
Allí están las mejores imprentas del Paraguay, capaces de imprimir cajas de lentes Canon, marbetes de Chanel Nº 5, etiquetas negras de Johnny Walker, y, por supuesto, las mejores carátulas de discos compactos. Con el jefe del taller del diario cruzamos el río un día de verano para husmear una inmensa rotativa instalada en el medio del campo, cerca de Encarnación. Solo en San Pablo de Brasil se puede encontrar una de ese tamaño, útil para imprimir por lo menos un millón de etiquetas en huecograbado. Un banco se había quedado con ese monstruo por la quiebra de su dueño y no sabían qué hacer con ella. Nosotros tampoco.
Otra vez volvíamos hacia Posadas después de comprar en Ciudad del Este unas cámaras Nikon para dos periodistas del diario. En la ruta nos sorprendió un cartel mal escrito que decía Iruña dentro de una flecha que señalaba a la izquierda. Venía en el coche Alfredo Triviño, natural de Potasas, así que decidimos entrar a conocer la Pamplona del Paraguay. En la desembocadura del camino había una casilla de madera destartalada y un par de campesinos que nos debían estar esperando porque aceptaron rápidamente la invitación a llevarlos. El día era bueno y soleado, pero la lluvia de la noche había vuelto de sangre la tierra colorada. Recorrimos los 24 kilómetros barreando en mi auto blanco, que por suerte tenía tracción en las cuatro ruedas. Quedó perdido de barro, pero gauchito, como coche de estanciero.
Iruña resultó una colonia medio perdida del departamento Alto Paraná. Nadie sabía porqué se llamaba así, y suponían que se trataba de un topónimo guaraní. El más memorioso, y casi el único que encontramos que hablaba castellano, recordaba que aquellas tierras habían sido de un español apellidado Peralta y que Iruña se llamaba la finca en memoria de su tierra natal. Los demás habitantes eran alemanes y hablaban portugués. Casi todos muy jóvenes y sin otro vehículo que sus inmensos tractores: ellos hirsutos, bizarros, filosos, con manos de ligustro y uñas de hierro. Ellas rubicundas y grandotas. Los mocosos muy blancos, rubios como sus madres y mal vestidos. Colorados como mi auto por la tierra que pringa como el suprabond. Nos explicaron que venían del Brasil y se instalaron allí, donde compraron tierras para sembrar soja.
Iruña es un par de calles paralelas que apenas se distinguen entre los sembrados. Algunas casas y un proyecto de plaza llena de malezas en el centro, rodeada por una iglesia a medio construir, regalo de los alemanes de Alemania a sus hermanos del Paraguay. En otro flanco un almacén y una oficina municipal con el escudo de Iruña del Paraguay y el león rampante de Pamplona en su cuartel de honor. La colonia fue declarada en 2006 municipio independiente por el senado del Paraguay. Ya tiene casi 5.000 habitantes.