18 de mayo de 2015

Celeste


La familia de Celeste tenía un yerbal en Garupá, cerca de Posadas. Ella vivía allí, en medio de la selva en una casa dinamarquesa, de planta perfectamente cuadrada, construida por 1920 con paneles modulares que alguien había traído de Europa y armado en ese sitio. Recordaba el Mobaco, un juego holandés antepasado del Lego que tenía mi padre antes de la Guerra y daba vueltas por mi casa hasta que sus hijos perdimos todas las piezas. Rodeaba la casa de Celeste una galería, elevada cuatro escalones de la tierra. Los cuartos, los baños y la cocina rodeaban a su vez un salón central al que se llegaba por zaguanes desde los cuatro puntos cardinales.

La casa está todavía en el centro de un mogote de selva rodeada por el yerbal, debajo de la inmensa cúpula de petiribís, ibirapytás y canafístulas. A unos 100 metros hay una casita de huéspedes con techo de vidrio para vivir debajo del toldo vegetal poblado de loros verborrágicos y monos carayá.

Unos cuantos amigos íbamos seguido a lo de Celeste y nos entreteníamos en conversaciones interminables bajo esa galería o bajo los árboles. Ahí comíamos lo más rico que se puede uno imaginar de la cocina tropical, bebíamos ron del bueno y fumábamos cigarros que estancaban su humo moroso en el aire húmedo de la selva.

Celeste había sido linda y lo seguía siendo, pero yo la conocí muy gorda y solo pude ver algunas fotos de cuando era la otra Celeste. Contaban que entonces un piloto le tiraba los perros desde su avioncito cuando tomaba sol al borde de la pileta, allá donde empezaba el yerbal. Como decía, la conocí gorda por atiborrarse de comida, siempre rica pero mucha. Gorda de ansiedad. Gorda de mirarse al espejo y odiarse. Gorda mal, decimos ahora en la Argentina.

Un día caliente de verano supimos que algo le pasaba y que habían tenido que internarla en un sanatorio de Posadas, pero no parecía nada importante. Alguien dijo leucemia y ahora dicen leishmaniasis, contagiada por sus perros. Si tenía leishmaniasis y la trataban para leucemia, la mataban. A los dos o tres días Celeste se murió y un médico firmó leucemia en el certificado de defunción.

Velaron a Celeste en su cama, grandes las dos, pero yo no la vi porque no quise entrar. Me contaron que no pudieron juntarle las manos encima del pecho porque no daban los brazos así que los tenía uno a cada lado del cuerpo, encima de las sábanas que rodeaban su humanidad. El calor daba miedo porque complicaba respirar: creo que era lo que nos hacía llorar y todos sabíamos que era la última vez que visitábamos la casa de Celeste. En un rincón, cerca de la jaula del mirlo malhablado, me encontré con Luchín, que lanzaba rayos contra Celeste: -¡Pero que hija de puta Celeste! ¿Cómo nos hace esto? decía, y otras cosas parecidas.

La enterraron en la falda empinada del cementerio de Cerro Corá. El foso estaba cavado tan justo que Celeste entraba solo en la dirección que habían decidido los poceros, que no era la que ella había querido: mirando salida del sol. Cuando probaron que no cabía en esa dirección su hermana mandó a los poceros levantar el cajón y ensanchar la cabecera con palas de carpir hasta hacer lugar. La enterraron entre su madre y su hermano, como ella también había pedido, la última vez dos semanas antes de declararse su enfermedad. Antes dieron dos vueltas a la cruz del cementerio para alargarle la vida a la única sobreviviente de la familia y propietaria ahora del yerbal y de la casa cuadrada de Celeste que nunca más visité. La rodearon con bastante dificultad por lo inclinado del cerro. Allí quedó Celeste, debajo del túmulo que sobresalía como una montaña de tierra y piedras que parecían removidas para un vecino.

1 de mayo de 2015

Viajar

Cada vez que me encuentro con Gerardo le pregunto por su último viaje y siempre me asombra: Barnaúl, Samarkanda, una base militar en la Antártida, las islas Kerguelen o la península de Kamchatka. Llega a sitios que ninguna agencia ofrece, en vehículos a los que nadie se anima y es capaz de comer cucarachas o tomar nitroglicerina. Cuando necesita un remedio, esté donde esté, entra en las farmacias y pide por señas al que atiende que lo deje pasar a las estanterías para elegir él mismo lo que va a remediar los efectos de las cucarachas o la nitroglicerina y de otras dolencias que producen sus travesías por volcanes en erupción o mercados abarrotados de malandrines.

Gerardo es un viejo periodista que llegó a ser empresario de medios y se jubiló como profesor universitario en Buenos Aires, pero sigue dando clases y viajando por el mundo con el espíritu curioso de un adolescente. Cenamos juntos, con otros amigos, dos o tres veces al año y aprovechamos para enterarnos de las últimas aventuras de todos, pero especialmente de los viajes de Gerardo, que invariablemente termina con la frase “nunca me arrepentí de ningún viaje”.

Todo viaje es una metáfora de la vida. Por eso se aprende tanto o más que en los libros pero con una experiencia absoluta y directa. Después de los estudios universitarios no hay dinero mejor invertido que en viajar, aunque sea a Chongón, pero viajar. No entiendo por qué los jóvenes ponen es sus hojas de vida que saben manejar el Excel y no cuentan que viajaron a Disneyworld o a Puerto López. Y son inútiles las fotos carnet desabridas que acompañan esas biografías: mucho más dice una foto de viaje –en el lugar que elijan y con la cara que les guste– para convencer a quien les puede dar un trabajo, con quien están a punto de empezar a compartir un viaje de unos cuantos años por la vida misma.

Viajar debería ser obligación de los políticos. Es imposible encarar obras de infraestructura si no se conoce el país y el mundo, y eso va desde los baños de una estación de trenes perdida en la China hasta el puente colgante de San Francisco. Es imposible tomar decisiones acertadas si no se conocen las consecuencias de las decisiones de otros, las soluciones a problemas parecidos, los modos de pensar laterales, las vueltas que otros han dado para llegar a donde nosotros queremos llegar, los errores que cometieron y cómo los corrigieron. Y eso ahora, en el año cero o en el siglo XVI. No estoy pensando en nadie en particular y no es un consejo electoral, pero desconfíe del político que no viaja: seguro que tiene mirada estrecha, corre serios riesgos de volverse autoritario y también de ahogarse en un vaso de agua. Y ojo que también se viaja para escapar a los problemas y los viajes no te libran de ser autoritario; eso se lleva en la genética. Así que sería genial que los autoritarios y los escapistas se vayan de viaje para siempre.

Los libros son parte de los placeres de los viajes. Se puede viajar leyendo un libro en los dos sentidos: hay libros que son viajes y hay viajes que son libros, desde los tiempos de Herodoto, pasando por Julio Verne, Joseph Conrad o Rudyard Kipling. Además, no hay recuerdo más amable de un viaje que la novela que nos acompañó, en la que quedan tickets, recortes y hasta vestigios de alguna comida, casi siempre del avión.

Pero más que los libros enseñan las comidas y tanto como los monumentos, los castillos, las catedrales, los pájaros con que nos topamos o los bosques donde nos perdemos. Vale la pena llegar hasta Amatrice para comer spaghetti all’Amatriciana, algo imposible de hacer cabalmente en cualquier lugar del resto del mundo, donde no se consigue guanciale ni pecorino romano. Lo mismo se puede decir de infinitos platos de cualquier latitud y longitud: cada pueblo tiene su especialidad que sabe a gloria en ese pueblo. No hay como tomar champán en Reims y vino tinto en Burdeos, comer el queso de Camembert en Camembert, trufas en Picardía, percebes en La Coruña, chipirones en San Sebastián y cangrejos en Guayaquil.

El que tiene ganas de viajar no se preocupa por el idioma. Para los viajeros no es un problema sino una oportunidad fantástica de aprender. Los idiomas abren la cabeza, como los libros, las comidas o las culturas diferentes con que nos encontramos. Además la mitad del mundo habla igual que nosotros, así que tenemos que hacer varios miles de kilómetros para encontrarnos en un sitio donde nadie entienda el castellano.

Gerardo tiene razón.

19 de abril de 2015

Internet y las papas fritas


En el año 1500, pleno Renacimiento, empezaban a construir la basílica de San Pedro y ya existían en Europa casi todas las catedrales y palacios que hoy nos parecen recién terminados gracias o por culpa de las reconstrucciones que siguieron a cada guerra. Había catedrales, palacios y castillos pero no tenían ni papas ni tomates ni maíz ni tabaco ni zapallo ni cacao…, que hoy son alimento esencial y hasta nacional de muchos países del viejo continente. Es tan difícil imaginarse el mundo antes de Colón como recordarlo antes de las computadoras, internet o los teléfonos móviles.

Antes de conocer América, en España no existía ni el gazpacho ni la tortilla de papas y en Italia no había polenta y la pasta era un aburrimiento. Los belgas tienen buen chocolate y su plato nacional son las papas fritas con mejillones, pero no sabemos qué ponían en sus platos hasta el final del siglo XV. Piense que hasta el 1500 nadie había comido papas fritas y los únicos que fumaban –dicen que por la nariz– eran los indígenas de la isla de Cuba.

En América no había vacas ni ovejas ni caballos ni gallinas ni trigo ni cebollas, pero también hay que decir que nuestro continente estaba poco poblado y por más sabios que fueran, los que aquí vivían no conocían ni la rueda y eran bastante salvajes comparados con los europeos de aquella época.

El descubrimiento de América y el nuevo mundo que encontró Colón es un buen paradigma para entender lo que significan las redes del planeta interconectado. Internet, las antenas de telefonía celular, el wifi y los receptores inteligentes nos permiten hoy averiguar en segundos desde una pantallita portátil que sacamos del bolsillo cualquier cosa que se nos ocurra, o comunicarnos con gente lejanísima como si estuviéramos en el mismo salón.

Internet, los smartphones o los drones están descubriendo un mundo que no conocíamos: lo están ampliando como se amplió el 12 de octubre de 1492 (ni los primeros humanos en América ni los vikingos ampliaron nada). Sin conocer internet, Marshall McLuhan la vislumbraba, tanto que describió un futuro interconectado por las redes eléctricas cuando escribió La aldea global, que lleva como segundo título Transformaciones en la vida y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI.

McLuhan la comparó con la comunión entre los cristianos, pero no nos dijo que esa posibilidad de conectarnos entre todos, además iba a ampliar el mundo como si hubiéramos descubierto un nuevo continente y detrás de los aborígenes y los cocoteros de las playas del Caribe aparecieran por fin en el menú universal las papas fritas o el chocolate en rama.

23 de marzo de 2015

La calle

María y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. El loco Pedro manejaba un camión de aire y zorzal que nadie veía, solo él, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de hielo. Lo estacionaba, marcha adelante y marcha atrás, con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle.

Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20. La loca María con su pelo gris, lacio hasta la cintura, dirigía el tránsito de la calle 9 de Julio, cerca de la estación. Castigaba contravenciones inventadas con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo para el curioso que la miraba.

El loco Pedro y la loca María desaparecieron porque los enajenados viven ahora en nuestras casas y revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera y pasean el perro del general Perón y conversan con los gatos del vecindario, mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. O María y Pedro se habrán muerto sin descendencia o alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea o será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas.

Los Pedros y las Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. Las encrucijadas son supermercados donde se puede comprar al paso todo lo necesario y sin horarios impuestos por la autoridad.

Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas y rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor y artistas de ocasión y tangueros en desgracia y sobadores al paso y limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.


Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor.

Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. Debe ser cierto, pero que se lo digan ellos, por lo menos antes de que un premio Nobel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.

7 de enero de 2015

Subduquesa de Catastro


A Posadas han vuelto los títulos de nobleza, esos que suprimimos de un plumazo antes de la Independencia Nacional, en la Asamblea de 1813. Con el único argumento de su investidura, los funcionarios del rango y poder que sea ejercen sus privilegios señoriales sobre el espacio público y se friegan en el resto de los mortales, que para eso son el pueblo llano. No hay distinciones y vale todo para plantar el escudo que señala el derecho. Todavía no les han puesto yelmos y lambrequines, pero suponemos que no falta mucho para que los pinten en los carteles que reservan lugar solo para ellos en la calle que es de todos. Y no usan solo carteles, que el ayuntamiento cede gentilmente a la nobleza: ahora también se sirven de su guardia personal de policías y sirvientes para reservar más lugar todavía con conos de plástico, baldes, escobas, ramas y hasta carritos robados en los supermercados... A tanto ha llegado el abuso que los simples mortales han empezado a hacer lo mismo, pero en este caso el poder es la fuerza o la desvergüenza. Siempre es así gracias al mal ejemplo: cuando los que tienen poder abusan de él, los que no lo tienen se lo arrogan sin más vueltas.

Ser funcionario es hoy como ser conde o duque… Mire qué bonito título: Duquesa de Biología Molecular de la Provincia de Misiones, con derecho a fregarse en el resto de los ciudadanos que no podrán estacionar donde la señora duquesa aparque su carruaje. Hay lo que usted quiera: Conde de la Ecología Sustentable, Barón de la Corte Suprema de Pollo, Vizconde de la Policía Regional IV, Baronesa del Catastro y de la Base Imponible, Margrave de Prensa y Relaciones Públicas, Senescal Verdeoliva de la Gendarmería, Caballero del Museo del Tereré, Marqués Elector de la Represa y su hermano el Conde-Duque de Rentas… todos con grandes extensiones de estacionamiento en la ciudad, para ellos y sus lacayos.

El estacionamiento se ha vuelto un lujo que solo se pueden dar quienes tienen el privilegio de sus títulos nobiliarios; todo muy republicano. El resto de los mortales tienen que jorobarse y pagar o dejar su auto a cuatro cuadras de su casa o de su lugar de trabajo. Hasta los tarjeteros se están acabando porque ya no les queda lugar para cobrar la tasa que ha impuesto el municipio por el uso del espacio público. Y ya a ver que llegará el día en que nos cobrarán por gastar las veredas con nuestras alpargatas. Usted paga el alumbrado, el barrido y la limpieza y los funcionarios le usan la luz, la vereda y la calle, para eso son condes.

Es tan constante y consistente este abuso de poder que se ha vuelto obsceno. Usted se va a reír, pero quiero contarle que una señora subcondesa mandó al portero del edificio vecino a despertar al dueño del auto que había osado ocupar su sagrado lugar en la vía pública. Lo notable es que el portero le hizo caso y lo despertó en lugar de decirle a la subcondesa que lo despierte ella, o su abuelita, o de mandarla sencillamente a freír buñuelos.

Y para que no queden dudas del regreso de Posadas a la época de los privilegios, están los taxistas, perdón, los Caballeros Taxistas, que son algo así como la orden de Malta de esta nueva edad de gentilhombres, cofrades de un gremio privilegiado que puede estacionar en lugares reservado solo para ellos. Porque en Posadas los taxis no andan por la calle como en todo el mundo, buscando clientes, sino que son los clientes los que tienen que ir a buscarlos a sus lugares de estacionamiento y rogarles por favor que tengan a bien acercarlo lo más que puedan a un lugar en un vehículo diminuto, destartalado y sin aire acondicionado… y por unos pesos, claro. Porque los Caballeros Taxistas cobran por prestar un servicio y se ahorran la nafta que cuesta ofrecerlo, en contra de los ciudadanos que la gastan dando vueltas por la ciudad en busca de un lugar imposible: están todos ocupados por los condes, los duques, los marqueses y los caballeros teutónicos del siglo XXI.

5 de diciembre de 2014

Estamos solos


Ya decía Jorge Manrique que este mundo es el camino para el otro que es morada. Tenía claro que todo camino es metáfora de la vida, así que escribió en las Coplas por la Muerte de su Padre que partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos, así que cuando morimos descansamos. Como la vida es un viaje, todo camino que emprendemos nos enseña algunas cosas importantes y otras no tanto, pero sobre todo nos enseña a vivir esta vida que gastamos entre que nacemos y morimos.

Uno diría, sin pensar mucho, que nunca estamos solos. Que en el trayecto de nuestra vida vamos siempre acompañados por padres, hermanos, hijos, mujer, marido, parientes, amigos, colegas y hasta enemigos… amores y desamores. Estamos rodeados constantemente por personas, animales, cosas y también y sobre todo por entidades que son personas, pero jurídicas: la familia, la patria, el colegio, la universidad, la parroquia, el club, la empresa, el negocio, el supermercado, el banco, el gobierno... y por siglas: la ONU, la OMS, la OEA, la CIDH, SRI, SIP, SuperCom, ADEPA… Lo que quiero decir es que vamos muy acompañados por la vida y que todos esos acompañantes influyen en nosotros, pero estamos completamente solos en medio de esa compañía y de esa influencia. Se lo explico:

El mundo –y sobre todo las ciudades– están llenos de gente pero ninguno de los que nos rodea decide por nosotros, por mucho que nos quiera o nos odie, que nos influya para bien o para mal. Todas las decisiones que tomamos son exclusivas de cada uno y debemos responder por ellas, ante Dios y ante los hombres, al final de la vida y también a cada minuto.

Si usted no aprendió todavía esta lógica, le recomiendo que se vaya unos días a caminar. Ponga sus cosas en un morral y establezca un punto de partida y una meta. Puede ser por la playa o la montaña o haga el Camino de Santiago por el norte de España, que es donde le aseguro por experiencia propia que se aprende cabalmente que estamos solos. Unos días de marcha solitaria por la meseta castellana, por los valles leoneses o por las cuestas y barrancos de Galicia lo marcan para siempre. En el trayecto hay caminantes adelante y atrás y también a los costados: algunos te dan conversación y otros apenas te saludan. Antes de salir tus amigos te dan consejos y en el camino te lo desean bueno, pero el que sale y el que llega cada día es uno, con su humanidad, sus pensamientos y su mochila a cuestas. Nadie camina por otro: no hay testaferros, apoderados ni representantes que valgan.

Muchísimas veces dejamos que otros tomen decisiones por nosotros. Pasa en el mundo globalizado y mediatizado en el que pareciera que nos domina la inteligencia colectiva o el Hermano Mayor de Orwell que piensa por nosotros. Elegimos entre todos, pero también elegir los gobernantes y acertar o equivocarnos es responsabilidad de cada uno. Eso no es noticia ni novedad, pero permítame que le explique que dejar que otros tomen las decisiones por nosotros es una decisión tan personal como cualquiera, con todas las responsabilidades de los actos propios. A partir de la mayoría de edad y siempre que no estemos impedidos por alguna chifladura mayor, uno es dueño absoluto de su propio destino y no hay nadie en el mundo que lo pueda suplantar.

Decía que esto sirve para cada minuto de la vida y también para el instante sublime de rendir cuentas a Dios o a los hombres de nuestros actos. Los que creemos sabemos que un buen día nos encontraremos solos ante Dios, cuando no valdrá el es-que ni el creí-que. Pero tampoco valdrán ante quienes nos juzgan en este mundo. Podemos estar acompañados por multitudes, como en las escenas del Juicio Final descriptas en el Apocalipsis de San Juan, pero también estaremos más solos que nunca, cara a cara con las propias responsabilidades, ante esa multitud que nos rodeará volátil, dispuesta a aplaudir o abuchear como el público en un estadio de fútbol.

Téngalo en cuenta porque no sirve para nada eso de hacerse el distraído.

1 de diciembre de 2014

Walter

Caminaba a Santiago, ya veterano en etapas y acostumbrado a coincidir por unos minutos con gente que no iba a ver nunca más. Fue en los páramos de Castilla donde los pueblos suenan a Bocadillo de Tortilla que le puse un apodo fatal al peregrino solitario de unos 50 años que llevaba calzas hasta las pantorrillas, dos mochilas -una en la espalda y otra en la barriga-, trípode para sacar fotos y cargador solar para el celular. “Este no llega a ningún lado”, pensé haciéndome el canchero conmigo mismo.

Después coincidimos en el albergue de Bercianos del Real Camino, donde la hospitalera resultó una petisa venezolana con dos pilas de más. Entre los alemanes y los holandeses preferí la mesa de los italianos y entonces me enteré de que el personaje era de un pueblo cercano a Turín y que de tímido no tenía nada. Esa tarde compró varias botellas de vino en un almacén del pueblo y nos alegró la cena a todos. Decía que el italiano y el castellano eran el mismo idioma y lo confirmaba con cada palabra: pan-pane; melón-melone… “–¿Ma queso-formaggio?” lo desafié. “–È l'eccezione” me calmó.

Lo crucé de nuevo en Mansilla de las Mulas a la hora del almuerzo. Estaba sentado en una mesa, en plena calle, tomando cerveza con dos rubicundas peregrinas, una austríaca grandota y otra alemana chiquitita. Al llegar esa tarde al albergue de Puente Villarente pregunté por ellos: “–tomaron una habitación para los tres” me contestó la hospitalera.

Lo volví a encontrar en la plaza de la catedral de León. Tomaba café con la austríaca, a la que se le acababan las vacaciones y se volvía a su país. “–¿Y la alemana?” le pregunté. “–Dorme…” contestó con las dos manos juntas debajo de su oreja. Walter llegó antes que yo a Santiago de Compostela y allí lo encontré sentado en un antepecho de la plaza de la Inmaculada, con cara de misión cumplida.

10 de noviembre de 2014

Sueños escondidos


Era estudiante en la Universidad de Navarra, en España, cuando veía atravesar por el medio del campus a peregrinos que hacían el Camino de Santiago. En cuanto empezaba la primavera y hasta bien entrado el otoño pasaban por Pamplona miles de personajes con pintas muy parecidas: ellos y ellas pero no tan jóvenes, con sombrero de lona, bolsillos en todos lados, bastón y una concha de vieira colgando en la mochila. Bajaban desde la Fuente del Hierro hacia el valle del Sadar. En el edificio central de la universidad, de estilo algo herreriano, sellaban el carné de peregrino y luego seguían viaje hacia los pueblos dos Cizur –el mayor y el menor– y se perdían en la cuesta del Perdón. La mayoría llevaba un par de días o tres según hubiera empezado en Roncesvalles o el Saint Jean de Pied de Port, del lado español o del francés de los Pirineos. Pero había algunos que venían de mucho más lejos.

Como los fines de semana no tenía tanto que hacer, el decano de la facultad me invitó un buen día a acompañarlo con otros amigos a arreglar el Camino. Eran miembros de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago y se pasaban gran parte de los fines de semana de invierno haciendo mantenimiento de la calzada que ya tiene más de mil años y en algunos trechos hasta dos mil. Cruza todo el norte de España de este a oeste y termina en Santiago de Compostela, ya cerca del Finisterre, el Fin de la Tierra, la punta más occidental de esa península de Asia que es Europa. Aquel trabajo consistía, sobre todo, en reponer y renovar, muertos de frío, las señales que marcan el recorrido, especialmente en los lugares donde es más fácil perderse como las bifurcaciones y encrucijadas que son el tormento del caminante. El Camino está jalonado de pueblos antiquísimos y algunas ciudades de casco medieval como Pamplona, Burgos, León, Astorga, Ponferrada… Muchos de los puentes que cruzan los ríos son romanos y casi todos ellos son usados todavía por autos y camiones; el tiempo no ha hecho más que fortalecerlos. En esos años de estudiante conocí el Camino pero solo en territorio de Navarra, desde Roncesvalles hasta Viana o desde la tumba de Rolando hasta la de César Borgia.

Lo que no sabía es que había empezado a soñar con el Camino en aquellos años azules de estudiante. A soñar, pero sin conciencia de soñar. Y lo digo porque por fin a los 60 años anduve de pueblo en pueblo como uno de aquellos romeros franceses, alemanes, holandeses, belgas, italianos, suizos… que pasaban por Pamplona con sus pantalones desmontables y sus fantásticos zapatos de travesía.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que hace muchos años que guardaba cosas para hacer el camino, como un sombrero de tela de algodón que compré en Bruselas en las liquidaciones de Navidad de 1991 y que perdí en Ponferrada 23 años después. Debe ser lo más viejo de todo lo que preparaba inconsciente para ese viaje con el que soñaba sin darme cuenta. Las últimas fueron un par de camisetas dry-fit, de esas que se secan en minutos después de lavadas, que son imprescindibles para caminar ligeros de equipaje, que es el mejor modo de viajar. Hay muchos más, entre ellos algunos libros de historias y fotos del Camino que se salvaban del naufragio de cada mudanza.

Dicen que mientras dormimos siempre soñamos y que solo nos acordamos del último sueño: del que duró segundos antes de despertarnos o del que nos despertó sobresaltados por lo fuerte de su contenido. Del resto no sabemos nada, pero algo podemos vislumbrar desde el único que nos acordamos: podemos saber más o menos por dónde van los tiros.

Esa es mi primera consecuencia –no la más importante– de mis días en el Camino. Estoy ahora convencido de que nos pasamos años haciendo cosas sin saber que tienen un fin. Son anhelos inconscientes del corazón que un buen día se despiertan y se juntan como las partes de un rompecabezas.

Los sueños escondidos se pueden descubrir en un color preferido, una pequeña manía o en algo que guardamos sin saber para qué, como el sombrero de algodón belga que perdí en un rincón de Ponferrada.

2 de noviembre de 2014

El arrugue


El Jefe de Policía de la provincia de Misiones se había enojado conmigo porque contamos algunas verdades en el diario. Los hechos eran irrefutables y de una gravedad poco común: lo involucraban directamente ya que se trataba de una orden -arbitraria y fuera de lugar- salida de su propio despacho. Pero el señor comisario general debía pensar que por conocernos lo trataríamos de minimizar o nos callaríamos. No fue así: el diario cumplió con su deber y con los lectores.

El problema a partir de aquellos días de 2006 era volver a enfrentarme con el jefe de policía, que entonces parecía un chorizo a punto de reventar; en la Argentina cuanto más alto es el grado mas pesa la barriga que adorna a los policías.

Un día ocurrió, cuando caminaba solo y a buen ritmo por la costanera de Posadas, que une y separa la ciudad del río Paraná, que a esa altura es el lago infinito de la represa de Yacyretá. Decía que caminaba por la costanera cuando vi venir en sentido contrario a Su Excelencia el Inmenso Jefe de Policía de la Provincia con varios guardaespaldas en pleno ejercicio de jogging.

Los custodios eran cuatro fisicoculturistas, con camisetas apretadas y anteojos oscuros, que rodeaban al abultado comisario general en yoguineta reglamentaria. Si no me matan, estos tipos por lo menos me tiran al río, pensé. Se me ocurrió cambiar de rumbo, pero pudo más la conciencia: si el jefe tiene problemas conmigo no es porque yo haya hecho ninguna macana sino porque las hizo él. Así que enfrenté altivo el pelotón que se acercaba amenazante.

A pocos metros el comisario arrugó y se cruzó de vereda, seguido por sus guardaespaldas.