3 de mayo de 2006

Humahuaca

La boletera me advirtió al sacar la entrada que no encontraría momias en el Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta. Los parientes de los indiecitos enterrados en la cima de los nevados están furiosos con los profanadores de tumbas. El museo cobraba por exhibir a sus antepasados en heladeras de cristal. Antes ablandaba a los visitantes con un video a toda pared donde enseñan cómo los científicos llegaron a la cima del volcán Llullaillaco y arrancaron de la montaña a tres niños enterrados hace 500 años a 6.700 metros de altura.

Las tribus del altiplano argentino eran vasallas de los incas: ahora son súbditas de un patagónico, mitad suizo mitad croata. Viven en la quebrada de Humahuaca y en la puna. Eran buena gente, solo que de vez en cuando sacrificaban a un niño en lo alto de un cerro para aplacar las iras de la Pachamama; todo legal. Parece que, además, eran muy humanitarios, porque antes de golpearles la cabeza con una piedra contundente, les daban a mascar hojas de coca y bebían chicha de maíz.

Las dos niñas del Llullaillaco tenían seis y quince años. El niño, siete. Parecen dormidos y sus petates están impecables, como si hubieran sido comprados en una tienda étnica de la avenida Santa Fe. A la niña mayor la partió un rayo, pero no se sabe cuándo. Su sacrificio los convertía en huacas, mensajeros de los dioses, vecinos del sol. Pero sus padres se llevaban lo bueno: la ofrenda de sus hijos les merecía, por lo menos, una gobernación. La hazaña de los arqueólogos, financiada por la National Geographic Society y la Smithsonian Institution, fue encontrar un santuario intacto en 1999: la mayoría de los yacimientos incaicos de los Andes han sido reventados con dinamita por los buscadores de tesoros.

Humahuaca no es el nombre de un programa límite de la televisión francesa. Es un pueblo antiguo, colonial, en el medio de la quebrada multicolor del río Grande, en el extremo noroeste de la Argentina: calles angostas, casas de adobe y faroles de hierro negro. Y dos torres achaparradas que enmarcan la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Antonio desde 1615. Por las calles, el mercado y la iglesia deambulan siempre indios americanos y turistas europeos. Unos bajitos y morochos, otros gigantes rubicundos. El pelo chuzo resalta contra el crespo, el respeto entre la altanería y el susurro en la estridencia.


El Viernes Santo, al terminar los oficios, dos cholitos vestidos de Arimatea y Nicodemo, bajaron de la cruz a un Cristo articulado y lo depositaron en una caja de vidrio llena de flores. Después lo pasearon por las calles del pueblo seguido por la Dolorosa, con su corazón de plata atravesado por siete facones. Tambores y sikus los adelantaban a la luz cercana de la primera luna de otoño. Durante horas recorrieron las estaciones de la Vía Crucis construidas ese día como ermitas vegetales en esquinas señaladas de Humahuaca. Así es en todos los pueblos de la quebrada y de la puna.

Faltaban hombros. Quise poner el mío para llevar un paso al que le sobraba peso, pero mi altura lo escoraba hasta tocar las casas. Sin remedio me instalé del lado de unos turistas españoles que sacaban fotos relampagueando la noche. Pensaba que ahora los sacrificios humanos se hacen en barrigas bien alimentadas. También recordé que hace 500 años sus antepasadas parían a los aventureros que vinieron a enseñar a los indios a ser buenos cristianos.

10 de abril de 2006

Los ladrones más buenos del mundo

Creía que los policías eran barrigones con bigote que dirigen el tránsito fumando. Pero a mediados de enero cambié de opinión. En pleno verano manejaba tranquilo por una calle de Acassuso cuando me topé con un móvil de la policía. Se bajaron dos agentes y me encañonaron. ¡Bájese!, me gritaron histéricos, y me bajé. ¡Váyase! Me volvieron a increpar en lugar de matarme.

Me rodeó un raudal ululante de patrulleros. Frenaban chirriando las ruedas. Se bajaban policías a los gritos, armados hasta las orejas; ninguno cerraba las puertas. Mi auto azul quedó desamparado en la puerta de un banco que estaban asaltando. Una alarma alertó a la policía que rodeó la zona en el preciso instante en que yo pasaba por allí. Los cinco ladrones decidieron atrincherarse con nueve clientes y siete empleados como rehenes. El cordón se organizó en seguida.

Al rato entró en el cerco un señor calvo y elegante como Indro Montanelli. Un corro de jefes se movía despacio en conversaciones intermitentes. El calvo entraba y salía para hablar en privado o por teléfono. Más tarde llegó un oficial de uniforme impecable, con dorados y charreteras; parecía el general San Martín. Se veía que era el mandamás, y estaba más tranquilo que el calvo. Detrás del cordón de la policía tomaron posición un millón de movileros. Cada tanto el cordón se cerraba pero los gordos fumadores los ponía en su sitio, a 300 metros del banco.

Los atracadores soltaron en seguida al custodio del banco, que salió con las manos en la nuca y su arma en la cartuchera: eran hombres de bien. Cuando el cerco estuvo seguro, empezaron los parlamentos entre un negociador oficial y el vocero de los ladrones. A las 5 de la tarde pidieron comida y les acercaron pizzas y cocacolas. A las 6 se cortó toda respuesta desde el banco. A las 7 llegaron los GOE y se metieron por las bravas en el local. No hubo ni un disparo. Salieron los rehenes en fila india.

A las 8 un grupo de bomberos intentaba abrir la tapa de una alcantarilla. Los ladrones más buenos del mundo se habían escapado de un cerco de mil policías barrigudos, del mismísimo San Martín, de Montanelli, de los GOE y de los bomberos, por un túnel que comunica el tesoro con un desagüe pluvial. Se llevaron en un gomón dinero contante y sonante y joyas que los clientes guardaban en 147 cajas de seguridad: los argentinos no depositan la plata en cuentas corrientes porque cada tanto el gobierno se la roba por decreto.

A las 9 anochecía. Apareció la brigada de explosivos con cascos y escudos de legionarios romanos. Hicieron explotar dos granadas que los premios Nobel del Atraco habían dejado en el boquete por el que escaparon. A las 10, cuando bajó la polvareda de las explosiones, entró la policía científica, con guantes blancos y maletines negros. A las 11 San Martín me preguntó qué hacía en medio del operativo. “Espero mi auto”, le contesté señalándolo. “Por ahora no nos podemos acercar ni nosotros” me contestó muy amable. Le pregunté si podía quedarme. “Siempre que no sea periodista” me advirtió riendo. Le revelé la verdad, pero ya no hizo caso: todos los diarios del país estaban titulando en sus portadas el papelón de la policía.

A las 2 de la mañana recuperé mi auto en perfectas condiciones: había dejado el techo abierto, dos Nikon del diario y hasta dinero suelto. A los quince días cayó uno de los ladrones por cambiar de novia. Al mes y medio tenían a Dimas, el jefe de la banda. Las joyas y los billetes son otro cantar.

En la América mestiza, como en el Calvario, el bien y el mal están entreverados.

27 de marzo de 2006

Aleijadinho

En el Nuevo Mundo el oro provoca una enfermedad hereditaria: castellanos y portugueses vinieron tan atraídos por los metales que prefirieron morir de hambre antes de cultivar la tierra con sus propias manos. Cuando terminaba el siglo XVII unos bandeirantes paulistas exploraban el sertão del río San Francisco a la caza de esmeraldas, cuando al buscar agua para beber, encontraron unos granitos negros que escondían oro de gran calidad. Como siempre, la gripe del oro contagió la turba de mineros y dio origen a la Vila Rica de Albuquerque que hoy es Ouro Preto, la ciudad más barroca del mundo.


Por el remordimiento de los bandeirantes –que cazaban a los indios para sus encomiendas– solo los capellanes amigos podían adentrarse en el Brasil, así que no hay fundaciones de órdenes ni congregaciones en la ciudad; pero sí terceras órdenes y cofradías. Agrupados entre ellos o por cuenta propia, los mineros construyeron y dotaron capillas y ermitas en agradecimiento al santo preferido, por cada veta o pepita descubierta.

De lejos la villa parece un nacimiento de canto, cal y tejas sembrado de iglesitas. La matriz del Pilar, en lo más bajo del barrio alto, es una ópera rodeada de palcos dorados y luces de cristal. La parroquia del otro barrio, de Antônio Dias, es la Concepción, también teatral y radiante. Con el santuario del Bom Jesus de Congonhas, son 22 iglesias, sin contar ermitas, oratorios, fuentes, palacios... En la del Carmen, azul y terracota, los días de fiesta acicalan con ángeles de carne y hueso las hornacinas de su retablo: desde allí cantan a la Virgen meninas de túnica blanca y alas emplumadas. Ellas no pierden el resuello cuando suben y bajan las cuestas interminables de la villa. Tampoco los estudiantes de la Escuela de Minas que van y vienen de sus repúblicas.

Entre ellos deambula la sombra contrahecha de O Aleijadinho. Antonio Francisco Lisboa murió allí mismo en 1814. Era mulato, hijo de una esclava de su padre. Desde los 35 años, Lisboa comenzó jorobarse. Mientras la giba crecía, se le atrofiaban los dedos de las manos y los pies; alguno se lo cortó de un saque –un martillazo en unas tijeras– para suprimir el dolor. También perdía la vista, y el carácter se le aturdía. No se andaba la gente con líos de corrección política, así que, como era lisiado y petiso, le llamaban el Lisiadito. Aunque la parálisis le carcomía el cuerpo, siguió tallando la piedra y la madera. Los santos le salían cortos de brazos y culibajos, con un vértigo sagrado y apocalíptico. Con ojos achinados pasman hoy a los turistas de plástico desde los pedestales de Ouro Preto y Congonhas do Campo. Dicen los entendidos que los profetas de la escalinata del santuario del Bom Jesus fueron esculpidos por un hombre sin manos.

Fui a Ouro Preto el año en que trabajaba para Estado de Minas, el periódico de Belo Horizonte. Un mal día mi notebook se empacó como un burro. Llamé ansioso a los sabelotodos informáticos, con la esperanza de que tuviera remedio. Cuando la inspeccionó Miriam, la polaca de Sistemas, me soltó sin preámbulos y con cara de lástima que mi computer estaba aleijadinho.

6 de enero de 2006

Filibusteros

En Nicaragua los volcanes se aprietan al poniente, entre el Pacífico y dos inmensos lagos que desaguan en el Caribe. La Costa Mosquito es un relleno pantanoso y desierto que Gran Bretaña pretendió para sostener un reino amigo en el istmo, cuando las grandes potencias se peleaban por cumplir el viejo sueño de Carlos V de abrir una brecha entre los océanos. Norteamericanos y europeos remontaban esos ríos y lagos y cruzaban entre los volcanes para llegar a California cuando todos suponían que el tajo se abriría por allí. Pero un día desafortunado los nicaragüenses acuñaron una estampilla con el Momotombo eructando lava sobre el lago de Nicaragua: una maravilla de la naturaleza. La aprovechó el lobby panameño para asustar a los inversores norteamericanos.

Nunca abandonaron los nicaragüenses las esperanzas de abrir su propio atajo. Lo que no se logró en el siglo XIX lo pueden conseguir ahora, cuando las exclusas de Panamá no pueden contener las inmensas necesidades del tráfico con barcos imposibles de imaginar en 1900. El Momotombo algún día no muy lejano será un espectáculo para las tripulaciones que naveguen por las aguas mansas del Gran Canal de Nicaragua.

Desde mediados del XIX los Estados Unidos también intentaba poner una pica en el istmo. En esa época los demócratas de León andaban ofendidos contra los legitimistas de Granada cuando se enteraron de que William Walker, un gringo periodista y aventurero, estaba ocioso después de fracasar su invasión al estado mexicano de Sonora para anexarlo a la Unión. Se agarraron del clavo ardiendo mientras Walker agradecía al cielo su buena fortuna. Llegó a Nicaragua con 57 filibusteros y la excusa perfecta para adueñarse del país. El 12 de julio de 1856 se declaró presidente de Nicaragua. Antes se había hecho católico para cumplir con la constitución y se instaló en la mejor casa de Granada. Pero las pretensiones del tío Billy iban en contra de las británicas que también querían una parte o toda Nicaragua para su proyecto de canal. Perseguido por los británicos, el 1 de mayo de 1857 se entregó a un capitán norteamericano en la bahía de San Juan del Sur. Volvió a los Estados Unidos como un héroe y hasta lo recibió el presidente Buchanan. Regresó dos veces más a Nicaragua con intenciones de rescatar lo perdido, pero agotó la paciencia de los británicos que lo capturaron y lo entregaron a los hondureños. Fue fusilado y enterrado en Trujillo el 12 de septiembre de 1860. Había cumplido 36 años.

Las dos ciudades antiguas y antagónicas de la época española se calmaron solo cuando eligieron para capital un pueblo a orillas del lago de Managua. Así nació en 1857 la nueva capital, con promesas de paz y prosperidad, equidistante de las dos antiguas ciudades coloniales. Fue fácil rehacerla después del terremoto de 1931 porque no había crecido mucho a pesar de albergar el poder y unas pocas misiones extranjeras. A partir de 1940 la dinastía Somoza trazó la moderna Managua: construyó el nuevo palacio legislativo, la casa de gobierno, la estación de trenes, el hospital de la Guardia Nacional, hoteles, bancos... hasta que los destrozó el terremoto de 1972.

No desaparecieron los retratos de William Walker a pesar de sus crímenes y desventuras. En Nicaragua lo cuentan entre sus presidentes aunque lo traten de filibustero y celebren su fiesta nacional el aniversario de la batalla de San Jacinto, cuando el General Estrada lo batió en 1857. No es ingenuidad; es sabiduría: la verdad es la verdad, aunque duela y más vale respetarla con nobleza y sencillez. Son los cínicos desarrollados del primer mundo los que creen que pueden cambiar la historia para cuadrarla a su gusto.

29 de diciembre de 2005

Terremoto

El 22 de diciembre de 1972, a las 11,34 de la noche, Managua se estremeció como si la hubieran tirado desde 100 metros de altura. Los sueños navideños se derritieron con un grito de dolor. Donde había vida e ilusiones quedaron más de 100.000 terremotados, 20.000 muertos y la angustia amarga de las catástrofes, cuando quedar vivo puede ser peor que morir. El terremoto es la expresión más cabal de la impotencia humana. Todo lo demuele la naturaleza como si rompiera un papel viejo para tirarlo a la basura. Edificios indestructibles se hacen añicos. El hormigón armado parece mermelada y el hierro pasta de dientes. Las estrellas se vuelven el techo más preciado y la gente valora sus escasos petates por encima de las vigas y paredes de sus casas. Los muertos duermen entre cascotes mientras los vivos deambulan desconsolados con los ojos secos por la tierra y el polvo. En los grandes desastres unos cuantos aprovechan la volada para empezar nueva vida lejos de su pasado: será por eso que nunca se termina de contar a los desaparecidos. Los terremotos, además, pescan in fraganti a los tramposos y en calzoncillos a los infieles.

En el centro de la ciudad los cadáveres quedaron debajo de los escombros. La Guardia Nacional se concentró en el pillaje con profesionalismo y Anastasio Somoza engrosó sus cuentas de Miami con la ayuda que llegaba de todo el mundo. Los zopilotes terminaron el trabajo llevándose a dar un paseo los restos podridos que quedaron a la vista. Años después los sandinistas pasaron una piadosa topadora y dejaron cientos de manzanas baldías alrededor de la vieja catedral agrietada que todavía resiste como un mausoleo vacío. Los que quedaron vivos se fueron a vivir a los barrios, en casas bajas y frágiles, como para aliviar la próxima sacudida.

Desde el aire la Managua moderna es un delicioso suburbio tropical: apenas se adivinan las casas debajo de los árboles. Las calles no tienen nombre ni apellido. Me alojé en el Hostal Real del General Pancho Cabuya y su Papalota Marilla, que queda del Restaurante La Marseillaise, una cuadra al lago, una cuadra arriba, 25 varas al lago, casa # 46. Si ordenan el catastro se terminará la magia y me tocará el hotel Sheltox Express, Av. Comandante Pastora, 13.752, M37 2AT, Managua.

En el centro viejo y en ruinas levantaron estatuas de puños crispados y kalasnikof al viento, mientras los revolucionarios de los 80 se aburguesaban sin remedio. El ombligo de la ciudad se trasplantó alrededor del shopping Metrocentro. Del otro lado de la avenida, entre unas cuatro hectáreas de pastizales, el cardenal Miguel Ovando edificó la nueva catedral antisísmica, estilo elefante. Daniel Ortega, el comandante del FSLN, acumula tantas elecciones perdidas como denuncias de acoso sexual y camionetas todo terreno. Su hermano Humberto, gloria del Ejército Sandinista, moribundea en Costa Rica podrido en la plata que invirtió en Canopy Tours para gringos gay. Ernesto Cardenal, el cura poeta que ligó el reto papal en la Plaza de la Revolución, fabrica socotrocos de barro plastificado en Solentiname, el archipiélago del sur del lago de Nicaragua donde fundó una comunidad de drogadictos cristianos. Violeta, la viuda de Chamorro, ya está más para el bronce que para la política. El resto de la gente todavía habla del terremoto como si hubiera sido ayer.

Managua el 23 de diciembre de 1972

18 de noviembre de 2005

La piel de los aché

Gastamos las primeras luces del día camino al aeropuerto, congelando momentos que casi nadie ve, mientras Asunción se desperezaba al amanecer de un jueves. Volamos hacia el Norte sobre la bruma cortada por los primeros rayos. Aterrizamos rozando los árboles de la Villa Ygatimi, somnolienta, mojada por el vaho vegetal del invierno. Iba invitado la Fundación Moisés Bertoni a conocer unas escuelas en los alrededores de la reserva natural del Mbaracayú, un bosque de 150.000 hectáreas en el departamento Canindeyú, donde el límite entre Paraguay y Brasil se sube a la cresta de unos cerros, al norte del lago de Itaipú.


Mientras desayunamos en la casa de la Fundación en Ygatimi aparecieron dos funcionarios vestidos de Animal Planet. Eran del Fondo Francés para el Medio Ambiente Mundial y querían ver con sus ojos lo que se hace con su plata en la reserva de biosfera del Mbaracayú. Conversé largo con Sylvain durante el viaje en camioneta. Creí que sería un Indiana Jones de plástico, pero resultó un andarín porfiado del hielo de las montañas y la miel de las selvas sudamericanas.

Enjambres de chicos curiosearon nuestra presencia mientras sus profesores nos enseñaron las mejoras en las instalaciones de las escuelas de Nueva Alianza y La Morena. Como no las conocíamos de antes, pocas comparaciones podíamos hacer. Lucían de estreno los carteles anunciando a nadie que todo eso es posible gracias al dinero de los franceses. Después, en un hospitalito de dos ambientes lleno de madres embarazadas y de mocosos desnudos, aprendí que los hijos son la riqueza de los pobres y que las heladeras salvan vidas.

Sólo los profesores hablan un poco de castellano. Los chicos, compinches y curiosos, andaban descalzos por aulas y galerías. Son hijos de campesinos y hasta de algún chacarero de la colonia. La vergüenza de los mita-í se compensa con la picardía de las cuñá que hacen caras y posan coquetas cuando las apunta el fotógrafo.

De repente me acordé del éxito asegurado del ratón de trapo que me enseñó don Tino, un cura amigo de mis padres, cuando era chico. Plegué y enrollé mi pañuelo en medio de los mita-í. Salió un ratón con orejas y rabo, pero por lo blanco del pañuelo resultó un conejo coludo y desorejado que se puso a caminar entre mis manos. “Ikuãme!”, señaló divertido un pelirrojo que se dio cuenta enseguida que lo movía con el dedo por debajo de mi brazo.

El piloto me había contado que íbamos a la región de los aché, una etnia escasa que tiene la piel de terciopelo. Pedí entrar en una aldea, pero la vicepresidenta de la Fundación tenía apuro por llegar al aeropuerto de la reserva; allí la buscaba su avioncito, porque la señora no se le anima a la pista de Ygatimí. Por suerte nos cruzamos con uno que salía de la aldea Chupa Poú. Tengo una foto robada desde la camioneta.

10 de octubre de 2005

La flota fantasma

La flota completa del Mariscal López duerme en Vapor Cué desde el 18 de agosto de 1869. Siete barcos perseguidos por la infantería brasileña terminaron sus días campo adentro, cerca de Caraguatay, a 90 kilómetros de Asunción. En esos años el Paraguay peleó hasta el fin contra el Brasil, la Argentina y Uruguay. El coraje de los paraguayos no cabe en ningún relato.

Hoy la mitad de los habitantes de Caraguatay vive en Nueva York. La agencia de Western Union es más grande que el almacén y tres o cuatro chalets estilo Atlantic City avisan que ya no se codean con el resto del país porque prefieren pringarse con ketchup en el Central Park. Unos kilómetros más allá, en el bajo, asoman los vapores de la Guerra Grande, entre eucaliptos y sauces, a la orilla de un meandro endiablado del Yhaguy. El “Salto del Guayra” y el “Anhamay” conservan sus cascos de hierro y sus arboladuras. Del resto solo quedan las calderas, las quillas y pedazos metálicos de las ruedas laterales.


Hasta 1980 los barcos mataron el tiempo encallados en el medio del campo. Lo poco que les quedaba se fue perdiendo entre saqueos y crecidas. Cuando en los largos años de Stroessner se reivindicó al Mariscal López y su guerra perdida contra la Triple Alianza, se recuperó también Vapor Cué como el sitio de una de las grandes batallas. Hasta se construyó un hotel de turismo gracioso y provinciano con vistas a los buques varados en el medio del campo. Salí a recorrer la flota a la hora de la siesta, mientras la televisión del hotel zumbaba una telenovela para nadie. Caminaba solo por la cubierta del “Salto del Guayra” cuando se abrieron las ventanas de una casita blanca con un cartel de museo. La dueña me ofreció cocacola y recuerdos de Vapor Cué. Pronunciaba Yhaguy como si estuviera afilando cuchillos.

Me contó la historia de la flota paraguaya en la Guerra Grande. De cómo el “Anhamay” fue capturado a los brasileños en el Mato Grosso. De las batallas del Riachuelo y de Corrientes... Una vez que la armada del almirante Tamandaré se animó a pasar el estrecho fortificado Humaitá, los aliados dominaron todo el río Paraguay. Acosada río arriba y río abajo, lo que quedaba de la flota paraguaya se escapó metiéndose contra corriente por el Manduvirá, cada vez más arriba y más angosto hasta que encontraron el Yhaguy crecido y siguieron por ahí su camino tierra adentro.

El 16 de agosto los brasileños atravesaron en Acosta Ñu, a sable y bayoneta, la línea de niños soldados reclutada por Bernardino Caballero para proteger la retirada de López. Los mita-í se pintaron con corcho quemado los bigotes y murieron jugando ser mayores. Cuando la infantería brasileña tomó Caraguatay ya tenía a tiro de cañón a la flota paraguaya que penaba como un convoy de carretas por el bañado del Yhaguy. El calado no daba para más y los meandros trancaban el paso, así que los marinos guaraníes vararon e incendiaron sus buques y se escondieron chapoteando entre los ranchos, amparados por las pocas mujeres que quedaban vivas cuidando sus casas.

14 de julio de 2005

Marihuana

Un mafioso de la frontera amenazó de muerte al corresponsal de diario en Salto de Guairá por decir unas cuantas verdades sobre el hermano muerto del capo de la frontera. En esa zona del Paraguay no se andan con chiquitas, así que decidimos irnos volando a ver cómo podíamos proteger a nuestro hombre en el Alto Paraná. Salimos después de cerrar el diario, a las 12 de la noche. Recorrimos 600 kilómetros, primero a Ciudad del Este, y luego hacia el norte. Llegamos al amanecer y desayunamos unas chipas gloriosas con mate cocido.

La frontera seca entre Paraguay y Brasil no puede contener el tráfico de marihuana. En Salto todo el mundo vive del cáñamo, hasta la policía. Unos lo cultivan y podan como el té o la yerba, entreverado con la mandioca. Otros lo pican, lo prensan y enladrillan en tacos apretados con bolsas de plástico y cintas de embalar. Los paseros cruzan la frontera y venden la maconha a los traficantes brasileños. La pasan escondida en autos robados que se abandonan al entregar la carga. El soborno allana el camino, abre barreras y distrae a los guardas. Caen los que no cumplen con la policía. Cuando visitaba una reserva de biosfera en Canindeyú, le pedí al chofer que me llevara a una plantación. Me contestó que podíamos ir, pero que ya no volveríamos.

Encontramos a nuestro corresponsal en su casa, sentado con los brazos cruzados por encima de la barriga. Empezaba una frase repitiendo el final de la anterior. Le acompañamos a denunciar la amenaza en el despacho del fiscal, apretados contra su escritorio por 400 kilos de marihuana confiscados esa noche. Después fuimos a la policía. El jefe Melchisedec Ramírez, ceremonioso y locuaz. Nos explicó que las sentencias de las mafias de la droga se cumplen tarde o temprano. Igual le pondría custodia, y por deferencia a nosotros le daría la posibilidad de elegir a sus propios guardaespaldas.


La droga es un negocio sin papeles y sin tiempos. Se transa y se paga al contado rabioso. No hay deudas ni créditos, ni papeles ni obligaciones. Sus leyes son pocas e inexorables. Mientras la demanda se mantenga, cuanto más se combate el tráfico y la producción, más sube el precio. Se tienta a los colonos con otros cultivos, pero al final gana la hoja dorada del cannabis sativa. Un año trajeron semillas de algodón del Misisipi. Las sembraron soñando con capullos de nube y azúcar en la Cabaña del tío Tom, pero pasaron los días y las plantas no asomaron. Ninguna semilla gringa quiso germinar en la tierra colorada y se perdió la cosecha de todo el año. Los colonos volvieron a la marihuana de la mano del párroco.

Al toparse con la cordillera de Mbaracayú el Paraná se embalsaba y derramaba en siete grandes saltos y cientos de cascadas, pero desde 1982 las Sete Quedas están bajo el agua empantanada por la represa de Itaipú. Los salteños todavía oyen el rugido de las cataratas cuando se acercan a la orilla del lago. Junto a los saltos inundados dejamos huérfano a nuestro corresponsal esperando una sentencia infalible. No quiso irse de la ciudad, a pesar de que se lo ofrecimos.

Volvimos a Asunción con culpa, perseguidos por el diluvio universal. Viajamos 180 kilómetros de más porque no vimos un cartel. Paramos hambrientos a almorzar en un pueblo que se llama Paloma del Espíritu Santo. A las siete de la tarde estábamos de vuelta haciendo lo de siempre: el diario. Al lavar el auto el día siguiente encontraron dos ranas estampadas en el paragolpes.

13 de junio de 2005

Correr es peor

Caía la noche más larga del año, la víspera de San Juan, cuando nos escapamos a la fiesta en el club Emiliano R. Fernández, del barrio Herrera de Asunción. Había payaguá mascada, chicharrón trenzado, asaditos en palo y chorizos picantes deliciosos. Hacíamos cola para conseguir un pastel mandió o un mbeyú inmaculado que surgía milagroso entre el humo negro de un fogón. Con mandioca y maíz se preparan casi todos los platos del país: la sopa paraguaya es un pastel omnipresente de harina de maíz, queso y claras batidas. Con cebolla y choclo se convierte en el superlativo chipá guazú. La chipa es el multiforme y ubicuo maná de almidón de mandioca.

La medianoche fue llegando divertida por bailes y juegos. Con algunos colegas del diario recorrimos las carpas de ruleta y tomamos un par de cervezas. En una cancha multiuso se alternaban las piñatas, los bailes, y el fuego, aturdidos en guaraní por los parlantes que multiplicaban la voz de una animadora bastante histérica. Dos tipos debajo de un cuero con guampas encendidas representaron al toro candil, descendiente de algún animal bravo que cambió el albero del ruedo por el patio del Club Emiliano. Mágica fue la galopa: conté hasta diez botellas, una encima de otra encastradas culo con pico, y todas arriba de la cabeza de una polaca que bailaba derechita y descalza. Debe ser un magnífico ejercicio para la columna.

Los perros deambulaban callados en busca de algún recuerdo perdido entre galoperas, piñatas y botellas. Miran de reojo pidiendo perdón por alguna macana, pero nadie les da ni la hora.

A las once y media ardía una fogata monumental en una canchita de fútbol de tierra colorada. El rocío pegaba con ganas, así que me acerqué resuelto a esperar lo que venía. Se fue arrimando más gente que formó un círculo al calor del fuego. A mi lado un padre barrigón presumía su fe delante de los hijos, mientras ellos trataban de disuadirlo. A la medianoche, un petiso que hinchaba los cachetes para aguantar el calor desparramó brasas con una azada hasta formar un camino incandescente de unos cinco metros. Empezó la tensión, a ver quién se animaba. Un flaquito con la camiseta de Olimpia las atravesó descalzo, como sin darse cuenta. En seguida cruzó una mujer con las sandalias en la mano. Tercero pasó el barrigón que volvió hacia sus hijos como si le hubiera hecho un gol a Chilavert. Siguieron más. Veteranos y primerizos cumplieron promesas o probaron su inocencia. Cruzaban en trance, desafiantes, distraídos o concentrados. La barra alentaba o murmuraba. A una chica le dijeron que no pase, pero no hizo caso y se quemó.

No tenía ni intención de pasar por encima de ese infierno que chamuscaba de estar cerca. Pero algo te va diciendo por adentro que tenés que cruzar, y empezás a sacarte los zapatos sin darte cuenta. Después te empuja el amor propio, y cuando salís de las brasas nadie te dice nada.

Correr es peor, como cuando llueve, porque al apurar el paso se pisa más fuerte. Es el secreto, aunque nadie aplica la lógica aburrida a esta ordalía perdida en el tiempo: los que tienen la conciencia intranquila se queman más por apurados que por infieles. Igual las cuentas dan lo que tienen que dar...

5 de mayo de 2005

Los ladrones y la muerte

Fue un lunes a las nueve y media de la noche. Volvía manejando a mi casa después de un día de trabajo en el diario. Detrás de mi venía un auto medio indeciso que amagaba pasarme pero luego se quedaba a mi cola. Me siguió cuando entré desde la avenida por una transversal, pero debía ser pura casualidad. Paré en la esquina para terminar de hablar por teléfono. El indeciso viajaba en un Mercedes. Me pasó y se paró adelante. Se bajó el acompañante y en lugar de preguntarme por una farmacia abierta a esa hora, sacó una pistola, abrió mi puerta y me gritó “¡bajate!” con tanta convicción que me sentí un intruso en auto ajeno. Se lo dejé sin apagar el motor. Cuando se subía le pedí mi agenda electrónica que había quedado en el asiento. Casi lo consigo. “¿Qué agenda?” me preguntó, pero cerró la puerta y salió arando como un loco por la esquina más cercana atrás de su amigo del Mercedes.

Me quedé solo en medio de la calle. Busqué un bar y me senté a sacarme el susto. Me preguntaba cosas inútiles sobre lo que tendría que haber hecho y lo que había que hacer ahora. No lograba acordarme ni del número de la patente.

En la comisaría me atendió una chica con uniforme de policía y apellido de conquistador grabado en una placa de plástico. Atrás un agente gritaba por teléfono mientras la radio pasaba partes y novedades. Empezaron a hablar de mi auto, pero ninguno le pegaba al modelo ni al color. Un tipo con aires de jefe apareció en mitad de mi declaración. Vestía camiseta, pantalones cortos y hojotas. Me preguntó si el auto tenía algo que lo distinguiera: un choque, un rayón. Nada... “¡Impecable!” sonrió, y se fue.

Unos días después empezaron a llamar desconocidos a mi oficina. Decidí no atenderles. Ya me habían contado que te piden plata por datos sobre el coche. Hay gente que les paga y se clava como una estaca. Con cobertura más que suficiente y las cuotas al día, mejor dejar las cosas en manos de la súper eficaz multinacional española del seguro. Me dicen que lo están buscando, y que ellos son los primeros en pagar rescates para librarse de una cifra mucho mayor. Si lo consiguen, lo devuelven sin importarles el estado. De paso fomentan los robos contra sus propios clientes: cuantos más robos, más seguros. Los ladrones usan el auto para un atraco, se divierten con él y cobran un buen rescate a la compañía cuando lo devuelven. Si no aparece, antes de pagar su costo, te piden el título y hasta las llaves que venden por unos dólares a los falsificadores.

La gente hace comentarios sorprendentes. Algunos te dan el pésame y nadie usa palabras como “robo” o “ladrones”; se refieren al “episodio” o a la “experiencia”. Te queda la sensación de ser culpable por tener un Toyota, por lavarlo seguido, por andar de noche, por los vidrios polarizados o por lo contrario... Hasta la compañía de seguros sospecha un arreglo y pide decenas de constancias. Al final uno se acostumbra y prefiere que su auto no aparezca, pero mientras le faltan un montón de cosas que antes eran familiares y que estaban allí. Será por eso que una noche me sorprendí buscando mi Toyota en el fondo del cajón de la mesa de luz.

Al final el coche es como la chaqueta; extrañaba más una pluma Parker gastada que me duró 35 años, la agenda, la novela que estaba leyendo, unos cd con música inencontrable de Doménico Zípoli... Las cosas no deberían valer nada hasta que no estén en la cabeza o entre pecho y espalda. Valen los libros leídos, no los de la biblioteca. El vino tomado vale más que el de la bodega. El cine, el teatro y los partidos de fútbol deberían pagarse al salir y no al entrar. También habría que agradecer a los ladrones que te arrimen uno poco la muerte, cuando no te queda más que el avío del alma.