Pedro Claver

Buscaba una misa ese domingo bajo el sol sin tregua de Cartagena de Indias. Caminaba despacio –como aprendí en Guayaquil– para no agregar el calor del cuerpo al que viene sin llamarlo. La encontré justo a las 11 en la iglesia de San Pedro; la suerte te toca cuando vas con buenas intenciones.


Al salir necesitaba un baño con cierta urgencia, y no para ducharme. Me acerqué a la puerta de la casa de la Compañía, pegada a la iglesia, a ver si me auxiliaban en la emergencia. Un mulato de unos 400 años, chupado y medio rengo, me acompañó al cuartito, al final del segundo patio y en la planta de arriba: no llegábamos nunca. Al salir estaba allí esperando, sentado en un tronquito de la galería alta. Medio en chiste le pregunté si había usado el baño de san Pedro Claver. No le gustó nada mi gracia, pero en lugar de enojarse me agarró del brazo y empezó a contarme la historia del santo que vivió 40 años y murió en esa casa el 8 de septiembre de 1654. Su cuerpo está allí mismo, acostado en una urna de cristal, debajo del altar mayor de la iglesia.

Pedro dormía en un cuarto mal iluminado por un ventanuco a la altura de la almohada que le solearía la cara al amanecer, en la planta alta del colegio de los jesuitas. Por encima de la muralla veía desembarcar los cargamentos de negros en el muelle de los Pegasos, por donde entraron un millón de africanos de los doce que llegaron a las Américas. Venían de Guinea, del Congo y de Angola. Allí los cazaban como monos o los compraban a los jefes de las tribus que entregaban a sus prisioneros y también a sus súbditos. Se vendían en los puertos para trabajar en el campo, en las minas y en la construcción. “Cambio mulato de 30 años, buen cocinero, sano, sin malos hábitos, por un negro, una mula, unos caballos o un carro” decía un aviso publicado en La Habana por esos tiempos: todo súper legal.

El viejito me contó que allí mismo, en la habitación del ventanuco, Pedro dijo por primera vez la frase que más se le conoce –“seré esclavo de los negros para siempre”– mientras señalaba a los que bajaban maltrechos por la jornada en las bodegas de los galeones: en el viaje moría un tercio de los embarcados. No arregló –ni lo intentó– la tragedia de la esclavitud. Ni siquiera la denunció más que con sus actos. Los cuidaba, alimentaba, curaba y ayudaba a vivir y morir con la dignidad de los hombres libres. Catequizó y bautizó a 300.000 negros que se convertían a la vez en cristianos y en americanos. Casi no dormía. Calepino y Andrés Sacabuche fueron sus más fieles asistentes y traductores. El Calepino llegó a hablar doce lenguas africanas. Pedro pasó los últimos cuatro años de su vida inválido, en la enfermería del colegio de la Compañía, olvidado hasta de los amigos y destratado por el negrito Miguel.

Aunque vinieran llorando, la alegría de los africanos se inyectó en las entrañas de América por Savannah, Nueva Orleáns, La Habana, Cartagena, Salvador y Veracruz; corrieron distinta suerte los que fueron al modelo puritano del norte. Los de aquí se hicieron americanos a la fuerza, pero con ganas. Amaron el nuevo mundo y se mezclaron con todos los colores del arco iris. En un par de generaciones heredaron los apellidos y el color de los ojos de hacendados y encomenderos; también la libertad. Pelearon como leones en las guerras de la independencia y los últimos que quedaban esclavos fueron liberados casi un siglo antes que en el Norte. Llenan nuestras vitrinas de copas y medallas y nuestros corazones de música. Trajeron la magia que nos defiende de la influencia fastidiosa del mundo civilizado, donde se pone alambradas al encanto y se deporta la alegría.

Fue en el cuarto viaje de Colón cuando llegaron los primeros negros desde la Península. Los traía Nicolás de Ovando a la Española. A los que les gusta atar los cabos de la casualidad hay que recordarles que, antes de ser genovés, el Gran Almirante era de Verdú (Lérida). Además una Colón fue la madrina de Pedrito Claver, que había nacido en Verdú el 26 de junio de 1580.