Tengo que confesar que un día maté una vaca. Dicho así, ahora, puede parecer criminal, pero en este mundo carnívoro y voraz debe ser de lo que más se mata, junto con pollos y chanchos. Y eso sin contar hormigas, mosquitos y moscas que se matan de gusto nomás.
Alguien los tiene que matar, lo más humanitariamente posible, para comer sus lomos, pechugas y jamones. También tengo que confesar que maté un cordero y hasta un lechón, para comer entre compinches con pan fresco y vino tinto. Y aviso que soy de los que piensan que no hay mejor destino para un cordero o para un chanchito con nombre y apellido. Pero lo de la vaca fue otra historia: la maté con aire de torero y estilo de Hemingway.
Era estudiante de Derecho en la Universidad de Córdoba y me arreglaba con lo que podía para mantenerme en esa ciudad que no era la mía. En esos días había dejado mi trabajo de las madrugadas en el mercado de abasto y hacía algunas changas para seguir juntando los poquitos billetes que me permitieran algo más que comer y dormir en La Docta: administraba una finca en las sierras durante el tiempo que, por muerte de su casera, había quedado sin cuidador.
La casa principal soportaba cierto abandono los días de semana, sobre todo el parque, que era pasto fácil para el ganado del vecino: apenas un capítulo de la eterna lucha entre agricultores y ganaderos. Y ya se sabe desde la época de don Ulpiano que tiene obligación de deslindar el que cría ganado y también que si una rama de níspero pasa al fundo vecino, los nísperos no son tuyos sino suyos.
El vecino era Hormiga Negra, un gaucho malandrín que no pensaba cuidar a la vez sus vacas y mis flores. Cada vez que llegaba yo a la finca, el parque estaba perdido de bosta, de pisotones y de mordiscos a las plantas que aguantaban sin chistar el atropello. Así que un buen día lo denuncié a la policía. Me dijeron en la comisaría que tenía que avisar al matadero municipal, que ellos secuestrarían las vacas y el vecino pagaría la pastura contra su devolución. Vinieron a arrear las vacas, pero camino del matadero sorprendí al funcionario entregando los animales a mi vecino por cuatro pesos. Fue entonces cuando resolví aplicar la estrategia que resulto súper eficaz.
La semana siguiente atropellé a las vacas con una pistola que tenía escondida en la casa. Las perseguí a los tiros por la cañada divertido como un enano. Hasta que una de ellas se puso brava, dio media vuelta y me encaró meneando su cabeza y su barrigota como un rinoceronte en la sabana africana. Me planté y le vacié el cargador mientras se acercaba a todo galope. Cayó fulminada, como caen los rinocerontes en las películas de cazadores, a un metro de donde yo estaba.
Aunque se merecía un trofeo encima de la chimenea de aquella casa, de la pobre vaca no queda más recuerdo que este relato, que cuento con el vértigo de la primera vez.
30 de enero de 2012
3 de enero de 2012
Sueños de libertad
A nuestra América mestiza se la puede definir de muchos
modos. Uno de los que más me gusta es su geografía escandalosa: una columna vertebral
de piedra y chocolate que sostiene, con ríos enamorados de los pájaros, su alucinante
selva de chicha y miel. También la definen su lengua y su credo, sus ancestros,
su historia colonial y su común independencia republicana.
Pero lo mejor de nuestra América no son los ríos multicolores,
ni los Andes imperiales, ni los bosques dulzones del trópico. No son nuestros
padres ibéricos, ni nuestra historia común, ni nuestra heroica independencia, ni
el cristianismo popular. Lo mejor de nuestra América es la genética libertaria
de su gente que llevamos indeleble en nuestra identidad mestiza, acholada, desvergonzada,
dulce y amarga, pecadora y piadosa al mismo tiempo… pero siempre libre.
Nos distingue del resto del mundo nuestra ansia infinita de
libertad, marcada a fuego en cada célula de nuestra identidad. A los
conquistadores les bastó con tocar la tierra americana para contagiarse de una libertad
que no tenían en sus países de origen. Luego los siguieron los inmigrantes de
todo el mundo que se cobijaron en nuestra geografía. Y los que no resistían el
aire libre se volvían con la cabeza gacha a la seguridad del sistema en el que
todo está previsto.
A partir de la primera década del siglo XVII los españoles que pasaban a América traían todos El Quijote de la Mancha en su morral. Ya en la travesía leyeron a la luz esquiva de una vela que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Esas ansias se mezclaron con las americanas en cuanto pisaron este suelo y ante el escándalo de los que piensan en gran parte del mundo que sin vida no se puede ser libre, al sur del Río Bravo no queremos vivir sin libertad. Esa genética se conformó en un crisol de 300 años y explotó hace ahora dos siglos, cuando fraguó la raza americana y se reveló ante el despotismo de reyes y virreyes de España y Portugal y sus plomizas burocracias.
A partir de la primera década del siglo XVII los españoles que pasaban a América traían todos El Quijote de la Mancha en su morral. Ya en la travesía leyeron a la luz esquiva de una vela que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Esas ansias se mezclaron con las americanas en cuanto pisaron este suelo y ante el escándalo de los que piensan en gran parte del mundo que sin vida no se puede ser libre, al sur del Río Bravo no queremos vivir sin libertad. Esa genética se conformó en un crisol de 300 años y explotó hace ahora dos siglos, cuando fraguó la raza americana y se reveló ante el despotismo de reyes y virreyes de España y Portugal y sus plomizas burocracias.
Pero de vez en cuando, como una pesadilla recurrente, aparece todavía algún tiranito en el continente. Son la reencarnación de los déspotas de antaño, con ínfulas de virrey y ademanes de Santo Oficio. Audaces
sin fundamento que en lugar de servir a los ciudadanos se sirven de ellos, los maltratan como vasallos y los ahogan con impuestos y reglamentos. Se adueñan del gobierno y del estado, que convierten en su patrimonio. Debajo de ellos, hay siempre unos bandidos aprovechados que medran con la desgracia de la mayoría reprimida por el déspota. Ahora esos aprendices de Luis XIV han puesto a su servicio la
democracia, que entienden como la imposición a todos de las ideas de una mayoría efímera, en lugar de la convivencia pacífica de los que piensan distinto.
La buena noticia es que los tiranos tienen los pies de barro.
Desde la época de Nabucodonosor su astucia consiste en esconderlos de la vista
del pueblo. Antes lo hacían con oropeles, ahora con una diarrea escabrosa de
palabras. Los derrota la audacia y la valentía de un solo inocente que se anime
a lanzar la piedra que los derrumbe.
7 de diciembre de 2011
Así murió Horst Waidelich
Horst y Siger Waidelich pudieron ser unos granjeros modelos, de esos que uno se encuentra paseando una vaca feliz en la imposible campiña alemana. Pero no. Los hermanos Waidelich vivían en Misiones y su chacra lindaba con la selva azucarada del nordeste de la Argentina. Junto a sus familias ya crecidas criaban vacas y sembraban tabaco en potreros robados al monte. Aunque las vacas fueran flacas y guampudas le recordarían a las de sus abuelos, que vinieron muy jóvenes a la Argentina a principios del siglo pasado. Contando a los hijos de Horst, tres generaciones trabajaron como cosacos para domeñar esa tierra arisca y ganarle espacio a la selva. Siger, algo más joven y locuaz y solterón con ganas, vive todavía en un rancho en la misma chacra. Horst, en cambio, se mantenía enjuto y lacónico a los 72. Los dos conservaban la agilidad de los 30 gracias a la gimnasia de trabajar todos los días.
Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.
En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.
Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.
Pero esa mañana el yaguareté no aguantó más, abrió la puerta sigiloso y lo mató de un zarpazo perfecto.
Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.
En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.
Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.
23 de noviembre de 2011
16 de noviembre de 2011
Kirchner con crema
Un estúpido notero de la televisión española le preguntó una vez a un cuidador del cementerio de Madrid si no le daba miedo pasar las noches entre los muertos. Contestó que miedo deben tener los que andan entre los vivos, porque esos sí que son peligrosos. Allí, en el cementerio de la Almudena no hay nadie peligroso: es lo más pacífico del mundo.
Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales. Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de su muerte, al que llama dies natalis, porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo, que es el que nos vale de los santos.
Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina, pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo, al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en Palermo Viejo. Una lástima. Pregunte en cualquier reunión por el que le dio el nombre al revuelto Gramajo o por Rossini, el de la salsa de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía los rusos llaman lenín a cualquier estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.
En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho; Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios, bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría. Él merece las avenidas principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua. El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano, pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…
Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia… Pero nadie sabrá por qué se llaman así.
Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales. Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de su muerte, al que llama dies natalis, porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo, que es el que nos vale de los santos.
Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina, pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo, al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en Palermo Viejo. Una lástima. Pregunte en cualquier reunión por el que le dio el nombre al revuelto Gramajo o por Rossini, el de la salsa de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía los rusos llaman lenín a cualquier estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.
En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho; Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios, bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría. Él merece las avenidas principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua. El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano, pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…
Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia… Pero nadie sabrá por qué se llaman así.
7 de noviembre de 2011
9 de octubre de 2011
Carrera de tractores
Genaro Escudero era natural de Pamplona, la capital del reino de Navarra, en España. Pero vivía en el Alto Paraná, al este del Paraguay, donde tenía una estancia con buena tierra, colorada y profunda, fértil como la bendición de un patriarca.
En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.
Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.
Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.
En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.
Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…
...y empiezan las carreras de tractores.
En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.
Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.
Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.
En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.
Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…
...y empiezan las carreras de tractores.
7 de octubre de 2011
Bethany Hamilton
Montañita, en el Pacífico ecuatoriano, es como un pueblo de
La Guerra de las Galaxias: uno se puede topar a la vuelta de la esquina con un
gusano gordinflón de dos cabezas que le pide fuego para encender su pipa de espuma
de mar. Hace unos días volví a encontrarme con la amable sensación de que todo
puede pasar en el Tatooine ecuatoriano y me quedó claro que los miembros de la
Academia Sueca nunca cabalgaron por sus playas ni se comieron un cebiche de
camarón y corvina en una vereda de Montañita. En estos pueblos hay más candidatos premios
Nobel de la Paz que en todo el resto del mundo. Siempre pensé que quienes
realmente lo merecen son el inventor de la medialuna o el que plantó los
lapachos que florecen estos días en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Y no
entiendo por qué –salvo algunas excepciones- siempre se lo dan a personajotes fabricados
por comunicólogos de cama solar y Hugo Boss.
Un día almorzábamos varios amigos en un restaurante de
Montañita, de esos de caña y aire libre, en los que nadie tiene apuro y todos nos
integramos, aunque sea por esas horas, a la misma tribu. Hablábamos de un tema
bien a propósito del lugar: de Bethany Hamilton, la gran campeona de surf hawaiana
que a los 13 años perdió su brazo izquierdo. El 31 de octubre de 2003 flotaba
con dos amigos en su tablas a unos 300 metros de la costa cuando un tiburón
tigre le arrancó entero el brazo que descansaba en el agua a un costado de la
tabla. A los tres meses Bethany estaba surfeando de nuevo las olas de Kauai.
Ahora tiene 21 y sigue entre los tiburones con un tesón que también merece el
Nobel de la Paz.
La actitud Bethany Hamilton es un ejemplo cabal para los que
se resisten a las nuevas tecnologías: los que insisten en proteger sus derechos
de autor contra los que copian sin disimulo o los que intentan tutelar la
información como un bien exclusivo que se entrega con cuentagotas, cuando se
sabe que ya es de todos. Oponerse a los cambios tecnológicos y sociales que están imponiendo las nuevas
tecnologías es como intentar parar las olas con nuestras tablas. Quizá lo
consigamos por un tiempo, pero al final nos superará y nuestro dique se irá al
diablo. Por eso, lo mejor que podemos hacer es subirnos a la ola y surfearla,
como Bethany Hamilton.
Mientras nuestra conversación discurría entre estas y otras
consideraciones por el estilo y al mismo tiempo que aparecían los cebiches, las
papas fritas y las cervezas, se nos arrimó una perrita con la cara tristona de
todos los perros que mendigan una caricia o un poco de comida. A la perrita también
le faltaba el brazo izquierdo…
12 de septiembre de 2011
El animal que hace fila
Aquel año hacía fila cada quince días en el Banco del
Pacífico de la avenida Víctor Emilio Estrada de Guayaquil, para cobrar mi
salario. Era imposible prever la cantidad de gente que habría en la cola, pero
debían ser unas 50 personas, todas embretadas entre esas cintas retráctiles que
seguro inventó un pervertido en un sótano oscuro de Estocolmo. Pero más que la
habilidad del pervertido me asombraba la de los minotauros bancarios expertos
en laberintos de plasticurri expandido en salas de seis por cuatro. Todo a
propósito para que no nos colemos los que aguzamos nuestra libertad en estas
situaciones límite, apretados por las cornadas del hambre. Nos ponen uno detrás
del otro como fichas de dominó en una serpentina zigzagueante de la que no nos
podemos escapar. Así avanzamos, como un tren del que caen los vagones al abismo
a medida que alcanzan el filo del precipicio.
El hombre es un animal que hace filas, así que esos días me
vestía de psicólogo social y me preparaba para divertirme como un marciano que
observa a los humanos desde una cámara Gesell. La genética me hizo bastante
alto, por lo que podía ver a todo el mundo desde mi atalaya fortificada con
anteojos bifocales.
Un día un vecino de cola me preguntó si era
extranjero... Estaba claro que era un personaje extraño en ese colectivo,
pero no tanto por mi altura como por mi facha de sapo de otro pozo. No tenía ni
idea de cómo comportarme y no conocía los códigos de acero de los profesionales
de la fila: tipos a sueldo solo para estos menesteres. Algunos cobraban por
ocupar el lugar hasta que, al llegar al final, los reemplazaba un Master del
Universo de traje brillante y zapatos puntiagudos.
Una vez me llevé una novelita fácil para aprovechar el
tiempo mientras avanzaba la cola con su cadencia de pan y queso. Me concentré
en la lectura hasta que los 25 que estaban adelante dieron un paso hacia la
meta y quedó un espacio de medio metro que llenó de ansiedad a los 25 de atrás.
“¡Siga!” me gritaron a coro con un estruendo. Cuando los miré extrañado me
preguntó furioso uno que abusaba de su segundo de autoridad: “¿usted lee o hace
la fila?” Tuve claro desde ese momento que la fila es cosa seria y que requiere
toda la concentración del caso. Tan atentos hay que estar que no se puede
permitir la menor distracción ni propia ni ajena, como en los semáforos.
Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿qué le pasa? ¿es maricón?” El otro, entre atónito y furioso apenas atinó a balbucear “¿q q qué?”. “¡Me está tocando todo el tiempo!” le contestó el toqueteado que debía tener algunos complejos en el placard. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada; aborregada como todas las filas que conozco.
Recuerdo también un episodio que ocurrió entre dos que hacían la cola más atrás, a barlovento de las cajas. En un momento preciso uno de ellos, bien irritado, le preguntó al vecino: “¿qué le pasa? ¿es maricón?” El otro, entre atónito y furioso apenas atinó a balbucear “¿q q qué?”. “¡Me está tocando todo el tiempo!” le contestó el toqueteado que debía tener algunos complejos en el placard. Los demás esperábamos una buena pelea que terminó en nada; aborregada como todas las filas que conozco.
24 de agosto de 2011
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