3 de marzo de 2012

César Augusto Correa


De repente el Ciudadano-Presidente se convirtió en Emperador de Roma y de la China. Una metamorfosis increíble pero cierta y planeada por el ciudadano-economista que sigue subiendo peldaños en el cursus honorum de los tiranos adorados por su pueblo. Ya no es más el Dictador del Ecuador, el Paraíso que gobierna con mano de hierro desde su sitial delante de la pantalla gigante y detrás del teleprompter. Ahora se ha convertido en Emperador Espléndido de la Amazonía, de la Vulcania, de los Manglares, de la Galapaguería y de las Otras Islas Afortunadas, Rey Absoluto de Todos los Patrimonios de sus Súbditos, Mariscal de los Sublimes Ejércitos Equinocciales y Gran Almirante de las Corrientes Marinas con sus Tiburones y Mariscos… en fin: es el Dios de la Vida y de la Muerte de Todos los Ecuatorianos.

Ahí lo tienen. Ora los persigue, ora los perdona y antes y después los insulta con una entrega más que profesional. Correa es el estadista que todos esperábamos en nuestra América Mestiza y Adolescente. Alguien que por fin ponga orden en nuestras sociedades y en su lugar a los cagatintas. El Amado Dictador que nos diga todo lo que se debe hacer y también cuándo y cómo hay que hacerlo. Es él quien nos explica lo que hay que pensar y, por supuesto, lo que hay que escribir. Por fin tenemos alguien que nos obliga a seguir un único libreto para la televisión y nos pasa el guión con las preguntas que tenemos que hacer –a él y a su corte de adorados obsecuentes. Ya no tenemos que pensar nada; ¡qué tranquilidad y qué paz!

Correa –perdón, Su Majestad Don César Augusto Correa- domina también el Túnel del Tiempo. Ya había conseguido volver a la época del Borbón Carlos III, que otorgaba graciosas licencias para imprimir periódicos y todo tipo de pasquines en la América española. Después retrocedió un siglo más, hasta el XVII, cuando resolvió identificar al Estado con su Augusta Persona, como el Rey Sol, el también Borbón Luis XIV de Francia y de Navarra, Copríncipe de Andorra y Conde Rival de Barcelona. Pero ahora retrocedió hasta el siglo I, a los tiempos del Imperio Romano y los césares que lo gobernaron como semidioses. Entonces sí los emperadores eran señores de la vida y de la muerte de los ciudadanos-ciudadanos y ciudadanas-ciudadanas.

Cuenta Suetonio en Los doce césares que en época del Divino Claudio los condenados representaron una batalla naval como espectáculo para el emperador, su corte y su pueblo. Tanto realismo pusieron que casi todos murieron en la actuación ante los gritos maravillados de las hinchadas de uno y otro bando. Por eso, antes de empezar la batalla en un lago artificial, construido ad hoc, saludaron a Claudio con el famoso “Ave imperator, morituri te saluntant!” (¡Salve emperador, los que van a morir te saludan!). Parece que al terminar algunos de los pocos que quedaron vivos se ganaron el perdón del César. Las películas se encargaron de reproducir tantas veces este hecho que nos parece que ocurría todos los días y que el emperador los condenaba o salvaba con el pulgar hacia abajo o hacia arriba… pero el episodio ocurrió de verdad unas pocas veces con diferentes emperadores y lo del pulgar y la arena parece que es una licencia de Hollywood ya que los actores no hablan latín y los estudios no están para más gastos.

Eso hizo también el Divino Correa. Asistió estoico al espectáculo desde su sitial del circo durante las horas que duró, sin importarle la comida ni la bebida ni las ganas de escaparse un rato a los vomitorios para refrescarse. Allí lo acompañó su corte, siempre fiel y obsecuente, mirando si tocaba reír o llorar en cada momento. Mantuvo vacilante su pulgar por meses, hasta que al final decidió perdonar a los condenados, a quienes tenía en sus manos junto con su patrimonio, sus familias y sus sueños. Los perdonó con el dedo pero no con el corazón: un perdón que no es perdón sino bagatela para no pagar el costo político de condenar sin importar la culpabilidad o la inocencia. Ya se sabe que la opinión pública está siempre equivocada: la de su pueblo y del resto del mundo.

Una lástima porque estos actores eran casi perfectos: valientes, apuestos y capaces de morir por sus ideales. Pero el pueblo ya no es el mismo de la época de las naumaquias y no hay que herir su sensibilidad con tanta sangre. Quizá alguna vez pueblo y condenados vuelvan a entender los razonamientos emanados de su sabiduría infinita, celestial. Pero no es todavía el momento y hay que tener una paciencia tan infinita y celestial como su sabiduría para conseguir que por fin inocentes y culpables, pueblo y gobernantes, entiendan los sabios designios de su dedo pulgar soberano.

7 de febrero de 2012

La triste historia de Alejandro Malofiej


Cuando Alejandro Malofiej trabajaba en el diario La Opinión de Buenos Aires, entraba todos los días como si fuera un mariscal de los Romanov. Saludaba al vendedor de sándwiches con un: 

“—¡Buenas tardes, Barón von Sándwich!” 
El hombre le seguía invariablemente la broma...
“—¡Buenas tardes Alejandro Malofiej Stoliaroff!”
Le encantaban los sándwiches, pero más le gustaba que mencionaran el apellido de su madre.

Alejandro pronunciaba su apellido en ruso: malofiei. Sus padres, Simón Malofiej y Alejandra Stoliaroff, ambos rusos blancos, nacidos en la actual Bielorusia, se conocieron en Buenos Aires. Simón era el jardinero de la casa de una antigua familia de la aristocracia ganadera del país, en la que Alejandra trabajó una temporada como institutriz. Madre e hijo se trataban de Sacha y Sacho, castellanizando los géneros del típico sobrenombre ruso de los Alejandros.

Vivieron en una localidad del Gran Buenos Aires llamada Boulogne-Sur-Mer, en honor de la ciudad francesa que eligió para su autoexilio José de San Martín. Allí, en la casa de la calle Rivera 1875, siguió viviendo Alejandro después de la muerte de sus padres, hasta que en marzo de 1986 Rodolfo Szelest se lo llevó a su departamento del décimo piso de la calle Peña 2432, en el centro de Buenos Aires, porque ya no podía cuidarse solo. En noviembre de ese año Rodolfo y Carlos Savransky decidieron ingresarlo en un geriátrico de Martínez donde podían atenderlo mejor. Alejandro murió de cáncer de vejiga el 31 de julio de 1987, en el CEMIC, un hospital de Buenos Aires donde estuvo internado desde marzo. Tenía 49 años, ni un solo pariente, y nada de dinero. Un pope de la catedral ortodoxa rusa de Buenos Aires de Parque Lezama ofreció su iglesia para velarlo la noche de su muerte. Lo enterraron en el cementerio de la Chacarita después de oficiar un funeral en ruso. Este sacerdote —se llamaba Valentín— lo visitó todas las semanas durante los últimos meses de su enfermedad. Compartía con Alejandro el gusto por los coros polifóniconicos rusos que oían juntos.

Su casa, sus libros de estrategia, de geografía y de historia, y sus pinturas —todas abstractas— quedaron en manos de sus amigos más cercanos. Ellos son Carlos Savransky, Rodolfo Szelest y Nora Potchar que se quedó con una casita que ya tenían los padres de Alejandro en Villa Gesell, un balneario de la costa atlántica a 300 kilómetros de Buenos Aires. Con Szelest se conocían desde el colegio Carlos Pellegrini. El resto de sus amigos le duraban desde las dos carreras que cursó y no terminó: Arquitectura y Filosofía. Entre 1966 y 1983, con algunos raros y cortos intervalos, en la Universidad de Buenos Aires no era fácil reunirse seguido sin despertar sospechas. Para colmo Arquitectura y Filosofía eran carreras con fama de subversivas. El grupo encontró un lugar que era a la vez una coartada: se reunía en la sede de la YMCA (Young Men Christian Association) de la calle Reconquista. Carlos Savransky frecuentaba desde chico esta institución.

Alejandro era terriblemente enamoradizo y espantosamente tímido. Decía que le atraían especialmente las mujeres casadas y de buena posición pero pensaba en una con nombre y apellido. Sus amigos mencionan a mujeres distintas como el gran amor de Alejandro, según el momento de su vida. La verdad es que fueron casi todos amores platónicos. Si hubo alguien a quien llamar el amor de su vida fue Mercedes. Era una estudiante de la Facultad de Filosofía muy atractiva que ya entonces estaba divorciada; tenía dos hijas y pertenecía a la clase más alta del país. Un buen día Mercedes desapareció para siempre en manos de los militares. Es una de las miles de historias pendientes de la Argentina de aquellos años. Por eso Mercedes no tiene apellido en esta historia.

Era ciclotímico. Siempre lo acompañaba un aire melancólico y triste. Su vida no era fácil. No lo había sido antes y sabía que probablemente no lo sería en el futuro. A los 21 años contrajo la enfermedad de Hodgkin (cáncer del sistema linfático) de la que se curó a medias después de un duro tratamiento. Además, cargaba con antiguas tristezas que no pensaba revelar. Contaba Hugo García, colega de Alejandro en La Opinión, que a menudo se lo veía con lágrimas en los ojos, como ruminado sus angustias. Siempre hablaba concentrado en algo, con la mirada perdida en un apoyo lejano.

Hilda Mouro y Carlos Savransky fueron los amigos que estuvieron más cerca de Alejandro en los dos últimos años de su vida. Lo acompañaron hasta momentos antes de su muerte. Se ocupaban de todo lo que le hiciera falta. Carlos pasó alguna noche entera con él. El fue quien realmente donó casi todos los originales de Alejandro a la Universidad de Navarra, a través de Hilda Mouro y Raúl Burzaco. Además posee la mayoría de sus cuadros. Desapareció de la casa de Alejandro uno de sus más preciados tesoros: el libro sobre las campañas militares de Napoleón (David G. Chandler, The Campaigns of Napoleon, Nueva York, 1966) que le regalara el general Teófilo Goyret, cuando trabajaba en la revista Armas y Geoestrategia. En los mapas de ese libro se inspiraba Alejandro continuamente. Allí aparecen los movimientos militares en transparencias superpuestas sobre el mapa geográfico. Las batallas transcurren en el tiempo hora tras hora con una facilidad de comprensión y una precisión asombrosas. Alguien definió a los mapas de Alejandro como cinematográficos porque superponiendo los de días sucesivos podía crearse ilusión de movimiento, como en los fotogramas de una película.


Era profundamente anarquista. Admiraba lo que él llamaba la Revolución Española como otros hablan de la Revolución Francesa. “No era un militante, era un contemplativo” comenta Savransky. Amaba objetos. Era entrañable su relación con las revoluciones, las batallas, las armas, los mapas, las pipas, los pañuelos y las gorras. Estética, más que ética. Por eso podía conjugar perfectamente su condición de anarquista desheredado al estilo español con un envidiable aspecto de dandy inglés. Tenía una colección estupenda de pañuelos que usaba siempre anudados al cuello, hasta en los últimos días de su vida, y manejaba la pipa con una especial destreza y pulcritud, poco común en los fumadores. También con las personas tenía esa dependencia. Sus amigas y sus amigos eran como cosas de su propiedad, a las que adoraba. También su madre y sus constantes recuerdos de ella.

Alejandro tenía todas las virtudes y los vicios de los viejos periodistas. Pero no escribía: dibujaba. No era un militar frustrado. Era realmente un estratega y un profundo conocedor de la cartografía. No era propiamente lo que hoy llamaríamos un infografista. No sólo porque entonces casi nadie usaba esa palabra tan fea, sino porque nunca dibujó periodísticamente nada que no fueran mapas. Si alguien le pedía que explicara verbalmente uno de sus mapas, necesitaba horas. Cada uno de ellos contenía tanta información que no hubiera cabido en todas las páginas del periódico en el que se publicaba.

En cuanto sus jefes le pedían un mapa para ilustrar un acontecimiento, preguntaba rápidamente para cuándo debía estar terminado. Fueran horas o días, los aprovechaba hasta el último minuto. No paraba hasta conseguir toda la información que debía volcar en él. Una de sus principales fuentes era su vastísima biblioteca. Hablaba una y otra vez con los redactores. Leía todas las noticias que llegaban sobre el hecho que debía documentar. Buscaba las historias que explicaban esos hechos. Salía a las librerías de viejo de Buenos Aires a buscar datos, mapas, uniformes, armas. Hacía copiar en fotomecánica 10, 20, 300 siluetas, tramas, contornos (no eran épocas de computadoras). Dibujaba una y otra vez sobre papel de calco. Pegaba y retocaba hasta conseguir un original tan atractivo como un mapa de aquellos del libro de Napoleón. Si alguien se arrimaba a ojear su trabajo, se ponía como loco. Lo peor era preguntarle para cuándo estaría terminado: “—Nunca lo voy a terminar si me interrumpen a cada rato para preguntar cuando lo termino”, contestaba furioso.

Aunque había viajado poco, sabía de países, pueblos, razas, religiones y culturas. Conocía el clima en cada momento del año en cada lugar del planeta. Sabía que las distintas tácticas militares dependían de las lluvias, de los vientos, de las horas de luz o de la oscuridad. Sabía de mareas y de lunas. De monzones. De ramadanes, de pascuas griegas y de la fiesta del Janucá. Cualquier factor podía intervenir en los movimientos de los vietcongs a través de las montañas de Camboya, en una formación de tanques en la guerra entre Irán e Irak, o en las operaciones de la task-force británica en la guerra de las Malvinas. Buscaba las soluciones caminando de un lado para otro como un general en su estado mayor. Miraba el mapa una y otra vez y volvía a dar vueltas como contrariado, concentrado en el problema que debía resolver, ayudado por buenas bocanadas de su pipa con tabaco de aroma balcánico.

Nunca supo, en cambio, cuánto valía su trabajo. Vivía al día. Viajaba más de 40 kilómetros durante casi una hora en un tren destartalado, de horarios más bien borrosos, de Boulogne a Retiro, cerca del centro de Buenos Aires. Desde allí todavía debía pasar entre 15 minutos y media hora en un autobús, según el lugar de trabajo. La sede de La Opinión, heredada después por Tiempo Argentino, estaba en la otra punta de la ciudad, muy cerca del puente Victorino de la Plaza, donde la avenida Vélez Sárfield cruza el Riachuelo hacia Avellaneda. No cobraba más que un sueldo a fin de mes y siempre el mismo. Jamás cobró por hacer un trabajo para nadie que no fuera el salario del medio para el que trabajaba. Probablemente lo suyo no eran los negocios, y seguramente era incapaz de administrar un pequeño quiosco o un taxi.

Alejandro preguntaba siempre por el tamaño al que se publicarían los mapas que dibujaba. Cuando trabajaba para el diario La Opinión de Jacobo Timerman, había que publicar la información de que un empresario argentino había manifestado su intención de comprar la Falkland Island Company, la empresa colonial propietaria de más de 90% de la extensión de las Islas Malvinas. Alejandro dibujó un estupendo mapa de las islas con sus recursos naturales y las explotaciones de la compañía. No alcanzó el espacio y se publicó a la mitad del tamaño para el que se lo pidieron. Al día siguiente Alejandro discutió acaloradamente y a los gritos con el Redactor Jefe, Mario Diament, hasta que fue llamado por el director a su despacho. Cuando se encaminaba hacia la oficina de Timerman iba despidiéndose de los colegas como quien sube al cadalso, suponiendo que era el último día de trabajo para el diario. Volvió radiante; Timerman lo había felicitado: “si todos los periodistas pelearan así por sus artículos, el diario mejoraría por lo menos el 50 %”, le dijo, y lo hizo saber a toda la redacción.

Un día de 1982 Miguel Urabayen apareció por la redacción del diario Tiempo Argentino. Había sido invitado por Pablo Sirvén, uno de sus ex-alumnos en la Universidad de Navarra, que le haría una nota aprovechando su paso por Buenos Aires. Nada más llegar, Miguel se puso a ojear el periódico de ese día. Pablo recuerda todavía los gestos de Miguel al encontrarse con un mapa que ocupaba casi una página competa del tamaño berlinés del diario. Cuenta que abrió los ojos como platos y se llevó la mano a la frente mientras preguntaba con admiración “—¿quién ha hecho esto?”. En un rincón estaba Alejandro, sobre su caballete, con sus plumines y sus hojas de calco. Miguel se acercó y lo saludó como quien conoce a un prócer. Para colmo Miguel descubrió un pequeño error en ese mapa: el acorazado New Jersey estaba representado por la silueta de un crucero. Luego de una amable y breve discusión Alejandro descubrió que había en el mundo gente tan apasionada como él por los mapas informativos. Cuando Miguel dejó el diario eran ya amigos del alma. Continuaron esa amistad a pesar de la distancia.

Cuentan sus colegas del diario que a partir de aquel momento apareció un brillo especial en los ojos de Alejandro. Habían reconocido su trabajo. Eso que él hacía con pasión interesaba de veras. No era sólo el trabajo de uno más, en una redacción en la que, como en casi todas, cada uno está en lo suyo. En la que se mezclan inadvertidamente la grandes piezas informativas con la basura, vendidas todas al mismo precio al día siguiente. Su trabajo perdió rutina, y empezó a hacer los mapas más fantásticos que se le conocen. Hay que agradecer especialmente a Miguel Urabayen que el trabajo de Alejandro haya trascendido las fronteras de un país que queda cerca del fin del mundo. Tanto lo ayudó esta relación con Miguel, que un día en que se sentía especialmente deprimido y enfermo lo llamó por teléfono desde la redacción del diario, sólo para conversar con él. Estuvieron un buen rato hablando. Era la una de la madrugada en Buenos Aires, una hora normal para un periodista de entonces, pero España está cuatro horas más adelante en el planeta...

Conocía los trabajos de Alejandro Malofiej como un colega más, lector también, con un especial interés por el buen periodismo. Recuerdo que en 1985 Juan Antonio Giner me dijo que esos mapas eran excepcionales. A los pocos días tuve ocasión de conocerlo personalmente junto con Juan Antonio entre un par de clases de la Escuela de Periodismo del diario Clarín. Por lo visto, Alejandro conocía mi relación con estos profesores y con la Universidad. Diez años después de su muerte, buscando datos sobre su vida, supe que durante los meses siguientes me estuvo buscando para hablar conmigo sobre la posibilidad de viajar a Pamplona a dictar un seminario. Por esos años yo trabajaba en un diario del interior de la Argentina, y no era fácil encontrarme en Buenos Aires.

Esta historia de Alejandro no es nueva. La leí, palabras más palabras menos, en la cena de clausura de la tercera edición de los premios Malofiej, en 1995 y se publicó en el libro de los premios 1994/1995. Está incompleta y lo sabía entonces pero no lo dije: apenas lo insinué. El premio estaba muy nuevo y no parecía una buena idea que se supiera que Alejandro no era Malofiej. Su padre no era Simón, el jardinero ruso de la casa principal de Buenos Aires, sino el aristócrata terrateniente, dueño de la casa principal en la que su madre había trabajado como institutriz. Su madre se lo contó un mal día de su adolescencia. Ya era tarde. Fue entonces cuando Alejandro perdió la alegría y la salud y nunca las recuperó.

30 de enero de 2012

Un rinoceronte en las sierras de Córdoba

Tengo que confesar que un día maté una vaca. Dicho así, ahora, puede parecer criminal, pero en este mundo carnívoro y voraz debe ser de lo que más se mata, junto con pollos y chanchos. Y eso sin contar hormigas, mosquitos y moscas que se matan de gusto nomás.

Alguien los tiene que matar, lo más humanitariamente posible, para comer sus lomos, pechugas y jamones. También tengo que confesar que maté un cordero y hasta un lechón, para comer entre compinches con pan fresco y vino tinto. Y aviso que soy de los que piensan que no hay mejor destino para un cordero o para un chanchito con nombre y apellido. Pero lo de la vaca fue otra historia: la maté con aire de torero y estilo de Hemingway.

Era estudiante de Derecho en la Universidad de Córdoba y me arreglaba con lo que podía para mantenerme en esa ciudad que no era la mía. En esos días había dejado mi trabajo de las madrugadas en el mercado de abasto y hacía algunas changas para seguir juntando los poquitos billetes que me permitieran algo más que comer y dormir en La Docta: administraba una finca en las sierras durante el tiempo que, por muerte de su casera, había quedado sin cuidador.

La casa principal soportaba cierto abandono los días de semana, sobre todo el parque, que era pasto fácil para el ganado del vecino: apenas un capítulo de la eterna lucha entre agricultores y ganaderos. Y ya se sabe desde la época de don Ulpiano que tiene obligación de deslindar el que cría ganado y también que si una rama de níspero pasa al fundo vecino, los nísperos no son tuyos sino suyos.

El vecino era Hormiga Negra, un gaucho malandrín que no pensaba cuidar a la vez sus vacas y mis flores. Cada vez que llegaba yo a la finca, el parque estaba perdido de bosta, de pisotones y de mordiscos a las plantas que aguantaban sin chistar el atropello. Así que un buen día lo denuncié a la policía. Me dijeron en la comisaría que tenía que avisar al matadero municipal, que ellos secuestrarían las vacas y el vecino pagaría la pastura contra su devolución. Vinieron a arrear las vacas, pero camino del matadero sorprendí al funcionario entregando los animales a mi vecino por cuatro pesos. Fue entonces cuando resolví aplicar la estrategia que resulto súper eficaz.

La semana siguiente atropellé a las vacas con una pistola que tenía escondida en la casa. Las perseguí a los tiros por la cañada divertido como un enano. Hasta que una de ellas se puso brava, dio media vuelta y me encaró meneando su cabeza y su barrigota como un rinoceronte en la sabana africana. Me planté y le vacié el cargador mientras se acercaba a todo galope. Cayó fulminada, como caen los rinocerontes en las películas de cazadores, a un metro de donde yo estaba.

Aunque se merecía un trofeo encima de la chimenea de aquella casa, de la pobre vaca no queda más recuerdo que este relato, que cuento con el vértigo de la primera vez.

3 de enero de 2012

Sueños de libertad

A nuestra América mestiza se la puede definir de muchos modos. Uno de los que más me gusta es su geografía escandalosa: una columna vertebral de piedra y chocolate que sostiene, con ríos enamorados de los pájaros, su alucinante selva de chicha y miel. También la definen su lengua y su credo, sus ancestros, su historia colonial y su común independencia republicana.

Pero lo mejor de nuestra América no son los ríos multicolores, ni los Andes imperiales, ni los bosques dulzones del trópico. No son nuestros padres ibéricos, ni nuestra historia común, ni nuestra heroica independencia, ni el cristianismo popular. Lo mejor de nuestra América es la genética libertaria de su gente que llevamos indeleble en nuestra identidad mestiza, acholada, desvergonzada, dulce y amarga, pecadora y piadosa al mismo tiempo… pero siempre libre.

Nos distingue del resto del mundo nuestra ansia infinita de libertad, marcada a fuego en cada célula de nuestra identidad. A los conquistadores les bastó con tocar la tierra americana para contagiarse de una libertad que no tenían en sus países de origen. Luego los siguieron los inmigrantes de todo el mundo que se cobijaron en nuestra geografía. Y los que no resistían el aire libre se volvían con la cabeza gacha a la seguridad del sistema en el que todo está previsto.

A partir de la primera década del siglo XVII los españoles que pasaban a América traían todos El Quijote de la Mancha en su morral. Ya en la travesía leyeron a la luz esquiva de una vela que por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. Esas ansias se mezclaron con las americanas en cuanto pisaron este suelo y ante el escándalo de los que piensan en gran parte del mundo que sin vida no se puede ser libre, al sur del Río Bravo no queremos vivir sin libertad. Esa genética se conformó en un crisol de 300 años y explotó hace ahora dos siglos, cuando fraguó la raza americana y se reveló ante el despotismo de reyes y virreyes de España y Portugal y sus plomizas burocracias.

Pero de vez en cuando, como una pesadilla recurrente, aparece todavía algún tiranito en el continente. Son la reencarnación de los déspotas de antaño, con ínfulas de virrey y ademanes de Santo Oficio. Audaces sin fundamento que en lugar de servir a los ciudadanos se sirven de ellos, los maltratan como vasallos y los ahogan con impuestos y reglamentos. Se adueñan del gobierno y del estado, que convierten en su patrimonio. Debajo de ellos, hay siempre unos bandidos aprovechados que medran con la desgracia de la mayoría reprimida por el déspota. Ahora esos aprendices de Luis XIV han puesto a su servicio la democracia, que entienden como la imposición a todos de las ideas de una mayoría efímera, en lugar de la convivencia pacífica de los que piensan distinto.

La buena noticia es que los tiranos tienen los pies de barro. Desde la época de Nabucodonosor su astucia consiste en esconderlos de la vista del pueblo. Antes lo hacían con oropeles, ahora con una diarrea escabrosa de palabras. Los derrota la audacia y la valentía de un solo inocente que se anime a lanzar la piedra que los derrumbe.

7 de diciembre de 2011

Así murió Horst Waidelich

Horst y Siger Waidelich pudieron ser unos granjeros modelos, de esos que uno se encuentra paseando una vaca feliz en la imposible campiña alemana. Pero no. Los hermanos Waidelich vivían en Misiones y su chacra lindaba con la selva azucarada del nordeste de la Argentina. Junto a sus familias ya crecidas criaban vacas y sembraban tabaco en potreros robados al monte. Aunque las vacas fueran flacas y guampudas le recordarían a las de sus abuelos, que vinieron muy jóvenes a la Argentina a principios del siglo pasado. Contando a los hijos de Horst, tres generaciones trabajaron como cosacos para domeñar esa tierra arisca y ganarle espacio a la selva. Siger, algo más joven y locuaz y solterón con ganas, vive todavía en un rancho en la misma chacra. Horst, en cambio, se mantenía enjuto y lacónico a los 72. Los dos conservaban la agilidad de los 30 gracias a la gimnasia de trabajar todos los días.


Una mañana de hace unos años los hermanos Waidelich se encontraron dos cachorros de yaguareté en el monte y decidieron que eran huérfanos, así que los criaron como mascotas. Otra mañana aparecieron siete vacas muertas en un potrero: algunas estaban despanzurradas; otras solo habían sido degolladas por un mordisco bien filoso. Uno o dos yaguaretés habían celebrado un festín en el corral a costa de sus pobres animales.

En lugar se salir afiebrados a matar tigres por la selva y a riesgo de seguir perdiendo animales, a los Waidelich se les ocurrió cazar vivos a los yaguaretés que acecharan su ganado. Pusieron carnada en el fondo de un tronco hueco y una trampa que tapaba la entrada al levantar el señuelo. Al tiempo, entre cazados y crías, machos y hembras, llegaron a cinco animales enjaulados, el más grande de 130 kilos. Pero no se vengaron los Waidelich de los verdugos de sus vacas. Se fueron al Ministerio de Ecología y pidieron permiso para mantenerlos en cautiverio y mostrarlos al público que quisiera visitarlos. Cobraban unos pesos por entrar y ganaron tanto dinero con los felinos como con los ovinos.

Siger era quien cuidaba y daba de comer a los jaguares, pero andaba renegando con una dolencia en los días que termina esta historia, así que se fue a Posadas al suplicio de los estudios y análisis. Ese jueves fue Horst a alimentar y limpiar las jaulas de Yaguaretania. Al oír los pasos, los mismos animales se trasladaban por su cuenta a un recinto un poco menor y dejaban hacer al amo y a la vez mucamo. No había necesidad de arrearlos: ellos iban solitos por el hambre y la fuerza de la costumbre. Horst trancó confiado la puerta de alambre tejido con un palo y se puso a limpiar la jaula silbando bajito.

Pero esa mañana el yaguareté no aguantó más, abrió la puerta sigiloso y lo mató de un zarpazo perfecto.

16 de noviembre de 2011

Kirchner con crema

Un estúpido notero de la televisión española le preguntó una vez a un cuidador del cementerio de Madrid si no le daba miedo pasar las noches entre los muertos. Contestó que miedo deben tener los que andan entre los vivos, porque esos sí que son peligrosos. Allí, en el cementerio de la Almudena no hay nadie peligroso: es lo más pacífico del mundo.

Quizá sea esa la razón por la que a los argentinos nos gustan los muertos más que los vivos: entre ellos no corremos ningún peligro. O será la influencia gallega, o la del sur de Italia, la razón de que nos hayamos convertido en uno de los pueblos más necrófilos del mundo. Nuestro apego a los muertos es tanguero, de llorar los unos abrazados a los otros y no de emborracharnos en honor y a la salud ya perdida del muerto. Nos gustan los camposantos para ufanarnos de la bóveda familiar que vaciamos de muertos cada tanto mientras las llenamos de palmas de bronce y ángeles regordetes, de esos que también lloran con la cara humillada entre sus manos heladas. Vamos a los velorios y los entierros porque ahí miramos y somos mirados. Y nos encanta abrazar a los deudos de los fallecidos con cara entristecida y aire compungido. Nos gustan las coronas de flores y competir en el cotillón ceniciento de sus cartelas cuaresmales. Celebramos las muertes de nuestros próceres en lugar de su nacimiento y lloramos a los que se fueron con la infinita morriña del Finisterre. En Buenos Aires y en otras ciudades de la Argentina, los cementerios son lugares turísticos tan visitados como el Museo del Prado o la Torre Eiffel. El 11 de septiembre es el Día del Maestro porque ese día de 1888 murió Domingo Faustino Sarmiento. El feriado por el Libertador José de San Martín es el 17 de agosto porque murió ese día de 1850. El 20 de junio es el Día de la Bandera porque en esa fecha de 1820 murió su creador, Manuel Belgrano. Alguien me dice que esa es una costumbre cristiana ya que la Iglesia suele celebrar a sus santos el día de su muerte, al que llama dies natalis, porque conmemoran su nacimiento a la eternidad. Les contestaba que precisamente por ser un país de mayoría cristiana deberíamos celebrar la muerte de los santos y el nacimiento de los próceres, ya que lo que valió de nuestros próceres es el tiempo que vivieron en este mundo y no el que pasan en el cielo, que es el que nos vale de los santos.

Jorge Luis Borges, que sabía de la necrofilia argentina, pidió más de una vez a sus amigos que cuando muriera no lo convirtieran en calle. Y explicaba que después de muerto prefería seguir siendo el escritor Jorge Luis Borges y no la calle Borges. Estaba convencido de que con el tiempo, al preguntarle a la gente quién o qué era Borges, contestarían “una calle”. Al poco tiempo de la muerte del autor de El Aleph las autoridades de Buenos Aires le pusieron Borges a un tramo de la calle Serrano, en Palermo Viejo. Una lástima. Pregunte en cualquier reunión por el que le dio el nombre al revuelto Gramajo o por Rossini, el de la salsa de tomates... En la antigua Unión Soviética convirtieron a Lenín en estatua de tantas que levantaron con su nombre grabado en el pedestal de granito. Por eso todavía los rusos llaman lenín a cualquier estatua que se encuentran, aunque sea de Caperucita Roja.

En la Argentina necrófila estamos convirtiendo ahora a Kirchner en estatua, en calle, en escuela, en campeonato de fútbol y en campamento boy scout… Corren peligro las calles Riobamba, Pichincha y Ayacucho; Suipacha, Cochabamba, Talcahuano y todas las batallas que no pueden defenderse ni tienen descendientes. Pueblos, empresas, equipos de fútbol, barrios, bibliotecas, sitiales de las academias, cátedras… pueden ahora llamarse Kirchner. Sus seguidores, ahora en el poder, intentan imponer a su favor un relato que el mismo Kirchner rechazaría. Él merece las avenidas principales, las calles más largas, las plazas más grandes, los monumentos más altos, el obelisco de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los glaciares del Calafate, el estrecho de Magallanes, la Pampa, la Patagonia, los Andes y el Aconcagua. El río Paraná, el Uruguay y el de la Plata. Las ciudades más bonitas, los aeropuertos más modernos, las terminales de ómnibus y las estaciones de ferrocarril. Kirchner puede desplazar a Sarmiento, a San Martín y a Belgrano, pero también a Perón, a Irigoyen y hasta a Martín Fierro y don Segundo Sombra…

Un día vamos a pedir Kirchner con Crema de postre en el restaurante Don Néstor, el de la esquina del Boulevard Presidente Kirchner con la calle Gobernador Kirchner, de la ciudad Néstor Kirchner, la capital de Kirchnerlandia… Pero nadie sabrá por qué se llaman así.

9 de octubre de 2011

Carrera de tractores

Genaro Escudero era natural de Pamplona, la capital del reino de Navarra, en España. Pero vivía en el Alto Paraná, al este del Paraguay, donde tenía una estancia con buena tierra, colorada y profunda, fértil como la bendición de un patriarca.

En 1993 don Genaro donó parte de su hacienda para fundar un pueblo que albergara los servicios y viviendas para los colonos brasileños, que cada vez eran más en esa zona del Paraguay, a 150 kilómetros de la frontera con Brasil. Escudero puso una sola condición y no dio más explicaciones: el pueblo debía llamarse Iruña.

Con el tiempo fue colonia y luego distrito. Hoy Iruña tiene 5.000 habitantes, intendente, parroquia y escudo. La inmensa mayoría de sus habitantes son brasileños de origen alemán que hablan portugués y viven en Paraguay. Sus campos son los mejores del país, con niveles de producción altísimos gracias a la buena tierra y a las lluvias abundantes, pero sobre todo gracias al trabajo de esos colonos de pelo rubio y cogote colorado. Todos muestran su frente blanca cuando se sacan el sombrero para saludar y te revientan la mano al estrecharla con sus tenazas de carne y hueso. Las mujeres son fuertes y lindas como los lapachos rosados. Y los chicos parecen Hansel y Gretel que juegan a ensuciarse en las huellas mojadas de los tractores. La tierra es anilina pegajosa que todo lo tiñe de rojo indeleble. Dicen que una vez que se le mete a uno en el alma ya se queda para siempre.

Estuve en Iruña hace ahora unos trece años. Entonces el pueblo era una plaza apenas demarcada, la iglesia a medio construir, un ranchito para la autoridad, un almacén de ramos generales y algunas casas particulares en medio de pastizales. Entrar me costó lo suyo porque había que barrear durante doce kilómetros por la tierra recién llovida. Iba mordido por la curiosidad de ese nombre en este lugar del mundo. Ahora saben que no significa nada en guaraní: Iruña es en vasco el nombre de Pamplona, la ciudad de san Fermín, de los toros por las calles y la bota empinada; la de Genaro Escudero, a quien todavía no sé qué se le había perdido en el Paraguay.

En 1998 conté mi visita a Iruña del Paraguay para la revista Nuestro Tiempo, que se edita en Pamplona, donde pasé años de mi vida universitaria. La columna llegó a internet y dio sus vueltas por el espacio hasta que alguien de Iruña la encontró. Así que por culpa de las redes sociales llegué de nuevo a Iruña, esta vez invitado a la fiesta del pueblo que ya es tradicional aunque tiene cuatro años: bailes y chancho al espeto; feijoada y asado en estaca… y la sempiterna corte de promotores dispuestos a vender lo que sea a ricos productores amontonados y bien dispuestos por miles de litros de cerveza.

Pero eso no es nada. A las tres de la tarde y hasta bien entrada la noche la fiesta cambia de ritmo. Dejan de comer y beber, de comprar y vender, de bailar y jugar…

...y empiezan las carreras de tractores.

7 de octubre de 2011

Bethany Hamilton

Montañita, en el Pacífico ecuatoriano, es como un pueblo de La Guerra de las Galaxias: uno se puede topar a la vuelta de la esquina con un gusano gordinflón de dos cabezas que le pide fuego para encender su pipa de espuma de mar. Hace unos días volví a encontrarme con la amable sensación de que todo puede pasar en el Tatooine ecuatoriano y me quedó claro que los miembros de la Academia Sueca nunca cabalgaron por sus playas ni se comieron un cebiche de camarón y corvina en una vereda de Montañita. En estos pueblos hay más candidatos premios Nobel de la Paz que en todo el resto del mundo. Siempre pensé que quienes realmente lo merecen son el inventor de la medialuna o el que plantó los lapachos que florecen estos días en la avenida 9 de Julio de Buenos Aires. Y no entiendo por qué –salvo algunas excepciones- siempre se lo dan a personajotes fabricados por comunicólogos de cama solar y Hugo Boss.

Un día almorzábamos varios amigos en un restaurante de Montañita, de esos de caña y aire libre, en los que nadie tiene apuro y todos nos integramos, aunque sea por esas horas, a la misma tribu. Hablábamos de un tema bien a propósito del lugar: de Bethany Hamilton, la gran campeona de surf hawaiana que a los 13 años perdió su brazo izquierdo. El 31 de octubre de 2003 flotaba con dos amigos en su tablas a unos 300 metros de la costa cuando un tiburón tigre le arrancó entero el brazo que descansaba en el agua a un costado de la tabla. A los tres meses Bethany estaba surfeando de nuevo las olas de Kauai. Ahora tiene 21 y sigue entre los tiburones con un tesón que también merece el Nobel de la Paz.

La actitud Bethany Hamilton es un ejemplo cabal para los que se resisten a las nuevas tecnologías: los que insisten en proteger sus derechos de autor contra los que copian sin disimulo o los que intentan tutelar la información como un bien exclusivo que se entrega con cuentagotas, cuando se sabe que ya es de todos. Oponerse a los cambios tecnológicos y sociales  que están imponiendo las nuevas tecnologías es como intentar parar las olas con nuestras tablas. Quizá lo consigamos por un tiempo, pero al final nos superará y nuestro dique se irá al diablo. Por eso, lo mejor que podemos hacer es subirnos a la ola y surfearla, como Bethany Hamilton.

Mientras nuestra conversación discurría entre estas y otras consideraciones por el estilo y al mismo tiempo que aparecían los cebiches, las papas fritas y las cervezas, se nos arrimó una perrita con la cara tristona de todos los perros que mendigan una caricia o un poco de comida. A la perrita también le faltaba el brazo izquierdo…