La casa de los Duarte

A las tres de la madrugada Luchín Duarte se moría de hambre. Prendió fuego en su parrilla con un poco de carbón y asó un costillar que comimos una hora después. No recuerdo que día fue, pero pudo ser ayer.

Los periodistas vamos muchas veces a contramano del resto, pero Luchín debe ser algo más que el resto porque siempre está cuando se tiene necesidad de hablar después de un día a contrarreloj. Cualquier hora del día o de la noche es buena para caer y también para irse: en su casa de madera y techos de zinc, como en el Cielo, no pasa el tiempo.

En la galería que chorrea cenefas vegetales de latón disfrutamos no se cuántas noches del calor dulce, el aire denso y la lluvia colorada de Misiones. La conversación viaja por derrotas imposibles de desandar. La comida es deliciosa porque Ana es la mejor cocinera de este lado del Paraná: surubí en hojas de banano, mbeyú, kiveve... Las ollas huelen a cilantro, a aceite de oliva y a cebolla colorada. El perfume de la guayaba y el mburucuyá se mezclan con las naranjas apepú y el humo de los tabacos que remolonea entre las plantas y las lagartijas.

En la casa de los Duarte hay miles de libros y no hay televisión. De los altavoces surge lo mismo Bola de Nieve –el cubano triste que canta alegre–, el Gato Barbieri, coros búlgaros, violines estonios, gitanos de los Balcanes, Caetano Veloso o Vinicius de Moraes. Luchín tiene habilidad especial para casar la música con la comida y duerme la siesta arrullado por la misma melodía con que almorzó.

Están todos los licores, no falta ningún diccionario y no hay aparatos de aire acondicionado. El agua se bebe tibia y el mate un poco lavado para no poner nervioso a nadie. Una alberca, en el centro de la casa, refresca y relaja con su chorrito sempiterno. La bodega, debajo de la escalera, guarda botellas fechadas el día en que quedaron acostadas. Ahí esperan pacientes a que las despertemos los amigos a golpes de tirabuzón. Un día de limpieza me encontré todas las botellas encima de la mesa de billar.


En lo de Duarte reina siempre la penumbra fresca y sabia de la tierra caliente, tanto que es casi imposible adivinar los cuadros que se ríen de las visitas en todas las paredes de la casa. Una anguila negra y ciega se esconde, entre los nenúfares de la fuente, de Canaleto, el gato negro de la casa; allí comparte mosquitas y renacuajos con dos tortugas hurañas.

En el vestíbulo atropella una mesa de billar en la que nadie juega. Las luces amarillas alumbran encima del tapete objetos impensados que esperan un lugar mejor para quedarse a vivir en esa casa. Un día apareció un libro con dos cintas negras cruzadas, aprisionado por un lagarto de bronce. Cuando lo estaba por abrir me advirtió Luchín que si lo hacía llovería sin remedio. No se si por rebelde o para demostrar la superchería lo abrí a escondidas: tenía oraciones y rogativas a todos los santos para hacer llover. Antes de amanecer cayó un aguacero fenomenal, con truenos espeluznantes y rayos de neón.

Dicen las sobrinas holandesas de Ana que su tía vive mejor que una reina. Y es cierto: para vivir así en La Haya hay que tener la plata de la reina de Holanda. La pobre Beatriz jamás disfrutará del calor dulce del trópico andando descalza sobre las baldosas verdes y negras de la galería de los Duarte. Tampoco puede salir de compras con el criadito que carga la canasta de mimbre de pomelos rosados, duraznos de Cerro Azul y huevos de gallinas felices. Ni ha visto jamás las hojas lustradas a mano del rododendro, ni la ha empalagado el mamón en almíbar con queso fresco.