La universidad me tocó dos veces: la primera como estudiante y la segunda como profesor, pero recuerdo con más nostalgia la época en que me dedicaba a estudiar… que fue la segunda. Aclaro que durante gran parte de la primera trabajaba todo el día para mantenerme y dormía como una marmota en las clases de la facultad. En la segunda, en cambio, la inmersión en la universidad fue total durante los años que duró y también fue total la juventud infinita de los estudiantes.
En esa época de contacto diario entre adultos y post-adolescentes pasaba a menudo que alguno se ponía pesado y venía con eso de “a mi me tienen bronca”. Es una excusa bastante habitual, tanto en el colegio como en una universidad y es probable que esté fundada en alguna percepción peculiar del interesado, casi siempre producto de la paranoia o de la necesidad de echarle a otro la culpa de sus fracasos.
Ante ese reclamo los profesores y las autoridades de la facultad teníamos siempre la misma sensación. Era un razonamiento que hacíamos después de valorar seriamente –y por las dudas– si podría ser verdad la afirmación del interesado: este chico o esta chica creen que estamos todo el día pensando en ellos para hacerles daño y resulta que nosotros dedicamos con suerte apenas unos segundos del día para pensar en alguno de ellos con nombre y apellido. La imagen más cabal de esta realidad se da en los exámenes, cuando el estudiante se juega la vida ante un pelotón de fusilamiento mientras los profesores que integran la mesa examinadora charlan entre ellos de sus planes de vacaciones.
Mutatuis mutandis debe pasar en todas las actividades en las que hay jefes y subordinados y sobre todo en las relaciones de poder, donde uno cree que manda y otros hacen que obedecen. Hay súbditos que piensan que la autoridad está pensando todo el día en cómo fregarlo, mientras que las autoridades están en otro nivel de pensamiento, casi siempre más estratégico o quizá también resolviendo dónde pasar las vacaciones.
Esta triste asimetría es la causa de muchísimos malos entendidos como nos pasa siempre que estamos apurados y tenemos que correr contra reloj. En esos momentos todos van despacio: los semáforos se desincronizan, nos toca la fila más lenta del supermercado, la calle por la que tenemos que pasar está cortada, el ascensor está en el último piso, los empleados que nos van a atender cambian de turno y nos llama por teléfono un inoportuno que no termina nunca de explicarnos lo que nos tiene que decir.
Todos los seres humanos con un cerebro más o menos normal tendemos a creernos mucho más de lo que somos: el centro mismo del universo. La verdad es que el poder que tenemos es mucho menor del que pensamos, nos conoce un tercio de la gente que creemos y casi nadie está pendiente de nosotros. Aunque seamos verdaderos expertos, esto de creernos más de lo que somos no es capital exclusivo de los argentinos: es un virus que se puso de moda en todo el mundo y vuelve a la gente insoportable.
18 de agosto de 2015
13 de julio de 2015
Francisco apretó el acelerador
Raúl Castro amenaza con volver a rezar, Obama aparece a cada
rato en el Vaticano, Putin se hace el encontradizo con Francisco, Cristina no
pierde ocasión para hacer manitos con el Papa... Cuando esto escribo el Papa
está en el Paraguay y sigue asombrando a propios y extraños con sus
declaraciones, pero sobre todo con sus gestos, que son los que van quedar en la
memoria de la mayoría de la gente. En este viaje cada uno de los mandatarios
llevó agua a su molino y hacen bien: al fin y al cabo son políticos y tienen en
su casa de invitado al Papa.
Pero volvamos a eso de asombrar a propios y extraños.
Los extraños (los que no son católicos o aunque lo sean van
por la vida de agnósticos y hasta de ateos) se asombran porque nunca oyeron a
nadie en la Iglesia decir semejantes cosas. Cosas con las que están de acuerdo
cien por cien, pero que les parecen revolucionarias, sobre todo en boca de un
Papa. Primero les tengo que decir que si fueran a la iglesia seguramente
tendrían los oídos más acostumbrados a frases revolucionarias: está todas en el
Evangelio y los curas no hace más que repetirlas. A veces los medios y los
periodistas somos injustos o quizá somos también extraños y prejuzgamos en
lugar de ir a las fuentes. Otras nos fijamos más en quién lo dice que en lo que
dice. Y ahora aclaro que no solo los periodistas tenemos prejuicios. ¿Usted
sabía con detalles lo que hace años hacen los curas en las inmensas favelas de
Buenos Aires? Llegan a donde no llega nadie, ni la policía ni la autoridad
civil, para ocuparse de los más extraviados entre los desamparados. Y eso pasa
con los apestados por el ébola en África, con los intocables en la India, con
los adictos de los suburbios de las grandes ciudades y con cuanto desharrapado
anda por el mundo.
La doctrina de la Iglesia sobre la hipoteca social de la propiedad
no es invento del siglo XXI sino del siglo I, como la igualdad esencial de
todos los seres humanos que sigue escandalizando a la mayor parte del mundo. Tampoco
la idea básica sobre el medio ambiente, que es tan antigua como Noé: vivimos en
una casa prestada que recibimos de nuestros mayores y tenemos obligación de
entregarla intacta a nuestros descendientes.
Muchos propios (los creyentes, sean cristianos o no, y
también por inclusión los católicos) creían que el Papa era más conservador.
Pero ellos también se tragaron la bola que hicieron correr los que preferían
que Francisco fuera una momia porque les convenía políticamente. Unos sabihondos
dicen que el Papa es comunista porque no hace más que hablar de los desheredados,
se molesta por la explotación de los débiles, abraza a los desvalidos y
prefiere visitar una cárcel antes que una catedral (aviso a los más jóvenes que
el comunismo es otra cosa, pero sobre todo era algo que había cuando los
grandes éramos chicos). Otros piensan que Francisco debería ocuparse del caso
Nisman, de la independencia de la Justicia, dejar de recibir a Cristina… y
todas esas cuestiones domésticas que no son misión del Papa.
Está claro en sus escritos, en sus discursos y homilías, que
su objetivo es la Iglesia a la que comparó con un hospital de campaña, fuera de
los templos, audaz y atrevida, accidentada por los riesgos de la intemperie
antes que enferma de endogamia y enrarecida por el encierro. No solo la Iglesia
y los fieles, a quienes quiere recuperar si se perdieron en estos años de
sobrecarga y aburrimiento; el Papa sabe también que puede hacer lo que nadie
por el entendimiento entre las naciones y los pueblos, que es presupuesto
básico para la paz.
Y lo hace. A su paso por Bolivia el Papa acaba de realizar
otro de sus milagros (de milagro
nada, es puro trabajo discreto y gestos nada discretos): desde la Guerra del
Pacífico, chilenos y bolivianos están peleados y ahora reanudarán relaciones y
discutirán a fondo la salida al mar de Bolivia que Chile les birló al ganar esa
guerra. Cuba y Estados Unidos estuvieron peleados 50 años, pero Chile y Bolivia
llevaban 140 sin hablarse oficialmente, hasta anteayer.
El Papa es el Papa y este Papa es este Papa, que está apretando el acelerador y sabe por qué lo hace. Y los tiempos son los tiempos: ahora disfrutemos de estos que son excepcionales. Si es católico y le asusta la velocidad, ajústese el cinturón y relájese. Y si descubre que era más cristiano de lo que se creía, quizá sea porque la Iglesia apretaba más el freno que el acelerador: eran otros tiempos, nada más.
El Papa es el Papa y este Papa es este Papa, que está apretando el acelerador y sabe por qué lo hace. Y los tiempos son los tiempos: ahora disfrutemos de estos que son excepcionales. Si es católico y le asusta la velocidad, ajústese el cinturón y relájese. Y si descubre que era más cristiano de lo que se creía, quizá sea porque la Iglesia apretaba más el freno que el acelerador: eran otros tiempos, nada más.
La palabra
El martes 30 de junio la selección argentina paseó a la de
Paraguay en una de las semifinales de la Copa América.
Los diarios de Asunción de ese día anticipaban en sus tapas que
su selección albirroja estaba preparada para darle el gran pesto a la
albiceleste. Fotos a toda página de los jugadores, títulos pasados de tono,
referencias a la Guerra de la Triple Alianza porque Uruguay y Brasil ya estaban
afuera y ahora le tocaba a la Argentina… Hay que decir que los paraguayos
venían agrandados después de ganarle a Brasil en cuartos. Y aquí permítanme
recordarles –mientras hago pito catalán– que le ganaron por penales al equipo
que el año pasado perdió 7 a 1 en su Mundial y que a ese Mundial Paraguay ni
siquiera clasificó.
Después vino el 6 a 1. ¿Y sabe lo que hicieron los diarios
ABC Color y Extra de Asunción al día siguiente de la derrota? La ignoraron en
sus portadas como si el partido no hubiera ocurrido. Ese día la Copa América
dejó de existir. Tampoco apareció en los diarios del sábado 4 el triunfo de
Perú sobre Paraguay por el tercer puesto, ni siquiera en Última Hora, el diario
que sí reconoció en su portada la derrota de Paraguay ante Argentina. No
informaban de la noticia que el día anterior consideraban la más importante de
la jornada.
Esta actitud de los diarios paraguayos es paraguaya pero
también muy latinoamericana. El 30 de junio de 2005 el diario deportivo Olé de
Buenos Aires publicó su tapa en negro con un post-it que decía que por errores
técnicos no habían podido imprimir la portada. El día anterior la selección
había perdido 4 a 1 contra Brasil por la Copa de las Confederaciones y River Plate
fue eliminado de la Libertadores por el San Pablo. Un filósofo diría que es una
disociación entre los hechos y los relatos, pero yo prefiero llamar por su
nombre a este defecto deleznable: es poco respeto por la palabra.
La realidad ocurre aunque no la queramos ver y las palabras deben expresarla cabalmente. Ignorar lo que nos sale mal diciendo una cosa por otra solo sirve para que nos siga saliendo mal. Los errores no dejan de existir porque no los reconozcamos, o dicho de otro modo: solo reconociendo los errores somos capaces de corregirlos. Y este no es un mensaje para los paraguayos que prefirieron ignorar la derrota: es para todos nosotros, pero sobre todo para los que nunca se equivocan, que cada vez son más.
No vamos a ninguna parte si las palabras no expresan la realidad. Y vamos para atrás si no cumplimos lo que decimos. Además ganar o perder un partido o un campeonato no es el fin del mundo ni nada que se le parezca. Hoy estamos igual que cuando todos pensaban que los argentinos iban a ganarle a Chile por goleada en la final de la Copa América. Es una estupidez entristecerse por un partido de fútbol: en todos los deportes son muchos más los que pierden que los que ganan y siempre hay otra oportunidad.
Pero que lindo es ganar…
19 de junio de 2015
Saavedra y Moreno
Pero entre 1810 y la consolidación de las repúblicas democráticas hubo movimientos monárquicos e intentos de instalar reyes y emperadores a la medida de nuestra América. México tuvo un emperador mexicano y otro austríaco. Brasil fue un imperio durante 67 años y en 1993 todavía se discutía oficialmente la reinstauración del imperio. San Martín y Bolívar eran bastante napoleónicos y se imaginaban como emperadores militares con senados de generales vitalicios. Hasta el himno nacional argentino de 1813 que todavía cantamos tiene resabios tan monárquicos como igualitarios y en 1816, cuando la Independencia de las Provincias Unidas de América del Sur (así se llamaba) estaba claro que queríamos ser independientes pero no sabíamos cómo. Los que declararon la independencia eran tan hijos de su tiempo como nosotros del nuestro, quizá por eso la monarquía mestiza con capital en el Cusco tenía bastantes números comprados.
Pero volvamos a 1810. La Primera Junta que echó al virrey del fuerte de Buenos Aires duró apenas desde el 25 de mayo al 18 de diciembre, cuando se instauró la Junta Grande con representantes de todo el antiguo virreinato (lo que hoy es Argentina, Uruguay, Paraguay, el sur de Brasil y Bolivia). Unos días antes, el 5 de diciembre, un oficial del Regimiento de Húsares que participaba en el sarao que celebraba la victoria de Suipacha propuso un brindis por el primer rey y emperador de América, don Cornelio de Saavedra, que estaba sentado en un lugar de honor acompañado por su mujer Saturnina Otárola.
Atanasio Duarte, el del brindis, estaba borracho y fue la razón por la que Mariano Moreno escribió en el Decreto de Supresión de Honores que ningún habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido podía atentar contra a las libertades individuales y colectivas y establecía penas gravísimas a quien rindiera semejantes honores a las personas y no a la Patria. La borrachera salvó a Duarte del cadalso, pero no a Moreno de morir, parece que envenenado, en el buque inglés que lo conducía en misión oficial a Río de Janeiro y Londres, a donde Saavedra los envió para sacárselo de encima.
Doscientos años después de estos hechos sigue brindando Atanasio Duarte en gran parte de nuestra América. Y hay países, provincias y municipios en los que todavía gana Saavedra.
18 de mayo de 2015
Celeste
La casa está todavía en el centro de un mogote de selva rodeada por el yerbal, debajo de la inmensa cúpula de petiribís, ibirapytás y canafístulas. A unos 100 metros hay una casita de huéspedes con techo de vidrio para vivir debajo del toldo vegetal poblado de loros verborrágicos y monos carayá.
Unos cuantos amigos íbamos seguido a lo de Celeste y nos entreteníamos en conversaciones interminables bajo esa galería o bajo los árboles. Ahí comíamos lo más rico que se puede uno imaginar de la cocina tropical, bebíamos ron del bueno y fumábamos cigarros que estancaban su humo moroso en el aire húmedo de la selva.
Celeste había sido linda y lo seguía siendo, pero yo la conocí muy gorda y solo pude ver algunas fotos de cuando era la otra Celeste. Contaban que entonces un piloto le tiraba los perros desde su avioncito cuando tomaba sol al borde de la pileta, allá donde empezaba el yerbal. Como decía, la conocí gorda por atiborrarse de comida, siempre rica pero mucha. Gorda de ansiedad. Gorda de mirarse al espejo y odiarse. Gorda mal, decimos ahora en la Argentina.
Un día caliente de verano supimos que algo le pasaba y que habían tenido que internarla en un sanatorio de Posadas, pero no parecía nada importante. Alguien dijo leucemia y ahora dicen leishmaniasis, contagiada por sus perros. Si tenía leishmaniasis y la trataban para leucemia, la mataban. A los dos o tres días Celeste se murió y un médico firmó leucemia en el certificado de defunción.
Velaron a Celeste en su cama, grandes las dos, pero yo no la vi porque no quise entrar. Me contaron que no pudieron juntarle las manos encima del pecho porque no daban los brazos así que los tenía uno a cada lado del cuerpo, encima de las sábanas que rodeaban su humanidad. El calor daba miedo porque complicaba respirar: creo que era lo que nos hacía llorar y todos sabíamos que era la última vez que visitábamos la casa de Celeste. En un rincón, cerca de la jaula del mirlo malhablado, me encontré con Luchín, que lanzaba rayos contra Celeste: -¡Pero que hija de puta Celeste! ¿Cómo nos hace esto? decía, y otras cosas parecidas.
La enterraron en la falda empinada del cementerio de Cerro Corá. El foso estaba cavado tan justo que Celeste entraba solo en la dirección que habían decidido los poceros, que no era la que ella había querido: mirando salida del sol. Cuando probaron que no cabía en esa dirección su hermana mandó a los poceros levantar el cajón y ensanchar la cabecera con palas de carpir hasta hacer lugar. La enterraron entre su madre y su hermano, como ella también había pedido, la última vez dos semanas antes de declararse su enfermedad. Antes dieron dos vueltas a la cruz del cementerio para alargarle la vida a la única sobreviviente de la familia y propietaria ahora del yerbal y de la casa cuadrada de Celeste que nunca más visité. La rodearon con bastante dificultad por lo inclinado del cerro. Allí quedó Celeste, debajo del túmulo que sobresalía como una montaña de tierra y piedras que parecían removidas para un vecino.
5 de mayo de 2015
1 de mayo de 2015
Viajar
Cada vez que me encuentro con Gerardo le pregunto por su último viaje y siempre me asombra: Barnaúl, Samarkanda, una base militar en la Antártida, las islas Kerguelen o la península de Kamchatka. Llega a sitios que ninguna agencia ofrece, en vehículos a los que nadie se anima y es capaz de comer cucarachas o tomar nitroglicerina. Cuando necesita un remedio, esté donde esté, entra en las farmacias y pide por señas al que atiende que lo deje pasar a las estanterías para elegir él mismo lo que va a remediar los efectos de las cucarachas o la nitroglicerina y de otras dolencias que producen sus travesías por volcanes en erupción o mercados abarrotados de malandrines.
Gerardo es un viejo periodista que llegó a ser empresario de medios y se jubiló como profesor universitario en Buenos Aires, pero sigue dando clases y viajando por el mundo con el espíritu curioso de un adolescente. Cenamos juntos, con otros amigos, dos o tres veces al año y aprovechamos para enterarnos de las últimas aventuras de todos, pero especialmente de los viajes de Gerardo, que invariablemente termina con la frase “nunca me arrepentí de ningún viaje”.
Todo viaje es una metáfora de la vida. Por eso se aprende tanto o más que en los libros pero con una experiencia absoluta y directa. Después de los estudios universitarios no hay dinero mejor invertido que en viajar, aunque sea a Chongón, pero viajar. No entiendo por qué los jóvenes ponen es sus hojas de vida que saben manejar el Excel y no cuentan que viajaron a Disneyworld o a Puerto López. Y son inútiles las fotos carnet desabridas que acompañan esas biografías: mucho más dice una foto de viaje –en el lugar que elijan y con la cara que les guste– para convencer a quien les puede dar un trabajo, con quien están a punto de empezar a compartir un viaje de unos cuantos años por la vida misma.
Viajar debería ser obligación de los políticos. Es imposible encarar obras de infraestructura si no se conoce el país y el mundo, y eso va desde los baños de una estación de trenes perdida en la China hasta el puente colgante de San Francisco. Es imposible tomar decisiones acertadas si no se conocen las consecuencias de las decisiones de otros, las soluciones a problemas parecidos, los modos de pensar laterales, las vueltas que otros han dado para llegar a donde nosotros queremos llegar, los errores que cometieron y cómo los corrigieron. Y eso ahora, en el año cero o en el siglo XVI. No estoy pensando en nadie en particular y no es un consejo electoral, pero desconfíe del político que no viaja: seguro que tiene mirada estrecha, corre serios riesgos de volverse autoritario y también de ahogarse en un vaso de agua. Y ojo que también se viaja para escapar a los problemas y los viajes no te libran de ser autoritario; eso se lleva en la genética. Así que sería genial que los autoritarios y los escapistas se vayan de viaje para siempre.
Los libros son parte de los placeres de los viajes. Se puede viajar leyendo un libro en los dos sentidos: hay libros que son viajes y hay viajes que son libros, desde los tiempos de Herodoto, pasando por Julio Verne, Joseph Conrad o Rudyard Kipling. Además, no hay recuerdo más amable de un viaje que la novela que nos acompañó, en la que quedan tickets, recortes y hasta vestigios de alguna comida, casi siempre del avión.
Pero más que los libros enseñan las comidas y tanto como los monumentos, los castillos, las catedrales, los pájaros con que nos topamos o los bosques donde nos perdemos. Vale la pena llegar hasta Amatrice para comer spaghetti all’Amatriciana, algo imposible de hacer cabalmente en cualquier lugar del resto del mundo, donde no se consigue guanciale ni pecorino romano. Lo mismo se puede decir de infinitos platos de cualquier latitud y longitud: cada pueblo tiene su especialidad que sabe a gloria en ese pueblo. No hay como tomar champán en Reims y vino tinto en Burdeos, comer el queso de Camembert en Camembert, trufas en Picardía, percebes en La Coruña, chipirones en San Sebastián y cangrejos en Guayaquil.
El que tiene ganas de viajar no se preocupa por el idioma. Para los viajeros no es un problema sino una oportunidad fantástica de aprender. Los idiomas abren la cabeza, como los libros, las comidas o las culturas diferentes con que nos encontramos. Además la mitad del mundo habla igual que nosotros, así que tenemos que hacer varios miles de kilómetros para encontrarnos en un sitio donde nadie entienda el castellano.
Gerardo tiene razón.
Gerardo es un viejo periodista que llegó a ser empresario de medios y se jubiló como profesor universitario en Buenos Aires, pero sigue dando clases y viajando por el mundo con el espíritu curioso de un adolescente. Cenamos juntos, con otros amigos, dos o tres veces al año y aprovechamos para enterarnos de las últimas aventuras de todos, pero especialmente de los viajes de Gerardo, que invariablemente termina con la frase “nunca me arrepentí de ningún viaje”.
Todo viaje es una metáfora de la vida. Por eso se aprende tanto o más que en los libros pero con una experiencia absoluta y directa. Después de los estudios universitarios no hay dinero mejor invertido que en viajar, aunque sea a Chongón, pero viajar. No entiendo por qué los jóvenes ponen es sus hojas de vida que saben manejar el Excel y no cuentan que viajaron a Disneyworld o a Puerto López. Y son inútiles las fotos carnet desabridas que acompañan esas biografías: mucho más dice una foto de viaje –en el lugar que elijan y con la cara que les guste– para convencer a quien les puede dar un trabajo, con quien están a punto de empezar a compartir un viaje de unos cuantos años por la vida misma.
Viajar debería ser obligación de los políticos. Es imposible encarar obras de infraestructura si no se conoce el país y el mundo, y eso va desde los baños de una estación de trenes perdida en la China hasta el puente colgante de San Francisco. Es imposible tomar decisiones acertadas si no se conocen las consecuencias de las decisiones de otros, las soluciones a problemas parecidos, los modos de pensar laterales, las vueltas que otros han dado para llegar a donde nosotros queremos llegar, los errores que cometieron y cómo los corrigieron. Y eso ahora, en el año cero o en el siglo XVI. No estoy pensando en nadie en particular y no es un consejo electoral, pero desconfíe del político que no viaja: seguro que tiene mirada estrecha, corre serios riesgos de volverse autoritario y también de ahogarse en un vaso de agua. Y ojo que también se viaja para escapar a los problemas y los viajes no te libran de ser autoritario; eso se lleva en la genética. Así que sería genial que los autoritarios y los escapistas se vayan de viaje para siempre.
Los libros son parte de los placeres de los viajes. Se puede viajar leyendo un libro en los dos sentidos: hay libros que son viajes y hay viajes que son libros, desde los tiempos de Herodoto, pasando por Julio Verne, Joseph Conrad o Rudyard Kipling. Además, no hay recuerdo más amable de un viaje que la novela que nos acompañó, en la que quedan tickets, recortes y hasta vestigios de alguna comida, casi siempre del avión.
Pero más que los libros enseñan las comidas y tanto como los monumentos, los castillos, las catedrales, los pájaros con que nos topamos o los bosques donde nos perdemos. Vale la pena llegar hasta Amatrice para comer spaghetti all’Amatriciana, algo imposible de hacer cabalmente en cualquier lugar del resto del mundo, donde no se consigue guanciale ni pecorino romano. Lo mismo se puede decir de infinitos platos de cualquier latitud y longitud: cada pueblo tiene su especialidad que sabe a gloria en ese pueblo. No hay como tomar champán en Reims y vino tinto en Burdeos, comer el queso de Camembert en Camembert, trufas en Picardía, percebes en La Coruña, chipirones en San Sebastián y cangrejos en Guayaquil.
El que tiene ganas de viajar no se preocupa por el idioma. Para los viajeros no es un problema sino una oportunidad fantástica de aprender. Los idiomas abren la cabeza, como los libros, las comidas o las culturas diferentes con que nos encontramos. Además la mitad del mundo habla igual que nosotros, así que tenemos que hacer varios miles de kilómetros para encontrarnos en un sitio donde nadie entienda el castellano.
Gerardo tiene razón.
19 de abril de 2015
Internet y las papas fritas
En el año 1500, pleno Renacimiento, empezaban a construir la basílica de San Pedro y ya existían en Europa casi todas las catedrales y palacios que hoy nos parecen recién terminados gracias o por culpa de las reconstrucciones que siguieron a cada guerra. Había catedrales, palacios y castillos pero no tenían ni papas ni tomates ni maíz ni tabaco ni zapallo ni cacao…, que hoy son alimento esencial y hasta nacional de muchos países del viejo continente. Es tan difícil imaginarse el mundo antes de Colón como recordarlo antes de las computadoras, internet o los teléfonos móviles.
Antes de conocer América, en España no existía ni el gazpacho ni la tortilla de papas y en Italia no había polenta y la pasta era un aburrimiento. Los belgas tienen buen chocolate y su plato nacional son las papas fritas con mejillones, pero no sabemos qué ponían en sus platos hasta el final del siglo XV. Piense que hasta el 1500 nadie había comido papas fritas y los únicos que fumaban –dicen que por la nariz– eran los indígenas de la isla de Cuba.
En América no había vacas ni ovejas ni caballos ni gallinas ni trigo ni cebollas, pero también hay que decir que nuestro continente estaba poco poblado y por más sabios que fueran, los que aquí vivían no conocían ni la rueda y eran bastante salvajes comparados con los europeos de aquella época.
El descubrimiento de América y el nuevo mundo que encontró Colón es un buen paradigma para entender lo que significan las redes del planeta interconectado. Internet, las antenas de telefonía celular, el wifi y los receptores inteligentes nos permiten hoy averiguar en segundos desde una pantallita portátil que sacamos del bolsillo cualquier cosa que se nos ocurra, o comunicarnos con gente lejanísima como si estuviéramos en el mismo salón.
Internet, los smartphones o los drones están descubriendo un mundo que no conocíamos: lo están ampliando como se amplió el 12 de octubre de 1492 (ni los primeros humanos en América ni los vikingos ampliaron nada). Sin conocer internet, Marshall McLuhan la vislumbraba, tanto que describió un futuro interconectado por las redes eléctricas cuando escribió La aldea global, que lleva como segundo título Transformaciones en la vida y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI.
McLuhan la comparó con la comunión entre los cristianos, pero no nos dijo que esa posibilidad de conectarnos entre todos, además iba a ampliar el mundo como si hubiéramos descubierto un nuevo continente y detrás de los aborígenes y los cocoteros de las playas del Caribe aparecieran por fin en el menú universal las papas fritas o el chocolate en rama.

23 de marzo de 2015
La calle
María y Pedro vivían de la caridad de los vecinos en las calles empedradas de San Isidro; nadie los molestaba y parecían felices. El loco Pedro manejaba un camión de aire y zorzal que nadie veía, solo él, descalzo sobre los adoquines, aunque pelaran de sol o de hielo. Lo estacionaba, marcha adelante y marcha atrás, con un cuidado de maníaco compulsivo contra la vereda de la calle Lasalle.
Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20. La loca María con su pelo gris, lacio hasta la cintura, dirigía el tránsito de la calle 9 de Julio, cerca de la estación. Castigaba contravenciones inventadas con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo para el curioso que la miraba.
El loco Pedro y la loca María desaparecieron porque los enajenados viven ahora en nuestras casas y revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera y pasean el perro del general Perón y conversan con los gatos del vecindario, mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. O María y Pedro se habrán muerto sin descendencia o alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea o será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas.
Los Pedros y las Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. Las encrucijadas son supermercados donde se puede comprar al paso todo lo necesario y sin horarios impuestos por la autoridad.
Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas y rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor y artistas de ocasión y tangueros en desgracia y sobadores al paso y limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.

Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor.
Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. Debe ser cierto, pero que se lo digan ellos, por lo menos antes de que un premio Nobel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.
Se agarraba fuerte a su volante de nada y era mudo como una piedra: jamás tocó la corneta ni nos contó lo que llevaba, pero todos sabíamos que manejaba una catramina del año 20. La loca María con su pelo gris, lacio hasta la cintura, dirigía el tránsito de la calle 9 de Julio, cerca de la estación. Castigaba contravenciones inventadas con guarangadas entre los dientes y una llama en cada ojo para el curioso que la miraba.
El loco Pedro y la loca María desaparecieron porque los enajenados viven ahora en nuestras casas y revisan nuestros cajones y entran por la cocina y salen por las ventanas y canturrean en la mesa historias de la atmósfera y pasean el perro del general Perón y conversan con los gatos del vecindario, mientras dicen a todo el mundo que no digan a nadie que son la Madre Teresa de Calcuta. O María y Pedro se habrán muerto sin descendencia o alguien, que no la pobreza, los echó de las calles y los asiló en abrigos donde nadie los vea o será que ahora a la generosidad la consumen las mascotas.
Los Pedros y las Marías de ahora no están locos ni son mendigos: son comerciantes que habitan todas las esquinas del continente y saltimbanquis que cobran como se debe, después de la función y no antes de actuar. Las encrucijadas son supermercados donde se puede comprar al paso todo lo necesario y sin horarios impuestos por la autoridad.
Las calles contienen a los paseadores de animales y pesadores de personas y emplasticadores y notarizadores de documentos y vendedores de perfumes falsos y de relojes medio falsos y de alfombras casi persas y rellenadores de geniogramas y de formularios y escribidores de cartas de amor y artistas de ocasión y tangueros en desgracia y sobadores al paso y limpiadores de vidrios y bailadores y magos y pintores y albañiles y saxofonistas y tarotistas y predicadores de desgracias y hippies trasnochados y acordeonistas rumanos y guitarristas ciegos. Nadie los molesta. Jamás.

Ahora dicen que no hay que dar limosna a los ciegos ni a los pobres ni a los rengos de mentira o de verdad. Ni alojar a los vagabundos, ni comprar en las esquinas, ni pagar por el número vivo de los saltimbanquis ni contratar Ciranos que escriban cartas de amor.
Que así se alienta la falsificación a ultranza, la vagabundez desenfrenada, el semaforismo empedernido, la miseria disimulada, la evasión impositiva, el circo sin red, el robo al natural y hasta la delincuencia juvenil. Debe ser cierto, pero que se lo digan ellos, por lo menos antes de que un premio Nobel descubra que mucho peor es pagar los impuestos para alimentar el despotismo de los gobernantes.
7 de enero de 2015
Subduquesa de Catastro
Ser funcionario es hoy como ser conde o duque… Mire qué bonito título: Duquesa de Biología Molecular de la Provincia de Misiones, con derecho a fregarse en el resto de los ciudadanos que no podrán estacionar donde la señora duquesa aparque su carruaje. Hay lo que usted quiera: Conde de la Ecología Sustentable, Barón de la Corte Suprema de Pollo, Vizconde de la Policía Regional IV, Baronesa del Catastro y de la Base Imponible, Margrave de Prensa y Relaciones Públicas, Senescal Verdeoliva de la Gendarmería, Caballero del Museo del Tereré, Marqués Elector de la Represa y su hermano el Conde-Duque de Rentas… todos con grandes extensiones de estacionamiento en la ciudad, para ellos y sus lacayos.
El estacionamiento se ha vuelto un lujo que solo se pueden dar quienes tienen el privilegio de sus títulos nobiliarios; todo muy republicano. El resto de los mortales tienen que jorobarse y pagar o dejar su auto a cuatro cuadras de su casa o de su lugar de trabajo. Hasta los tarjeteros se están acabando porque ya no les queda lugar para cobrar la tasa que ha impuesto el municipio por el uso del espacio público. Y ya a ver que llegará el día en que nos cobrarán por gastar las veredas con nuestras alpargatas. Usted paga el alumbrado, el barrido y la limpieza y los funcionarios le usan la luz, la vereda y la calle, para eso son condes.
Es tan constante y consistente este abuso de poder que se ha vuelto obsceno. Usted se va a reír, pero quiero contarle que una señora subcondesa mandó al portero del edificio vecino a despertar al dueño del auto que había osado ocupar su sagrado lugar en la vía pública. Lo notable es que el portero le hizo caso y lo despertó en lugar de decirle a la subcondesa que lo despierte ella, o su abuelita, o de mandarla sencillamente a freír buñuelos.
Y para que no queden dudas del regreso de Posadas a la época de los privilegios, están los taxistas, perdón, los Caballeros Taxistas, que son algo así como la orden de Malta de esta nueva edad de gentilhombres, cofrades de un gremio privilegiado que puede estacionar en lugares reservado solo para ellos. Porque en Posadas los taxis no andan por la calle como en todo el mundo, buscando clientes, sino que son los clientes los que tienen que ir a buscarlos a sus lugares de estacionamiento y rogarles por favor que tengan a bien acercarlo lo más que puedan a un lugar en un vehículo diminuto, destartalado y sin aire acondicionado… y por unos pesos, claro. Porque los Caballeros Taxistas cobran por prestar un servicio y se ahorran la nafta que cuesta ofrecerlo, en contra de los ciudadanos que la gastan dando vueltas por la ciudad en busca de un lugar imposible: están todos ocupados por los condes, los duques, los marqueses y los caballeros teutónicos del siglo XXI.
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