo con su experiencia y su retórica. Pero resulta que Nixon sabía hablar y convencer, pero no tenía ni idea del lenguaje de la televisión. Pierre Salinger, asesor de Kennedy, consiguió no solo la victoria en los debates sino también que gracias a ellos llegara a la presidencia de los Estados Unidos. Mientras Nixon se preparaba estudiando encerrado en el hotel, Kennedy tomaba sol, así que Nixon llegó pálido y Kennedy con buen color. Kennedy (43) era algo más joven y pintón y Nixon (47) era de todo menos buen mozo. Nixon se puso la clásica camisa blanca y Kennedy innovó con una celeste que daba más calidez en las pantallas en blanco y negro. Nixon sudaba y Kennedy estaba lo más Pancho y parece que fue porque Salinger apagó el aire acondicionado del estudio; se calcula que lo vieron 70 millones de norteamericanos.

En la Argentina pasaron dos debates de la campaña para las próximas elecciones generales del domingo que viene. Se emitieron por TV en directo, el primero desde Santiago del Estero el domingo 1 de octubre y el segundo desde la Buenos Aires el domingo pasado, día 8. Al revés que en los Estados Unidos, acá los debates tienen pocos años y son obligatorios por la ley 27.337 de 2016, que modificó, una vez más, el Código Electoral Nacional. En la próxima reforma capaz que nos obligan a mirarlos...

Pero esta columna no es sobre debates sino sobre el examen psicofísico, o psicológico y psiquiátrico que están proponiendo algunos candidatos con bastante sensatez. La propuesta se funda en que no hay ninguna condición de salud física o mental para ser presidente, cuando sí la hay para un chofer de colectivos o un piloto de aviones, que tienen bajo su responsabilidad entre 50 y 500 personas, mientras que el presidente puede chocar un país con 45 millones de habitantes. El artículo 89 de la Constitución establece que, para ser presidente solo se requiere haber nacido en el territorio argentino, o ser hijo de ciudadano nativo, habiendo nacido en país extranjero; y las demás calidades exigidas para ser elegido senador. Y para ser senador, solo agrega el artículo 55 que hay que tener 30 años (curiosamente no dice más de 30 años ni 30 años cumplidos).

Ahora imagínese lo que sería si en lugar de los debates que hemos visto los domingos que pasaron, lo que presenciáramos fuera un examen psicofísico en vivo y en directo de los candidatos, con un jurado de psiquiatras, psicólogos y algún bioquímico o anestesista que analice lo que consumen. Además hay que averiguar si su nivel de abstracción y su edad emocional corresponde a los 30 años que pide la Constitución (este año sería la parte más difícil de pasar), más un chequeo completo de condiciones físicas y, por supuesto, la declaración de bienes patrimoniales y de ahorros en la Argentina y paraísos fiscales, de ellos y sus parientes hasta el cuarto grado de consanguinidad; también de sus cónyuges, novios o amantes y sus parientes hasta el mismo grado. Va a ser una especie de Bailando de la Política, cien veces más interesante que un debate en el que no se debate nada, que es lo que vimos el domingo, mientras esperábamos en vano que ocurra algo distinto.

Además de la utilidad evidente y del rating asegurado, seríamos los inventores del género, del que el mundo se acordará como ahora nos acordamos del debate de Kennedy y Nixon en 1960.

8 de octubre de 2023

No es la economía

The economy, stupid es el eslogan que se hizo famoso durante la campaña electoral de Bill Clinton para las elecciones de 1992. James Carville, el estratega de su campaña, había pegado en las paredes de sus cuarteles generales unos carteles que recordaba los tres temas centrales de la agenda. Uno de ellos se volvió famoso y con el tiempo se completó la frase como It's the economy, stupid! (¡Es la economía, estúpido!) que se puede aplicar a cualquier cosa. Quiero decir que la frase le sirvió a Clinton para ganarle a Bush, pero eso no quiere decir que sea universal ni que sirva para todo y mucho menos a la Argentina, a pesar de lo que puede parecer si uno se atiene a la agenda de las campañas y de los medios que las cubren.

El problema de la Argentina no es la economía. El problema de la Argentina no es la inflación. El problema de la Argentina no es el peso. El problema de la Argentina no es la emisión. El problema de la Argentina no es el dólar. El problema de la Argentina no es el gasto público. El problema de la Argentina no es el Banco Central. El problema de la Argentina no son los 167 impuestos y tasas...

El problema de la Argentina es moral y me da la razón la noticia que ha sido relevante y omnipresente durante toda la semana que pasó.
Pareciera que Martín Insaurralde no cometió ningún delito, como dijo un candidato opositor sobre su aventura mediterránea desde Marbella con una... digamos modelo. Debería ser algo privado que no tenemos por qué juzgar, pero es evidente que hay un enriquecimiento desproporcionado en una persona que toda su vida vivió de magros sueldos del estado. Pero lejos del fuero penal, donde probablemente salga airoso y ya sabemos por qué, la opinión pública juzga y condena la inmoralidad, y es evidente que tamaña ostentación, justo ahora, de un funcionario cuyos ingresos no le alcanzan para pagarse el pasaje a España, le hace daño a la campaña electoral del oficialismo desde que con extrema urgencia le pidieron que renuncie a la jefatura de gabinete de Axel Kiciloff, retiraron su candidatura a concejal de Lomas de Zamora –y su nombre en letras bien grandes en la boleta– y lo borraron de todos los carteles de campaña, en los que aparecía abrazado al candidato a intendente del distrito con más votos de la provincia de Buenos Aires después de La Matanza.

Ni los jueces inmorales, subsidiarios del poder político, pueden arreglar las consecuencias muy serias de un comportamiento privado que se hizo público, porque la sentencia de la opinión pública es inapelable. Nos escandaliza la inmoralidad generalizada, obscena y temeraria, sean quienes sean sus protagonistas.

El problema de la Argentina es moral porque el problema de la Argentina es la corrupción de su clase política, que ha corrompido también todo lo que toca, incluidos la Justicia, el poder económico y el sindical, el periodismo y hasta el fútbol. Los corruptos viven en ese ambiente como peces podridos en agua podrida, y se dan cuenta tarde de que los argentinos no somos como ellos: preferimos el agua clara y fresca de la verdad y la decencia. Y como toda generalización es injusta, estoy seguro de que hay políticos, jueces, periodistas y empresarios decentes, pero confieso que cuesta encontrarlos.

La corrupción es un cáncer que avanza con su metástasis y se propaga por toda la sociedad. Las crisis económicas de la Argentina son el resultado de su grave crisis moral: a nadie le interesa arreglar la economía porque solo les interesa el poder, como al ladrón le interesa el botín, porque el poder es impunidad y la impunidad es el paraíso de cualquier inmoral.

1 de octubre de 2023

Mitad y adolescencia colectiva


A pesar de que esos días se nos llena la boca con la palabra democracia, el acto electoral no es su esencia y tampoco su fundamento. Es apenas una consecuencia de la idea central de la democracia que es la convivencia pacífica de los que piensan distinto.

Antes de que en occidente se instalara la cultura democrática, se lograba la convivencia pacífica venciendo a los enemigos en el campo de batalla. No se crea que fue hace tanto: nuestras guerras civiles del siglo XIX fueron eso y la violencia política tuvo sus destellos hasta bien entrado el siglo XX. Pero el hito de la convivencia nacional fue la Constitución de 1853, que estableció la democracia republicana como estilo de vida, el federalismo que reconoce la soberanía de las provincias, el presidencialismo como forma de gobierno, la separación de poderes que limita el poder político, y un poder legislativo bicameral que representa a las provincias por igual y al pueblo de modo proporcional a los votos. Lastimosamente, en el camino perdimos la elección indirecta.

En el campo de batalla nunca gana el más débil porque fuerte es el que gana y débil el que pierde. Pero sí puede ganar el ejército menos numeroso y perder el que tiene más soldados, porque eso depende de la estrategia y de las tácticas –de la inteligencia– aplicadas a cada batalla. En democracia cada persona es un voto sin importar la condición: da lo mismo si es más fuerte, rico, instruido o inteligente... y la estrategia consiste en conseguir el número suficiente para ganarle al adversario. En la democracia también puede ganar el más inteligente, que es el que conoce la realidad mejor que los demás, el que copia el campo, el que se adelanta a la voluntad popular porque la interpreta mejor que los otros.

Cuando esas mayorías son decididamente superiores, todos tenemos claro quién debe gobernar y quiénes se quedan en la oposición. Pero el problema aparece cuando las principales fuerzas políticas están cerca de lo que en estadística se llama empate técnico, que se da cuando la escasa diferencia impide hablar de ganadores y perdedores. Todo podría ser, incluso que una elección termine tan empatada que la igualdad sea exacta: imagínese que haya que tirar al aire una moneda para saber quien gana porque en la elección sale la mismísima cantidad de votos entre los que disputan la segunda vuelta.

No hay ningún problema de legitimidad cuando, después de contar y recontar papeletas, se gana por escasa diferencia y los adversarios aceptan el resultado. Pero el problema no es la legitimidad del voto sino la actitud de los que ganan por poco pero después se imponen despóticamente a los que pierden, también por poco, cuando es evidente que podría haber ganado tanto uno como el otro, quizá si las elecciones hubieran sido el día anterior o el siguiente.

Imponerle a las minorías el pensamiento de las mayorías es lo más antidemocrático que hay y mucho peor cuando es mínima la diferencia. En esos casos, gobernar para todos implica reconocer que la mitad del país piensa distinto y espera del gobierno la consideración que merece, aunque haya sido el adversario en las urnas.

En lugar de esa consideración, desde antes de nuestra independencia la mitad de los argentinos maltrata a la otra mitad. Para salir de ese laberinto adolescente no queda otra que buscar la unidad, fortalecer la unión con las ideas que nos unen, ceder en las que nos separan y gobernar con todos y para todos. Algo de eso ha dicho esta semana uno de los tres candidatos, entre quienes está el próximo presidente. Pero deberían decirlo –y hacerlo– todos. Sería una señal de que la Argentina está saliendo de la adolescencia y llegando a la mayoría de edad.

24 de septiembre de 2023

El frontis de San Ignacio

La reducción de San Ignacio Miní y otros 29 pueblos de las Misiones del Guayrá fueron abandonadas por los padres jesuitas en 1767, cuando el rey de España dispuso su expulsión de todos los territorios de la corona. Dependiendo de las circunstancias, algunas misiones permanecieron vivas y evolucionaron hasta nuestros días; otras fueron abandonadas a merced de la selva que volvió por sus fueron perdidos. En el caso de San Ignacio Miní, parte de su destrucción se debió a una incursión militar desde el Paraguay en 1817, cuando nadie sabía hasta donde llegaban el Paraguay y la Argentina.

En 1882, ya clara la soberanía argentina en el territorio de la actual provincia de Misiones, el gobierno nacional ordenó retirar dos placas de la fachada de San Ignacio Miní para exponerlas en una feria internacional. Al sacarlas, las rompieron y rotas ya no les servían, así que quedaron tiradas entre otras piedras de la antigua misión. Unos años después, en 1887, se llevaron esas placas y otras piezas al museo de Ciencias Naturales de La Plata. Decía el instructivo del expolio que lo hacían para rescatar esas obras de arte del marco salvaje de la selva y del contexto de una población inculta. Con esa excusa se llevaron 34 piezas de San Ignacio. Ya se ve que no está en ruinas solo por el abandono de los jesuitas, los ataques paraguayos y la voracidad de la selva; parte de lo que falta es el resultado del robo liso y llano y de muchos destrozos que se produjeron al romper la estructura para llevarse las piezas que codiciaban. Por fin, el miércoles pasado fue restituido uno de los frontis (el número 2) a la antigua reducción de San Ignacio Miní. Está tan roto como lo dejaron en 1882, pero instalado en un marco que lo protege. Ahora se puede ver en el Centro de Interpretación de San Ignacio Miní.


Nuestra provincia lleva el nombre de las antiguas misiones jesuíticas. Esa razón bastaría para movilizar la protección del patrimonio histórico que nos da identidad junto con la inmigración. Hay otras razones muy fuertes, como el turismo, pero ahora lo que interesa destacar es la identidad original de Misiones.

La restitución de una de las piezas que se llevaron es apenas el comienzo. No hay que descansar hasta que vuelvan a su sitio las que faltan y muchísimas más que están donde no deben, incluso en casas particulares. Pero además Misiones puede y debe recuperar todas las antiguas reducciones para el patrimonio público provincial. También poner en valor por lo menos una de las antiguas misiones y San Ignacio es la que tuvo más esplendor y la que mejor se conserva. Esa puesta en valor debería conseguir que se aprecie cabalmente la magnitud de su templo y el resto de sus instalaciones. No se trata de recuperar un edificio muerto para que siga muerto; hay que reconstruirlo para la interpretación cabal la gesta de europeos y aborígenes que buscaron juntos la Tierra sin Mal y fueron perseguidos por los codiciosos de siempre. Con los medios actuales y la documentación que existe, la misión de San Ignacio Miní puede recuperarse hasta volver a estar viva como antes de la expulsión, porque nada conserva mejor las cosas que su uso y prueba de sobra es lo que pasó con las antiguas reducciones.

Los jesuitas fueron expulsados de España y sus posesiones en 1767, y suprimidos por el Papa Clemente XIV en 1773, pero Pio VII los restauró en 1814 y Fernando VII los dejó volver a España en 1815, 48 años después de su destierro. La historia del poder político y los jesuitas tiene más capítulos, pero hay una realidad que se repite: solo recuperaron una ínfima parte de las antiguas iglesias y colegios que tenían antes de aquella expulsión, porque así funciona la codicia humana. ¿No será el momento de devolverles por lo menos una y tal como estaba en 1767?

17 de septiembre de 2023

Aproximación indirecta

Basil Liddell Hart fue un oficial del Ejército Británico. Nació en 1895 y murió en 1970. Con esos datos basta para saber que sobrevivió a la Primera Guerra Mundial (y también a la Segunda). Fue herido en las trincheras del Frente Occidental y luchó en la larga Batalla del Somme. En 1916 lo destinaron a una unidad blindada, cuando los primeros tanques –unos artefactos inmensos, horripilantes y mortíferos– irrumpieron en la guerra de trincheras y dieron un nuevo giro a la estrategia militar. Este hecho y el gas alemán determinaron el resto de su vida.

Imposibilitado de seguir en el servicio activo por culpa de dos infartos sufridos como consecuencia del gas en el Somme, en 1923 le rebajaron la dedicación a trabajos de escritorio y solo por media jornada. En 1927 se retiró del Ejército con el grado de capitán y empezó la etapa que lo convertirá en un gran teórico de la estrategia. Se dedicó full time al estudio de las batallas y consiguió trabajo como periodista especializado en temas militares en el Times de Londres. Como nadie es profeta en su tierra, sus estudios sobre la guerra blindada fueron rechazados por los oficiales británicos y aplicados con gran éxito por el ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial en las blitzkrieg de Polonia de 1939 y Francia de 1940 y por Erwin Rommel en el norte de África. En lugar de aceptar el error, Churchill dudó de su lealtad y lo mandó a arrestar, pero nunca pudo probar nada. Con el tiempo la reina lo nombrará caballero, igual que a Elton John y Paul McCartney.

Su obra más conocida es la Historia Militar de la Segunda Guerra Mundial, pero la más útil es La estrategia de la aproximación indirecta, un libro que debería estar en la mesa de luz de los marquetineros políticos que se duermen viendo a Tinelli y después dan consejos efectistas pero inútiles. Ese libro siempre estuvo a mano en un estante de la biblioteca de Jorge Bergoglio en Buenos Aires. Hay otros dos que también recomienda seguido el Papa: El amo del mundo, de Robert Hugh Benson y Síndrome 1933, de Siegmund Ginzberg.


La aproximación indirecta supone lo que cualquier militar sabe desde la época de Sun Tzu: solo se ataca de frente al enemigo cuando la proporción de fuerzas están a favor por lo menos cinco a uno y el tiempo ganado pesa más que las posibles pérdidas. Para conseguir éxitos, tanto en la guerra como en la política, siempre hay que aproximarse al objetivo por los flancos, ya que en muy raras ocasiones la superioridad numérica es de tal magnitud que justifique otra cosa, y aunque esa desproporción existiera, la aproximación indirecta ocasionará menos bajas. ¿Cómo se hace esto? Hay que leer a Liddell Hart.

El domingo pasado, en este mismo espacio, trataba de explicar el objetivo del viaje del Papa a Mongolia: mostrarle a China que el cristianismo es compatible con su cultura y su estilo de vida. La aproximación de Francisco a China por el flanco de Mongolia es la típica aproximación indirecta. Pero hay otro flanco que también está aprovechando ahora Jorge Bergoglio: las negociaciones de paz para Ucrania, en las que China es un factor clave.

El miércoles 13 llegó a Pekín al cardenal Matteo Zuppi en una misión de paz que el Papa le ha encomendado y que lo llevó antes a Kiev, a Washington y a Moscú, de la que sabemos poco, pero así es la diplomacia, especialmente la vaticana: no se sabe nada hasta que se sabe todo. Curiosamente, Zuppi, arzobispo de Bolonia, se llama igual que Matteo Ricci, aquel jesuita que llegó a la corte del emperador chino cuando empezaba el siglo XVII. Ricci no había leído a Liddell Hart pero seguro que conocía el El arte de la guerra de Sun Tzu. Lo precedía fu fama de sabio y un ingenio especial para fabricar relojes con campanas que habían encantado al emperador.

10 de septiembre de 2023

Francisco y la China


Recién el domingo pasado se entendieron un poco más las razones del Papa para visitar Mongolia. Las que ya conocíamos son las mismas que le están haciendo retrasar su visita a la Argentina, que no tienen nada que ver con la que la inmensa mayoría de los argentinos supone. A Francisco le interesan de verdad las periferias geográficas y existenciales de este mundo. Prefiere mil veces ir a donde no hay católicos que a donde son mayoría. Prefiere los presos a los libres. Prefiere los pobres a los ricos. Prefiere los enfermos a los sanos. Prefiere los desheredados a los poderosos. Prefiere los gobernados a los gobernantes. Prefiere los pecadores a los santos.

Mongolia está tan en la periferia del mundo que nos cuesta ubicarla en el mapa. Ni siquiera fue visitada por Juan Pablo II y eso ya es mucho decir. Aunque es bastante grande, casi todo su territorio es una estepa desértica. Tiene poco más de tres millones de habitantes, de los que la mitad viven en la capital, Ulan-Bator. Tuvo su época de gloria y expansión en el siglo XIII, cuando con Gengis Kan, el imperio mongol se extendió desde el Pacífico hasta los Urales.

Si los habitantes de Mongolia caben en la ciudad de Buenos Aires, los católicos caben en la catedral de Posadas. Hace apenas 30 años que unos misioneros coreanos empezaron a instalarse en Ulan-Bator y pacíficamente fueron convirtiendo al cristianismo a los primeros mongoles. A esos cristianos fue a visitar el Papa la semana pasada en un viaje tan largo como venir a la Argentina. Pero... ¿qué se le perdió a Jorge Bergoglio en Mongolia?

Como si fuéramos los dueños de la voluntad y del pensamiento del Papa, los argentinos perdemos el tiempo debatiendo si debía ir a Ulan-Bator o venir a Buenos Aires; si debió dedicarle más segundos de sonrisa a un funcionario que a otro; si tiene que regalar rosarios a nuestros amigos y no regalárselos a nuestros adversarios; si debe o no debe nombrar a algún argentino en una comisión del Vaticano... Nos parece que el Papa está todo el tiempo preocupado por lo que pasa en la Argentina y también que debería pensar como nosotros, cuando probablemente no le dedique ni un segundo a estas elucubraciones ombliguistas nacionales.

Aquí tiene un tema que sí le preocupa a Francisco y en el que está poniendo un empeño sobrehumano. Mongolia no solo es una periferia: está enclavada entre Rusia y China, pero mucho más cerca de Pekín que de Moscú. Y en términos culturales y religiosos está mucho más cerca también de la China pagana que la Rusia cristiana, y para colmo en China vive un quinto de la población mundial.

El Papa, jesuita al fin y al cabo, quiere mostrar a China lo que otros jesuitas –encabezados por Mateo Ricci– intentaron entre los siglos XVI y XVII: que el cristianismo no es un obstáculo para la cultura, la política y el progreso de sus pueblos. Que se puede ser mongol, chino, japonés o esquimal y a la vez cristiano. Y esto es lo que fue a hacer a Mongolia, y lo hizo mirando a China todo el tiempo.

Hay un dato interesante y muy actual sobre el padre Mateo Ricci. Era un personaje fascinante, un genio del Renacimiento italiano, que largó todo, se hizo jesuita y se fue a la China. Francisco está impulsando su proceso de canonización con ganas evidentes de declararlo santo cuanto antes. Ricci sufrió en vida, y todavía más después de muerto, la persecución de los cristianos occidentales –sobre todo de los miembros de una orden religiosa– que no entendieron su inculturación en la China y la consideraron más un acto sacrílego que una misión para cristianizarlos. Después de cuatro siglos, Francisco está remediando esa persecución y ese aparente fracaso.

3 de septiembre de 2023

El pico

En España, pico es un grisín cortito de pan duro: algo así como las torraditas pero con puntas, de ahí su nombre. Es lo más aburrido que hay, pero sirve para matar el hambre, sobre todo en el campo. Lo suelen poner en los bares para acompañar la ración de jamón serrano: una lástima, con lo rico que es el pan en España y lo bien que combina con el jamón.

También se llama pico en castellano a la herramienta para picar materiales duros. Pero sobre todo se llama pico a la boca de los pájaros y por extensión a toda boca, también la humana. Los pájaros sí que tienen pico y es evidente el parecido con el pico de picar piedra o con el pico de los mosquitos, que más que pico es una aguja bien afilada. Porque picar, pican los mosquitos, las abejas, los tábanos y el mbarigüí, aunque dicen que más que picar muerde, como las serpientes.


Pero hay otro pico, aunque nunca es la acción y el efecto de picar a nadie. Los argentinos le decimos pico –o piquito– a un beso bastante inocente que se da apenas tocándose los labios en forma de pico. Picos se dan los que se quieren besar sin besarse mucho, por discreción, para evitar suspicacias, por vergüenza o por asquito nomás. Y la palabra pico para ese beso es ya un aporte argentino al castellano universal.

Bueno, hace casi dos semanas que un pico es la noticia sobresaliente en España y en gran parte del mundo. El pico que le encajó Luis Rubiales a Jenni Hermoso en la ceremonia de premiación de las campeonas del mundo de fútbol en Australia. Hermoso es una de las jugadoras de la selección española; Rubiales es el presidente de la Real Federación Española de Fútbol, y el pico quedó registrado por las cámaras de televisión y por cientos de celulares que seguían el acto: ya se sabe que hoy cada vez más gente prefiere ver la realidad enmarcada en la pantalla vertical del teléfono.

Dos días después del hecho estalló la opinión pública. Ese y otros videos mostraron una realidad escondida: el abuso de un dirigente hacia su dirigida; pero a juzgar por la reacción colectiva no era solo a Jenni Hermoso sino a todas las jugadoras, y tampoco era solo de un dirigente. Las futbolistas españolas renunciaron en masa a la selección si continuaba esa dirigencia, el Presidente del Gobierno descalificó a Rubiales y prometió intervenir ante al FIFA para sancionar a Rubiales y la FIFA lo suspendió por 90 días. Mientras Rubiales se defendía diciendo que había sido apenas un piquito, empezó, con histrionismo andaluz, un nuevo acto de esta tragicomedia de la picaresca hispánica: la madre de Rubiales se atrincheró en huelga de hambre en la iglesia de Motril, su pueblo de la provincia de Granada. Cuando llegaron las cámaras de la televisión, acusó de linchamiento mediático a los enemigos de su hijo y al gobierno de intentar distraer a la opinión pública.

Hasta aquí, en resumidas cuentas, el caso Rubiales, que puso la mira del mundo en el fútbol femenino, en los abusos en el fútbol femenino y en el machismo en el fútbol femenino. Ciertamente también opacó el triunfo de la selección española en el Campeonato Mundial de Australia y Nueva Zelanda, en el que nuestra selección quedó eliminada en la fase de grupos (perdimos contra Italia, empatamos con Sudáfrica y perdimos contra Suecia).

El fútbol femenino está enseñando un corte de la realidad; pero cuidado, porque es un corte proporcional, un botón de muestra. Quiero decir que el problema no es el fútbol femenino, que, por cierto, todavía es poco femenino; y tampoco es solo un problema español. Si pasan estas cosas en el fútbol femenino es porque pasan en todas partes, para arriba y para abajo y también para los costados. Hay que mirarlo así y preocuparse, y no verlo como la noticia de un acontecimiento raro, ajeno o lejano.

27 de agosto de 2023

Síndrome de Prigozhin


A las 6 de la tarde del miércoles pasado, Yevgueni Prigozhin subió a su avión junto con la plana mayor del Grupo Wagner; iban de Moscú a San Petersburgo. A media hora de levantar vuelo, ya en altura crucero, el Embraer Legacy 600 cayó hecho pedazos en una localidad llamada Kuzhenkino. Se supone que algo explotó en su interior o que fue alcanzado por un misil. Nadie sabe realmente lo que pasó: solo se conoce la lista de los siete pasajeros y tres tripulantes y que no hay sobrevivientes. Hay que comprobar que son los de la lista con lo poco que quedó de ellos, esparcido entre los restos calcinados del Embraer, pero eso será imposible porque nada es verdad y nada es mentira hoy en día en la Federación Rusa, y en este caso no hay ninguna certeza pero tampoco ninguna duda.

En la lista estaba el segundo de Prigozhin, Dmitri Utkin, Mr. Wagner, el que le dio el nombre al ejército privado más numeroso de la historia y el culpable de que una organización rusa lleve el nombre de un músico y escritor alemán. Richard Wagner fue un compositor sajón del siglo XIX, autor de óperas muy conocidas como Tannhäuser, El anillo del nibelungo o Tristán e Isolda. Era un gran músico, pero también un antisemita de aquellos, que en sus obras musicales y literarias promovió el nacionalismo y la soberbia alemana que desemboca en Adolf Hitler y el nazismo. Wagner era el nombre de guerra de Utkin, un skin head que tenía tatuadas las insignias de las Waffen SS en su piel, en el mismo lugar donde caían en el uniforme negro de la fuerza de elite y guardia pretoriana de Hitler.

Después de llevar la parte más importante del esfuerzo bélico en la invasión a Ucrania –les costó unas 20.000 vidas solo en la Batalla de Bajmut– Prigozhin se revela contra Putin por la falta de apoyo del ejército ruso y se enfrenta contra un par de generales más amigos del escritorio que del campo de batalla. El 23 de junio el Grupo Wagner tomó la ciudad de Rostov del Don y avanzó hacia Moscú con la intención, tampoco se sabe bien, si de acabar con Putin o de darle una lección sobre cómo se avanza en una guerra de agresión.

Tuvo que intervenir Aleksandr Lukashenko, el tirano de Bielorrusia, para parar a los Wagner antes de que se armara la gorda en Moscú. Le estaba haciendo un favor a Putin, de quien es vasallo, y le ofreció asilo a los Wagner en su país, donde establecieron su campamento de legionarios romanos. La relación entre Prigozhin y Putin, que otrora fuera de compinches y mesa bien regada, había quedado definitivamente rota, pero un buen día Prigozhin salió de Bielorrusia y se presentó como Pancho por su casa en sus imponentes oficinas de San Petersburgo. Dos días antes del vuelo de la muerte difundió un video, supuestamente grabado en África, donde Wagner tiene batallitas contratadas por varios dictadores del Sahel. Y el miércoles este vuelo tan extraño...

Extraño porque si fuera Prigozhin jamás me habría subido a un avión en Moscú dos meses después de rebelarme contra Putin; y si fuera lugarteniente de Prigozhin jamás hubiera aceptado volar con él entre Moscú y San Petersburgo. Así que habría que pensar que Prigozhin no estaba en ese avión y que los muertos son perejiles, o que Prigozhin tenía el síndrome muy argentino de creerse el Rey del Mundo.

Así es el poder: idiotiza tanto a la gente que les hace creer que son omnipotentes aun después de perderlo. Nos creemos unos genios porque nos ascendieron en el trabajo y decidimos que vamos a hacer grandes negocios si nos independizamos. Y cuando nos independizamos, nos bajan de un hondazo porque nunca nos dimos cuenta de que nuestro poder era prestado. Es el síndrome de Prigozhin.